miércoles, 12 de junio de 2019

Ni el tiro del final de Feinmann


Ni el tiro del final de Feinmann


Rafael F. Gutiérrez
C.I.U.N.Sa. Proy Nº 2463

        Introducción

El nombre de José Pablo Feinmann está asociado tanto a la filosofía como a la literatura, pues sus títulos son conocidos en ambas áreas y hay algunos que las conjugan, como La astucia de la razón (1990) y La sombra de Heidegger (2005).
En su papel de escritor de ficciones, varias de sus novelas han alcanzado el éxito comercial y su transposición al género cinematográfico, tanto por productoras nacionales como extranjeras. En esta ponencia trataremos de realizar la lectura palimpsestuosa de Ni el tiro del final[1], una de sus novelas del género policial, que nos llamó la atención -más que por su trama policial- por su trama escritural que permite catalizar el conflicto entre varios discursos sociales, cuya narrativización los dispone en su funcionamiento en la Argentina contemporánea ante un lector atento y le permite esbozar una explicación de cómo se articulan. De modo que la novela es por un lado el relato de un crimen, desde su planteamiento, sus circunstancias y ejecución; pero también el metarrelato de cómo se escribe y un para qué se escribe explícito y otro implícito, que el lector perspicaz debe deducir.

Una justificación casi innecesaria
La narrativa policial ha sido catalogada por la teoría literaria más tradicional como un género menor y desestimada por la crítica en general como un género marginal, debido a sus explícitas reglas de construcción, lo que permite la producción de textos en serie y limita la posibilidad de la creación que requiere la obra de arte.
Sin embargo, a pesar de esta excesiva codificación, las historias de la literatura y la crítica abundan en comentarios elogiosos al referirse a los creadores del género: Arthur Conan Doyle, Edgar Alan Poe, Gilbert Chesterton y Raymond Chandler; o al destacar la labor de grandes narradores del siglo XX que –con un invertido toque de Midas- hicieron obras de arte dentro de géneros estigmatizados, tal es el caso de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Rodolfo Walsh, Mario Vargas Llosa o Humberto Eco.
Esos elogios se fundan para los primeros en el reconocimiento de su tarea pionera al crear un género nuevo y sentar los cánones que luego desgastaron los epígonos; mientras que los otros por haber mostrado cómo producir dentro de unos márgenes muy acotados, no sólo por la transgresión de sus reglas sino por la explotación de las mismas posibilidades del relato, logrando una revitalización del mismo sistema literario canónico con la retroalimentación a partir de los subsistemas marginales.
José Pablo Feinmann con la novela Ni el tiro del final explicita todas las reglas de funcionamiento del género, el agotamiento de algunos de sus temas, no sólo desde la literatura sino también desde el cine, y la necesidad de parodiarlo para revitalizarlo.

Destino tanguero
La novela Ni el tiro del final es una alusión directa al tango “Desencuentro”[2] -con letra de Cátulo Castillo y música de Aníbal Troilo- ya que el título reproduce el penúltimo verso de la última estrofa de un tema que se entronca en la misma tradición de “Cambalache” y “Gólgota”, en los que predomina la queja existencial ante un mundo de engaños, desconfianza y desamparo.
Sin embargo, a pesar de que la trama narrativa reproduce en gran medida los temas planteados en la letra del tango, el género mismo está ausente en el repertorio de los músicos que protagonizan el relato, sólo al final Ismael Navarro reconoce su destino tanguero y la necesidad de incorporarlo a su repertorio:

-      (…) Las minas. Hay que creer en los tangos o reventar. Las mujeres son las que matan la ilusión, viejo. Qué joda, Ismael. Quisimos mandarnos una sinfonía y nos salió un tango. Y justamente a vos, a vos, compañero que no tenés ni uno en tu repertorio.
-      No te preocupés. A partir de hoy incorporo unos cuantos. (263)

De modo que el relato evita caer en la obviedad de citar la letra del tango, dejando el intertexto a cargo del lector.

El metarrelato incluido
Dijimos en la introducción que la novela se potencia por el desarrollo de una dimensión metagenérica y no sólo metatextual, pues da cuenta de las reglas de formación del relato policial en distintas materialidades textuales (novela, cuento, cine, historieta).
Esa dimensión se logra básicamente por dos artificios: Isamel es un escritor que tiene un lector privilegiado que le demanda producción; es Pedro Berstein, un amigo y editor que al principio de la historia le encarga que escriba un morboso cuento que emule a Jack el Destripador y al final le propone que escriba filosofía y literatura de verdad y no relatos adecuados a la demanda del consumidor.
Este juego que enfrenta al autor con un lector privilegiado permitirá que se explayen discutiendo sobre las posibilidades de escribir en un género excesivamente tratado pero que aún atrae consumidores:

-      Escucháme, pero escucháme bien, eh. No hay cosa que ya no se haya escrito o filmado sobre el bendito Jack y sus perrerías por Whitechapel. Ya lo identificaron con Mister Hyde, ya lo enfrentaron con Sherlock Holmes (y no una sino varias veces), ya Robert Bloch lo hizo desaparecer en el siglo XX y en cine hasta Jack Palance lo hizo. ¡Jack Palance, Pedrito, con esa jeta sensacional para cualquier cosa menos para Jack el Destripador! Todas esas cagadas le hicieron al pobre Jack, ¿te das cuenta?
-      Me doy cuenta. Sólo que no veo por qué no hacerle una cagada más, sobre todo si se vende bien. (28)

Y por otro lado, evidenciar cuáles son las estrategias que emplea Ismael Navarro para que escribir sea producir literatura y no sólo hacer relatos a la medida de la demanda del morbo de los lectores.

Lo que no está acabado es el encanto, el arte y la fascinación del asesinato. Y sobre todo: del asesinato por destripación. Pero hay que plantear las cosas de otro modo. O al menos presentarlas con distinto envase. (…)
Se llamará El primo Matías y es, como lo deseabas, la historia de un despanzurrador. Tendrá sangre, cuchilladas y todo cuanto pediste. Pero también tendrá joda, Pedrito, porque ya no se puede escribir sobre estos temas sin reírse de ellos. Regla, que cada día me convenzo más, vale para todas las cosas de este mundo. (40/41)

De lo cual podríamos desprender lo que provisoriamente vamos a llamar el postulado Feinmann: la literatura en este estadio de su circulación sólo se puede escribir como parodia.
Parodiar un género es escribirlo y transgredirlo simultáneamente porque es un gesto irreverente –no necesariamente irrespetuoso- que pone en evidencia el artificio que lo hace funcionar. De hecho la novela misma se presenta como una parodia del género policial ya que expone su modo de construcción, incorpora las críticas que ha recibido pero, como buen relato policial, sorprende a los lectores.
La sorpresa debida se logra no sólo por las víctimas y victimarios  inesperados –propios del género policial de enigma- sino también por la sordidez de los ambientes, la oscuridad de los personajes y la impunidad de los crímenes –lo esperable en el policial negro ambientado en la Argentina-.

Discursos sociales
Habíamos anticipado que la novela permite catalizar distintos discursos sociales, lo que permite mostrar cómo se entraman las redes que definen a los sobrevivientes y a los triunfadores en la Argentina de la segunda mitad de la década del setenta, sin que haya una alusión directa –ni en la trama ni en los diálogos- al llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Esta omisión no es un descuido del autor, pues con la construcción de este mundo posible logra mostrar que las redes de corrupción en la Argentina precedieron al gobierno militar y –la realidad nos lo confirma- le sobrevivieron.
Los portavoces de esos discursos están antropomorfizados en personajes cuyos diálogos y acciones los explicitan en su interacción dialógica.
Así, Ismael Navarro encarna el discurso del intelectual frustrado. Es un discurso cargado de citas y referencias y cuando se dirige a los otros lo hace con una actitud de “inteligencia superior”, en gran contradicción con su realidad de fracasado, ya que no ha conseguido un título universitario en filosofía, como músico no es un concertista sino un simple pianista de club nocturno y no llega a ser filósofo sino sólo un filoso palabrista que termina por molestar a clientes y patrones.
Por otra parte, el Arquitecto Alejando Salas asume el discurso de los lugares comunes, dice y repite oportunamente lo que todos quieren oír y es escuchado porque ha ganado el bienestar que todos aspiran. No dice nada nuevo, creativo ni ingenioso, sin embargo cae bien y es el que gana siempre, pues tiene el don de la adecuación, del que carece el excéntrico Ismael.
Entre ambos se encuentra Susy Rivas, que tiene un discurso femenino -no feminista- que va desde la representación de la ingenuidad y el sometimiento a la seducción más elaborada que le permite superar el estancamiento en el que había caído por amor a Ismael. Tanto su diario personal como sus soliloquios repiten que el amor no es suficiente para una mujer de esos tiempos, pues ella no deja de amar a Ismael, pero tampoco puede tolerar más el menosprecio y el riesgo de seguir sin ningún logro material ni profesional. Con una habilidad sorprendente maneja su capital de belleza, gracia y juventud para desarrollar un plan en que cada paso es dado sólo cuando es seguro y, por ello, consigue el éxito que el intelectualoso Ismael no logra.
De lo que se desprende que para ser exitoso en la vida material –o sea tener más riquezas y a las mujeres más lindas y por lo tanto ser el más adulado y admirado- no se trata de ser un erudito en filosofía, historia y literatura sino conocer los lugares comunes que todos quieren oír en el momento oportuno.



