viernes, 5 de mayo de 2017

En busca de Elena

PROLOGO

   En busca de Elena es un conjunto de cuentos/relatos que distribuye su porción de belleza poética, manifiesta en el justo epígrafe tomado de “In memoriam A.R.” *del libro  El Hacedor de Jorge Luis Borges, dado que, Liliana Bellone, selecciona con sugerente inteligencia lectora, esos versos que bien funcionan como equilibrado paratexto de quien como ella, “no se olvida del verso para ir en busca de la renovación de la prosa”. El glorioso apetito de la lectura de los clásicos se encauza desde el principio por estos relatos; la tentación del sublime mundo del arte suena entre las letras del universo de Bellone. Un submarino que se sumerge en tono poético, que gira hacia la prosa y mira en su estilo hacia la Italia y su arte mediterráneo.
   Escritura de la transversalidad; especie de “ficciones cartográficas” que circulan a través e diferentes puntos cardinales; un espectro híbrido, entre investigación, prosa poética y entramado de versiones, con dones biográficos y una seductora y cauta autorreferencialidad literaria, a veces, que juega, con su modo de narrar, a reforzar el verosímil.
  Su proceder escriturario tiende al formato de un árbol de ramas que sostienen diversas  disciplinas del arte y la ciencia: literatura, pintura, fotografía, arqueología, y hasta alusiones al cine.  El primer relato,”En busca de Elena”, es atravesado por tres versiones: el poeta, el novelista y el arqueólogo. Todo se sucede como en un pliego en miniatura que al desplegarse contamina con pinceladas de la cultura europea, puesta en diálogo en el interior de su escritura con la cultura argentina; la epigonalidad, el universalismo, logrados mediante el complemento de los relatores; además,  un procedimiento de enlace, por el cual, los  puntos se tocan por este efecto transversal. Elena funciona como un núcleo, alrededor del cual, se tejen instantáneas  del campo cultural argentino, y  pequeñas reseñas íntimas, roces con cierta subjetividad y sentimientos del ambiente, y hasta de la política. La autora muestra su capacidad para tender redes entre personajes de la literatura argentina, de otras latitudes y de otros campos, sin vulnerar, en apariencia, ciertos datos, tantos así es, que utiliza la estrategia del transcriptor en el pie de página para transcribir parte de la biografía de Elena. A la vez, consigue vulnerar al lector con las historias “mínimas” y ciertas anécdotas de los relatores.
    Sorprenden sus modos de clivar realidad y ficción. Elena, la protagonista del primer relato, reúne lo latinoamericano con lo europeo mediante la estrategia del viaje, que se prolonga y reitera en “Las iniciales”, con lo cual, se materializa la cuestión de la búsqueda de sí, o de la propia escritura. Se amalgama el exotismo americano con la grandiosidad “grecolatina” en un viaje de conocimiento al estilo dantesco: alegoría de un proceso (no de purificación del alma) de revelación del sujeto que es cuerpo de su propia construcción: búsqueda de elevación y revelación por la escritura. En  “Las iniciales” ese viaje de aprendizaje es definitivo, el de los que no se salvan, o de los salvados; el de los grandes pecadores; el de los redimidos que llegarán al paraíso: la voz del barquero y las voces de  Virgilio y Dante  resuenan  como la de los grandes maestros; más allá del oscuro océano de la vida, en donde los poetas  se purifican por la verdad del verso, porque la poesía es “luz” salvadora. Es decir que invade a partir del discurso del “otro” pero desde este, su lugar. Con un proceder provocativo, la autora intertextualiza y modaliza la imaginación para confesar sus genealogías culturales-literarias.
    En “Tríptico del arte”, una narración testimonial de los hechos alude a los tiempos de la fundación de la ciudad, a la historia y a la religión católica; una muestra del modelo colonial regente en Salta a través de la imagen de la Virgen, de Cristo y del amor profano. La metáfora del artista, orfebre, escultor implica un significante: descolonizar los espacios colonizados. Se construye una imagen a semejanza de lo americano y no de lo español. Inclusive, apela a la parodia de la imagen sagrada de Cristo, (un símil del Cristo roto de México) que por desplazamientos alude a los pueblos oprimidos de América.
     El discurso de Bellone muestra y representa de qué modo lo hegemónico doblega a las culturas y a las tradiciones propiamente latinoamericanas, y cómo la religión cristiana fue un espacio poderoso de dominación mediante sus prácticas socio-culturales sobre las comunidades americanas; a la vez que las advierte desvalorizadas, al apelar a un significado profundo y místico que implica en sí misma, la figura de un Cristo sin brazo, casi vencido, para luchar contra el poder.
     Una lucha de siglos es la vida, y el arte, en todas sus manifestaciones, una fuerza poderosa para refractar los caminos del hombre y su existencia, tanto en lo terrenal como en la relación con las creencias. Entre otros, Ovidio y Virgilio, figuras del paradigma clásico y de un sentido primordial de la belleza, son parte de la concepción de arte y de la belleza que sostiene la escritora en su discurso.
     Sin desvincularse del acto de crear, y de lo específicamente literario, “La lectora”, se inicia con  una enumeración elocuente de lo que implica la formación de un escritor como un gran lector, se registra un número de autores y nombres de obras canónicas
que representan a una generación de lectores. Borges, alguna vez dijo que antes de ser un escritor era un gran lector, y de eso trata este relato. Es el camino de la formación de un escritor. En definitiva, la literatura dentro de la literatura, lector/escritor. Un texto que fusiona la escritura dentro de la escritura: el mapa intertextual; los textos que hablan dentro del propio texto. También lo advierte en “La reunión de lectura”, a través de una serie que se desgaja de otras lectura, habilitando nuevos procesos escriturarios, entre huellas y borradura; juegos y palimpsestos, a los que se suma el valor que implica el hecho de volver a leer un mismo texto (Borges siempre releía) que aparentemente es el mismo pero no lo es, porque como el tiempo, el lector modifica su hermenéutica del texto, lo enriquece, comprende otras situaciones, le da otros sentidos.
     “Anotaciones para un cuento” contempla una materialización similar, en tanto desarrolla el concepto de la escritura como un acto de acción y dedicación, con el rigor del poeta; allí está la capacidad de encontrar la palabra y el lenguaje adecuados. La creación es una labor permanente y sistematizada, así como la docencia es un acto de transmisión de la escritura, y no siempre todo docente de las letras puede ser un escritor.
    Hay en todo este espacio textual, estructuras fragmentadas en las que intercala micro-historias como la de “El Cucú”, “La pecera”, “La casa”, intercalando la cotidianeidad, el recuerdo, hasta la posmodernidad fría del cemento transparente y de sus sujetos autómatas. Un ir y venir, entre el pasado y el presente, por donde aparecen las huellas de las lecturas de Liliana Bellone, a veces en el tejido más superficial del relato, o bien, más sumergidas, en su inclinación por los paradigmas clásicos no re-visitados u olvidados, mediante la metáfora de la casa que envejece y se destruye. A la vez, la simpleza y lo mínimo para mostrar una forma de ser, en “Relato argentino”, y la historia de una identidad en “El niño”. Todos y cada uno a su modo, para representar concepciones de la escritura; de la libertad que implica el arte y la literatura, dentro del complejo sistema al que pertenecen la lectura, la escritura y la creación.
    Juego de ambiguos cruces entre los géneros; confusiones de un yo, simulacro de  mundos reales y literarios, entre las fronteras de lo autorreferencial, lo biográfico, las prácticas de la investigación, los usos de los testimonios como en “Crónica de la viña”,o en las fronteras de la fantasía y lo velado en “La señora de la bohardilla”.
    Por otra parte, desde la defensa y supervivencia de la lectura, la escritora construye una suerte de gestualidades mezcladas que se traducen en la escritura, en sus apropiaciones y distancias, a la vez. Hay en su discurso, el carácter mestizo de una escritura en espejo, en donde lo europeo y lo argentino se mezclan, en donde no se registra una idea purista en el arte, sino una cosmovisión universal, implantada desde su lugar de lectora y escritora latinoamericana.
 
