martes, 17 de marzo de 2015
miércoles, 11 de febrero de 2015
LA GACETA Literaria Macedonio Fernández
Macedonio Fernández: un escritor en la confluencia
Su trabajo deambuló por géneros difusos. Esa incerteza es su sello de fábrica del comienzo al fin. Esa indecisión ambulatoria es precisamente su triunfo. Por otro lado, entendió que la escritura autobiográfica trabaja con algo que se desvanece o que se disuelve como agua en el agua. Es lícito pensar en los gestos de Macedonio, no para definir una vida, sino para pensar una actitud ante la vida y la biografía
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Por Santiago Sylvester - Para LA GACETA - Salta
Carta curiosa y a la vez reveladora, la que escribió Horacio Quiroga a Leopoldo Lugones en 1912. Desde San Ignacio, donde Quiroga ya tenía asiento permanente, hasta Londres, donde estaba Lugones de paso, llegó una carta en la que el uruguayo contaba con algún alivio su designación como juez de paz. Quiroga había conocido en esos días al juez y al fiscal de Posadas, y le comenta a Lugones: “El fiscal es hombre cuasi de letras -Macedonio Fernández- que me inquietó, al conocerlo, con un juicio sobre Rodó”. El comentario consiguiente de Quiroga resulta hoy inmensamente más irónico que entonces: “Ya sé, amigo Lugones, que aún en la justicia se hayan cosas raras”.
De esta anécdota, lo que más resalta es el calificativo de “cuasi de letras” aplicado a Macedonio Fernández, ya que el otro, el de “cosa rara”, es bastante frecuente. Sin embargo, cabía bastante bien aquella reticencia, puesto que Macedonio Fernández todavía no había hecho, estrictamente, su presentación a los lectores.
De esta anécdota, lo que más resalta es el calificativo de “cuasi de letras” aplicado a Macedonio Fernández, ya que el otro, el de “cosa rara”, es bastante frecuente. Sin embargo, cabía bastante bien aquella reticencia, puesto que Macedonio Fernández todavía no había hecho, estrictamente, su presentación a los lectores.
Todo juicio sobre un escritor se funda sobre todo en lo que muestra, y en aquel entonces, con 38 años cumplidos, da la impresión de que Macedonio Fernández no tenía mucha ilusión de convencer a nadie de que él era escritor. Desconozco su estado de ánimo, o qué olfato de la oportunidad lo sostenía (seguramente ninguno), pero en más de un sentido nos estaba diciendo que se movía a tientas. Es cierto que, si se considera en número de páginas, ya tenía escritas varias decenas que seguramente guardaba, como es fama, en maletas y cajones. También había hecho incursiones periodísticas, entre las que me parece justo destacar, por su carácter anticipatorio, el poema Suave encantamiento, publicado en 1904 en la revista Martín Fierro, de tendencia anarquista, que dirigía Alberto Ghiraldo: ese es, creo, hasta que alguien pruebe el error de mi fe, el primer poema construido en verso libre que se publicó en habla castellana. Por otra parte, mantenía con algunos amigos correspondencia del más genuino cuño intelectual; y sin embargo todo eso no era garantía de consolidación de una obra ni mucho menos de “tener un nombre”, o difusión, por lo que aquella calificación de Quiroga era “cuasi” verdadera.
Pero si bien no había logrado presentarse como escritor, también es claro que tenía conciencia de que su destino pasaba por las letras: hay rastros epistolares, comentarios de amigos, escritos propios, en los que alude a su vocación, además de cierto desasosiego por el hecho de ser un escritor desconocido y, por si no bastara, sin obra. Hay que agregar, lógicamente, sin obra publicada, porque el trabajo constante, fecundo, esperaba guardado. Lo que sucede, como lo sabe cualquiera que escribe, es que la obra que acumula polvo en los cajones termina ladrando como perro con hambre y tiene la presencia incómoda de alguna desidia o cobardía. No es por supuesto el único caso, basta con recordar a Pessoa, que murió casi inédito, para entender la dimensión de una decisión íntima, seria, vinculada con eso más bien proteico que se conoce como destino.
Escritor sin género
El problema más serio de Macedonio Fernández no tenía que ver con cobardías ni desidias sino, en mi opinión, con el hecho de que era algo así como un escritor sin género: su tarea, posiblemente inesperada también para él, consistió en desmontar el andamiaje literario de la época, y tal vez ni siquiera él sabía en qué casillero situar su obra. Su trabajo deambulaba por géneros difusos, y esto fue siempre así, como que esa incerteza es su sello de fábrica del comienzo al fin. Visto desde hoy (desde hace más de medio siglo) esa indecisión ambulatoria es precisamente su triunfo, su absoluta actualidad; pero a comienzos del siglo XX sólo muy pocos lo aceptaban sin pedir a su autor alguna explicación. Explicación que con toda coherencia no llegó.
Roland Barthes dijo que escribir, para un escritor, es verbo intransitivo. Este postulado es muy cierto para Macedonio Fernández: pareciera que pocas veces se propuso escribir un poema, o un cuento, o un ensayo. El resultado, en este sentido, fue conjetural: da la impresión de que cuando escribía no siempre sabía de qué se trataba. Hay tal interferencia recíproca que aún hoy cuesta diferenciar los géneros o, más todavía, encasillarlos. La literatura no era para él un camino de costumbres sino una permanente incursión: no se proponía dejar conforme a un lector sino, en todo caso, obligarlo a mascar un alimento enteramente nuevo. Un buen ejemplo es su poesía: considerada por un lector desprevenido, es posible que ofrezca dificultades para considerarla llanamente como tal. Esta dificultad vale en general para toda su poesía, una vez concluido un breve saludo al Modernismo, bandera en la que no creía. Propongo revisar trabajos fundamentales como Poema de poesía del pensar, que inaugura una estética en la poesía argentina, su Poema al astro de luz memorial, o Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la Siesta, cuyos enunciados ya generan desconfianza y, desde luego, son poemas de lectura trabajosa hasta hoy.
Hay un olvido frecuente: que la “creación” de algo, para serlo, tiene que poner ante nosotros lo que previamente no existía, o un punto de vista nuevo sobre un objeto conocido. La lectura más habitual espera, por el contrario, algo parecido a lo que ya se conocía, cuya digestión esté garantizada sin demasiado esfuerzo. La poesía de Macedonio Fernández resulta extrema en aquello. Si se reconstruye la época en que sucedió, se puede ver que imaginó su obra en un campo de batalla.
Con la poesía tradicional no sólo discutía contenido y forma sino el mismo hecho estético: es decir, qué se consideraba poesía; y la suya fue, según la valoración vigente por entonces, directamente antipoética. Y en cuanto a la vanguardia, desconfiaba de su proyecto de ruptura, que tenía para él mucho de romanticismo con predominio lírico, y un tipo de “inspiración” emotiva que le recordaba más bien a una impostura. Peleó, pues, a izquierda y derecha; y por si fuera poco, propuso un modelo indeterminado, un formato sin clara definición, de puertas abiertas, en el que sin dudas se encontraba cómodo, pero que a la vez le creó dificultades para sacarlo de valijas y cajones, en los que durmió una larga temporada.
Algo similar ocurre con sus cuentos, que siempre generan la pregunta de si efectivamente lo son; y desde luego con sus novelas, que tienen de novelas, sobre todo, su arbitraria nomenclatura. Y cómo considerar los textos fragmentarios: ideas, reflexiones, humoradas intelectuales, proyectos imposibles, enunciados filosóficos, teorías implícitas, apenas disimuladas detrás de un velo que oculta la perplejidad.
En su caso se trataba de escribir para ver qué resultaba: siempre con un punto inasible, o humorístico, o tal vez al revés: de la más extrema seriedad, sólo que por eso mismo tiene algo de increíble.