Conclusión

La filosofía, la sociología, la teoría literaria y otras disciplinas de las ciencias sociales se han expresado ardua y profusamente a lo largo del siglo XX a través de tratados, estudios y ensayos que han sido estudiados en los ámbitos académicos y, en el mejor de los casos, puestos al alcance de un público no iniciado a través de conferencias, documentales y artículos de divulgación. Sin embargo, existe otro modo de divulgación que no es el formato expositivo, sino el narrativo y es el que ha explotado José Pablo Feinmann.
Ni el tiro del final es un claro ejemplo de que se puede hacer literatura aún con modelos que parecen limitados y superados, pues siguiendo el ejemplo de Borges, la originalidad en literatura no está en la innovación de las formas y los temas sino en cómo se los denuncia y se los lleva a sus límites.
José Pablo Feinmann una vez más incurre en el género policial para exponer tanto sus mecanismos de género como para analizar a la sociedad argentina. Se trata de hacer tanto una reflexión metagenérica como sociológica sin caer en el discurso de la teoría literaria ni en el de la sociología y, más aún, mantener intrigado al lector para que se interese en llegar al final del libro.
La novela Ni el tiro del final se inscribe en el género policial pero a la vea lleva a re-leerlo, tanto en su texto como en su formulación teórica, pero también lleva a reflexionar sobre la sociedad argentina, de modo que se convierte en un verdadero palimpsesto, no sólo del género policial sino de la cultura argentina.

Bibliografía

Angenot, Marc (2010), El discurso social, Buenos Aires, Siglo XXI
Bajtín, Mijail (1985), Estética de la creación verbal. México, Siglo XXI
Feinmann, José Pablo (1992), Ni el tiro del final, Buenos Aires, Norma
Lafforgue, Jorge (1996), Asesinos de papel, Buenos Aires, Colihue

            “Por eso en tu total fracaso de vivir, ni el tiro del final te va a salir”


En este breve trabajo abordaremos la novela Ni el tiro del final, de José Pablo Feinmann. Tras una primera lectura tocaremos algunos de los temas que más llamaron nuestra atención, por ser muy llamativos. Para eso utilizaremos nociones tales como paratexto e intertextualidad.
            Los enunciados que acompañan o rodean a un texto llevan el nombre de paratexto. Estos pueden ser: título, subtítulos, prefacio, índice de materias, etcétera. Además, el paratexto hace presente el texto, asegura su presencia en el mundo, su recepción y consumo. Es decir que establece el marco en que se presenta el texto como forma de comunicación.
En esta obra de Feinmann nos interesa destacar el título, elemento paratextual que anticipa o presenta una línea de lectura. El título refiere al tango Desencuentro, escrito por Cátulo Castillo y la música es de Aníbal Troilo. Esta canción conforma cierta familiaridad con otras que plantean temas comunes o una visión similar del mundo, tal como Cambalache o Gólgota. En los temas musicales nombrados lo que resalta al escucharlos o leerlos es la queja ante un mundo que engaña, trampea y desampara.
Entonces la frase “ni el tiro del final”, perteneciente al tango, anticipa el ambiente o plantea el campo de juego donde habrán de accionar y desarrollarse los personajes Ismael, Susy, Fernando, Alejandro, entre otros. Será como la música de fondo que habrá de acompañarlos. Además de que crear una especia de contradicción porque como explica el profesor Rafael Gutiérrez (20139: “La trama narrativa reproduce en gran medida los temas planteados en la letra del tango, el género mismo está ausente en el repertorio de los músicos que protagonizan el relato, sólo al final Ismael Navarro reconoce su destino tanguero y la necesidad de incorporarlo a su repertorio” (http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com.ar/2013/05/feinmann-y-el-relato-policial.html). De las palabras de Gutiérrez podemos inferir que, por un lado, hay ausencia del tango y esto sería lo que conllevaría a los personajes a su destino fatal o incierto; y, por otro lado, pensamos que hay presencia tanguera en la trama narrativa. Entre la ausencia y la presencia existe un punto medio, nos referimos a Ismael, licenciado en Filosofía, muy consciente y crítico de muchas facetas de la existencia humana, conciencia que lo lleva a ser acido, desconfiado, apático y con cierto asco ante la sociedad y las miserias humanas. Es decir que tiene muy presente su desencuentro con la vida, aunque no se da cuenta hasta el final de la historia que no se había desencontrado con toda su existencia, pues la vida tenía facetas y elementos importantes para él, como su amor por Susy. Hacia el fin de la trama, Ismael comprenderá que su destino estaba al lado de su compañera, que ya no está. Por lo tanto, al concluir la novela se encontrará lo planteado por la trama narrativa: aprehender y asumir un destino tanguero por parte de Ismael, personaje que sabía de sus fracasos. Hecho que lo llevó a pensar que todo era lo mismo, y así descuidó otras aristas de su existir.
De esta manera, se podría decir que la afirmación de incorporar el tango al repertorio musical, es similar a decir: incorporar lo que es propio del tango a la vida.  
Otro aspecto muy destacable de la novela son las coordenadas culturales que ofrece, ya que ellas son marcas de intertextualidad que dotan al texto de cierta significatividad, es decir, que lo ubican, lo enmarcan en la cultura. Los personajes hacen diferentes alusiones a textos, canciones, músicos, literatura, filosofía, entre otros. Estas menciones no sólo ayudan a constituir el texto, sino que lo disparan, pues ellas requieren de un lector que sepa. El conocer, por ejemplo, a Bela Lugosi, Peter Lorre, James Cagney, Bogart, entre otros, ayuda a comprender el texto y la cultura con la cual busca dialogar. De los nombres citados, deducimos que es muy fuerte, entre otras, la presencia del cine, pero el texto que propone José Pablo Feinmann busca que la lectura vaya más lejos, ya que no sólo es reconocer nombres, sino dotarlos de sentido y significación, ubicarlos culturalmente. Pues para leer esta novela es necesario entender lo fuerte que es -en la conformación cultural de los personajes- el cine, la música y sus planteos. Es decir que la vida de los personajes está atravesada por distintas emociones, que los llevan a amar el cine, la literatura y la música.
  

                                                                                   José Manuel Díaz Watson



[1] Su versión cinematográfica fue realizada en Norteamérica a fines de la década del noventa bajo la dirección del reconocido Juan José Campanella.
[2] La letra completa se encuentra en el Anexo I.

miércoles, 5 de junio de 2019

MIGUEL ALEJANDRO CARRERAS


Este año ha sido nefasto para el ambiente cultural de Salta porque se está llevando a grandes creadores. Ahora me voy a detener en recordar a “Carreritas”.
“Carreritas”. Hay una propensión en los miembros de la generación del sesenta a llamar por el diminutivo del apellido a algunos de sus miembros.

Miguel Alejandro Carreras nació en Salta el 5 de julio de 1936 y murió el 02 de junio de 2019.
Fue miembro del grupo de poetas “Presencia” que corresponde a la generación poética de 1960.
Tuvo cuatro hijos: Miguel, Alejandra, Claudio y Mónica.
Frecuentó el ambiente literario provincial y nacional, con una activa participación en encuentros, jornadas y tertulias literarias en las que el poeta Belisario Luis Romano lo calificó como “el mejor que tiene Salta en la actualidad” a lo que Carreritas le correspondió bautizándolo “con el seudónimo de ‘Poeta del Amor’, dado a su devoción que siente por la mujer” (2016).
Publicó lo libros:
1966 - Al alba de unos versos
1971 - Esta inútil memoria
1975 - Regreso en los días
1986 - Cristal de aire publicado por la Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteños
1989 - Hierros paralelos
1990 - Redes de sombras
1997 - La Claridad temida
1999 - Selección poética 1966-1997
2001 - El ventanal de la distancia
2005 - Ruinas que no son tales

Recibió en 1986 el “Premio Provincial de Poesía”, en 1990 el “Premio del Fondo Nacional de las Artes” y el “Premio Regional de Poesía”. Recibió el reconocimiento al Mérito Artístico de la Provincia de Salta”.

Miguel Ángel Carreras en una semblanza publicada en la contratapa de Ruinas que no son tales, confiesa que nació y se crió en las orillas de la ciudad de Salta, allá por Vicente López al 1200, lo que lo convierte en vecino de otro escritor, Carlos Hugo Aparicio. Esa proximidad geográfica explica la presencia de los mismos paisajes en su literatura y su amistad que se plasmó en su aparición como personaje de ficción en la segunda parte de la novela Trenes de Sur (1988):
“…veinte años, comprendeme hermano, esperando día tras día, sin posibilidad de poder regresar siquiera a eoncontrarme con mis años de pendejo, y recién se me da, que querés Carrerita” (Aparicio, C.H., 1988: 218) [el resaltado en nuestro]

Tengo su libro Ruinas que no son tales con una dedicatoria autografiada porque con gran generosidad lo obsequiaba a los interesados en el café “La tacita” de Deán Funes y Caseros donde sabía sentarse a departir con amigos, en su mayoría de ambiente artístico, como Isidoro Zang que lo dejó plasmado en poéticas imágenes.

Algún día tendremos que escribir sobre la importancia de “La tacita” en el ambiente cultural salteño, pero eso será para otra nota.

domingo, 2 de junio de 2019

Baltasar, de Teuco Leopoldo Castilla


Una ofrenda de belleza.
Palabras de Graciela Maturo sobre el libro Baltasar, de Teuco Leopoldo Castilla. (Río Tercero, Córdoba, 2019).

