<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944</id><updated>2012-03-04T08:59:55.019-08:00</updated><title type='text'>LITERATURA ARGENTINA</title><subtitle type='html'>LITERATURA ARGENTINA</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>26</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-8021271850806767053</id><published>2011-11-08T06:00:00.000-08:00</published><updated>2011-11-08T06:00:08.695-08:00</updated><title type='text'>CIELO DE TAMBORES en la UNSa</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;La cátedra de LITERATURA ARGENTINA&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;invita a la charla que dará la novelista ANA GLORIA MOYA sobre&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 115%;"&gt;Cielo de tambores &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 115%;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y Belgrano ante la historia&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;el jueves 10 de noviembre de 18 a 20 hs. en el aula “Elizabeth Savic”, 2º piso de la Facultad de Humanidades.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Auspician:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Facultad de Humanidades&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Escuela de Letras&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt; text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Instituto de Investigación “Luis Emilio Soto”&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-8021271850806767053?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/8021271850806767053/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=8021271850806767053&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/8021271850806767053'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/8021271850806767053'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2011/11/cielo-de-tambores-en-la-unsa.html' title='CIELO DE TAMBORES en la UNSa'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-8335320733430898884</id><published>2010-11-06T12:28:00.001-07:00</published><updated>2010-11-06T12:28:46.304-07:00</updated><title type='text'>Sobre PLATA QUEMADA cine y literatura</title><content type='html'>La comparación de novelas y versiones fílmicas siempre condujo, a nuestro parecer, a la misma conclusión: “Ninguna imagen puede recrear satisfactoriamente para los lectores todo lo que puede escribirnos el autor”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque en la inevitable (e injusta) comparación con la novela de Ricardo Piglia el film pueda salir desfavorecido, no se puede negar la trabajosa adaptación realizada por Marcelo Piñeyro ya que el drama de la película no se desenvuelve de manera lineal a la de la novela en sus situaciones principales. Esto puede llegar a descolocar al espectador que haya leído la novela, generando las típicas expresiones como: “Le faltó tal parte” o “Así no era en el libro”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre algunos de los aportes de la crítica encontramos por ejemplo el de Diego Batlle de La Nación: "Plata quemada aparece como un cruce entre el cine de fines de los años 60 y comienzos de los 70 con el neo-noir de la década del 90.” Este dato nos ayuda para tener en cuenta el tipo de cine del que hablamos y las producciones que de esta época se pueden esperar, poniendo a esta película como una de las mejores de su época.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podemos hablar probablemente de una recreación por parte de los guionistas de lo que en ciertos momentos pueden estar diciendo los personajes, y lo hicieron con total libertad pero respetando a Ricardo Piglia. Al principio de la novela, el narrador que se introduce en el film utiliza las mismas palabras que Piglia presenta en su relato: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Los llaman los mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni son parecidos. Difícil incluso encontrar dos tipos tan diferentes. Tienen en común el modo de mirar, los ojos claros, quietos, una fijeza extraviada en la mirada recelosa. Dorda es pesado, tranquilo, con cara rubicunda y sonrisa fácil. Brignone es flaco, ágil, liviano, tiene el pelo negro y la piel muy pálida como si hubiera pasado en la cárcel más tiempo del que realmente pasó.