martes, 15 de marzo de 2022

Juan Carlos Moisés

 

“Las cartas fueron mi modo de sobrevivencia cultural”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Juan Carlos Moisés nació el 4 de agosto de 1954 en la ciudad de Sarmiento, provincia de Chubut, la Argentina. Entre 1978 y 1991 se desempeñó como Profesor de Educación Física en el Instituto Técnico Agropecuario “Juan XXIII” (actual Escuela 725). Fue Coordinador de la Semana de las Artes, en el Instituto Secundario Gobernador Fontana, desde 1998 hasta 2006. Durante 2004 ha ejercido como Profesor de Teatro en el Área Artística de la Escuela Superior Docente, y lo fue entre 1998 y 2006 en escuelas de Nivel Medio, en las que desde 1995 a enero de 2014 ha sido Profesor de Lengua y Literatura, y Culturas y Estéticas Contemporáneas. En 1984 y 1985 ocupó el cargo de Director de Cultura de la Provincia de Chubut. Sus dibujos han sido expuestos en muestras individuales y colectivas y se han difundido en libros, periódicos, revistas, programas de mano de espectáculos teatrales. Parte de su dramaturgia se socializó en volúmenes editados en los últimos años. Sus dos libros de cuentos se titulan “La velocidad de la infancia” (2010) y “Baile del artista rengo” (2012). Entre 1977 y 2015 publicó los poemarios “Poemas encontrados en un huevo”, “Ese otro buen poema”, “Querido mundo”, “Animal teórico”, “Museo de varias artes”, “Palabras en juego”, “Esta boca es nuestra” y “El jugador de fútbol” (además del cuadernillo —breve antología— “El ojo de mi caballo” en 2009). Entre otras, ha sido incluido en las antologías “Nacer en los 50” (selección de Hugo Fiorentino, España, 1985), “Poesía entre dos épocas” (selección de Fernando Kofman, 1985), “Abrazo austral (Poesía del Sur de Argentina y Chile)” (selección de María Eugenia Correas y Sergio Mansilla, 1999), “Signos vitales” (selección de Daniel Fara, 2001), “Una antología de poesía argentina” (selección de Jorge Fondebrider, Santiago, Chile, 2008), “Antología federal de poetas de la región patagónica” (2015). Colaboró con poemas, cuentos y microrrelatos en numerosas publicaciones periódicas de su país y del extranjero. Ha sido jurado en diversos certámenes y presentó ponencias en encuentros de escritores en Argentina y Chile.

 


 







          1 — Has residido durante seis décadas en la ex Colonia Sarmiento. Te propongo que nos describas ahora —ya a muchos kilómetros de aquella localidad de origen galés—, paisajes, vida social y cultural, su evolución.

 

          JCM — La Colonia Sarmiento que me vio nacer era un pueblo pequeño, de 5.000 habitantes sumados el centro urbano y la zona de chacras. Está ubicado en un valle amplio, en medio de mesetas y sierras de la Patagonia Central, al sur de la provincia del Chubut. El río Senguer, que nace en la cordillera, da un rodeo al pueblo, como si lo abrazara, y forma dos lagos, el Musters y el Colhue Huapi. Durante muchas décadas fue un valle agrícola y ganadero, que se autoabastecía de alimentos. Creado por decreto nacional en 1897, no fue una colonia estrictamente galesa. Además de algunos habitantes originarios que estaban asentados en el lugar, en esos primeros años también llegaron polacos, italianos, lituanos, y otros. Las crónicas dicen que fue muy dura la vida del comienzo. Hoy, y desde hace ya algunos años, la actividad petrolera llegó para quedarse, transformó la economía, la conformación social y cultural, y se volvió directa e indirectamente en la principal fuente de ingresos de la población. Como dice un amigo, se parece a un barrio de Comodoro Rivadavia. El de hoy cuadruplicó sus habitantes, llegados de otras provincias y países vecinos. Como si fuera una nueva fundación, digamos. Lo que no está mal en sí mismo, salvo por el peligro de contaminación para el medio ambiente que significa la explotación petrolera, que es otra de las formas riesgosas, acaso criminales, de la minería. El suelo ya no es ni será el mismo. Las numerosas chacras, con animales y sembrados varios, que rodeaban al pueblo son barrios y loteos que cambiaron el paisaje urbano y rural. Ya no es el pueblo de mi infancia ni el de mi primera juventud, ni siquiera es el pueblo donde nacieron y se criaron mis hijos. Entonces había un cine y clubes sociales. Había un ferrocarril que unía la Colonia con Comodoro Rivadavia, cuando las rutas aún eran de pedregullo. Había chacras con vida a raudales porque vivían familias numerosas, había tambos, caballos para andar. Las calles eran de tierra que en invierno se congelaban durante tres meses, donde patinábamos como si fueran lagunas heladas, y los veranos duraban hasta marzo. Y, sobre todo, había muchas canchitas de fútbol. Ese pueblo y esos años me constituyeron como poeta, como artista. Hoy, alejado desde hace unos años, lo traje conmigo y lo llevo a donde voy.

 

 

          2 — De las ponencias que has presentado en foros y congresos me atrae por su título “Arte en las márgenes: centro y periferia” (el 8 de junio de 2007 en el II Encuentro Nacional de Escritores de La Plata).

 

          JCM — La ponencia fue propuesta por la organización del evento. Me interesó el tema. Siempre me consideré un artista periférico, sin connotaciones, sin renegar de la suerte, más bien todo lo contrario, aunque cualquier noción de periferia siempre supone un valor negativo. No fue así. A partir de los veinte años lo tomé como mi propio desafío, la vara alta, es decir la provocación que la realidad me puso en el camino. Digamos que esa periferia fue por partida doble: de la metrópolis que significaba Buenos Aires, por ejemplo, y de las ciudades de la Patagonia donde había una cierta actividad artística que no me incluía por motivos geográficos. De hecho, es la Patagonia, y la variedad de zonas y matices que hay en ella, el objeto de análisis. No me interesó particularmente el aspecto mítico ni los textos de viajeros, que ya los hay muchos y han sido y son difundidos en gran parte del mundo desde el siglo XIX, que es más o menos cuando se pone en marcha la acepción moderna de la voz “literatura” (según Terry Eagleton), sino el hacer artístico contemporáneo. Me explayé sobre el presente (esto es, las últimas décadas) y las posibles derivas que pudieran resultar o se pudieran intentar, con toda la libertad que supone el hecho creativo en particular y en general. La frase acuñada por el poeta y narrador Raúl Artola, “la periferia es nuestro centro”, creo que es un modo lúcido de acceder a esta problemática. Con todo, mi visión no contempla que me defina como “escritor patagónico”, aunque de hecho lo soy por haber nacido en un pueblo perdido del Chubut, pero sin ejercer ni proponer una “militancia” de carácter regional, y mucho menos una preceptiva. La Patagonia, una región amplísima y cambiante, pero una más del planeta, me constituyó para hacer lo que hago y como lo hago. Aun así, tiendo a ser de los que miran las cosas por el ojo de la cerradura. 


 

 

    3 — ¿De qué modo te fuiste desarrollando y afianzando como dibujante? ¿No has pensado en abrir un blog y allí instalar tus trabajos de artista plástico?

 

          JCM — A los 16/17 años empecé a dibujar y escribir al mismo tiempo. Rudimentariamente, por cierto. No sabía ni podía saber entonces cuál de las dos actividades iba a tener prioridad. La primera exposición de dibujos (con plumín y tinta china) la realicé a los diecinueve años a instancias del artista de mi pueblo Guillermo Caroli Williams, de familia galesa, que fue mi primer maestro en el arte y amigo de toda la vida. Era 1973. Ese mismo año publiqué mis primeros textos (poemas, un cuento, un par de notas) en una revista literaria que hicimos en el pueblo con amigos. En el 81 me quedé sin trabajó y me ilusioné con el dibujo de humor. Hasta pensé, por necesidad, que podía recibir algún dinero a cambio. No fue así. El dibujo y la poesía siguieron siendo el centro de mi actividad hasta comienzos de los 90, cuando el teatro pasa a ser la tercera actividad en discordia. Ya para esos años, además de dibujar surgió la posibilidad de escribir guiones de historieta para el joven y talentoso dibujante Alejandro Aguado, de Comodoro Rivadavia, que comenzó a sacar una revista del género, “Duendes del Sur”, que después de una interrupción sigue saliendo como “La Duendes” y tiene inserción nacional e internacional. Aguado también dirigía un suplemento en el diario “Crónica”, de Comodoro, “El espejo”, donde todos los dibujantes, ilustradores e historietistas de la Patagonia tuvimos oportunidad de publicar. Fue el teatro, la escritura de obras y la dirección de un grupo independiente, que me absorbieron casi por completo. Ya a mediados y hacia fines de los 90 el dibujo y los guiones, e incluso la poesía y la narrativa, quedaron relegados, aunque seguí escribiendo y dibujando sin publicar nada, esperando un momento más propicio para poder trabajar en fino lo que iba saliendo. Entre el tercer libro de poemas, “Querido mundo” (1978), y el cuarto, “Animal teórico” (2004), pasaron dieciséis años. Exageré un poco, es cierto, pero fue inevitable. Ni dramaticé ni desesperé. Desde entonces, la escritura de poesía volvió a ocupar un lugar central. Pero el teatro había dejado su marca. Los temas y el tratamiento del poema se diversificaron, me pusieron ante nuevas problemáticas formales. En algún momento pensé en subir los dibujos a internet, pero mucho del material que dibujé lo obsequié a los amigos y no tuve el cuidado de dejar copia. De modo que ese proyecto, como me gustaría, sería casi imposible de realizar. Además, para hacer todas estas cosas se necesita tiempo, y yo no lo tuve en los últimos años, apremiado por los trabajos para sobrevivir y otros inconvenientes que la vida se ocupa de ponernos en el camino.

 

 

          4 — Es al comenzar la década de los noventa cuando comenzás a darte a conocer como dramaturgo y director teatral.