                                                                                    Liliana Massara
                                                                              Facultad de Filosofía y Letras
                                                                  Universidad Nacional de Tucumán 



* En el poema “In Memoriam A.R.”, de Jorge Luis Borges, las iniciales remiten al escritor y estudioso mexicano Alfonso Reyes.                                                                          

Alberto Luis Ponzo

Los últimos libros de Alberto Luis Ponzo: un acceso a la vida espiritual.

Por Graciela Maturo

Los últimos libros de Alberto Luis Ponzo lo muestran en una lúcida  madurez, y en el acceso a una espiritualidad que estuvo latente en obras anteriores, y que parece doblemente estimulada por la muerte de su esposa Alba Correa Escandel,  ocurrida hace pocos años, y su ansiedad ante el horizonte de la eternidad.

1)      El amor y nosotros, 2009.
Esta bella plaqueta, que vio la luz a comienzos del año 2009,  reúne los poemas dedicados por Ponzo a su esposa a lo largo de más de cuarenta años. Es un canto de amor, un homenaje permanente que continúa después de su muerte, y un tratado sobre el amor, al modo como supieron entenderlo los poetas del Dolce Stil Nuovo, que filosofaron sobre el amor mientras lo modulaban y expresaban.
El título lo dice todo, el amor, legitimado como fuerza universal que mueve la totalidad cósmica, y nosotros, categoría que reúne a los enamorados cuya relación forma un núcleo permanente.
La poesía de Ponzo alcanza una dimensión espiritual que se hace expresa en todo momento. Manifiesta su convicción, a menudo repetida sin argumentación alguna  alguna,  de que el amor triunfa sobre el tiempo y la destrucción de la materia. Apuesta a la condición inmortal del hombre, al misterio de la muerte que se revela y se muestra ante el amor, como lo supieron Shakespeare y Novalis, como lo afirman los poetas por encima de modas literarias. Por eso no hablo de Romanticismo sino, en todo caso,  de filosofía perenne.

Las manos vacías
aguardan un mundo nuevo que huye
Los ojos cegados
se abren al tiempo que sueñas.

Ya en 1966, fecha de los primeros poemas, afirmaba Ponzo esta certidumbre, antes de que el rigor de la pérdida lo enfrentara a la finitud trágica del vivir.

Que yo me extinga, vivo,
en tu nombre
Que tú renazcas en la fe compartida.

Este florilegio muestra el camino recorrido, y el acrecentamiento lúcido del amor, que no es sólo sentimiento entre dos seres sino una filosofía de vida. El amor de ella es recibido como salvación. El instante, iluminado por la intuición amorosa, perdura sobre lo fugaz y lo trivial. Es el “río que sube por mi oído y me da el mundo”. El amor convierte al laberinto mundano en un universo dotado de sentido, que va entregando indicaciones valiosas e incisivas. Hace del poeta su discípulo (y una vez más pienso en el terrible maestro de Dante). Se revela como una fuerza sobrehumana que sostiene a los enamorados ante el dolor y el absurdo.
Me atrevería a afirmar que en estos poemas el amor ocupa el lugar de Dios, es un dios no nombrado, el Espíritu “que mueve al sol y las otras estrellas” como dijo Dante, acaso el Ereignis de que habla M.Heidegger.  Vuelve a decirnos  Alberto Luis Ponzo:

amor desvelo vivo abierto canto del origen en los días finales…amor de vida sobremuerte…

Cabe celebrar doblemente la aparición de estos poemas, sílabas de un canto de eternidad, y el hecho poco frecuente de que su autor, nuestro querido amigo Alberto Luis Ponzo, haya vivido tantos jóvenes años para registrarlos con intensa lucidez.

2)   Sobre el secreto trabajo, 2009.
En el 2009, Alberto Luis Ponzo  nos sorprendió con 2 libros: Del amor y nosotros.  Antología, un homenaje a su esposa a través de una valiosa selección de poemas publicados durante quince años, y una compilación breve, titulada Sobre el secreto trabajo (2007-2009) con bellos dibujos de Carlos Terribili.

            Es una visión retrospectiva de la propia obra, a través de una constante recuperación de la mirada inocente de la infancia.  Ponzo desliza reflexiones sobre el tema del compromiso, típica propuesta inherente a su larga militancia social, nunca renunciada, pero se pregunta: escribo sin saber / si podré estar con ellos/ cuando hable del amor. Hablar con ternura de los lugares de “más acá” es referirse implícitamente a los lugares de un presunto “más allá” que sobrevuela el libro. Celebra el “calor secreto” que recibe del mundo, mientras se pregunta sobre el ser incognoscible de la realidad. La memoria le trae retazos familiares, afectos y recuerdos: “la casa conserva su numeración/ no dejo de habitarla”... “donde encontrar al ser / que en su piel ofrezca la verdad”.

            A pesar de la angustia y el sentimiento errático, ha de encontrar un camino seguro en el amor, redescubriendo su valor como puesta en marcha de la voluntad y como vía del conocimiento, lo cual se va acentuando a lo largo del libro.  La tensión hacia el otro –la amada perdida en el horizonte del mundo- es lo único que puede calmar el vacío de la existencia, colmarla  de sentido. Este es el camino que recorre con pasión y temeridad, valorando a cada paso la palabra, la sensación fundante, la memoria que vence al tiempo. Se propone captar las voces desconocidas, los signos, las señales, en un camino sembrado de oscuridad.

            Abre el cofre de las palabras secretas, descubre la belleza que no muere, habla de eternidad. Y consecuentemente le nace un tú directo a la ya muerta y viviente; el acto de hablarle la confirma en su ser, alcanzable en la palabra o en el silencio. Su razón sigue atada al ser efímero, no inalterable ni perenne, pero su sin razón poética ha franqueado los límites: “la imagen del soñar acontece” “Ella busca desde sí / un lugar en mi cuerpo”.
“Como fijado en su aire todavía / en un temblor atado / permanezco”.

            La “sedienta sombra” es ahora el hábitat del poeta-amante. Vive en la espera, y escucha el renacer del habla/ en lo que amamos.

            Finaliza el libro un poema sobre los amantes:


... iban sin mostrar
quienes eran
confundidos en su aislamiento
sin sombras de otros pasos
así recuperaban el amor
originario
con el abrazo irrepetible
sobre un suelo más humano

3) Al  costado del tiempo (Araucaria, 2010)
Unas palabras previas a esta colección de poemas nos orienta sobre su contenido: hablan de “una insistencia en el sentimiento al costado del tiempo”, y explica la continuidad a la que califica de “extraña” entre estos poemas y los de El secreto trabajo, su libro anterior. Y en efecto, ALP no solamente sigue morando en una zona de trascendencia espiritual, que invade  su diario vivir, sino que, desde una visión ampliada, alcanza  el reconocimiento de poemas y frases anteriores que anticiparon  esa evolución. Así recoge un breve poema de 1982, escrito ante la ausencia temporaria de su esposa Alba, a quien se halla dedicada toda su obra de los últimos años, y gran parte de la anterior.

