jueves, 7 de abril de 2022

Mario Flecha

 Biografía

 Mario Flecha nació en Buenos Aires, aunque es de familia paraguaya. Es escritor y crítico de arte. Vive en Londres donde publicó Untitled magazine of contemporary art, Bastón Blanco y los libros de cuentos Los vendedores de humo, Profesor Monday Zofana y Anastasia’s Toes. Es editor adjunto de la revista online Perro Negro. También colaboró con Viqui Rosenberg y Gregorio Kohon en el libro Truco Gallo y participo en 6 to Tango, libro de cuentos gráficos con Oscar Grillo y otros. Mario es co-fundador del Museo de las Palabras en Jafre, Catalonia.

Mala Suerte ó Nuebo rReyno de Granada

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra.

Y nos dijeron: "Cierren los ojos y recen".

Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros la biblia.

Eduardo Galeano

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de una complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quexada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este aso escriben, aunque por conjetura verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco en nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad” Miguel de Cervantes Saavedra

Nosotros, los sudamericanos, sufrimos las buenas intenciones de cuatro imperios. Las buenas intenciones españolas y portuguesas fueron desplazadas por las buenas intenciones de los ingleses y ahora es el turno de las buenas intenciones americanas. Durante los últimos cinco siglos explotaron y saquearon nuestras riquezas naturales, mataron, torturaron, persiguieron a los que se oponían a sus ambiciones coloniales en nombre de la civilización, la democracia y la libertad para acusarnos, finalmente, de corruptos y desagradecidos. ¿Qué clase de fantasías entretienen?

Mario FlechaLos cortadores de lechuga.

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I

Llovían gotas gordas como lágrimas de amantes abandonados cuando vino a visitarme el insufrible Ber- nardino Barrosa, vendedor de humo profesional.

Después de secarse el agua que le corría por las mejillas, se paró frente al espejo persa decorado con incrustaciones de madreperlas e hilos de plata. Mientras se peinaba descubrió que yo había colgado una pequeña caja de plata al lado del espejo.

¿Y esta maravilla?

La compré en Marruecos. Fue una mañana de agosto bajo el sol de Casablanca. Después de desayunar caminé sobre las calles angostas del Zoco, feliz de estar rodeado del caos de colores y objetos.

Circulé entre las alfombras, esquivando los faro- les y las carteras que colgaban del techo de las tiendas. Respiré los vahos que se desprendían de las bolsas de jute, rebalsadas de canela, azafrán, comino, anís y otras especies cuyo nombre desconocía.

En uno de los bazares, un árabe imperturbable estaba sentado en cuclillas con su turbante turquesa y un par de bigotes de color rojizo dibujados sobre su labio superior.

Me ofreció una taza de té de menta y cigarrillos. Acepté.

Sobre una mesa del local estaban desparramadas una caja de bronce y plata repujada con piedras engarzadas, una pipa para fumar kiff y un paquete de cigarrillos abierto.

Hajjid, el musulmán confesó sus deseos de irse a vivir a Tetuán.

“—Cuando venda el cofre vuelvo a mi pueblo. Estoy harto de Casablanca, hasta regalaría la pipa para irme ya mismo.

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“—La caja es mágica; hace cumplir los sueños — me dijo.

Ah sí, pensé.
“—¿Cómo?
“—Escribís en un papel tus fantasías y lo escon-

dés adentro del cofre, el tiempo se encargará de cambiar el color de la plata que se irá oxidando hasta adquirir un color amarillo-anaranjado con toques de violeta y negro. Entonces la limpiás y pedís que se cumplan tus deseos. ¡Pero...! ¡Siempre hay un pero! Debés tener cuidado porque dice la leyenda que si alguien abre la caja y des- cubre tus quimeras te traerá Mala Suerte.

“—¿Cuánto vale? pregunté.

El precio que pidió era excesivo, ridículo como su bigote, regateamos hasta llegar a un acuerdo.

Bernardino tomó la caja entre sus manos. Mien- tras tanto fui a la cocina a preparar café. Cuando volví al living con las tazas, Bernardino estaba agitando una hoja de papel.

Encontré este papel dijo Bernardino.
¿Por qué la abriste? pregunté alarmado. Curiosidad.
Tu curiosidad puede traerme Mala Suerte. No serás supersticioso... —dijo leyendo el pa-

pel que tenía entre sus manos.

Y él porfió conmigo muchas veces Ser los metros antiguos castellanos. Los propios y los adaptados a su lengua Por ser nacidos de su vientre
Y esos, advenedizos, adoptivos
De diferentes madres y extranjeros.

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Así lo retrataba Juan de Castellanos a Gonzalo Ximenes de Quesada en las Elegías de varones ilustres de Indias, según el poeta Juan Gustavo Cobo Borda.

¿Qué? preguntó Bernardino asombrado.

Que alguna vez fantaseé con viajar al Norte de Sud América, siguiendo los pasos del audaz Don Gon- zalo Ximenes de Quesada i Rivera, quien fue en busca de la ciudad de El Dorado.

Bernardino me miraba como si yo me hubiese vuelto loco.

¿De dónde sacaste esta historia?

Del Profesor Tarsio. Nos reuníamos a escu- char sus disertaciones sobre todo y todas las cosas en un tugurio sospechoso con olor a alcohol y pis de gato.

Hace tiempo nos dio una clase sobre las aventuras de Don Gonzalo Ximenes de Quesada i Ribera, funda- dor de la Nueva Ciudad de Granada, más tarde rebauti- zada con el nombre de Santa Fe de Bogotá.

Según Don Tarsio los conquistadores iban a América esclavizando a los indígenas con una bolsa en la mano izquierda para llenarla de oro, una espada en la otra para intimidar y quitar del medio a los que se opo- nían, y llevaban colgado en el pecho un rosario para engañar a los inocentes.

II

Don Gonzalo Ximenes de Queixada i Ribera par- tió del puerto de Santa Marta con una flota de 6 bergan- tines con 900 hombres. Navegaron por el río Magdale- na durante 11 meses hasta llegar al altiplano.

Se cuenta que cuando el Hidalgo descansaba en los campamentos a orillas del río tenía la costumbre de disertar sobre las virtudes del verso octosílabo caste-

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llano en contraposición al extranjerizante endecasílabo italiano.

Cuando llegaron al altiplano Cundiboyasence se internaron en la sabana con su escuadra de gachupines, presidiarios, soldados, indios y un cura. En la mañana del 6 de agosto de 1538 se apeó del caballo, arrancó un par de yerbas del suelo y dijo:

Tomo posesión de este sitio en nombre del em- perador Carlos V, mi Señor, para fundar la Nueva Ciu- dad de Granada.

Subiéndose luego a su caballo, desenvainó la es- pada y amenazante la revoleó por los aires al grito de:

¡Quien quiera contradecirme a la fundación de la ciudad que voy a hacer aquí mismo que lo diga!

Como nadie lo contradijo envainó la espada y mandó al escribano del ejército que lo acompañaba a que diese testimonio de aquello como testigo.

La Ciudad consistiría en doce chozas por corres- ponder a los doce Apóstoles de Nuestra Santa Iglesia Católica, según el Profesor Tarsio. Así fue como se estableció la Nueva Ciudad de Granada.

De los 900 hombres que fueron a la búsqueda de la ciudad de El Dorado solo volvieron 166.

Guau, Don Gonzalo Jimenes de Quesada i Ri- bera era más excéntrico que Miguel de Cervantes dijo Bernardino.

Los desvaríos del Hidalgo bordeaban lo absur- do, aunque operaba en la realidad: se robó una parcela de tierra, fue en búsqueda de la ciudad de El Dorado y terminó fundando las bases de una ciudad, mientras que los delirios de Don Cervantes eran ficción.

Bernardino me preguntaba si realmente creía en la maldición de la caja mágica.

Claro que no mentí Vivimos en el siglo XXI especulé.

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Mientras me justificaba para probar que era un hombre moderno, escuché la puerta de entrada al depar- tamento abriéndose. Era Isabel, mi compañera, y una amiga. Isabel se sentó sobre el sillón frente a nosotros y extendiendo su mano derecha nos presentó, Montse, Bernardino y Mateo.

Conocí a Isabel en una manifestación. Recuerdo que íbamos caminando lentamente sobre las calles de asfalto y a nuestras espaldas la multitud reptaba como una serpiente infinita.

Ella iba vestida de boy con cabello corto, jeans y una camisa con rayas azules. Me atrajo su aire andró- gino que no concordaba con la femineidad que exuda- ban sus movimientos.

Montse era una catalana hermosa que estaba de paso en nuestra ciudad. Era nativa de Jafre, del Bajo Ampurdá en Catalonia, pueblo famoso por dos cosas: el alcalde había gobernado por más de 40 años desde Franco a Zapatero, y también porque un día anónimo pasaron por el pueblo Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar y Antonio Beneyto. Viajaban de París a Barcelona cuando pararon el coche para descansar a orillas del Río Ter y visitar el pueblo de Jafre. Coincidieron que era el lugar más tranquilo del mundo y algún día volverían para vivir allí y se dedicarían a aparear tortugas en un jardín infinito. Aunque esto último es un secreto.

Bernardino comenzó a sanatear para seducir a Montse: fingió un ataque de romanticismo poético, ha- bló de la luna, de la belleza de los parques en la oscuri- dad, recitó varios poemas de amor de Neruda.

Isabel me miraba y yo la miraba a ella sin saber cómo parar el flujo sentimental que había atacado a Bernardino. Montse, que era una catalana concreta, comprendió que Bernardino era un gilipollas, sin em- bargo lo animó a continuar.

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Bernardino se imaginó que ya estaba metido en el corazón de Montse y pronto estaría por pasar entre sus piernas. Fue entonces cuando les preguntó a ellas si eran supersticiosas.

Claro que lo somos respondieron ambas.