 

          JCM — Tal vez fue una coincidencia. Pero de ser un poeta inadvertido en mi pueblo pasé a escribir obras que hablaban de la realidad de aquellos días y a presentarlas, como dije antes, con el grupo que dirigía, “Los comedidosmediante”, creado con amigos del pueblo. La dramaturgia me dio la posibilidad de compartir con un público, en vivo, lo que no ocurría con la poesía. Todas las obras hablan de esos años. Los temas sociales, acuciantes y devastadores para el país, no faltaron. El proyecto de grupo fue simple pero muy trabajoso: escribir las obras, dirigirlas, hacer la puesta en escena, estrenarla en el pueblo y llevarla a donde fuera posible. Los actores fueron fundamentales para terminar de afinar los textos en los ensayos. Muchas veces necesitamos ayuda técnica sobre aspectos de actuación puntuales. Creo que con esa tarea difícil pero apasionante advertí el modo en que la plástica y la poesía se hacían presentes directa o indirectamente en el teatro. Tuvimos la posibilidad de ser reconocidos en la provincia y representarla en tres Fiestas Nacionales y en varios festivales. Viajamos a gran parte del país con nuestras obras. Luego de casi diez años, menos por deseo que por necesidad, dejé el grupo y comencé a dar clases a alumnos de nivel secundario, en cuyo colegio ya daba literatura. Pudimos hacer muchas obras creadas por los mismos alumnos, mostrarlas en el pueblo, dentro y fuera del colegio, y llevarlas a festivales juveniles de Comodoro Rivadavia. Hoy estoy jubilado de la docencia y todo eso es nostalgia y maravilla en mi memoria.


        5 — En tres tomos (“La historia de Asemal y sus lectores”, 2000; “De la misma llama. III De plomo y poesía (1972-1979)”, 2006; “De la misma llama. VII La yapa. Primera parte (1990-2006)”, 2014) de una propuesta del poeta y sociólogo Darío Canton (editados por el sello Mondadori), se reproducen dibujos tuyos y correspondencia que mantuviste con él. Y también has sido incluido en el volumen “Correspondencia” del poeta y “mítico imprentero” Francisco Gandolfo (con prólogo de Osvaldo Aguirre, Ediciones en Danza, 2011).

 

          JCM — En el sur las cartas fueron mi modo de sobrevivencia cultural y algo más. En enero de 1973 un hecho casual que me ocurrió en Buenos Aires al conocer a Jaime Poniachik en una librería (“Leo Libros”) de la calle Pueyrredón en la que trabajaba, fue muy importante porque me dio la posibilidad de relacionarme por correspondencia con la familia Gandolfo, de Rosario. Bellas personas: Francisco, Elvio y Sergio, con quienes mantuve una amistad ininterrumpida. En 1974, cuando estudiaba en La Plata, hice un viaje para verlos. También, a la par, tuve y tengo, también en Rosario, un contacto fluido con el poeta Jorge Isaías. Fue precisamente este escritor nacido en Los Quirquinchos quien editó mi primer libro en enero de 1977 con el sello de La Cachimba. Se imprimió en la imprenta La Familia, de los Gandolfo. El segundo y el tercero salieron con el sello de El Lagrimal Trifurca, en la colección El Búho Encantado. En la década del 80 la correspondencia con Francisco fue bastante regular y tan divertida como jugosa.

En 1975, en mi casa paterna del sur, a donde había vuelto a residir luego de pasar por La Plata, recibí el N° 1 de la plaqueta “Asemal”, de Darío Canton. Coincidió que el año anterior había comprado en una librería de Buenos Aires su libro “Poamorio”, lo que promovió que le escribiera con agradecimiento y entusiasmo. Fue una relación epistolar intensísima. Duró hasta 1979, cuando agotó su proyecto de sacar en “Asemal” toda su poesía inédita. Fueron mis años de formación y él tuvo mucho que ver. Ya hacía un año que venía limpiando mi poesía de follaje innecesario. Y Canton es lo más despojado que hubo y hay en la poesía argentina. A todos mis amigos les he enviado mis dibujos, o apenas viñetas, acompañando las cartas. Canton tuvo la amabilidad de incluir algunos en su obra completa, atípica y monumental, que va sacando por tomos. Cuando hacía “mis palotes con la poesía”, como dice Charles Simic, fueron varios los poetas con los que mantuve una asidua correspondencia y que considero fundamentales en mi formación y en el sostenimiento de mi vocación de escritor: Además de los nombrados, Raúl Gustavo Aguirre, Alfredo Veiravé, Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Rodolfo Alonso; de mi generación, Paulina Vinderman, Liliana Lukin, Carlos Vitale, Pablo Ingberg, Carlos Barbarito, Carlos Piccioni, Fernando Kofman, Santiago Espel, Alejandro Schmidt, Raúl Artola. Pero son muchos más. También, y particularmente, los narradores Donald Borsella, de Chubut, Ivo Marrochi, de Tucumán, y Carlos Roberto Morán, de Santa Fe.

 

 

          6 — En 1988 entrevistaste a un director cinematográfico que yo admiro, Carlos Sorín, mientras filmaba en Chubut, y se reprodujo tu diálogo con él en el diario “El Patagónico” de Comodoro Rivadavia.

 

          JCM — Carlos Sorín filmó mucho en el sur y particularmente en mi pueblo. Había hecho el servicio militar en Comodoro Rivadavia y quedó impresionado para siempre con esa región de la Patagonia. Tanto es así que volvió a filmar comerciales, y luego “La película del Rey”, una joya de la época. En 1988 filmó parte de “Eterna sonrisa de Nueva Jersey”, que es una roadmovie a la vez que una especie de comedia disparatada y dramática. En el equipo de producción vino un amigo común de amigos del poeta Alfredo Veiravé, y también los actores Omar Tiberti, que conocía desde el 84, y Daniel Kargieman, hijo del poeta Simón Kargieman, con quien me escribía. De modo que tuve la posibilidad de compartir muchos días de filmación en las locaciones de los alrededores y también las horas de la cena y sobremesa, o los fines de semana que tenían libres. El protagónico lo hacía Daniel Day-Lewis, que venía de filmar “La insoportable levedad del ser”. Ya había hecho “Ropa limpia, negocios sucios” y “Un amor en Florencia”. Parece mentira que el tiempo haya pasado tan rápido y tan exitosamente para él, a quien describí, al mencionarlo, como “un joven actor británico”. Para no herir susceptibilidades que tenían que ver con la Guerra de las Malvinas, Sorín y su equipo decían que era un actor irlandés. Paradójicamente, en 1993 se nacionalizó irlandés. El reparto era increíble: Juan Manuel Tenuta, Miguel Dedovich (en “La película del Rey” interpreta al aventurero Orélie Antoine de Tounens [1825-1878], quien se proclamó Rey de la Araucanía y la Patagonia), Julio De Grazia, Gabriela Acher, Ignacio Quirós, Rubén Patagonia (de quien era amigo porque había residido varios años de su juventud en Sarmiento), Ana María Giunta, etc. La entrevista fue muy extensa; tuvo la amabilidad y espontaneidad de explayarse en temas que me interesaban de su cine y del cine en general. El resultado del film no fue el que esperaba Sorín. Era una coproducción argentino-británica, con algunos inconvenientes en el corte final. Creo que hizo mella en su relación con la industria. Demoró en volver a filmar, y lo hizo de nuevo en la Patagonia. Fue en 2002, con “Historias mínimas”, otra roadmovie de bajo presupuesto que le permitió ser valorado como uno de los directores argentinos más interesantes.

 

 

          7 — Y ya que nos acercamos al cine: ¿qué filmes basados en novelas te han deslumbrado? ¿A qué actrices y actores “les creés todo”?

 

          JCM — Dejando de lado cualquier posibilidad de mirada profesional, que no tengo, puedo mencionar algunas que me agradaron/deslumbraron, tal vez por el momento en que tuve la oportunidad de verlas. “Al este del paraíso”, “Dr. Zhivago”, “El viejo y el mar” (con Spencer Tracy), “Por quién doblan las campanas”, “Rashomon”, “El gatopardo”, “2001: una odisea del espacio”, “El gran Gatsby”, “Los muertos” (de “Dublineses”), “La fiesta de Babette”, “Blade Runner”, la adaptación bastante libre que es “Apocalipsis Now” …

          Son muchos a los que “les creo todo”: Audrey y Catharine Hepburn, Jeanne Moreau, Dirk Bogarde, Laurence Olivier, Jean Gabin, Anthony Quinn, Bibi Anderson, Liv Ullman, Marcello Mastroianni, Francisco Rabal, Toshiro Mifune, Dustin Hoffman, Al Pacino, Meryl Streep, Lena Olin, Daniel Day-Lewis, Carlos Carella, Ulises Dumont, y tantos más.

 

 

          8 — Y vamos a personajes: ¿cuáles por su carisma, por su potencia, por su agudeza u otros atributos, te fascinan?

 

          JCM — Que ahora recuerde: Héctor, Edipo, El Quijote, Sancho, Cordelia, Hamlet, Ana Karenina, Leopold Bloom, Ahab, el hombre y la mujer de “El Ángelus” (de Jean F. Millet), Claus y Lucas (de la novela de Agota Kristof).

 

 

         9 — “Se llamará o no se llamará poema” es el título de un ensayo de tu autoría incluido en el volumen “El verso libre” (Ediciones del Dock, 2010). ¿Qué tipo de textos, cabalmente, merecen que se los califique de poemas? ¿A cuáles no se los debiera denominar así?

 

          JCM — Poema y poesía no siempre coinciden, o no siempre están destinados a coincidir. Uno pertenece al mundo de los objetos, la otra es una manifestación ontológica con un grado mayor de pureza que los mismos poemas. Pero la verdad, no lo sé. Me gustaría saberlo, pero no lo sé. Y es posible que en ese no saber consista la búsqueda de saber qué es un poema y qué es poesía. Ya la variedad es inmensamente grande en estos primeros años del siglo XXI y lo será cada vez más. Las épocas van definiendo esa calificación, pero creo que se toman sus necesarias libertades. Por ejemplo, de Héctor Viel Temperley a Darío Canton hay un abismo, y sin embargo nada nos hace pensar que uno escribe poemas y el otro no. Las artes, en general, van mutando hacia formas nuevas e impredecibles. En algunos decenios lo que hoy se puede definir como poema va a sentir el paso del tiempo. Por el momento sabemos que sigue vigente el verso o la prosa, con imagen, sonido, ritmo, como en pintura la pincelada. No hay más. Cada uno toca su propia música, con menor o mayor influencia del contexto.

 

 

          10 — En 1993 y 1994, firmando con el seudónimo Indiana Proust, fueron publicándose tus columnas “Aventuras Estelares” en “Nuestro Sur”, periódico de tu provincia.

 

          JCM — Eran seudo crónicas sociales y culturales sobre la realidad de mi pueblo de esos días, con una pizca de poesía y mucho de ironía. No seguían un modelo. Creo que eran bastante personales.