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(R. Piglia: 2000, 11)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los aspectos mejor representados en la película esta, creo yo, en lo mundano. El mundo de la delincuencia, el sexo y la drogadicción, todo de la mano, se ve de manera fuerte e impresionante para el espectador. A modo de aporte personal, a veces la imaginación queda corta en estos casos que el cine hace tan gráficos como en esta versión fílmica de Plata Quemada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A este respecto se muestra por ejemplo, y muy frecuente también en nuestra realidad, como los asaltantes toman coraje en la escena del auto para concretar el crimen a través de la drogadicción, acto que a lo largo de la película pasa a ser de lo más común entre estos personajes de la pesada de Buenos Aires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La minuciosa, compleja y creíble composición del Nene a cargo de Sbaraglia es lo mejor del film a nivel interpretativo, Pablo Echarri, por su parte, aporta más que nada el renombre que luego de esta filmación crecerá en mayor medida, funciona como una especie de llamador para los espectadores. Para los que son, además, lectores de este policial, basta sólo con el título para despertarles la curiosidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La musicalización utilizada también resulta de total importancia para una mejor recreación de los personajes creados por Ricardo Piglia: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El personaje del Cuervo -un émulo de Vittorio Gassman- es acompañado por clásicos de la canción popular italiana de los años 60, mientras que la relación entre el Nene y Ángel es trabajada con climáticos tangos y blues de fondo.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Diego Batlle)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;nos precisa el crítico en su artículo publicado en La Nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, cabe destacar que no sólo el policial es lo que está bien representado, sino también lo pasional, aspectos que se mantienen paralelos a lo largo de la novela y de la película como dos hilos argumentales que se entrecruzan constantemente entre la tensión de ser cómplices y prófugos de la ley y la relación amorosa entre los mellizos que se ve turbada en varias partes de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luciana Arriaga&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-8335320733430898884?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/8335320733430898884/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=8335320733430898884&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/8335320733430898884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/8335320733430898884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2010/11/sobre-plata-quemada-cine-y-literatura.html' title='Sobre PLATA QUEMADA cine y literatura'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-4875302167791604089</id><published>2010-11-06T12:27:00.000-07:00</published><updated>2010-11-06T12:27:37.622-07:00</updated><title type='text'>Reseña sobre el Diálogo Piglia/Saer</title><content type='html'>Ricardo Piglia – Juan José Saer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Piglia y Saer son dos escritores argentinos que han marcado grandes tendencias dentro de la literatura argentina. No se conoce un buen lector que no haya si quiera escuchado nombrar Respiración Artificial o Los Siete Locos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los aspectos que comparten estos escritores es el marco de las narraciones de ambos, ya que Juan José Saer escribe (y describe) el “negro” marco de la dictadura militar y Ricardo Piglia lo hace en relación a las narrativas de la guerra sucia en Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensar en estos dos grandes de la literatura comparados nos remite indiscutiblemente a la charla que mantuvieron estas dos figuras en Princeton en el 2002, charla que entablan desde las vestiduras más bien de sus propios personajes. Este diálogo nos permite conocer mejor a dichos personajes, sus gustos y preferencias, y el contacto que pueden llegar a tener de texto a texto, de la escritura a la oralidad, aspecto que figurativamente ilustran estos dos autores en aquella ocasión. Lo que logran, además, es un diálogo entre la ficción y la reflección, como consignan muchos críticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra de las coincidencias entre estos dos “personajes” es que Saer enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral y, como si Piglia hubiese tenido la capacidad escritora necesaria, su novela fue retomada por los cineastas para ser representada. Quizá sea mera casualidad, pero ambos tienen un acercamiento al arte fílmico, además del de la escritura. Piglia, en este sentido, ha llegado incluso a componer una ópera (La ciudad ausente), además de los ya conocidos textos críticos, etc. por los que se ha inclinado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, de manera más o menos ficcionalizada, Piglia y Saer son dos de nuestros escritores que se han preocupado por plasmar la realidad argentina. Esto es parte de lo que hace a sus textos interesantes e identificativos para nuestra argentinidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luciana Arriaga&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-4875302167791604089?