martes, 3 de junio de 2014

¿Cuándo comienza la literatura de Salta?

¿Cuándo comienza la literatura de Salta? Lic. Rafael Gutiérrez Determinar cuándo comienza la literatura de Salta es más una decisión de los investigadores que el reconocimiento de un hito fundacional expreso, porque en una realidad cultural continua debemos buscar la forma de precisar en primer lugar cuándo comienza a existir Salta. Esa necesidad de establecer el parámetro físico es porque la literatura no existe en el vacío, sino en relación con una cultura que se recorta sobre un espacio físico que se construye en la dinámica de la interacción entre sus habitantes y su geografía. En nuestro caso particular Salta comienza a existir desde el encuentro entre distintas culturas que convergen sobre un dilatado territorio que es denominado por los conquistadores españoles como “Salta del Tucumán” que abarcaba desde la actual Bolivia hasta Córdoba. Los investigadores no están todos de acuerdo en cuanto hacia donde remontar el hilo de la historia, hay quienes se refieren a los testimonios orales de las culturas originarias, mientras otros remiten el origen de la literatura a los primeros testimonios escritos. Ambos deben enfrentar problemas relacionados con los objetos que decidieron recortar: los partidarios de la oralidad deben competir con los folklorólogos y con la fragmentariedad de testimonios dispersos entre informantes difíciles de encontrar. Los partidarios de la escritura deben vérsela con un cúmulo de documentos de diversa índole, en su mayoría producidos lejos de los factores que reconocemos como habituales para lo que hoy denominamos literatura. Un problema común a ambos investigadores es una extensión temporal más o menos amplia que abarca los períodos que la historia ha denominado de la “conquista” y parte de la “colonia”. Pues, para que la sociedad haya alcanzado el grado de complejidad para contar con encargados especializados en producir textos destinados al goce estético, hubo que esperar a que la cultura urbana creciera y dispusiera de medios para que tanto escritores como lectores contaran con el tiempo necesario para la práctica de la lectura y la escritura. Por ello recién hacia el siglo XVIII y, principalmente, hacia el XIX hubo ciudades en condiciones de generar la dinámica que requiere la literatura: escritores, lectores, imprentas, escuelas, crítica. Las producciones textuales anteriores a este período, que fluctúa entre el fin de la dominación hispánica y la etapa independentista, fueron rescatadas por los investigadores ya que si bien les reconocen rasgos que les permitirían formar parte del corpus de la literatura, en su momento carecieron de algunos de los componentes que requiere la literatura para funcionar como sistema: la reproducción masiva -no necesariamente de imprenta -, la promoción, la difusión escolar o la intervención de la crítica. Mientras ocurrían estas transformaciones sociales, acontecían simultáneamente otras de índole política, como la emancipación del gobierno hispánico, la fragmentación de la dilatada Gobernación en distintos estados provinciales o nacionales. A partir del ascenso de la dinastía Borbón al reinado de España, las antiguas provincias de ultramar se convirtieron en colonias y se configuró el territorio bajo otra organización con nuevos virreinatos, gobernaciones y capitanías que redistribuyó el equilibrio del poder hasta su violenta transformación a partir de 1809 con el inicio del proceso revolucionario hispanoamericano. Dentro de ese panorama, la ciudad de Salta contaba con una idiosincrasia muy particular, pues si bien estaba dentro de una región que creció a expensas de su comercio con el Alto Perú, contaba con una población muy ilustrada. Los terratenientes y comerciantes enviaban a sus hijos a estudiar en las universidades de Chuquisaca o Córdoba y mientras los señores se ausentaban durante largos períodos por motivos de trabajo, las señoras se hacían cargo de la administración de las casas y los negocios en la ciudad, por lo que eran mujeres no sólo alfabetizadas sino con una amplia cultura. Salta dentro de las letras nacionales Lic. Rafael Gutiérrez En el panorama de la historia de las letras nacionales, los investigadores reconocen que las primeras producciones que tematizan los acontecimientos de mayo aún tienen una estética neoclásica de raíz hispánica y un