 

 

          11 — Regresando a los personajes: sos el creador de uno de historieta unitaria, “Morocho Dargüin”, el que con dibujos de Aguado se divulgó en el suplemento “El Espejo”. Contanos sobre él, y sobre otros, también de historieta, que hayas inventado.

 

          JCM — Mi amigo Alejandro Aguado llegó un día a mi casa de Sarmiento, me mostró el dibujo de un personaje estrafalario que acababa de terminar y me dijo que le gustaría hacer una historieta con él ambientada en la Patagonia. Me entusiasmó la idea, primero porque Alejandro es un muy buen dibujante, y luego porque era un desafío más para mi escritura. El nombre de ese personaje, Morocho Dargüin, me surgió, como se advierte, de dos conceptos opuestos. Charles Darwin era inglés y recorrió la Patagonia. Además de fonetizar ligeramente el apellido, el nombre, Morocho, me pareció que provocaba la tensión. Del mismo modo había surgido el seudónimo con que firmaba las “Aventuras Estelares” que mencionaste. El tema de la historieta era la Patagonia misma, vista a través de las experiencias de este antihéroe simpático, que tenía tanto de viajero como de poeta soñador. Después de salir semanalmente en “El Espejo”, se publicó, ya como tira, en un periódico de la región. Ahí tocaba temas relacionados con lo periodístico.

            En 1992, año del quinto centenario, en el periódico “Nuestro Sur”, que se editaba en el pueblo, publiqué una tira de humor que se llamó “El huevo de Colón”. El personaje era un huevo. Refería desde aspectos locales hasta tópicos del quinto centenario. Fue divertido hacerlo.

            En “El Espejo” salieron muchos dibujos de humor que había hecho en años previos. El humor, la ironía, siempre estuvieron ahí para colorear lo que hacía, dibujo o escritura, y también, por qué no, para provocarme. De hecho, mis gustos poéticos por el desparpajo de Nicanor Parra y de algunos de los nombrados fueron inevitables, aunque debí tomar recaudos porque el humor en poesía puede ser letal si no se lo puede mantener a raya. A veces se puede, a veces no. Según el pulso y la vena del momento. Como variante del humor, la ironía, según Octavio Paz, siempre es crítica.

 

 

          12 — Además de primeros premios y otras distinciones por algunas de tus obras, lo has sido también por tu trayectoria y en más de una ocasión. ¿Podrías discernir para nosotros, más allá de la imaginable satisfacción, algo de un orden recóndito, sutil?

 

          JCM — De lo primero no hay mucho para decir; a veces se tiene suerte y un jurado nos premia una obra. Literaria o teatral. No deberíamos tomarnos muy en serio un premio como no ser premiados, cosa que ocurre, esta última, las más de las veces, y uno igualmente sigue. Porque el mejor premio es poder seguir trabajando, produciendo, con o sin ese tipo de satisfacción. Nunca está de más recordar la famosa cita de Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.” Lo segundo: esos reconocimientos fueron mimos locales de parte de intendencias y del legislativo, entre otros. La sensación fue, en alguna medida, que siempre es bueno sentirse profeta en la tierra de uno, a pesar del dicho en contrario. Mi pueblo me dio demasiadas cosas buenas, dentro y fuera de la tarea artística.

 

 

          13 — “Una lucha desigual con las palabras” es el título de tu primer libro en el género ensayo. ¿Qué otros libros —¿intentaste la concepción de alguna novela?— estarían listos para ser editados?

 

          JCM — “Una lucha desigual con las palabras” es un libro de notas sobre poesía antes que, de ensayos propiamente dichos, aunque el tono y la intención rozan lo ensayístico y también lo poético. Un libro inédito que sí es de ensayos, cuyo título es “En/sayos de literatura patagónica”, no tiene editor por el momento.

          En 1992/93 escribí una novela, pero fue un fracaso. De hecho, trataba sobre un personaje, tomado en parte de la vida real, que fracasa en la vida y en sus deseos de ser un artista en la Patagonia. La novela no podía tener otro fin que el de su personaje, lo que ya sería en sí misma una idea de arte conceptual. Para escribir novela se requiere una técnica y tiempo y no tuve ni una cosa ni la otra.

 

 

         14 — En tu pieza “Desesperando” (Inteatro, Editorial del Instituto Nacional del Teatro, 2008), en “espera desesperada” los personajes mentan al “tío Samuel”, ése que “ha estudiado muy bien las consecuencias del movimiento inútil”. Y en tu pieza teatral “El tragaluz” (integrando un volumen con otras dos también de tu autoría, “Pintura viva” y “La oscuridad”, Ediciones La Carta de Oliver, 2013), uno de los dos únicos personajes se llama Samuel.

 

          JCM — Soy deudor del teatro y asimismo de la narrativa de Samuel Beckett. Lo leí, incluso su poesía, a partir de los años 80. Es el autor que tuvo mayor impacto en mi concepción teatral y algo más. Incluso, a su pesar, en relación con mi visión de la Patagonia. Mi libro de poesía, “El jugador de fútbol”, se inicia con un epígrafe que pertenece a la obra “Catastrophe”, de Beckett, donde capciosamente, en relación a la forma y a la posibilidad de mirar, hace referencia a la Patagonia. Creí necesario incorporarlo como personaje en esas obras, en una de ellas en presencia, en la otra en ausencia, pero que tuviera su peso, como contrapunto primero y como una vara con la que se pudieran medir las acciones después. También es una especie de diálogo imposible con él. Me hubiera gustado conocerlo, oírlo hablar, oír su silencio, percibir su mirada, en cualquier caso.

 

 

          15 — “Los comedidomediante” obtuvieron primeros premios y se presentaron ante públicos de varias provincias argentinas y hasta en Puerto Montt, Chile. ¿Cómo fue dar a conocer “El tragaluz” en el Teatro Nacional Cervantes, único con ese rango en nuestro país?

 

          JCM — Las funciones de “El tragaluz” en Chile las hizo el grupo “Sobretabla” de Mendoza, dirigido por Rubén González Mayo. La función en el Cervantes fue como consecuencia de haber sido premiados en la Fiesta Nacional de Teatro que ese año 1994 se hizo en Tucumán. Para nosotros, que partimos de la nada, hacer la obra en un teatro con tanta historia fue tocar el cielo con las manos. Nos fueron a buscar a Chubut, nos trajeron a Buenos Aires, nos alojaron, nos dieron de comer, y luego nos llevaron de regreso. Además, nos pagaron una gira por todas las provincias patagónicas, desde Ushuaia hasta Santa Rosa, provincia de La Pampa, y con el premio en efectivo pudimos comprar un equipo de luces y otro de sonido, completos. Cosas del Instituto Nacional de Teatro, que agradecimos en su momento. La paradoja es que se dio en la década del ’90, de la que fuimos críticos en las propias obras. Debo decir también que Carlos Pacheco, periodista y ensayista teatral, tuvo mucho que ver en la difusión de nuestras obras a nivel nacional.

 

 

          16 — En “Animal teórico” (Ediciones del Dock, 2004), el lector tiene la posibilidad de leer una carta que Groucho Marx escribe a Franz Kafka y la respuesta de éste al primero; así como también la carta que Gregorio Samsa le despacha a su creador y la que Groucho le envía a Gregorio. Y desde aquí, Juan Carlos, retornamos, por el camino de la creación, al marco de la Correspondencia. 

 

          JCM — Siempre, desde el primer momento, escribí cartas a escritores y mantuve, en la medida de lo posible, una correspondencia fluida que me ayudó particularmente en mis años de formación. El género epistolar me gusta y me interesa como arte. Sea poético o no lo sea. Hasta la aparición del e-mail la correspondencia como la conocíamos sólo había sufrido una variación en su inmediatez. Pero luego han cambiado y diversificado tanto los soportes que disponemos de la nueva versión del telegrama en su versión instantánea y virtual. La vida y las cosas cambian constantemente. No hay que vivir en el pasado, decía Raymond Carver. Hay que traerlo al presente, en todo caso.

 

 

          17 — Como vos, chubutense, el narrador Donald Borsella (1926-1986) aparece mencionado en tu poema “El cerezo”, integrado a “El jugador de fútbol”; en el mismo poemario, otros dos narradores, David Aracena, fallecido en Comodoro Rivadavia en 1987, y Diego Angelino, quien reside en la provincia de Río Negro, son nombrados en tu poema “Hablar”; y también un poeta de Chubut, Néstor Milton Jones, en el poema “En la casa del galés”. ¿Compartirías con nosotros un esbozo de cada uno de estos escritores?

 

          JCM — Con ellos me unió la literatura y una profundísima amistad. Los admiro como escritores y los quiero. Donald Borsella nació en Esquel, fue maestro de escuela primaria en El Maitén y en Trelew, donde finalmente se radicó. En esa etapa lo conocí. Fue en 1973. En 1978 la editorial Galerna le publicó su primer libro de cuentos, “Las torres altas”. En 1981, en Trelew, dio a conocer su segundo libro de cuentos, “El Zorro Cifuentes”. En 1984 la Dirección de Cultura de Trelew publicó el ensayo “Alberdi y una novela patagónica”, al que hay que agregar no pocas intervenciones en el periodismo cultural de la zona. De manera póstuma, en 2007, la Secretaría de Cultura del Chubut, editó la novela inconclusa “El viaje”, que estaba escribiendo al momento de su muerte. El cuento “La avutarda”, que refiero en mi poema, salió en su momento en el suplemento cultural del diario “Clarín”. En el encuentro “Esquel Literario 2010” difundí la ponencia “Homenaje a Donald Borsella”.

          David Aracena, periodista cultural, poeta y narrador, pero antes que nada maestro de poetas, supo cultivar el don más preciado de la amistad. Se escribió con escritores de la talla de Pablo de Rokha, Victoria Ocampo, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Ricardo Molinari. Como decimos en nuestra región, David “prefirió el diálogo y la correspondencia a la publicación.” En 1986, un grupo de amigos escritores de Comodoro Rivadavia le publicó su único libro de cuentos, “Papá botas altas”. En 2009, la editorial Espacio Hudson/El Extremo Sur publicó el libro “Las palabras y los días”, un compendio de sus columnas con cuyo título salían en el diario “El Patagónico”, de Comodoro Rivadavia, que firmaba con el seudónimo Juan de Punta Borjas, que tomó de la toponimia del lugar. A los dos, con obras relativamente breves y referidas siempre a la geografía y a la gente del sur, los seguimos leyendo y valorando, porque sus textos siguen vigentes. Que yo sepa, no hubo reediciones de sus libros, y esto de algún modo es indisculpable.