Sin nombre
Montaigne llamó genialmente “ensayos” a sus búsquedas (hago hincapié en su significado literal: algo que no termina de resolverse) y esta nomenclatura le aclaró el camino, no sólo a él sino a sus lectores: a partir de esa designación estuvo más aclarado de qué tipo de elaboración se trataba. Posiblemente sea esta última genialidad bautismal lo que faltó a Macedonio Fernández. Tal vez el hecho de no haber encontrado a tiempo una nominación adecuada para sus procedimientos le retardó la presentación; porque es posible que él mismo haya sentido, ya con años a sus espaldas, la indecisión de escribir sin atinar a dilucidar qué era esa materia movediza; algo así como un escritor de hojas sueltas que no terminaban de juntarse todas en un libro. Tuvo que esperar bastante para reconocer un trabajo de conjunto y poder dar a conocer, en 1928, a sus 54 años, No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Luego tuvo que dejar pasar otra cantidad subrayada de años para decidirse a otra exposición pública. Aún entonces esa obra densa, extensa, siempre a riesgo de genialidad, fue consecuente con su tarea de demolición de los géneros, como si su autor se sintiera más cómodo en la confluencia de todos.
© LA GACETA
Santiago Sylvester - Poeta, narrador y ensayista. Director de la colección Epoca de Ediciones del Dock.
Pero si bien no había logrado presentarse como escritor, también es claro que tenía conciencia de que su destino pasaba por las letras: hay rastros epistolares, comentarios de amigos, escritos propios, en los que alude a su vocación, además de cierto desasosiego por el hecho de ser un escritor desconocido y, por si no bastara, sin obra. Hay que agregar, lógicamente, sin obra publicada, porque el trabajo constante, fecundo, esperaba guardado. Lo que sucede, como lo sabe cualquiera que escribe, es que la obra que acumula polvo en los cajones termina ladrando como perro con hambre y tiene la presencia incómoda de alguna desidia o cobardía. No es por supuesto el único caso, basta con recordar a Pessoa, que murió casi inédito, para entender la dimensión de una decisión íntima, seria, vinculada con eso más bien proteico que se conoce como destino.
Escritor sin género
El problema más serio de Macedonio Fernández no tenía que ver con cobardías ni desidias sino, en mi opinión, con el hecho de que era algo así como un escritor sin género: su tarea, posiblemente inesperada también para él, consistió en desmontar el andamiaje literario de la época, y tal vez ni siquiera él sabía en qué casillero situar su obra. Su trabajo deambulaba por géneros difusos, y esto fue siempre así, como que esa incerteza es su sello de fábrica del comienzo al fin. Visto desde hoy (desde hace más de medio siglo) esa indecisión ambulatoria es precisamente su triunfo, su absoluta actualidad; pero a comienzos del siglo XX sólo muy pocos lo aceptaban sin pedir a su autor alguna explicación. Explicación que con toda coherencia no llegó.
Roland Barthes dijo que escribir, para un escritor, es verbo intransitivo. Este postulado es muy cierto para Macedonio Fernández: pareciera que pocas veces se propuso escribir un poema, o un cuento, o un ensayo. El resultado, en este sentido, fue conjetural: da la impresión de que cuando escribía no siempre sabía de qué se trataba. Hay tal interferencia recíproca que aún hoy cuesta diferenciar los géneros o, más todavía, encasillarlos. La literatura no era para él un camino de costumbres sino una permanente incursión: no se proponía dejar conforme a un lector sino, en todo caso, obligarlo a mascar un alimento enteramente nuevo. Un buen ejemplo es su poesía: considerada por un lector desprevenido, es posible que ofrezca dificultades para considerarla llanamente como tal. Esta dificultad vale en general para toda su poesía, una vez concluido un breve saludo al Modernismo, bandera en la que no creía. Propongo revisar trabajos fundamentales como Poema de poesía del pensar, que inaugura una estética en la poesía argentina, su Poema al astro de luz memorial, o Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la Siesta, cuyos enunciados ya generan desconfianza y, desde luego, son poemas de lectura trabajosa hasta hoy.
Hay un olvido frecuente: que la “creación” de algo, para serlo, tiene que poner ante nosotros lo que previamente no existía, o un punto de vista nuevo sobre un objeto conocido. La lectura más habitual espera, por el contrario, algo parecido a lo que ya se conocía, cuya digestión esté garantizada sin demasiado esfuerzo. La poesía de Macedonio Fernández resulta extrema en aquello. Si se reconstruye la época en que sucedió, se puede ver que imaginó su obra en un campo de batalla.
Con la poesía tradicional no sólo discutía contenido y forma sino el mismo hecho estético: es decir, qué se consideraba poesía; y la suya fue, según la valoración vigente por entonces, directamente antipoética. Y en cuanto a la vanguardia, desconfiaba de su proyecto de ruptura, que tenía para él mucho de romanticismo con predominio lírico, y un tipo de “inspiración” emotiva que le recordaba más bien a una impostura. Peleó, pues, a izquierda y derecha; y por si fuera poco, propuso un modelo indeterminado, un formato sin clara definición, de puertas abiertas, en el que sin dudas se encontraba cómodo, pero que a la vez le creó dificultades para sacarlo de valijas y cajones, en los que durmió una larga temporada.
Algo similar ocurre con sus cuentos, que siempre generan la pregunta de si efectivamente lo son; y desde luego con sus novelas, que tienen de novelas, sobre todo, su arbitraria nomenclatura. Y cómo considerar los textos fragmentarios: ideas, reflexiones, humoradas intelectuales, proyectos imposibles, enunciados filosóficos, teorías implícitas, apenas disimuladas detrás de un velo que oculta la perplejidad.
En su caso se trataba de escribir para ver qué resultaba: siempre con un punto inasible, o humorístico, o tal vez al revés: de la más extrema seriedad, sólo que por eso mismo tiene algo de increíble.
Sin nombre
Montaigne llamó genialmente “ensayos” a sus búsquedas (hago hincapié en su significado literal: algo que no termina de resolverse) y esta nomenclatura le aclaró el camino, no sólo a él sino a sus lectores: a partir de esa designación estuvo más aclarado de qué tipo de elaboración se trataba. Posiblemente sea esta última genialidad bautismal lo que faltó a Macedonio Fernández. Tal vez el hecho de no haber encontrado a tiempo una nominación adecuada para sus procedimientos le retardó la presentación; porque es posible que él mismo haya sentido, ya con años a sus espaldas, la indecisión de escribir sin atinar a dilucidar qué era esa materia movediza; algo así como un escritor de hojas sueltas que no terminaban de juntarse todas en un libro. Tuvo que esperar bastante para reconocer un trabajo de conjunto y poder dar a conocer, en 1928, a sus 54 años, No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Luego tuvo que dejar pasar otra cantidad subrayada de años para decidirse a otra exposición pública. Aún entonces esa obra densa, extensa, siempre a riesgo de genialidad, fue consecuente con su tarea de demolición de los géneros, como si su autor se sintiera más cómodo en la confluencia de todos.
© LA GACETA
Santiago Sylvester - Poeta, narrador y ensayista. Director de la colección Epoca de Ediciones del Dock.
viernes, 30 de enero de 2015
ENTREVISTA A SANTIAGO SYLVESTER
"La poesía es hoy, más que nunca, una forma de disidencia"
El poeta salteño admite que la poesía siempre ha sido de lectura minoritaria, pero recuerda que el arte existe por razones más serias y complejas que las estadísticas
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Por Fabián Soberón
Para LA GACETA - Tucumán
Recientemente, Ediciones del Dock (Buenos Aires) ha publicado cuatro tomos -Gianuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía, Diario de un libro- dedicados a ensayos, notas y artículos sobre poesía. La colección se propone ahondar en los problemas de la escritura del texto poético, el verso libre, los límites y el alcance del género. Cuidadosamente editados, los cuatro libros incluyen autores procedentes de geografías y poéticas diversas y ponen en cuestión cierto canon de la crítica. Uno de los editores de la colección, el poeta y ensayista Santiago Sylvester, manifiesta en esta entrevista que no había una colección dedicada exclusivamente a estos asuntos y que las reflexiones incluidas en los volúmenes se pueden extender al arte en general.