Burlándose les contó de mí miedo a la Mala Suer- te, del poema sobre Gonzalo Ximenes de Queisada que había escondido en una caja y de mi preocupación por- que él había abierto la caja y eso me traería Mala Suerte.

Tal vez la Mala Suerte sea para quien la abrió dijo Isabel defendiéndome.

El Hildalgo Queisada anduvo haciendo Quixo- tadas antes de que Cervantes Saavedra escribiera el épico Don Quijote arriesgó Montse. Tal vez Quixo- te proviene de alguna derivación del apellido de Quei- xada o Queijada o Queizada y Cervantes Saavedra lo disfrazó de Quijote para apropiarse de sus aventuras, como era costumbre en esa época.

Nos recordó que un tal Avellaneda escribió la se- gunda parte de Don Quijote antes que Cervantes.

El Excelentísimo Fundador de Bogotá, Gonza- lo Ximenes de Queisada i Ribera, arrastrando la lepra crónica que lo aquejaba, se embarcó en la aventura más desastrosa de su carrera dije.

Bernardino interrumpió diciendo pavadas.

III

Los Conquistadores marcharon nuevamente hacia el espejismo que era la leyenda de la ciudad de El Dora- do, cuyo origen data del siglo XVI, cuando los genoci- das españoles tuvieron noticias de una ceremonia en la cual el rey de los Muiscas se cubría el cuerpo con polvo de oro y realizaba ofrendas a la laguna de Guatavita.

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Al mando de Gonzalo Ximenes de Queixada i Ribera partieron del puerto de Santa María en el mar

Caribe 500 españoles,1500 indígenas, 8 curas, 800 cer- dos, 600 vacas, 150 caballos y varios bergantines.

Los rayos solares se filtraban entre los árboles re- flejando doradas proyecciones sobre la superficie infini- ta de la tierra sembrada de hojas muertas y ramas que- bradas. La humedad se elevaba con un olor arcaico, los tacos de las botas se hundían en el fango.

Los reptiles huían en todas las direcciones ante la invasión de hombres y animales. Los insectos pulula- ban alrededor de los exploradores. Escucharon las vo- ces inmemoriales de la jungla tropical: el sonido anóni- mo de las chicharras fue in crescendo hasta alcanzar una estridencia ensordecedora, también vibraban los árboles de especies desconocidas, las lianas colgadas de las ramas bailaban al ritmo de los monos aulladores que saltaban de un lado a otro incansablemente, las hojas caían como lluvia sacudidas por el viento, los mosquitos gigantes zumbaban amenazantes.

Fue entonces cuando comenzó la danza macabra de la muerte, la selva les arrojaba obstáculos. Al reco- rrido silencioso de flechas envenenadas disparadas des- de las sombras del día y de la noche se sumaban las niguas que les comían los pies, las culebras ponzoñosas, el sigiloso andar de los alacranes, las anguilas eléctricas, los cocatrices, y las enfermedades tropicales como el escorbuto, la disentería y las fiebres de las ciénagas producían grandes estragos en las tropas. Y cuanto más avanzaban en la noche de sus desventuras se encontra- ron con un enemigo inesperado, el fuego destruyó las piaras y las vacadas, el hambre comenzó cuando las provisiones se acabaron. Los aventureros, con terque- dad ibérica comían hierbas, gusanos y murciélagos y cuando la desesperación de la hambruna se transformó

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en muerte, recurrieron a comerse la carne de los caba- llos que fallecían por el camino.

Dos años después, con la armada diezmada por el fuego, las deserciones, el hambre, los crímenes, los sa- botajes y las traiciones, regresaron al Puerto de Santa Marta 64 españoles, cuatro indios y 18 caballos.

Los conquistadores nunca entendieron que los in- dios habían inventado la leyenda para liberarse de la amenaza que representaban los españoles, quienes ha- bían llegado con la cruz y la espada a sembrar el odio y saquear.

¿Cómo se las arreglaron con la libido?

No se las arreglaron. Posiblemente no había tiempo para entretenerse: la urgencia de sobrevivir les ocupaba toda la vida.

IV

La lluvia se apagó y la noche se fue acercando con ritmo cansino.

Montse quería ir a cenar al famoso Restaurant Dora porque sus amigos catalanes se lo habían reco- mendado. Era la fonda de los bohemios, donde los inte- lectuales pobres y los no tan pobres se alimentaban a fideos con pesto y el plato especial del día era siempre el mismo: espaguetis con pesto y salsa boloñesa todo mezclado en un plato, un pan, un vaso de vino de la casa y café por una modesta suma de dinero.

Isabel aprobó la idea.

Bernardino giró la cabeza como un péndulo que va marcando el paso del tiempo.

¡Oh! no a ese antro. Ese lugar está lleno de gente malnutrida con una palidez desproporcionada porque se alimentan muy mal, pasta, pasta y solo pasta, ¡viva la pasta!, apenas un par de gotas de sangre les

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riega el cerebro y no es suficiente para pensar, entonces se hacen comunistas o católicos porque ahí sí que está todo pensado, masticado y es fácil de vomitar.

¡Uf! eres un exagerado.

Caminamos en la ciudad esquivando a la gente hasta que llegamos a una calle de arcos donde estaba nuestro restaurant.

Qué bonito nombre dijo Montse, señalando el letrero: Restaurant Dora.

Bernardino riéndose dijo

No irás nunca a la ciudad de El Dorado, pero podés decir que fuiste al restaurant Dora. ¿Sabés que el nombre del restaurant se origina en siglo XVII? Porque había una prostituta llamada Dora en el barrio de Dollis Hill en Londres, ella y su amante irlandés se escaparon a Buenos Aires donde regenteaban el bar Dora, de du- dosa reputación en el barrio de la Boca, frecuentado por marineros y por Eugene O’Neill, el escritor estadouni- dense, que en ese entonces era marinero.

El salón del restaurant estaba atiborrado de co- mensales. Entramos, uno de los mozos se acercó y nos dirigió a la única mesa disponible.

La catalana estaba fascinada. No podía creer que los manteles fueran diarios viejos, que las paredes estu- viesen abarrotadas de fotos descoloridas de héroes don- de todos parecían criminales jubilados.

Cuando levanto mi cabeza para llamar al camare- ro para que nos traiga el menú, me encuentro con los ojos encendidos de la Negra Reneè que al verme se acerca a nuestra mesa y nos pide si puede sentarse con nosotros.

La Negra Reneè, vestida de vagabunda, arrastraba en cada uno de sus movimientos un aura mágica. Según decían los que no la querían hacía diez años que estaba escribiendo una novela sobre ocultismo, con la tríada

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infernal de Gurdjieff, Ouspenski y Madame Blavatsky, pero nadie había visto ni una página de tal obra magna.

Los Sufís bailan en círculos perpetuos dijo al pasar la Negra Reneè, mientras el olor a marihuana se escapaba de su piel.

La negra que no era negra les preguntó si habían leído al Don Quijote, esa parodia de las novelas de ca- ballería, maravillosa.

Dios, qué sensibilidad tienes. Lo hemos leído hace años y hoy estuvimos especulando si sus ficciones eran un plagio o no.

Es que tienen una mirada de ilusionados como si de pronto fueran a buscar fortuna en tierras lejanas.

Diría de iluminados contestó Mateo. Sí, pensamos ir a Colombia en busca de la ciudad de El Dorado para encontrar el oro que se les escapó a los conquistadores.

Yo no dijo Bernardino. Es solo una leyen- da infame como todas las leyendas.

¿Cuál es tu problema?

Mateo le explicó a La Negra Reneè la Mala Suer- te que Bernardino había destapado.

No sabemos quién es el dueño de la Mala Suerte, si él o yo, porque él abrió mi caja mágica.

Yo puedo ayudarlos, si se cortan la uña del de- do mayor de la mano izquierda y varios cabellos yo los exorcizo y les espanto la Mala Suerte.

¿Y quién anda con un cortauñas en el bolsillo? preguntó con ironía Bernardino.

No tengo un cortauñas pero sí una tijera— contestó La Negra Reneè.

Yo no me separo de nada de mi cuerpo — protestó Bernardino.

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Los ojos de Montse giraban de placer, ésta deli- rante está más loca que nosotros cuatro juntos, y el tío éste de sentimental se transformó en un insoportable.

La Negra Reneè buscó en su cartera de mano la tijera. Después de hurgar en ese pozo negro que era su bolsa encontró la tijera y me la dio. Sin saber qué hacer entre divertido y asustado comencé a cortarme la uña del dedo mayor de mi mano izquierda. Lo hice con prolijidad, y después Isabel me ayudó a cortar un me- chón de cabello.

La Negra Reneè extendió mi pelo sobre la mesa, colocó la uña en el medio y la envolvió con mis cabellos, mientras murmuraba algo así como una oración en un lenguaje desconocido. Hizo lo mismo con Montse e Isabel pero Bernardino se negó alegando que eran tonterías.

Ahora guárdenlo en el bolsillo izquierdo por tres días y tres noches.

Ya sabemos que la Mala Suerte premiará a Bernardino.

Cinco menús completos pidió Montse al mozo que se había acercado a la mesa sosteniendo una servilleta negra en su antebrazo derecho.

Seguro que Don Miguel de Cervantes Saavedra alimentó su Quijote de los cantares de gesta que los juglares popularizaban dijo Isabel.

El mozo trajo los platos rebosantes de pastas y colores fosforescentes, el verde del pesto complementa- ba el rojo tomate de la salsa boloñesa. Montse sacó una foto para enviársela a sus amigos de Barcelona.

Bernardino había perdido el apetito, sentía que la realidad se le escurría entre los dedos, que la historia de la Mala Suerte lo estaba alcanzando.

¿Y qué me puede pasar? preguntó Bernar- dino preocupado.

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No se sabe, la Mala Suerte es como Dios, usa caminos misteriosos para manifestarse.

