martes, 17 de marzo de 2015

Entrevista a Claudio simiz

Claudio Simiz: sus respuestas y poemas
Entrevista realizada por Rolando Revagliatti
Claudio Simiz nació el 1 de junio de 1960 en la ciudad de Buenos Aires y reside en la ciudad de Moreno, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Profesor en Letras (desde 1983) y Licenciado en Letras (desde 2003) por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Desde 1985 se desempeña en Educación Superior y ha estado al frente de diversas cátedras. Ha sido docente en la U. B. A. y en otras universidades, ponencista o invitado especial en Jornadas, Encuentros y Congresos en varias localidades del país y formó parte de equipos de investigación. Ensayos de su autoría fueron incluidos en volúmenes compartidos editados entre 1996 y 2013. Ha obtenido varios primeros premios en concursos de poesía y narrativa. Formó parte del consejo de redacción de la revista-libro “La Pecera” de Mar del Plata, coordinó una revista electrónica y en la actualidad dirige otra, co-coordinó ciclos de poesía y ha sido jurado en certámenes de poesía y dramaturgia. Recibió el premio a la trayectoria artística “Violeta Castro Cambón” en 2008 y ha sido declarado Huésped Académico por la Universidad Nacional de Jujuy en 2005. Su libro de cuentos “De solitarios” se editó en 2011 y acaba de aparecer otro de cuentos y relatos: “Los años pasan según” (Primer Premio del Concurso Internacional “Antonio Di Benedetto”, provincia de Mendoza, 2014). Sus poemarios, entre 1980 y 2014, son “Celda”, “Evangelio de bolsillo”, “Los míos”, “La mala palabra”, “De pura chapa y otros versos”, “No es nada” (Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores período 2005-2009), “El franco”, “Tríadas”, “Tríadas II”, “Actas de naufragio”. Integra “Antes que venga ella”, antología poética del grupo homónimo. Ha sido incluido en otras antologías y fue traducido parcialmente al inglés, guaraní, portugués e italiano. 1 – A los veintitrés años te recibiste de Profesor en Letras y justo cuatro lustros después de Licenciado en Letras. Me pregunto qué circunstancias te habrán inclinado hacia la obtención del segundo título universitario. Y en tanto, habiendo ya aprobado los seminarios correspondientes, estás elaborando tu tesis a los efectos de recibirte de Doctor en Letras, me pregunto qué circunstancias te habrán inclinado hacia la obtención de un tercer título universitario. CS – Provengo de una familia humilde, gente del interior. Si bien mi madre era lectora y mi padre partícipe entusiasta de movidas sociales, la vida académica era algo muy distante en mi hogar (ellos sólo habían hecho la escuela primaria), aunque me apoyaron en la “idea rara” de estudiar Letras. Lo menciono porque la facultad (“Filo en UBA”) fue un mundo muy extraño para mí (por ejemplo, no sabía que existían “los prácticos”, casi pierdo unas cursadas por eso). Hice la carrera en cinco años, porque había pedido prórroga para el Servicio Militar, tenía que recibirme “sí o sí” y cumplir con la beca que conseguí en el último tramo de mis estudios. Cursé entre 1978 y 1982, o sea con los militares en el poder; la universidad (y encima Filo) había sufrido una poda espantosa, y era apenas (lo comprendí con los años) un profesorado de cierto nivel, además con muchas “zonas oscuras” (el énfasis estaba puesto en lo clásico, lo estetizante; recuerdo que me sugirieron, ante mi propuesta de dar a García Márquez en mis prácticas, que “evitara autores que están en ciertas listas”). En síntesis: luego de cinco arduos y bastante amargos años (nunca del todo integrado a ese cosmos), por un lado me sentía orgulloso de haber llegado “ahí”, o sea, mi título universitario, el primero en toda mi familia paterna y materna, y a la vez percibía cada vez con más intensidad que me faltaban muchas cosas. Las busqué en la militancia política, en el desarrollo de tareas periodísticas y culturales… Por otro lado, y como rubricando mi “extrañamiento”, había formado parte de un grupo de investigación en la facultad, que se disolvió por renuncia del profesor (no se sintió bien tratado por las nuevas autoridades, era una persona muy prestigiosa y bastante mayor) antes de intentar el ingreso al CONICET, así que desde 1983 mi nexo con lo académico prácticamente se restringió a mi noviazgo con una chica de la facultad. Mi escritura poética se fue tornando, por entonces, notablemente esporádica. Mi vida laboral se orientó entonces a la docencia y a las actividades que mencioné, así que sólo catorce años después decidí retomar la senda universitaria, cuando se me impuso la necesidad de realimento intelectual, de planificar una nueva etapa, luego de pasar por otra de “cuerpo a cuerpo” con el mundo, que incluyó la formación de una familia y mi especialización (más fáctica que teórica) en Educación Terciaria. En simultáneo, reapareció la veta de la escritura artística, semiabandonada durante una década. Promediando la licenciatura (que cursé bastante rápidamente), una beca de investigación del Fondo Nacional de las Artes me permitió viajar por el interior, indagando sobre los grupos literarios del ‘40 al ‘80. En ese transcurso cobré conciencia de la conveniencia de desarrollar miradas más amplias en el ámbito de nuestra cultura, y también de que mi experiencia como periodista, docente, escritor y animador cultural me brindaba un instrumental eficiente y un “puesto de observación” original para desarrollar los estudios que me proponía, más allá de mi precaria formación como investigador universitario. Así, un par de años después, desemboqué en el doctorado, centrado en uno de los grupos que había investigado. Esa fue otra etapa, que me abrió un amplísimo horizonte de contactos, fundamentalmente con investigadores de las provincias, en jornadas, congresos y simposios. 2 - ¿Cuál es el tema de tu tesis, Claudio? ¿Qué y cómo lo planteás? CS – Mi tesis (aún no tiene título definitivo) se plantea, en principio, como el análisis del proyecto “Tarja”, emprendimiento artístico-cultural generado en Tilcara (1955-1960), que significó, entre otras cosas, la fundación del campo intelectual jujeño y la proyección al ámbito nacional de algunos de sus integrantes. Un grupo de poetas (Néstor Groppa, Jorge Calvetti, Mario Busignani y Andrés Fidalgo) junto al plástico Medardo Pantoja, desarrollaron una serie de actividades (fundación de la primera librería literaria jujeña, teatro de títeres, conferencias, conciertos, debates...) y, fundamentalmente una publicación periódica de excelente nivel, que alcanzó los dieciséis números y cierto reconocimiento nacional y hasta continental. En ese marco confluyen problemáticas vinculadas a las identidades, historicidad, articulaciones regionales, etc. Digamos, un grupo de escritores de una provincia “marginal” dice, promediando el pasado siglo, “aquí estamos” y plantea su diálogo con su propia comunidad, el país, el continente y el mundo desde ese lugar simbólico, entre reconquistado y construido. Había planeado “hacer todo en un día” en San Salvador de Jujuy (cuatro entrevistas, nada menos), y si bien lo conseguí (igual me perdí el último micro a la ciudad de Salta), aconteció un hecho decisivo: la charla con Groppa (paradójicamente, no me dejó grabarlo), que vino acompañada del regalo de la colección completa de la revista “Tarja” y otros materiales. Con Héctor Tizón (que hizo sus primeros pininos en el grupo), tuve dos charlas telefónicas, nunca estaba en Yala cuando yo andaba por la Quebrada. A Calvetti le realicé un reportaje en las últimas semanas de su vida. Nunca ha dejado de asombrarme el entusiasmo que genera en escritores e investigadores jujeños (del interior en general) que un porteño de la UBA se preocupe por sus cosas… Este hecho me hizo reflexionar sobre lo que acaso sea el aporte más relevante de mi tesis: la verificación de notables constantes en el origen de los grupos culturales del “interior profundo” (mayoritariamente nucleados en torno de la poesía), su desarrollo y articulación con el campo intelectual porteño y nacional y entre sí. De allí derivaciones a la temática del canon/es, la relación de la cultura - la historia - la política y un largo sueño, compartido con otros artistas e investigadores, como Osvaldo Picardo, de rearmar el mapa de la cultura argentina en un marco continental e intercultural (aclaro: lejos de ciertas connotaciones demagógicas que han proliferado en los últimos tiempos alrededor de estos conceptos). Finalmente, el poner en el centro de la escena a estos grupos (desde lo temático) y la aplicación renovada del comparatismo (en lo teórico) en diálogo con distintos paradigmas (el geocultural, la sociocrítica, entre otros) y el uso de variedad de fuentes (en lo metodológico) constituyen, creo, un incentivo a otros investigadores para recorrer los senderos de nuestro acervo y sus potenciales desarrollos. 3 – Uno de los trabajos que conforman “Actas del Vº Congreso de Narrativa Folklórica” (Universidad Nacional de La Pampa, 2001) es tu “Héctor Gagliardi: Identidad porteña en los ’40 y polémica sobre la cultura popular”. ¿Qué te parece si te referís, direccionando hacia los argentinos que ignoran que existió –no obstante haber sido uno de los autores que mayor número de ejemplares de sus libros ha vendido en nuestro país- y hacia los extranjeros, a ese poeta y letrista de tangos (1909-1984) que yo escuché recitando sus versos sencillos durante varios lustros a través de programas radiofónicos? CS – Héctor Gagliardi fue una figura insoslayable (por llegada al público, originalidad e influencia) en la cultura porteña (y de algún modo, nacional), durante por lo menos tres décadas. Era un tipo talentoso, que logró una irrepetible síntesis entre la cultura tradicional del porteño “del ‘40 en adelante” (tango, radioteatro, tertulia), la tradición payadoril campera y los nacientes escenarios artísticos que fueron surgiendo en la época (fundamentalmente, el radiofónico, aunque sus poemarios se vendieran en los kioscos de diarios y revistas y no cesaran de re-editarse, habiendo participado, además, en programas televisivos y en espectáculos teatrales). Su poesía, emotiva, tradicional en su estilo, sensiblera, por momentos, sabía reencontrar a su público con las vivencias y personajes “típicos” (la maestra, la primera novia, la “barra” del barrio…); difícil era escucharlo y no sentir que asomaba algún recuerdo desde lo más íntimo. El gran secreto de Gagliardi, en mi opinión, era su modo de recitar, cambiante en el tono, sabiamente dramático, insuperable en el manejo de los silencios, una gesticulación estudiada y llegadora. Me recuerdo de niño, lagrimeando al escuchar “El Rusito” o “El Sapito”; he visto extasiarse a hombres y mujeres, hoy desaparecidos en su mayoría, ante la caravana evocativa de sus poemas. Por otra parte, él despertó, además del innegable apoyo popular, más de una tensión en ese gran caldero ideológico - cultural que fue el peronismo en su origen y despliegue. Es notable que los prologuistas de sus libros (Homero Manzi, Alberto Vacarezza, Horacio Becco, Cátulo Castillo, Jorge A. Bossio, entre otros), embanderados en lo que llamaríamos “cultura popular” (con las polémicas connotaciones de la época), duden en cómo clasificarlo y hasta en reconocer plenamente sus dotes. Manzi esboza en su prólogo (en polémica con Borges, al que admiraba pese a la polarización política) un intento de explicación sobre “lo popular” (así titula, y con signos de admiración) en Latinoamérica, a partir de la aceptación de lo bueno mezclado con lo malo, pero asumido como propio por el pueblo, como identidad, defensa y proyecto. Éstas y otras tensiones ha despertado Gagliardi… A tantos años de mis primeras emociones ante sus versos (confieso que salvé de “irse a diciembre” a un alumno porque recitó magníficamente tres poemas suyos), no puedo evitar reflexionar sobre los momentos de felicidad que sólo el arte popular (en el más digno sentido de la expresión) puede depararnos, trascendiendo los velos del solipsismo, del “refugio interior”, rumbo a los espacios solidarios de las vivencias y sueños compartidos. 4 – Desplazándonos hasta 2013, advierto que un ensayo que titulaste “Diez apuntes sobre la poesía de Amelia Biagioni” se incluye en el volumen dedicado a la obra de dicha autora (1916-2000), compilado por Santiago Sylvester y socializado por Ediciones del Dock. ¿Querrías referirte a ella y trasladarnos tus apuntes? CS – La poesía de Biagioni fue uno de los azoramientos estéticos de mi adolescencia. La atmósfera mística de “El Humo” y después, en rápida sucesión, sus otros poemarios editados, me impresionaron vivamente: en “un ratito” memoricé “Oh tenebrosa fulgurante”…; sentí que había tropezado con “otra cosa” acaso más profunda, sin dudas más misteriosa que mis admiradísimos Atahualpa Yupanqui, Jorge Luis Borges y Alejandra Pizarnik de la época. Pasaron las décadas y los poetas, y en una presentación literaria, Sylvester (codirector de “Época”, una más que interesante colección de libros de ensayos sobre poesía argentina de Ediciones del Dock) me comenta respecto de la preparación de un volumen sobre Amelia; yo le manifiesto mi admiración por la santafesina y mi reciente relectura de sus textos, en una biblioteca de pueblo que ella había visitado alguna vez. “¿Cómo no pensé en usted?”, irrumpe Santiago y ahí empezó a nacer mi ensayo. En el libro aparecen, entre otros, textos de especialistas y amigos de la poeta, como Cristina Piña y Valeria Melchiore (escribió su tesis doctoral sobre Biagioni casi conviviendo con ella). Opté por mostrar un panorama propositivo de los caminos que habilita al lector y al crítico el acercamiento a su poesía. Por eso lo titulé “Diez apuntes…”, sin tratar de llegar a definiciones concluyentes, ni cierres definitivos; el marco de estudio que intento trazar se despliega entre la constitución de un “yo poético”, el desarrollo de un lenguaje original, en permanente mutación, y la búsqueda inclaudicable de lo inefable. A partir de este escenario, postulo, en distintos parágrafos, algunos “puntos de observación” sobre su obra, a saber: su lugar en nuestra poesía femenina; los puntos comunes y diferenciales de su itinerario desde su Gálvez natal hasta su consagración; el misticismo (se llamaba a sí misma “la cósmica”, diferenciándose de sus amigas Pizarnik y Olga Orozco) de su poética; la articulación de los lenguajes - miradas artísticas en sus poemas y la consideración de su obra como un todo con “estaciones” (cada uno de sus seis libros) armónicas y secuenciadas. Sobre el final, propongo una distinción entre mística, filosofía y arte, y ubico a Amelia dentro de ese triángulo, pero mucho más cercana al vértice artístico: un intento de aprehender y expresar la realidad, en última instancia, a través de la búsqueda denodada de la belleza. 