Qué es la belleza sino el resplandor que adquiere el Amor en actos mágicos de encuentro, cuando la Luz- origen de cuanto nos rodea-  se convierte en palabra, imagen, canto..
Baltasar ha recibido,  juntamente con nosotros,  esta ofrenda entretejida con hebras de dolor, estoicismo y sabiduría.   El sufrimiento sangrante de un padre se ha transfigurado en ternura, llamado y homenaje al hijo muerto, ahora  próximo, curado de su soledad y extrañeza a través de la palabra sanadora.  Cada una de estas páginas es una pieza antológica en que se verifica el  milagro de convertir la muerte en resurrección, apostando a la continuidad del que muere en viviente y a la esforzada resistencia de quien  lo llora.
La primera parte del libro participa del tono de los debates medievales sobre la Muerte, enemiga de los  que sufren su despojo;  la segunda, de viva intimidad, trabaja sobre la materia doliente del yo-tú, que  convierte la ausencia  en cercanía por obra del cuidado amoroso.
Teuco nos regala estas perlas traspasadas de  lágrimas, pulidas y embellecidas con el sacrificio de sus horas. Tal el milagro cumplido por la poesía, que irradia una nueva realidad.
Si me fuera requerida la elección de una de esas perlas- operando una acción antológica sobre  la rigurosa antología de Teuco-  elegiría, por su perfección y su  tenso  estallido emocional, “En mi jardín”, que ahora transcribo:

                        El cedro azul, altísimo
                        antes de perder la memoria
                        llueve sus agujas en el viento
                                   donde
                                                desatadas de su último día
                                                secretean las mariposas.

                        Pedacitos que se fugan de su extinción
                        pequeñas filtraciones
                        cuando lo inefable
                        se va en sangre.

                        Entre esos ínfimos reconocimientos
                        la vida rompe sus cristales
                        y puede ser que estés allí,
                        con un ala sola,
                        llamándome.

                        Huérfanos los dos,
                         buscándonos,
                                    tú en mi nublazón
                                    y yo en tu rostro
                                                hasta romper la frontera

                        y comas de mi boca, Baltasar
                        En la mesa tendida
                        en ese minuto
                        claroscuro
                        donde bebemos
                                               
                                                           constelado
                                                                       y  yo,
                                                                                   insepulto.
            La tensión poética, ascéticamente contenida al comienzo   -  en la sutil trasposición del hombre y el cedro azul, que antes de perder la memoria llueve sus agujas en el viento
se acrecienta en el discurrir de la palabra,  que continuamente pone freno al desgarro, hasta que desata el diálogo del padre con el hijo muerto. ( En otra página del libro nos ha dicho Teuco que es él, precisamente, quien conoce el tema,  a mi entender  central en su poesía).
En primera instancia aparecen los dos igualados: huérfanos ambos, uno del otro,  buscándose.   Hasta que se produce la fusión, contenida al límite, en actos tan vitales como el comer y beber.
 Comes de mi boca, Baltasar.
 Y es en el acto de beber, con la mesa tendida de ese minuto claroscuro, donde se muestra la inversión que yo llamaría ontológica.
Es Baltasar quien vive, constelado, plenificado por su pertenencia al Cosmos   que alguien podría entender como el Reino, lo permanente;   mientras  su padre, iluminado por el amor, se ve a sí mismo como insepulto.  La hipérbole amorosa lo califica de muerto a la espera de ser sepultado.
Me parecen triviales estos comentarios ante la hondura definitiva del poema. Los agrego solo como un reflejo fugaz de su belleza.


domingo, 14 de abril de 2019

Polisistema y literatura latinoamericana


La teoría del polisistema
como marco de análisis de la densidad del fenómeno literario latinoamericano
Rafael Gutiérrez
U.N.Sa. 11/04/2019

                La cátedra de “Problemáticas de las literaturas argentina e hispanoamericana” fue creada cuando se implementó el plan de estudios 2000 para la carrera de letras en le U.N.Sa., por el cual se redujeron los espacios curriculares correspondientes a las literaturas argentina e hispanoamericana a una sola asignatura anual. Para subsanar esa carencia, entra ambas cátedras, a cargo de Alicia Chibán, Elena Altuna y Amelia Royo, crearon una intercátedra que se propuso la lectura de problemáticas que atravesaban a ambas literaturas, lo que permitiría una revisión crítica de cuestiones fundamentales que en general se dan por sentado en el temprano cursado que los estudiantes tienen de las literaturas. Por lo tanto se abordarían cuestiones como canon, corpus, criterios de selección, genericidad, relaciones entre centro y periferia e instituciones.
                Ese planteamiento requería de marcos teóricos cuya mirada permitiera la revisión crítica de la conformación del campo literario con instrumentos capaces de revisar los corpus consagrados, los motivos que los posicionaron así frente a otros que circulan por otros canales y superar posicionamientos puramente subjetivos.
                En el Departamento de Lenguas de la la U.N.Sa. se había realizado en 1988 la traducción del Poetics and comparative de Itamar Even Zohar, a cargo de la Prof. Liliana Fortuny; con lo cual el modelo teórico elaborado en Tel Aviv en la década de 1970 comenzó a circular en las cátedras de Letras en Salta. En 1996 se realizó la publicación del fragmento “Polisistema: procesos y procedimientos” en la antología N° 1 de Literatura de Salta. Historia Socio-cultural, dirigida por Zulma Palermo y Elena Altuna.
                Los estudios de Antonio Cornejo Polar y luego lo de Ana Pizarro habían enfatizado la necesidad de ampliar los estrechos márgenes que tenían los enfoques para delimitar el campo literario como objeto de estudio académico. Por lo que, atenta a esos planteamientos, la nueva intercátedra vio en la teoría del polisistema un instrumento capaz de repensar la densidad del fenómeno cultural que iba más allá de una uniformidad lingüística, cronológica y espacial, tal como se habían trazado la mayoría de las historias de la literaturas a lo largo del siglo XX.

                La comprensión de los fenómenos semióticos humanos desde una perspectiva polisistémica permite abarcar y explicar una mayor cantidad de objetos y procesos que quedaron obturados por los alcances de otros marcos teóricos o por prejuicios de los investigadores que negaban estatus literarios a determinados campos –ya sea tanto por subestimación como por sobreestimación-.
                La perspectiva del polisistema permite relevar tanto textos como autores y su condición de existencia dentro del campo literario, también la producción crítica, la escolarización y el mercado en un espacio social heterogéneo y en conflicto pues incluye tanto lenguas en contacto como interacción entre distintos –lectos en circulación en un período dentro de un espacio fluctuante.
                Por lo general se asocia la expresión “literatura” con un corpus de textos y autores ordenados en una serie diacrónica sobre un espacio homogéneo, estimados por ciertos valores que les dan carácter canónico y que –a su vez- sirve de parámetro para incorporar las nuevas apariciones dentro de ese canon.
                Una revisión de ese corpus permite reconocer que se constituyó en base a una cultura dominante que hace uso de una variante prestigiosa de una lengua predominante. En Latinoamérica el canon claramente se construyó en  base a la producción de una parte determinada de la comunidad que hacía uso de esas dos claves sociales: –el lecto más prestigioso y la escritura, ambos derivados de modelos europeos que se consolidaron durante el período colonial y que no sufrió mayores variaciones durante el período del surgimiento de los nuevos estados nacionales que va desde principios del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, pues la cultura letrada estuvo restringida a una franja social muy delimitada, aún en la Argentina con su ley de educación obligatoria y universal.
                Si revisamos ese sistema construido diacrónicamente con una unidad de sucesión lineal sobre un espacio homogéneo, en primer lugar podríamos criticar la falacia de esas unidades que no se corresponden ni espacial ni temporalmente con las actuales comunidades que dicen representar. Pero si atendemos específicamente a la conformación del sistema literario podemos encontrar anomalías que muestran una heterogeneidad que se trató de solapar. Por ejemplo la producción de Sor Juana Inés de la Cruz es consagrada tempranamente  como un significativo representante de la literatura del siglo de oro español, pero si revisamos la totalidad de sus textos encontraremos formas poéticas muy populares con remedos de –lectos no prestigiosos, como los que emplea la comunidad afroamericana, los mulatos, los indios y mestizos que conviven con la comunidad criolla, e incluso en otra lengua segregada política y socialmente, el nahual. En el caso argentino, su primer canon La lira argentina reúne la producción de las primeras décadas del siglo XIX –momento en el que la estética dominante es el neoclasicismo- con producciones anónimas y de autor que remedan la poesía popular en un sociolecto menos prestigioso. Expresiones que luego la crítica relevó –desde sus inicios- como los antecedentes de la poesía gauchesca, elevada al rango de expresión más auténtica de la argentinidad. Ese procedimiento generó una paradoja en el sistema literario y su funcionalidad social.
                La literatura tiene entre sus funciones la de operar como “norma ejemplarizadora” y es en esa norma en la que la crítica se expresa pero es ella misma la que colocó en un lugar central a la literatura gauchesca, cuyo texto más representativo parodia la expresión poética popular de tradición rural en una variante dialectal alejada de la norma prestigiosa considerada estándar.
                Esa anomalía fue textualizada en la novela de Ricardo Piglia La ciudad ausente (1992) en el que un catedrático húngaro, Lazlo Malamüd, recibe reconocimientos internacionales por su dominio de El Martín Fierro, pero es incapaz de comunicarse con los argentinos.
Hablaba conmigo en un idioma imaginario, lleno de erres guturales y de interjecciones gauchescas. A media lengua trataba de explicarme la desesperación que le producía verse condenado a expresarse como un chico de tres años. (Piglia, 2013: 15)
                Son esas anomalías en el sistema a las que el investigador debe prestar atención para buscar una profundidad en el sistema que no fue atendida. Es a lo que se refiera Ana Pizarro cuando habla de “densidad” y que puede percibirse con más claridad cuando se atiende a las otras variedades lingüística y a las otras lenguas que están interactuando en el mismo momento y en el mismo espacio.
                Reiteramos la advertencia que realizó Itamar Even Zohar, no se trata de valorar las producciones marginales en detrimento del canon vigente, eso es una simple demagogia improductiva. Se trata de relevar todas las producciones que fueron dejadas de lado y en función de ello establecer cuáles fueron las interacciones entre los distintos sistemas y sus componentes para la estabilización y circulación de un canon.
                Los factores intrínsecos al polisistema literario no son suficientes para explicar la formación y consolidación del canon, es necesario considerar otros factores de la sociedad. Por ello la teoría del polisistema atiende a otros componentes que determinan el mismo fenómeno literario.
                Como ejemplo podemos tomar la literatura argentina conformada a partir de un reconocimiento de la crítica periodística y académica, de las demandas de mercado y su estimación por el sistema escolar. Todo eso inserto en una sociedad que está organizada en base a diferencias de grupos caracterizados por rasgos distintivos y, entre ellos, el lenguaje es fundamental a través de sus –lectos y lenguas diferentes.
                A la conformación de un corpus por la producción de textos, su aceptación no sería posible si no hubiera una circulación por medio de un sistema editorial que, a su vez, implica la selección para publicación y su promoción en el mercado orientado a grupos de interés (hombres, mujeres, niños, adolescentes, escolares en distintos niveles, etc.).
                Un fenómeno que cruza mercado escolar y mercado extraescolar es la edición y reedición de textos que el sistema escolar considera clásicos ineludibles y los que se promocionan como lecturas que forman parte de una homogeneidad que requiere la cultura para que sus miembros se reconozcan como pare de una comunidad. Esa comunidad trasciende a la nación-estado porque sus miembros se reconocen como parte de comunidades supranacionales: Hispanoamérica o la cultura occidental.