- ¿Por qué publicar una colección de ensayos, reflexiones, notas y artículos sobre poesía?
- Como tantas cosas, esta colección es consecuencia de una buena conversación. Con Rafael Oteriño, Javier Adúriz y Carlos Pereiro, de Ediciones del Dock. Nos pusimos a charlar una noche en Buenos Aires y llegamos a la conclusión de que no había una colección dedicada a este asunto. En realidad, se trata de reflexionar sobre el arte en general, ya que los problemas están muy conectados: aquí sí que la parte incluye al todo, la poesía habla de un espectro más amplio. Las enormes modificaciones del siglo XX, y lo que va del XXI, pegan de lleno en la expresión artística, por eso nos pareció necesario abrir un sitio de debate y reflexión, y nos salió la colección Época, que ya tiene cuatro libros publicados y dos en vías de edición.
- ¿Qué lugar le cabe a la reflexión sobre poesía en la época de la televisión basura?
- La sociedad no tiene una sola dirección, sino muchas: vivimos en una sociedad compleja. Quiero decir que la basura social, que no está sólo en la tele aunque ella sea su escaparate mayor, tiene su presencia lamentable, y la poesía (el arte en general) la suya, distinta: que se toquen o no dependerá de qué hagan los artistas. Por otra parte, la poesía, que ha sido durante siglos una forma del conocimiento o la celebración, resulta ser, hoy más que nunca, una forma de la disidencia: hay un gran placer en decir "no" donde se dice masivamente "sí", y al parecer existe necesidad social de que alguien lo haga. Por este sentido de la disidencia habrá siempre alguien que se dedique a gritar contra el viento.
- Es un lugar común decir que se lee menos poesía. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?
- Siempre la poesía ha sido de lectura minoritaria, pero es cierto que, en relación a la masa de lectores, la poesía tiene pocos fieles. Hay que recordar, sin embargo, que no hay un solo tipo de lector, sino muchos: el que lee libros de autoayuda, o novelas de encargo, difícilmente leerá poesía o ensayos, y viceversa; de modo que hay que considerarlos separadamente. Pero imagínese si Tolstoi se hubiera planteado cuántos lectores leían sus novelas en la Rusia de su época: no hubiera escrito ni Ana Karenina ni Guerra y Paz. El arte existe por razones más serias y complejas que las estadísticas.
- Giannuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía y Diario de un libro (de Girri) son los primeros títulos de la colección Época de Ediciones del Dock. ¿Es azaroso que hayan aparecido esos títulos en primer término u obedece a un plan estético?
- Siempre hay un cruce de azar y planificación. El azar está en el orden de aparición, pero es planificado, por ejemplo, ocuparnos de Giannuzzi y Girri: representan algo en la poesía actual que nos interesa destacar. Igual que el Viel Temperley que está en preparación: un poeta sobre el que ya tenemos que pensar. Por otra parte, los otros títulos son disparadores para que la gente convocada exponga sus puntos de vista.
- Al leer los ensayos, artículos y notas, se percibe la participación de autores de diferentes procedencias geográficas y estéticas. ¿Es un propósito explícito de la colección difundir la palabra de autores postergados u olvidados por cierto canon de la crítica?
- Sin duda. Una de las primeras condiciones de la colección, aceptada por todos, fue que fuera representativa de todo el país. No nos interesa mostrar una parte, por importante que sea, sino recoger la energía que abarca el país real: completo. Tampoco nos interesa encasillarnos en una estética determinada, siendo el momento actual tan ecléctico.
- ¿Qué lugar tienen los diarios, las anotaciones marginales, los desvíos ensayísticos y las reflexiones de un poeta en la elaboración de un poema y en la lectura de poemas?
- Para mí, tienen muchísima importancia. Tengo siempre un cuaderno donde anoto cosas que tal vez se desarrollen en un poema, o en un ensayo, o queden ahí, en estado de inminencia. Yo escribo mucho sobre anotaciones rápidas: luego las elaboro para ver qué sale. Y, ya fuera de lo personal, ahí está ese libro extraordinario de Girri, que publicamos: anotaciones al margen de un libro de poemas que estaba escribiendo. Es un material fresco, casi espontáneo, como espiar por la cerradura a un escritor en el momento que escribe.
© LA GACETA
Sobre el amor
Por Santiago Sylvester
No importa dónde nace el amor (los nacimientos son asuntos de registro o de parroquia) pero sé que no dura al aire libre, en ese prado aséptico con un molino al fondo.
Nace en cualquier parte pero no prospera en la ilusión bucólica: busca la complicación, no el caos pero si su orilla, un cuerpo espeso de tejidos y de material residual, y busca sobre toda la armonía que es donde, si nos descuidamos un instante, muere por falta de necesidad.
Para LA GACETA - Tucumán
Recientemente, Ediciones del Dock (Buenos Aires) ha publicado cuatro tomos -Gianuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía, Diario de un libro- dedicados a ensayos, notas y artículos sobre poesía. La colección se propone ahondar en los problemas de la escritura del texto poético, el verso libre, los límites y el alcance del género. Cuidadosamente editados, los cuatro libros incluyen autores procedentes de geografías y poéticas diversas y ponen en cuestión cierto canon de la crítica. Uno de los editores de la colección, el poeta y ensayista Santiago Sylvester, manifiesta en esta entrevista que no había una colección dedicada exclusivamente a estos asuntos y que las reflexiones incluidas en los volúmenes se pueden extender al arte en general.
- ¿Por qué publicar una colección de ensayos, reflexiones, notas y artículos sobre poesía?
- Como tantas cosas, esta colección es consecuencia de una buena conversación. Con Rafael Oteriño, Javier Adúriz y Carlos Pereiro, de Ediciones del Dock. Nos pusimos a charlar una noche en Buenos Aires y llegamos a la conclusión de que no había una colección dedicada a este asunto. En realidad, se trata de reflexionar sobre el arte en general, ya que los problemas están muy conectados: aquí sí que la parte incluye al todo, la poesía habla de un espectro más amplio. Las enormes modificaciones del siglo XX, y lo que va del XXI, pegan de lleno en la expresión artística, por eso nos pareció necesario abrir un sitio de debate y reflexión, y nos salió la colección Época, que ya tiene cuatro libros publicados y dos en vías de edición.
- ¿Qué lugar le cabe a la reflexión sobre poesía en la época de la televisión basura?
- La sociedad no tiene una sola dirección, sino muchas: vivimos en una sociedad compleja. Quiero decir que la basura social, que no está sólo en la tele aunque ella sea su escaparate mayor, tiene su presencia lamentable, y la poesía (el arte en general) la suya, distinta: que se toquen o no dependerá de qué hagan los artistas. Por otra parte, la poesía, que ha sido durante siglos una forma del conocimiento o la celebración, resulta ser, hoy más que nunca, una forma de la disidencia: hay un gran placer en decir "no" donde se dice masivamente "sí", y al parecer existe necesidad social de que alguien lo haga. Por este sentido de la disidencia habrá siempre alguien que se dedique a gritar contra el viento.
- Es un lugar común decir que se lee menos poesía. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?
- Siempre la poesía ha sido de lectura minoritaria, pero es cierto que, en relación a la masa de lectores, la poesía tiene pocos fieles. Hay que recordar, sin embargo, que no hay un solo tipo de lector, sino muchos: el que lee libros de autoayuda, o novelas de encargo, difícilmente leerá poesía o ensayos, y viceversa; de modo que hay que considerarlos separadamente. Pero imagínese si Tolstoi se hubiera planteado cuántos lectores leían sus novelas en la Rusia de su época: no hubiera escrito ni Ana Karenina ni Guerra y Paz. El arte existe por razones más serias y complejas que las estadísticas.
- Giannuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía y Diario de un libro (de Girri) son los primeros títulos de la colección Época de Ediciones del Dock. ¿Es azaroso que hayan aparecido esos títulos en primer término u obedece a un plan estético?