5 - ¿Cómo y cuándo fuiste accediendo a la dramaturgia? Descubrí que una pieza de tu autoría, “Circo Éxodos”, trata sobre el éxodo jujeño, e integró el VII Festival Iberoamericano de Teatro: Cumbre de las Américas. ¿Una sinopsis de la pieza? ¿Dónde y por quiénes fue representada? ¿Qué otras obras tuyas se estrenaron? ¿Qué otros textos teatrales has escrito? ¿Son piezas de extensión diversa? ¿Prevés reunirlos en algún volumen? ¿Qué asuntos abordan? CS – Siempre me interesó el teatro (hasta me casé con una profesora de teatro, pero eso es otro tema). A fines de los ‘80 escribí mi primera obra, “Historias de chicos”, una trilogía de dramas breves centrados en la denuncia de la marginalidad, sobre todo la infantil. Una de las piezas, “Historia de una puerta”, fue estrenada como teatro leído en la Escuela de Teatro de la ciudad de Moreno y cuenta las peripecias de unos niños vendedores del Ferrocarril Sarmiento que, en sus juegos, molestan a los pasajeros, hasta que uno de los pibes termina cayendo a las vías “accidentalmente”. El único ejemplar existente (creo recordar) está en el Grupo de Estudios de Teatro Iberoamericano y Argentino (GETEA), un instituto de la UBA, en edición fotocopiada. Siguió un largo interregno en mi creación dramática, hasta que me presenté (y fui seleccionado) a un concurso de dramaturgos, convocado por la Comedia de la Provincia de Buenos Aires y las autoridades educativas. Se trata del programa “El Teatro y la Historia”, una propuesta de llevar en lenguaje teatral determinadas situaciones y personajes de nuestro devenir, desde una perspectiva no tradicional, a escuelas, centros culturales, cárceles, etc. Un historiador nos propuso temas / situaciones y una profesora de dramaturgia nos proveyó de algunos lineamientos (obras de no más de tres actores y con un máximo de una hora de duración, fácilmente montables). Yo elegí una situación de personajes “anónimos” en el Éxodo Jujeño (claro, yo estoy bastante empapado de lo que concierne al Noroeste Argentino, por lo ya referido), y así nació “Éxodos” (más tarde rebautizada “Circo Éxodos”), que fue representada por el grupo “Terrafirme”, dirigida por el brillante y hoy desaparecido Claudio Bellomo. El asunto se centra en dos historias paralelas: dos patriotas y sus dudas de abandonar su tierra, por orden del General Belgrano, y un par de cirqueros, en crisis por su imposibilidad de echar raíces, en medio de su itinerancia. El tema es el desarraigo. En este sentido, la obra es un homenaje tanto a los esforzados patriotas del interior y su sacrificio (hubo una decena de éxodos en la Quebrada de Humahuaca, en las luchas de la independencia), como a los artistas del circo criollo, cuna de nuestro teatro popular. Los actores fueron alternando sus papeles (patriotas-cirqueros) en escenas sucesivas, hasta donde confluyeron las historias, el momento de la “decisión final”. Un payador (en la versión de Bellomo, el dueño del circo) efectuaba, en verso y con guiños hacia el público, el “hilván” entre las escenas. Esta obra, escrita en 2010, se representó en institutos con menores privados de su libertad, en un festival internacional, en el festival en homenaje al actor Carlos “Negro” Carella, se la representó, además, en versión infantil, y fue elegida por Lito Cruz para relanzar el programa “El Teatro y la Historia”, el año pasado…; el elenco original la repone, de tanto en tanto. Otra obra que conoció las tablas fue “Don Pedro de la Cueva”, con elenco amateur dirigido por el multifacético Alfredo Costas Herrero, en Merlo. Es una pieza que quiero mucho, se ambienta en una librería “de viejo” que está por “mudarse” (en realidad, es un cierre encubierto). Dos empleados jóvenes encaran la coyuntura con mezcla de bronca y resignación, y uno muy anciano, que está desde su fundación, yace, en una especie de locura mística en el sótano, ordenando amorosamente los libros en cajas. La presencia de una clienta que viene buscando al Quijote (al que cree un personaje existente) precipita los acontecimientos y al final el viejo emerge de su encierro y se va del brazo con la clienta. Él era, en realidad, Don Quijote. La obra (que se juega, en buena parte, en verso) es un homenaje a la literatura y el teatro, y a los viejos, irremplazables, libreros de Buenos Aires. Tengo varias obras no representadas (y con pocas esperanzas de pasar de libreto); destaco dos: “Clamona” (drama en tres cuadros) y “Mingo” (tragicomedia en cinco actos). La primera es un juego entre dos mujeres “típicas” (señorona y su criada), que en su ir y venir y bajo el sonido casi ininterrumpido de la radio, en 1982, van develando su drama: la criada (Ramona) intuye que su hijo ha muerto en Malvinas; la patrona (Clara), termina confesando que su hijo fue secuestrado por los militares y probablemente esté muerto, aunque intente mantener, con su esposo, la farsa del “viaje de estudios”. Ambas mujeres se unen en la lucha, Clara y Ramona se vuelven “Clamona”, clamor de madres. “Mingo” cuenta, en versión libre, la historia de Menocchio, un molinero del Friuli, que, a partir de ser (extrañamente, para la época) alfabetizado, de su cultura de origen campesino y de una aguda inteligencia crítica, esboza una serie de teorías sobre el origen del mundo y la sociedad, que son cuidadosamente seguidas por la Inquisición (la investigación que realiza el italiano Carlo Ginzburg se basa en los archivos de ésta), preocupada por los incontenibles efectos ideológicos de la imprenta, en plena Contrarreforma. Luego de una detención de dos años, y ante las nuevas arremetidas de Menocchio (esta vez cuestionando el orden social), y llegado el caso a Roma, se produce la inevitable incineración del molinero. La obra se juega en dos planos: el pueblo en sus cotidianos haceres, con un Mingo “afiladísimo”, una especie de protoanarquista, y el poder, que habla en off y en verso, estudiando el “peligroso caso” del molinero que pensaba con su propia cabeza y lo expresaba. Al final, en clave brechtiana, se produce el juicio a Mingo, con invitación al público: y entonces los personajes del pueblo hablan en verso y los poderosos en arrastrada prosa. Final abierto. También escribí varias obras de teatro breve (monólogos, soliloquios, teatro sin palabras), algunas de las cuales fueron publicadas y premiadas, principalmente a través de la Cátedra Internacional Garzón Céspedes y su publicación “Cuadernos de Gaviotas” (por lo tanto, googleables). Acoto que estar desempeñándome como profesor de Dramaturgia I y II y Teorías del Arte II en un conservatorio de teatro, me ha reconectado con esta disciplina, peligrosamente apasionante. En los últimos años publiqué varios libros e interactué bastante en la web (principalmente en los géneros poesía y cuento), sin embargo se me hace cada vez más manifiesta la necesidad del teatro, en sus variadas expresiones, como espacio de comunicación intensa, auténtica, comprometida, en medio de un mundo que nos afila las garras y nos tapona los oídos cada día un poco más. El teatro es imprescindible para la nueva humanización que pide a gritos la sociedad contemporánea o, al menos, los que soñamos una sociedad distinta, “humana” en el más pleno sentido. Por el momento, no tengo entre mis prioridades publicar mis dramas, preferiría verlos “en vivo”, razón de ser de lo teatral. 6 – De tu dramaturgia deslicémonos a tu narrativa breve. ¿Qué temáticas o asuntos preponderan en ella? CS – Ante todo, una aclaración: aunque han aparecido un par de microrrelatos míos en algunas publicaciones latinoamericanas, no me dedico a lo “micro”, tan a la moda en narrativa. Lo mío es, hasta ahora, el cuento breve y el relato. Llegué a escribir tres novelas, dos de la cuales destruí y otra que reconvertí a distintas textualidades. Cuando hablo de cuento breve me refiero a un tipo de narración ficcional de no más de tres cuartillas, generalmente centrada en un personaje. En “De solitarios” los llamo “discuentos”, porque los juzgo carentes de ciertos atributos, de esa admirable completitud que caracteriza a Horacio Quiroga, Borges o Juan Rulfo, mis maestros en castellano (menos piadosamente, podría hablar de mi distalento). Ese libro lo publiqué por un premio internacional (había competido con dos cuentos), lo cual me obligó a crear tres o cuatro textos más para armar algo así como un volumen respetable. Seleccionando entre lo ya escrito y planificando los textos complementarios, fue apareciendo el eje convocante de la soledad, la incomunicación de personajes que ensayan infructuosamente la comprensión del mundo y la comunicación con “el otro”. De allí el título; de algún modo se lo puede considerar un volumen temático y bastante autobiográfico, que, entre otros, debe bastante a Kafka, Dino Buzzatti y Nabokov. En el caso de “Los años pasan según”, también publicado por premio, el concurso era de relato (género que si bien despuntaba en un par de cuentos del libro anterior, sólo abordé más decididamente en el último lustro), pero el texto ganador es parte de un volumen donde alternan cuento breve y relato, con un tema definido: las huellas del paso del tiempo y la forma de asumirlas por los personajes. Al igual que en “De Solitarios”, la mayoría de los textos son realistas, aunque algunos podrían leerse como fantásticos, acaso metafísicos. En lo técnico, retomo en varios de ellos la multiplicidad de puntos de vista y registros lingüísticos, con los que había experimentado en mi juventud, esto asomaba en tres de los cuentos del libro anterior. Lo autobiográfico es fuerte, tanto desde la vivencia personal como desde el contacto intenso con personajes reales y su experiencia vital. En algunos casos, debí realizar pequeñas investigaciones para no desmadrarme del marco histórico. Todos los textos fueron desarrollados siguiendo la brecha temática señalada, aunque el relato premiado, “La espera”, nace de dos anécdotas mías centradas en las dolorosas experiencias que atraviesa un escritor ignoto. Para finalizar con mi aspecto de narrador, estoy terminando el plan de una novela coral, “La cofradía del tacho”, que estimo terminaré el año próximo. Y una pregunta que tal vez no tenga respuesta: ¿puedo “correrme” del poeta cuando narro, y eso sería positivo?... Un amigo, destacado novelista y ocasional cuentista, terminó confesándome que más allá de uno u otro detalle a mejorar, no podía criticar a fondo mis cuentos porque “son otra cosa, son muy poéticos”. 7 – En varias localidades de nuestro país ofreciste con los Grupos “Con-Versando” y “Antes que venga ella”, recitales poético-musicales; “Cruce de Palabras” se llamó uno de los ciclos que coordinaste; fuiste fundador de la primera FM que funcionó en una “villa de emergencia” –en “Ciudad Oculta”, a mediados de los ‘80-; a fines de esa década fuiste “pionero” en los intentos de TV comunitaria en zonas pobres del Gran Buenos Aires, como conductor y productor, etc. Por un lado, me interesaría que sobrevolaras sobre éstas y otras incursiones, y por otra: ¿en qué te ha gratificado y en qué te ha decepcionado tu experiencia como animador cultural? CS – Temo que ese sobrevuelo sería insoportablemente largo, por la diversidad y extensión en el tiempo de las experiencias y por lo mucho que incidieron en mi vida (hasta cierto punto, “fueron mi vida”), sobre todo en mi juventud. Intentaré reseñar los puntos salientes… Soy un tipo más bien solitario que, paradójicamente o no, vive “condenado” a la comunicación, fundamentalmente la verbal. Esas experiencias de animación cultural surgen, en primera instancia, de la necesidad de contactarme con la vida social, luego de la acotada experiencia universitaria que ya describí. Iba descubriendo el mundo con actitud militante, esperanzada en las posibilidades de cambio. Sin embargo, ya en mis veinticinco años, me iba dando cuenta de que la “política de los políticos” no era para mí, y sí lo era un territorio de experimentación, de comunicación y construcción grupal y horizontal, que ora con vértice en lo comunicacional, ora en lo educativo o artístico, me deparaba el sentimiento de estar desarrollando una tarea imprescindible para el crecimiento grupal e individual, autogestiva y contestataria del poder, de lo culturalmente impuesto. Lo primero, en el tiempo, fue la experiencia con los medios, principalmente el radial. Me tocó la época de las radios comunitarias, en el resurgimiento democrático y su posterior desarrollo, y tuve oportunidad de trabajar en las mismas con intensidad (llegué a hacer más de cuatro horas de conducción, más las tareas de producción en FM San Antonio de Padua, emisora en la que aprendí mucho). Tal vez la experiencia más original y aleccionadora haya sido la que desarrollé con un grupo independiente en “Ciudad Oculta”, donde instalamos una radio, en acuerdo con la comisión interna del barrio, para reconectar al mismo con los vecinos “no villeros” (pesaba una leyenda negra sobre la “Oculta”) y dar lugar a las voces soterradas; también nos interesaba ayudar a la comunidad a organizarse, en la medida de sus necesidades. Aclaro: si bien “pasaban cosas”, el mundo villero de ese momento era “pre paco y pre narco”… ¡Cuántas cosas aprendimos juntos! Los programas se planificaban, pero siempre la realidad y el aporte de la gente nos desbordaba… Yo hacía, con Adrián Wittemberg, “Historias de nuestra tierra”, y convocaba, los sábados a la mañana, a la gente de cada provincia o país limítrofe, con su música, sus comidas, sus historias, su presente… En determinado momento, ante el descontento de algún sector del barrio y para no generar divisiones, nos trasladamos a una casilla de la iglesia, y ante una ola de allanamientos a las radios, logramos armar una secuencia de escape para “entregar” sólo el coaxil y la antena. Los sacerdotes y monjas del barrio respondían al padre Puigjané, que estuvo varias veces en la radio (alguno de los integrantes quedaron vinculados al grupo “Todos por la patria”, con sus trágicas derivaciones en el copamiento de La Tablada, años más tarde). Yo acompañé a un tipo muy especial, Pampa Ubertalli, fundador de “Radio Rebelde”, en un ciclo de cine (video en el televisor del herrero del barrio), actividad anexa a la radio, igual que las tareas de apoyo escolar en que algunos colaborábamos. Unos meses después comenzaron a surgir diferencias: una parte del grupo postulaba que debían retener más directamente el poder de decisión de la radio, y otro (en el cual me incluía), opinaba que iba llegando el momento de entregar el medio a la comunidad. La radio había cobrado peso, y eso generaba tensiones. Quedamos en minoría, echaron a algunos y yo renuncié, aunque me mantuve en la tarea de apoyo educativo, como coordinador (armamos grupos de alfabetización paralelos al plan oficial, bastante deficiente). La radio tuvo un final insólito y aleccionador, a mi entender: habiendo perdido el entusiasmo inicial el grupo que quedó, se apropió de ella el sector más movilizado de la villa y la acción más importante fue preparar el retorno de los paraguayos a su país (muy fuertes en el barrio) ante la inminente caída de Stroessner; como el equipo era portátil, se instalaron antenas en varias villas, y así se trabajaba. Ergo: las cosas son del que las necesita y las trabaja. En el ‘89 apareció lo de la TV comunitaria. Yo integraba la cooperativa de comunicación “Participar”, que tenía un periódico homónimo de bastante circulación en el Oeste del Gran Buenos Aires, entre los sectores “progres”. Fuimos sumando programas de radio en la zona (sobre todo desde FM Moreno, pionera y aún hoy vigente): hacíamos un periodismo tendiente a la difusión de iniciativas solidarias y cooperativas, en particular en el ámbito de la cultura; éramos un modesto agente movilizador. Un canal de San Vicente, que ya venía promoviendo TV comunitaria, decidió renovar su equipamiento y puso a disposición de grupos como el nuestro el viejo transmisor y la experiencia. Los tres colectivos que nos interesamos, nos organizamos para transmitir dos veces por semana desde cada localidad (en Moreno transmitíamos desde el Cruce Castelar, la zona más poblada); el compromiso era llevar en la mochila el transmisor al grupo siguiente; a mí me tocaba entregárselo a una agrupación de Fuerte Apache. Habíamos conseguido que Prensa Latina nos brindase cada semana una selección de noticias del continente; con eso y otros aportes hacíamos “Noticiero Latinoamericano” desde la cocina de la casa del camarógrafo (que había creado una pequeña mutual solidaria para los videófilos). La iniciativa duró poco, no llegó al medio año. Sin embargo, mucha gente se conectó. Llegamos a hacer un programa con las sociedades de fomento de la zona. También hubo espacios musicales y de salud. El trabajo del canal implicó tal esfuerzo que terminó superándonos, y fue el principal factor en la disolución de la cooperativa. Cabe aclarar que salíamos por canal 4, en TV abierta, era la época “pre-cable”. Recuerdo una anécdota : realizándole una entrevista a Heberto Castillo (candidato a vicepresidente de México con Cuauhtémoc Cárdenas y presidente del Partido Socialista Mexicano), éste, nos convirtió a los periodistas casi en entrevistados, preguntándonos con todo entusiasmo cómo “era eso”; imaginaba una red de televisoras comunitarias cubriendo Ciudad de México… Al poco tiempo volví a incursioné en un canal de Castelar y en otro de Paso del Rey, este último ligado a la Iglesia, a los que estuve vinculado brevemente. Considero que estas intentonas fueron muy ricas en cuanto a pensar y desarrollar formas de trabajo periodístico y cultural alternativas y profundamente solidarias; además valoro la generación de un espacio donde pudimos conocernos grupos y personas provenientes de diversos contextos sociales. También queda el sabor amargo y aleccionador de los límites de estos esfuerzos cooperativos (a veces poco realistas, sobre todo al no ser pensados en su sustento material) ante lo arrollador del “sistema”, en su versión neoliberal, en este caso. Saliendo de los medios, tuve oportunidad de participar, crear y coordinar numerosas experiencia vinculadas a la literatura. Empecé con una revistita poética: “Pandemónium”, con otros jóvenes entusiastas de las letras, que duró los habituales dos números. Casi en simultáneo, Norberto Fuchs y yo lanzamos “Orfeo”, una revista oral que se autoconvocaba cada mes en uno de los saloncitos laterales del porteñísimo Café Tortoni: escritores invitados, charla y música. Corría 1980: descubrimientos, temores, sorpresas, tiempos bravos para ser joven... Trasladado a Moreno a principios de los ‘90, recalé en el “Feca 67 bis”, espacio de la bohemia local, donde una mezcla de plásticos, poetas, músicos, actores y bailarines nos trenzábamos de vez en cuando. Con la artista plástica Nellie de Curia, infatigable activista cultural, generamos un espacio similar, pero más organizado, que terminó llamándose “Coco Danza” (desaparecido cantante de la zona): allí la poesía ocupaba un lugar central. Cuando la crisis de 2001 empezaba a despuntar, y ante la necesidad de “hacer algo desde la cultura”, convoqué a tres poetas amigos (Clelia Volonteri, Eduardo Espósito y Walter Lannutti) y así nació “Antes que venga ella”, ciclo que se sostuvo durante tres años. Realizábamos un encuentro mensual con un poeta invitado de reconocida trayectoria, se leía y dialogaba con el público. También había música (y con mucho respeto hacia el ejecutante, no era un mero “intermedio”). El grupo siempre preparaba alguna intervención artística, medio recitada, medio actuada, con un eje temático. Recuerdo la grata sorpresa de Santiago Sylvester, uno de los invitados, al verse rodeado por más de cincuenta personas, una noche de lluvia feroz, esperando