martes, 2 de abril de 2019

Teresa Leonardi Herrán


Teresa Leonardi Herrán (1938-2019)
Descripción: http://www.portaldesalta.gov.ar/fot2014/tere1.jpg
Desde su profunda filosofía y su fe en el hombre, ella no creía en Dios, no al menos en el Dios de los cristianos.
Sin embargo, Dios siempre creyó en ella y obró a través de ella, por eso su cruz preside su última morada en este mundo, ante el cual pasan quienes la conocieron a dejarle su saludo.
Ella sigue con nosotros y seguirá hablándonos a través de sus libros y de la huellas que dejó en Salta para que el mundo crea en que un nuevo hombre es posible.
“González Tuñón supone que “la poesía es una arma cargada de futuro” y Gelman afirma “que toda poesía es hostil al capitalismo”. Son dos concepciones de la poesía que coinciden en considerarla como omnipotente. Creo que es más acertado aquello que dice Auden, “que ningún poema salvó  a ningún niño delas cámaras de Auschwitz”, o el amargo realismo de Giannuzzi que denuncia “este oficio que tiende hacia el escándalo/de su propia especialidad/representación para una veintena de butacas/ monotonía de Onán en un cuarto cerrado”.
 Pienso que en este mundo a punto de derrumbase por sus contradicciones los mejores poemas los escriben los acontecimientos que resisten a la catástrofe humanitaria. Ejemplos cercanos son la marcha de los cesanteados en los ingenios y la marcha mundial de las mujeres. Verdaderas escrituras poéticas, los “acontecimientos” inscriben la verdad, la densidad, la emoción, la resistencia y la esperanza. Por eso, en el día de la poesía, saludo y reverencio a esos anónimos hacedores de belleza.”
                                                                                                                              Kuky

jueves, 17 de enero de 2019

“No creo en aquello de la Diosa Palabra”


Antonio Ramón Gutiérrez: “No creo en aquello de la Diosa Palabra”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti



Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, República Argentina, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Premio Provincial de Poesía, Poetas Éditos, en 2004, y el Primer Premio Provincial de Ensayo, en 2011, otorgados por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta. Ha sido incluido, por ejemplo, en las siguientes antologías: “Poesía del noroeste argentino, siglo XX” (compilada por Santiago Sylvester, Fondo Nacional de las Artes, 2003), “Poesía argentina contemporánea” (Fundación Argentina para la Poesía, 2008) “Cuatro siglos de poesía salteña” (volumen II, compilada por María Eugenia Carante, 2011) y “Antología federal de poesía” (CFI, 2017). En el género ensayo publicó “El más allá de la época” (1999), “Ensayos” (con su “La exclusión en la cultura”, volumen compartido con Elisa Moyano y José Agüero Molina, 2011), “Las columnas de Antonio Gutiérrez” (libro de notas originariamente difundidas por diario “Punto Uno”, 2012) y “Neoliberalismo y caída de los límites” (Editorial Nueva Generación, 2016), así como en el género cuento se editó “La casa del boulevard Guzmán” (1991). Sus poemarios entre 1986 y 2007 se titulan “Las formas de la tarde”, “Linealidad”, “Los reversos”, “Conflagración”, “La ciudad de los lugares comunes”, “Metamorfosis cotidiana”, “La canción primordial” y “Molde para una metafísica” (Ediciones Último Reino).




          1 — Santiago del Estero, pero también Córdoba, pero también Salta.

          ARG — Nací circunstancialmente en la ciudad de Santiago del Estero. Mis padres se habían trasladado allí por trabajo. Al año regresaron a su ciudad de origen, Bell Ville, en el sur de la provincia de Córdoba, donde me crié, cursé la escuela primaria, secundaria y dos años de la carrera de periodismo en un instituto terciario. En 1973 me radiqué en Salta, aunque siempre estuve volviendo a Bell Ville, de donde, en cierto modo, nunca me fui. (Toda mi poesía está marcada por la presencia de la llanura, dictada por mis fantasmas infantiles y juveniles que aún hoy caminan las calles del pueblo, bajan por el boulevard Colón y atraviesan el puente Sarmiento hacia el centro.) Uno no es de los lugares donde por azar nace, sino de los sitios donde están sus fantasmas y sus muertos, donde transcurrió la infancia y comenzó a tener recuerdos. De mi primera infancia evoco la casa vieja de mi abuela materna, en la calle Ameghino, a dos cuadras de la plaza principal, la torre municipal con su gran reloj presidiendo aquel tiempo congelado, el almacén de la esquina, la modista de la vuelta, el fallecimiento de mi abuela, el rumor de los vecinos en la vereda el día que derrocaron a Juan Domingo Perón en el ‘55 (suceso que años después me contaron).
          Cursé la primaria en la escuela Ponciano Vivanco en mi pequeña ciudad de clase media, con una mayoría de inmigrantes y una minoría de criollos. Había sido antiguamente la posta de Fraile Muerto, pero, ya convertida en pueblo, vino un día el presidente Domingo Faustino Sarmiento e impuso el nombre de Bell Ville en homenaje a unos colonos ingleses de apellido Bell, amigos suyos, de la zona. Recuerdo las galerías de la escuela, el patio central, las fiestas patrias, las frases “Ay patria mía”, “Muero contento hemos batido al enemigo”, el “Aurora” (nuestra “Canción a la bandera”) en los días de lluvia, el olor de los cuadernos y lápices flamantes, el tintero derramado en el bolsillo del guardapolvo blanco, las plumas “cucharita”, las láminas de la revista “Billiken”, las mañanas gélidas de los inviernos, la escarcha, los juegos en los recreos. Cuando tenía siete años nos mudamos de casa con mi familia a un barrio un poco más alejado del centro, en el que había baldíos y descampados con canchitas de fútbol y encuentros de amigos en la esquina. De esa época fue mi primera y quizá única gran obsesión: el fútbol. Mi madre renegaba a perpetuidad porque me pasaba toda la tarde en el “campito” y no realizaba los deberes de la escuela o no la ayudaba a barrer el patio o a hacer los “mandados”. Es de esos días la frase “ya vas a ver cuando venga tu padre”.
          Mi familia paterna era española. Mis abuelos provenían de un pequeño pueblo vecino a Sevilla, Lebrija. Habían arribado a la Argentina alrededor de 1920; venían ya casados y con un hijo pequeño, de nombre Benito, que luego murió de pulmonía. Mi padre nació en 1921 en Bell Ville, según consta en su acta de nacimiento, aunque antes de morir, en 2006, confesó que en realidad él también había nacido en España y que lo trajeron de meses en el barco. Eran pequeños agricultores. Mi abuelo murió muy joven. Mi padre, a los nueve años de edad, tuvo que trabajar en la quinta y ayudar a mi abuela en la crianza de sus hermanos menores. Efectuó diferentes tareas laborales; en su pubertad fue dependiente de una casa de ramos generales, posteriormente se desempeñó como empleado de comercio y luego como mecánico en un concesionario de tractores. Rememoro los tractores Fiat y Someca, los viajes con mi padre en la “estanciera Ika” o en el “rastrojero Diesel” al campo, a las chacras, para realizar los services a los tractores nuevos. Mi padre, un hombre bueno, el gallego Pitoño, como le decían (aunque su familia proviniera de Andalucía), retornaba a casa con su mameluco lleno de grasa después de trabajar ocho horas en el concesionario, se cambiaba de ropa y se iba al club por las noches, cosa que realizó durante toda su vida. Al regreso, a la medianoche, nos traía chocolatines y paquetes de vainilla que dejaba en nuestras mesitas de luz, quizá como una forma de atenuar la culpa que debe haber sentido por dejarnos, durante algunas horas, solos con mi madre. Mi madre era de familias criollas de la zona; una bella mujer de carácter estoico y algo autoritario, que nos trasmitió la responsabilidad y el deber y, en consecuencia, quizá la neurosis.
          Al secundario lo hice en la Escuela Comercial de Bell Ville. Fueron años donde se alternaban los asientos de la contabilidad con las clases de historia y literatura, la Revolución Francesa con el Mío Cid y el Siglo de Oro Español o el Modernismo de Rubén Darío. De esa época fueron mis primeras fascinaciones poéticas. A los trece o catorce años, una profesora de literatura nos hizo memorizar “Sinfonía en gris mayor” de Rubén Darío. Ese poema, esa música alada, fue quizá mi primer encuentro con la poesía y me acompañó por las calles a la salida de clases y hoy, a pesar del largo tiempo transcurrido, aún me acompaña. Luego vinieron, o quizá volvieron, las lecturas de los poetas españoles de la generación del ‘27, de Federico García Lorca principalmente. Escribí entonces, en noches de insomnio, algunos poemas, o intentos de poemas, rimados y musicales, modernistas, más por un sentimiento de pérdida y por tristeza adolescente que por una real vocación poética; poemas de amor en los que me dolía imaginariamente por lo que en realidad todavía no había perdido, por amores que aún no habían sido pero que me dolían con anticipación, en un goce con las palabras. Fueron días también donde prevalecía en la atmósfera la música, las canciones italianas, los Beatles, el Credence…, los Rolling Stones, el rock nacional con Los Gatos y Almendra y La Joven Guardia, las confiterías bailables, mezclado todo eso con las consignas de la revolución, las asambleas de estudiantes, el hombre nuevo, las ideas de un mundo mejor. Pero me seguía obsesionando el fútbol, los partidos en el campito cercano a mi casa. Llegué a jugar en las inferiores del club Bell de Bell Ville, con muchachos que con los años serían figuras importantes en el fútbol nacional. Dejé de jugar a los diecisiete, después de una seria lesión con operación en una rodilla. Mi padre siempre decía: “Este chico va a ser profesional”. Él se refería al fútbol. En cierto modo, yo cumplí con su mandato y fui un profesional, aunque no por el fútbol, sino por el título de psicólogo.
          Cierro los ojos y evoco los juegos con mis hermanos en el gran patio de la casa: Diego Alberto, dos años menor que yo, Sergio Eduardo, cuatro años menor y Myriam, la más pequeña, que falleció a los veinticuatro años.