- Siempre hay un cruce de azar y planificación. El azar está en el orden de aparición, pero es planificado, por ejemplo, ocuparnos de Giannuzzi y Girri: representan algo en la poesía actual que nos interesa destacar. Igual que el Viel Temperley que está en preparación: un poeta sobre el que ya tenemos que pensar. Por otra parte, los otros títulos son disparadores para que la gente convocada exponga sus puntos de vista.
- Al leer los ensayos, artículos y notas, se percibe la participación de autores de diferentes procedencias geográficas y estéticas. ¿Es un propósito explícito de la colección difundir la palabra de autores postergados u olvidados por cierto canon de la crítica?
- Sin duda. Una de las primeras condiciones de la colección, aceptada por todos, fue que fuera representativa de todo el país. No nos interesa mostrar una parte, por importante que sea, sino recoger la energía que abarca el país real: completo. Tampoco nos interesa encasillarnos en una estética determinada, siendo el momento actual tan ecléctico.
- ¿Qué lugar tienen los diarios, las anotaciones marginales, los desvíos ensayísticos y las reflexiones de un poeta en la elaboración de un poema y en la lectura de poemas?
- Para mí, tienen muchísima importancia. Tengo siempre un cuaderno donde anoto cosas que tal vez se desarrollen en un poema, o en un ensayo, o queden ahí, en estado de inminencia. Yo escribo mucho sobre anotaciones rápidas: luego las elaboro para ver qué sale. Y, ya fuera de lo personal, ahí está ese libro extraordinario de Girri, que publicamos: anotaciones al margen de un libro de poemas que estaba escribiendo. Es un material fresco, casi espontáneo, como espiar por la cerradura a un escritor en el momento que escribe.
© LA GACETA
Sobre el amor
Por Santiago Sylvester
No importa dónde nace el amor (los nacimientos son asuntos de registro o de parroquia) pero sé que no dura al aire libre, en ese prado aséptico con un molino al fondo.
Nace en cualquier parte pero no prospera en la ilusión bucólica: busca la complicación, no el caos pero si su orilla, un cuerpo espeso de tejidos y de material residual, y busca sobre toda la armonía que es donde, si nos descuidamos un instante, muere por falta de necesidad.
Santiago Sylvester nació en Salta en 1942. Es poeta y ensayista. Ha publicado 12 libros de poesía y otros de cuentos y ensayos. Es autor de la antología Poesía del Noroeste argentino. Ha recibido el Premio Fondo Nacional de las Artes, el Premio Nacional de Poesía, el Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges, entre varias distinciones en nuestro país y en España.
http://www.lagaceta.com.ar/nota/426729/la-gaceta-literaria/poesia-hoy-mas-nunca-forma-disidencia.html?utm_source=facebook.com&utm_medium=social&utm_campaign=botondesktop
sábado, 13 de diciembre de 2014
Los casos particulares
Un diálogo entre
Santiago Sylvester y Rafael Gutiérrez
sobre Los casos
particulares
El
día 3 de setiembre Santiago Sylvester convocó a los interesados en la poesía a
asistir a un diálogo en torno a su último libro de poesía, Los casos particulares. La cita se concretó en el salón auditorio
del Complejo de Archivos y Bibliotecas de Salta, en la esquina de las avenidas Sarmiento y Belgrano.
El
diálogo fue más o menos así:
Santiago Sylvester: - Antes de
pasar el micrófono, quiero agradecer al Complejo de Archivos y Bibliotecas de
Salta que cedió el espacio para esta charla y al Prof. Rafael Gutiérrez por
prestarse a ella, porque no es fácil encontrar con quien hablar sobre estos
temas. También agradezco al público que ha venido a participar de este diálogo,
por suerte no un monólogo.
Rafael Gutiérrez: - Buenas
noches, agradezco al público que viene a participar de esta charla que es la
continuación de una que comenzamos en un café, ahora seguimos con agua sin el
café, aunque espero que con el mismo entusiasmo ya que es difícil encontrar con
quien hablar sobre poesía. Acordamos con Don Santiago que presentar un libro es
un género devaluado, entonces qué mejor que compartir con el público un diálogo
entre el autor y un lector que tuvo la suerte de acceder al poemario completo,
antes que el resto. Quienes tuvieron suerte de acceder a algún avance leyó uno
u otro poema pero no el libro completo, eso es lo que compartimos ambos y nos va
a dar pie a seguir la conversación.
Para
obviar lo que pasa en las presentaciones de libros no vamos a hablar del autor
porque quienes vinieron ya conocen a Don Santiago y quienes no lo van a conocer
de un modo muy íntimo porque aún a su pesar su poesía habla de él. Es un libro
que requiere cierto aliento porque se trata de cincuenta y un poemas, ¿cuánto
le demandó reunirlos?
S.S.: - Reunirlo me llevó diez
minutos, pero escribirlos dos años, incluso darle forma de libro, porque hay un
problema en diferenciar un verdadero libro de un rejunte. En ese sentido
Stevenson decía que en un libro todas las palabras tienen que mirar en una
misma dirección y eso se nota al diferenciar al uno del otro, porque de repente
aparece una palabra que apunta para el otro lado de una manera inesperada
–porque también puede estar puesta de una manera deliberada- y ahí surge el
tropiezo. Armar el libro, imaginarlo, titularlo llevó dos años, ya que poner el
título que tiene que funcionar como una síntesis de lo que viene y que tiene
que representar a los poemas que precede. No son tantos tampoco, si uno piensa
en el Canto General de Neruda no es
mucho.
R.G.: - Bueno, Neruda es de
escribir largo, pero en este caso cuento cincuenta y un poemas y me preguntaba
cómo hizo para acertar con un título que fuera una invitación a leer, que
condensara la matriz semántica de todo lo que se va a leer: Los casos particulares. Aprovecho que
hay gente de filosofía entre el público para reiterar algo de nuestra
conversación previa en la que atribuíamos a la filosofía su interés por lo
general y universal, mientras que la poesía patentiza lo particular y en este
caso hay un trabajo que va desde el relevamiento de lo más particular y
cotidiano hasta llegar a la dimensión de la búsqueda de respuestas a los
grandes interrogantes de la humanidad, lo que en definitiva engendró tanto la
filosofía, como la religión, la ciencia y la literatura.
S.S.: - Recordábamos que Borges
decía que el arte no es platónico porque atiende a lo particular, no tanto a
los principios generales, a las abstracciones, sino que va a lo concreto. Yo
tengo una tendencia a eso, aunque suene un poco pedante, mi análisis es por el
método inductivo, muy pocas veces aplico el método deductivo, porque en primer
lugar desconozco los principios generales. Más bien me pasa el revés, tengo que
ir a lo concreto, a las cosas, y de ahí voy buscando eventuales respuestas. Lo
que Ud. decía recién, hay grandes preguntas que se repiten y por eso existe el
arte, porque esas preguntas están condenadas a no tener respuestas, eso es
parte de la condición humana puesto que vivimos en un mundo con preguntas
fundamentales pero que no tienen respuesta y eso también lo sabemos; incluso
hay preguntas tan absolutamente determinantes para la humanidad que se termina
matando por ellas, por ejemplo hay dos afirmaciones que me parecen imposibles
de probar: una “Dios existe” y la otra “Dios no existe”. Sin embargo la
humanidad se ha matado por esas dos preguntas y las eventuales respuestas y ese
es el destino de la humanidad, estar formulando permanentemente preguntas que
no tienen respuestas y que además lo sabemos.
R.G.: - El título del poemario
parte del poema que refiere a la filosofía, al tratamiento de lo universal: “La
fe laica de Francis Bacon…” y de ahí da un salto impresionante de esa reflexión
citada, entrecomillada aparece otra reflexión citada:
“…en la banda del río Pilcomayo,
la temperatura de la charla y el
método infalible de Martín
Arraya: ‘si usted ve un anima con
escamas, aletas, branquias, y
sabe nadar,
aunque no sepa
qué es seguro que es pescado’.”