ejemplo cabal de ello es la misma letra de la Marcha Patriótica, cuyos fragmentos interpretamos actualmente como el Himno Nacional Argentino. Por ello muchos historiadores de la literatura consideran que la emancipación estética se produce a partir del romanticismo, ya que se trata de una corriente que no es legada por España y se vincula a la “Sociedad de Mayo” que se proponía dar continuidad al ideario de la generación que gestó al revolución de 1810. En este período que va desde que Buenos Aires asume una condición de Capital, primero virreinal y luego del estado en ciernes, hay ciudades con las condiciones propicias para la práctica social de la literatura: hay escuelas, universidades, imprentas que editan diarios, revistas y libros, salones, tertulias y un mercado editorial incipiente. La primera generación de escritores románticos se nucleó en torno a un salón y a tertulias literarias que produjeron manifiestos y publicaciones que les permitieron una cohesión estética aún cuando fueron desperdigados y exiliados por motivos políticos. Durante el gobierno de Rosas -que la literatura de los exiliados se encargó de denostar- había una gran producción de diarios, muchos de los cuales eran enviados al extranjero como parte de la propaganda gubernamental y en ellos se reseñaba los textos opositores censurándolos y se publicaba poesía laudatoria al régimen. Dentro de esa generación de escritores románticos está Juana Manuela Gorriti –cuya familia partió al exilio por motivos políticos en 1831- por ello aunque escribe desde Bolivia y Perú, muchos de sus temas retoman motivos argentinos y salteños. Más aún, su producción funda un imaginario que trasciende la misma literatura para fusionarse con la cultura popular salteña, como las imágenes románticas de Martín Miguel de Güemes o de Carmen Puch y su muerte por amor, después del deceso del caudillo. Fue la primera argentina en escribir una novela, La quena (1848). La transformación sufrida por el país a partir de 1810 terminó por poner a Salta en una situación de mediterraneidad que no tuvo durante el período hispánico, postergando el desarrollo cultural que perfilaba hacia fines de esa era. Las nuevas ciudades centrales como Buenos Aires y Córdoba asumieron roles nuevos y entre ellos el de dictaminar los ritmos de la producción cultural. Después del movimiento romántico entra en la escena cultural argentina la generación del ochenta, entre cuyos representantes está el salteño Joaquín Castellanos. Su incorporación a este grupo no es sólo por una cuestión de coetaneidad, sino que su pertenencia se debe a que responde al perfil de sus compañeros generacionales: es un hombre ilustrado, con actividad política y una producción literaria que adhiere a la estética realista-naturalista. Sin embargo nuestro escritor tiene un matiz que lo diferencias de sus pares, pues si ellos escribieron novelas –como era el dictamen de la estética-, Castellanos escribió un largo poema, El Borracho, cuya pertenencia a la lírica fue discutida por la crítica, ya que el carácter reflexivo del borracho que ve el mundo a través de la vidriera del bar, tiene un fuerte componente narrativo. Los grandes movimientos literarios o corrientes estéticas que caracterizan la literatura nacional tuvieron su representación en la producción salteña. Por ejemplo la corriente fantástica tiene sus primeras representaciones en los cuentos de Juana Manuela Gorriti y luego continuidad en la obra de Juan Carlos Dávalos (1887 – 1959) y los cuentos de Víctor Fernández Esteban. La literatura gauchesca tiene uno de sus máximos exponentes en la obra de Federico Gauffin (1884-1937) En tierras de Magú Pelá (1932), una novela de crecimiento que muestra, a través de la historia de un joven que se convierte en hombre, la dura vida de quienes ampliaron las fronteras nacionales a expensas de las naciones indígenas. En las décadas iniciales del siglo XX hay una producción poética femenina notable pero con una temática limitada a lugares prefijados por la sociedad: el casto amor maternal, ligado a lo hogareño, la religión y, a lo sumo, lo nacional idealizado y desvinculado de la política. María Torres Frías, Sara Solá de Castellanos y Emma Solá de Solá son algunos de los nombres de las damas que alabaron la vida hogareña, el amor a la patria o la devoción del Milagro. El único que desentona con ese panorama y que prefigura