          Diego Angelino nació en Entre Ríos y está radicado en la Patagonia desde los veinte años; primero en Comodoro Rivadavia y después, hasta ahora, en El Bolsón. Fue quien más se dio a conocer fuera del ámbito patagónico. Su primer libro de cuentos, “Con otro sol”, fue premiado por el diario “La Nación”, con un jurado que, entre otros, integraban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Años después Nicolás Sarquís llevó al cine esas historias que ocurrían en el campo entrerriano. Sigue escribiendo con su técnica notable de siempre.

          Néstor Milton Jones, descendiente de las primeras familias galesas llegadas a Chubut en 1865, nació en 1951 en Sarmiento, donde sigue viviendo. Somos amigos de toda la vida, viajamos juntos a la Universidad Nacional de La Plata. Comenzó a estudiar cine y continuó luego en Buenos Aires. Viajó un poco por el mundo y volvió para estudiar historia en la Universidad Nacional de la Patagonia, en Comodoro Rivadavia. Sigue escribiendo, de algún modo aislado. A veces la “periferia”, por distintos motivos, es implacable con los creadores. En la década del 80 salió en la editorial Sátura de Buenos Aires, dirigida por Fernando Kofman, su único libro de poemas editado, “Visitas”

 

 

          18 — ¿Por qué será que mientras leía y me sorprendía con los textos de tu “Baile del artista rengo”, no dejaba de pensar en los procedimientos de “danza” de Tim Burton y Woody Allen en algunas de sus películas…?

 

          JCM — Aun con estéticas distintas, me gustan mucho ambos, Burton y Allen. Cómo juegan con la trama, con los personajes, y el modo en que realizan el montaje de sus películas. Pensando en tu comentario, será por los ingredientes del humor y de lo naif, que en dosis considerables se cuela en todo lo que hago. Creo que en los relatos puedo soltarme con el lenguaje un poco más que en los poemas.

 

 

          19 — ¿Les has leído cuentos a tus hijos o sos de esos padres que los ha ido inventando sobre la marcha?

 

          JCM — Ambas cosas. De noche, al momento de ir a dormir, siempre les leía o les contaba cuentos que se disparaban solos, según cómo se entusiasmaban o se predisponían a oírlos. Después les proponía que ellos escribieran lo que recordaban de esas historias (“Moby Dick” o “La isla del tesoro”, por ejemplo), que hacían con las libertades del caso, y yo se las pasaba a máquina (qué palabra, en este tiempo), recortaba las hojas y confeccionaba libritos ilustrados por ellos mismos.

 

 

          20 — Te propongo alguna reflexión partiendo de tres notas sobre escritura del barcelonés Eugenio Trías (1942-2013):

1: “La escritura no es nunca ‘reflejo’ de la realidad. O es reflejo de la única realidad: los nervios. La escritura es un reflejo nervioso.”

2: “El sentido de un escrito es el humor con que deja al que lo lee.”

3: “No se lee porque se teme.”

 

          JCM — La primera está muy bien. Nunca se puede reproducir la realidad. En todo caso, se reproduce una visión (al decir de Saer) de la realidad, que puede ser, y a veces lo es, una realidad en sí misma. A eso le llamamos literatura.

          Las dos últimas citas son parte de la experiencia de la lectura. Creo que también pueden ofrecer otras variantes de “sentido”, que “incompleten” (disculpas por el neologismo) indefinidamente la acción y reacción que provoca la lectura.

 

 

*

 

Juan Carlos Moisés selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

 

 

La laguna

 

 

caminaba por el mundo

que era una nuez

una pequeña bola de tierra y plantas

me sentía bien mientras caminaba

inadvertido

bordeando una laguna

y un campo de alfalfa

 

desde ese espacio envolvente

una bandada de patos

se voló haciendo ruido con el pico

avancé por el verdor

hacia su centro

y otra bandada se elevó

con las patitas mojadas

hubo un momento en que toda la laguna

quedó para mí

me desnudé y me zambullí

los patos tardaron en volver

se acercaron con miedo

y comenzaron a nadar a mi alrededor

no demostré violencia alguna

moví mis manos

agité naturalmente mis brazos

para imitarlos

para ser como ellos

para mirar el mundo desde la laguna

perdido aleteando en medio de las ramitas

donde el pato más grande y más feo era yo

 

 

                                (de “Querido mundo”, 1988)

 

 

*

 

 

Manuel Bandeira en el Sur

 

 

un álamo

ha crecido delante de la casa

en medio del jardín

entre pinos jóvenes y flores

un álamo que no plantamos

irrumpió un día y fue creciendo

desde su firme raíz hacia la luz

 

sin pensar demasiado lo llamé

por su nombre:

Manuel Bandeira

y el álamo me contestó

como seguramente me hubiera contestado

Manuel Bandeira

después persistió

en sus intenciones de hablar

 

desde entonces

lo escuchamos decir buenas tardes

buenas noches ser amable

saludar perro hormiga o mujer

es evidente:

Manuel Bandeira quiere darse

a conocer

entre los vecinos

 

y hay todavía un muy curioso agregado:

insulta a quien no le devuelve el saludo

el saludo es fundamental

dice uno de mis tíos

mientras que a Manuel Bandeira le tiemblan

las hojas las nervaduras las gotas de rocío

y en verdad su irreverencia

no desentona como hecho particular

o filosofía de vida

aunque me temo que su hermosa

existencia terminará con un hachazo

después lo haremos silla donde sentarán

al acusado

 

 

                                 (de “Querido mundo”, 1988)

 

 

 

*

 

 

Flamencos en la laguna

 

 

Esos flamencos todo

el día al sol sumergen

la cabeza movediza en el agua

apoyados en el firme equilibrio

de una de sus patas; están clavados

en la laguna, tallados en el aire.

Cada tanto rompen la monotonía,

curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,

estiran la pata encogida y dan un paso largo

y lento que se hunde y se clava

como la pata anterior,

que ahora se pliega y espera

mientras bajan la cabeza a bucear.

Todo el interés está ahí, en la turbiedad

del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

 

Ninguno de esos actos minuciosos

me incluye, ni soy de la familia de esas aves;

tampoco soy lo que se dice trigo limpio

para acercarme a refrescar mis pies

sin que algo no deseado ocurra

en el plan trazado por los flamencos.

 

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua

ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido

por las hormigas de la curiosidad

que siempre me empujan a donde no me llaman

me acerco a la orilla

todo lo que más puedo,

hasta que en el límite de la confianza

los flamencos levantan vuelo

con tres o cuatro aletazos,

las flacas patas colgando sobre la laguna.

 

Si yo fuera ellos

daría un rodeo largo y sin pausa

con la esperanza de que se fuera el entrometido

y entonces volvería lo más campante

con las alas desplegadas

a posarme otra vez en medio de la laguna,

una sola pata apoyada

en la turbiedad del fondo.

 

Pero se ve que esos flamencos

tienen otros planes para resolver el dilema,

y acribillados inútilmente

por la doble intención de mi mirada

siguen adelante y se pierden en el cielo

capaces como son de ver a lo lejos

adónde lleva el camino.

 

 

                                             (de “Animal teórico”, 2004)

 

 

 

*

 

 

Un bar en el camino

 

 

Cuando entré a ese baño de bar

del camino y la puerta se trabó

sin explicación, creí encontrarme

en el mismo infierno; no advertí

que hubiera lo que estrictamente

se llama fuego, crepitaciones,

gritos de dolor, sólo unos pocos malos

olores que me envolvieron

y la lamparita que no prendió.

Para estar en medio de la pampa alta

y desmesurada ese baño era un lugar

demasiado pequeño, sucio, opresivo.

Ni las frases chistosas escritas

en la pared con letra despatarrada

fueron capaces de provocarme

la mueca de una risa.

 

En las manchas de humedad

del revoque descascarado

vi con horror la sombra del que soy,

vi rostros no amados,

vi todo lo que no se desea ver:

de mí, de los otros, de lo otro.

Dije es el fin, ahora sé cómo es

la última visión de una persona.

 

Mi única esperanza fue

el ventanuco; después de forcejear

en lo alto durante unos momentos,

el hierro viejo, debilitado, carcomido

por el óxido, cedió,

y cielo y nubes entraron

increíblemente a tiempo.

 

 

                                             (de “Animal teórico”, 2004)

 

 

*

 

 

Hervidero parlante

 

 

 

Mándeme sus libros sin falta y con una dedicatoria. Pero no

ponga “estimada”; simplemente: “A Masha, que no recuerda

de dónde viene y que no sabe para qué vive en este mundo.”

Antón Chéjov

(Masha a Trigorin; “La gaviota”)

 

 

 

 

Cae una lluvia desapasionada.

No sé quién adormece a quién.

Parece que nada hubiera pasado en años

y sin embargo nada parece lo que es.

Algo se despierta en nosotros en este

amanecer en apariencia indoloro,

y un temblor oculto nos conduce

a la calle y la calle al trabajo

y nos deposita en la realidad del día

que comienza para uno y todos.

Pasadas las horas, con la tarea cumplida,

esta lluvia ni alegra ni lastima,

y con sus variaciones sigue cayendo

más o menos lenta sobre nosotros.

 

Caminamos sin alarma. Por nuestros

ojos vemos pasar las cosas en forma

de imágenes distraídas que para ninguno

parecen estar necesitadas de explicación.

Pero las cosas siempre representan un desafío

reiterado, mientras el hervidero parlante

sigue ahí, detrás y a veces en las cosas

mismas, como siempre, como en estos

días o en los días inciertos que vendrán

con interpretaciones y argumentos a granel

que el cerebro recibe sin terapia anticonvulsiva

alguna (la psiquiatría la denomina TEC).

Bueno sería, de una vez, que las neuronas

saltarinas se defendieran solas. Una posible

sería que el cable con los electrodos invirtieran

los electroshocks para ser aplicados en la sien

a las distintas caras que presenta la realidad,

y por fin sepa quiénes somos y nos ayude

a saber “para qué estamos en este mundo”.

 

Pienso y no lo digo: que a cambio de aquella

alegre soberbia de la juventud para juzgar

al mundo hoy tenemos esta triste modestia

de la edad madura para rebelarnos.

 

 

                                                      (a Jorge Fondebrider)

 

                                      (de “El jugador de fútbol”, 2015)

 

 

 

*

 

 

La modelo y los jóvenes muertos

 

 

Algunas de las balas que no dieron

en el blanco buscado fueron a incrustarse

en varias partes del cuerpo de una modelo

que anunciaba un producto comercial

en un cartel de la publicidad callejera.