Podés ser atacado por un basilisco, en ese caso te recomiendo que lleves un espejo, porque aunque se sospecha que desaparecieron en la Edad Media pueden aparecer nuevamente y te matarían sólo con mirarte y el espejo te ayudaría a liquidarlo, ellos mueren al ver el reflejo de su imagen.

También puede ser que tus fantasías de acostar- te con Montse se diluyan porque ella no parece estar muy interesada.

Enojado, Bernardino se levantó bruscamente, fue hasta la mesa vecina donde había un ramo de rosas rojas, las tomó entre sus manos y con calculada furia las arrojó sobre Montse, quien no pudo contener las carcajadas.

Bernardino, humillado, salió del Restaurant zigzagueando entre los comensales y se evaporó en la noche.

La Mala Suerte lo perseguirá. dijo la Negra Reneé profetizando.

El ambiente en el Dora era una fiesta en ebulli- ción, rosas voladoras, platos de fideos para los pobres, ravioles para los ricos, y la alegría de Montse, cuya felicidad la hizo pararse sobre la silla golpeando la bote- lla de vino con su tenedor y gritar:

Atención, atención.

Por un instante el silencio se hizo dueño de la si- tuación permitiéndole a Montse decir:

Hoy celebramos que el análisis histórico litera- rio que hemos realizado nos permite llegar a la conclu- sión de que las aventuras del caballero andante El inge- nioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cerbantes o Cervantes Saavedra es un fraude plagiado

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de los diarios de Don Gonzalo Ximenes de Queisada i Ribera, fundador de la Ciudad de Bogotá.

La literatura española es un fiasco dictaminó la catalana.

Los comensales aplaudieron furiosamente.

La Negra Reneè inquieta al ver el éxito de Mon- tse, se subió a su silla y comenzó a cantar.

Santa Marta Santa Marta tiene tren Pero no tiene tranvía.

De todos los rincones de la cantina surgió un co- ro magnífico.

Las mujeres, las mujeres bogotanas Las mujeres, las mujeres bogotanas no saben ni dar un beso...

La negra Reneé se sentó mientras aplaudía al coro de comensales.

Bernardino nos regaló un pagadiós dijo Isabel.

Mala Suerte contestamos.

NOTA DEL AUTOR:
Algunos datos históricos son plagiados, otros falsificados a falta de veracidad y en honor a la imaginación de los historiadores. Dado que encontré diversas versiones del apellido de Don Gonzalo y de Don Miguel decidí adoptarlas a todas.




Empleo las palabras que me has enseñado. Si no significan nada, enséñame otras. O deja que me calle. Samuel Beckett

Cuando la luz del día me despierta, me levanto, miro los dedos de mi mano derecha y con el dedo índice de la mano izquierda los señalo contándolos.

Uno, el pulgar, dos, el índice, tres, el mayor, cuatro, el anular, cinco el meñique. Dejo de concen- trarme en mi mano derecha para observar que en mi mano izquierda también tengo cinco dedos, miro las palmas de mis manos y muevo los dedos como lombri- ces desesperadas.

Después las enfrento, quedan suspendidas a la al- tura de mis ojos. Les ordeno que se mantengan firmes mirándose entre sí por una eternidad de varios segundos hasta que con satisfacción percibo que mis manos son perfectas.

Me gusta mi piel color canela, soy feliz con mi nariz y por la mañana después de tomarme un café ne- gro, negro, me siento frente a la computadora a escribir. Cuando me canso voy a Hyde Park a sentir el frío. A gozar del viento en la cara y tener mis dedos congelados mientras la lluvia tímida golpea incesantemente los ár- boles y las gotas estallan al chocar contra el suelo.

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Punto y coma

En el otoño del 14 él estaba parado sobre uno de los senderos que las hojas muertas ocultaban. Dibujada en la palidez de sus mejillas chupadas tenía las huellas que suelen dejar los excesos.

El sol y la lluvia se alternaban, iluminando y os- cureciendo su cuerpo, dibujando su silueta mientras su sombra se acostaba sobre el pavimento.

Lo observé balanceando uno de sus brazos y de la punta de sus dedos se desprendió una nuez que recorrió bruscamente el espacio que existía entre él y la ardilla que lo estaba esperando.

Yo jugaba con las fantasías que había acumulado entre mis cejas mientras miraba la nuez elevarse. Aplaudí con timidez sonriendo.

Bravo dije

Él me devolvió una mirada imperceptible y sacó de su bolsillo otra nuez.

Me llamo Noon dije.
Ryan me contestó.
Esperamos que la ardilla volviera por más comida

hasta que nos echamos a andar arrastrando los pies, nos embarramos los zapatos pateando las hojas muertas.

Balbuceamos nuestras incoherencias preferidas mientras explorábamos el Hyde Park y recorrimos nues- tros pasados a modo de presentación.

Nací en Irak. −−dije −−Mi padre era periodista. Fue asesinado en los bombardeos a Bagdad, fue una de las víctimas de Bush y Blair. Emigré con mi madre a Londres donde estoy desde el 2003. Estudié literatura. Como crecí entre libros hice lo único que sabía hacer, escribí, publiqué dos libros, el primero una serie de diez cuentos sobre Londres y el segundo una novela autobio- gráfica donde relataba cómo los conflictos de Bagdad me perseguían. Ahora estoy apuntando notas o mejor pretendiendo escribir una novela aunque voy garaba-

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teando ideas en mi computadora sin encontrar las pala- bras porque estoy perdida.

También yo soy inmigrante, vengo de Irlanda del Norte dijo él y continuó Mis padres eran mili- tantes políticos, yo era el hijo rebelde, vendía hachís a mis amigos hasta que compañeros de mis padres, miembros del IRA, comenzaron a interesarse en mis negocios y me dieron la opción de irme; si me quedaba las consecuencias serían dolorosas. No sé, tal vez un tiro en la rodilla como se acostumbraba.

Es extraño refugiarse en el país que destruyó mi vida dije sin pensarlo.

UK es un reinado de violentos.
Seguro que es la tierra contesté.
Cuando llegamos a Marble Arch, él miro su re-

loj, me dio una tarjeta con su dirección y se fue. Yo me quedé en el parque mientras el sol y las nubes ju- gaban con las luces y las sombras en el Speaker's Cor- ner. Con curiosidad, escuché a los oradores del dispa- rate hasta que fui desplazada por la oscuridad.

Pasaron varias semanas hasta que por la tarde del domingo, después de horas de fracasar en mi intento de escribir, salí a la calle a sentir el frío mordiéndome los labios.

Llamé por teléfono a Ryan. Atendió desconcertado.

Le recordé cómo nos conocimos.

Hyde Park, la ardilla que corrió a refugiarse en un árbol.

Ah sí dijo sorprendido.
¿Nos podemos ver está tarde?
¿Para qué?
−−Para nada en particular. No conozco mucha

gente en Londres y pensé que podríamos pasear juntos. 111

Recorrimos Hyde Park. Fuimos desde Bayswater Road a Kensington Road, vimos el lago artificial Ser- pentine, luego pasamos por el nuevo restaurante de la arquitecta iraní.

Nuestras risas coincidían, nuestras manos se buscaron. Esa tarde me enteré que al llegar a Londres, Ryan abandonó las drogas y se dedicó a cantar en una banda de rock irlandesa. Tocaban en algunos pubs del barrio de Kilburn.

¿Por qué Kilburn? pregunté inocentemente. Porque quería redimirme ante mis padres. No entiendo.
En los pubs de Kilburn se decía que juntaban

dinero para financiar al IRA. Hasta que un día nos pe- leamos y la banda se desintegró.

Es la tierra −−le dije.
¿La tierra?
A la semana siguiente lo invité a que me visite

en mi departamento.
Trajo su timidez y una botella de vino.
Nos amamos.
Sentada sobre la alfombra roja, narré la historia

de la mujer con corazón de vidrio que había leído ayer. Fantasías del medio oriente dijo él.
Sí, lo escribió Amina Shah contesté.
Ryan caminaba impaciente alrededor del 
living

room sin detenerse.
Tenías razón, la tierra crea conflictos. Marco

Polo en sus viajes relata la historia del rey que, viendo que su pueblo era dócil y benigno, se preguntaba por qué sus vecinos eras belicosos y violentos.

Convocó a un grupo de sabios de su reino y les preguntó el motivo por el cuál sus vecinos se enredaban en continuos conflictos.

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Los sabios consultaron las razones posibles y luego de pensar por un tiempo prudencial se reunieron. Llegaron a la conclusión que la culpa era de la tierra que pisaban.

El rey ansioso esperó la respuesta, cuando una comitiva de los sabios le contó sus conclusiones.

“—El motivo de sus disputas es la tierra.

El rey, incrédulo, dudó de los sabios hasta que decidió probar la veracidad de los mismos. Envió va- rios carros al reino vecino para recoger tierra y traerla a su residencia. Cuando volvieron, ordenó esparcir la tierra sobre el piso del comedor de su palacio y luego la cubrió con alfombras.

Organizó un banquete para los habitantes de su reino, quienes consumieron exquisitos manjares y vinos deliciosos que el rey había hecho preparar para la oca- sión, hasta que dos hombres comenzaron a discutir. Al principio civilizadamente, pero gradualmente subieron el tono de sus voces y se intercambiaron insultos, hasta que estalló un conflicto generalizado donde todos discu- tían con una furia jamás vista en su reino.

El Rey, satisfecho, aprobó el veredicto de sus sabios.

Es la tierra dijimos.
Maldita tierra.
La novela que no podía escribir estaba agonizan-

do, entre mi incapacidad literaria y Ryan que había pa- sado a ocupar un espacio inmenso en mi cabeza.

Sin poder hilvanar un capítulo decidí cambiar de método. Abriría una página, al azar distribuiría comas, puntos, puntos y comas, luego las uniría con palabras.

El próximo domingo por la mañana Ryan vino a buscarme. Cuando le conté qué pensaba hacer se puso más pálido que de costumbre.

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Estás loca dijo apretándome el brazo — Tendrías que buscar un libro y plagiar las comas, etc. página a página y después rellenar los espacios con palabras.