Deseos vacíos
caen sobre mi mano
Duermo sobre los restos de la memoria
Los sonidos del cielo
me separan del cuerpo
Una imagen desierta
me cierra los ojos
El pensamiento busca un sitio
entre trapos que envuelven
tu nombre solo.

Leer estos versos anticipatorios de la actual transfiguración de Alba en su muerte me hizo recordar una temprana intuición del poeta Leopoldo Marechal, expuesta en su poema “Niña-que-ya-no-puede-suceder”. Sólo se ama profundamente cuando se alcanza la esencia (qué otra palabra podría usar) del ser amado, cuando se es capaz de rescatarlo de su condición encarnada y perecedera. Ponzo ha sido capaz, en esta etapa de sutilización del alma creadora, de reconocer a Alba en su eternidad.  Para ello ha debido entregarse a la palabra, franquear los límites del tiempo.  Y lo hace desde la plena conciencia de su estar encarnado, de aquel equilibrio al que llama “salud”, en el primer poema.
            Los poemas van desgranando la búsqueda, que se hace espera, y la espera que como un cuenco vacío, va colmándose de presencia.

Cómo
que tu lugar es otro
no entre nuestros brazos
sobre el mantel
o un pañuelo en la mudez de su pureza?
No sé del más allá
sino en cualquier espera
o piedra o caracol.
Se existe sólo en el amor
extenso y sin demoras
al llegar o partir
Si algo sabré
no perderé la sombra
el no encontrar
el no ver y no oir
que es la unión de no tener siempre
la sensación de estar viviendo
en todo lugar.
He querido transcribir íntegramente este poema porque en él me parece concentrarse el temple que prevalece en todo el libro, las intuiciones fundamentales que hallaremos sembradas en cada página. El tiempoespacio se vuelve por momentos externo a quien alcanza a vivir la continuidad vida-muerte, tiempo-eternidad.
...días y noches / el tiempo hacia fuera...
...somos testigos del misterio / la tragedia el horror / y el bello pulso / de la eternidad...
            El tema de la voz y las voces se hace constante en estas páginas, donde se recoge la escucha del oído – de los canales sensibles sería, según la tradición, el más próximo a la percepción metafísica -  pero asimismo la “escucha” de sentidos interiores, espirituales, que abren territorios desconocidos.
            El lenguaje – como no puede ser de otro modo -   es objeto de una continua preocupación para el poeta. Para él,  como para Cortázar, las palabras son a un tiempo necesarias y desechables:
... serán olvidadas / arrojadas al suelo...
...necesitan el olvido que las arrime a semillas / sobras del mantel / donde quedan las copas vacías / lugares que se ocupan del silencio.
Asi nos nombraran sin perder / el sonido que somos / el nombre que se balancea como una gota / sobre la mano que escribe.
            Usa la palabra trasvivencias como equivalente de una memoria que se enciende y triunfa sobre el devenir. Escribir es esperar:
            la palabra
                                   al costado
                                                           del tiempo
            Pero no se trata de una esfera vacía: la esfera es como un hueco que se va colmando de presencia.
andar letra a letra
                        como el que inventa pasos
                        al infinito

            Evoca un verso de Roberto Juarroz: La poesía es presencia que acompaña. Agregaría: presencia es presencia del Ser, más allá de lo efímero y contingente. Esta es la zona que adivina, rodea y de hecho transita nuestro amigo, volcado a la soledad de la vida transfigurada.
            Su poesía se hace afirmativa en palabras de sabiduría
nos unimos al mundo
después de estra
en el último estado
de la extensión vital de otras uniones
uniones desde la infancia
los fuegos inocentes
....................
la revelación del cuerpo
(los órganos sin nombre)
..........................
uniones con la luz
y el sombreado origen del ser
......................
porque paso a paso
la vida sigua anuestro lado
exigiendo que nos demoremos
y nos quedemos atrás
            Siento la tentación de reproducir todo el libro omitiendo mi palabra siempre precaria que intenta atrapar el mensaje luminoso de Alberto Luis Ponzo.
            El sueño, la bilocación o mejor dicho la ubicuidad, el traspaso de los límites,  es lo propio de un super-realismo  que no es de escuela sino de entrañable vocación e interno despliegue espiritual.
            Tarkovski hablaba de la zona al referirse a ese hiperespacio frecuentado por los grandes del arte, aquellos que a través de la fidelidad a la palabra, y del amor cultivado como una ciencia infusa, alcanzan a vivir en el transvivir.

Nací de nada y de todo
su carga va llevando mi mano
ayuda a abrir los ojos
impulsa el murmullo
que escuchas

            Finalmente los poemas de Ponzo, a la vez que constituyen iluminaciones metafísicas, elaboran una poética, un comentario de sí, un reconocimiento del lenguaje como voz que nos habla, más allá de las voces personales. Y sin embargo, no basta esta dimensión para anonadar al sujeto amante,
mientras tenga voz – habla- palabra,
le daré a Ella voz – habla – palabra.


4) Sobre lo posible y Poemas, 2010.
Dos cuadernillos manuscritos, encuadernados con artesanal devoción, encierran los poemas de Ponzo de 2010.  El amor por la escritura converge con el retiro del mercado del libro.
            El primero de ellos reúne, con el título Sobre lo posible (Hojas del Caminador, 2010) 15 poemas escritos entre abril y mayo  en los cafés de Castelar, como el autor nos informa, seguido de otro poema escrito en junio, que actúa como cierre.
            Sin altisonancia alguna, Alberto Luis Ponzo continúa y ahonda su exploración de la eternidad, guiado por el amor de Alba. Precede a este conjunto un poema fechado  en el 88: “Amor sucesivo” ha sido escrito como una premonición, a través de un juego de opuestos que ahora se impone inevitablemente ante la muerte: ascenso y descenso, luz y sombra, nombrar y desnombrar.
...El amor luz de siempre
piel de cada palabra
oscuridad del nombrar
límite y salto sobre el límite
salto de saber y no saber
sabiduría de empezar a amar
vacío que el amor desconoce.
El amor
que desnombra la muerte
sucesivo  inmemorial futuro
            En este incierto rumbo del saber/no saber se inscriben los poemas que siguen, escritos por el caminador solitario que evoca y espera. Entiendo que al potenciar ese desnombrar que convoca al silencio, Alberto se ha aproximado a la vía apofática de Meister Eckhart, aquel dominico que enseña a no nombrar lo que desconocemos, y a abandonar esa plenitud gozosa de los sentidos que hacen nuestras las cosas del mundo. La oscuridad también es una luz, nos decía otra grande de nuestra poesía, Olga Orozco.  Y así Alberto, paradójicamente envuelto en la palabra que nombra y que desnombra, habla en distintos poemas de
una fuente
en el vacío
del desnombrar
.....
un acto inmaterial
huérfano
bajo la desnudez del latido (Poema 1)
...dejar a un lado
el remoto oficio
del designar  (Poema 2)
En esa oquedad del alma que se recoge en sí misma con prescindencia de  imágenes, es donde Ella se hace presente, sin figura;  es sólo sonido, voz, llamado.
Llamaste
y fue un grito disparado
lejos del mundo.  (Poema 3)
            La conciencia de sí acompaña este tránsito por las fronteras, el abandono del lenguaje que sin embargo se hace lenguaje todavía, y por eso es conciencia, aunque sea conciencia del abandono.