por su poesía. Había mucha participación, tanto en las preguntas / comentarios a los invitados como en el micrófono abierto. Cuando llegó la hora de cerrar el ciclo publicamos una antología del grupo, que todavía sigue dando vueltas por Moreno. Fue una experiencia importante, por el nivel artístico, el poder de convocatoria y la continuidad. Y los cuatro coordinadores quedamos amigos, y lo celebramos con unas empanadas bien regadas cada año… La historia y propuesta de “Cruce de palabras” (2007-2008), son distintas. En 2007 fui invitado a un encuentro latinoamericano de escritores en la capital de la provincia de San Juan. Si bien los recitales, visitas a escuelas, etc., eran interesantes, lo más “jugoso” eran las “tenidas” poéticas, en la habitación de alguno, leyéndonos y comentándonos hasta la madrugada. Eso me dejó de manifiesto la necesidad que tenemos los poetas de un ámbito propio, de sincero e íntimo intercambio de textos, dudas y proyectos. Entonces, empecé a invitar mensualmente a cinco bardos, dos locales y los otros “forasteros”, en un par de mesitas de café colocadas ad hoc en el fondo de la Librería García, de Moreno. Rodeados de libros, y café de por medio, nos dejábamos ir (a veces en fuerte polémica) por esos derroteros que sólo la poesía sabe generar. La cosa terminaba cuando la gente de la librería hacía ostensibles gestos de “hay que cerrar”… Casi nadie faltó a la cita, la mayoría reconoció que nunca habían participado de algo similar. Después de un año abandoné la convocatoria -que acaso retome algún día-, a causa de una serie de desgracias personales que menguaron mi ánimo. Tal vez la experiencia más innovadora y compleja, tomando en cuenta la diversidad de variables en juego, haya sido “Con-versando”. Esta vez tenía deseos de armar una propuesta para “salirle al paso” a la gente no habitué de la poesía; mucho me ayudó Héctor Celano, poeta y actor de gran experiencia en recitales; se sumaron con entusiasmo Eduardo Espósito y el cantautor Luis Del Mar. Y nació un espectáculo de algo más de una hora de duración, centrado en nuestros textos poéticos, presentados con un dejo de teatralidad, más el aporte musical y vocal de Luis. El público quedaba sorprendido, el temor de que fuera “demasiado largo” pronto se disipaba. A poco de andar, Héctor partió para otros rumbos, y entonces Luis propuso a su amigo Hugo Mercado para la vacante. Hugo es un poeta de impronta gagliardiana, de entonación social y fuerte presencia escénica: fue una apuesta contrastante con la poesía de Eduardo y la mía, y un aporte decisivo para el espectáculo. Así, la mayoría de las veces con el apoyo del municipio de Moreno, recorrimos varias localidades de las provincias de Santa Fe, Córdoba, San Luis y del Gran Buenos Aires con nuestro espectáculo, que, en su momento de auge, llegó a tener tres versiones (hora y cuarto, cuarenta, y quince minutos) según el tenor de la invitación. También participó la charanguista María Inés Ferreira. Para mí, lo principal era la reacción del público. Recuerdo que al final de una representación en Librería Hernández, una ex compañera de la facultad se acercó para felicitarnos y se puso a llorar: “Perdonen, nos pusimos tácitamente de acuerdo para no interrumpirlos en el recitado, pero es mucha emoción acumulada”. Calculo que retomaremos ese tipo de propuesta: en ella se resume buena parte de mi mirada sobre lo poético en su dimensión social. En la actualidad, luego de una experiencia bloguera con “8 PM” (Ocho poetas de Moreno), colaboro en la coordinación (no organizo) de los ciclos “Café Patricios”, en la ciudad de Buenos Aires, y “Poesía del Oeste” (ciclo creado por Andrés Aguirre), en la ciudad de Moreno. ¿Cómo evalúo este aspecto de mi actividad, que podríamos denominar “animación cultural”?: no me arrepiento de nada, por más que muchas cosas podría haberlas hecho mejor. Eso sí, si uno se pone a sumar la cantidad de esfuerzo y tiempo empleados, no puede evitar la idea de que si hubiese balanceado mejor los mismos con la también necesaria tarea de difundir la obra individual, uno se sentiría más satisfecho. Tal vez no sea políticamente correcto decirlo, pero siento que tanta tarea desplegada (por ejemplo: armé el sello editorial “Runa”, sin fines de lucro, para que poetas locales lograran acceder a la socialización de sus primeros libros) no halló reciprocidad (y acaso comprensión) en la mayoría de los colegas. Ampliando la reflexión, a esta altura de mi carrera, constato que las invitaciones a los encuentros / publicaciones más prestigiosos en el país no llegan, y probablemente no acontecerán. Me han hecho algunos reportajes en los últimos años, pero nadie ha escrito un ensayo, ni siquiera un artículo crítico serio sobre mi obra; y eso es poco alentador para un artista que lleva décadas de producción. Retornando al concepto de animación (me tienta decir “agitación”) cultural, no deja de ser, en mi caso, una productiva contextualización de lo que refiero en otro tramo del reportaje sobre la “Educación Poética” y sus derivaciones. 8 – De tu actualidad podemos comunicar que desde 2012 dictás el Taller de Lectoescritura en el Curso de Orientación y Preparación Universitaria (COPRUN), en la Universidad Nacional de Moreno (UNM); y que la revista electrónica que dirigís, especializada en poesía y educación, se titula “Conurbana.cult”; y que coordinás el Grupo “Escritura Creativa”. ¿Nos introducirías con algún pormenor en estas propuestas? CS – En efecto, estoy dictando el curso de ingreso la UNM; este tipo de actividad se alinea con una serie de experiencias que desarrollé en la UBA (en el Ciclo Básico Común, Semiología) hace una década, y con la actividad desplegada a lo largo de ocho años en el Instituto Rojas (ISFD Nº 21) de Moreno (formación de docentes), en este último caso con talleres de lectura y escritura académica, que comenzaron en los profesorados en Lengua y Educación Primaria, y finalizaron extendidos a toda la comunidad del instituto (unos 4000 alumnos). Los puntos de coincidencia pasan por la toma de conciencia, por parte de docentes y alumnos, de las importantes limitaciones que imponen al estudiante superior / universitario la falta de práctica y base teórica mínima para abordar la lectura y escritura de cierta complejidad. Me satisface que lo que empezó como un taller (en el Rojas), secundado por un par de ayudantes de cátedra (categoría que impusimos varios docentes “pioneros”, y hoy es oficial en la provincia de Buenos Aires) para “ayudar a escribir” a los futuros maestros, culminara en un taller de escritura académica, como proyecto institucional, ligado a cátedras universitarias y con reconocimiento del Ministerio de Educación de la Nación. De todos modos, para ser sinceros, los resultados fueron limitados. En la Universidad Nacional de Moreno la experiencia con los ingresantes es valorable, aunque el período es cada vez más breve (once clases); para la mayoría, el curso introductorio es el primer escalón en la vida académica en toda su familia. El taller de lectoescritura es particularmente propicio para poner en palabras estas situaciones: los miedos, las expectativas, las dificultades materiales… El equipo de la cátedra, encabezado por el doctor Armando Minguzzi, es variado y eficiente, aunque en el último año hubo bastantes cambios. Paralelamente al dictado del ingreso (los interesados) desarrollamos una tarea de investigación basada en las producciones de los alumnos; en mi caso elaboré, junto a la licenciada Stella Maris Cao (psicóloga), un estudio enfocado en las representaciones del mundo universitario y su propio lugar en él de los alumnos, con una propuesta centrada en el rol del docente “inicial” para acompañarlos en ese paso; pronto aparecerá publicado, junto a las investigaciones de otros compañeros. Como contrapartida, un discurso excesivamente asentado en la “inclusión” por parte de las autoridades académicas, relativiza la importancia del esfuerzo y la valoración de la exigencia…; es cuando la política (en mi opinión) se entromete dañinamente en la educación. Por otro lado, me reconforta que los tres alumnos que tuve en el tercer año del bachillerato popular de mi barrio (los B. P. son una última instancia para personas que ni siquiera pueden “enganchar” en los FINES I y II, que son planes oficiales para completar/cursar la secundaria), hayan hecho pie en la UNM y estén ya en el segundo año de la carrera. Los Bachilleratos Populares son una experiencia cooperativa y sin sueldo; hace un par de años obtuvimos reconocimiento oficial para los títulos. En esta misma universidad, y a propuesta de las autoridades, dicté un curso de escritura creativa y poesía para docentes de secundaria. Resultó bastante exitoso (creo que “la pegada” fue invitar a dos poetas por encuentro para leer y dialogar con los asistentes); finalizado el curso (octubre 2013), nos seguimos encontrando informalmente y esa fue la base de un grupo (Escritura Creativa de Moreno, así se lo ubica en Facebook) que, con sus altibajos, se mantiene. Mi idea inicial era centrarnos en el diseño de secuencias y proyectos para trabajar la poesía y escritura literaria en la escuela. Las necesidades de los integrantes (algunos de los cuales no son docentes) nos llevaron a armar algo así como un anarcotaller, con una especie de convocante / coordinador que vengo a ser yo… Siempre se aprende de la realidad; en rigor, yo quería enfatizar la llegada a la escuela con otra mirada, otras estrategias, pero los miembros del grupo preferían hacer taller literario, escribir y leer poesía, cuento y crónicas, como paso previo a lo didáctico. Bueno, le ganaron la pulseada al coordinador, y creo que para bien, hay itinerarios que no pueden obviarse. Hace algo más de un año, en paralelo, convoqué a un grupo de artistas y periodistas para armar un revista electrónica: “Conurbana.cult” (así se googlea). El propósito es difundir la actividad artística y cultural del tercer cordón del conurbano (sobre todo el Oeste, al que pertenece Moreno), con especial atención a la literatura y a las experiencias grupales y educativas. Maricarmen Almada (periodista y escritora), Alejandro Arébalos (docente y plástico) y Mónica Angelino (poeta y coordinadora de talleres), conforman el consejo de redacción, tenemos colaboradores permanentes (estamos por sacar un atrasadísimo tercer número). La revista es independiente, autogestiva y sin fines de lucro, y más allá del mencionado foco puesto en lo local, también presenta notas sobre el devenir cultural (en especial, vinculado a la poesía) nacional y continental. Deberemos mejorar su difusión y enriquecer el diseño. “Conurbana.cult” es un niñito que se ha largado a marchar… Respecto de qué rol juego yo en todo esto, señalo dos cosas. En primer lugar, en estos últimos años, vengo desarrollando un corpus de ideas, aún algo difuso, que llamo “Educación Poética”. Se trata de un intento de recuperación / reformulación de la función de la poesía en la existencia del hombre y en la sociedad actual. Se trata de repensarnos desde ese espacio tenso, revelador y liberador que plantea la palabra poética, tanto desde la recepción como desde la producción. Más pragmáticamente, los medios, la escuela y la familia cada vez brindan al chico y al hombre en general, menos oportunidad de conectarse con la poesía (más allá de las canciones, tema de interesante debate), y eso tiene sus amargas consecuencias: algo así como una pérdida gradual y embrutecedora de la sensibilidad y la espiritualidad…; digamos, una vida más pobre, un desperdicio de oportunidades. La escuela debería iniciar un proceso de revisión y reversión de esta situación. Hace unos días leí que en las escuelas de ciudad de Buenos Aires se van a impartir talleres de meditación; eso me alegró, va en el sentido de mi búsqueda; ahora, ¿por qué dejamos que se “cayera” ese espacio de placer tan constructivo que es la poesía?... En segundo lugar, debo mencionar una difícil lucha (con los demás y también interior) para sacar del medio ideas tan arraigadas como el liderazgo, los “seres especiales” y otros hegemonismos, que a la postre empobrecen la experiencia creativa (y social, en general). A veces se vuelve difícil no desbarrancar, “escucharnos en singular y en plural”, como suelo decir, encontrar el equilibrio en estas proposiciones “fuera de sistema”. Bueno, es parte del desafío. 9 - ¿Participaste en el Primer Encuentro de Poetas del Mundo en Cuba “La Isla en Verso” en 2012? CS – Fue una participación a distancia. No tenía dinero para viajar (una constante en mi “carrera” como escritor, nunca pude asistir a premiaciones o invitaciones en el exterior). Filmamos, con mi amigo, poeta y vecino Oscar Perdigón, dos videos de algo menos de diez minutos; uno dedicado a mi poética y el otro presentando la poesía de Moreno, con un recitado “mano a mano” con Oscar y una recorrida por los libros de poetas morenenses, que por cierto son muchos. Ambos videos están en YouTube. Lo anecdótico es que no los pudieron recibir vía internet allá (en esa época en Cuba no tenían banda ancha), así que tuvimos que mandar un CD por correo, que llegó y se presentó en varias ciudades cubanas, principalmente en escuelas. 10 – Hace unos años compartimos espacios sociales, festivos, y tuve oportunidad de oírte cantar y acompañarte con la guitarra. Y en algún lugar advierto hoy que has sido director e intérprete de la llamada “Cantata por la Paz”, auspiciada por la Escuela Municipal de Música de San Miguel, otra localidad bonaerense, en diciembre de 2014. Gratamente sorprendido, te pido que nos cuentes de qué se ha tratado. CS – La música es en mi vida una novia desatendida, que no pierde ocasión de reprocharme y seducirme. En junio del año pasado tomé la cátedra de Literatura en la Escuela Municipal de San Miguel; me tocó un grupo de cinco instrumentistas en el último año de su carrera (todos muy jóvenes), y quedó planteado el desafío: había un expreso pedido de la dirección de la escuela de trabajar contenidos que relacionaran música y literatura. En la primera parte del año habían explorado el mito y la ópera; yo encaré mi trabajo desde la indagación en las raíces folklóricas y su proyección en el “Arte Clásico” (esa es la orientación de la escuela); finalizaron con una monografía sobre aspectos de esa relación. Pero quedó “picando” la posibilidad de crear a partir de sus propios saberes y elecciones musicales, así que les propuse indagar el género “cantata”, desde su origen renacentista hasta esa original apropiación del género que fue la cantata latinoamericana de las décadas del ‘60-‘70, tan relacionada con lo folklórico y, fundamentalmente, con lo político. Después de escuchar “Santa María de Iquique” y “Cantata Latinoamericana”, la cosa llegó a su clímax: fue notable el efecto del descubrimiento de esas textualidades poético-musicales, que les resultaban a estos muchachos apenas un eco lejano y extraño. Y comenzó el desafío…, porque escribir textos poéticos, letras de canciones, inclusive, era para ellos una prueba novedosa e intimidante. ¿Por dónde empezar para tratar de componer una cantata? Decidí atacar por otro flanco: les traje fotografías artísticas, de las más diversas temáticas. Charlamos sobre esas imágenes, improvisaron melodías para acompañarlas. Finalmente quedó definido el tema: las estremecedoras imágenes de la guerra y su destrucción serían el punto de arranque. Eligieron fotos del Berlín de 1945, de la Torres Gemelas, de un miliciano recibiendo un balazo…, pero la más motivadora fue la de un soldado norteamericano sosteniendo entre sus brazos el cuerpito de un bebé japonés (no sabemos si vivo o muerto) en medio de los escombros. “No a la guerra” fue la consigna (curiosamente, uno de los alumnos es militar, de la banda del Ejército); leímos a poetas de fuerte sesgo social: el paraguayo Elvio Romero, el chileno Pablo Neruda, el español León Felipe… Siguieron intensas semanas de escritura talleril, tratando de que cada uno pudiera producir un texto que “arrimara” a lo poético y en relación personal y comprometida con el área temática elegida. Fuimos definiendo una estructura, los fui orientando también para armonizar lo mejor posible los textos, que serían el “recitativo” de las cantatas clásicas. Fuimos probando ritmos, tonalidades para cada segmento (en eso, fueron una luz, y yo los observaba algo azorado). Y llegó lo más difícil: hallar el “leit motiv” y componer la canción, que sería el centro de la cantata. Dimos con la frase “Por qué no puedo entenderte, Guerra”. Siguió una elaboración colectiva: en ese texto estaban todas las voces, que yo terminé de pulir y poner en transpirados endecasílabos. Querían hablar de Hiroshima, del sentimiento del soldado, de Palestina, de Malvinas, del imperialismo, de las madres que pierden a sus hijos… Al final, parimos cuatro estrofas, en ritmo de rock bluseado (también eso después de arduas discusiones). En fin, que había despertado expectativas en la escuela, en la cual todos los docentes presentan la labor del año en una muestra. A nosotros nos faltaba bastante todavía, por eso lo titulamos “ensayo general” y salimos “al toro” (además, faltó el trompetista, que era el único que se animaba a cantar, así que el profesor debió cumplir, con la mayor dignidad posible, el papel de solista vocal). Piano, contrabajo, guitarra y flauta traversa se desempeñaron con intensidad, aunque no sin nerviosismo, ante una treintena de asistentes. Al final hubo un aplauso sincero, más cálido que estruendoso, y una sensación de sorpresa…; ¿qué es esto?... Como cierre expliqué la propuesta y su proceso de composición e invité a los asistentes a dar su opinión y proponer un título para la “Cantatita” (su duración es de unos veinte minutos). Esa charla fue estimulante, y estimo que sirvió para que los jóvenes músicos (profesionales, casi todos) cobraran conciencia de lo que habían logrado elaborar, con punto de partida en sus emociones, ideas y saberes, en laboriosa y esperanzada cooperación. 