Es una irreverencia desde el
punto de vista de la filosofía pero es lo que hace la poesía, ser irreverente,
porque va de la gran reflexión del afamado filósofo Francis Bacon a la de una
persona común, vulgar y silvestre -como cualquiera de nosotros que está acá-
para llegar a la gran conclusión de:
“No me gusta la naturaleza
mitificada: la prefiero como es,
con ejemplos para todo:
mucho
respeto entonces
por la cantidad continua de casos
particulares.
que son todos
y nos rodean.”
Porque no en vano toma a Bacon,
porque se trata de partir de la experiencia para llegar a esa afirmación de que
somos el género humano y somos cada uno de nosotros.
S.S.: - Martín Araya es un gaucho
que vive a la orilla del Pilcomayo a quien conozco hace mucho y le oí esa frase
que me parece genial y por eso la he usado algunas veces para responder a esa
pregunta que tampoco tiene respuesta, aunque ha sido contestada miles de veces
y de miles de maneras “¿Qué es la poesía?”. La respuesta de Martín Araya -que
es puro método inductivo- es lo único que puedo decir acerca de qué es la
poesía: si usted ve un animal que tiene branquias, que tiene escama y nada,
aunque no sepa qué es, de seguro es pescado. Más aún en un momento complejo, tal
como lo decía Eliot: la poesía es compleja porque la sociedad en la que vivimos
es compleja. Entonces una expresión tan importante como es la reflexión a
través de la poesía sobre la sociedad, ya que toda poesía va o viene de ella,
no puede ser sino compleja en este momento y es por eso que resulta difícil
identificarla en este momento. Antes, cuando la forma estaba escandida, medida,
todo parecía más claro. Soy partidario de la forma medida, me gusta el siglo de
oro español y lo sigo leyendo como a mis contemporáneos, pero sé que en este
momento hay una dificultad añadida para ir identificando qué está dentro del
género y qué no, porque no es lo mismo el verso libre que un mal verso, son dos
cosas totalmente distintas.
R.G.: - Claro, uno sería el verso
libro y el otro sería un verso libertino. Hay un poema que se titula “baño en
el río” y que he subtitulado “arte poética” ya que condensa una toma de
posesión sobre qué es poesía:
“Moverse con suavidad de sábalo
para no golpearse en las piedras,
evitar la exageración como si
estuvieras escribiendo un poema: que
no retumbe,
que no sea enfático
para que las cosas se vuelvan
auténticas.”
Se trata de buscar moverse como
un pez en el agua con el lenguaje para conseguir la fluidez de un lenguaje
auténtico que patentice las cosas y las vuelva auténticas.
S.S.: - Eso también es una
opinión sobre el lenguaje poético porque de las muchas maneras de escribir
poesía a mí no me gusta que esté sobrecargada poesía, lo que tal vez se note
desde el mismo título “Los casos particulares”, un título seco; tengo un libro
anterior que se llamaba La palabra y,
siempre me preguntaban por qué ese título y tenía que ponerme a dar
explicaciones. Lo que digo ahí es que la poesía me gusta así, con escasa
retórica, que no retumbe con un énfasis en las palabras. En definitiva las
palabras son las mismas pero hay un énfasis por detrás, su forma de usarla,
altisonantes o tras escalones más abajo. Tiendo a bajarlas de escalones porque
me da la impresión en que de ese modo entran con más eficacia y como lector me
gusta que las palabras entren a la realidad a ras de tierra, que no tengan un
vuelo sobrelevantado, que no retumben demasiado, lo que en general me indica
que ya las he leído, hay una retórica que se repite, delatan una huella previa;
que aunque inevitable me gustaría escribir como Quevedo -para hablar de huellas
previas- pero sabemos que no podemos, tenemos la obligación de no hacerlo,
tenemos que buscar un atajo, tal vez hasta inesperado. No sé tampoco si tengo
razón, profesor.
R.G.: - A propósito de la razón
leía “dificultades de la convivencia” que comienza diciendo:
“No es necesario que estemos de
acuerdo…” y eso va para todo el auditorio porque está dando su opinión ya que
nos parece paradójico que trate de hacer una poesía sin retórica, buscar no
repetir lo que dijeron otros y recordaba un ensayo suyo con un título que me
parece genial El oficio de lector.
S.S.: - Es lo mejor que tiene el
libro.
R.G.: -No crea, puedo opinar otra
cosa, recuerde que no es necesario que estemos de acuerdo. En ese libro hay
algo que lo define, que ha decidido asumir un oficio de lector ya que si puede
escribir estos cincuenta y un poemas es que en el fondo hay una gran cantidad y
profundidad de lecturas que voy notando a medida que recorro su libro. Hay una
diversidad de lecturas no sólo de libros porque va desde la cita erudita a la
de un gaucho a orillas del río, de las frases célebres a las frases cotidianas
y las noticias ¿Alguien recuerda en este momento el bosón de Higgs? Y veo entre el público seños fruncidos que
traslucen la pregunta de ¿qué es eso? Bueno, se trata de la conocida
vulgarmente como “la partícula de Dios” que fue noticia cuando los científicos
se ufanaban en decir “ya llegamos al momento de la creación”, pero resulta que se
quedaron diez minutos antes.
S.S.: - Diez minutos que da lo
mismo que sean cinco o cuatro mil horas porque seguimos sin saber cuál es el
origen de la creación. Creo absolutamente que detrás de todo lo que estoy
diciendo hay un montón de lecturas. No es que me crea totalmente original,
cuando digo que trato de escribir cosas inesperadas es una búsqueda sobre un
montón de lecturas que uno tiene por cuestiones de edad. A mis años es
imposible no haber leído mucho, me pasé la vida leyendo y creo que esa base de
lecturas es funcional a la búsqueda de una especie de novedosidad que uno pueda
traer, no porque tenga obsesión por ser novedoso. No soy vanguardista, ya pasó la época de la
vanguardia, la ruptura ya está hecha y rehecha, no podemos seguir jugando a los
rompedores y ya también se ha intentado la recomposición. Los ismos han
confundido mucho, por ejemplo el futurismo con Marinetti que vino a Buenos
Aires y se encontró con la horma de su zapato. Era un hombre que quería romper
todo, decía que un coche bramando era más bello que “La Batalla de Samotracia”
que está en el Louvre, una estupidez. Ahí estaba un poeta peruano llamado
Alberto Hidalgo que después de la conferencia sobre futurismo le dijo que para
ser consecuente no tendría que mostrarle los poemas que había escrito sino los
que va a escribir. Hay una consecuencia de todo ese ismo que es un precio a
pagar. Creo que la ruptura se ha hecho pero creo en toda la construcción más
que en la ruptura.
R.G.: - Eso me hizo acordar al
poema el recuento que comienza así:
“Estar sentado en esta piedra
tiene algo de recuento: aquí estuve de
niño,
luego de muchacho y aquí los años
se juntan de golpe si canta un
chalchalero
o al viento azora las hojas del
nogal.
No puedo jactarme de que el río y
yo hayamos envejecido a la par:
él tiene otra
vejez, no sé si más histórica
o tal vez lo contrario,
precisamente sin historia: puro presente que
se
va y sigue yéndose: no como desperdicio sino
parte de un paisaje que nos
abarca a todos: este río que pasa y pasa,
y yo vuelvo a él
por lo que tiene de circular una
vida ya larga.
Me
gusta
que siga por aquí: hay ríos de mi
infancia que han desaparecido:
este río
podría ya no estar
y hubiera sido un desencuentro
cuando
un desencuentro ya puede ser para
siempre.
No hemos envejecido juntos, ni de
la misma manera,
pero hay un recuento que nos
obliga a los dos: por eso estoy de
nuevo
aquí.”
Me gustó mucho por la
recuperación que hace del tópico de la vida como río y en especial el cierre
“…por eso estoy de nuevo aquí”, como una definición en un aquí tan particular.