¿Me ayudas?

Claro. ¿A qué autor le plagiarías los puntos y las comas?

−−Marcel Aymè −−me dije.

−−Ya está, usaremos uno de sus cuentos, sí, El hombre que atravesaba las paredes.

Nos sentamos sobre las sillas alrededor de la me- sa de la cocina.

La tarea a que nos habíamos encomendado era demencial.

Ryan comenzó a contar.

−−Palabra de tres letras, un espacio, continúa con palabra de cinco letras, espacio, otra palabra con cuatro letras, coma, palabra de dos letras, espacio, otra de seis letras, coma...

Y así hasta el final del cuento.

En la primera página copié las primeras palabras del cuento de Marcel Aymè En Montmartre. Yo seguía a Ryan, configurando las páginas en mi pantalla en rela- ción a lo que él me indicaba.

Cuando finalizó el cuento decidí copiar la última oración, anoté: perforan al corazón de la pared como gotas de luz de la luna.

El único vestigio de plagio serían el principio y el final.

Trabajé hasta que los ojos me ardieron de felici- dad, la historia que estuve buscando se fue desarrollan- do frente a mí, palabras tras palabras, hasta que escribí FIN.

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Cuando lo terminé, fuimos a festejar con Ryan. Mientras cenábamos, planificamos qué hacer con el cuento.

Lo publicamos nosotros me dijo.

Él se ofreció a diseñarlo y lo imprimirían sus amigos irlandeses. Lo enviaríamos a un concurso donde ganaríamos miles de libras y seríamos felices.

Reímos.

Una semana después, Ryan trajo un CD con el di- seño. En la parte superior de la tapa estaba mi nombre, Noon Rasheb, debajo una foto de mis manos enfrenta- das encerrando un punto negro. El título estaba al pie de la página: 'Punto, coma y otras cosas'.

Enviamos el CD a la imprenta de los irlandeses, quienes nos prometieron que lo terminarían en dos se- manas, el tiempo justo para poder enviar el libro al con- curso que habíamos elegido.

Llegaría el lunes por la mañana y por la tarde lo mandaría ya que el martes es el último día que aceptan los cuentos.

Estuve las dos semanas esperando la llegada de los libros. El lunes por la mañana no arribó y comencé a preocuparme. Una de mis vecinas me llamó por teléfono para avisarme que había recibido unas cajas que eran para mí, pero que como no estaba en su casa y volvería muy tarde, no podía dármelas hasta el martes.

Debió entender mi preocupación porque me pre- guntó qué me pasaba. Le expliqué que las cajas conte- nían ejemplares de un libro que habíamos publicado para presentarlo en un concurso literario de cuentos, y que debía enviarlo hoy por la tarde a más tardar.

Puedo pedirle a mi madre que vaya a mi depar- tamento a buscar un libro y si me das la dirección del concurso, le pido que lo envíe me dijo.

Acepté aliviada...
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Al día siguiente mi vecina Lizzie me llamó para que fuera a buscar las cajas con los libros y contarme que su madre había enviado el día anterior dos ejempla- res a la dirección que yo le había dado.

Una vez en mi cocina advertí que en una de las cajas había un sobre. Lo abrí y antes de leer llamé a Ryan.

Estimado cliente, dado la caótica situación eco- nómica en que nuestra imprenta se encuentra debido a erróneas decisiones comerciales y los consejos inciertos de nuestros asesores, nos encontramos en un cul de sac. Por estas circunstancias, decidimos pelear por nuestra supervivencia y comenzamos por ahorrar la tinta en nuestras impresoras. Es por ello que evitamos las pa- labras y solo imprimimos acentos, comas y puntos. Da- do que el punto y coma es un signo no muy usado, deci- dimos no incluirlo en nuestra publicación. Eso sí, para mayor comprensión del cuento mantuvimos las prime- ras y las últimas palabras. Además, prometemos que en el futuro haremos una publicación de lujo para su pró- xima novela incluyendo todas las palabras. Le rogamos sepa entender la situación en la que estamos y nos ayu- de con su buena voluntad a superar este mal momento por el que pasa nuestra pequeña empresa.

Miré mis manos que temblaban de furia. Quiero ir a matar a tus amigos.
Cálmate, es la tierra dijo Ryan.
¿Qué hacer? me pregunté.
Esperar, aunque es un chiste demasiado caro. Pasaron tres meses y cuando el silencio nos hizo

pensar que me ignorarían, recibimos una carta de los organizadores del concurso.

Gané el premio me dije Si no para que me mandan una carta.

Abrimos el sobre, leímos. 116

Retire su cuento del concurso o les mandamos a la policía por plagiar a Marcel Aymè.

¿Quiénes son los dueños de las palabras? −−me

quejé.
Los irlandeses −−dijo Ryan.


Punto y coma y La Mala suerte o Nuebo  rReino de Granada, ambos están en El trapecista

On 30 Mar 2022, at 18:32, Rafael Gutiérrez <literaturaargentinaunsa@gmail.com> wrote:

martes, 15 de marzo de 2022

Juan Carlos Moisés

 

“Las cartas fueron mi modo de sobrevivencia cultural”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Juan Carlos Moisés nació el 4 de agosto de 1954 en la ciudad de Sarmiento, provincia de Chubut, la Argentina. Entre 1978 y 1991 se desempeñó como Profesor de Educación Física en el Instituto Técnico Agropecuario “Juan XXIII” (actual Escuela 725). Fue Coordinador de la Semana de las Artes, en el Instituto Secundario Gobernador Fontana, desde 1998 hasta 2006. Durante 2004 ha ejercido como Profesor de Teatro en el Área Artística de la Escuela Superior Docente, y lo fue entre 1998 y 2006 en escuelas de Nivel Medio, en las que desde 1995 a enero de 2014 ha sido Profesor de Lengua y Literatura, y Culturas y Estéticas Contemporáneas. En 1984 y 1985 ocupó el cargo de Director de Cultura de la Provincia de Chubut. Sus dibujos han sido expuestos en muestras individuales y colectivas y se han difundido en libros, periódicos, revistas, programas de mano de espectáculos teatrales. Parte de su dramaturgia se socializó en volúmenes editados en los últimos años. Sus dos libros de cuentos se titulan “La velocidad de la infancia” (2010) y “Baile del artista rengo” (2012). Entre 1977 y 2015 publicó los poemarios “Poemas encontrados en un huevo”, “Ese otro buen poema”, “Querido mundo”, “Animal teórico”, “Museo de varias artes”, “Palabras en juego”, “Esta boca es nuestra” y “El jugador de fútbol” (además del cuadernillo —breve antología— “El ojo de mi caballo” en 2009). Entre otras, ha sido incluido en las antologías “Nacer en los 50” (selección de Hugo Fiorentino, España, 1985), “Poesía entre dos épocas” (selección de Fernando Kofman, 1985), “Abrazo austral (Poesía del Sur de Argentina y Chile)” (selección de María Eugenia Correas y Sergio Mansilla, 1999), “Signos vitales” (selección de Daniel Fara, 2001), “Una antología de poesía argentina” (selección de Jorge Fondebrider, Santiago, Chile, 2008), “Antología federal de poetas de la región patagónica” (2015). Colaboró con poemas, cuentos y microrrelatos en numerosas publicaciones periódicas de su país y del extranjero. Ha sido jurado en diversos certámenes y presentó ponencias en encuentros de escritores en Argentina y Chile.

 


 







          1 — Has residido durante seis décadas en la ex Colonia Sarmiento. Te propongo que nos describas ahora —ya a muchos kilómetros de aquella localidad de origen galés—, paisajes, vida social y cultural, su evolución.

 

          JCM — La Colonia Sarmiento que me vio nacer era un pueblo pequeño, de 5.000 habitantes sumados el centro urbano y la zona de chacras. Está ubicado en un valle amplio, en medio de mesetas y sierras de la Patagonia Central, al sur de la provincia del Chubut. El río Senguer, que nace en la cordillera, da un rodeo al pueblo, como si lo abrazara, y forma dos lagos, el Musters y el Colhue Huapi. Durante muchas décadas fue un valle agrícola y ganadero, que se autoabastecía de alimentos. Creado por decreto nacional en 1897, no fue una colonia estrictamente galesa. Además de algunos habitantes originarios que estaban asentados en el lugar, en esos primeros años también llegaron polacos, italianos, lituanos, y otros. Las crónicas dicen que fue muy dura la vida del comienzo. Hoy, y desde hace ya algunos años, la actividad petrolera llegó para quedarse, transformó la economía, la conformación social y cultural, y se volvió directa e indirectamente en la principal fuente de ingresos de la población. Como dice un amigo, se parece a un barrio de Comodoro Rivadavia. El de hoy cuadruplicó sus habitantes, llegados de otras provincias y países vecinos. Como si fuera una nueva fundación, digamos. Lo que no está mal en sí mismo, salvo por el peligro de contaminación para el medio ambiente que significa la explotación petrolera, que es otra de las formas riesgosas, acaso criminales, de la minería. El suelo ya no es ni será el mismo. Las numerosas chacras, con animales y sembrados varios, que rodeaban al pueblo son barrios y loteos que cambiaron el paisaje urbano y rural. Ya no es el pueblo de mi infancia ni el de mi primera juventud, ni siquiera es el pueblo donde nacieron y se criaron mis hijos. Entonces había un cine y clubes sociales. Había un ferrocarril que unía la Colonia con Comodoro Rivadavia, cuando las rutas aún eran de pedregullo. Había chacras con vida a raudales porque vivían familias numerosas, había tambos, caballos para andar. Las calles eran de tierra que en invierno se congelaban durante tres meses, donde patinábamos como si fueran lagunas heladas, y los veranos duraban hasta marzo. Y, sobre todo, había muchas canchitas de fútbol. Ese pueblo y esos años me constituyeron como poeta, como artista. Hoy, alejado desde hace unos años, lo traje conmigo y lo llevo a donde voy.