Las balas que dieron en el blanco derramaron

la sangre de los jóvenes que murieron

en la protesta. La sorpresa y la duda

nos surgieron en ese mismo momento,

porque aun ante la exagerada intervención

policial, y en el peor de los escenarios,

suponíamos que las cápsulas sólo debían

contener inofensivas municiones de goma.

Enfocados por las cámaras no había nadie

que no se mostrara indignado, sin dar un

paso atrás, dispuestos a resistir lo impensado,

mientras nosotros, arropados por los días

de invierno, mirábamos impresionados

en la comodidad del living de nuestra casa.

 

En los fragmentos que vimos en el televisor,

a dos mil kilómetros de los hechos, las escenas

eran desgarradoras, ahora que las desgracias

se transmiten en vivo y en directo al planeta.

No nos quedaban dudas, una vez más,

de la desesperada y trágica pasión argentina,

en la que todo vuelve a empezar como en la cabeza

de un paciente crónico sin memoria.

(¿Qué representaba la discusión intrascendente

que habíamos tenido con mi mujer esa mañana

sobre un tema que ya habíamos olvidado?)

Poco se podía hacer ante la pantalla inmutable

que seguía repitiendo en crudo lo sucedido

con un regodeo gratuito para el espectador,

porque a los manifestantes volvían a matarlos

como si una vez ni diez ni veinte bastaran.

Pero el ensañamiento virtual tenía su piedad,

cuando nos daban un respiro y mostraban,

desde otro ángulo y encuadre, las balas fallidas

—suponemos, por impericia del tirador—

que seguían impactando en el cuerpo indefenso

de la modelo de papel, que a pesar de la balacera

no dejaba de sonreír, como si no le importara

o no fuera verdad lo que estaba sucediendo

ante sus ojos delineados y los nuestros acongojados.

No daba signos de estar pensando que la belleza

no puede durar, ni que las decisiones de los hombres

corrompen con más apuro que la crueldad del paso

de los días. Juraría que ella habría confiado en las

personas antes que en la erosión natural del tiempo.

 

Cuando los jóvenes iban a morir una vez más,

abrí la puerta y salí al patio; nada se oía,

nada se movía en el aire tenso de la oscuridad.

Al pie del pino me quedé un momento sin

decisión. Luego hundí las manos en la masa

de nieve helada que había caído la noche anterior.

 

                               (de “El viento que hay allá afuera”, poemas inéditos 1977 / 2015)

 

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Juan Carlos Moisés y Rolando Revagliatti.

    

 


martes, 8 de febrero de 2022

Cristina Piña: Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

 

Cristina Piña: “Héctor Viel Temperley escribía poesía religiosa cuando dios era mala palabra”

 

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti




Cristina Piña nació el 14 de marzo de 1949 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Es Licenciada en Letras por la Universidad del Salvador desde 1981 y Magíster en Pensamiento Contemporáneo por la Universidad CAECE desde 2007. Ensayos y capítulos de su autoría forman parte de más de veinte volúmenes, así como cientos de artículos, actas de congresos, introducciones y prólogos de libros, crítica bibliográfica y de piezas teatrales, recensiones, relatos, textos de creación y traducciones de poesía, se han difundido en revistas universitarias y con referato, antologías en fascículos, suplementos literarios, diccionarios, etc., de su país y del extranjero. Poemas suyos han sido incluidos en antologías y se han traducido al árabe, inglés, húngaro, francés, japonés, alemán, hebreo, rumano e italiano. Entre otras distinciones obtuvo el Primer Premio de Poesía del Concurso Isidoro R. Steimberg, 1978; el Segundo Premio Municipal de Ensayo 1991-1992, otorgado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires; el Premio Konex de Platino 2014 – Letras (decenio 2004-2014) en Traducción. Poemarios publicados entre 1979 y 2016: “Oficio de máscaras”, “Para que el ojo cante”, “En desmedida sombra”, “Pie de guerra”, “Puesta en escena”, “Taller de la memoria”, “Pasajera en tránsito”, “Magia blanca”, “Meditaciones orgánicas”, “En la orilla del cuerpo” y “Travesías”. Además de volúmenes de crítica literaria concebidos en coautoría, en dicho género es la autora de “La palabra como destino. Un acercamiento a la poesía de Alejandra Pizarnik” (1981), “Alejandra Pizarnik. Una biografía” (1991; 2ª edición corregida: 1999), “Poesía y experiencia del límite. Leer a Alejandra Pizarnik” (1999).


          1 — Fue por teléfono que me adelantaste un perfil de tu procedencia familiar y de tus derivas por el teatro, por la música…

 

          CP — Vengo de una familia muy especial, sobre todo por el lado materno, que constituía una especie de matriarcado porque entre abuela, tías abuelas, tías y madre sumaban seis personajes singulares: uruguayas, liberales, divertidas y progresistas, pese a venir de una familia muy antigua del Uruguay, con siete generaciones en el país —yo soy octava generación y tengo la doble nacionalidad. Además, las mujeres de la familia eran amantes —al igual que mi padre— de la literatura, la música y la pintura. Gracias a ellos entré desde muy chica en el mundo del arte: además de los discos que se oían y las charlas sobre pintura, teatro, cine y ópera que se tenían en mi casa, mi padre me llevaba todos los fines de semana a museos, galerías de arte y conciertos y junto con mi madre al teatro y al cine. Además, por mi hermana —que era seis años mayor que yo—  empecé a ir al teatro independiente y pude conocer el Instituto Di Tella en su momento de esplendor, pese a tener catorce o quince años.

          Ese contacto con la cultura hizo que, además de la carrera que luego elegí y a la que le consagré mi vida, estudiara pintura entre los ocho y los diez años y, ya de adolescente, además de hacer teatro en la Universidad y en el grupo The Shakespeare Players que creó el profesor Patrick Dudgeon con alumnos de los cursos superiores de la Cultural Inglesa —Higher Cambridge y Cambridge Proficiency—, estudiara teatro con Raúl Serrano durante dos años. Pero al cabo de ese tiempo opté por la literatura, si bien siempre me quedó picando el amor al teatro y la frustración como actriz.

          Sin duda por eso, gracias a la actriz y performer Fabiana Rey, ya grande me subí tres veces al escenario: en 2009, ella y yo hicimos en el “BarBaro” una performance de una sola función titulada “Minimalas, surrea… ¿qué?”; en 2011 hice una performance sola sobre Amelia Biagioni en la galería Arcimboldo durante el Festival de Performance de Buenos Aires; y en 2014, junto con Fabiana Rey, Gimena Lima Jofre y Nicolás Magnin, el espectáculo / performance “Las muertes”, sobre textos de Olga Orozco, en el Centro Cultural de la Cooperación, durante cuatro sábados del mes de julio y una función más en la Casa del Bicentenario en el mes de septiembre.

          Además de estas incursiones en el teatro, comencé como traductora haciendo subtítulos de películas y doblajes de series y dibujos animados, actué como intérprete en diversos acontecimientos —desde carreras de automóvil hasta conferencias internacionales especializadas, venida de misiones internacionales y congresos de literatura—, hice periodismo cultural en diversos medios —radio, televisión y diarios— y durante largos años tuve, al margen de la Universidad, talleres de lectura en bibliotecas municipales, así como, hasta el día de hoy, cursos en instituciones privadas o con grupos ad hoc, a fin de mantener un contacto no académico con la literatura y conectarme con lectores comunes. Entre los talleres que dicté, guardo un recuerdo especial de aquellos dedicados a adolescentes y personas de la tercera edad.

          En otro campo, durante años y a raíz de mi pasión por la música, completé la formación musical que me dio fundamentalmente mi padre —quien había tocado el violín de joven, incluso con cierto profesionalismo durante los años de Facultad para ayudarse económicamente— y que desarrollé desde la infancia yendo con mucha frecuencia al Teatro Colón y, cuando éste estuvo cerrado, abonándome a Buenos Aires Lírica y a Nuova Harmonía; sí, esa formación la completé con cursos dictados privadamente por los críticos Julio Palacio y Juan Carlos Montero —ambos amigos personales.

          Como último aspecto “no académico” de mi vida señalo que he dado montones de conferencias en ámbitos no universitarios —bibliotecas municipales o populares, hospitales, instituciones privadas, escuelas del estado, clubes, etc.—, he sido la voz de los cuentos infantiles traducidos por mí para la Editorial Guadal en la colección de libros parlantes; he sido la voz de diversos videos experimentales, he leído poemas en tantísimos lugares, talleres e instituciones y he colaborado activamente en la puesta en escena con directores que llevaron traducciones mías al teatro (sea de Shakespeare o de otros autores): Agustín Alezzo y Oscar Barney Finn. 

 

 

          2 — Otros autores… citemos: Antón Chéjov, Eugene O’Neill, Caryl Churchill, Copi, Martin Sherman, Harold Pinter.

 

          CP — Sí, y también Eugène Ionesco, Oscar Wilde, etc. Es que el gran placer de traducir teatro es como una compensación para la actriz frustrada que soy, que simplemente actúa frente a la computadora “pasando por la boca” los parlamentos que traduzco. Porque —créase o no— una cosa es un texto leído y, otra bien distinta, un texto dicho. Por eso amo traducir teatro y por eso creo que me sale bien. Además, uno no se da cuenta hasta que hace la prueba de la oralidad hasta qué punto es diferente un texto para ser leído y otro para ser dicho. Yo lo aprendí a lo largo de muchos años de traducción y de experimentar cómo un texto que se lee muy bien, a la hora de ser dicho en voz alta puede hacer tropezar al lector-actor o resultar chato y ajeno a lo que se aspira a comunicar.

 

 

          3 — Parte de tu quehacer periodístico han sido las entrevistas que has realizado, entre otros, a los escritores Félix Luna, Doris Lessing, Santiago Sylvester, Janusz Glowacki, Dominique Fernández, Ernesto Schoo, Rosa Montero, Nikos Phokas y Olga Orozco.

 

          CP — Efectivamente. Y no sólo entrevistas que luego publiqué como textos, sino otras, generalmente en la Feria del Libro, con los autores presentes y algunas de las cuales recuerdo con especial placer. La de Isidoro Blaisten, por ejemplo, en la que nos divertimos como locos los dos recorriendo su obra y sus experiencias literarias.