Llevo los restos de mi cuerpo  (...)Y soy con todo / un solo viajero / de los días / no míos. (Poema 4)

            Vuelve una y otra vez esa plenitud que transforma la espera en música, el vacío en presencia sutil e iluminadora. Se trata de algún modo de alcanzar el sentido, recuperar la gracia, provocar el encuentro,  reconocer el nombre que nos dieron al nacer. Intuir la unidad del todo, la continuidad de lo distinto. No en vano cita Alberto a Fijman y a Paul Celan, almas místicas tocadas por la sed de absoluto. Fijman dice: El número uno es multitud. Y Celan: Adónde fue? Hacia lo inextinguible. Mientras Ponzo frecuenta una región donde nadie ha llegado para ser olvidado.
            Conciencia del mundo y preciencia del trasmundo, valoración de la palabra como puente, y desvaloración de la palabra ante las realidades últimas, ante puertas que se abren y se cierran, en tanto somos testigos de lo mágico, del destino de pensarlo. El dolor y la memoria se alían en esta tarea ímproba de iluminar la propia vida posibilitando su ingreso  en la sombra.
años que recojo y llevo en mí – un decir de lo que juego libre – para existir (Poema 13)
            En la poesía de Ponzo, espejo de una temeraria aventura registrada con plena lucidez, fulguran versos definitivos como éstos:

Espero el acontecer
             en la mañana de silencio   (Poema 14)
Acallo palabras
        para dejar expuesto
                 el lado del Amor    (Poema 15)
El silencio
            amanece
                        cuando se oculta
                                               la voz   (Poema 16)
Signos del silencio convertidos en habla,  palabra habitada por la luz del Espíritu.

            Vayamos ahora al segundo cuadernillo, Tierra extendida y otros poemas (colección De estos días, 2010).  Este conjunto de 14 poemas continúa y complementa al anterior en tono más reflexivo. Al tema del amor y la eternidad, fusionados en la palabra que los rodea y los alcanza – y que es mucho más que un tema poético, es la razón de ser de la poesía y el lenguaje – se le agrega aquí una mirada sobre el mundo, que entraña un juicio moral, en continuidad con la larga militancia social de Alberto.  Constata la ausencia del poema en el mundo,  la soledad del amador que se ve a sí mismo en su esfuerzo:
...puertas de otra región
                        se abren al tiempo
                                   que llamea todavía.
            Proclama su voluntad de forzar esas puertas hasta caer al lado de la amada. Reconoce el misterio del dejarse llevar, la prueba de andar vivo.
Reflexiona este surrealista sin escuela retórica sobre ese azar que  hilo a hilo va atando los secretos / que la ciencia no descifra. Se pregunta sobre ese lugar del cual partimos sin saberlo, y al cual volvemos.
El sentimiento dicta tonos elegíacos, la razón vuelve por su cauce. Ese retorno a la racionalidad le ha hecho abandonar el oxímoron, los contrastes abruptos del otro poemario. Sin embargo, mantiene la conciencia de su pertenencia a dos mundos, y puede afirmar,  ante la marea de los que pasan por su mesa del bar:

Me doy cuenta / de que soy otro

Una comparación final acerca a la muerte con el lenguaje. Ambos pertenecen al mismo género espiritual:

en la muerte
 no hay fin o un hecho cierto
            como palabra dada
                                   que no cesa.

            Fecunda lección la de la Poesía, cuando es asumida con total  entrega. Hemos visto que para Ponzo, en estos últimos trabajos,  el acto de escribir es – como para Faulkner, a quien cita - romper los límites.  Ha aprendido a morar en el mundo sabiendo que no pertenece sólo a él, que es suya otra región desconocida. Igualmente intuye una dimensión no corriente de la palabra, que hace de ella un puente con el Cielo (Swedenborg), una escucha de los dioses (Heidegger). 
            El dolor de vivir no se ha borrado pero se lo vive de otro modo, sostenido por una tácita convicción: desde el exilio, la resumo con una frase de Baruj Spinoza:
                         sentimos, experimentamos que somos eternos.