 

 

          2 — De las ponencias que has presentado en foros y congresos me atrae por su título “Arte en las márgenes: centro y periferia” (el 8 de junio de 2007 en el II Encuentro Nacional de Escritores de La Plata).

 

          JCM — La ponencia fue propuesta por la organización del evento. Me interesó el tema. Siempre me consideré un artista periférico, sin connotaciones, sin renegar de la suerte, más bien todo lo contrario, aunque cualquier noción de periferia siempre supone un valor negativo. No fue así. A partir de los veinte años lo tomé como mi propio desafío, la vara alta, es decir la provocación que la realidad me puso en el camino. Digamos que esa periferia fue por partida doble: de la metrópolis que significaba Buenos Aires, por ejemplo, y de las ciudades de la Patagonia donde había una cierta actividad artística que no me incluía por motivos geográficos. De hecho, es la Patagonia, y la variedad de zonas y matices que hay en ella, el objeto de análisis. No me interesó particularmente el aspecto mítico ni los textos de viajeros, que ya los hay muchos y han sido y son difundidos en gran parte del mundo desde el siglo XIX, que es más o menos cuando se pone en marcha la acepción moderna de la voz “literatura” (según Terry Eagleton), sino el hacer artístico contemporáneo. Me explayé sobre el presente (esto es, las últimas décadas) y las posibles derivas que pudieran resultar o se pudieran intentar, con toda la libertad que supone el hecho creativo en particular y en general. La frase acuñada por el poeta y narrador Raúl Artola, “la periferia es nuestro centro”, creo que es un modo lúcido de acceder a esta problemática. Con todo, mi visión no contempla que me defina como “escritor patagónico”, aunque de hecho lo soy por haber nacido en un pueblo perdido del Chubut, pero sin ejercer ni proponer una “militancia” de carácter regional, y mucho menos una preceptiva. La Patagonia, una región amplísima y cambiante, pero una más del planeta, me constituyó para hacer lo que hago y como lo hago. Aun así, tiendo a ser de los que miran las cosas por el ojo de la cerradura. 


 

 

    3 — ¿De qué modo te fuiste desarrollando y afianzando como dibujante? ¿No has pensado en abrir un blog y allí instalar tus trabajos de artista plástico?

 

          JCM — A los 16/17 años empecé a dibujar y escribir al mismo tiempo. Rudimentariamente, por cierto. No sabía ni podía saber entonces cuál de las dos actividades iba a tener prioridad. La primera exposición de dibujos (con plumín y tinta china) la realicé a los diecinueve años a instancias del artista de mi pueblo Guillermo Caroli Williams, de familia galesa, que fue mi primer maestro en el arte y amigo de toda la vida. Era 1973. Ese mismo año publiqué mis primeros textos (poemas, un cuento, un par de notas) en una revista literaria que hicimos en el pueblo con amigos. En el 81 me quedé sin trabajó y me ilusioné con el dibujo de humor. Hasta pensé, por necesidad, que podía recibir algún dinero a cambio. No fue así. El dibujo y la poesía siguieron siendo el centro de mi actividad hasta comienzos de los 90, cuando el teatro pasa a ser la tercera actividad en discordia. Ya para esos años, además de dibujar surgió la posibilidad de escribir guiones de historieta para el joven y talentoso dibujante Alejandro Aguado, de Comodoro Rivadavia, que comenzó a sacar una revista del género, “Duendes del Sur”, que después de una interrupción sigue saliendo como “La Duendes” y tiene inserción nacional e internacional. Aguado también dirigía un suplemento en el diario “Crónica”, de Comodoro, “El espejo”, donde todos los dibujantes, ilustradores e historietistas de la Patagonia tuvimos oportunidad de publicar. Fue el teatro, la escritura de obras y la dirección de un grupo independiente, que me absorbieron casi por completo. Ya a mediados y hacia fines de los 90 el dibujo y los guiones, e incluso la poesía y la narrativa, quedaron relegados, aunque seguí escribiendo y dibujando sin publicar nada, esperando un momento más propicio para poder trabajar en fino lo que iba saliendo. Entre el tercer libro de poemas, “Querido mundo” (1978), y el cuarto, “Animal teórico” (2004), pasaron dieciséis años. Exageré un poco, es cierto, pero fue inevitable. Ni dramaticé ni desesperé. Desde entonces, la escritura de poesía volvió a ocupar un lugar central. Pero el teatro había dejado su marca. Los temas y el tratamiento del poema se diversificaron, me pusieron ante nuevas problemáticas formales. En algún momento pensé en subir los dibujos a internet, pero mucho del material que dibujé lo obsequié a los amigos y no tuve el cuidado de dejar copia. De modo que ese proyecto, como me gustaría, sería casi imposible de realizar. Además, para hacer todas estas cosas se necesita tiempo, y yo no lo tuve en los últimos años, apremiado por los trabajos para sobrevivir y otros inconvenientes que la vida se ocupa de ponernos en el camino.

 

 

          4 — Es al comenzar la década de los noventa cuando comenzás a darte a conocer como dramaturgo y director teatral.

 

          JCM — Tal vez fue una coincidencia. Pero de ser un poeta inadvertido en mi pueblo pasé a escribir obras que hablaban de la realidad de aquellos días y a presentarlas, como dije antes, con el grupo que dirigía, “Los comedidosmediante”, creado con amigos del pueblo. La dramaturgia me dio la posibilidad de compartir con un público, en vivo, lo que no ocurría con la poesía. Todas las obras hablan de esos años. Los temas sociales, acuciantes y devastadores para el país, no faltaron. El proyecto de grupo fue simple pero muy trabajoso: escribir las obras, dirigirlas, hacer la puesta en escena, estrenarla en el pueblo y llevarla a donde fuera posible. Los actores fueron fundamentales para terminar de afinar los textos en los ensayos. Muchas veces necesitamos ayuda técnica sobre aspectos de actuación puntuales. Creo que con esa tarea difícil pero apasionante advertí el modo en que la plástica y la poesía se hacían presentes directa o indirectamente en el teatro. Tuvimos la posibilidad de ser reconocidos en la provincia y representarla en tres Fiestas Nacionales y en varios festivales. Viajamos a gran parte del país con nuestras obras. Luego de casi diez años, menos por deseo que por necesidad, dejé el grupo y comencé a dar clases a alumnos de nivel secundario, en cuyo colegio ya daba literatura. Pudimos hacer muchas obras creadas por los mismos alumnos, mostrarlas en el pueblo, dentro y fuera del colegio, y llevarlas a festivales juveniles de Comodoro Rivadavia. Hoy estoy jubilado de la docencia y todo eso es nostalgia y maravilla en mi memoria.


        5 — En tres tomos (“La historia de Asemal y sus lectores”, 2000; “De la misma llama. III De plomo y poesía (1972-1979)”, 2006; “De la misma llama. VII La yapa. Primera parte (1990-2006)”, 2014) de una propuesta del poeta y sociólogo Darío Canton (editados por el sello Mondadori), se reproducen dibujos tuyos y correspondencia que mantuviste con él. Y también has sido incluido en el volumen “Correspondencia” del poeta y “mítico imprentero” Francisco Gandolfo (con prólogo de Osvaldo Aguirre, Ediciones en Danza, 2011).

 

          JCM — En el sur las cartas fueron mi modo de sobrevivencia cultural y algo más. En enero de 1973 un hecho casual que me ocurrió en Buenos Aires al conocer a Jaime Poniachik en una librería (“Leo Libros”) de la calle Pueyrredón en la que trabajaba, fue muy importante porque me dio la posibilidad de relacionarme por correspondencia con la familia Gandolfo, de Rosario. Bellas personas: Francisco, Elvio y Sergio, con quienes mantuve una amistad ininterrumpida. En 1974, cuando estudiaba en La Plata, hice un viaje para verlos. También, a la par, tuve y tengo, también en Rosario, un contacto fluido con el poeta Jorge Isaías. Fue precisamente este escritor nacido en Los Quirquinchos quien editó mi primer libro en enero de 1977 con el sello de La Cachimba. Se imprimió en la imprenta La Familia, de los Gandolfo. El segundo y el tercero salieron con el sello de El Lagrimal Trifurca, en la colección El Búho Encantado. En la década del 80 la correspondencia con Francisco fue bastante regular y tan divertida como jugosa.

En 1975, en mi casa paterna del sur, a donde había vuelto a residir luego de pasar por La Plata, recibí el N° 1 de la plaqueta “Asemal”, de Darío Canton. Coincidió que el año anterior había comprado en una librería de Buenos Aires su libro “Poamorio”, lo que promovió que le escribiera con agradecimiento y entusiasmo. Fue una relación epistolar intensísima. Duró hasta 1979, cuando agotó su proyecto de sacar en “Asemal” toda su poesía inédita. Fueron mis años de formación y él tuvo mucho que ver. Ya hacía un año que venía limpiando mi poesía de follaje innecesario. Y Canton es lo más despojado que hubo y hay en la poesía argentina. A todos mis amigos les he enviado mis dibujos, o apenas viñetas, acompañando las cartas. Canton tuvo la amabilidad de incluir algunos en su obra completa, atípica y monumental, que va sacando por tomos. Cuando hacía “mis palotes con la poesía”, como dice Charles Simic, fueron varios los poetas con los que mantuve una asidua correspondencia y que considero fundamentales en mi formación y en el sostenimiento de mi vocación de escritor: Además de los nombrados, Raúl Gustavo Aguirre, Alfredo Veiravé, Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Rodolfo Alonso; de mi generación, Paulina Vinderman, Liliana Lukin, Carlos Vitale, Pablo Ingberg, Carlos Barbarito, Carlos Piccioni, Fernando Kofman, Santiago Espel, Alejandro Schmidt, Raúl Artola. Pero son muchos más. También, y particularmente, los narradores Donald Borsella, de Chubut, Ivo Marrochi, de Tucumán, y Carlos Roberto Morán, de Santa Fe.