la presencia del escritor dedicado centralmente a esa actividad es un hijo de familia tradicional y decente que, incapaz de ejercer los negocios familiares o de acogerse a los roles normalmente asignados a su clase, es reubicado socialmente como un pintoresco “escritor”. El díscolo de la familia, que escribe muy bien sobre Salta, su gente y sus costumbres, es Juan Carlos Dávalos. No hay referencia a la literatura de Salta que soslaye el nombre de este personaje e incluso muchos consideran que la historia de la literatura de Salta comienza por él. Su obra también fue objeto del honor de ser editada por el Senado de la Nación en 1996, como parte de ese reconocimiento. Juan Carlos Dávalos fue alentado a dedicarse a la literatura por un precursor, el mismísimo Joaquín Castellanos que lo escuchó en una conferencia que pronunciara en 1921 en el Jockey Club de Buenos Aires. Juan Carlos Dávalos en su carta a Soiza Reilly habla ya de sí, en estos términos: "Mi vocación despertó a los 13 o 14 años. El año que murió mi padre, pasé el verano con mi abuela Isasmendi, en su finca Colomé, en tierras calchaquíes, donde mi bisabuelo había tenido una enorme encomienda: la que hoy es todo el departamento de Molinos. Las originales costumbres, los quehaceres domésticos, morales e industriosos de mi abuela, sus colerones, sus rezos, sus reniegos con la servidumbre, en fin, todos los aspectos de un carácter excepcionalmente apasionado y enérgico, los consigné en un cuaderno escolar, y en secreto. Uno de mis tíos me sorprendió escribiendo, leyó los apuntes y se armó un alboroto. Sofocón de mi abuela, llanto, reprimenda de mis tíos, y por último secuestro y destrucción de las páginas indiscretas e irreverentes". "A los 15 años publiqué versos, muy malos naturalmente, en los diarios de mi pueblo, y artículos periodísticos de diversa índole: crítica social, crítica literaria, actividades estudiantiles, etc. A los 17 años, en compañía de David Michel Torino, actual director de El Intransigente, y de Julio J. Paz, el periódico estudiantil "Sancho Panza" que murió al 5º o 6º número, víctima de su propia insensatez". Más adelante cuenta sobre sus estudios ya sea en el Nacional de Salta, en el San José de Buenos Aires y cuando su madre aspira tener un hijo abogado el poeta a quien estamos honrando en el nuevo aniversario de su muerte, acaecida el 6 de noviembre de 1959, confiesa: "… pero como yo disponía de harto dinero, en vez de estudiar, me dediqué a la vagancia y a la lectura. Después de 3 años de "hacer de estudiante" me vine a Salta, donde compré un aserradero y serruché 80,000 pesos, arruinando, o poco menos, a mi familia que pagaron mis deudas y no me dejaron quebrar". Al concluir su autobiografía -escrita en l933- rinde su homenaje a la esposa, "mi mujercita". "Se llama María Celesia Elena. Yo la llamo "Doña Chela", cariñosamente, porque es la señora de mis pensamientos y la inspiradora de mis versos, y alentadora de mi incurable pereza para escribir…Si fuera posible mentarla -cuenta más adelante- sólo como lo es: un alto y puro espíritu excepcionalmente noble, quedaríamos encantados. Es mujer de su casa y no desea verse en evidencia". (http://www.portaldesalta.gov.ar/jcdavalos.htm) La generación del 40 tuvo exponentes de larga trayectoria cuyos nombres siguen resonando a nivel nacional y que si no fuera por la falta de mercado editorial, tendría proyección hispanoamericana como los nombres de Vallejo o Neruda. La generación del 60 ha mostrado en Salta una literatura capaz de ponerse a la altura de los tiempos absorbiendo los temas, matices y preocupaciones de sus contemporáneos de otras latitudes sin perder los rasgos que los identifican con su lugar de origen, en todos los géneros: la poesía, el cuento, la novela y el teatro. El retorno de la democracia hizo resaltar a los escritores de la generación anterior que sumaron sus voces a los exiliados y silenciados que volvían a tomar la palabra y a ellos se sumaron las de nuevos escritores, no necesariamente jóvenes, sino que se animaban a asumir la literatura como modo de expresión. A esta altura de los tiempos, las complejas relaciones que requiere la literatura se dan plenamente: hay escritores –más o menos profesionales-, lectores ávidos, talleres literarios, imprentas, bibliotecas, premios, crítica e instituciones escolares que mantienen cierto corpus de lecturas.