          2 — Y ya nos estaríamos acercando a la década del ‘70.

          ARG — A comienzos de esa década, en Bell Ville, en el instituto donde había entrado a estudiar la carrera de periodismo, conocí y me hice amigo de unos muchachos que venían de una localidad vecina, Marcos Juárez. Al tiempo ellos abandonaron los estudios y se radicaron en la ciudad de Salta. Se sintieron atraídos por esta provincia. Eran años en que el norte argentino representaba para los jóvenes la búsqueda de las raíces, la hermandad latinoamericana, el hombre nuevo y cosas por el estilo. A los meses vine de vacaciones y, tal vez, escapando del destino que me aguardaba en Bell Ville, me quedé a vivir en Salta. Esta ciudad me brindó un ámbito propicio para la poesía. Descubrí que estaba escribiendo sin proponérmelo, casi inevitablemente, ocasionales poemas reflexivos y obsesivos. Trabajé al comienzo en una imprenta y en el Diario El Tribuno, luego en una agencia de viajes. A los tres años de estar radicado, comencé a estudiar la carrera de psicología en la Universidad Católica de Salta. Me recibí en 1982 e inmediatamente ingresé como docente en esa Universidad. Me desempeñé como profesor en diversas cátedras y fui profesor de Lingüística y Psicolingüística durante treinta y cinco años.
          Fue en Salta donde conocí a Liliana Bellone, mi esposa. Ella estudiaba la carrera de letras en la Universidad Nacional de Salta y ya era escritora. Liliana me introdujo en un mundo literario del que no pude escapar y que hoy considero un feliz destino. En 1982 nació nuestra única hija, María Verónica, que es Licenciada en Letras y abrazó la causa de la crítica literaria y los libros. Por entonces sobrevino el grupo Retorno, conformado por poetas que produjimos algunas publicaciones, escritores que compartíamos una estética que nos alejaba de la poesía celebratoria, del canto a la tierra, de esa poesía desarrollada con maestría por la generación del ‘40, y nos acercaba a formas más universales, más independizadas de una correspondencia regional, donde se alternaban las influencias del mito griego y latino, el simbolismo francés, las vanguardias, la generación del ‘27 española, la poesía norteamericana e italiana del siglo XX. En el caso particular de mi poesía, hubo y hay una presencia del psicoanálisis, pero también una lucha permanente por librarme de esa influencia. Es que del psicoanálisis, una vez que se ha entrado en su territorio, ya no se vuelve. Los temas centrales en mi poesía son el vacío, la falta estructural en la condición humana, la imposibilidad de atrapar con palabras lo real, y de decir aquello de lo que realmente se trata. Se escribe no sólo gracias a las palabras, sino fundamentalmente a pesar de ellas, luchando contra la resistencia del lenguaje a dar en el blanco. No creo en aquello de la Diosa Palabra, sino en el intento, siempre fallido por otra parte, de hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir. Por eso existe la metáfora. De ese modo mi poesía se inscribiría en una línea conceptual, poesía del pensamiento, inclusive de preocupación, motivada no por una disposición contemplativa o emotiva sino por necesidad reflexiva frente a lo real. Mi catálogo de naves literarias es ecléctico y allí están Jorge Luis Borges a quien leía y releía una y mil veces y que ahora empiezo a perder, Roberto Juarroz y su Poesía Vertical, el simbolismo francés, especialmente Paul Verlaine, el creacionismo de Vicente Huidobro y la poesía norteamericana. Entre los narradores, además de Borges, por supuesto, leí (como la mayoría de los escritores de mi generación) a Julio Cortázar, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Marguerite Yourcenar, Roberto Arlt, Thomas Mann, Edgar Allan Poe, Jean Paul Sartre, y de un modo obsesivo y siempre renovado, pues cada lectura es un acto de habla, a Albert Camus, a Gustave Flaubert y a Marcel Proust y, a veces, a James Joyce. Esas lecturas motivaron algunos artículos que publiqué en revistas de literatura y psicoanálisis. En esos años alternamos con los poetas Joaquín Giannuzzi, quien veraneaba en Campo Quijano con su mujer, la novelista Libertad Demitrópulos, y con Néstor Groppa, de la provincia de Jujuy, quien nos dejó el ejemplo de laboriosidad y compromiso.


          3 — Sigamos con tu escritura.

          ARG — Es extraño lo que me ha sucedido: continué escribiendo a pesar de reiterados intentos por dejar de hacerlo. Escribí sin darme mayormente cuenta, como en un sonambulismo, sin demasiada conciencia de hacerlo. Varias veces, por ejemplo, en medio de un congreso de psicoanálisis, mientras escuchaba a los expositores, sus conferencias me iban sugiriendo o inspirando no cuestiones de la teoría, sino poemas. Los otros trataban de articular los conceptos en la teoría, yo de rescatarlos en un poema. Siempre encontré poesía en los textos de psicoanálisis o de filosofía o de física (quizá por un problema de falta de concentración o de aburrimiento, tendía a traducir los textos de las teorías a la poesía). Además la poesía me pareció la única manera posible de decir las cosas y de entenderlas. La poesía como lo más real, como aquello que más se aproxima al hueso de lo que se trata. Bueno, mi desvarío no era tan inconducente. Ya Martin Heidegger habló de la necesaria relación entre la filosofía y la poesía, de la referencia a Friedrich Hölderlin específicamente. Jacques Lacan, por su parte, mandó  hacer un esfuerzo de poesía. También dijo que la verdad tiene estructura de ficción.
          Después se agolparon los años, el trabajo en el consultorio, la muerte de mis padres en Bell Ville. Continué siempre escribiendo poesía y encontré en el género del ensayo un arma, una forma de dar batalla, de asestar una estocada. En 1999 publiqué “El más allá de la época”, en 2005 “La precipitación de lo real”, en 2010 “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis”, en 2011 “La exclusión en la cultura” y en 2016  “Neoliberalismo y caída de los límites”. En este momento alterno la poesía con la escritura del ensayo psicoanalítico sobre las condiciones de la época y sus malestares. Tengo inédita una novela ambientada en Bell Ville, una ciudad de la pampa argentina, muy arquetípica, como dije, texto que en definitiva quizá no sea más que mi propia novela familiar del neurótico y que se anticipa en un libro de cuentos, “La casa del Boulevard Guzmán”, ambientados en la ciudad de Córdoba, algunos en Salta y en especial en la pampa argentina.
          Desde comienzos de los ‘80 he formado parte de diversos y sucesivos grupos de psicoanálisis en el noroeste argentino y actualmente soy docente del Centro de Investigación y Docencia del Instituto Oscar Masotta en Salta, aunque, por el hecho de ser escritor, o quizá por no poder ceñirme a una disciplina institucional, la institución nunca ha sido mi fuerte. Hay en mí un cierto estado de inadecuación en lo institucional, una coartación, una especie de constante desacuerdo. Sin embargo he permanecido y he trabajado porque lo considero un deber marcado por mi práctica del psicoanálisis y por mi necesidad de proseguir en contacto con la teoría.
          Gracias a la literatura he viajado con Liliana un par de veces a Italia y ya muchas a Cuba, pude participar en recitales de poesía, en congresos de literatura o dictar algunos cursos y un postgrado en la Universidad de la Habana, publicar en revistas, etc. Sobre todo hice amigos, conocí a escritores de otros países y advertí que la literatura es una patria universal que suprime las distancias geográficas y culturales y que escribir es en mi caso el destino “que Dios supo desde el principio”, parafraseando a Borges.  


          4 — Hablemos de ese libro de notas difundidas por el diario “Punto Uno”.

          ARG — Siempre he sentido una preocupación por las condiciones del país y la realidad, por esa especie de marca o designio oscuro que lleva a los argentinos a la eterna repetición inconsciente y a una insistencia en la desdicha. Además he adoptado una posición muy crítica hacia la fase actual del capitalismo y hacia todo lo que ella implica; la deshumanización, el entronamiento del mercado como nuevo dios sobre la tierra, la proliferación de las mafias de la especulación financiera, la degradación de la idea de democracia, la rotura del lazo social, el aumento de la violencia, etc. Mis notas en el diario “Punto Uno” fueron (y siguen siendo aunque hoy las escriba con menor frecuencia) una forma de combate a través de la única arma con la que cuento y quizá sepa utilizar medianamente: la palabra, mi única posibilidad de militancia. Y ahora advierto que también portan un intento didáctico, siempre fallido por otra parte, una especie de inútil prédica en el multitudinario desierto de nuestra época. Escribir notas sobre la realidad social y cultural, desde una visión psicoanalítica de las cosas, desde los aportes que el psicoanálisis puede ofrecer a la política, es para mi una manera de asumir un compromiso.    