 

 

          6 — En 1988 entrevistaste a un director cinematográfico que yo admiro, Carlos Sorín, mientras filmaba en Chubut, y se reprodujo tu diálogo con él en el diario “El Patagónico” de Comodoro Rivadavia.

 

          JCM — Carlos Sorín filmó mucho en el sur y particularmente en mi pueblo. Había hecho el servicio militar en Comodoro Rivadavia y quedó impresionado para siempre con esa región de la Patagonia. Tanto es así que volvió a filmar comerciales, y luego “La película del Rey”, una joya de la época. En 1988 filmó parte de “Eterna sonrisa de Nueva Jersey”, que es una roadmovie a la vez que una especie de comedia disparatada y dramática. En el equipo de producción vino un amigo común de amigos del poeta Alfredo Veiravé, y también los actores Omar Tiberti, que conocía desde el 84, y Daniel Kargieman, hijo del poeta Simón Kargieman, con quien me escribía. De modo que tuve la posibilidad de compartir muchos días de filmación en las locaciones de los alrededores y también las horas de la cena y sobremesa, o los fines de semana que tenían libres. El protagónico lo hacía Daniel Day-Lewis, que venía de filmar “La insoportable levedad del ser”. Ya había hecho “Ropa limpia, negocios sucios” y “Un amor en Florencia”. Parece mentira que el tiempo haya pasado tan rápido y tan exitosamente para él, a quien describí, al mencionarlo, como “un joven actor británico”. Para no herir susceptibilidades que tenían que ver con la Guerra de las Malvinas, Sorín y su equipo decían que era un actor irlandés. Paradójicamente, en 1993 se nacionalizó irlandés. El reparto era increíble: Juan Manuel Tenuta, Miguel Dedovich (en “La película del Rey” interpreta al aventurero Orélie Antoine de Tounens [1825-1878], quien se proclamó Rey de la Araucanía y la Patagonia), Julio De Grazia, Gabriela Acher, Ignacio Quirós, Rubén Patagonia (de quien era amigo porque había residido varios años de su juventud en Sarmiento), Ana María Giunta, etc. La entrevista fue muy extensa; tuvo la amabilidad y espontaneidad de explayarse en temas que me interesaban de su cine y del cine en general. El resultado del film no fue el que esperaba Sorín. Era una coproducción argentino-británica, con algunos inconvenientes en el corte final. Creo que hizo mella en su relación con la industria. Demoró en volver a filmar, y lo hizo de nuevo en la Patagonia. Fue en 2002, con “Historias mínimas”, otra roadmovie de bajo presupuesto que le permitió ser valorado como uno de los directores argentinos más interesantes.

 

 

          7 — Y ya que nos acercamos al cine: ¿qué filmes basados en novelas te han deslumbrado? ¿A qué actrices y actores “les creés todo”?

 

          JCM — Dejando de lado cualquier posibilidad de mirada profesional, que no tengo, puedo mencionar algunas que me agradaron/deslumbraron, tal vez por el momento en que tuve la oportunidad de verlas. “Al este del paraíso”, “Dr. Zhivago”, “El viejo y el mar” (con Spencer Tracy), “Por quién doblan las campanas”, “Rashomon”, “El gatopardo”, “2001: una odisea del espacio”, “El gran Gatsby”, “Los muertos” (de “Dublineses”), “La fiesta de Babette”, “Blade Runner”, la adaptación bastante libre que es “Apocalipsis Now” …

          Son muchos a los que “les creo todo”: Audrey y Catharine Hepburn, Jeanne Moreau, Dirk Bogarde, Laurence Olivier, Jean Gabin, Anthony Quinn, Bibi Anderson, Liv Ullman, Marcello Mastroianni, Francisco Rabal, Toshiro Mifune, Dustin Hoffman, Al Pacino, Meryl Streep, Lena Olin, Daniel Day-Lewis, Carlos Carella, Ulises Dumont, y tantos más.

 

 

          8 — Y vamos a personajes: ¿cuáles por su carisma, por su potencia, por su agudeza u otros atributos, te fascinan?

 

          JCM — Que ahora recuerde: Héctor, Edipo, El Quijote, Sancho, Cordelia, Hamlet, Ana Karenina, Leopold Bloom, Ahab, el hombre y la mujer de “El Ángelus” (de Jean F. Millet), Claus y Lucas (de la novela de Agota Kristof).

 

 

         9 — “Se llamará o no se llamará poema” es el título de un ensayo de tu autoría incluido en el volumen “El verso libre” (Ediciones del Dock, 2010). ¿Qué tipo de textos, cabalmente, merecen que se los califique de poemas? ¿A cuáles no se los debiera denominar así?

 

          JCM — Poema y poesía no siempre coinciden, o no siempre están destinados a coincidir. Uno pertenece al mundo de los objetos, la otra es una manifestación ontológica con un grado mayor de pureza que los mismos poemas. Pero la verdad, no lo sé. Me gustaría saberlo, pero no lo sé. Y es posible que en ese no saber consista la búsqueda de saber qué es un poema y qué es poesía. Ya la variedad es inmensamente grande en estos primeros años del siglo XXI y lo será cada vez más. Las épocas van definiendo esa calificación, pero creo que se toman sus necesarias libertades. Por ejemplo, de Héctor Viel Temperley a Darío Canton hay un abismo, y sin embargo nada nos hace pensar que uno escribe poemas y el otro no. Las artes, en general, van mutando hacia formas nuevas e impredecibles. En algunos decenios lo que hoy se puede definir como poema va a sentir el paso del tiempo. Por el momento sabemos que sigue vigente el verso o la prosa, con imagen, sonido, ritmo, como en pintura la pincelada. No hay más. Cada uno toca su propia música, con menor o mayor influencia del contexto.

 

 

          10 — En 1993 y 1994, firmando con el seudónimo Indiana Proust, fueron publicándose tus columnas “Aventuras Estelares” en “Nuestro Sur”, periódico de tu provincia.

 

          JCM — Eran seudo crónicas sociales y culturales sobre la realidad de mi pueblo de esos días, con una pizca de poesía y mucho de ironía. No seguían un modelo. Creo que eran bastante personales.

 

 

          11 — Regresando a los personajes: sos el creador de uno de historieta unitaria, “Morocho Dargüin”, el que con dibujos de Aguado se divulgó en el suplemento “El Espejo”. Contanos sobre él, y sobre otros, también de historieta, que hayas inventado.

 

          JCM — Mi amigo Alejandro Aguado llegó un día a mi casa de Sarmiento, me mostró el dibujo de un personaje estrafalario que acababa de terminar y me dijo que le gustaría hacer una historieta con él ambientada en la Patagonia. Me entusiasmó la idea, primero porque Alejandro es un muy buen dibujante, y luego porque era un desafío más para mi escritura. El nombre de ese personaje, Morocho Dargüin, me surgió, como se advierte, de dos conceptos opuestos. Charles Darwin era inglés y recorrió la Patagonia. Además de fonetizar ligeramente el apellido, el nombre, Morocho, me pareció que provocaba la tensión. Del mismo modo había surgido el seudónimo con que firmaba las “Aventuras Estelares” que mencionaste. El tema de la historieta era la Patagonia misma, vista a través de las experiencias de este antihéroe simpático, que tenía tanto de viajero como de poeta soñador. Después de salir semanalmente en “El Espejo”, se publicó, ya como tira, en un periódico de la región. Ahí tocaba temas relacionados con lo periodístico.

            En 1992, año del quinto centenario, en el periódico “Nuestro Sur”, que se editaba en el pueblo, publiqué una tira de humor que se llamó “El huevo de Colón”. El personaje era un huevo. Refería desde aspectos locales hasta tópicos del quinto centenario. Fue divertido hacerlo.

            En “El Espejo” salieron muchos dibujos de humor que había hecho en años previos. El humor, la ironía, siempre estuvieron ahí para colorear lo que hacía, dibujo o escritura, y también, por qué no, para provocarme. De hecho, mis gustos poéticos por el desparpajo de Nicanor Parra y de algunos de los nombrados fueron inevitables, aunque debí tomar recaudos porque el humor en poesía puede ser letal si no se lo puede mantener a raya. A veces se puede, a veces no. Según el pulso y la vena del momento. Como variante del humor, la ironía, según Octavio Paz, siempre es crítica.

 

 

          12 — Además de primeros premios y otras distinciones por algunas de tus obras, lo has sido también por tu trayectoria y en más de una ocasión. ¿Podrías discernir para nosotros, más allá de la imaginable satisfacción, algo de un orden recóndito, sutil?

 

          JCM — De lo primero no hay mucho para decir; a veces se tiene suerte y un jurado nos premia una obra. Literaria o teatral. No deberíamos tomarnos muy en serio un premio como no ser premiados, cosa que ocurre, esta última, las más de las veces, y uno igualmente sigue. Porque el mejor premio es poder seguir trabajando, produciendo, con o sin ese tipo de satisfacción. Nunca está de más recordar la famosa cita de Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.” Lo segundo: esos reconocimientos fueron mimos locales de parte de intendencias y del legislativo, entre otros. La sensación fue, en alguna medida, que siempre es bueno sentirse profeta en la tierra de uno, a pesar del dicho en contrario. Mi pueblo me dio demasiadas cosas buenas, dentro y fuera de la tarea artística.

 

 

          13 — “Una lucha desigual con las palabras” es el título de tu primer libro en el género ensayo. ¿Qué otros libros —¿intentaste la concepción de alguna novela?— estarían listos para ser editados?

 

          JCM — “Una lucha desigual con las palabras” es un libro de notas sobre poesía antes que, de ensayos propiamente dichos, aunque el tono y la intención rozan lo ensayístico y también lo poético. Un libro inédito que sí es de ensayos, cuyo título es “En/sayos de literatura patagónica”, no tiene editor por el momento.