miércoles, 28 de mayo de 2014

EL CONCEPTO DE CANON EN LITERATURA

jueves, 17 de abril de 2008 EL CONCEPTO DE CANON EN LITERATURA Hacia una definición de la Literatura Nacional “El canon argentino” Tomás Eloy Martínez Suplemento Cultura del diario La Nación 10 de Noviembre de 1996 En estos finales de siglo, después de incontables y caprichosas variaciones del canon impuestas por la crítica o las cátedras de literatura argentina, son los lectores -parece- los que están reorganizando el mapa de los grandes textos y los que deciden qué se puede dejar de lado. Cada lector, después de todo, va elaborando su propio canon a lo largo de la vida, teniéndolo con los libros que relee por pasión o por deseo, a sabiendas de que otros libros canónicos se le irán quedando en el camino. Cualquier argentino más o menos ilustrado sabe que El Matadero, Facundo, Recuerdo de provincia, Una excursión a los indios ranqueles y Martín Fierro son los textos ineludibles del siglo XIX, pero la mayoría empieza acercándose a ellos por obligación, porque en toda lectura hay un principio de placer pero también de necesidad y de urgencia. ¿Qué se entiende por canon, después de todo? Según el Diccionario de Autoridades (1726), la palabra viene del griego y significa "regla o alguna cosa que se debe creer u observar en adelante". Canon sería, por lo tanto, una variante de dogma; es decir, de algo que está en las antípodas de la libertad encarnada por la literatura. Pero esa definición tiene que ver con los docentes, no con los lectores. Para todo lector, el canon es un ancla, una certeza: aquello de lo que no se puede prescindir porque en los textos del canon hay conocimientos y respuestas sin los cuales uno se perdería algo importante. El canon confiere cierta seguridad a los lectores, les permite saber dónde están parados, cómo es la realidad a la que pertenecen, cuáles son los textos que no deben ignorar. Un canon argentino basado sobre tal principio no podría excluir -en este fin de siglo posterior a Borges, Bioy Casares, Cortázar, Bianco y Manuel Puig- los poemas de Juan Gelman y de Néstor Perlongher, los cuentos de Rodolfo Walsh, las tres primeras y la última novela de Osvaldo Soriano, Respiración artificial y Crítica y ficción de Ricardo Piglia, La vida entera y La máquina de escribir de Juan Martini, El entenado y los poemas de Juan José Saer, Canon de alcoba de Tununa Mercado, La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera, Fuegia de Eduardo Belgrano Rawson, Luz de las crueles provincias de Héctor Tizón y los poemas de Enrique Molina, Olga Orozco y Amelia Biagioni, por citar sólo autores que han pasado ya los cincuenta años o que -en un par de casos- han alcanzado reconocimiento póstumo. Muy pocos de esos libros van a prevalecer, sin embargo, en la memoria implacable de los lectores. Menos aún van a ser releídos. Un personaje de Respiración artificial exponía la duda de manera más explícita: "¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?" Hay otro modo de formular la misma pregunta: ¿Cuál de esos textos tendrá el destino central que aún tiene el Facundo? Desde el Centenario, la literatura argentina dispuso siempre de una obra dominante, a menudo inimitable, a partir de la cual se organizaban todas las demás. Harold Bloom ha escrito que el último de nuestros grandes escritores canónicos, Borges, tiene más "fuerza de contaminación que casi ningún otro en este siglo[...] Si se lee a Borges con atención y con frecuencia, cualquiera se convierte en borgiano, porque cuando se lo lee se activa una conciencia de la literatura en la que él ha ido más lejos que ningún otro". Este es uno de los problemas centrales que me propongo analizar en este artículo: el del canon argentino dominado por la sombra terrible de Borges. No estaría de más, sin embargo, intentar antes un ligero repaso de los precursores. El primer libro canonizado fue Martín Fierro, al que Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones compararon con el Mio Cid y la Chanson de Roland. Lugones quería elegir un texto que, además de su importancia literaria, tuviera un valor patriótico instrumental y expresara "la vida heroica de la raza" o las esencias argentinas amenazadas por los aluviones migratorios. Ese fue el objetivo de las seis conferencias que dictó en el teatro Odeón, a mediados de junio de 1913, a las que asistieron todos los que eran algo o alguien en Buenos Aires, incluyendo a Roque Sáenz Peña, presidente de la República. La cultura, en esos tiempos (y no la economía, que andaba sola), era el punto de inflexión para entender el país, el elemento que permitía tomar conciencia de quiénes o qué éramos. Desde su cátedra de literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires, Ricardo Rojas situó también a Martín Fierro en el núcleo de su propio canon y, en los ocho tomos de La literatura argentina que comenzaron a publicarse en 1917, y además incluyó en la lista de lecturas obligatorias a escritores valiosos que, si bien habían tenido el infortunio de publicar sus obras en la provincia, parecían formar parte de la misma tradición. Rojas fue el primero y el último