          5 — Cercados, enchastrados de neoliberalismo como estamos, te has ocupado el año pasado de la “caída de los límites”.

          ARG — Es un tema muy preocupante. Jacques Lacan a principio de los ‘70 definió al capitalismo como un discurso circular sin pérdida, capaz de reabsorber y transformar en mercancía y ganancia hasta sus propios desechos y calamidades. Hoy esa sentencia de Lacan cobra especial vigencia. El capitalismo, en su fase actual neoliberal, especulativa financiera, se presenta como una totalidad sin bordes que se ha adueñado del Estado, del Poder Judicial y del conjunto de la cultura y sus producciones. En ese sentido no hay límites, sino exceso, desproporción, desmesura, mandato a un goce incondicional e irrestricto, en un ir por el todo. La pregunta que debemos hacernos y que deben hacerse especialmente los creadores, los artistas, los filósofos, los políticos es: ¿cómo escapar a esa circularidad que todo lo recicla y lo reintroduce en su recorrido?, ¿cómo introducir ahí un punto de falta, de descompletamiento? Esto me llevó en 2016 a publicar el libro “Neoliberalismo y caída de los límites”, que es la continuidad de otros libros que sobre el tema he venido escribiendo.


         6 — Mencionaste (pero podemos regresar, quedarnos en ellas) a Cuba e Italia: ¿y en Bolivia?

          ARG — Liliana Bellone, mi compañera en la vida y en las letras, obtuvo en 1993 el Premio Casa de las Américas de Cuba por su novela “Augustus”, gracias a lo cual estableció un vínculo literario y de amistad con Casa de las Américas y con algunos escritores cubanos: Mirta Yáñez, Roberto Fernández Retamar, Nancy Alonso, Luis Toledo Sande, Juanita Conejero, Roberto Manzano, Susana Haug, Jesús David Curbelo, Ernesto Sierra, entre tantos otros. Para mí, viajar a Cuba, recorrer una y otra vez las calles de la mágica Habana, escuchar su música, percibir su ritmo, conversar con nuestros amigos poetas, reunirnos en sus casas, beber litros de mojito, vivenciar el espíritu cubano que nos evoca la literatura de José Martí, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Guillermo Cabrera Infante y tantos otros, es quizá lo que más se aproxima a la felicidad. Hay una canción folklórica argentina —cuya letra es del mendocino Armando Tejada Gómez [1929-1992]— que dice: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Hay algo en Cuba del orden de lo onírico, del regreso al pasado, de lo subconsciente, de los sueños.
          A Italia viajamos porque a Liliana la Editorial Oedipus de Salerno-Milán, le tradujo y le editó dos novelas. Estuvimos durante dos meses —en 2014— en varias ciudades italianas presentando uno de los libros en universidades y centros de estudios literarios. Luego volvimos en 2016 con motivo de la otra novela. Fui invitado a leer poemas en la Festa della Letteratura di Salerno y en la Universidad de La Sapienza en Roma. En Italia me sucedió algo curioso: caminando por las calles de algunas ciudades, principalmente en Roma, de pronto me olvidaba que estaba en un país extranjero y me sentía por momentos más integrado y cómodo que en Salta o Buenos Aires. No tengo ascendencia italiana, pero las ciudades italianas, no obstante su arquitectura diferente de las nuestras, me resultaban familiares como si ya antes hubiera estado en ellas. Una especie de “dejavu”. Quizá haya estado efectivamente y lo haya olvidado, o mejor dicho, haya estado ahí a través de la literatura, de las lecturas de Giuseppe Ungaretti, de Cesare Pavese, de las películas de Federico Fellini o Pier Paolo Pasolini o del neorrealismo italiano, de los textos de la historia, etc. La primera novela que leí en mi vida, en la infancia, fue “Corazón” de Edmundo de Amicis. Esa novela me transportó imaginariamente a un universo subjetivo vivencial trascendente. Las ciudades, además de ser conglomerados de edificaciones, son esencialmente fantasmas, representaciones mentales, fijaciones. Pero no debo ser injusto y olvidarme de mis vecinos bellvillenses. En la infancia y la adolescencia tenía vecinos de origen italiano, compañeros de la escuela y amigos de juegos cuyos padres o abuelos eran italianos, pronunciaban frases en italiano, amasaban comidas italianas, bailaban tarantelas, etc. Pero si hasta mi madre que era criolla solía amasar “ravioli e gnochi”.  De modo tal que ir a Italia fue como reencontrarme con algún fantasma de los años felices de la infancia, de una Argentina que todos hemos perdido.       
          En Bolivia, por la proximidad geográfica con Salta, he estado varias veces. En alguna ocasión viajé a La Paz invitado a dictar un módulo en un curso de postgrado en la Universidad de San Andrés, en la carrera de Psicología. De ese viaje recuerdo la hospitalidad, la fascinación que me produjo la ciudad con sus calles empinadas y populosas y, sobre todo, mi apunamiento por la altura, mi desconcierto al no encontrar bares donde sirvieran café de máquina, los cafés, esos ámbitos tan argentinos y europeos donde uno entra para reacomodarse subjetivamente, para rearmarse y organizar las ideas. No concibo las ciudades sin bares. También estuve en la bella ciudad de Cochabamba, y una vez en su Feria del Libro, con Liliana y amigos escritores.  
          Los viajes son muy importantes, pero no sólo por los países que uno visita o las actividades que realiza, sino porque nos permiten por un tiempo descentrarnos de uno mismo, salirnos un poco de la inercia y de la insistencia monocorde de la propia existencia, que nos cansa y a veces nos harta. En algunos viajes he sentido una especie de liberación, el transitorio alivio de no ser el mismo, la sensación de que perdía mi memoria fantasmática y huían las figuras superyoicas, esa memoria que nos ata a la repetición y a la neurosis.


          7 — Néstor Groppa (1928-2011), cordobés (casi como vos, en quien la condición de santiagueño no tuvo arraigo), también se radicó en otra provincia. Ya algo esbozaste sobre él.

          ARG — A Néstor Groppa lo hemos visitado varias veces en su casa en Jujuy, gracias a la escritora jujeña Susana Quiroga, quien sucedió a Groppa en la dirección de la página cultural del diario “Pregón”. Lo hemos encontrado también en casa de algún amigo en común y fue a la presentación de uno de mis libros de poesía en esa provincia. Era ostensible su bondad y su hospitalidad, su generosidad, su mundo de libros, su universo de citas y autores, sus referencias literarias, sus revistas, sus obras publicadas en bellísimas ediciones que él mismo imprimía y cuidaba como un orfebre, como un escultor, atendiendo a cada detalle de la edición, en un afán casi pictórico. Además de un poeta imprescindible, fue un trabajador incansable, un laborioso de la literatura que marcó un rumbo, el maestro de los jujeños, un escritor de relevancia en la literatura del noroeste argentino. Me ayudó, sin saberlo, a ser menos pesimista con el género humano.    


          8 — ¿Qué pintor, qué músico, qué director de cine, te hubiera gustado ser? Pero sobre todo, ¿qué jugador de fútbol?

          ARG — En pintura me hubiera gustado ser Eugène Delacroix y pintar “La Libertad guiando al pueblo”, pero no podría esgrimir la razón. En el Museo del Louvre encontré ese cuadro que siempre me atrajo y me quedé diez minutos mirándolo. Vaya a saber qué cosas hallaron mis fijaciones inconscientes en esa pintura. También me atrae mucho la pintura de Giorgio de Chirico y especialmente de René Magritte, quizá porque el surrealismo de este último es caro a la presencia del inconsciente.
          En música me hubiera gustado ser Mozart, porque su música dice más que todas las palabras y se aproxima a ese punto inatrapable que es lo real, el núcleo de la condición humana, aunque no podamos decirlo. En Mozart está todo.
          En cine pienso en Ettore Scola, en su genial capacidad metafórica de equiparar, en una película, una sala de baile al transcurrir de la vida humana, al devenir cotidiano de los seres con sus grandezas y miserias, sus lógicas amorosas, sus dichas y frustraciones, sus ideales y desesperanzas.
          En el fútbol me hubiera encantado ser el jugador que tenía en mi cabeza, en mi imaginación futbolera a manera de síntoma obsesivo, un jugador capaz de gambetear una y otra vez a todo un equipo, llegar hasta el arco rival y marcar los goles más espectaculares, realizar las jugadas más asombrosas, un gladiador sin falta, una especie de dios de la cancha que todo lo puede. Ese jugador infalible, por supuesto, no podía existir, salvo en mi fantasía. De niño pensaba en Pelé como en una aproximación a ese ideal y se me representaba su equipo, el Santos del Brasil, como un cuadro imbatible y mágico con su vestimenta completamente blanca como la perfección.     


          9 — ¿Qué te pasa con aquellos creadores de obras que tienden a romper con fórmulas o a imponer alguna peculiaridad?