11 - Al releer tus primeros poemarios, ¿reconocés tu voz en ellos? ¿Ha variado tu poesía a lo largo de cinco lustros? CS – Sin dudas ha variado mi poesía, junto a toda mi persona, a la creciente alforja de lecturas, al mundo que en esos cinco lustros, ha cambiado aceleradamente. Pero es mi voz… Digamos que hay poemas añosos que me hacen sonreír, otros ante los cuales me pregunto “¿cómo pude …?” Pero estoy ahí, no hay vueltas. Claro, en el proceso ha habido hitos, momentos determinantes. Recuerdo, en especial, tres: el primero, allá por mis trece, catorce años, fue como la confirmación de que era poeta, y la intuición de que “eso” me acompañaría siempre. Fue una tarde veraniega de caminata por mi capitalino barrio de Villa Luro, siempre entrañable… Sentí un estremecimiento, empecé a dar vueltas en mi cabeza a unas imágenes que surgían… Cuando llegué a casa el poema estaba terminado, y mi vocación, confirmada. Si bien yo “escribía” poemas desde antes de ir a la escuela, esa tarde fue algo así como un ritual iniciático, solitario y parece que definitivo. El segundo momento que juzgo decisivo fue diferente. Durante la Carpa Blanca, allá por mis treinta años largos, los docentes en ayuno juntábamos firmas de adhesión a la defensa de la escuela pública en las plazas locales. Una mañana se acerca un muchacho a firmar, tenía mucho entusiasmo, pero escribía su firma muy lentamente (era analfabeto). Me embargó una tremenda emoción, que apenas pude disimular. “Esto tengo que escribirlo”, pensé. Pero eso ocurrió un año después, volviendo de discutir en la ciudad de La Plata en otras instancias, pero también educativas, amontonado en el ferrocarril Sarmiento a las siete de la tarde… Y el poema apareció, lo escribí de memoria (generalmente componía así en esa época). Al llegar a Moreno ya estaba listo. La reflexión que se inició esa misma noche sobre los tendenciosos misterios de la inspiración y su conexión con el duro combate de cada día, me instalaron en otro escenario respecto de la poesía y mi propia creación. Finalmente, hace una década, comencé a trabajar como capacitador de docentes, y debí trasladarme con frecuencia a la localidad de Laferrére, casi dos horas sólo de ida…; en el colectivo comencé a componer un texto que me extrañó, era sinuoso, con mucha asociación libre, con mucho vértigo inconsciente…; extrañamente, me sentí cómodo, pleno, escribiéndolo (lo terminé después) y en ese momento me di cuenta de que había dado con el rumbo que estaba buscando para mi poesía de ese período, a la que venía sintiendo cada día menos satisfactoria, algo limitada, tal vez reiterativa…; desde esa mañana mi poesía tuvo más oxígeno, o, directamente, otro aire. En lo que hace a lo temático, hay una región a la que vuelvo, desde mi adolescencia, periódica, casi cotidianamente: la reflexión sobre lo poético y la palabra. Lo social fue responsable de mi “reencuentro” con la poesía, después de varios años de casi abandono, y generó tres libros; es algo que permanece, y vuelve, en situaciones puntuales, a aflorar. En la última década, sin embargo, me ha ganado la poesía que podríamos llamar “existencial”, una constatación, entre brumosa y encandilante, de las heridas, de los abismos del transcurrir y el ser, de la permanencia y la disolución. Y también están los textos que voy escribiendo sobre mis hijos, celebrando ese descubrimiento inagotable que es ser padre; componiendo y leyendo estos poemas he experimentado (junto a algunas situaciones de logros en las aulas) los momentos más felices de mi vida. En cuanto al estilo puedo señalar que todo es un insospechado reciclaje… Junto a los neologismos empleo con cierta frecuencia palabras casi relegadas al olvido (por ejemplo: relente, hogaño, zurear) que no deberían perderse, aunque más no sea por su musicalidad. Estoy volviendo a escribir algunos poemas con métrica y rima (abundaban en mi juventud). Hacia 2008 comencé con la composición de tríadas, poemas breves, con separación de barras, no de versos, en un intento de retener la fluidez semántica, sintáctica y fónica. Cada poema forma parte de una unidad mayor (tríada), a la manera de los movimientos de un concierto barroco. Así nacieron “Tríadas” (2009) y “Tríadas II” (2012). Otro “género” que experimento es la “marina”, composición más bien metafísica, surgida de la contemplación del mar, y también exploro desde hace un lustro el haiku (acabo de finalizar un pequeño volumen con ellos) e intento con el shijo… Dios y Basho dirán… 12 - Transcribo unas frases de un trabajo que se presentó en 1988 en Fundación del Campo Freudiano, en Buenos Aires, y del que ignoro el nombre de su autor: “La poesía manifiesta una violencia infligida al uso del idioma. Se funda en la ambigüedad de un doble sentido. Alusiva al igual que el oráculo, se constituye más allá del sentido. Lo que despierta es su polisemia, su imprevisibilidad. Para escucharla no se puede permanecer pegado al sentido. ¿Acaso el poeta no logra a veces la proeza de que un sentido esté ausente?” ¿Qué agregarías, Claudio? CS – Hay una afirmación de Roman Jakobson que demoré en comprender (creo que recién lo estoy haciendo ahora), que, de algún modo, dialoga con la paradoja señalada. Aunque parezca todo lo contrario, es en el territorio de la poesía donde las reglas de la lengua se cumplen con más inflexibilidad. Hay una cierta “ferocidad” inherente a la palabra que trasciende al que la emplea, aunque sea el poeta… “Las palabras tienen vida propia/ por eso saben herir tan limpiamente” nos dice Guillermo Boido en un dístico apabullante. El poeta no debe “hacerse cargo” de la ambigüedad, desvelarse por ella, pues ésta es inherente a lo que somos y no somos, al lenguaje, que nos dice y nos desdice… Esto consolida (al menos para mí) la imagen del poeta como oreja y lengua del gran latido cósmico, médium más que maestro, albañil, más que arquitecto, que intenta manejar el fuego de Zeus (que no es suyo) con la “herramienta” díscola del lenguaje (que precariamente cree dominar) para comunicar algo a otros seres (que son y no son como él). Por eso cuando creo un neologismo (se da con frecuencia en mis textos), hay algo de derrota (no di con la palabra, el lenguaje no me abrió del todo su cofre) y de triunfo (“descubrí” ,“fundé” algo); en este sentido, ya en el terreno de las imágenes y del poema mismo, experimento esa misma sensación de “develar la simpatía universal”, digamos un segmento del ADN cósmico, a la par de brotarme la estremecedora duda de haber realizado, apenas, un jueguito verbal, una pirueta que se sueña salto mortal. A veces envidio a los pintores y a los músicos, los siento ante un campo abierto; nosotros, los poetas, estamos en la jungla del lenguaje, acechantes y acechados. 13 - ¿Qué escritores te influyeron? ¿Piglia? ¿Beckett? ¿Lispector? ¿Montale?... ¿El peruano Augusto Salazar Bondy (1925-1974), el portugués José Saramago (1922-2010), la inglesa Virginia Woolf (1882-191), el salvadoreño Roque Dalton (1933-1975)? ¿Griselda Gambaro? ¿Yukio Mishima? ¿Eugène Ionesco?... CS – Mis primeros formativos “leídos seriamente” fueron los clásicos españoles e internacionales de la Colección Contemporánea de Editorial Losada, que una tía había ido reuniendo (sospecho que casi sin leer). Allí me deslumbraron Tagore, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, en poesía; la prosa de Miró y Azorín se me presentaba como insuperable. Pero el gran poeta de mi pubertad, y sigue siéndolo, es Antonio Machado, ya en sus libros, ya musicalizado por Serrat. Y en narrativa, un Quijote leído a los once años (en versión adaptada por Germán Berdiales) me fascinó, vuelvo infinitamente a ese libro, es el modelo insuperable. Shakespeare y Sófocles me enamoraron del teatro leído; con Brecht y Fernando Arrabal empecé a entender la especificidad del hecho teatral (y Molière, por supuesto, el verdadero clásico inoxidable de las tablas). Volviendo a la línea clásica lírica, Garcilaso, Góngora y Quevedo siempre “están ahí”, y la Generación del ‘27, con sus aledaños León Felipe y Miguel Hernández laten quedamente en mi poesía, junto a Blas de Otero y Nicolás Guillén. De los argentinos, Manuel J. Castilla, Juan L. Ortiz y Raúl González Tuñón son presencias poderosas. Y claro, Borges, tanto en poesía como en cuento, compartiendo el podio de influencias con Rulfo y Quiroga, que ya mencioné. Aclaro que siento sus presencias en mi creación, sin que mi literatura se les parezca o pretenda hacerlo; es eso, una presencia sin la cual mi producción sería distinta. Leo sin demasiada fluidez algunas lenguas europeas, lo cual me ata a las sospechosas traducciones (¿habrán dicho eso Omar Jayam, Tu-Fu, Rilke?), de ahí la preeminencia de los castellanos en mis recorridos líricos. Sobre los autores de la lista, Montale y, en general los existencialistas-herméticos italianos, en especial Ungaretti, me deparan un siempre renovado espacio para la reflexión, más aun que los surrealistas, diría. De los narradores, nadie podría negar a Saramago, Mishima o a Virginia, pero no siento que me hayan influido, tal vez por haber llegado tardíamente a mi biblioteca (salvo aproximaciones aisladas). Sí admiro -me identifico en el latido- a Ionesco, Beckett y Gambaro (aunque mi escritura teatral poco tenga que ver con la de ellos); en verdad, el Absurdo se prefigura en el Expresionismo, estética (casi diría cosmovisión) con la que me hallo en honda sintonía. Y en diálogo con ellos, la literatura “existencialista”, en el más amplio sentido: de Camus a Orwell, de Buzzatti a Char, arrancando del genio solitario de Kafka, y esa versión tan nuestra y original que es la narrativa de Antonio Di Benedetto, acaso el más perfecto y a la vez estremecedor de nuestros novelistas. Reconozco en mi escritura teatral fuerte influencia de nuestro grotesco, más al modo de Francisco Defilippis Novoa que al de Armando Discépolo, y esa impronta insoslayable, lúcidamente desesperada, genial, de Arlt. Finalmente, un lugar muy especial para la literatura popular, desde el cancionero tradicional folklórico al tango, de Atahualpa Yupanqui a Gagliardi, pasando por los narradores orales… Cuánto debe nuestra cultura y nuestro universo emocional a estas cotidianas gemas. 14 - Ricardo H. Herrera declara: “Me gustan los poetas que se aproximan a su tema como Cézanne lo hacía a los suyos: con esfuerzo, obstinadamente. Nada de abstracciones de escritorio sobre el papel, tan sólo lo que se conoce por experiencia de los sentidos. (…) Me gusta que el color de la palabra transmita el sentimiento nombrándolo apenas…” ¿Qué te despiertan estos enunciados? CS – Perseverancia, obstinación, por un lado, y sugerencia, sensorialidad, por el otro, parecerían términos de una formulación contrastiva. A mí me orientó bastante al respecto una charla sobre la poética de Dylan Thomas (desafortunadamente, no recuerdo al expositor, tal vez fue Esteban Moore); en ella se puntualizaba el enojo del galés cuando la crítica lo ubicaba demasiado cerca del Surrealismo. Y se entiende, según él, algunos poemas le llevaban meses de paciente y a veces desalentadora “lima”… Nada más lejos de la escritura automática y las asociaciones azarosas. Y sin embargo, la poesía de Thomas sabe internarnos en los pasadizos de la pesadilla, el deseo y la desesperación de manera más honda, y sin dudas más conmocionante que la mayoría de las zambullidas de la tropa bretoniana. Cuando la poesía realmente lo es, será sugestiva, más allá de la técnica de “maleado verbal” empleada, más allá de ideología pregnante; siempre, volviendo a una pregunta anterior, se nos escapará de la manos, siempre nos de/re/sangrará los labios y los oídos, o sea, los portales del alma. * Claudio Simiz selecciona para acompañar esta entrevista, en marzo de 2015, seis poemas de su autoría: Los hijos Y mientras el esclavo y el siervo y el mensú y el obrero engendraban sus hijos, el amo hacía cuentas y soñaba con sus nuevas monedas de carne encadenada en su cofre de hierro. En cambio, el esclavo y el siervo y el mensú y el obrero reían, lloraban, y danzaban porque sabían que engendraban hombres. (de “De pura chapa y otros versos”, 2000) * La tierra Y la tierra es así: uno quiere olvidarla, se estira, intenta la aventura del aire, pero el aire se parece demasiado a los sueños y uno aterriza en cuatro patas, de rodillas, de pie, la columna estremecida. Al rato sacude la cabeza, se palpa los dolores y los años, busca un piso más firme para el próximo esguince. Los pájaros nos miran, nos sonríe su corazón azul que solo caerá una vez. (de “No es nada”, 2005) * Lugares I Desde mi ventana Lo han venido anunciando los zorzales/ el día ya es inevitable/ y crecerá la luz aunque cierre mis párpados/ igual que el olor acre de la muerte/ indiferente y ferozmente ecuánime/ Me pregunto/ si quedará alguna línea aún no escrita/ un hiato un lapsus/ entre tantos millones centillones de instantes/ que absorbemos el aire y lo expulsamos/ hasta quedarnos con el solo silencio/ Ojalá llegue el viento / sabio niño/ a azarearme las páginas del día/ a azorarse en las velas desvaídas de mi desarbolado corazón/ en los páramos/ de a ratos/ la poesía perfuma de otro modo. II Desde mi biblioteca Ojos expertos núbiles/ manos trémulas de ensueño o de codicia/ creerán desbrozar saquear mi biblioteca/ que se dispersará/ como un lento y pequeño Bing Bang de silencios/ Ella ha ido creciendo/ ha cambiado de tallas y de nombres/ ha discurrido ocasos y cenites/ y acaso pueda/ contar mejor que nadie mis costillas rotas/ hacer constar en actas las capitulaciones de mis sueños/ Al final/ las miríadas de páginas y polvo/ que fatigué mil veces/ o esquivé tercamente/ resultarán mi cosecha y mi siembra/ la manera de entrarme mansamente/ en el descubrimiento prodigioso del olvido. III Desde mi espejo Aquí están mis palabras/ dolientes o dolidas/ aquí está mi silencio/ yo no estoy aquí/ Aquí está mi pellejo/ trasegado de esquirlas y caricias/ aquí mi subrepticia/ mi rotunda osamenta/ yo me he ido hace tiempo/ Aquí yace un obstinado corazón/ un náufrago solitario y espléndido/ después del desamor y el desolvido/ no le tengas piedad/ los sueños saben ser generosos con su presa. (de “Tríadas”, 2009) * Jornada I Nadie mira adelante/ antes de la partida/ los ojos van y vienen/ del puño a la maleta/ del cielo al suelo/ mientras susurran “vamos” las agujas unísonas/ Nadie sueña el mañana/ mientras cierra la puerta/ y sus pasos opacos despiden la vereda/ y guarda en su bolsillo las llaves que darán a la nada/ e inaugura el exilio tempranamente exhausto/ Nadie deja su casa vacía/ nadie se marcha solo. II Caminar es la cosa/ aceptar que partir es partirse/ hasta romper con la propia sombra/ Caminar es la cosa/ pactando atajos con la senda crispada/ con la luz temerosa/ con los propios ajenos dubitativos fémures/ Caminar es la cosa/ comprender que la diáspora es una flor secreta que se abre y se cierra cada día/ caminar/ sin que se nos apague el corazón/ intentar que no caiga condenado inocente/ como un huevo de su nido. III Todo hombre tiene su instante de ceniza/ y las cenizas saben obstinarse quedamente/ hasta volvernos ciega la mañana/ Todo hombre ha bebido su último trago hasta las heces/ mientras ausculta la memoria de lo que no ha sido/ y acomete a alaridos a la noche impecablemente sorda/ Todo hombre regresará una tarde/ sólo para saber si aún está solo. (de “Tríadas II”, 2012) * Los ahogados (marina) Los ahogados son los únicos que vuelven de las caricias de la muerte. Nos regresan crecidos, burilados quién sabe por qué mano, coloreados como un mantel en que se ha derramado el vino de la noche. Vienen de perseguirse por los bosques azules, del intento de hacerse de burbujas que siempre escaparán hacia su padre, el aire, de recorrer senderos que ceden sus atajos falaces. Pero regresan, siempre regresan, tal vez con algún alga dorada en los cabellos. Los abismos siempre son más pequeños que una casa; en el amanecer la playa se parece demasiado a una cuna. (de “Actas del naufragio”, 2014) * Hasta siempre A Javier Adúriz, in memoriam El poeta lo sabe: entre la íntegra locura y la obscena cordura sólo media un paso, y él está (todos estamos) sosteniendo la vida con un pie en cada abismo. (de “Café con lluvia”, inédito) * Entrevista realizada a través del correo electrónico: Ciudades de Moreno y de Buenos Aires, distantes entre sí unos cuarenta kilómetros, Claudio Simiz y Rolando Revagliatti, marzo 2015. * http://www.revagliatti.com.ar/030816b.html http://www.revagliatti.com.ar/031124.html

