lunes, 8 de junio de 2026

PIBES de Mario Flecha

Jules y Jules caminaban lentamente frente a las rejas que rodean el parque. Al llegar a la entrada del supermercado Sainsbury en Green Lane, cruzaron la calle sobre el paso de cebra, abrieron la puerta de hierro de Clissold Park y se perdieron en el sendero que conduce al lago poblado de patos salvajes y algas verdosas que ocultaban el color barro del agua. Espiaron a su alrededor, comprobando que nadie los observaba, y se escondieron disimuladamente detrás de unos arbustos para intercambiar los tesoros que habían acumulado durante varios meses. Jules sacó de la bolsa que llevaba una caja de cartón sucia y la introdujo en la bolsa del otro Jules. Jules buscó en su mochila las botellas que había juntado durante el último mes y, con cuidado de que no se rompieran, se las dio a Jules. El trueque dejó a los dos satisfechos. —Asustemos a los patos—dijo Jules. Corrieron y gritaron para espantar a las aves, tiraron piedras sobre el agua creando remolinos concéntricos que se expandían armoniosamente sobre la superficie del lago. Las aves, con indiferencia patona, los ignoraron. Los Jules desilusionados se fueron en direcciones opuestas hacia sus casas. Había comenzado a llover. II Carolina, la madre de Jules, sospechaba que él coleccionaba algo sin poder saber qué era ese algo, ya que él esquivaba sus preguntas. Ella lo estaba esperando detrás de las cortinas blancas. Miraba con asombro la lluvia golpear las ventanas de la bahía de su casa. Se podía adivinar la sombra erguida de su silueta mientras sus ojos buscaban en la calle desierta los tenues rayos de luz, entre las nubes de transitar cansino y el vaivén de las hojas de los árboles. El viento sacudía la soledad mientras ella, con la yema de los dedos, recorría sus cabellos lentamente al tiempo que se miraba reflejada en los vidrios de la ventana de la bahía. Sintió la tibieza de las lágrimas recorriendo sus mejillas; la melancolía del invierno con sus días grises la atrapaba despojándola de la alegría de vivir. III Jules entró silenciosamente evitando ser escuchado por su madre y fue a su cuarto. Apoyó sus brazos sobre el escritorio que su padre le había regalado y abrió la bolsa con las titilaciones que tienen los ladrones al descubrir el fruto del robo. Sacó la caja que Jules le había dado, cortó la cinta scotch alrededor de la tapa, dio vuelta la caja sobre el escritorio y su rostro se iluminó de felicidad al ver cómo los cortes de uñas se desparramaron sobre la mesa del escritorio. Contento, fue en busca de las cajas donde las guardaba. Para identificarlas, pegó etiquetas en cada caja y con su mejor caligrafía escribió: uñas enteras sucias. En las otras cajas continúo con las letras apretadas que le gustaba: uñas enteras limpias, medias uñas limpias, medias uñas sucias, fracciones de uñas, uñas masticadas, mientras tarareaba una canción monosilábica. IV La madre del otro Jules, Nina, era hija del dolor; su historia estaba signada por el exilio de mediados de la década del 70. La vio huir en los brazos de su madre a Londres, sin boletos de retorno. Sus padres abandonaron la ciudad de Buenos Aires escapando de la violencia fascista de los militares y de los civiles asesinos que había organizado el Brujo, un expolicía con aspiraciones exotéricas llamado López Rega. Londres, ciudad de furias y silencios, los devoró. Su abuelo, hombre peronista de izquierdas, jamás se adaptó a la carencia del dulce de leche. Las noticias de Argentina en Inglaterra eran escasas. Él seguía alimentando sus opiniones a 14.000 km de distancia, explicándole a todo aquel que quisiera escucharlo las recetas para sanar todas las enfermedades del país lejano. Contaba y recontaba cómo él había participado en el golpe de Estado que derrocó al general Onganía. El Tata, sentado en la cabecera de la mesa del comedor, cerraba los ojos, aparentaba dormirse, pero en realidad estaba repitiendo en el ojo de su mente la película que todos conocían. —Participé en varios golpes de Estado en Argentina cuando hacía el servicio militar