          ARG — Como afirmaba Jorge Luis Borges: “Toda poesía es misteriosa, nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”. Es decir, nadie puede proponerse realizar una ruptura o imponer una estética, sino que son la ruptura y las estéticas las que se imponen independientemente de la voluntad o la intención conciente del autor. El escritor no es más que una especie de médium, alguien que pone la mano blanda para que los otros, a través de él, puedan decir sus fantasmas. Decía Borges: “No soy yo quien escribe, son mis mayores”. Cuando hoy algunos escritores se autoimponen ser innovadores, transgresores, rupturistas, muchas veces no hacen otra cosa que repetir lo que ya estaba realizado y hasta trillado, por ejemplo, por las vanguardias. Eso sucede cuando algunos creadores creen que se puede partir de borrón y cuenta nueva, desconociendo lo anterior. Las rupturas nunca son totales, siempre conservan algo de lo precedente, suponen un algo que existe previamente con lo cual romper. Por otro lado, da la impresión de que hoy la transgresión ya no transgrede nada. Además, si todos somos rupturistas, no hay ruptura.  


          10 — ¿Podrías referirte a tu propio estilo? ¿Se hace, un estilo?

          ARG — No soy el más indicado para hablar de mi estilo literario, tarea que corresponde más a los críticos que a los autores. Pero pienso que mi escritura se inscribe, como antes referí, en una línea conceptual, de pensamiento, no por una búsqueda intencional, sino por necesidad personal, por inevitabilidad, una poesía que se aproxima a una preocupación filosófica, que revela un estado de perplejidad y azoro frente a un punto de indecible. Lo cierto es que al cabo de los años, o mejor dicho de los libros, he ido edificando quizá un estilo. Alguien me hizo caer en cuenta que en mis poemas, de verso libre, prevalecen los elementos arquitectónicos, el vacío, el espacio, las columnas, la piedra, el mármol, la referencia a los mitos griegos, las metáforas bélicas. También está plagada de referencias a la cultura popular, al tango, los refranes, al habla corriente. Se suceden, por ejemplo, las marcas de productos comerciales de una época, los nombres de bebidas, canciones, automóviles, acontecimientos históricos. Mi mujer suele decirme, irónicamente, que soy “nacional y popular”. Mi poesía es una poesía de la llanura y de una época, que expresa el sentimiento de vastedad, la presencia fantasmática del espacio, lo inconmensurable de la pampa, una escritura del devenir, del paso del tiempo, de la historia cotidiana y, fundamentalmente, de la pérdida.      


          11 — ¿Muchas gracias, muchas ínfulas, muchas dotes, muchas expectativas o mucho resentimiento?...

          ARG — Algo de todo eso seguramente hay en esta época de resquebrajamiento del lazo social y caída de las referencias simbólicas, aunque en distintas dosis y combinaciones, con sus excepciones y casos particulares. En algún momento me he preguntado si la literatura y la poesía todavía existen, si la literatura y la poesía aún pueden ser salvadas de esa gran boca, el capitalismo actual, que todo lo masifica, lo transforma y desvirtúa.  


          12 — En un reportaje efectuado a Ricardo Bartis por Rosaura Berencoechea, Laura Mazzacchi y Jorge Hardmeier y publicado en el número 3, marzo 2000, de la revista “El Anartista”, refiriéndose principalmente a la labor actoral declara: “No es que uno actúa para ser otro, otro psicológico. No es que el placer está en ser otro, el placer es en no ser. La actuación, su goce (no sé si es un placer) está en la dilución de los límites de la identidad psicológica. Y ser pura pulsión.” ¿Dirías que lo que Bartis discierne es aplicable, de alguna manera, a la labor del escritor?

          ARG — Totalmente. Uno carga consigo mismo al hombro como con un acompañante pegajoso. Librarnos por algún lapso de esa pesada carga puede ser muy placentero. Además, esa destitución yoica le permite al escritor vivenciar más fácilmente otras realidades diferentes de la suya propia, identificarse con personajes disímiles y distantes, ponerse en la piel de los otros, abrirse mejor a las historias que quiere narrar. Es por ello que suele decirse que el escritor no tiene clase social, que es un desclasado y que puede estar en varios sitios al mismo tiempo, atravesar las fronteras subjetivas. Como Eros, no es rico ni pobre. Pero por otro lado la identidad psicológica, su pertenencia concreta a un lugar, su fijación a un tiempo y a una historia personal, también son necesarias para expresar los fantasmas y la subjetividad de un lugar y una época. De manera tal que el escritor y el poeta, deben ir y regresar todo el tiempo de la identidad, si es que existe alguna identidad, salirse de ella y volver a ingresar, ser por un momento, por ejemplo, un loco, pero retornar luego a la cordura, si la hay realmente...   


          13 — Siendo chico, ¿recordás instancias en las que no soportaras a los adultos?

          ARG — Yo he vivido en una especie de inadecuación permanente con los otros y ello me ha generado no poco sufrimiento y soledad. De niño, respecto de los adultos, he sentido a veces temor, temor a ser reprendido por faltas que ni siquiera había cometido ni sabía en qué consistían, pero por las cuales me sentía inevitablemente culpable. Mi padre nunca fue un hombre severo ni violento, sino, por el contrario, bondadoso y sacrificado, pero ese hecho, aumentaba mis vivencias de culpa en lugar de atenuarlas. Lo veía llegar del trabajo con el mameluco lleno de grasa, cansado, después de trabajar ocho horas en aquel concesionario de autos y tractores y sentía a esa temprana edad una especie de compasión por él y angustia por su esfuerzo y por el paso del tiempo, por los sueños no realizados. Mi madre sí era un poco más autoritaria, aunque en forma sutil y mucho más efectiva. Ella siempre decía que yo hacía renegar, que me pasaba peleando, pateando esa dichosa pelota, que me trenzaba todos los días a las piñas en la calle y frases por el estilo. Y para mí no era importante la verdad de los hechos, sino las frases y sentencias que mi madre pronunciaba. Los psicoanalistas podrían decir que he tenido, y que aun tengo, un superyó demasiado feroz. En los otros adultos, de niño he percibido la arrogancia, la pedantería y, no pocas veces, la estupidez humana. En conclusión, he sido y aún soy bastante fóbico, aunque no todo el tiempo, por supuesto, ni en todos los lugares y circunstancias, sino más bien en relación con las figuras de autoridad, imperativas o crueles, muchas veces frente a lo institucional, pero no así en la literatura ni el amor que se parecen bastante y que han sido generosas conmigo.


          14 — ¿A qué hechos, objetos, sabores, costumbres, circunstancias, le atribuís una insoslayable importancia o trascendencia íntima o abarcativo alcance? ¿Con qué personajes del pasado, para vos insoslayables, trascendentes y hasta abarcativos, te agradaría encontrarte?

          ARG — Los hechos que considero importantes en mi vida han sido muchos y diversos y no podría establecer una jerarquía entre ellos. Recuerdo, por ejemplo, el fallecimiento de mi abuela materna, una mujer estoica y sabia, a mis tres o cuatro años de edad, los sonidos y fragancias de esa mañana, ese primer contacto con la muerte en la infancia. O mi primer día de clases en la escuela primaria, mis sensaciones y percepciones en el aula. Los objetos: una pelota de fútbol que saqué en un juego en la Kermesse en Bell Ville donde a mis cinco años había concurrido con mis padres, una pelota de cuero color marrón, cuya esfera imaginaria aún me acompaña. Siempre me fascinaron los automóviles, los diseños, los conjuntos arquitectónicos de las ciudades (quizá he sido arquitecto en alguna de mis reencarnaciones). Los sabores: las pastas con vino tinto, el café, las granadas del patio en la niñez. Las costumbres: el caminar por la ciudad, entrar en todos los bares, leer y releer los mismos libros, aferrarme demasiado a las cosas, volver y permanecer demasiado tiempo en los mismos lugares, efectuar centenares de viajes entre Salta y Bell Ville en ómnibus en horas de la noche. Una circunstancia: haber encontrado, con Liliana, al otro día de nuestro casamiento, a Jorge Luis Borges, por casualidad, en el vestíbulo del Hotel Bauen en Buenos Aires, y conversar con él durante cinco minutos y que nos haya puesto su firma en la libreta de casamiento, creyendo que se trataba de un pasaporte, mientras nos decía: “Con esta firma van a viajar por el mundo”. Personajes: si existiera la máquina del tiempo me complacería ver al General José de San Martín, a Manuel Belgrano, a Sigmund Freud, aunque, por supuesto, no sabría qué decirles.
   

          15 — Reunamos (otra vez) a “las tres poetisas del Sur”, quienes en 1938, en Uruguay, ofrecieron una conferencia conjunta sobre el rol de la mujer en la literatura: ¿Juana de Ibarbourou (1892-1979), Alfonsina Storni (1892-1938) o Gabriela Mistral (1889-1957)?...

          ARG — Tres grandes voces de la poesía americana (como prefiero decir para restituir el alcance del gentilicio del cual los norteamericanos se han apropiado), las tres de América del Sur: Uruguay, Argentina y Chile; cada una con su filiación modernista y con su camino hacia las vanguardias. En la célebre reunión de 1938 (año del suicidio de Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones) las tres escritoras mostraron, sin duda, provenir de la progenie de Sor Juana Inés de la Cruz. Cada una marcó un derrotero que va desde la voz mesiánica de Gabriela en sus poemas a América, por ejemplo en “Tala”, hasta el despojamiento y desesperación de Alfonsina. Gabriela alcanzó el reconocimiento mundial con el Premio Nobel en 1945; Juana, el de toda América; y Alfonsina, el del corazón de los pobres y marginados, el de los tristes. Su prematuro fin por propia voluntad, anunciado en su poesía desde siempre, en las aguas de Mar del Plata en octubre de 1938 (ese mismo año, el 18 de febrero, se había suicidado con cianuro su entrañable amigo Leopoldo Lugones, y un año antes, un 19 de febrero, había bebido cianuro Horacio Quiroga, su otro gran amigo), saca a la luz una problemática, la de la mujer y el arte.  Las tres poetas tuvieron la recepción que la época reservaba a la poesía: fueron leídas de manera masiva por generaciones, como ocurriera con Rubén Darío y Amado Nervo. Además, si bien es cierto que sus temas y textos son universales, las marcas de “americanidad” en ellas es constitutiva. El fantasma del sufrimiento del poeta se filtró sin duda en Alfonsina, la nuestra, la que desafió desde su fragilidad el destino de las que se atrevieron contra una sociedad rígida y conservadora, como Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik o Sylvia Plath. Por su origen y por la leyenda que la rodea, siento a Alfonsina más cercana. No puedo dejar de recordar un bello poema de Joaquín Giannuzzi dedicado a ella.