miércoles, 1 de febrero de 2017

WALTER RELA por Graciela Maturo

Homenaje a WALTER RELA, en la hora de su muerte
El 30 de diciembre del año 2016, cerraba sus ojos en Montevideo el Dr. Walter Rela, investigador de la Historia y las Letras del continente americano. Se nos iba un gran humanista,  un vigía de la cultura,  un leal  e invalorable amigo.
Recuerdo, con ciertas imprecisiones, que nos conocimos personalmente en junio de 1981, cuando fui invitada para dar un ciclo de conferencias en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras de Montevideo, que él por entonces dirigía, y que ha proporcionado  la base de la Universidad Católica del Uruguay.  El recibimiento que me hizo  juntamente con sus colaboradores  es para mí inolvidable. Pretendí desplegar, a lo largo de  cinco conferencias, mi enfoque crítico humanista de la literatura[1] y admito que la cálida acogida recibida en  Montevideo fue para mí decisiva y abrió una corriente de recíproco intercambio. Ese  encuentro dio lugar a una intensa amistad con Walter y Rosalba que ha durado más de 30 años de esporádicas visitas. y constante diálogo.   
Un momento memorable de ese diálogo ha sido nuestro encuentro en las Jornadas de Literatura Colonial  del Cono Sur,  que organizamos en el 2001 en la Universidad Católica Argentina, de  Buenos Aires. Entonces, además de enriquecernos con el  brillante aporte académico de Walter,  dejamos iniciado un Instituto Internacional de Estudios Coloniales del Cono Sur, que continuó  algunas actividades por un tiempo en ambas orillas del Plata. Lo he visitado en Montevideo en dos oportunidades, y hemos mantenido una fluida y constante correspondencia, aprovechando los medios a nuestro alcance.
A comienzos del 2015, y advirtiendo  en el ánimo de mi amigo cierta nostalgiosa actitud por el inminente cumplimiento de sus 93 años, quisimos con un grupo de amigos ofrecerle una alegría: la publicación de un ramillete de artículos en su homenaje. Escribí a varios académicos y colegas de Uruguay y Brasil que mucho lo estimaban, pero no he sabido que esos artículos alcanzaran  a escribirse ni  a publicarse,  y creo que solo unos pocos llegaron a sus manos. Hoy retomo palabras de aquel homenaje, que recibió conmovido, y  lo hago al enterarme de su muerte, en un acto de recogimiento y devoción.
El perfil de Walter Rela ha sido  el de un humanista, pluralmente interesado por la historia, las letras y las ciencias. Su vida, largamente vivida, comporta años de trabajo lúcido y tesonero, caracterizados por haber sembrado a su alrededor, con generosidad, semillas de humanidad, instrumentos de conocimiento y respeto por la cultura, es decir –platónicamente hablando-  su entrega a  la belleza, la verdad y el bien.
Su fuerte era ese  campo que antes fue llamado las “humanidades”, donde se concentra el interés por el hombre, sus ideales, su cultura, su actividad sobre la tierra, su memoria retomada y direccionada hacia los que nos siguen en el tiempo.  En el fondo de tal humanismo  no se halla la prepotencia de la modernidad autosuficiente sino la actitud iluminadora del hombre de fe, del estudioso que comprende la lucha del hombre sobre la tierra, situación que solo halla sentido en la adhesión profunda a valores éticos y solidarios, sobre un sustrato de convicciones y esperanzas.
El modo de trabajo del humanista Walter Rela ha sido penetrado por el amor a Dios y al prójimo, y es este amor el que ha generado su sabiduría. Uruguayo, íntimamente ligado al sentimiento de su patria rioplatense, se ha mostrado como un hijo de la comunidad de países hispano-luso-americanos. Su corazón se abrió hacia la consideración de la historia regional y continental, y al estudio de las letras de esa región. 
La   múltiple actividad  de Walter Rela  como docente, investigador y documentalista se ha repartido entre distintas universidades de Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, los EEUU, España, la República Dominicana, etc., donde alcanzó los más altos reconocimientos, becas, premios y doctorados.
Su labor escrita, iniciada  en la década del 60,  no cesó  de crecer hasta los años recientes, poniendo en relieve su singular concentración y tesón en el trabajo crítico, la rigurosa compulsa de fuentes, el celo por el dato, el respeto por textos y autores, rasgos propios  del estudioso humanista, formado en climas académicos.
No haré aquí el censo de sus numerosas publicaciones, sólo recordaré aquellas que todo estudioso de las letras hispanoamericanas o lusoamericanas ha conocido gracias a la minuciosa labor del Doctor Walter Rela:  sus estudios sobre el teatro uruguayo, y en particular sobre Florencio Sánchez; su consideración de Horacio Quiroga, Felisberto Hernández y otros grandes cuentistas hispanoamericanos;  su permanente indagación sobre el Martín Fierro, poema nacional de la Argentina Grande (expresión que escuché por primera vez en Montevideo, de un viejo historiador)   al que todo hispanoamericano  ha de sentir como propio, y al que supo esclarecer, no solo con sus comentarios filológicos,  sino con  el rescate de los artículos políticos que había volcado  Hernández, en 1874,  en el periódico La Patria de Montevideo.  
 Todos nos hemos beneficiado con los iluminadores artículos de Walter sobre escritores antiguos y modernos de la Banda Oriental, Argentina, Paraguay, Brasil, que han enriquecido  el acervo crítico y abierto  la comprensión de la cultura continental. Entre otras  publicaciones suyas  recuerdo, en amplio espectro, su magnífico estudio sobre el Teatro Jesuítico en el siglo XVIII, y sus incisivas páginas sobre el Modernismo brasileño. Sin olvidarnos de su utilísima Guía Bibliográfica de la literatura Hispanoamericana, realizada con ejemplar rigor y solvencia,  a través de la cual ordenaba obras y autores de los  siglos XIX y XX,  hasta 1970.
Las ediciones anotadas de Walter Rela, sus repertorios bibliográficos, sus compilaciones documentales, nos han acompañado durante años de trabajo, constituyendo guías indispensables para los estudiosos de las letras hispánicas, y abriéndonos también los tesoros del teatro y la literatura brasileña. En la totalidad de sus trabajos observábamos que el  historiador  Walter Rela era capaz de  descubrir  reveladores nexos culturales entre las escrituras del pasado y del presente. De él podíamos aprender que la literatura, aún en momentos de  ruptura  aparente,  siempre se ha dado como un nuevo brote de antiguos árboles que prosperaron a lo largo de centurias.
Quiero recordar también las exploraciones siempre novedosas y documentadas de Walter Rela en la historia militar, diplomática e institucional del  Río de la Plata,  tareas que  le han valido reconocimientos en los distintos países de la región. Premios e instituciones llevan su nombre, y multitud de lectores y discípulos lo recuerdan.
Estimo que en tareas de integración regional  como las que se vienen   desplegando en nuestra América – y que hasta el momento tienen su acento  en los campos económico, comercial, hidráulico,  etc.- es imprescindible emprender un desarrollo de  la integración cultural, en la cual  será  insoslayable la labor histórica y literaria de estudiosos como Walter Rela. De su labor  como humanista e intérprete de nuestros pueblos, relacionante de sus orígenes, luchas e  historia común, se desprenden constantes,  modos de vida y aspiraciones que unifican a nuestros pueblos en  unidad no forzada ni ideada, sino histórica y genuina. La mirada de Walter ha enriquecido ese panorama, lo ha dotado de sentido y legibilidad, tornándolo  accesible a quienes hemos pretendido transitar rutas americanistas.
Su vivir fue lúcido y fecundo hasta avanzada edad. El marco social de indiferencia hacia el humanismo y la cultura se acentúa día a día en el mundo, en estos años de sequía espiritual que atraviesa la humanidad. Quienes compartimos la fe que sostuvo al Dr. Rela sabemos que este tránsito por la oscuridad es solo el tramo imprescindible que  precede al amanecer. Somos conscientes de que ninguna palabra cae en el vacío- como lo ha dicho Alejo Carpentier glosando una frase del Zohar-  y que es en la obra de los pensadores, historiadores y escritores humanistas donde los americanos han de buscar, necesariamente, las semillas de su continuidad histórica como pueblos, y su posibilidad de realización como cultura legítima y original.
Estoy convencida de que Walter, egregio amigo, maestro, compañero de sueños, no ha trabajado en vano. Las jóvenes generaciones de América sabrán recibir  la sabiduría de su legado.
Graciela Maturo. Doctora en Letras; Investigadora Principal del Conicet; Profesora Consulta de la Universidad Católica Argentina; Miembro de Honor del Centro de Estudios Filosóficos “E. Pucciarelli” (ANCBA),   directora del Centro de Estudios Poéticos Alétheia.
Buenos Aires, enero de 2017.



[1] La síntesis de esas conferencias fue recopilada años después en Graciela Maturo: Introducción a una Hermenéutica del  texto. Buenos Aires, Tekné, 1986, reed. 1995.

jueves, 26 de enero de 2017

Girondo y sus fantasmas

El espantapájaros más creativo

EL TERRITORIO - Lunes 12 de enero de 2015

El cementerio porteño de Recoleta es uno de los más convocantes (de morbosos turistas) de la región. Allí se encuentran los restos de prominentes personas de la historia y sociedad argentinas y es admirado por la calidad de sus tumbas, panteones y criptas, muchas de ellas pertenecientes a familias de abolengo. Pero como todo cementerio, posee su nada despreciable cuota de leyendas y fantasmas: una de las más curiosas es la que narra la historia del espectro del escritor Oliverio Girondo.
Oliverio, que había nacido en Buenos Aires en 1891 y fue esencialmente poeta, escribía en forma colorida e incluso absurda, dado su gusto por el surrealismo. Una de sus composiciones poéticas más coloridas es conocida como El espantapájaros. Girondo tuvo la idea, en 1932, de promocionar su libro llevando en una carroza tirada por seis caballos a un espantapájaros de tamaño considerable, lo que no dejó de atraer la atención e influir en las copiosas ventas del volumen. Sin embargo, pronto se corrió un terrible rumor: el espantapájaros no sería otra cosa que un golem, producto del pacto que Girondo habría llevado a cabo con algún hechicero. El muñeco (que puede verse todavía en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires) habría tenido vida propia. Por ese entonces existían las entrañables amistades literarias, pero al mismo tiempo ciertas sordas rivalidades. Girondo no habría sido ajeno a ellas y las primeras críticas a sus poemas, que no fueron precisamente favorables, lo habrían inducido a un estado de estupor. Tal vez alguien con conocimientos esotéricos se acercó para ofrecerle venganza. Sucedió entonces que en la vieja Buenos Aires comenzaron a circular leyendas de un animal o persona muy corpulenta que merodeaba las calles a altas horas de la noche, presentándose en los zaguanes aterrorizando a sus ocupantes. El rumor duró muy poco pero los testigos invariablemente describían a un ser que caminaba pesadamente y parecía, en la oscuridad, un espantapájaros. Por supuesto, no faltó quien lo relacionara con la campaña publicitaria que hacía poco había llevado a cabo Girondo. No obstante, jamás se halló prueba alguna que lo relacionara con los hechos narrados. Girondo sufrió en 1961 un grave accidente que lo dejó postrado, imposibilitado de caminar. Muchos se han preguntado: ¿pudiera ser sólo una coincidencia o se trató de la venganza de algún hechicero despechado a quien se le había negado su paga? ¿El muñeco que aún sobrevive en el polvoriento museo habrá tenido algo que ver en la desgracia de Girondo, que murió seis años después del accidente (1967)? Enterrado en el cementerio de la Recoleta, (al lado de bóveda de Macedonio Fernández) el fantasma de Girondo no ha vuelto a acercarse.