          Si me gusta entrevistar a escritores es porque me apasionan las diferentes formas de entender el oficio y la vocación literaria y porque me gusta escuchar. Pese a que soy habladora y, tal vez, porque soy profesora y me veo, en consecuencia, obligada a hablar mucho, me fascina escuchar a los demás y después compartir con otras personas eso que me han dicho, que es siempre enriquecedor, lleno de matices, rico para el otro.

 



          4 — Unos cuantos —y yo me sumo— te habrán felicitado o se habrán alegrado cuando te diste el reiterado gusto de subir y actuar en uno, en dos, en tres escenarios. (Y unos cuantos —quiero creer— próximos a vos, familiares, amigos, te habrán hecho notar que “tenés un aire” a Vanesa Redgrave.)

 

          CP — Y sí, mis amigos estaban encantados y algunos asombrados. Y fue realmente un placer hacerlo. Pero un placer que se tornó peligroso. En efecto, con los dos primeros espectáculos me divertí, pero con el tercero —que disfruté también mucho en los ensayos— caí en una depresión de aquéllas que me impidió proseguir con las representaciones, para tristeza mía y de mis compañeros. Lo que ocurrió, creo, es que los textos de Olga Orozco que estaban centrados en las muertes de personajes de la literatura, la historia o la leyenda, sin duda despertaron en mí muchos recuerdos de pérdidas y sufrimiento. Y el resultado fue que no pude seguir más haciéndolo. Lo que pasó fue que no me alcanzaban los recursos actorales —dos años de estudio no son suficientes, sobre todo cuando dejás pasar tanto tiempo sin subirte a un escenario— para salir de los personajes. Porque para entrar en ellos no tenía ningún problema: no supe salir y por eso tuve que suspenderlo.

        En cuanto a la Redgrave, sí, es cierto: y no sólo me lo han dicho aquí sino en medio mundo —de Nueva York, a París y demás— porque tenemos aspectos en común. Que ella sea bastante mayor que yo no significa una mancha en el ego, ya que es tan talentosa, tan gran actriz, que alguna forma de cercanía con ella es un orgullo.

 

 

          5 — De alguien que se formó actoralmente (yo) con Carlos Gandolfo, a quien lo hizo con otro notable didacta: Raúl Serrano: ¿lo evocarías?... ¿Cómo te resultaron aquellos dos años?

 

          CP — Ah, fueron estupendos y Raúl, excepcional. Hacía poco que había regresado de Polonia, donde había estudiado con Jerzy Grotowski y nos hacía adentrarnos en el Método —sabemos que Grotowski viene del mismo tronco de Konstantín Stanislavski— con una auténtica mano maestra. Lograba que diéramos muchísimo de nosotros mismos y que entráramos en papeles que eran lo contrario de nuestra personalidad. Lo recuerdo por experiencia ya que, entre otras cosas, conseguía que yo, con mi aspecto de chica de colegio inglés, como decía él, pudiera convencer a los demás de que era una prostituta porteña. Y lo mismo con todos los demás. En otro sentido, nos hacía tomar con una seriedad absoluta la preparación que nos daba y que tantos discípulos suyos llevaron a niveles de excelencia. Esa misma seriedad con la que enfrentaba su tarea, fue lo que, en mi caso, hizo que optara entre la literatura y el teatro. Porque para Raúl no cabía ser dos cosas a la vez: o eras actriz a fondo o renunciabas al oficio.

 

 

          6 — Has “navegado” (licencia poética) como traductora de libros de filosofía, historia, sociología, psicoanálisis, biografías, libros de viajes e infantiles, narrativa (Antoine de Saint-Exupéry, Marcel Schowb, Gaston Leroux, Honoré de Balzac, Marie Darrieussecq, Stuart Woods, David Morrell, Jean Sasson, Robert J. Waller, Arthur Conan Doyle, Anne Brontë, D. H. Lawrence, Edith Wharton…), dramaturgia, ecología, economía, etc. ¿Cómo es “vérselas” en semejante diversidad de “aguas”?

 

          CP — Mirá, es una fiesta. Porque para una persona a la que le gusta la variedad, el cambio, la sorpresa, no hay nada más fascinante que pasar de un autor a otro bien diferente. Eso sí: hay cosas que he hecho al principio por pura necesidad: libros de autoayuda, manuales de drogadicción, libros de economía…: un espanto, pero eran para comer. Una vez que esa urgencia pasó, me di el gusto de traducir lo que me gusta y quiero: la gran literatura y el gran teatro, poesía y también filosofía, psicoanálisis y teoría teatral o literaria. Porque esas variantes no sólo te obligan a aprender un montón de cosas, sino que presentan desafíos diferentes. Y para mí los desafíos en el campo de la traducción son un aliciente, algo que, lejos de asustarme, me estimula. Parece muy loco, pero recuerdo con enorme gusto las tardes que me he pasado batallando con los juegos de palabras endemoniados de Ionesco, con el castellano que tuve que inventar para una pieza de John Millington Synge, mezcla de provincianismos pero sin limitarse a ninguna provincia argentina en concreto, con el fascinante desbarajuste de niveles de lengua y de intertextos literarios del poeta norteamericano Galway Kinell, que me sacó canas verdes, o las velocidades variables y enrevesadas de la prosa de “Mrs. Dalloway” de Virginia Woolf. Porque te medís con el lenguaje, lo peleás, lo seducís, lo descubrís. Otra forma de cuerpo a cuerpo con el lenguaje del que tenemos los poetas con nuestras palabras, pero bastante emparentado con él. Semejante lucha satisface el costado obsesivo y perfeccionista que tengo, al obligarme a acechar las repeticiones, las consonancias involuntarias, los ripios, hasta que la prosa —o el verso— queda lo más musical y fiel al espíritu del original.

 

 

          7 — Además de revistas has presentado decenas de libros (Guillermo Martínez, Delfina Link, Alfredo Veiravé, Manuela Fingueret, Fernando Sorrentino, Liliana Heker, Rodolfo Rabanal, Edna Pozzi, Volodia Teitelboim, Florinda Goldberg, Rodolfo Alonso, Vlady Kociancich…). ¿De qué presentaciones te han quedado recuerdos más vívidos? ¿Qué debiera evitarse o al menos atenuarse en esos eventos?

 

          CP — No podría señalarte una presentación como la preferida, ya que en todas hubo algo que me gustó especialmente: sea la atmósfera que se dio en la entrega del premio de Alejandro Nicotra en Córdoba, sea la lectura por parte de actores amigos de un capítulo de “Las voces del reino” de Jorge Torres Zavaleta, sea la articulación entre imagen y poesía en la presentación de “El libro de las Siniguales y del único Sinigual” de María Rosa Lojo, qué se yo: tantos momentos inolvidables. Porque siempre he presentado libros que me parecían bellísimos y de bellísima gente —jamás en la vida le he presentado un libro a alguien que no conociera mucho y cuya obra admirara o me interesara también mucho; jamás he hecho una presentación por compromiso—, de manera que sólo puedo guardar recuerdos entrañables de las presentaciones.

          En cuanto a qué se debería evitar en las presentaciones, ante todo, aburrir a la gente o adoptar un lugar más protagónico que el del autor / autora o el del libro; también, intentar lucirse o revelar algún aspecto que no debe ser revelado…; en resumen: no ocupar u ocupar mal ese lugar preciado que es el de quien hace participar a los demás del entusiasmo y la valoración que despierta en él el libro que está presentando.


 
          8 — Es amplia también tu experiencia como asesora editorial (Atlántida, Paidós, Perfil, Ediciones B, Alfaguara, Grijalbo).

 

          CP — En efecto, durante muchos años asesoré a diversas editoriales, sobre todo en libros en inglés o francés para traducir. También lo hice respecto de autores argentinos, pero poco y esporádicamente: no me hacía feliz ocupar el lugar de juez respecto de lo publicable o no de escritores a quienes conocía, en particular cuando el libro en cuestión no me gustaba.

 

 

          9 — De entre los diálogos públicos que has mantenido con escritores, hay por lo menos dos que se desarrollaron en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires: con Paul Auster en 2002 y con Siri Hustvedt en 2006. ¿Por dónde y cómo anduvieron esos diálogos?

 

          CP — Fueron dos de las experiencias más lindas que tuve con extranjeros. La de Auster fue auténticamente una fiesta porque yo lo había descubierto hacía varios años y tanto me había entusiasmado que, tras leerme toda su obra, había dictado un par de cursos sobre él. De manera que cuando el Malba me invitó a dar un curso justo antes de que él llegara y después tener el diálogo con él en inglés, fue “el sueño del pibe”. Y lo fue, nomás, porque no sólo resultó una persona adorable con la que estuve casi todo el día del diálogo, sino que esa noche, en una cena memorable con Soledad Costantini, Paul y Siri —que había venido con él—, otras dos personas y yo, hablamos de todo lo posible y quedamos realmente amigos. De manera que cuando unos años después, vino Siri —cuya obra también había leído entera—, conversar con ella fue sumamente sencillo y agradable. Por supuesto que a Paul le pregunté sobre los juegos que se advierten en su obra entre sus datos autobiográficos que atribuye a diferentes personajes en el mismo libro, así como sobre la inclusión de personas de su familia. Y también sobre sus experiencias en Francia y sobre sus escritores más amados. En el caso de Siri, el diálogo se orientó más a sus experimentaciones con la novela, así como a su especial conocimiento y amor por la pintura. Acababa de publicar su ensayo “Mysteries of the rectangle” —editado en castellano en 2007— y es realmente llamativa su actitud frente a los cuadros. Sin duda, Siri y Paul, son dos de los escritores admirados con quienes más feliz me sentí y con quienes tuve una conversación más profunda sobre la condición de escritor y lo que implica escribir.

 

 

          10 — En tanto has dictado en 2013 un curso, “Paul Auster y J. M. Coetzze: la escritura como construcción y deconstrucción del yo”, a partir del volumen “Aquí y ahora. Cartas 2008-2011” (Anagrama & Mondadori, 2012, diálogo epistolar entre esos dos escritores), te pediría, Cristina, que nos ampliaras lo que se trasluce en el título del curso.

 

          CP — Bueno, además de su amistad, Paul y John —a quien también he visto varias veces y cuyos ensayos literarios he tenido la alegría de traducir— han jugado con la autoficción en varios libros y eso me llevó a acercarlos y a señalar las diferencias y coincidencias entre ellos. Diferencias y coincidencias que, si se ven en su intercambio epistolar, quedan mucho más claras cuando nos detenemos en cómo manejan la propia experiencia y la propia vida en sus respectivos libros. Porque los dos han jugado entre ficción y realidad biográfica incansablemente, y en ese curso fui analizando cómo lo hacían y qué efectos producía en los lectores.