que se atrevió a ensanchar los márgenes de las letras nacionales. Después de él -y todavía ahora- la enseñanza de la literatura se concentra sólo en los que escriben o publican en la pampa húmeda, como si no hubiera país más allá de esa frontera imprecisa. Buscar el centro, situarse junto al centro aunque uno camine por el costado: tal era -y sigue siendo- la idea del poder en la literatura argentina. Borges tenía razón al decir que los escritores de verdad no buscan el éxito. Si lo hicieran, nunca lo encontrarían. Pero también es verdad que hay una cierta sintonía entre los libros que van a sobrevivir y la época en que se publican: esa coincidencia deriva, a veces, en ventas masivas, como sucedió con todos los grandes textos argentinos del siglo XIX y como sigue sucediendo con Arlt, con Don Segundo Sombra, con La invención de Morel de Bioy y con la obra entera de Borges. Las listas de best sellers no son -ni por asomo- brújulas del canon pero, a la inversa, es raro el libro canónico que, al menos en la Argentina, no haya logrado la aceptación de los lectores. Sucedió con textos difíciles como Los lanzallamas, El hacedor, El informe de Brodie, Rayuela, La traición de Rita Hayworth, y está sucediendo ahora con El farmer, al que nadie podría acusar de seducción demagógica. Ese texto, así como los relatos de Soriano, Martini, Piglia, Belgrano Rawson, Tizón y los poemas de Gelman, han empezado a disolver el tejido que separaba la literatura argentina de su público natural y a restablecer el contacto perdido desde que las Obras Completas de Borges, precisamente, agotaron en pocas semanas su primera edición de diez mil ejemplares. Un libro canónico no es sólo el que se busca para releer sino el que provoca la relectura. Lejos de someterse al lector, lo estimula, excita su inteligencia, lo llena de preguntas. Si al cabo de diez años ya nadie quiere volver a él, puede que nadie vuelva nunca más. Ese rechazo ha sucedido con autores que parecían haber nacido canónicos, como Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Eduardo Mallea, H. A. Murena, a los que el tiempo va convirtiendo en cenizas. Sucede ahora con otros que hace dos o tres décadas parecían candidatos seguros a la celebridad. El canon -sobre todo en la inestable Argentina- es una pregunta perpetua, algo que cada lector hace y rehace día tras día. Tiene un tronco estable, en el que están Sarmiento, Hernández, Lugones y Borges, pero las ramas caen y se levantan al compás de cualquier viento. No hay que lamentarse por esas incertidumbres, puesto que son un signo de libertad. ¿Acaso la libertad, al fin de cuentas, no ha sido siempre el otro nombre de la literatura? (Cfr. Tomás Eloy Martínez, para el suplemento "Cultura" de La Nación,10 de noviembre de 1996). Nota : El canon es más conjunto de obras / autores en cuyo establecimiento pueden intervenir diversos actores sociales: autores, la crítica literaria (periodístico y/o especializada) y el estado y puede centrarse en tres dimensiones: catálogo, modelo y precepto. Los estudios sobre el canon actual pretenden establecer cuáles obras / autores forman parte del canon (catálogo). Pero conforme se pretende cuestionar o transformar este canon, se pasa de un simple listado a abocarse a la tarea de explicitar categorías que permiten la inclusión / exclusión de obras / autores (modelo). Por último, aquellos estudios que desmitifican la canonicidad de obras, como las novelas del siglo XIX, o que pretenden establecer un nuevo sistema de canonicidad, evidencian, con mayor o menor claridad, que todo canon literario es el resultado "artificial" de criterios de un grupo social que fueron impuestos como verdaderos para la sociedad en general (precepto). El canon literario varía obviamente -y también de manera no tan obvia- de época en época y de un lector a otro. Lo que causa una fuerte impresión al público en un momento, deja de interesarle en otro... y cada época, en literatura moderna, podría, quizás, admitir una nueva calificación, dividiéndola en sus períodos de literatura de moda. Sin embargo, a menudo se dice del canon oficial que es bastante estable, si no "totalmente coherente". Y la idea de canon ciertamente implica una colección de obras que sean consideradas en exclusiva como el "completo" (al menos durante un tiempo). El canon oficial, se institucionaliza mediante la educación, el patrocinio, y el periodismo. Pero cada individuo tiene también su canon personal, obras que ha tenido ocasión de conocer y valorar. Estos dos conjuntos no mantienen una simple relación de inclusión. De los muchos factores que determinan nuestro canon literario, el género se encuentra sin duda entre los más decisivos. No sólo hay ciertos géneros que, a primera vista se consideran más canónicos que otros, sino que obras o pasajes individuales pueden ser estimados en mayor o menor grado de acuerdo con la categoría de su género. ************** LEER también “Hacia una definición del canon en Literatura Argentina” en Lea por favor y el texto crítico “Los avatares de lo nacional” de Roberto Retamoso Publicado por El Ciclo en 03:47 Etiquetas: Canon nacional, Textos