S.S.: - Ese poema tiene que ver
con la recuperación que hago de Leser, el lugar al que voy cada vez que vuelvo
a Salta. El río Castellanos es el que no está nombrado aunque podría ser
cualquier río porque en definitiva es simbólico pero me ha tocado irme y
volver, por eso digo “recuento”. Asé me salió, no es que la vida sea eso. En
este poema estoy hablando de mi vida, que la he vivido aquí, así como me ha
tocado irme por largo tiempo, llevo treinta años o más fuera de Salta, pero no
me he desarraigado, hubo algo circular realmente en mi vida. Para mí ha sido
una suerte porque creo que en los trastierros uno puede perder tierra pero lo
mejor es ganarlas a todas y eso es en todo caso lo que me ha pasado. No he
perdido la tierra de la que he venido y a la vez he ganado las tierras en las
que he vivido, por ejemplo he vivido en Madrid veinte años y ahora estoy en
Buenos Aires y vuelvo aquí. De modo que hay algo de circularidad en mi vida que
está contada en ese poema. No tiene que ver con el tiempo histórico sino
conmigo, el aquí permanente que uno es. Digo que entre tanto ir y volver he
llegado a la conclusión de que mi lugar soy yo, por eso del lugar donde estoy
no me puedo ir, al menos por ahora, cuando me vaya ya va a ser en serio.
R.G.: - También conversábamos en
el café previo sobre esta cercanía que tuvo con los poetas de la generación
anterior entre quienes estaba Manuel J. Castilla y cuando leía sus poemas
anotaba “esto me hace acordar a tal o cuál poema de Castilla”, en especial el sueño:
“El sueño empieza en una casa de
Salta, y sigo hasta llegar a la casa
itinerante
que soy yo
donde vivo como un verbo
cualquiera que se hizo carne.”
Y nos hizo acordar a La casa donde soy de Manuel J. Castilla.
S.S.: - Sí, el tema de la casa es
el tema del hogar, es como el hueco original. El soneto de Manuel es una
maravilla absoluta, es uno de los grandes poemas de la lengua española. Es la
casa perdida y en mi caso también. Ese sueño que cuento en el poema es un sueño
que he recuperado así y se refiere a la casa donde he nacido, en la calle Deán
Funes Nº 26. Soñé que recorría la casa larga, de varios patios y al llegar al
final oía la voz de mi madre, pero no la veía que me día con cierto fastidio y
hasta con cierta obviedad: “hijo, hay que aceptar que las cosas se acaban”. Y
es la verdad, se acababa la casa. Cuando desperté tomé nota porque el poema ya
estaba terminado, sólo tenía que corregir algún adjetivo. El tema de la casa
creo que lo tenemos todos, como hogar, como hueco, como tribu, en fin como una
metáfora que condensa muchas cosas.
R.G.: - Realmente la casa donde
soy es toda una construcción de identidad, soy yo y mi lugar y ese lugar
inmediato es la casa, el hogar.
S.S.: - Usted se acordaba, recién
en el café, de Ulises que se pasó toda su vida tratando de volver a su casa y
es que quería volver pero no tanto porque tardaba un montón de años. Entonces
se trata de un quiero volver pero no ya y eso también en una manera de volver a
la casa. Ulises volvió pero se tomó su tiempo.
R.G.: - Claro, la casa nos
identifica, nos acoge y nos protege, pero si no salimos a hacer el viaje, no
vivimos.
S.S.: - Sí, de todas maneras el
gran viaje es la propia vida. Usted puede pasarse como Kafka viviendo toda su
vida en Praga y mire el viajón que hizo. Todo depende de como encare la vida,
lo demás son adornos, uno puede ser París –lindo adorno- o Madrid o Buenos
Aires, en fin, uno puede ir a lugares pero el gran viaje, el gran aprendizaje
donde uno va descartando cosas, tomado experiencias para llegar como pueda al
final, ese gran viaje es la vida.
R.G.: - ¡Suerte que contamos con
las palabras y sólo nos queda por corregir algunos adjetivos!
Hay poemas que le dedica a este
enfrentamiento constante entre el escritor y las palabras, el primero de la
serie se llama Palabras y comienza
diciendo
“Hay palabras que no me gustas:
feas de sol a sol
y usadas sin remedio; pero no me
ensaño, ninguna tiene la culpa:
las
quiero igual, mal vestidas, peladas, rapadas en la nuca:
sencillamente las desplazo, sigo
sin ellas si tienen
la mirada suelta o retumban con
sentido erróneo
y capto mi esperanza en otro
parte: en las que se puede confiar:
las que ayudan
por si estamos solos.”
S.S.: - Y bueno, estamos solos.
Pesoa decía que el arte es una prueba de que algo nos falta. Fuimos expulsados
simbólicamente de algún paraíso, al menos creemos que esto es así, y vivimos
con la sensación de que hay un pedazo nuestro que nos falta permanentemente y
por eso escribimos para ver si lo hayamos. Es como la pregunta que no tiene
respuesta. Sabemos que a ese pedazo no lo vamos a encontrar pero
irremediablemente tenemos que buscarlo. Esa búsqueda es el arte, el
pensamiento, la filosofía y todo este trabajo. Son viejas frases, no estoy
descubriendo nada. Todo esto existe por la muerte, Borges escribió ese cuento
“El inmortal”, en el que el personaje que no necesita moverse y por eso no hace
absolutamente nada, hasta un pájaro le termina anidando en la barriga o en el
pecho. Es un hombre que no tiene hambre, no tiene necesidades, es inmortal. Lo
peor que nos podría pasar es ser inmortales ya que la muerte da un enorme
sentido a la vida para vivirla de modo intenso, en la búsqueda de ese pedazo
que no tenemos, de esa amputación. Es como el dolor del amputado que está pero
con un miembro ausente.
R.G.: - Claro, falta algo pero
duele ahí, por la falta. Hay un trabajo ineludible del arte de escribir
buscando las palabras. En ejemplos:
“La palabra promontorio: hay
palabra que tienen la forma de lo que
ofrecen: la misma resonancia,
incluso su secreto.
La palabra promontorio tiene
altura: permite ver
a lo lejos … (salteo un poco)
La palabra refucilo:
la naturaleza se incendia de
punta a punta, un brochazo de trazo
amplio,
y bruscamente se apaga:
la
palabra
es la forma
aún sabiendo que todo gran gesto
suele estar por debajo de sus
intenciones
…”
y termina con un verso
enigmático:
“Ejemplos sobran, pero hay
algunos que me irritan:
no sé que hacer con la palabra
acápite.”
S.S.: - Yo no sé por qué la odio.
Es una palabra que me suena mal, no sé si es esdrújula o tiene ahí algo que no
sé que ofrece. Es una palabra engañosa, en cambio “promontorio” sí ofrece algo,
el “refucilo” bueno, pero “acápite” no es la única, hay otras palabras que
también me parecen enigmáticas. Me confieso urgador de las palabras pues si hay
algo que me divierte y que me brinda ratos entretenidos es el tiempo que dedico
a los diccionarios, en especial los etimológicos, el del indoeuropeo que brinda
un juego paradojal. De dónde vienen las palabras y por qué. Por ejemplo en el
diccionario etimológico del indoeuropeo que manejo, me interesé, por una
cuestión de oficio, por el origen de la palabra “lector”. Encontré una
remotísima sílaba “leg”, que nos remontan a la caverna, y significa “acarrear”.
Derivaría en leer como acarrear conocimiento, pero de la misma raíz deriva
“reloj” que es acarrear tiempo. Además viene “sortilegio” que de algún modo
también acarrea, por eso es una palabra desconfiable. Por todo eso me parece
que el juego de la palabra me parece importantísimo y realmente me divierte.
R.G.: - Por eso es que considera
que si hay un strep tease auténtico es el de la poesía porque desnuda el alma.
S.S.: - Involuntariamente.