Mujer etérea
"No me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible - no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus quehaceres... ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. '¡María Luisa! ¡María Luisa!'... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
La de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando".

Citas• ¡El arte es el peor enemigo del arte!... un fetiche ante el que se ofician, arrodillados, quienes no son artistas.

• Los únicos brazos entre los cuales nos resignaríamos a pasar la vida son los brazos de las Venus que han perdido los brazos. 

• Musicalmente, el clarinete es un instrumento muchísimo más rico que el diccionario.

• No hay crítico comparable al cajón de nuestro escritorio.

• Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor.

• Un libro debe construirse como un reloj y venderse como un salchichón.

• Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera. 

•Hasta las ideas más optimistas toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro.

• La experiencia es la enfermedad que ofrece el menor peligro de contagio.

• La cotidianidad nos teje, diariamente, una telaraña en los ojos.
• ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar para convencernos de que la realidad es, en realidad, el más auténtico de los milagros?



El perfil• OLIVERIO GIRONDO

Fue un reconocido poeta nacido en Buenos Aires el 17 de agosto de 1891 y fallecido en la misma ciudad el 24 de enero de 1967. 
Dada la acomodada situación económica de sus padres Oliverio visitó Europa desde joven, lo que le abrió las puertas a una rica formación intelectual. Sus primeros pasos por la poesía lo vinculan con el nacimiento del vanguardismo nacional. Colaboró con importantes publicaciones literarias por las que pasaron otros autores de renombre. Además de su producción poética, incursionó en la traducción con una obra de Rimbaud. Si bien Girondo no publicó muchos poemarios su obra (y sus mordaces citas) ha llamado la atención de la crítica. Algunos de sus libros: Veinte poemas para leer en el tranvía, Persuasión de los días y En la masmédula.


Por Javier Arguindegui
http://www.elterritorio.com.ar/nota4.aspx?c=6233563044890741