La Literatura de Salta. Espacios de reconocimiento y formas del olvido

RESEÑA: En el libro La Literatura de Salta. Espacios de reconocimiento y formas del olvido, editado en el año 2004, Elisa Moyano coordina diversos artículos de las profesoras e investigadoras de nuestra universidad Raquel Guzmán, Marta Ibáñez y Susana Rodríguez. Esta obra pretende desmontar los dispositivos y modos de funcionamiento de una memoria selectiva que situó a pocos textos bajo la luz, es decir, desarticular los mecanismos de reconocimiento de nuestra literatura, recuperando aquello que fue olvidado. Sin dudas, el reflexionar sobre las categorías de reconocimiento y olvido nos introducen de lleno en la problemática del canon. Las migraciones escriturarias también son abordadas, pues en ellas el sujeto enunciativo se descentra de las genealogías o retóricas consagradas conduciéndolo a un ostracismo. En el primer eje del libro (“La canonización de los textos literarios. Un proceso sociodiscursivo”), Marta Ibáñez explicita que el interés investigativo de esta obra radica en la reconstrucción de los procesos que promovieron a algunos autores más allá de las fronteras provincianas. Estos estudios se centran en la problemática salteña, considerando que se trata de una de las provincias más alejada geográfica y culturalmente del centro canonizador por excelencia, la Capital Federal. En este sentido, cita a Susana Cella para sumergirnos en la definición de canon. Éste sería “una manifestación sintomática de un debate mucho más amplio y profundo que es necesario protagonizar más acá y más allá de la especificidad literaria”. Agrega también que “la idea de canon deja de ser sinónimo de lista de obras importantes”, ya que estamos ante una noción donde convergen las “evaluaciones sociales, condiciones de legibilidad e ilegibilidad y coyunturas históricas que fijan las reglas y los límites del arte”. Ibáñez señala que si observamos el funcionamiento de la memoria cultural como legado de la tradición pero también alimentada, y a veces distorsionada por las vías más resistentes de la cultura y el poder local, este proceso puede incidir en una comprensión crítica, condición necesaria para las transformaciones de cualquier signo. Así, trae a colación las reflexiones de Noé Jitrik en torno al canon: “Si el canon es un producto del cruce de (…) retóricas, gramáticas, preceptiva, etc., es evidente que sus componentes proceden ante todo de una memoria cultural; este hecho propone el tema de la “tradición” anexada a canon pero que también cubre la de la marginalidad (…). Así, constituido o producido desde la memoria cultural, se explica que el canon tenga posibilidades de espontánea perduración, sólo limitadas, a veces, por un gesto crítico que disminuye su poder de imposición”. En relación con los programas radiales anteriores y los temas abordados en ellos hasta el momento, se hace evidente postular, desde estas perspectivas, que la fundación de la literatura argentina está más allá del campo literario; así también ocurre con los procesos canonizadores de las literaturas regionales. La relación literatura-sociedad no puede soslayarse de ninguna manera. Si pensamos en el valor social de los textos, se sabe que la “literariedad” no garantiza la circulación de éstos, resultando de suma importancia el rol de la crítica y el del mercado editorial en los procesos canonizadores, pues con suma frecuencia orientan el gusto y consagran determinados textos. Por Ludmila Issa