          16 — El narrador de la novela “La música del azar” de Paul Auster dice por allí: “En cierto punto la música de ambos [Wolfgang Amadeus Mozart y Joseph Haydn] parecía encontrarse y ya no era posible distinguirlas.” ¿Te promueve esta frase algún otro “encuentro” artístico de una índole semejante?

          ARG — En el arte todo es encuentro, relaciones, entramado de textos y códigos. Gérard Genette habla de palimpsesto, esto es, escritura sobre escritura, constante repetición. Julia Kristeva habla de intertextualidades para referirse a esa repetida cualidad de la literatura. Borges nos ha dado un ejemplo magnífico en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”. Cada poema, cada novela provienen de un ritmo misterioso, a veces remoto, a veces más cercano, que es el ritmo de un Otro que narra y compone, el lenguaje mismo, la condición humana. Esos encuentros a veces son notables, algún oído avezado puede descubrirlo (como el narrador de la novela de Paul Auster), pero a veces nadie los descubre, ni siquiera el artista que los produce. En Borges están los poetas ingleses y norteamericanos, están las voces de Dante Alighieri, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, como en un devenir que se impone al escritor. En “Orlando” de Virginia Woolf está el “Orlando furioso” de Ludovico Ariosto; en “Pedro Páramo” está “La Odisea”, especialmente en lo que se conoce como la telemaquia, el peregrinaje de Telémaco en busca de su padre, voces a veces audibles, a veces, ocultas.


          17 — Sabemos que tenés sin socializar tu primera novela. ¿Cómo es para vos, autor de varios libros en otros géneros, esperar que ocurra?... ¿Poemarios inéditos, Antonio?...

          ARG — Tengo esa pobre novela sin publicar desde hace más de quince años. Se titula “Los nombres de la llanura”. La presenté, sin éxito, en varios concursos nacionales y extranjeros de editoriales que prefieren hoy la novela ultra realista, descarnada, de hechura lineal y fácil por motivos de mercado. Inclusive varias veces la quise destruir porque ya no me satisfacía, me parecía demasiado personal y existencialista y, sobre todo, obsesiva. Liliana, compadeciéndose del texto, evitó que eso ocurriera. En 2016 pensé que la única manera de que sobreviviera era reescribirla, podarla, suprimirle algunos capítulos. Pero esa novela es para mí un punto fantasmático complejo, una deuda pendiente, un mandato inconcluso y hasta una frustración. Siento que hasta que no la publique no podré escribir más narrativa, que estoy inhibido para escribir otra novela o libro de cuentos y que me la tengo que sacar de encima. De manera tal que tendré que tomar la decisión de publicarla por mi cuenta o, quizá mejor, volver a análisis.
          Tengo un libro de poemas inédito: “Orquesta típica”; tiene también ya algunos años. Ese poemario es la síntesis y la confluencia de mis poemarios anteriores. Se trata del baile y la música del tango, pero no como danza efectiva, sino como excusa poética, como metáfora del transcurrir de la vida en la llanura. De chico me dormía arrullado por el sonido de la música de esas orquestas (“típicas” o “características”) que surcaban las leguas en la pampa y tocaban en los clubes de los pequeños pueblos donde concurrían los colonos y algunos criollos. Esa música para mí representaba en una pista de baile la travesía humana, el júbilo y el dolor de la existencia. “El Baile”, la película de (volvamos a nombrarlo) Ettore Scola, desencadenó mi reminiscencia y me inspiró en parte el libro que también se compone de algunos otros poemas que, aunque no están asociados directamente con el tango, conllevan quizá el movimiento, el ritmo, el deslizarse de las vidas cotidianas. 
 

*
Antonio Ramón Gutiérrez selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

LA CANCIÓN PRIMORDIAL


Escribo en esta noche
mientras un motor se oye en la ruta
como una canción primordial.
Es el cortejo de los amores que no fueron,
las bocas que no besé, las palabras que no dije,
los lugares donde no estuve, los libros que no leí,
los cabellos que no acaricié, el rumor
de las noches de verano en Bell Ville, la juventud
que fue quedando atrás como nidos de hormeros,
los años como una melodía que insiste
y que me trae la nostalgia de unos ojos,
el sabor de unos labios que aún me hieren el alma,
el recuerdo del paso del tren de las doce.
Escribo en esta noche,
mientras un motor se oye en la ruta
como una canción primordial.


                        (de “La canción primordial”)

*

MOLDE PARA UNA METAFÍSICA


Para crear una existencia sólo hay que retirar
los sobrantes, la materia que le rodea,
llegar con el martillo hasta las galaxias
y continuar sacando mundo, cavando sombra,
hasta dar con la forma justa y definitiva,
separada de todo lo que la trasciende.
Obtenido ese modelo de piedra temblorosa,
hay que volver a llenar el universo,
colocar en sus órbitas los planetas,
las estrellas en sus constelaciones,
los ríos en su cauce, los peces en su espina,
jardines alrededor de los brazos,
huertas que broten en el afuera vacante.
Por último, del centro de todo lo posible,
retirar la pieza de mármol, ahuecar ese espacio,
para dar cabida a la nada,
es decir, a un hombre repleto de vacío
con la mirada puesta en todo lo que le falta.


                  (de “Molde para una metafísica”)
  
*                                                    

EL BAILE DEL SER
      
                                                                        
Esta danza y todos aquí
sobre la inclinada llanura.
Los cuerpos sangran lento y dan
un solo giro en el patio absurdo
mientras se oye la orquesta típica,
sus bandoneones gastados, su dolor bailable.
¿Acaso Dios mira la escena? 
Esta pareja ya ha dado sus pasos
por las tablas de su turno y se retira
a un costado de la fecha,
aquella otra tuvo a su tiempo los hijos
que han salido a la vez a danzar
y avanzan resueltos entre los caídos.
Danzan la memoria, las tardes felices,
las estaciones, los niños ya viejos danzan,
Todos cruzan en diagonal el patio
y el baile parece un éxodo.
No han de bailar dos veces el mismo tango.
Las notas atraviesan los pechos
de los ágiles moribundos.


                                (de “Molde para una metafísica”) 

 *                         

ESCRITURA DEL ÁRBOL 
                                  
Hasta el cuello en las horas,
de pie en mi cabeza,
del lado interno de esta tarde
que se va por el punto corrido de su hechura,
escribo este poema que no da en el árbol
y que vuelve su boca de fuego hacia mi frente,
mientras el árbol (no este que digo,
sino aquel otro que insiste en ser árbol)
permanece no escrito, intacto en su centro.
Nada de lo que aquí diga dará en el blanco,
nada de todo esto es de lo que se trata,
sólo es mi cabeza la que aquí rueda escrita,
siempre a punto de estallar y acabar con el mundo.
La tarde no es la tarde que digo, sino aquella otra
en la que lo imposible hace cumbre en el hueso.

          
                                       (del libro inédito “Orquesta típica”)
           

*                 


TODOS BAILABAN


Todos bailaban esa noche
en la cubierta de la llanura,
los padres, los hijos, los nietos
y eran sus rasgos los que bailaban,
amados fragmentos familiares
reunidos en un patio de baile:
el color de los ojos de la abuela,
los mentones tan característicos,
la nariz heredada, el corte idéntico de cara,
la manera de sonreír del abuelo,
la risa igual a la del primo,
los mismos gestos del padre,
el carácter de la madre,
el parecido con el tío Luís,
los defectos que vienen de familia,
el mechón sobre la frente, el lunar, la ceja,
la cicatriz, los dos remolinos, el párpado
y la manera particular de todos ellos
de caminar hacia la muerte.


                              (del libro inédito “Orquesta típica”)    
   
               
*
                        

ENUMERACIÓN


La obra en el escenario de tierra,
los actores de paso, los trajes deshabitados
de los equilibristas, sus viejos carromatos
acampados bajo Orión, los niños corriendo
detrás de los carruajes la tarde en que arribamos
a la aldea, los mensajeros y las campanas,
las multitudes en el palco, sus miserias en escena,
los oficios, las posadas, los hoteles de mala muerte,
la ciudad en sí misma actuando su caso,
el actor que encarna su propia doblez,
los personajes representando sus existencias
al pie de la letra, el titiritero que en su mano vestida
se prolonga como un atuendo hueco
para júbilo de los que quieren ver su angustia,
el que se saca los ojos para verse desde las gradas,
los comediantes interrumpiendo con sus cuerpos
la totalidad, los perros ladrando a lo que los desdice,
la cruz del sur, la indecible bóveda, la honda noche,
la leyenda del circo que se hundió en el océano,
los caídos desde el trapecio, el equilibrista
que se quebró el cuello contra su época,
ese otro que hace malabares para sobrevivir,
las sombras de los amantes deslizándose
como prófugos bajo la confidente luna,
el público aclamando al trapecista y su riesgo,
el alfarero que encierra en su copa su propio vacío, 
el planeta dando contra la cabeza del acróbata,
el bandoneonista que le pone ritmo a su declinación,
el pintor que mezcla su sangre en la paleta
para tener alguna perspectiva, para ser horizonte
y el poeta que fracasa una vez más en decir lo real.


                                             (del libro inédito “Orquesta típica”)  

*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Salta y Buenos Aires, distantes entre sí unos 1500 kilómetros, Antonio Ramón Gutiérrez y Rolando Revagliatti.