 

 

          11 — Un tipo como yo, que valora esos hallazgos que en ocasiones se producen a la hora de titular, no puede menos que recrearse ante “Mujeres que escriben sobre mujeres (que escriben)”.

 

          CP — Y sí: es el título de un volumen del que soy editora, prologuista y autora de uno de los artículos (los otros fueron escritos por las colegas y amigas que formaban parte de mi grupo de investigación en la Facultad) y el título surgió de un “brainstorming” entre todas. Y de pronto, cuando habíamos llegado a “Mujeres que escriben sobre…”, una de ellas, Mary Mónaco, saltó con “mujeres que escriben”. ¡Y saltamos por el aire!!! Después, como no sólo fue un éxito per se, sino que literalmente nos lo robaron para un par de libros más, pero de otras áreas —psicoanálisis y demás—, lo volvimos a utilizar en el Volumen II, donde también seguíamos con un enfoque feminista de la teoría y la crítica literarias. Y ese primer volumen nos dio muchas satisfacciones, ya que tuvo una segunda edición, pues se agotó en seguida —un año para un libro de teoría y crítica es algo inédito— y fue muy bien recibido.

 

 

          12 — El vocablo “desfondamiento” en tu ensayo “El desfondamiento de los géneros literarios en ‘La rosa en el viento’ de Sara Gallardo”, también me ha resultado de lo más atractivo e incitante.

 

          CP — Te confieso que al margen de que me gustan las metáforas en los títulos, siempre he visto al género literario como una estructura, una especie de caja que le da su propia forma a los contenidos literarios. Y que se produzcan las hibridaciones actuales no sólo me encanta, sino que me hace pensar en algo que se desfonda…

 

 

          13 — Hay títulos serios, sobrios, “neutros”; o sólo explicativos o descriptivos; los hay dulzones, zonzos, y hasta refritos; hay títulos provocadores o como latigazos; hay títulos entre signos de interrogación, entre signos de admiración; etc. Muchísimos, para esto o aquello, has tenido que pergeñar, inventar, concebir. ¿Escribiste algún artículo sobre lo que expongo? ¿Reflexionarías sobre estas cuestiones para nosotros?...

 

          CP — Mirá, nunca se me ocurrió, pese a que siempre me han parecido importantes los títulos y los he pensado mucho. Son el primer acercamiento que tenemos como escritores con el lector y por eso deben tener una resonancia especial o transmitir de la manera más exacta posible lo que aspiramos a comunicar. Incluso nuestras dudas, nuestros tanteos. Desde ese punto de vista, se podría ver los títulos que afirman y los que tantean, exploran, proponen, simplemente enuncian. Pero nunca se me ocurrió reflexionar a fondo sobre el tema.

 

 

          14 — ¿Quiénes son “Las nietas infieles de Dickens”?

 

          CP — ¿Además de un artículo mío publicado en el suplemento literario del diario “La Nación” en 1990? Me refiero con ese título prácticamente a todas las escritoras que buscaron su propio camino sin atender a las marcas del realismo o la novela tal como la planteaban los clásicos, Charles Dickens en este caso. Porque creo que las mujeres han ido construyendo una narrativa personal y con un cierto costado propio respecto de la consagrada por los escritores varones. Pienso desde Virginia Woolf en adelante, por poner un nombre y una fecha.

 

 

          15 — ¿Cómo solés encarar tus comentarios, análisis de libros? ¿Qué es la crítica?

 

          CP — Suelo encararlos desde el placer y la coincidencia. Porque cuando me encuentro con un autor que me atrae me dan ganas de escribir sobre él o ella y así comienzo todo acercamiento crítico. La crítica, de manera general, es un diálogo enriquecedor con la obra que nos ha seducido. Nunca pude efectuar comentarios críticos sobre libros que no me gustaban —excepto el escaso tiempo que hice crítica en suplementos literarios, donde siempre traté de no tomar lo que no me gustaba—, mientras que me fascina internarme en los libros, autores, movimientos que me atraen. Como decía antes, la crítica es un diálogo enriquecedor, no porque al texto le haga falta riqueza, pero siempre el lector —y el crítico ante todo es un lector— aporta su propia mirada, sus conocimientos, su sensibilidad, y puede producir sentidos y captar aspectos del libro o la obra que no han sido leídos por otros. Y esa es la parte de beneficio a la que me refiero: cuanta más gente lee un libro, éste más se va favoreciendo a partir de las interpretaciones, las perspectivas de sus lectores.

          Por cierto, que en el caso de la crítica que se escribe y se publica, uno tiene que contar con elementos intelectuales, conceptuales para abordar la obra, porque cuantos más marcos de referencia tengamos como críticos, más vamos a ver en un determinado texto o autor. Por eso digo que la tarea intelectual del crítico es inagotable: siempre debemos estar leyendo tanto literatura como marcos conceptuales desde los cuales abordar la literatura que nos despierta el deseo de escribir.

 

 

          16 — ¿Qué dirías que busca tu poesía? ¿Con qué topa?...

 

          CP — Vamos por partes. Mi poesía busca capturar un cierto instante que me ha impulsado a escribir y en el que se ha producido una especie de encuentro con una sensación o percepción del afuera. A mí no me lleva a escribir un tema o una idea, sino que de pronto siento un ritmo, una fuerza que, sin saber yo lo que quiero decir, literalmente me sienta a escribir y sigo ese impulso, escribiendo algo que no sé con certeza qué es, a dónde se dirige. En ese sentido, te diría que mi forma de escribir es todo lo contrario de intelectual. Es totalmente física, corporal. Por eso digo que la mano es la que escribe, no la cabeza. Pero una vez que ese momento de la escritura termina y me pongo a leer lo que escribí, se inicia el segundo tiempo de la escritura que es la corrección y que es tan fundamental como el primero. Y ahí trabajo y trabajo lo escrito hasta que siento que, en cierta forma, lo escrito responde a eso que me movió, en el instante de la escritura, a zambullirme en las palabras y escribir.

          Desde esta perspectiva, te diría que mi poesía no aspira a reflexionar o a decir algo intelectual sobre la realidad, sino que está mucho más guiada por lo sensorial, por la percepción que aspiro a capturar en las palabras. Y cuando corrijo es para que esa sensación, esa percepción aparezca en las palabras de la manera más ajustada y con más peso sensorial, no con más claridad, pues esta tiene que ver con las ideas, no con ese contacto con la sensación y la experiencia perceptiva que para mí es la poesía. Por supuesto que eso entraña una idea o una visión, pero no es lo fundamental, lo fundamental es la sensación. Por eso, también, me importa tanto la parte sonora del poema: no puedo corregir sin leer en voz alta para sentir ese ritmo, esa música propia de las palabras en tensión poética.

 

 

          17 — ¿Libros concluidos, “cerrados” e inéditos…? ¿Son esperables para este año o el próximo?

 

          CP — Sí. En poesía tengo un libro listo, que espero se publique antes de fin de año —no digo el título porque no me gusta adelantar lo todavía no confirmado—, y en crítica estamos avanzando mucho con Patricia Venti, una especialista venezolana en Pizarnik, que se doctoró en España y vive allí, con una nueva biografía de Alejandra donde tomamos en cuenta todo lo que apareció después de que yo escribiera la primera biografía, en 1991, es decir los diarios, la correspondencia, mucha obra inédita y papeles de diverso tipo depositados en la Universidad de Princeton.

 

 

          18 — En “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, un personaje afirma: “…empecé a dividir los libros en diurnos y nocturnos. De verdad que hay libros que sólo se pueden leer por la noche.” Y unas líneas después ejemplifica: “¡Stendhal es un autor nocturno!” ¿Te promueve algún posicionamiento la consideración?

 

          CP — Nunca lo pensé en esos términos, pero creo que Kundera tiene razón. El único problema es que muchos de los libros que siento nocturnos —las historias de vampiros, las de fantasmas, lo fantástico— no los puedo leer de noche porque ¡me dan miedo! Parece mentira a esta altura de la vida y de las lecturas, pero confieso que mucha literatura del tipo que cité —y que me gusta mucho— me da miedo, por lo cual he tenido que leerla de día para poder dormir después. De manera general, te diría que la novela realista me parece diurna —en eso disiento con Kundera y su afirmación sobre Stendhal—, mientras que los libros donde la imaginación se explaya más, los siento nocturnos. Y en poesía, mientras que Stéphane Mallarmé y T. S. Eliot son diurnos para mí, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Pizarnik, son nocturnos. Y algunos surrealistas como Enrique Molina son diurnos y otros, como Álvaro Mutis, nocturnos. En fin, son afinidades muy personales y no creo que dé para más que para responder a partir de la propia sensibilidad y el propio gusto.

 

 

          19 — ¿Cuáles serían los factores determinantes de la invisibilidad de la poesía de Héctor Viel Temperley (1933-1987) hasta su transformación en “poeta de culto”?

 

          CP — Se ve que tu pregunta se origina en la exposición que efectué en 2014 en unas Jornadas de Investigación llevadas a cabo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del Salvador y en tres artículos sobre ese poeta admirable publicados uno en libro y dos en revistas universitarias de Argentina y Brasil. Creo que en su caso tuvo que ver con varios factores: 1º, Viel era alérgico al “café literario”, de manera que nunca circulaba por ningún lado, excepto para verse con algunos de sus amigos —Molina, Fogwill, etc.— y huía de toda exposición mediática; 2º, escribía con recursos que prescindían totalmente de lo que “se usaba” en las sucesivas modas literarias: escribía con métrica cuando los demás abominaban de ella; no escribía ni poesía política ni “trascendentalista” cuando se usó; practicaba un surrealismo que no se parecía a nada y en un momento en que no era demasiado valorizado; 3º, escribía poesía religiosa cuando dios era mala palabra, y finalmente llega a la poesía mística, flor más que ninguna ausente en el “ramo” de la poesía argentina. Sin embargo, allí es cuando lo descubren sus seguidores, porque no se trata sólo de un místico al estilo de San Juan de la Cruz, sino que por su amor al surrealismo y su vitalismo, canta también a la carne, al sexo, al deporte —una crítica lo llamó “el nadador de Dios”— entendido como exaltación del cuerpo; 4º, rompe los parámetros poéticos que antes había practicado —sea en el nivel del lenguaje o en aspectos formales, para terminar en uno de los libros más revulsivos de nuestra poesía, “Hospital británico”, probablemente el único libro que merezca el nombre de místico en nuestra poesía, con perdón de Jacobo Fijman; en fin: transgrede todo. Y nuestro prejuicioso panorama literario no concebía que se mezclara a San Juan de la Cruz con André Breton, el sexo casi explícito y la ruptura absoluta de la estructura del verso y el poema. Por fin, era un señor de familia “bien”, v.g. provenía de una familia de la clase alta, pero nada tenía de sus tics. Porque si a Manuel Mujica Láinez se podían dar el lujo de ridiculizarlo, pese a lo gran escritor que era, por ser hombre de clase alta en sus gustos, su ritmo de vida, su estética, a Viel no sabían dónde ponerlo. Al final, cuando pudieron mirarlo y leerlo, cayeron de espaldas… con toda razón.