Poesía y región

"Poesía y región" está inlcuído en el libro ESCRITOS IRREBERENTES de Juan José Hernández, publicado por la Edutorial Adriana Hidalgo en 2003



miércoles, 11 de febrero de 2015

LA GACETA Literaria Macedonio Fernández

Macedonio Fernández: un escritor en la confluencia

Su trabajo deambuló por géneros difusos. Esa incerteza es su sello de fábrica del comienzo al fin. Esa indecisión ambulatoria es precisamente su triunfo. Por otro lado, entendió que la escritura autobiográfica trabaja con algo que se desvanece o que se disuelve como agua en el agua. Es lícito pensar en los gestos de Macedonio, no para definir una vida, sino para pensar una actitud ante la vida y la biografía
 
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CLAVE. “Macedonio era algo así como un escritor sin género”, dice Sylvester. elortiba.org
Por Santiago Sylvester - Para LA GACETA - Salta
Carta curiosa y a la vez reveladora, la que escribió Horacio Quiroga a Leopoldo Lugones en 1912. Desde San Ignacio, donde Quiroga ya tenía asiento permanente, hasta Londres, donde estaba Lugones de paso, llegó una carta en la que el uruguayo contaba con algún alivio su designación como juez de paz. Quiroga había conocido en esos días al juez y al fiscal de Posadas, y le comenta a Lugones: “El fiscal es hombre cuasi de letras -Macedonio Fernández- que me inquietó, al conocerlo, con un juicio sobre Rodó”. El comentario consiguiente de Quiroga resulta hoy inmensamente más irónico que entonces: “Ya sé, amigo Lugones, que aún en la justicia se hayan cosas raras”.

De esta anécdota, lo que más resalta es el calificativo de “cuasi de letras” aplicado a Macedonio Fernández, ya que el otro, el de “cosa rara”, es bastante frecuente. Sin embargo, cabía bastante bien aquella reticencia, puesto que Macedonio Fernández todavía no había hecho, estrictamente, su presentación a los lectores. 
Todo juicio sobre un escritor se funda sobre todo en lo que muestra, y en aquel entonces, con 38 años cumplidos, da la impresión de que Macedonio Fernández no tenía mucha ilusión de convencer a nadie de que él era escritor. Desconozco su estado de ánimo, o qué olfato de la oportunidad lo sostenía (seguramente ninguno), pero en más de un sentido nos estaba diciendo que se movía a tientas. Es cierto que, si se considera en número de páginas, ya tenía escritas varias decenas que seguramente guardaba, como es fama, en maletas y cajones. También había hecho incursiones periodísticas, entre las que me parece justo destacar, por su carácter anticipatorio, el poema Suave encantamiento, publicado en 1904 en la revista Martín Fierro, de tendencia anarquista, que dirigía Alberto Ghiraldo: ese es, creo, hasta que alguien pruebe el error de mi fe, el primer poema construido en verso libre que se publicó en habla castellana. Por otra parte, mantenía con algunos amigos correspondencia del más genuino cuño intelectual; y sin embargo todo eso no era garantía de consolidación de una obra ni mucho menos de “tener un nombre”, o difusión, por lo que aquella calificación de Quiroga era “cuasi” verdadera.

Pero si bien no había logrado presentarse como escritor, también es claro que tenía conciencia de que su destino pasaba por las letras: hay rastros epistolares, comentarios de amigos, escritos propios, en los que alude a su vocación, además de cierto desasosiego por el hecho de ser un escritor desconocido y, por si no bastara, sin obra. Hay que agregar, lógicamente, sin obra publicada, porque el trabajo constante, fecundo, esperaba guardado. Lo que sucede, como lo sabe cualquiera que escribe, es que la obra que acumula polvo en los cajones termina ladrando como perro con hambre y tiene la presencia incómoda de alguna desidia o cobardía. No es por supuesto el único caso, basta con recordar a Pessoa, que murió casi inédito, para entender la dimensión de una decisión íntima, seria, vinculada con eso más bien proteico que se conoce como destino.