          En 1992/93 escribí una novela, pero fue un fracaso. De hecho, trataba sobre un personaje, tomado en parte de la vida real, que fracasa en la vida y en sus deseos de ser un artista en la Patagonia. La novela no podía tener otro fin que el de su personaje, lo que ya sería en sí misma una idea de arte conceptual. Para escribir novela se requiere una técnica y tiempo y no tuve ni una cosa ni la otra.

 

 

         14 — En tu pieza “Desesperando” (Inteatro, Editorial del Instituto Nacional del Teatro, 2008), en “espera desesperada” los personajes mentan al “tío Samuel”, ése que “ha estudiado muy bien las consecuencias del movimiento inútil”. Y en tu pieza teatral “El tragaluz” (integrando un volumen con otras dos también de tu autoría, “Pintura viva” y “La oscuridad”, Ediciones La Carta de Oliver, 2013), uno de los dos únicos personajes se llama Samuel.

 

          JCM — Soy deudor del teatro y asimismo de la narrativa de Samuel Beckett. Lo leí, incluso su poesía, a partir de los años 80. Es el autor que tuvo mayor impacto en mi concepción teatral y algo más. Incluso, a su pesar, en relación con mi visión de la Patagonia. Mi libro de poesía, “El jugador de fútbol”, se inicia con un epígrafe que pertenece a la obra “Catastrophe”, de Beckett, donde capciosamente, en relación a la forma y a la posibilidad de mirar, hace referencia a la Patagonia. Creí necesario incorporarlo como personaje en esas obras, en una de ellas en presencia, en la otra en ausencia, pero que tuviera su peso, como contrapunto primero y como una vara con la que se pudieran medir las acciones después. También es una especie de diálogo imposible con él. Me hubiera gustado conocerlo, oírlo hablar, oír su silencio, percibir su mirada, en cualquier caso.

 

 

          15 — “Los comedidomediante” obtuvieron primeros premios y se presentaron ante públicos de varias provincias argentinas y hasta en Puerto Montt, Chile. ¿Cómo fue dar a conocer “El tragaluz” en el Teatro Nacional Cervantes, único con ese rango en nuestro país?

 

          JCM — Las funciones de “El tragaluz” en Chile las hizo el grupo “Sobretabla” de Mendoza, dirigido por Rubén González Mayo. La función en el Cervantes fue como consecuencia de haber sido premiados en la Fiesta Nacional de Teatro que ese año 1994 se hizo en Tucumán. Para nosotros, que partimos de la nada, hacer la obra en un teatro con tanta historia fue tocar el cielo con las manos. Nos fueron a buscar a Chubut, nos trajeron a Buenos Aires, nos alojaron, nos dieron de comer, y luego nos llevaron de regreso. Además, nos pagaron una gira por todas las provincias patagónicas, desde Ushuaia hasta Santa Rosa, provincia de La Pampa, y con el premio en efectivo pudimos comprar un equipo de luces y otro de sonido, completos. Cosas del Instituto Nacional de Teatro, que agradecimos en su momento. La paradoja es que se dio en la década del ’90, de la que fuimos críticos en las propias obras. Debo decir también que Carlos Pacheco, periodista y ensayista teatral, tuvo mucho que ver en la difusión de nuestras obras a nivel nacional.

 

 

          16 — En “Animal teórico” (Ediciones del Dock, 2004), el lector tiene la posibilidad de leer una carta que Groucho Marx escribe a Franz Kafka y la respuesta de éste al primero; así como también la carta que Gregorio Samsa le despacha a su creador y la que Groucho le envía a Gregorio. Y desde aquí, Juan Carlos, retornamos, por el camino de la creación, al marco de la Correspondencia. 

 

          JCM — Siempre, desde el primer momento, escribí cartas a escritores y mantuve, en la medida de lo posible, una correspondencia fluida que me ayudó particularmente en mis años de formación. El género epistolar me gusta y me interesa como arte. Sea poético o no lo sea. Hasta la aparición del e-mail la correspondencia como la conocíamos sólo había sufrido una variación en su inmediatez. Pero luego han cambiado y diversificado tanto los soportes que disponemos de la nueva versión del telegrama en su versión instantánea y virtual. La vida y las cosas cambian constantemente. No hay que vivir en el pasado, decía Raymond Carver. Hay que traerlo al presente, en todo caso.

 

 

          17 — Como vos, chubutense, el narrador Donald Borsella (1926-1986) aparece mencionado en tu poema “El cerezo”, integrado a “El jugador de fútbol”; en el mismo poemario, otros dos narradores, David Aracena, fallecido en Comodoro Rivadavia en 1987, y Diego Angelino, quien reside en la provincia de Río Negro, son nombrados en tu poema “Hablar”; y también un poeta de Chubut, Néstor Milton Jones, en el poema “En la casa del galés”. ¿Compartirías con nosotros un esbozo de cada uno de estos escritores?

 

          JCM — Con ellos me unió la literatura y una profundísima amistad. Los admiro como escritores y los quiero. Donald Borsella nació en Esquel, fue maestro de escuela primaria en El Maitén y en Trelew, donde finalmente se radicó. En esa etapa lo conocí. Fue en 1973. En 1978 la editorial Galerna le publicó su primer libro de cuentos, “Las torres altas”. En 1981, en Trelew, dio a conocer su segundo libro de cuentos, “El Zorro Cifuentes”. En 1984 la Dirección de Cultura de Trelew publicó el ensayo “Alberdi y una novela patagónica”, al que hay que agregar no pocas intervenciones en el periodismo cultural de la zona. De manera póstuma, en 2007, la Secretaría de Cultura del Chubut, editó la novela inconclusa “El viaje”, que estaba escribiendo al momento de su muerte. El cuento “La avutarda”, que refiero en mi poema, salió en su momento en el suplemento cultural del diario “Clarín”. En el encuentro “Esquel Literario 2010” difundí la ponencia “Homenaje a Donald Borsella”.

          David Aracena, periodista cultural, poeta y narrador, pero antes que nada maestro de poetas, supo cultivar el don más preciado de la amistad. Se escribió con escritores de la talla de Pablo de Rokha, Victoria Ocampo, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Ricardo Molinari. Como decimos en nuestra región, David “prefirió el diálogo y la correspondencia a la publicación.” En 1986, un grupo de amigos escritores de Comodoro Rivadavia le publicó su único libro de cuentos, “Papá botas altas”. En 2009, la editorial Espacio Hudson/El Extremo Sur publicó el libro “Las palabras y los días”, un compendio de sus columnas con cuyo título salían en el diario “El Patagónico”, de Comodoro Rivadavia, que firmaba con el seudónimo Juan de Punta Borjas, que tomó de la toponimia del lugar. A los dos, con obras relativamente breves y referidas siempre a la geografía y a la gente del sur, los seguimos leyendo y valorando, porque sus textos siguen vigentes. Que yo sepa, no hubo reediciones de sus libros, y esto de algún modo es indisculpable.

          Diego Angelino nació en Entre Ríos y está radicado en la Patagonia desde los veinte años; primero en Comodoro Rivadavia y después, hasta ahora, en El Bolsón. Fue quien más se dio a conocer fuera del ámbito patagónico. Su primer libro de cuentos, “Con otro sol”, fue premiado por el diario “La Nación”, con un jurado que, entre otros, integraban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Años después Nicolás Sarquís llevó al cine esas historias que ocurrían en el campo entrerriano. Sigue escribiendo con su técnica notable de siempre.

          Néstor Milton Jones, descendiente de las primeras familias galesas llegadas a Chubut en 1865, nació en 1951 en Sarmiento, donde sigue viviendo. Somos amigos de toda la vida, viajamos juntos a la Universidad Nacional de La Plata. Comenzó a estudiar cine y continuó luego en Buenos Aires. Viajó un poco por el mundo y volvió para estudiar historia en la Universidad Nacional de la Patagonia, en Comodoro Rivadavia. Sigue escribiendo, de algún modo aislado. A veces la “periferia”, por distintos motivos, es implacable con los creadores. En la década del 80 salió en la editorial Sátura de Buenos Aires, dirigida por Fernando Kofman, su único libro de poemas editado, “Visitas”

 

 

          18 — ¿Por qué será que mientras leía y me sorprendía con los textos de tu “Baile del artista rengo”, no dejaba de pensar en los procedimientos de “danza” de Tim Burton y Woody Allen en algunas de sus películas…?

 

          JCM — Aun con estéticas distintas, me gustan mucho ambos, Burton y Allen. Cómo juegan con la trama, con los personajes, y el modo en que realizan el montaje de sus películas. Pensando en tu comentario, será por los ingredientes del humor y de lo naif, que en dosis considerables se cuela en todo lo que hago. Creo que en los relatos puedo soltarme con el lenguaje un poco más que en los poemas.

 

 

          19 — ¿Les has leído cuentos a tus hijos o sos de esos padres que los ha ido inventando sobre la marcha?

 

          JCM — Ambas cosas. De noche, al momento de ir a dormir, siempre les leía o les contaba cuentos que se disparaban solos, según cómo se entusiasmaban o se predisponían a oírlos. Después les proponía que ellos escribieran lo que recordaban de esas historias (“Moby Dick” o “La isla del tesoro”, por ejemplo), que hacían con las libertades del caso, y yo se las pasaba a máquina (qué palabra, en este tiempo), recortaba las hojas y confeccionaba libritos ilustrados por ellos mismos.

 

 

          20 — Te propongo alguna reflexión partiendo de tres notas sobre escritura del barcelonés Eugenio Trías (1942-2013):

1: “La escritura no es nunca ‘reflejo’ de la realidad. O es reflejo de la única realidad: los nervios. La escritura es un reflejo nervioso.”

2: “El sentido de un escrito es el humor con que deja al que lo lee.”

3: “No se lee porque se teme.”

 

          JCM — La primera está muy bien. Nunca se puede reproducir la realidad. En todo caso, se reproduce una visión (al decir de Saer) de la realidad, que puede ser, y a veces lo es, una realidad en sí misma. A eso le llamamos literatura.