domingo, 11 de septiembre de 2016

Rubén Darío: humanismo y profecía

UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA
JORNADAS DE HOMENAJE A RUBÉN DARÍO EN EL AÑO CENTENARIO DE SU MUERTE.
(25-26 de agosto de 2016)
Dra. Graciela Maturo:
                                   Rubén Darío: humanismo y profecía
            En 1996, - hace ya veinte años-    en el Auditorio  de esta misma casa de estudios, -y casi solitariamente,  pues ni el diario La Nación ni otras instituciones pudieron o quisieron acompañarnos-  celebramos el centenario de dos grandes obras del  genial poeta nicaragüense: Los raros y Prosas profanas; ambas habían sido publicadas en 1896 en Buenos Aires,  esa gran aldea que quiso ser cosmópolis en el auge del modernismo.
            Rubén Darío había llegado a ella, venido de su  momotombo natal,   como gozne consciente  -y más allá de la conciencia personal-   de mundos separados en el tiempo,  trayendo viejos  troncos y nuevos retoños a la comunidad cultural del Sur de América por la que se sentía curiosamente atraído.  
            Era un vate sagrado, ajeno a la austeridad que otros quisieron darle a la dimensión de la sacralidad. Pertenecía  a una nueva y vieja  manera de vivir el cristianismo, ligada  al humanismo helenocristiano  y al movimiento modernista de Alfred Loisy,  que proponía la lectura actualizada  de la Biblia, la libre interpretación y cruzamiento de textos, culturas y tradiciones en el crisol de una nueva oleada  humanista que fue incomprendida por la Iglesia  y hasta por algunos poetas.  José Asunción Silva consideró trivial y demasiado mundano el estro poético de Darío, y más tarde el español Pedro Salinas, desde una supuesta ortodoxia,   llegó  a negarle su condición de cristiano.  Había demasiado amor a los frescos racimos de la  vida  en las  prosas que él mismo declaraba profanas,  así como una sospechosa admiración por el irreverente Nietzsche y por los  decadentes europeos  a los que denominaba  raros;  eran curiosas sus aproximaciones entre lo antiguo y lo moderno,  entre la liturgia  católica  y el hermetismo universal, y llamativa su  plural exaltación de la carne, el alma y el Espíritu.   (Estamos  en los tiempos finales de un vasto proceso  civilizatorio.  Recuerdo ahora al eminente teólogo Hans Urs von Balthassar,  prologando un libro sobre el Tarot, de autor pretendidamente anónimo. ¿Porqué no pensar que  ese autor pueda haber sido él mismo, y que su prólogo haya sido una manera de evitar el enfrentamiento con sus pares?)
            Hace cien años, luego de la muerte de Rubén,  poeta y obras  fueron olvidados. Sin embargo, los primeros libros  de  algunos  poetas considerados “de vanguardia” le eran deudores. Me refiero a Los heraldos negros de César Vallejo, Los aguiluchos de Leopoldo Marechal, y acaso  las primeras obras del chileno  Vicente Huidobro, anteriores a  sus manifiestos parricidas.
             Hace pocos meses, en una modesta  y breve recordación de Rubén Darío que hizo nuestro Centro  de Estudios Poéticos “Alétheia”,  recordé aquella frase ambigua  del poeta Enrique González Martínez: Tuércele el cuello al cisne, que pudo ser interpretada  como el fin de una retórica.  Era preciso terminar con la poética de cisnes y castillos,  condenable por irreal, y abocarse a la descripción de la vida moderna en su vulgaridad.  Aquella frase pudo ser leída como  un modo de  clausurar el método simbólico, y la tradicional escucha de los  mitos, pero existe una  lectura más profunda:  sería  el anuncio del tiempo de oscuridad – el olvido del Ser-  que se apoderó de las naciones  y aún asfixia a la humanidad.  El cisne, antiguo símbolo del espíritu,  fecundador de ninfas mitológicas, amante de Leda,  debía morir en nuevo rito de holocausto, sin que se pensara que habría de renacer nuevamente, como lo anunció San Juan de Patmos, en el fin de los tiempos. Y  además,  ¿habría un final de los tiempos de la orgullosa Modernidad?  
            No todos están en condiciones de leer los mitos desde una lectura espiritual, próxima  a  la lectio divina de los medievales. Sí lo hizo admirablemente otro poeta y humanista, - y como tal clasicista y filólogo-  don Arturo Marasso, cuya lectura señera  nos ha orientado siempre en lides literarias.  Le doy la palabra a Marasso cuando comenta el poema “El cisne”, incluido en Prosas profanas:
             “El cisne es un tema mítico en Rubén Darío. Tema en ciertos aspectos grandioso, viene de Grecia, está viviente en el helenismo inextinguible,  en  Horacio,  en la Edad Media, en la heráldica; se renueva en la pintura del Renacimiento, adquiere actualidad apasionada en Wagner y en sus críticos, está presente en la poesía moderna.(…)Darío, poeta simbolista, es wagneriano, como los adeptos de la orden Rosacruz, entre ellos Péladan, tan leído por el poeta (…)   Darío trae a este soneto el misterio simbólico”.  (Marasso: Rubén Darío y su creación poética, ed. aumentada, p. 118)
            Sabía el maestro riojano que la síntesis poética permite acumular  toda la tradición en una imagen.  EL OLÍMPICO CISNE DE NIEVE/ CON EL ÁGATA ROSA EN EL PICO… era mucho más que una figura decorativa.              La dimensión de la cultura literaria en Darío era enorme, solo comparable a su privilegiada intuición simbólica, que le permitió  reconocer tempranamente la sabiduría espiritual de los clásicos griegos y latinos, encubierta en el velo de figuras y mitos.
            Tomando como emblema la figura de Orfeo, esa corriente se derramó desde Italia hacia los poetas de Europa y luego  de la América hispánica,  alcanzando  las décadas finales del siglo XIX  con el movimiento modernista, que reclamaba la más absoluta libertad interpretativa, incluyendo los textos bíblicos. Tal movimiento, liderado por Darío en el campo literario, pero con una oculta potencialidad teológica,  vio claramente el potencial del Arte como camino de salvación y autotransformación del hombre. Pero no había llegado el kairós, el momento propicio.  Apostamos al tiempo actual, próximo al advenimiento de una  nueva etapa  que Darío anunció.     
            El poeta griego antiguo era esencialmente el músico, inventor e intérprete de instrumentos de cuerda y viento: el iniciado en los misterios. Su filosofía del Amor y la Belleza, la filocalia, se renovó en aquel período que fue llamado por Burckhardt Renacimiento, en que filósofos y poetas cristianos retomaban  esa filosofía con la lectura directa de los griegos. Ya  el propio  Santo Tomás, como lo muestra Julio R. Méndez (1990) había incorporado esa corriente filosófica que hace del Amor el principio fundamental del Universo: la Belleza es el atributo divino que lo justifica y hace actuante, dando sentido al mundo y a sus formas. El amor va en busca de la Belleza, que puede ser llamada uno de los nombres de  Dios; y a su vez lo divino, vendrá a decirnos más adelante Martin Heidegger, se manifiesta al hombre a través de la obra de arte.  Este legado de Diotima a Sócrates  había sido enunciado por larga tradición de poetas cuando el maestro de la Selva Negra lo suscribe.  En esa dirección, la naturaleza, marco primario de la vida, se convierte en “libro” donde el hombre se halla ineludiblemente destinado a aprender. Natura magistra, dijeron  los latinos: la observación y la contemplación de las criaturas es el comienzo de un camino de sabiduría que comporta la transformación del contemplador en aquello que es contemplado.
            Y esto tiene aún otra consecuencia en el orden metafísico y religioso: al hallarse las formas ligadas entre sí por la analogía universal, e indisolublemente ligadas al Principio que las hace bellas, la  contemplación de las criaturas se convierte en escala mística y vía metafísica hacia lo Uno. Lo intuyó Rubén, desde sus comienzos lo supo, y sus lecturas  lo ratificaban.
             Toda la historia occidental hablaba por la  boca del poeta nicaragüense,  desde Homero y los grandes trágicos,  pasando por el Fedón, hasta culminar  en la lucidez de Baudelaire y  Mallarmé, que visualizaron el  drama de la Modernidad llegado a su máxima exaltación y a su punto más crítico.  Era el tiempo en que se producía el aparente triunfo del hombre prometeico, y de la máquina creada a su semejanza,  juntamente  con  el sacrificio del hombre espiritual, el Cristo,  símbolo teándrico. Nada de esto debería ser tomado como un desvío sino como el cumplimiento sacrificial del cristianismo, del cual Rubén mismo es un ejemplo.
            La condición crística y victimal del poeta  había sido anticipada por el elegíaco Garcilaso, y el desdeñoso Góngora, pero vino a mostrarse crudamente  con Baudelaire, en la figura de  un majestuoso albatros caído en el fango.
            En 1905, instalado en París,  dentro del tiempo al que  Jorge Eduardo Arellano denomina  su “etapa cosmopolita”  (1898- 2016),  Darío   daba  a conocer sus Cantos de Vida y Esperanza,  en que presenta, a la manera romántica pero también baudelairiana, -que es como decir un segundo momento del Romanticismo-   su coeur au nu,  vivamente tocado por el mal del mundo, y por la nítida visión del drama contemporáneo. Es preciso  comprender  ese nudo trágico del poeta en el límite  de la Modernidad occidental: por un lado seguía  creyendo en la vida del Espíritu, y en su participación en ella a través de la palabra poética; por otro, chocaba profundamente con su propia época, viendo  a los hombres entregados a la codicia, el afán de poder, el mercantilismo y  la destrucción de la naturaleza,  en función de su propio engrandecimiento.
            Es preciso quitar la anteojera esteticista que nos impide reconocer en los grandes poetas a conductores éticos, profetas religiosos, maestros de la humanidad.  Darío, nutrido en lo más noble de la tradición lírica occidental, vino a restaurar temporariamente el reinado de la Poesía cuando lanzó  sus eufóricas Prosas Profanas,    singular anticipo  videncial de su Canto a la Argentina, publicado en 1914, dos años antes de su muerte. 