obligatorio en el 69, o quizá fue en el año 70. Me habían asignado a través del sorteo militar un lugar en el Comando de Comunicación 601, me ubicaron en la sala de los conmutadores del Cuartel General del Ejército. Yo, con estas manos —decía y hacía girar las palmas para que todos las viéramos— desconecté las líneas telefónicas que comunicaban a la cúpula militar que se había refugiado en la Casa Rosada con sus cómplices, en los cuarteles, aislando así al dictador de turno, un tal general Onganía, líder del Bando Azul, una de las facciones en que se habían dividido las Fuerzas Armadas durante el golpe de Estado del 66. Onganía era un tirano violento que soñaba con perpetuarse en el poder, como el compadre español Francisco Franco. Hasta que el pueblo, harto de sus excesos y de su labio leporino, estalló en un levantamiento civil, en la provincia de Córdoba primero, y luego en Rosario. Recuerdo la mañana en que nos alistaron a los 15 soldados que iríamos a tomar la central telefónica de la Calle Defensa. Apareció en la sala de conmutación un mayor del ejército que tenía unos rasgos de marcada impiedad, era de estatura mediana y tenía una voz de trueno. A los gritos dijo algo así como: —El quinto. Nosotros nos miramos asombrados. —¿Qué? El Cabo Sosa nos explicó que era el quinto. Nos hizo parar en una línea codo a codo y nos contó que el mayor elegiría a los quince soldados al azar con el juego militar del quinto. El mayor del ejército era un desconocido al que veíamos caminar mientras escuchábamos el golpeteo de los tacos de sus botas, queriendo demostrar su autoridad con el ruido seco que producía el chocar de sus botas contra las baldosas. El hombre iba y venía frente a la fila de soldados; de pronto se paraba delante de uno de los colimbas y, a partir de él, comenzaba la tediosa cuenta: a veces hacia la izquierda, otras, hacia la derecha. Uno dos tres cuatro cinco, al quinto lo señalaba moviendo el índice, al tiempo que gritaba desaforadamente: —¡Soldado, de un paso al frente! Este obedecía y el Mayor continuaba con la tarea accidental de identificar a los soldados que ocuparían la central telefónica. Me asusté cuando el mayor parado frente a mí gritó: —¡Soldado, un paso al frente! —Obedecí. Una vez que obtuvo los 15 conscriptos que iríamos a salvar a la patria, nos hizo subir a un camión camuflado donde nos estaba esperando el Cabo Sosa, quien se hallaba transpirando gotas gordas de miedo. Nos dijo: —Ustedes no saben por qué son jóvenes; yo participé en el 55. Ver morir gente es una experiencia horrible y después cabe la posibilidad de ser uno el destrozado en mil pedazos; es un fantasma que te persigue para toda tu vida. El Cabo Sosa había participado en el desastre humano que fue la Revolución de Mayo en el 55, cuando la cúpula de las tres armas se adueñó de la verdad y organizaron el golpe de estado, masacrando unas 300 personas en la Plaza de Mayo. El Mayor, en cambio, parecía saber qué hacer en un golpe de estado, pues había practicado desde los 11 años en el Colegio Militar, allí aprendió cómo actuar en caso de conflictos armados. El hombre era frío y calculador, sabía que tenía que liderar a los pendejos veinteañeros desde el frente. Nosotros íbamos con la inocencia acostumbrada, sin entender qué esperaban. Nos apilamos en la caja del camión verde ejército y, mirándonos, llegamos a la conclusión de que era un juego de imbéciles, donde íbamos a ser carne de cañón. El Mayor parecía estar alucinando. Se subió al estribo del camión y se agarró de la ventanilla de pasajeros abierta, y así nos lanzamos a la aventura de recorrer varias cuadras de la Capital Federal hasta llegar a la Central telefónica de la Calle Defensa, donde, empujado por la inercia, el vehículo terminó chocándose con el del policía que estaba de guardia en la entrada de la Central. —Andá, pibe, llamá a tus superiores y preguntales cuáles son las órdenes; si te dicen resistir, no seas boludo. Entregate y yo te mando a tu casa. Al llegar a este punto del monólogo, el Tata siempre se dormía. Al día siguiente, cuando