Escritor sin género

El problema más serio de Macedonio Fernández no tenía que ver con cobardías ni desidias sino, en mi opinión, con el hecho de que era algo así como un escritor sin género: su tarea, posiblemente inesperada también para él, consistió en desmontar el andamiaje literario de la época, y tal vez ni siquiera él sabía en qué casillero situar su obra. Su trabajo deambulaba por géneros difusos, y esto fue siempre así, como que esa incerteza es su sello de fábrica del comienzo al fin. Visto desde hoy (desde hace más de medio siglo) esa indecisión ambulatoria es precisamente su triunfo, su absoluta actualidad; pero a comienzos del siglo XX sólo muy pocos lo aceptaban sin pedir a su autor alguna explicación. Explicación que con toda coherencia no llegó.

Roland Barthes dijo que escribir, para un escritor, es verbo intransitivo. Este postulado es muy cierto para Macedonio Fernández: pareciera que pocas veces se propuso escribir un poema, o un cuento, o un ensayo. El resultado, en este sentido, fue conjetural: da la impresión de que cuando escribía no siempre sabía de qué se trataba. Hay tal interferencia recíproca que aún hoy cuesta diferenciar los géneros o, más todavía, encasillarlos. La literatura no era para él un camino de costumbres sino una permanente incursión: no se proponía dejar conforme a un lector sino, en todo caso, obligarlo a mascar un alimento enteramente nuevo. Un buen ejemplo es su poesía: considerada por un lector desprevenido, es posible que ofrezca dificultades para considerarla llanamente como tal. Esta dificultad vale en general para toda su poesía, una vez concluido un breve saludo al Modernismo, bandera en la que no creía. Propongo revisar trabajos fundamentales como Poema de poesía del pensar, que inaugura una estética en la poesía argentina, su Poema al astro de luz memorial, o Poema de trabajos de estudios de las estéticas de la Siesta, cuyos enunciados ya generan desconfianza y, desde luego, son poemas de lectura trabajosa hasta hoy.

Hay un olvido frecuente: que la “creación” de algo, para serlo, tiene que poner ante nosotros lo que previamente no existía, o un punto de vista nuevo sobre un objeto conocido. La lectura más habitual espera, por el contrario, algo parecido a lo que ya se conocía, cuya digestión esté garantizada sin demasiado esfuerzo. La poesía de Macedonio Fernández resulta extrema en aquello. Si se reconstruye la época en que sucedió, se puede ver que imaginó su obra en un campo de batalla.

Con la poesía tradicional no sólo discutía contenido y forma sino el mismo hecho estético: es decir, qué se consideraba poesía; y la suya fue, según la valoración vigente por entonces, directamente antipoética. Y en cuanto a la vanguardia, desconfiaba de su proyecto de ruptura, que tenía para él mucho de romanticismo con predominio lírico, y un tipo de “inspiración” emotiva que le recordaba más bien a una impostura. Peleó, pues, a izquierda y derecha; y por si fuera poco, propuso un modelo indeterminado, un formato sin clara definición, de puertas abiertas, en el que sin dudas se encontraba cómodo, pero que a la vez le creó dificultades para sacarlo de valijas y cajones, en los que durmió una larga temporada.

Algo similar ocurre con sus cuentos, que siempre generan la pregunta de si efectivamente lo son; y desde luego con sus novelas, que tienen de novelas, sobre todo, su arbitraria nomenclatura. Y cómo considerar los textos fragmentarios: ideas, reflexiones, humoradas intelectuales, proyectos imposibles, enunciados filosóficos, teorías implícitas, apenas disimuladas detrás de un velo que oculta la perplejidad.

En su caso se trataba de escribir para ver qué resultaba: siempre con un punto inasible, o humorístico, o tal vez al revés: de la más extrema seriedad, sólo que por eso mismo tiene algo de increíble.

Sin nombre

Montaigne llamó genialmente “ensayos” a sus búsquedas (hago hincapié en su significado literal: algo que no termina de resolverse) y esta nomenclatura le aclaró el camino, no sólo a él sino a sus lectores: a partir de esa designación estuvo más aclarado de qué tipo de elaboración se trataba. Posiblemente sea esta última genialidad bautismal lo que faltó a Macedonio Fernández. Tal vez el hecho de no haber encontrado a tiempo una nominación adecuada para sus procedimientos le retardó la presentación; porque es posible que él mismo haya sentido, ya con años a sus espaldas, la indecisión de escribir sin atinar a dilucidar qué era esa materia movediza; algo así como un escritor de hojas sueltas que no terminaban de juntarse todas en un libro. Tuvo que esperar bastante para reconocer un trabajo de conjunto y poder dar a conocer, en 1928, a sus 54 años, No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Luego tuvo que dejar pasar otra cantidad subrayada de años para decidirse a otra exposición pública. Aún entonces esa obra densa, extensa, siempre a riesgo de genialidad, fue consecuente con su tarea de demolición de los géneros, como si su autor se sintiera más cómodo en la confluencia de todos.

© LA GACETA

Santiago Sylvester - Poeta, narrador y ensayista. Director de la colección Epoca de Ediciones del Dock.

http://www.lagaceta.com.ar/nota/589836/la-gaceta-literaria/macedonio-fernandez-escritor-confluencia.html

viernes, 30 de enero de 2015

ENTREVISTA A SANTIAGO SYLVESTER


"La poesía es hoy, más que nunca, una forma de disidencia"

El poeta salteño admite que la poesía siempre ha sido de lectura minoritaria, pero recuerda que el arte existe por razones más serias y complejas que las estadísticas
 
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RESISTENCIA. Según Sylvester, existe una necesidad social de que alguien diga "no". "Siembre habrá alguien que se dedique a gritar contra el viento", afirma.
Por Fabián Soberón
Para LA GACETA - Tucumán

Recientemente, Ediciones del Dock (Buenos Aires) ha publicado cuatro tomos -Gianuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía, Diario de un libro- dedicados a ensayos, notas y artículos sobre poesía. La colección se propone ahondar en los problemas de la escritura del texto poético, el verso libre, los límites y el alcance del género. Cuidadosamente editados, los cuatro libros incluyen autores procedentes de geografías y poéticas diversas y ponen en cuestión cierto canon de la crítica. Uno de los editores de la colección, el poeta y ensayista Santiago Sylvester, manifiesta en esta entrevista que no había una colección dedicada exclusivamente a estos asuntos y que las reflexiones incluidas en los volúmenes se pueden extender al arte en general.

- ¿Por qué publicar una colección de ensayos, reflexiones, notas y artículos sobre poesía?
- Como tantas cosas, esta colección es consecuencia de una buena conversación. Con Rafael Oteriño, Javier Adúriz y Carlos Pereiro, de Ediciones del Dock. Nos pusimos a charlar una noche en Buenos Aires y llegamos a la conclusión de que no había una colección dedicada a este asunto. En realidad, se trata de reflexionar sobre el arte en general, ya que los problemas están muy conectados: aquí sí que la parte incluye al todo, la poesía habla de un espectro más amplio. Las enormes modificaciones del siglo XX, y lo que va del XXI, pegan de lleno en la expresión artística, por eso nos pareció necesario abrir un sitio de debate y reflexión, y nos salió la colección Época, que ya tiene cuatro libros publicados y dos en vías de edición.

- ¿Qué lugar le cabe a la reflexión sobre poesía en la época de la televisión basura?
- La sociedad no tiene una sola dirección, sino muchas: vivimos en una sociedad compleja. Quiero decir que la basura social, que no está sólo en la tele aunque ella sea su escaparate mayor, tiene su presencia lamentable, y la poesía (el arte en general) la suya, distinta: que se toquen o no dependerá de qué hagan los artistas. Por otra parte, la poesía, que ha sido durante siglos una forma del conocimiento o la celebración, resulta ser, hoy más que nunca, una forma de la disidencia: hay un gran placer en decir "no" donde se dice masivamente "sí", y al parecer existe necesidad social de que alguien lo haga. Por este sentido de la disidencia habrá siempre alguien que se dedique a gritar contra el viento.

- Es un lugar común decir que se lee menos poesía. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?
- Siempre la poesía ha sido de lectura minoritaria, pero es cierto que, en relación a la masa de lectores, la poesía tiene pocos fieles. Hay que recordar, sin embargo, que no hay un solo tipo de lector, sino muchos: el que lee libros de autoayuda, o novelas de encargo, difícilmente leerá poesía o ensayos, y viceversa; de modo que hay que considerarlos separadamente. Pero imagínese si Tolstoi se hubiera planteado cuántos lectores leían sus novelas en la Rusia de su época: no hubiera escrito ni Ana Karenina ni Guerra y Paz. El arte existe por razones más serias y complejas que las estadísticas.

- Giannuzzi, El verso libre, Dificultades de la poesía y Diario de un libro (de Girri) son los primeros títulos de la colección Época de Ediciones del Dock. ¿Es azaroso que hayan aparecido esos títulos en primer término u obedece a un plan estético?
- Siempre hay un cruce de azar y planificación. El azar está en el orden de aparición, pero es planificado, por ejemplo, ocuparnos de Giannuzzi y Girri: representan algo en la poesía actual que nos interesa destacar. Igual que el Viel Temperley que está en preparación: un poeta sobre el que ya tenemos que pensar. Por otra parte, los otros títulos son disparadores para que la gente convocada exponga sus puntos de vista.

- Al leer los ensayos, artículos y notas, se percibe la participación de autores de diferentes procedencias geográficas y estéticas. ¿Es un propósito explícito de la colección difundir la palabra de autores postergados u olvidados por cierto canon de la crítica?
- Sin duda. Una de las primeras condiciones de la colección, aceptada por todos, fue que fuera representativa de todo el país. No nos interesa mostrar una parte, por importante que sea, sino recoger la energía que abarca el país real: completo. Tampoco nos interesa encasillarnos en una estética determinada, siendo el momento actual tan ecléctico.

- ¿Qué lugar tienen los diarios, las anotaciones marginales, los desvíos ensayísticos y las reflexiones de un poeta en la elaboración de un poema y en la lectura de poemas?
- Para mí, tienen muchísima importancia. Tengo siempre un cuaderno donde anoto cosas que tal vez se desarrollen en un poema, o en un ensayo, o queden ahí, en estado de inminencia. Yo escribo mucho sobre anotaciones rápidas: luego las elaboro para ver qué sale. Y, ya fuera de lo personal, ahí está ese libro extraordinario de Girri, que publicamos: anotaciones al margen de un libro de poemas que estaba escribiendo. Es un material fresco, casi espontáneo, como espiar por la cerradura a un escritor en el momento que escribe.
© LA GACETA

Sobre el amor

Por Santiago Sylvester

No importa dónde nace el amor (los nacimientos son asuntos de registro o de parroquia) pero sé que no dura al aire libre, en ese prado aséptico con un molino al fondo.
Nace en cualquier parte pero no prospera en la ilusión bucólica: busca la complicación, no el caos pero si su orilla, un cuerpo espeso de tejidos y de material residual, y busca sobre toda la armonía que es donde, si nos descuidamos un instante, muere por falta de necesidad.




Santiago Sylvester nació en Salta en 1942. Es poeta y ensayista. Ha publicado 12 libros de poesía y otros de cuentos y ensayos. Es autor de la antología Poesía del Noroeste argentino. Ha recibido el Premio Fondo Nacional de las Artes, el Premio Nacional de Poesía, el Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges, entre varias distinciones en nuestro país y en España.
http://www.lagaceta.com.ar/nota/426729/la-gaceta-literaria/poesia-hoy-mas-nunca-forma-disidencia.html?utm_source=facebook.com&utm_medium=social&utm_campaign=botondesktop

sábado, 13 de diciembre de 2014

Los casos particulares

Un diálogo entre Santiago Sylvester y Rafael Gutiérrez
sobre  Los casos particulares

                El día 3 de setiembre Santiago Sylvester convocó a los interesados en la poesía a asistir a un diálogo en torno a su último libro de poesía, Los casos particulares. La cita se concretó en el salón auditorio del Complejo de Archivos y Bibliotecas de Salta, en la esquina de las avenidas Sarmiento y Belgrano.