R.G.: - Contrariamente a un
streaper que voluntariamente se desnuda, acá a través de su poesía lo estamos
desnudando en el alma –aclaramos- ya que nos está mostrando su arte desde
adentro. Nos está dando una clase de cómo hacer poesía, a través de la revisión
de la etimología, escarbar en las palabras, llevarlas hasta la caverna y
traerlas de vuelta. Los casos
particulares parte de cosas muy cotidianas, como por ejemplo el escarabajo que comienza no con el insecto sino con
la palabra que lo nombra:
“La palabra escarabajo, como
cualquier palabra, esconde un dilema.
No sólo la palabra sino
el propio escarabajo…”
Comienza por la palabra y de ahí
va hacia el bicho y en ese poema leo el mito de Sísifo y a la vez como una
expresión de la finalidad de la poesía porque:
“no hay fracaso ni desperdicio:
la palabra escarabajo, como el
propio escarabajo,
responde por la totalidad: de ahí
que enhebremos palabra en
representación de lo que sucede
hasta hacer un acontecimiento
de lo imperceptible.”
S.S.: - Ahí también hay una
poética. También debo decir que a mí me gusta travesear con las palabras, pero
no es la única manera de escribir poesía. Hay quienes lo hacen de otra manera.
Sí puedo decir que no me gusta que se confunda poesía con catarsis. Usted
hablaba de strep tease. La catarsis me parece que es sólo contar qué me pasa
todo el tiempo o llorar porque algo me duele o reírme por lo que me causó
gracia. La catarsis es algo que hay que resolver por otro lado, vaya y cuente a
otros sus problemas, en todo caso sí me interesa cuál es su opinión sobre las
cosas, aunque sea falible pero me parece un aporte al mundo, aún más que el
hecho de que las palabras me desnuden. Son tendencias.
R.G.: - Para volver a parafrasear
su poema “no tenemos por qué estar de acuerdo”. Hay formas y formas de hacer
poesía y nosotros asistimos tanto a su poesía como a su forma de hacerlo y en
este libro en particular, dedicado a Los
casos particulares, así como pasa por el escarabajo pasa por el perro en autorretrato con perro cuyos versos
finales me impactaron muchísimo:
“este perro alternativamente
manso y feroz
compenetrado con este hombre
alternativamente feroz
y manso:
para que ladre un perro, para que
esta noche haya silencio en
cualquier
idioma.”
S.S.: - Creo que si hay silencio
tiene que ser en todos los idiomas. No puede callarme sólo en castellano, me
callo en todos los idiomas, inclusive como diría Borges, desde mi inocencia del
hebreo. No tengo ningún conocimiento de otro idioma pero el silencio del mundo
se dice en todos los idiomas y también es necesario oír ese silencio porque es
más impresionante. En fin es un autorretrato. Me alegro que haya leído mi
libro, lo felicito como lector y le agradezco muchísimo. Lo que no sé es que
aquí me han dicho que iban a convidar un vino y creo que ya es hora de poner un
plazo de tres minutos para que vamos a brindar, ¿les parece?
R.G.: - Yo leí los cincuenta y un
poemas y el autor dice que los leí bien, en todo caso si quiere leer alguno por
el que tenga un particular aprecio, dedicándoselo a su público.
S.S.: - Suerte que tengo un
público, porque si hay tarea solitaria es la de escribir y no estoy haciendo
una broma. Leo dos poemas y vamos a que nos conviden un vino en la Biblioteca
Provincial.
Lectura de Peripecia del cuerpo y La lección del pato.
S.S.: - Muchas gracias.
R.G.: - Gracias por compartir
esta conversación y gracias por invitarme a conversar. Ahora los invitamos a
brindar para celebrar la poesía.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Un salteño ingresa como miembro de número
Incorporaciones recientes en la Academia Argentina de Letras
PARTE DE PRENSA
La Academia Argentina de Letras acaba de incorporar como miembros de número al poeta salteño Santiago Sylvester y al poeta platense Rafael Felipe Oteriño, quienes ocuparán respectivamente los sillones Olegario V. Andrade y Carlos Guido y Spano.
Se acompaña al pie curriculum de ambos.
Buenos Aires, 26 de Octubre de 2014
Santiago Sylvester nació en Salta en 1942, estudió derecho en Buenos Aires donde recibió el título de abogado, residió veinte años en Madrid y actualmente vive en Buenos Aires. Es autor de catorce libros de poesía (el último, Los casos particulares, 2014), un libro de cuentos y dos de ensayos, publicados en Argentina y España. Recibió los Premios de la Provincia de Salta, del Fondo Nacional de las Artes, el Sixto Pondal Ríos, el 3er. Premio Nacional de Poesía, el Premio Internacional Jorge Luis Borges y el 1er. premio de la Ciudad de Buenos Aires. En España, el Premio Ignacio Aldecoa y el Jaime Gil de Biedma. Es autor de las antologías Poesía del Noroeste Argentino-Siglo XX, y Poesía Joven del Noroeste Argentino, y de ediciones de obras de Manuel J. Castilla, Néstor Groppa, Juana Manuela Gorriti y Federico Gauffin. Dirige la colección Pez Náufrago, de poesía, y codirige la colección Época, de ensayos. En la Academia Argentina de Letras tendrá el sillón que fue ocupado la primera vez por el salteño Juan Carlos Dávalos.
Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945, estudió derecho en su ciudad natal, y reside en Mar del Plata, donde se desempeñó como Juez, y luego como Juez de Cámara. Ha publicado doce libros de poesía, el último se titula Viento extranjero, de 2014. Su obra se encuentra reunida en Antología poética y En la mesa desnuda.Recibió los siguientes premios: Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985/88), Konex de Poesía (1989/93), Consagración de la Legislatura bonaerense (1996), Premio Nacional Esteban Echeverría (2007), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009) y Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Ejerce la docencia universitaria y la crítica literaria. Codirige la colección Época de ensayos sobre poesía.
Como miembro de número de la Academia Argentina de Letras, ocupa el sillón Carlos Guido y Spano.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Juan L. Ortiz según Victoria Robador
Juan Laurentino Ortiz
“Para que los hombres”
Para que
los hombres no tengan vergüenza
de la
belleza de las flores,
para que
las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o
profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por
penetrar el mundo,
con el
semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la
armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento
para que
podamos mirar y tocar sin pudor
las
flores, si, todas las flores
y seamos
iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que
las cosas no sean mercancías,
y se abra
como una flor toda la nobleza del hombre: iremos todos hasta nuestro extremo
límite,
nos
perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y
segura de una cimiente en la noche de la tierra.
El poeta entrerriano nace en 1896 y
vive y crece rodeado de una abundante naturaleza, que luego inundará sus
versos. Toda su poesía está marcada por los paisajes de la selva en la cual
pasó gran parte de su infancia.
Juanele
estudió filosofía y participó de la bohemia porteña así como de movimientos
políticos en su provincia natal, mientras escribía versos influidos por la
estética simbolista y la poesía oriental. Su escritura poética se caracteriza
por presentar cierta tensión entre el paisaje monótono, de contemplación y los
conflictos sociales, por los que mostró una especial sensibilidad, inclinándose
por los niños que sufren la pobreza y las injusticias.
En este
sentido, el poeta siempre tuvo la conciencia de que su escritura debía atender
a los aspectos sociales y de que la literatura, la poesía fundamentalmente, son
medios poderosos para expresar las dolorosas percepciones del afuera: “No olvidéis que la poesía (…) es asimismo,
o acaso sobre todo, la intemperie sin fin”
En el poema “Para que los hombres”, se
percibe un tono de frescura, de vitalidad junto a cierta delicadeza natural.
El yo lírico comunica en forma de leve
arenga una acción futura y plural, un hacer conjunto, colectivo, que implica “perderse
en la hora del don, en la noche de la tierra”, ir hacia el extremo límite y en
ese gesto de solidaridad quedará expresada la nobleza del hombre como ser
viviente, tal como lo hace una flor al abrirse y mostrar su plenitud. En este
movimiento hermanado, avanzan sonrientes y cada sonrisa singular se fusiona en
una sonrisa anónima, que no ignora el
dolor del mundo, pero lo siente como una fuerza que los atraviesa.