lunes, 19 de mayo de 2014

LA LITERATURA DEL NOROESTE ARGENTINO

Massara, Guzmán y Nallim (Dirs.) (2011), La literatura del noroeste argentino. Reflexiones e investigaciones, San Salvador de Jujuy, Pro Hum, U.N.Ju. Se pueden leer completos los tomos I; II y III en el link: http://es.scribd.com/doc/123942912/Literatura-Del-Noroeste-Argentino-Vol-I http://www.scribd.com/doc/131216817/Literatura-Del-Noroeste-Argentino-Volumen-II http://www.scribd.com/doc/174429269/Literatura-Del-Noroeste-Argentino-Vol-III Agradecemos los links al Prof. Lucas Perassi, docente de la Universidad Nacional de Jujuy

El Texto literario y los discursos regionales

sábado, 10 de mayo de 2014

CURSO DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

La Secretaría de Extensión Universitaria de la U.N.Sa. por Resolución R Nº 0404-14 aprobó la implementación del curso de extensión a distancia "LAS REGIONES Y SU LITERATURA A TRAVÉS DE LA RADIO" que se dictará a través de la Radio F M Universidad por la frecuencia 93.39, los días lunes de 21 a 22 hs. por el programa "AL OTRO LADO DE LA PLUMA" con actividades y bibliografía seleccionada que se dispondrá en links por este blog y por la página web de la radio: http://radio.unsa.edu.ar/ El curso está organizado por la Cátedra de Literatura Argentina de la UNSa, bajo la conducción de Amelia Royo, Rafael Gutiérrez, Lucila Lastero y Verónica Gutiérrez Los interesados en realizar el curso deben inscribirse enviando un mail a: literaturaargentinaunsa@gmail.com con los siguientes datos: Apellido y nombre (completo como figura en el documento de identidad) Documento de identidad (tipo y número) Domicilio (con la localidad y código postal) Teléfono fijo y celular (con la característica de área) Nivel educativo que completó

jueves, 24 de abril de 2014

AL OTRO LADO DE LA PLUMA

AL OTRO LADO DE LA PLUMA "¿Quién está al otro lado de la pluma?" Es la pregunta que trataremos de contestar semanalmente en FM Universidad 93.9, la radio de la Universidad Nacional de Salta Audición radial creada por la Cátedra de Literatura Argentina de la Universidad Nacional de Salta, destinada a compartir con la audiencia las lecturas que se realizan en las aulas universitarias, las efemérides y las novedades de creación, crítica e investigación. En la edición de este año se abordará la literatura argentina desde las regiones para conocer un país amplio y diverso. Pronto confirmaremos el horario y si radios del interior realizarán emisiones en diferido. El equipo está integrado por los docentes de la cátedra y estudiantes avanzados de la Escuela de Letras.