                El diálogo fue más o menos así:
Santiago Sylvester: - Antes de pasar el micrófono, quiero agradecer al Complejo de Archivos y Bibliotecas de Salta que cedió el espacio para esta charla y al Prof. Rafael Gutiérrez por prestarse a ella, porque no es fácil encontrar con quien hablar sobre estos temas. También agradezco al público que ha venido a participar de este diálogo, por suerte no un monólogo.
Rafael Gutiérrez: - Buenas noches, agradezco al público que viene a participar de esta charla que es la continuación de una que comenzamos en un café, ahora seguimos con agua sin el café, aunque espero que con el mismo entusiasmo ya que es difícil encontrar con quien hablar sobre poesía. Acordamos con Don Santiago que presentar un libro es un género devaluado, entonces qué mejor que compartir con el público un diálogo entre el autor y un lector que tuvo la suerte de acceder al poemario completo, antes que el resto. Quienes tuvieron suerte de acceder a algún avance leyó uno u otro poema pero no el libro completo, eso es lo que compartimos ambos y nos va a dar pie a seguir la conversación.
                Para obviar lo que pasa en las presentaciones de libros no vamos a hablar del autor porque quienes vinieron ya conocen a Don Santiago y quienes no lo van a conocer de un modo muy íntimo porque aún a su pesar su poesía habla de él. Es un libro que requiere cierto aliento porque se trata de cincuenta y un poemas, ¿cuánto le demandó reunirlos?
S.S.: - Reunirlo me llevó diez minutos, pero escribirlos dos años, incluso darle forma de libro, porque hay un problema en diferenciar un verdadero libro de un rejunte. En ese sentido Stevenson decía que en un libro todas las palabras tienen que mirar en una misma dirección y eso se nota al diferenciar al uno del otro, porque de repente aparece una palabra que apunta para el otro lado de una manera inesperada –porque también puede estar puesta de una manera deliberada- y ahí surge el tropiezo. Armar el libro, imaginarlo, titularlo llevó dos años, ya que poner el título que tiene que funcionar como una síntesis de lo que viene y que tiene que representar a los poemas que precede. No son tantos tampoco, si uno piensa en el Canto General de Neruda no es mucho.
R.G.: - Bueno, Neruda es de escribir largo, pero en este caso cuento cincuenta y un poemas y me preguntaba cómo hizo para acertar con un título que fuera una invitación a leer, que condensara la matriz semántica de todo lo que se va a leer: Los casos particulares. Aprovecho que hay gente de filosofía entre el público para reiterar algo de nuestra conversación previa en la que atribuíamos a la filosofía su interés por lo general y universal, mientras que la poesía patentiza lo particular y en este caso hay un trabajo que va desde el relevamiento de lo más particular y cotidiano hasta llegar a la dimensión de la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad, lo que en definitiva engendró tanto la filosofía, como la religión, la ciencia y la literatura. 
S.S.: - Recordábamos que Borges decía que el arte no es platónico porque atiende a lo particular, no tanto a los principios generales, a las abstracciones, sino que va a lo concreto. Yo tengo una tendencia a eso, aunque suene un poco pedante, mi análisis es por el método inductivo, muy pocas veces aplico el método deductivo, porque en primer lugar desconozco los principios generales. Más bien me pasa el revés, tengo que ir a lo concreto, a las cosas, y de ahí voy buscando eventuales respuestas. Lo que Ud. decía recién, hay grandes preguntas que se repiten y por eso existe el arte, porque esas preguntas están condenadas a no tener respuestas, eso es parte de la condición humana puesto que vivimos en un mundo con preguntas fundamentales pero que no tienen respuesta y eso también lo sabemos; incluso hay preguntas tan absolutamente determinantes para la humanidad que se termina matando por ellas, por ejemplo hay dos afirmaciones que me parecen imposibles de probar: una “Dios existe” y la otra “Dios no existe”. Sin embargo la humanidad se ha matado por esas dos preguntas y las eventuales respuestas y ese es el destino de la humanidad, estar formulando permanentemente preguntas que no tienen respuestas y que además lo sabemos.
R.G.: - El título del poemario parte del poema que refiere a la filosofía, al tratamiento de lo universal: “La fe laica de Francis Bacon…” y de ahí da un salto impresionante de esa reflexión citada, entrecomillada aparece otra reflexión citada:
“…en la banda del río Pilcomayo, la temperatura de la charla y el
método infalible de Martín Arraya: ‘si usted ve un anima con
escamas, aletas, branquias, y sabe nadar,
aunque no sepa
qué es seguro que es pescado’.”
Es una irreverencia desde el punto de vista de la filosofía pero es lo que hace la poesía, ser irreverente, porque va de la gran reflexión del afamado filósofo Francis Bacon a la de una persona común, vulgar y silvestre -como cualquiera de nosotros que está acá- para llegar a la gran conclusión de:
“No me gusta la naturaleza mitificada: la prefiero como es,
con ejemplos para todo:
                                               mucho respeto entonces
por la cantidad continua de casos particulares.
que son todos
y nos rodean.”
Porque no en vano toma a Bacon, porque se trata de partir de la experiencia para llegar a esa afirmación de que somos el género humano y somos cada uno de nosotros.
S.S.: - Martín Araya es un gaucho que vive a la orilla del Pilcomayo a quien conozco hace mucho y le oí esa frase que me parece genial y por eso la he usado algunas veces para responder a esa pregunta que tampoco tiene respuesta, aunque ha sido contestada miles de veces y de miles de maneras “¿Qué es la poesía?”. La respuesta de Martín Araya -que es puro método inductivo- es lo único que puedo decir acerca de qué es la poesía: si usted ve un animal que tiene branquias, que tiene escama y nada, aunque no sepa qué es, de seguro es pescado. Más aún en un momento complejo, tal como lo decía Eliot: la poesía es compleja porque la sociedad en la que vivimos es compleja. Entonces una expresión tan importante como es la reflexión a través de la poesía sobre la sociedad, ya que toda poesía va o viene de ella, no puede ser sino compleja en este momento y es por eso que resulta difícil identificarla en este momento. Antes, cuando la forma estaba escandida, medida, todo parecía más claro. Soy partidario de la forma medida, me gusta el siglo de oro español y lo sigo leyendo como a mis contemporáneos, pero sé que en este momento hay una dificultad añadida para ir identificando qué está dentro del género y qué no, porque no es lo mismo el verso libre que un mal verso, son dos cosas totalmente distintas.
R.G.: - Claro, uno sería el verso libro y el otro sería un verso libertino. Hay un poema que se titula “baño en el río” y que he subtitulado “arte poética” ya que condensa una toma de posesión sobre qué es poesía:
“Moverse con suavidad de sábalo para no golpearse en las piedras,
evitar la exageración como si estuvieras escribiendo un poema: que
no retumbe, que no sea enfático
para que las cosas se vuelvan auténticas.”
Se trata de buscar moverse como un pez en el agua con el lenguaje para conseguir la fluidez de un lenguaje auténtico que patentice las cosas y las vuelva auténticas.
S.S.: - Eso también es una opinión sobre el lenguaje poético porque de las muchas maneras de escribir poesía a mí no me gusta que esté sobrecargada poesía, lo que tal vez se note desde el mismo título “Los casos particulares”, un título seco; tengo un libro anterior que se llamaba La palabra y, siempre me preguntaban por qué ese título y tenía que ponerme a dar explicaciones. Lo que digo ahí es que la poesía me gusta así, con escasa retórica, que no retumbe con un énfasis en las palabras. En definitiva las palabras son las mismas pero hay un énfasis por detrás, su forma de usarla, altisonantes o tras escalones más abajo. Tiendo a bajarlas de escalones porque me da la impresión en que de ese modo entran con más eficacia y como lector me gusta que las palabras entren a la realidad a ras de tierra, que no tengan un vuelo sobrelevantado, que no retumben demasiado, lo que en general me indica que ya las he leído, hay una retórica que se repite, delatan una huella previa; que aunque inevitable me gustaría escribir como Quevedo -para hablar de huellas previas- pero sabemos que no podemos, tenemos la obligación de no hacerlo, tenemos que buscar un atajo, tal vez hasta inesperado. No sé tampoco si tengo razón, profesor.
R.G.: - A propósito de la razón leía “dificultades de la convivencia” que comienza diciendo:
“No es necesario que estemos de acuerdo…” y eso va para todo el auditorio porque está dando su opinión ya que nos parece paradójico que trate de hacer una poesía sin retórica, buscar no repetir lo que dijeron otros y recordaba un ensayo suyo con un título que me parece genial El oficio de lector.
S.S.: - Es lo mejor que tiene el libro.
R.G.: -No crea, puedo opinar otra cosa, recuerde que no es necesario que estemos de acuerdo. En ese libro hay algo que lo define, que ha decidido asumir un oficio de lector ya que si puede escribir estos cincuenta y un poemas es que en el fondo hay una gran cantidad y profundidad de lecturas que voy notando a medida que recorro su libro. Hay una diversidad de lecturas no sólo de libros porque va desde la cita erudita a la de un gaucho a orillas del río, de las frases célebres a las frases cotidianas y las noticias ¿Alguien recuerda en este momento el bosón de Higgs? Y veo entre el público seños fruncidos que traslucen la pregunta de ¿qué es eso? Bueno, se trata de la conocida vulgarmente como “la partícula de Dios” que fue noticia cuando los científicos se ufanaban en decir “ya llegamos al momento de la creación”, pero resulta que se quedaron diez minutos antes.
S.S.: - Diez minutos que da lo mismo que sean cinco o cuatro mil horas porque seguimos sin saber cuál es el origen de la creación. Creo absolutamente que detrás de todo lo que estoy diciendo hay un montón de lecturas. No es que me crea totalmente original, cuando digo que trato de escribir cosas inesperadas es una búsqueda sobre un montón de lecturas que uno tiene por cuestiones de edad. A mis años es imposible no haber leído mucho, me pasé la vida leyendo y creo que esa base de lecturas es funcional a la búsqueda de una especie de novedosidad que uno pueda traer, no porque tenga obsesión por ser novedoso.  No soy vanguardista, ya pasó la época de la vanguardia, la ruptura ya está hecha y rehecha, no podemos seguir jugando a los rompedores y ya también se ha intentado la recomposición. Los ismos han confundido mucho, por ejemplo el futurismo con Marinetti que vino a Buenos Aires y se encontró con la horma de su zapato. Era un hombre que quería romper todo, decía que un coche bramando era más bello que “La Batalla de Samotracia” que está en el Louvre, una estupidez. Ahí estaba un poeta peruano llamado Alberto Hidalgo que después de la conferencia sobre futurismo le dijo que para ser consecuente no tendría que mostrarle los poemas que había escrito sino los que va a escribir. Hay una consecuencia de todo ese ismo que es un precio a pagar. Creo que la ruptura se ha hecho pero creo en toda la construcción más que en la ruptura.
R.G.: - Eso me hizo acordar al poema el recuento que comienza así:
“Estar sentado en esta piedra tiene algo de recuento: aquí estuve de
niño,
luego de muchacho y aquí los años
se juntan de golpe si canta un chalchalero
o al viento azora las hojas del nogal.

No puedo jactarme de que el río y yo hayamos envejecido a la par:
él tiene otra vejez, no sé si más histórica
o tal vez lo contrario, precisamente sin historia: puro presente que
                se va y sigue yéndose: no como desperdicio sino
parte de un paisaje que nos abarca a todos: este río que pasa y pasa,
y yo vuelvo a él
por lo que tiene de circular una vida ya larga.
                                                                                              Me gusta
que siga por aquí: hay ríos de mi infancia que han desaparecido:
este río
podría ya no estar
y hubiera sido un desencuentro cuando
un desencuentro ya puede ser para siempre.

No hemos envejecido juntos, ni de la misma manera,
pero hay un recuento que nos obliga a los dos: por eso estoy de
                nuevo aquí.”
Me gustó mucho por la recuperación que hace del tópico de la vida como río y en especial el cierre “…por eso estoy de nuevo aquí”, como una definición en un aquí tan particular.
S.S.: - Ese poema tiene que ver con la recuperación que hago de Leser, el lugar al que voy cada vez que vuelvo a Salta. El río Castellanos es el que no está nombrado aunque podría ser cualquier río porque en definitiva es simbólico pero me ha tocado irme y volver, por eso digo “recuento”. Asé me salió, no es que la vida sea eso. En este poema estoy hablando de mi vida, que la he vivido aquí, así como me ha tocado irme por largo tiempo, llevo treinta años o más fuera de Salta, pero no me he desarraigado, hubo algo circular realmente en mi vida. Para mí ha sido una suerte porque creo que en los trastierros uno puede perder tierra pero lo mejor es ganarlas a todas y eso es en todo caso lo que me ha pasado. No he perdido la tierra de la que he venido y a la vez he ganado las tierras en las que he vivido, por ejemplo he vivido en Madrid veinte años y ahora estoy en Buenos Aires y vuelvo aquí. De modo que hay algo de circularidad en mi vida que está contada en ese poema. No tiene que ver con el tiempo histórico sino conmigo, el aquí permanente que uno es. Digo que entre tanto ir y volver he llegado a la conclusión de que mi lugar soy yo, por eso del lugar donde estoy no me puedo ir, al menos por ahora, cuando me vaya ya va a ser en serio.
R.G.: - También conversábamos en el café previo sobre esta cercanía que tuvo con los poetas de la generación anterior entre quienes estaba Manuel J. Castilla y cuando leía sus poemas anotaba “esto me hace acordar a tal o cuál poema de Castilla”, en especial el sueño:
“El sueño empieza en una casa de Salta, y sigo hasta llegar a la casa
                itinerante que soy yo
donde vivo como un verbo cualquiera que se hizo carne.”
Y nos hizo acordar a La casa donde soy de Manuel J. Castilla.
S.S.: - Sí, el tema de la casa es el tema del hogar, es como el hueco original. El soneto de Manuel es una maravilla absoluta, es uno de los grandes poemas de la lengua española. Es la casa perdida y en mi caso también. Ese sueño que cuento en el poema es un sueño que he recuperado así y se refiere a la casa donde he nacido, en la calle Deán Funes Nº 26. Soñé que recorría la casa larga, de varios patios y al llegar al final oía la voz de mi madre, pero no la veía que me día con cierto fastidio y hasta con cierta obviedad: “hijo, hay que aceptar que las cosas se acaban”. Y es la verdad, se acababa la casa. Cuando desperté tomé nota porque el poema ya estaba terminado, sólo tenía que corregir algún adjetivo. El tema de la casa creo que lo tenemos todos, como hogar, como hueco, como tribu, en fin como una metáfora que condensa muchas cosas.
R.G.: - Realmente la casa donde soy es toda una construcción de identidad, soy yo y mi lugar y ese lugar inmediato es la casa, el hogar.
S.S.: - Usted se acordaba, recién en el café, de Ulises que se pasó toda su vida tratando de volver a su casa y es que quería volver pero no tanto porque tardaba un montón de años. Entonces se trata de un quiero volver pero no ya y eso también en una manera de volver a la casa. Ulises volvió pero se tomó su tiempo.
R.G.: - Claro, la casa nos identifica, nos acoge y nos protege, pero si no salimos a hacer el viaje, no vivimos.
S.S.: - Sí, de todas maneras el gran viaje es la propia vida. Usted puede pasarse como Kafka viviendo toda su vida en Praga y mire el viajón que hizo. Todo depende de como encare la vida, lo demás son adornos, uno puede ser París –lindo adorno- o Madrid o Buenos Aires, en fin, uno puede ir a lugares pero el gran viaje, el gran aprendizaje donde uno va descartando cosas, tomado experiencias para llegar como pueda al final, ese gran viaje es la vida.
R.G.: - ¡Suerte que contamos con las palabras y sólo nos queda por corregir algunos adjetivos!
Hay poemas que le dedica a este enfrentamiento constante entre el escritor y las palabras, el primero de la serie se llama Palabras y comienza diciendo
“Hay palabras que no me gustas: feas de sol a sol
y usadas sin remedio; pero no me ensaño, ninguna tiene la culpa:
                las quiero igual, mal vestidas, peladas, rapadas en la nuca:
sencillamente las desplazo, sigo sin ellas si tienen
la mirada suelta o retumban con sentido erróneo
y capto mi esperanza en otro parte: en las que se puede confiar:
las que ayudan
por si estamos solos.”
S.S.: - Y bueno, estamos solos. Pesoa decía que el arte es una prueba de que algo nos falta. Fuimos expulsados simbólicamente de algún paraíso, al menos creemos que esto es así, y vivimos con la sensación de que hay un pedazo nuestro que nos falta permanentemente y por eso escribimos para ver si lo hayamos. Es como la pregunta que no tiene respuesta. Sabemos que a ese pedazo no lo vamos a encontrar pero irremediablemente tenemos que buscarlo. Esa búsqueda es el arte, el pensamiento, la filosofía y todo este trabajo. Son viejas frases, no estoy descubriendo nada. Todo esto existe por la muerte, Borges escribió ese cuento “El inmortal”, en el que el personaje que no necesita moverse y por eso no hace absolutamente nada, hasta un pájaro le termina anidando en la barriga o en el pecho. Es un hombre que no tiene hambre, no tiene necesidades, es inmortal. Lo peor que nos podría pasar es ser inmortales ya que la muerte da un enorme sentido a la vida para vivirla de modo intenso, en la búsqueda de ese pedazo que no tenemos, de esa amputación. Es como el dolor del amputado que está pero con un miembro ausente.
R.G.: - Claro, falta algo pero duele ahí, por la falta. Hay un trabajo ineludible del arte de escribir buscando las palabras. En ejemplos:
“La palabra promontorio: hay palabra que tienen la forma de lo que
ofrecen: la misma resonancia, incluso su secreto.
La palabra promontorio tiene altura: permite ver
a lo lejos … (salteo un poco)
La palabra refucilo:
la naturaleza se incendia de punta a punta, un brochazo de trazo
                amplio,
y bruscamente se apaga:
                                               la palabra
es la forma
aún sabiendo que todo gran gesto suele estar por debajo de sus
                intenciones …”
y termina con un verso enigmático:
“Ejemplos sobran, pero hay algunos que me irritan:
no sé que hacer con la palabra acápite.”
S.S.: - Yo no sé por qué la odio. Es una palabra que me suena mal, no sé si es esdrújula o tiene ahí algo que no sé que ofrece. Es una palabra engañosa, en cambio “promontorio” sí ofrece algo, el “refucilo” bueno, pero “acápite” no es la única, hay otras palabras que también me parecen enigmáticas. Me confieso urgador de las palabras pues si hay algo que me divierte y que me brinda ratos entretenidos es el tiempo que dedico a los diccionarios, en especial los etimológicos, el del indoeuropeo que brinda un juego paradojal. De dónde vienen las palabras y por qué. Por ejemplo en el diccionario etimológico del indoeuropeo que manejo, me interesé, por una cuestión de oficio, por el origen de la palabra “lector”. Encontré una remotísima sílaba “leg”, que nos remontan a la caverna, y significa “acarrear”. Derivaría en leer como acarrear conocimiento, pero de la misma raíz deriva “reloj” que es acarrear tiempo. Además viene “sortilegio” que de algún modo también acarrea, por eso es una palabra desconfiable. Por todo eso me parece que el juego de la palabra me parece importantísimo y realmente me divierte.
R.G.: - Por eso es que considera que si hay un strep tease auténtico es el de la poesía porque desnuda el alma.
S.S.: - Involuntariamente.
R.G.: - Contrariamente a un streaper que voluntariamente se desnuda, acá a través de su poesía lo estamos desnudando en el alma –aclaramos- ya que nos está mostrando su arte desde adentro. Nos está dando una clase de cómo hacer poesía, a través de la revisión de la etimología, escarbar en las palabras, llevarlas hasta la caverna y traerlas de vuelta. Los casos particulares parte de cosas muy cotidianas, como por ejemplo el escarabajo que comienza no con el insecto sino con la palabra que lo nombra:
“La palabra escarabajo, como cualquier palabra, esconde un dilema.
No sólo la palabra sino
el propio escarabajo…”
Comienza por la palabra y de ahí va hacia el bicho y en ese poema leo el mito de Sísifo y a la vez como una expresión de la finalidad de la poesía porque:
“no hay fracaso ni desperdicio:
la palabra escarabajo, como el propio escarabajo,
responde por la totalidad: de ahí
que enhebremos palabra en representación de lo que sucede
hasta hacer un acontecimiento
de lo imperceptible.”
S.S.: - Ahí también hay una poética. También debo decir que a mí me gusta travesear con las palabras, pero no es la única manera de escribir poesía. Hay quienes lo hacen de otra manera. Sí puedo decir que no me gusta que se confunda poesía con catarsis. Usted hablaba de strep tease. La catarsis me parece que es sólo contar qué me pasa todo el tiempo o llorar porque algo me duele o reírme por lo que me causó gracia. La catarsis es algo que hay que resolver por otro lado, vaya y cuente a otros sus problemas, en todo caso sí me interesa cuál es su opinión sobre las cosas, aunque sea falible pero me parece un aporte al mundo, aún más que el hecho de que las palabras me desnuden. Son tendencias.
R.G.: - Para volver a parafrasear su poema “no tenemos por qué estar de acuerdo”. Hay formas y formas de hacer poesía y nosotros asistimos tanto a su poesía como a su forma de hacerlo y en este libro en particular, dedicado a Los casos particulares, así como pasa por el escarabajo pasa por el perro en autorretrato con perro cuyos versos finales me impactaron muchísimo:
“este perro alternativamente manso y feroz
compenetrado con este hombre alternativamente feroz
y manso:

para que ladre un perro, para que esta noche haya silencio en
cualquier idioma.”
S.S.: - Creo que si hay silencio tiene que ser en todos los idiomas. No puede callarme sólo en castellano, me callo en todos los idiomas, inclusive como diría Borges, desde mi inocencia del hebreo. No tengo ningún conocimiento de otro idioma pero el silencio del mundo se dice en todos los idiomas y también es necesario oír ese silencio porque es más impresionante. En fin es un autorretrato. Me alegro que haya leído mi libro, lo felicito como lector y le agradezco muchísimo. Lo que no sé es que aquí me han dicho que iban a convidar un vino y creo que ya es hora de poner un plazo de tres minutos para que vamos a brindar, ¿les parece?
R.G.: - Yo leí los cincuenta y un poemas y el autor dice que los leí bien, en todo caso si quiere leer alguno por el que tenga un particular aprecio, dedicándoselo a su público.
S.S.: - Suerte que tengo un público, porque si hay tarea solitaria es la de escribir y no estoy haciendo una broma. Leo dos poemas y vamos a que nos conviden un vino en la Biblioteca Provincial.
Lectura de Peripecia del cuerpo y La lección del pato.
S.S.: - Muchas gracias.
R.G.: - Gracias por compartir esta conversación y gracias por invitarme a conversar. Ahora los invitamos a brindar para celebrar la poesía.


 El diálogo sobre LOS CASOS PARTICULARES fue publicado en la revista CLAVES, noviembre de 2014, salta, Año XXIII Nº 235- Director: Pedro González.
Las fotos son una gentileza de Eduardo Robino (a la derecha de Santiago Sylvester)

jueves, 6 de noviembre de 2014

Un salteño ingresa como miembro de número

Incorporaciones recientes en la Academia Argentina de Letras 



​PARTE DE PRENSA


La Academia Argentina de Letras acaba de incorporar como miembros de número al poeta salteño Santiago Sylvester y al poeta platense Rafael Felipe Oteriño, quienes ocuparán respectivamente los sillones Olegario V. Andrade y Carlos Guido y Spano.
Se acompaña al pie curriculum de ambos.
Buenos Aires, 26 de Octubre de 2014


Santiago Sylvester nació en Salta en 1942, estudió derecho en Buenos Aires donde recibió el título de abogado, residió veinte años en Madrid y actualmente vive en Buenos Aires. Es autor de catorce libros de poesía (el último, Los casos particulares, 2014), un libro de cuentos y dos de ensayos, publicados en Argentina y España. Recibió los Premios de la Provincia de Salta, del Fondo Nacional de las Artes, el Sixto Pondal Ríos, el 3er. Premio Nacional de Poesía, el Premio Internacional Jorge Luis Borges y el 1er. premio de la Ciudad de Buenos Aires. En España, el Premio Ignacio Aldecoa y el Jaime Gil de Biedma. Es autor de las antologías Poesía del Noroeste Argentino-Siglo XX, y Poesía Joven del Noroeste Argentino, y de ediciones de obras de Manuel J. Castilla, Néstor Groppa, Juana Manuela Gorriti y Federico Gauffin. Dirige la colección Pez Náufrago, de poesía, y codirige la colección Época, de ensayos. En la  Academia Argentina de Letras tendrá el sillón que fue ocupado la primera vez por el salteño Juan Carlos Dávalos.


                                                             
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Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945, estudió derecho en su ciudad natal, y reside en Mar del Plata, donde se desempeñó como Juez, y luego como Juez de Cámara. Ha publicado doce libros de poesía, el último se titula Viento extranjero, de 2014. Su obra se encuentra reunida en Antología poética y En la mesa desnuda.Recibió los siguientes premios: Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985/88), Konex de Poesía (1989/93), Consagración de la Legislatura bonaerense (1996), Premio Nacional Esteban Echeverría (2007), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009) y Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Ejerce la docencia universitaria y la crítica literaria. Codirige la colección Época de ensayos sobre poesía.
Como miembro de número de la Academia Argentina de Letras, ocupa el sillón Carlos Guido y Spano. 
               
                                                   

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Juan L. Ortiz según Victoria Robador

Juan Laurentino Ortiz

“Para que los hombres”
Para que los hombres no tengan vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, si, todas las flores
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre: iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una cimiente en la noche de la tierra.

El poeta entrerriano nace en 1896 y vive y crece rodeado de una abundante naturaleza, que luego inundará sus versos. Toda su poesía está marcada por los paisajes de la selva en la cual pasó gran parte de su infancia.
                Juanele estudió filosofía y participó de la bohemia porteña así como de movimientos políticos en su provincia natal, mientras escribía versos influidos por la estética simbolista y la poesía oriental. Su escritura poética se caracteriza por presentar cierta tensión entre el paisaje monótono, de contemplación y los conflictos sociales, por los que mostró una especial sensibilidad, inclinándose por los niños que sufren la pobreza y las injusticias.   
                En este sentido, el poeta siempre tuvo la conciencia de que su escritura debía atender a los aspectos sociales y de que la literatura, la poesía fundamentalmente, son medios poderosos para expresar las dolorosas percepciones del afuera: “No olvidéis que la poesía (…) es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin”
En el poema “Para que los hombres”, se percibe un tono de frescura, de vitalidad junto a cierta delicadeza natural.
El yo lírico comunica en forma de leve arenga una acción futura y plural, un hacer conjunto, colectivo, que implica “perderse en la hora del don, en la noche de la tierra”, ir hacia el extremo límite y en ese gesto de solidaridad quedará expresada la nobleza del hombre como ser viviente, tal como lo hace una flor al abrirse y mostrar su plenitud. En este movimiento hermanado, avanzan sonrientes y cada sonrisa singular se fusiona en una sonrisa anónima, que no ignora el dolor del mundo, pero lo siente como una fuerza que los atraviesa.
Ahora bien esta acción tiene un fin concreto: que seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada; y así se revela esa veta humanista y política del poeta, que intenta una sentida sensibilidad hacia la otredad.
Por otro lado, el yo lirico exalta con delicadeza y seguridad la necesidad de un cambio en la relación con la naturaleza, en el ritmo y el modo de vincularse con la tierra, una vuelta a la unidad del hombre con la naturaleza, de manera que los hombres no tengan vergüenza de la belleza de las flores y entonces podamos tocar y mirar sin pudor todas las flores.
Finalmente puede leerse también una crítica al devastador y devorador avance capitalista y su lógica de lo instantáneo y lo efímero; Ortiz entiende un uso distinto de los objetos según el cual las cosas no sean mercancías, sino que sean ellas mismas concebidas e integradas desde una sensibilidad como: formas sensibles de la unidad o bien, considerando el trabajo del hombre sobre el mundo como: espejos de nuestro esfuerzo por penetrar el mundo. En esto último vemos también una postura política asumida por el poeta, que atiende a la relación del hombre con su entorno natural y comprende a la naturaleza como un imperativo ético para la creación (estética) poética.


“Tarde”
El mundo es un pensamiento
Realizado de la luz.
Un pensamiento dichoso.
De la beatitud. El mundo
Ha brotado. Ha salido
Del éxtasis, de la dicha,
Llenos de si, esta tarde,
Infinita, infinita,
Con árboles y con pájaros
De infancia ¿De qué infancia?
¿De qué sueño de infancia?

En este segundo poema el yo lírico se expresa inicialmente en tono aseverativo y se encamina hacia un cierre interrogativo, característico del estilo de Ortiz.
El poema nace de una actitud contemplativa en la reflexión en torno del acaecer vespertino, la tarde. El poeta canta el goce, la dicha del mundo, concebido éste como pensamiento realizado de la luz… de la beatitud.
Y como bien se señaló en uno de los programas de la cátedra, se observa aquí que su poesía no se limita a describir el paisaje, sino que éste se constituye en punto de partida para transformar en poesía lo que ya ha penetrado en su alma.
Entonces, el mundo que ha surgido, ha brotado a raíz de la meditación y del entre ser en el paisaje, es- en palabras de Juan Jose Saer- “enigma y belleza, pretexto para preguntas y no para exclamaciones, lamento del cosmos por el que la palabra avanza sutil y delicada, adivinando en cada rastro o vestigio aúnen lo más diminuto la magia misteriosa de la materia”
Así, en esta tarde infinita, infinita, el poema realiza una proyección universal y atemporal, una tarde de dicha, éxtasis, plena, brillante¸ de árboles y pájaros de infancia. De una infancia no individualizada, no personalizada, sino de un tiempo humano, común a todos los seres y es por eso que allí se abre la pregunta ¿De qué infancia?
La interpelación al lector, lo mueve también al recuerdo dela suya propia, de aquel tiempo de niñez, de pureza e inocencia… Y entonces ¿de qué infancia? La de todos, podríamos responder.
Como también lo enseña Ortiz en una entrevista: “… Apenas si somos agentes de una voluntad de expresión  y ritmo que está en la vida, en la vida de todos, en la vida del mundo y de las cosas”
                Acá podemos ver la amplitud del poeta que también expresa en el poema, liberándose de las restricciones geográficas e incluso temporales.

                Finalmente el último verso interrogativo ¿De qué sueño de infancia? Conlleva la reflexión sobre cómo pensamos el mundo cuando lo contemplamos con ojos del alma, y entonces ese pensamiento nos crea un mundo semejante al que soñamos cuando niños: un mundo claro, dichoso, melodioso, fresco, nuevo…  Se refleja allí también la actitud mística del autor, la mirada que pasa por la relación entre el afuera y el adentro, en ese salirse hacia afuera de sí y desde se construye el sentido del poema.

Victoria Robador