             El  poeta nicaragüense– cuya obra teórica y crítica debería ser estudiada en los cursos de Teoría literaria-  pronunció  de modo clarividente  esta frase, en  su novela autobiográfica El oro de Mallorca:   Dios está en el Arte más que en toda ciencia y conocimiento.  Leopoldo  Marechal, su preclaro y casi  inconfeso discípulo, vendría a confirmar y hacer explícita  esa afirmación  cuando escribió su poética metafísica Descenso y ascenso del alma por la Belleza. (Marechal, 1965).
            Por otra parte, existe una nítida unidad entre la poesía de Darío y los artículos y ensayos donde se despliega con nitidez su reflexión teórica: Los raros (1896), España contemporánea (1901), Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1903), Opiniones (1906), Historia de mis libros (1909) y Vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1915). Como  lo han señalado Castagnino, Sáinz de Medrano, Barcia, Arellano  y otros dariistas   (  agrego que por mi parte  no me considero tal, aunque escribí algunos artículos,   y lo he tratado permanentemente en cursos y seminarios)  toda su obra   despliega una poética,  y muestra su capacidad filológica y  crítica, confirmando esa doble capacidad intuitiva y reflexiva que es propia de los grandes creadores.
            En Darío se hallan los gérmenes teóricos de una estética humanista americana que hemos venido rastreando, más allá del gusto epocal,  desde los textos coloniales o indianos en adelante. Una poética tal comporta el amor a lo bello, iniciado en la esfera del lenguaje,  a la par que una posición ético-religiosa y una celebración del mundo. Piensa el poeta que en todo lo existente vive un alma, el anima mundi platónica,  intuición primordial que  le permite enlazar los distintos reinos, invocando una frase que cita por dos veces -en Historia de mis libros y en el Coloquio de los centauros- :   “como dice el divino visionario Juan, hay tres cosas que dan testimonio en la tierra: el espíritu, el agua y la sangre, y estos tres no son más que uno.” Ep. B. Joannes Ap. V,8. (Rubén Darío. Autobiografías, ed. Anderson Imbert, p.168).
            Lo bello, que  había sido borrado de los “universales” por filósofos y teólogos insensibles al arte, es para el nicaragüense un  acceso al misterio real.  Y esa condición encarnada de la Belleza   pasa – necesariamente-  por las formas del mundo.  En el seno de tal mentalidad se produce una valorización de la esfera senso-perceptiva. La producción de la obra artística se funda en esa relación hombre-mundo, enriquecida y desplegada por la actividad imaginaria que es r4ecobrada como camino hacia la verdad. Su estética, no sólo intuitiva sino profundizada por Rubén en largo y constante estudio, es una estética de la encarnación y la redención, que insume un permanente aprendizaje en las formas mundanas, en las que esplende y se manifiesta la belleza. San Juan de la Cruz lo expresó proclamando  que,  a las criaturas todas,  el Creador  "vestidas las dejó de su hermosura".
            Largo sería hacer la fenomenología del humanismo rubeniano, y la historia de sus lecturas poéticas antiguas y modernas,  en cuya simbólica percibió un imaginario espiritual capaz de encarnar sus más hondas intuiciones. Su maestro Francisco Gavidia le había enseñado a reconocer en Victor Hugo las marcas de esa inmensa herencia poética y filosófica.  Y a la par  de los franceses, le había acercado también  a Juan de Mena, Garcilaso, Góngora y Cervantes. Rubén estudió a los españoles tanto primitivos como clásicos, antes de abrirse con curiosidad estética e intelectual al pensamiento y el arte del fin de siglo europeo, que lo movilizó y condujo, en definitiva, a los orígenes de su propia tradición vernácula.  El Parnaso francés lo remite a la fuente griega (Monner Sans, 1952) pero asimismo a los clásicos hispánicos. En 1590 habían sido traducidas al castellano las Metamorfosis de Ovidio, y desde entonces el mito griego, filosófico en su esencia, no hizo sino afirmarse en  la creación literaria de españoles e hispanoamericanos, marcados por la latina afición a la imagen y la parábola. Halló esta profunda conexión a través de los poetas de su lengua. Leer los versos barrocos de Balbuena o de Silvestre de Balboa es anticipar la escritura triunfante de Rubén Darío.
            Rubén representa a las dos grandes tradiciones culturales de Occidente, que confluyeron en el humanismo: la helénico- latina y la judeo-cristiana. Helénica es la imagen del poeta órfico, que pule su arte musical y espiritual. Pero el poeta hebreo es el profeta de los tiempos, marcado por su reticencia a las formas plásticas,  y su conciencia contemplativa, ética, abierta a lo sagrado. Darío es ambas cosas:   el poeta órfico, que conociendo el alcance su  lira,  la cultiva  con sabia destreza despertando todos los secretos de su arte. Y es también de modo eminente el profeta de una nueva etapa, aún no alcanzada por América y por la humanidad, en seguimiento del profetismo judeo cristiano.
            Si Marasso es el gran estudioso del helenismo mítico en la obra de Rubén, es otro poeta, el bilbaíno Juan Larrea, quien mejor ha  descubierto  su vocación profética, ligada al destino  hispanoamericano.   Larrea ha señalado especialmente el rol espiritual de España en la conquista de América (Larrea: Rendición de espíritu). Al comentar la obra de Darío,  releva la misión orientadora de todo poeta pero especialmente de aquellos elegidos,  señalados  por su fidelidad al Verbo espiritual.  Ellos son los heraldos, los transmisores de una sabiduría oculta, los faros que iluminan territorios desconocidos del tiempo y del espacio.  El poeta debe "ordenar los números dispersos".  En esa labor realmente misional, su permanente guía es el Amor. Paralelamente el poeta vasco formula un  concepto religioso del Verbo español, cuyo tratamiento poético conduce a cumbres videnciales y proféticas. La oscuridad de los tiempos haría cada vez más difícil el ejercicio poético, la vida misma del poeta,  autoconfigurado como marginal y mendicante en el  festín de Occidente. 
            Larrea estudió especialmente El canto errante, obra a la cual consideró la más intensa y deslumbrante de la etapa visionaria de Darío. Descubre en ella la presencia de Dante, y la de Carlyle cuya obra Los héroes conmocionó  a algunos ambientes intelectuales del final del siglo XIX. En Dante habría encontrado definitivamente un orden supervisional, el Natural Supernaturalism de Sartor resartus que le permitió ofrecerse como ejemplo para los nuevos poetas de España y América.    A la muerte de Mitre retomaría Rubén la traducción de La Divina Comedia que hiciera su amigo y protector.  Dante no se había limitado- afirma Larrea-   a localizar la imagen del Purgatorio en el hemisferio Sur, antípoda de Jerusalem. Había previsto el cielo real de Sudamérica con sus cuatro estrellas cruciformes, la constelación de la Cruz del Sur…”(Juan Larrea: Intensidad del Canto Errante, 1972)
            Darío recoge estas intuiciones en su poema “Dante”, al que luego dio el nombre de  “Visión”.  El sentimiento apocalíptico era innato en él (y de paso recordemos que apocalipsis es un género, y no significa catástrofe como vulgarmente se dice, sino revelación de lo oculto).   A los diecisiete años había compuesto el poema “El porvenir”  y siempre alentó una mirada revelatoria sobre el tiempo histórico,  sobre la realidad concreta de los hombres.  Se apoyaba para ello en su  fe,  en su aceptación del sentido del todo.   Para que lo eterno aflorara en la Historia era preciso atravesar el infierno del Mal.  En sus últimos años consignó en cartas y ensayos su convicción nietzscheana  sobre la decadencia de Europa y el destino sobrenatural de América del Sur, centrado en la Argentina.
            Larrea ha afirmado, al comentar el poema “Israel”  - en el citado estudio, rico en observaciones curiosas y poco difundidas-  la  relación  que parece establecer Rubén entre  el pueblo elegido de la tradición judeocristiana y el porvenir de América. Dice sobre el particular:“De este modo  expresaba  el destino paradisíaco de Hispanoamérica: Cuando nuestro príncipe Cristo/ ponga su blanca mano sobre el infierno rojo…”(Larrea, 1972)
            Consciente del  tiempo del Anticristo denunciado por  Nietzsche, uno de sus maestros,  el corazón profético de Rubén  confiaba en el advenimiento de la Luz, que sostiene toda su obra.  Creía firmemente en el advenimiento de Aquel que fue anunciado por Juan, el de suaves cabellos.
            Sus  últimos años lo muestran plenamente  dueño  de su don profético,  anunciando el fin del reinado del Mal sobre los hombres, , el triunfo de la Verdad y la Poesía -  es decir  el Espíritu-   sobre las tinieblas que parecían, y aún hoy lo parecen,  imponerse en el mundo.  Con la  primera Gran Guerra se produjo un corte abrupto de  la cultura humanista, que sobrevivió en  algunos poetas y pensadores. Luego  sobrevino  una Segunda y terrible contienda,  y nos hallamos hoy en medio de una encubierta Tercera  Guerra  que desgarra  a la humanidad.  En la segunda década del nuevo Milenio, cuando  no hemos alcanzado aún  la salida del Laberinto o Infierno mundano, sentimos que retomar a Darío,  releerlo sin prejuicios  e  incorporar su mirada, es conocernos a nosotros mismos  a través de la palabra de un vate : un poeta genuino que, como decía Hölderlin, recibe  la voz de Dios y está  habilitado para  transmitirla a otros.
            Aproximarse a su palabra sin prejuicios, es la ocasión de   redescubrir  el  rumbo  espiritual del Nuevo Mundo, preanunciado en el 1600 por Antonio de León Pinelo,  explicitado a fin del siglo XVIII  por el jesuita Manuel Lacunza (véase reciente obra de Jorge Torres Roggero) y continuado más tarde por Leonardo Castellani  y  por  el poeta Leopoldo Marechal.
            En medio de dolorosas realidades que lo vuelve  difícil e increíble,  no nos queda sino  retomar nuestro destino: hallar las semillas del Tiempo Nuevo, anunciado por Rubén con luminosa firmeza.