el sol acariciaba el césped de Clissold Park, Jules y Jules fueron al parque y se sentaron frente a las tumbas que rodean el jardín de la iglesia. —¿Qué vas a hacer con tu colección? —preguntó Jules. —Venderla —dijo, para su sorpresa, el otro Jules. —¿Dónde? —En Ridley Road Market. —¿Quién va a comprar uñas? —dijo Jules riéndose. —Cualquiera que esté interesado, solo tengo que disfrazarlas de algo útil apelando a los gustos estéticos de los burgueses y emigrantes. —¿Qué harías? —Adornarlas. Les cambio la carga visual negativa, disimulando la repulsión que producen las uñas cortadas, para ello consigo unas cajas de plástico transparente, introduzco las uñas, veo cómo las ato a un cordel rojo y las vendo como talismanes de la buena suerte. El hilo será suficientemente largo para ser usado como collar. —Podríamos ir a medias con el alquiler del puesto. —¿Para qué lo quieres? ¿Qué venderías? —Las botellas de vidrio que fui coleccionando comienzan a ser un sinsentido ocupando todos los rincones de mi cuarto. Mis clientes serían gente que quiere botellas y jarras de vidrio para hacer germinar semillas o quizá para hacer bombas Molotov o para envasar dulces caseros. También podría insertar ajos en las botellas; promovería la idea de que mis ajos protegen contra el mal de ojo. —¡Ojo al ajo! —rio Jules. —¿Y la revolución? —¿Qué revolución? La revolución no se puede hacer en base a la venta de uñas. —¿Qué diría tu abuelo? —No sé qué pensaría de la revolución de las uñas. —¿Qué revolución? —Nosotros vamos a vender talismanes para alimentar la suerte, o botellas para satisfacer los estómagos cautelosos y repeler ataques policiales con bombas Molotov y protegerte contra el mal de ojo. —¿No sería mentir? —Uf, un poco. —¿Cómo llamaríamos a la tienda? —Los dos Jules. —No, ya lo tengo: LA SUERTE. —Pondríamos un cartel que diga: AMIGO, LA SUERTE ESTÁ MÁS BARATA QUE NUNCA. COMPRE UN COLLAR Y LLEVARÁ LA SUERTE SOBRE SUS HOMBROS. El primo de Jules, el amigo de Jules, trabajaba de letrista. Cuando se enteró de que los dos Jules abrirían un puesto en Ridley Market, los fue a ver y les ofreció un cartel gratis, aunque no tan gratis; les cobraría un 5 % de lo que ganaran en el primer mes y, si no ganaban nada, él les regalaría el trabajo. Los dos acordaron que aceptarían las condiciones del primo, que era conocido como el Primo de Jules. Jules y Jules planearon ir preparando las chucherías y abrir el negocio cuando comenzaran las vacaciones de verano. Armarían el quiosco en una carpa anaranjada, colgarían el cartel en letras negras al costado izquierdo de la tienda. —¿Y si vendemos ilusiones? —dijo Jules. —¿Otras? —Llenamos tus botellas con agua y algún colorante y proclamamos que es un remedio milagroso que cura todas las enfermedades, desde el cáncer hasta la diabetes, pasando por el asma, con dos cucharadas soperas por la mañana y otra antes de ir a la cama. También hace que todos los pensamientos políticos se vuelquen hacia la izquierda. Rieron y rieron. Jules compró hilo de bordar de color rojo y unos cubos transparentes de plástico de distintos colores de aproximadamente 1 cm x 1 cm. El cubo se abría en uno de los lados permitiendo introducir las uñas enteras o recortadas, sucias o limpias, porque, como decía la abuela de Jules, en la viña del señor hay para todos los gustos. Por la parte de atrás del cubo había un agujero donde colgaba una argolla. Jules pasaría el hilo de bordar por el ojo de la argolla, lo suficientemente largo para que cualquiera se lo pusiese a través de la cabeza y descansara sobre los hombros. El otro Jules limpiaba las botellas y jarras de vidrio obsesivamente y las colocaba con prolijidad en filas sobre el piso, alrededor de la periferia de su cuarto. Luego de algunas profundas meditaciones donde se preguntaba que podía hacer para venderlas, decidió que lo más fácil era hacer fácil de entender la utilidad de sus mercancías. Se imaginaba que era difícil vender las botellas y jarrones de dulce vacíos, así que decidió que haría folletos, recomendando recetas para hacer dulces, bombas