Ahora bien esta acción tiene un fin
concreto: que seamos iguales a nosotros
mismos en la hermandad delicada; y así se revela esa veta humanista y
política del poeta, que intenta una sentida sensibilidad hacia la otredad.
Por otro lado, el yo lirico exalta con
delicadeza y seguridad la necesidad de un cambio en la relación con la
naturaleza, en el ritmo y el modo de vincularse con la tierra, una vuelta a la
unidad del hombre con la naturaleza, de manera que los hombres no tengan vergüenza de la belleza de las flores y
entonces podamos tocar y mirar sin pudor
todas las flores.
Finalmente puede leerse también una
crítica al devastador y devorador avance capitalista y su lógica de lo
instantáneo y lo efímero; Ortiz entiende un uso distinto de los objetos según
el cual las cosas no sean mercancías,
sino que sean ellas mismas concebidas
e integradas desde una sensibilidad como: formas
sensibles de la unidad o bien, considerando el trabajo del hombre sobre el
mundo como: espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo. En esto último vemos también una postura política
asumida por el poeta, que atiende a la relación del hombre con su entorno
natural y comprende a la naturaleza como un imperativo ético para la creación
(estética) poética.
“Tarde”
El
mundo es un pensamiento
Realizado
de la luz.
Un
pensamiento dichoso.
De
la beatitud. El mundo
Ha
brotado. Ha salido
Del
éxtasis, de la dicha,
Llenos
de si, esta tarde,
Infinita,
infinita,
Con
árboles y con pájaros
De
infancia ¿De qué infancia?
¿De
qué sueño de infancia?
En este segundo poema el yo lírico se
expresa inicialmente en tono aseverativo y se encamina hacia un cierre
interrogativo, característico del estilo de Ortiz.
El poema nace de una actitud
contemplativa en la reflexión en torno del acaecer vespertino, la tarde. El poeta canta el goce, la dicha
del mundo, concebido éste como pensamiento
realizado de la luz… de la beatitud.
Y como bien se señaló en uno de los
programas de la cátedra, se observa aquí que su poesía no se limita a describir
el paisaje, sino que éste se constituye en punto de partida para transformar en
poesía lo que ya ha penetrado en su alma.
Entonces, el mundo que ha surgido,
ha brotado a raíz de la meditación y
del entre ser en el paisaje, es- en palabras de Juan Jose Saer- “enigma y belleza, pretexto para preguntas y
no para exclamaciones, lamento del cosmos por el que la palabra avanza sutil y
delicada, adivinando en cada rastro o vestigio aúnen lo más diminuto la magia
misteriosa de la materia”
Así, en esta tarde infinita, infinita, el poema realiza una proyección universal
y atemporal, una tarde de dicha, éxtasis,
plena, brillante¸ de árboles y pájaros de
infancia. De una infancia no individualizada, no personalizada, sino de un
tiempo humano, común a todos los seres y es por eso que allí se abre la
pregunta ¿De qué infancia?
La interpelación al lector, lo
mueve también al recuerdo dela suya propia, de aquel tiempo de niñez, de pureza
e inocencia… Y entonces ¿de qué infancia? La de todos, podríamos responder.
Como también lo enseña Ortiz en
una entrevista: “… Apenas si somos
agentes de una voluntad de expresión y
ritmo que está en la vida, en la vida de todos, en la vida del mundo y de las
cosas”
Acá podemos ver la amplitud del
poeta que también expresa en el poema, liberándose de las restricciones
geográficas e incluso temporales.
Finalmente el último verso
interrogativo ¿De qué sueño de infancia?
Conlleva la reflexión sobre cómo pensamos el mundo cuando lo contemplamos con
ojos del alma, y entonces ese pensamiento nos crea un mundo semejante al que
soñamos cuando niños: un mundo claro, dichoso, melodioso, fresco, nuevo… Se refleja allí también la actitud mística
del autor, la mirada que pasa por la relación entre el afuera y el adentro, en
ese salirse hacia afuera de sí y
desde se construye el sentido del poema.
Victoria Robador
lunes, 20 de octubre de 2014
Borges y el escritor argentino
La problemática del canon en la constitución de la
literatura argentina es un estudio recurrente dentro del ámbito de las letras. Desde
el reconocimiento del Martín Fierro por parte de Lugones hasta nuestros días, el
canon está rodeado de varias
controversias. Borges en su ensayo “El escritor argentino y la tradición”,
plantea ciertas cuestiones que atienden al escritor argentino sumergido en un
“deber ser nacional” y la tradición.
Comienza
hablando sobre el Martin Fierro, del
cual no discute su canonicidad, y establece en cierta forma las diferencias
entre la poesía gauchesca y la poesía de los payadores. Dentro del primer tipo
de poesía mencionada, encontramos nombres tales como Ascasubi, Hidalgo,
Estanislao del Campo y, por supuesto, José Hernández. Creo que para Borges las
diferencias radican tanto en el léxico como en los temas que se tratan en ambos
casos, es decir que hay una diferencia en el propósito de los poetas. “Los
poetas populares del campo y del suburbio versifican temas generales: las penas
del amor y de la ausencia, el dolor del amor y lo hacen en un léxico muy
general también; en cambio, los poetas gauchescos cultivan un lenguaje
deliberadamente popular, que los poetas populares no ensayan. No quiero decir
que el idioma de los poetas populares sea un español correcto, quiero decir que
si hay incorrecciones son obra de la ignorancia. En cambio, en los poetas
gauchescos hay una busca de las palabras nativas, una profusión de color local.
La prueba es ésta: un colombiano, un mejicano o un español pueden comprender
inmediatamente las poesías de los payadores, de los gauchos; y en cambio
necesitan un glosario para comprender, siquiera aproximadamente. A Estanislao
del Campo o Ascasubi.” (Borges, 1974: 268).
Otra caso que resalta en este ensayo es la
comparación del Martin Fierro con La urna
de Enrique Banchs. En esta oportunidad se plantea cual de los dos poemas
es mas argentino. En primera instancia el poema de Hernández pareciera ser el
que más cumple con el deber ser nacional. Esto por la constante aparición de
los paisajes argentinos, el léxico, etc. Pero Borges causa sorpresa al indicar
que no sólo se es argentino cuando se describen paisajes o se usan ciertos
vocablos, propios de una identidad nacional, sino también cuando la escritura
está atravesada por temáticas
universales, como el amor, el gran dolor del abandono, etc. Es decir que el
escritor argentino no debe limitarse solo a su tierra sino a encontrarse en el
mundo, en el universo. No se es menos argentino por no decir “aquí me pongo a
cantar al compas de la vigüela”. Borges cuenta una anécdota bastante particular
referida a uno de sus cuentos: La muerte
y la brújula, una suerte de pesadilla detectivesca en que figuran elementos
de Buenos Aires deformados por el horror de la pesadilla: aparecen allí el
Paseo Colon, las quintas de Adrogué, etc. Los amigos del escritor alabaron este
cuento diciéndole que por fin habían encontrado en su escritura un color local,
a lo que él responde que no había sido esa su intención. Para Borges, cuando el
escritor se despoja de la presión de escribir con un color local determinado,
con un nacionalismo exacerbado, recién tiene una libertad mental para escribir
lo que antes no podía.
Por último, él se preocupa por un tema polémico: la tradición argentina.
Respondiendo esta cuestión como central, Borges aduce que nuestra tradición es
toda la cultura occidental, inclusive va mas allá diciendo que “tenemos derecho
a esta tradición, mayor que el pueden tener los habitantes de una u otra nación
occidental”. Es decir, Borges no pretende que olvidemos de dónde venimos, sino
que logremos despojarnos como escritores, lectores de los prejuicios y
abandonarnos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística.
José Manuel Díaz Watson
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