          Las dos últimas citas son parte de la experiencia de la lectura. Creo que también pueden ofrecer otras variantes de “sentido”, que “incompleten” (disculpas por el neologismo) indefinidamente la acción y reacción que provoca la lectura.

 

 

*

 

Juan Carlos Moisés selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

 

 

La laguna

 

 

caminaba por el mundo

que era una nuez

una pequeña bola de tierra y plantas

me sentía bien mientras caminaba

inadvertido

bordeando una laguna

y un campo de alfalfa

 

desde ese espacio envolvente

una bandada de patos

se voló haciendo ruido con el pico

avancé por el verdor

hacia su centro

y otra bandada se elevó

con las patitas mojadas

hubo un momento en que toda la laguna

quedó para mí

me desnudé y me zambullí

los patos tardaron en volver

se acercaron con miedo

y comenzaron a nadar a mi alrededor

no demostré violencia alguna

moví mis manos

agité naturalmente mis brazos

para imitarlos

para ser como ellos

para mirar el mundo desde la laguna

perdido aleteando en medio de las ramitas

donde el pato más grande y más feo era yo

 

 

                                (de “Querido mundo”, 1988)

 

 

*

 

 

Manuel Bandeira en el Sur

 

 

un álamo

ha crecido delante de la casa

en medio del jardín

entre pinos jóvenes y flores

un álamo que no plantamos

irrumpió un día y fue creciendo

desde su firme raíz hacia la luz

 

sin pensar demasiado lo llamé

por su nombre:

Manuel Bandeira

y el álamo me contestó

como seguramente me hubiera contestado

Manuel Bandeira

después persistió

en sus intenciones de hablar

 

desde entonces

lo escuchamos decir buenas tardes

buenas noches ser amable

saludar perro hormiga o mujer

es evidente:

Manuel Bandeira quiere darse

a conocer

entre los vecinos

 

y hay todavía un muy curioso agregado:

insulta a quien no le devuelve el saludo

el saludo es fundamental

dice uno de mis tíos

mientras que a Manuel Bandeira le tiemblan

las hojas las nervaduras las gotas de rocío

y en verdad su irreverencia

no desentona como hecho particular

o filosofía de vida

aunque me temo que su hermosa

existencia terminará con un hachazo

después lo haremos silla donde sentarán

al acusado

 

 

                                 (de “Querido mundo”, 1988)

 

 

 

*

 

 

Flamencos en la laguna

 

 

Esos flamencos todo

el día al sol sumergen

la cabeza movediza en el agua

apoyados en el firme equilibrio

de una de sus patas; están clavados

en la laguna, tallados en el aire.

Cada tanto rompen la monotonía,

curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,

estiran la pata encogida y dan un paso largo

y lento que se hunde y se clava

como la pata anterior,

que ahora se pliega y espera

mientras bajan la cabeza a bucear.

Todo el interés está ahí, en la turbiedad

del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

 

Ninguno de esos actos minuciosos

me incluye, ni soy de la familia de esas aves;

tampoco soy lo que se dice trigo limpio

para acercarme a refrescar mis pies

sin que algo no deseado ocurra

en el plan trazado por los flamencos.

 

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua

ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido

por las hormigas de la curiosidad

que siempre me empujan a donde no me llaman

me acerco a la orilla

todo lo que más puedo,

hasta que en el límite de la confianza

los flamencos levantan vuelo

con tres o cuatro aletazos,

las flacas patas colgando sobre la laguna.

 

Si yo fuera ellos

daría un rodeo largo y sin pausa

con la esperanza de que se fuera el entrometido

y entonces volvería lo más campante

con las alas desplegadas

a posarme otra vez en medio de la laguna,

una sola pata apoyada

en la turbiedad del fondo.

 

Pero se ve que esos flamencos

tienen otros planes para resolver el dilema,

y acribillados inútilmente

por la doble intención de mi mirada

siguen adelante y se pierden en el cielo

capaces como son de ver a lo lejos

adónde lleva el camino.

 

 

                                             (de “Animal teórico”, 2004)

 

 

 

*

 

 

Un bar en el camino

 

 

Cuando entré a ese baño de bar

del camino y la puerta se trabó

sin explicación, creí encontrarme

en el mismo infierno; no advertí

que hubiera lo que estrictamente

se llama fuego, crepitaciones,

gritos de dolor, sólo unos pocos malos

olores que me envolvieron

y la lamparita que no prendió.

Para estar en medio de la pampa alta

y desmesurada ese baño era un lugar

demasiado pequeño, sucio, opresivo.

Ni las frases chistosas escritas

en la pared con letra despatarrada

fueron capaces de provocarme

la mueca de una risa.

 

En las manchas de humedad

del revoque descascarado

vi con horror la sombra del que soy,

vi rostros no amados,

vi todo lo que no se desea ver:

de mí, de los otros, de lo otro.

Dije es el fin, ahora sé cómo es

la última visión de una persona.

 

Mi única esperanza fue

el ventanuco; después de forcejear

en lo alto durante unos momentos,

el hierro viejo, debilitado, carcomido

por el óxido, cedió,

y cielo y nubes entraron

increíblemente a tiempo.

 

 

                                             (de “Animal teórico”, 2004)

 

 

*

 

 

Hervidero parlante

 

 

 

Mándeme sus libros sin falta y con una dedicatoria. Pero no

ponga “estimada”; simplemente: “A Masha, que no recuerda

de dónde viene y que no sabe para qué vive en este mundo.”

Antón Chéjov

(Masha a Trigorin; “La gaviota”)

 

 

 

 

Cae una lluvia desapasionada.

No sé quién adormece a quién.

Parece que nada hubiera pasado en años

y sin embargo nada parece lo que es.

Algo se despierta en nosotros en este

amanecer en apariencia indoloro,

y un temblor oculto nos conduce

a la calle y la calle al trabajo

y nos deposita en la realidad del día

que comienza para uno y todos.

Pasadas las horas, con la tarea cumplida,

esta lluvia ni alegra ni lastima,

y con sus variaciones sigue cayendo

más o menos lenta sobre nosotros.

 

Caminamos sin alarma. Por nuestros

ojos vemos pasar las cosas en forma

de imágenes distraídas que para ninguno

parecen estar necesitadas de explicación.

Pero las cosas siempre representan un desafío

reiterado, mientras el hervidero parlante

sigue ahí, detrás y a veces en las cosas

mismas, como siempre, como en estos

días o en los días inciertos que vendrán

con interpretaciones y argumentos a granel

que el cerebro recibe sin terapia anticonvulsiva

alguna (la psiquiatría la denomina TEC).

Bueno sería, de una vez, que las neuronas

saltarinas se defendieran solas. Una posible

sería que el cable con los electrodos invirtieran

los electroshocks para ser aplicados en la sien

a las distintas caras que presenta la realidad,

y por fin sepa quiénes somos y nos ayude

a saber “para qué estamos en este mundo”.

 

Pienso y no lo digo: que a cambio de aquella

alegre soberbia de la juventud para juzgar

al mundo hoy tenemos esta triste modestia

de la edad madura para rebelarnos.

 

 

                                                      (a Jorge Fondebrider)

 

                                      (de “El jugador de fútbol”, 2015)

 

 

 

*

 

 

La modelo y los jóvenes muertos

 

 

Algunas de las balas que no dieron

en el blanco buscado fueron a incrustarse

en varias partes del cuerpo de una modelo

que anunciaba un producto comercial

en un cartel de la publicidad callejera.

Las balas que dieron en el blanco derramaron

la sangre de los jóvenes que murieron

en la protesta. La sorpresa y la duda

nos surgieron en ese mismo momento,

porque aun ante la exagerada intervención

policial, y en el peor de los escenarios,

suponíamos que las cápsulas sólo debían

contener inofensivas municiones de goma.

Enfocados por las cámaras no había nadie

que no se mostrara indignado, sin dar un

paso atrás, dispuestos a resistir lo impensado,

mientras nosotros, arropados por los días

de invierno, mirábamos impresionados

en la comodidad del living de nuestra casa.

 

En los fragmentos que vimos en el televisor,

a dos mil kilómetros de los hechos, las escenas

eran desgarradoras, ahora que las desgracias

se transmiten en vivo y en directo al planeta.

No nos quedaban dudas, una vez más,

de la desesperada y trágica pasión argentina,

en la que todo vuelve a empezar como en la cabeza

de un paciente crónico sin memoria.

(¿Qué representaba la discusión intrascendente

que habíamos tenido con mi mujer esa mañana

sobre un tema que ya habíamos olvidado?)

Poco se podía hacer ante la pantalla inmutable

que seguía repitiendo en crudo lo sucedido

con un regodeo gratuito para el espectador,

porque a los manifestantes volvían a matarlos

como si una vez ni diez ni veinte bastaran.

Pero el ensañamiento virtual tenía su piedad,

cuando nos daban un respiro y mostraban,

desde otro ángulo y encuadre, las balas fallidas

—suponemos, por impericia del tirador—

que seguían impactando en el cuerpo indefenso

de la modelo de papel, que a pesar de la balacera

no dejaba de sonreír, como si no le importara

o no fuera verdad lo que estaba sucediendo

ante sus ojos delineados y los nuestros acongojados.

No daba signos de estar pensando que la belleza

no puede durar, ni que las decisiones de los hombres

corrompen con más apuro que la crueldad del paso

de los días. Juraría que ella habría confiado en las

personas antes que en la erosión natural del tiempo.

 

Cuando los jóvenes iban a morir una vez más,

abrí la puerta y salí al patio; nada se oía,

nada se movía en el aire tenso de la oscuridad.

Al pie del pino me quedé un momento sin

decisión. Luego hundí las manos en la masa

de nieve helada que había caído la noche anterior.

 

                               (de “El viento que hay allá afuera”, poemas inéditos 1977 / 2015)

 

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Juan Carlos Moisés y Rolando Revagliatti.