Molotov y hacer germinar semillas para ensaladas. También pensó que algunos descerebrados intentarían producir vino en la bañadera de sus casas y se entretuvo dibujando una parra retorcida por el tiempo. Para los dulces escribió las recetas con la tipografía más bonita que encontró, dibujándoles canastas desbordadas de frutas. En cuanto a las bombas Molotov, dejaría al libre albedrío del cliente qué hacer y cómo. La germinación necesitaría una jarra con agujeros en la tapa y estaba indeciso si hacerla él o dar las instrucciones necesarias para que el comprador participe en la magia de ver desarrollarse la semilla. V Nina y Carolina, las madres de los Jules, eran amigas y miembros de un grupo de lectura de libros que se reunía el tercer viernes de cada mes para opinar sobre textos insufribles. Ese viernes se encontraron en el parque para conversar antes de ir a juntarse con el grupo de lectores. Mientras caminaban con pasos cansinos, se preguntaban qué pasaba con sus hijos… —Estoy preocupada por Jules; su dormitorio es un basural misterioso. Me gustaría limpiarlo, pero él se niega a que lo haga, incluso se niega a que entre a su dormitorio, y yo temo con lo que me voy a encontrar. —A mí me pasa lo mismo; están complotando un negocio, según los escuché conversar, vender algo en el mercado de Ridley Road. Se quedaron en silencio hasta que Nina, mirando a Carolina a los ojos con un relámpago de horror, dijo: — Temo que estén planeando vender drogas. —¡Uf! —¿Qué podemos hacer? Ellos no van a decirnos en qué andan. VI Jules habló con Jules para contarle que su prima, a quien no conocía, vendría por dos semanas desde Bs. As. a Londres y luego se iría a París a estudiar. —¿Qué va a estudiar? —Mira, que va a estudiar no lo sé, pero ese no es mi problema, mi problema es que se quedará en nuestra casa y posiblemente deba mudarme al cuarto de estar y dejarle mi cuarto a ella, y no sé qué hacer con las botellas que ya invadieron todo mi cuarto. —Ella comprenderá que eres un excéntrico inglés que junta botellas. —¿Cómo explicarle a mi madre que voy a hacer una fortuna vendiendo botellas de segunda mano? —Más difícil la tengo yo, imagínate contarle a mi madre que voy a comerciar con uñas cortadas a mordiscones. —Anoche soñé con mi prima, y mientras le contaba nuestro proyecto para el mercado de Ridley Road, ella me miraba con desconfianza. Entonces hubo una explosión multicolor que llenó mis ojos de reflejos fosforescentes y la escuché decir que debía ser original. Después de un silencio prolongado continuó: podés hacer licor de alacranes. Iba a continuar cuando fui perdiendo el hilo de las visiones y una nube negra invadió las imágenes que el ojo de mi mente iba anunciando. —Licor de alacranes, está loca tu prima— interrumpió Jules. —Paciencia, que ahora viene lo mejor; ella me explicó cómo hacer licor de alacranes. Dijo: toma una frazada y la cuelgas sobre una soga que atas entre las ramas de dos árboles. Después buscas alacranes y vas matando uno a uno y con los dedos los aplastas y los aprietas contra la frazada quitándoles el jugo de la vida hasta que queden pegados a la tela de la frazada. Luego la metes dentro de un balde lleno de alcohol sin destilar, y la dejas descansar por varias semanas, quitas la frazada del balde, para efecto visual agregas varias remolachas aplastadas y el licor fermentado adquiere un color rojizo tipo vino rosado pero más oscuro. —Hum —dijo el otro Jules— serás el purificador de licores afrodisíacos —se rio. —Me parece que nos estamos pasando de revoluciones. Jules fue a su casa, se encerró en su cuarto y luego de mirar las cajas las abrió una por una. Se quedó mirándolas desconcertado hasta que en un arrebato abrió la ventana y arrojó todas las uñas hacia la calle. Al día siguiente, Jules le contó a Jules lo que había hecho. —Listo —dijo el otro y corrió a su casa a romper todas las botellas que había juntado. Mario Flecha 29 Poets Road london N5 2SL Mobile 07503771931 mflecha@marioflecha.com www.marioflecha.com

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