 

 

          20 — La circunstancia de que también en 2014 hayas dictado un curso sobre la narradora canadiense Alice Munro, me inspira: ¿de qué cuentos o relatos, de autores de todos los tiempos, te hubiera complacido ser la autora. Y, de paso: ¿incursionaste en la ficción?

 

          CP — Ah, daría un ojo por haber escrito “El jardín de senderos que se bifurcan” de Borges, “El ahogado más hermoso del mundo” de Gabriel García Márquez; “El collar” de Guy de Maupassant; los textos híbridos de “El idioma materno” de Fabio Morábito; “Los muertos” de James Joyce; “Caballo en el salitral” de Antonio Di Benedetto; “El otro cielo” de Julio Cortázar, “La legión extranjera” de Clarice Lispector, “La muerta enamorada” de Théophile Gautier, “La dama del perrito” de Chéjov, “La figura en el tapiz” de Henry James y “Conejo” de Abelardo Castillo, entre tantísimos otros.

          En rigor, mi primer premio literario fue por un cuento —el único publicado hasta el día de hoy—, pero después dejé la ficción casi por completo. Hace unos cuantos años, sin embargo, volví y tengo un libro que no he movido hasta ahora, así como una especie de “novela” híbrida, a la que agarró la crisis de las editoriales españolas con contrato a punto de firmarse y quedó en un cajón.

 

 

          21 — Si como dicen, la novela es música sinfónica y el cuento es música de cámara, ¿qué tipo de música sería la poesía?

 

          CP — Sonatas, nocturnos, estudios o cualquier otra forma breve para instrumento solista, del piano a las cuerdas, las maderas o bronces, con intensidad, longitud y potencia variables.

 

 

          22 — ¿De qué modo siguen siendo tuyos tus primeros dos o tres poemarios?

 

          CP — Como las fotos de infancia y adolescencia: ésa fui yo, pero me parezco como una adulta a una chica o una adolescente: a veces me atrae la de antes con sus toques de frescura, su espontaneidad y su osadía que ahora ya no están, pero también sin cierto carácter, cierta seguridad, cierta noción de la versatilidad de la voz y de las rupturas posibles propias de la de hoy. Es que, para bien o para mal, a esta altura del partido soy la adulta que soy.

 

 

          23 — Luis Porta y Cristina Martínez son los autores de un volumen cuyo título es “Pasiones: Cristina Piña” (EUDEM, Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, 2015).

 

          CP —Y que es uno de los regalos que me deparó la vida. Como lo sabemos todos los profesores, nuestra enseñanza, que es una experiencia tan apasionada, fascinante e insoportable por momentos —gracias a las exigencias no académicas sino burocráticas—, casi infaliblemente no merece premios que vayan más allá del afecto de los estudiantes. Y yo, gracias a las nuevas orientaciones de la pedagogía, que se fija no ya en las horrendas estadísticas y las frías cifras y planificaciones que atormentaron nuestra temprana práctica, sino en los afectos, las pasiones, la “transmisión” y el vínculo con los estudiantes, tuve el honor de que se me consagrara ese libro. Porque el grupo de investigaciones pedagógicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata, dirigido por el Dr. Luis Porta, organizó, a lo largo de los años, encuestas anónimas entre los estudiantes para que señalaran quiénes fueron para ellos “profesores memorables”, a los que luego entrevistaron largamente haciéndolos hablar de su visión de la enseñanza y de sus valores como profesores, además de observar sus clases y hablar con los miembros de su cátedra y su grupo de investigación. Yo fui una de las privilegiadas porque salí elegida por los alumnos del Departamento de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en la que enseño desde hace 39 años —desde principios de año estoy jubilándome— y de la que fui Decana Normalizadora cuando llegó la democracia. Un libro por el que siento un cariño y un orgullo mayor que por ninguno de los otros y diversos premios que recibí. Un auténtico e inimaginable lujo.

 

 

*

 

Cristina Piña selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

 

 

Post-scriptum

 

 

                             (a la memoria de mi hermana)

 

 

Sin embargo,

no era eso lo que quise decirte

en tantos años

de escribir tu nombre.

 

Quise nombrar la alegría compartida,

las noches en que las manos juntas

nos ayudaron a cruzar el miedo,

la envidia y el amor,

sobre todo el amor,

tan poco dicho,

tan sabido.

 

Quise decir la adolescencia,

el viaje que fue el tesoro del pirata

porque estaban las cartas,

los secretos,

tanto de sabernos

en tantos días separadas.

 

Quise decirte,

y no hay reemplazo ni palabras,

que a veces todo se confunde

y camino insomne por la casa;

a pesar de los años,

los amigos,

queda un rincón en llamas,

un hueco insoportable,

algo que sangra.

 

 

                  (de “Pie de guerra”, 1988)

 

*

 

 

II

 

Se prueba las palabras nuevas

como cuentas de un collar:

corales las vocales,

oro batido o plata sin pulir

las consonantes.

En el fondo de la voz,

metales bajos,

materia radiactiva

para sellar la boca del ajeno

que se atreve a hablar.

 

 

IX

 

Hablar el lenguaje de las islas

es nadar hacia atrás,

pegar el salto a un futuro anterior:

colgarse pendientes de la boca,

collares de la palma de la voz,

incendiarse en un fuego

incesante.

 

 

                    (de “Taller de la memoria”, 1998)

 

*

 

Bajo la metralla

 

                                                                                 

caen bombas sobre la ciudad, la metralla enemiga ha convertido las plazas en agujeros de noche, los pájaros del balcón, en siluetas oscuras que atraviesan el aire como signos del desastre.

 

caen bombas sobre la ciudad y el rumor de pies en desbandada carcome los costados del silencio, ni siquiera un instante se ha escuchado una débil voz humana en el fragor de la batalla.

 

caen bombas sobre la ciudad y desde las alcantarillas —que hasta ayer transportaban el pesado cargamento de los sueños— granadas ocultas, minas traicioneras han hecho saltar en pedazos el mundo familiar.

 

caen bombas sobre la ciudad y ella, en medio del derrumbe, ha tomado su maleta, la jaula del gato y un par de plantas para unirse a la caravana que parte en desorden de la tierra devastada.

 

Pero al llegar a la glorieta donde nació el amor, a los árboles gemelos que

las balas enemigas perdonaron, ha levantado —con la maleta y el gato y las dos plantas— una tienda de campaña donde lo espera, invencible, con una rosa entre los labios y la canción que cantaba y cantará en sus brazos.

 

 

                      (de “Pasajera en tránsito”, 2006)

 

*

 

 

y el pájaro voló de la rama,

el gato escapó de abajo

de las mantas,

el pez dorado se escondió

entre las piedras

del acuario

 

todo lo pequeño

nos ha abandonado

vida mía

y apenas nos tenemos

vos y yo

en la quietud de la

madrugada

 

 

                       (de “Magia blanca”, 2008)

 

*

 

Hermandad

 

 

Hermanos cancerosos,

leprosos, cardíacos y accidentados,

amputados y aplastados por el dolor,

yo me he unido a ustedes

desde el grito sin descanso,

yo comulgué con ustedes

desde la miseria de un cuerpo

que se niega a obedecer,

un cuerpo autónomo en su forma de sufrir

de pedir un remedio

para el daño inaguantable.

 

Hermanos infartados,

tuberculosos y con delirium tremens,

con el pie baldado por la parálisis cerebral,

con el páncreas hecho trizas por la infección,

yo como de su mesa y mendigo su pan,

yo busco en la bella analgesia

el olvido de la sierra que pulveriza mis huesos,

yo comparto en la desgracia de un cuerpo

herido por la enfermedad,

la condición humana abyecta

que nos hace más hermanos

que el amor.

 

Hermanos sin alivio ni cordura,

hermanos en la escrófula y el herpes,

picados de viruelas, trozados por la peste,

ahogándose en un enfisema atroz,

            yo sé lo que se siente cuando todo el universo

            se reduce a un punto que entra en erupción

            y la lava del dolor nos arrastra

                                                           nos crucifica

                                                                              nos cunde

            plegados en el grito y la experiencia del filo

en las entrañas o en el hueso.

 

Hermanos en el dolor del cuerpo,

hermanos en la bilis que se vuelca,

las células que, enloquecidas, se devoran a sí mismas,

en el aullido silencioso de la noche de hospital,

en la plegaria entrecortada rumbo al quirófano,

yo he comido la carne del delirio por el dolor

que no cesa,

he bebido el acíbar de la caricia que no calma,

he conocido la magia sin par de la morfina que de pronto sí,

de pronto envuelve los nervios calcinados

con su lienzo y su consuelo.

 

Hermanos cancerosos, hemipléjicos

o atravesados por una bayoneta,

somos la idéntica carne irredenta,

el mismo grito estentóreo o silencioso

donde claudica nuestra especie.

 

 

                       (de “Meditaciones orgánicas”, 2011)

 

*

 

Azucena

 

 

Más bella todavía

con tu nombre verdadero

lilium candidum

que evoca tu condición pura,

blanquísima y perfecta,

me saliste al paso en los

Royal Botanic Gardens

de Kew.

 

No importaron, de pronto,

tus hermanas

amabile, distichum, fargesii

ni los sentidos infinitos

que podían despertar

peregrinum, paradoxus, amoenus

porque estabas elegida para mí

desde tu corola curvada

y tu aroma a anunciación

y claustro.

 

Lilium candidum:

ni mi mano se convirtió en pistilo

ni mi cuello en tallo aéreo,

no se abrieron surcos para

dar espacio a mi raíz,

pero un leve velo blanco

se tendió

entre tus flores y mi rostro:

promesa de una futura mutación.

 

                         (de “En la orilla del cuerpo”, 2015)

 

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Cristina Piña y Rolando Revagliatti.