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/4875302167791604089/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=4875302167791604089&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/4875302167791604089'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/4875302167791604089'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2010/11/resena-sobre-el-dialogo-pigliasaer.html' title='Reseña sobre el Diálogo Piglia/Saer'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-133544177340375872</id><published>2009-11-02T05:30:00.000-08:00</published><updated>2009-11-02T05:43:18.686-08:00</updated><title type='text'>TRENES DEL SUR</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/Su7fXa86yXI/AAAAAAAAABo/ns6DB9zYnJc/s1600-h/Trenes+del+Sur.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5399498596728621426" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 222px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/Su7fXa86yXI/AAAAAAAAABo/ns6DB9zYnJc/s320/Trenes+del+Sur.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;TRENES DEL SUR es la novela de Carlos Hugo Aparicio tuvo -como muchas de la producciones literarias del interior- tiempo de espera, idas y venidas antes de su publicación. La edición de 1988 se agotó hace mucho y los ávidos lectores de su literatura volvieron a sentirse atraídos por ella luego del estreno de la película LUZ DE INVIERNO, basada en el libro de cuentos SOMBRA DE FONDO.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La novela parecía ser inalcanzable para los lectores salteños, pero este año, la librería G y C - San Martín 452, Salta- la puso en sus estantes a un precio accecible para docentes y estudiantes.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-133544177340375872?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/133544177340375872/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=133544177340375872&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/133544177340375872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/133544177340375872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2009/11/trenes-del-sur.html' title='TRENES DEL SUR'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/Su7fXa86yXI/AAAAAAAAABo/ns6DB9zYnJc/s72-c/Trenes+del+Sur.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-3572719495921022249</id><published>2009-10-22T12:05:00.000-07:00</published><updated>2009-10-22T12:19:32.108-07:00</updated><title type='text'>Sobre EL DIARIO DE GABRIEL QUIROGA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/SuCwLOhoEcI/AAAAAAAAABg/HRcXVTE5MAY/s1600-h/Patria.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5395506060514038210" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 192px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/SuCwLOhoEcI/AAAAAAAAABg/HRcXVTE5MAY/s320/Patria.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Gabriel Quiroga, el vocero de una generación&lt;br /&gt;El diario de Gabriel Quiroga&lt;br /&gt;Opiniones sobre la vida argentina&lt;br /&gt;Rafael Gutiérrez*&lt;br /&gt;Resumen:&lt;br /&gt;El diario de Gabriel Quiroga es un ensayo escrito por Manuel Gálvez con motivo del aniversario de la celebración del primer centenario de la Revolución de Mayo.&lt;br /&gt;Su momento de aparición no le permite destacarse en particular porque son varios los intelectuales que asumen la reflexión del centenario y producen textos ensayísticos en los que proyectan sus preocupaciones sobre los primeros cien años del país y sus expectativas ante el nuevo siglo que se iniciaba.&lt;br /&gt;El diario de Gabriel Quiroga fue reeditado como otros texto de época ante el advenimiento del segundo centenario, por lo que su lectura se vuelve oportuna para reflexionar sobre dos épocas análogas.&lt;br /&gt;Palabras clave: Manuel Gálvez - literatura – historia – ensayo – centenario&lt;br /&gt;Introducción&lt;br /&gt;Nos encontramos a menos de tres años del segundo centenario de la Revolución de Mayo y, a nivel oficial, se realizan distintos preparativos para su celebración. Por ello no es extraño que sean reeditados algunos textos que se produjeron con motivo del primer centenario. Algunos de ellos, aunque fueron escritos como parte de esa coyuntura, tuvieron una larga vida, con reediciones totales o parciales en distintos momentos, ya que postulaban interpretaciones o propuestas que pudieron actualizarse bajo otras circunstancias históricas. Uno de ellos, El diario de Gabriel Quiroga de Manuel Gálvez, es el motivo del presente trabajo.&lt;br /&gt;Cuando ubicamos este escrito de Gálvez dentro de la historia de la literatura argentina caemos en cuenta de que tuvo una escasa difusión en su época, pues su tirada original fue muy exigua, sin embargo, dentro de la historia de la ideas fue un precursor de otros ensayistas que plantearon el problema de la "argentinidad".&lt;br /&gt;El momento de aparición&lt;br /&gt;En las proximidades de 1910 la Nación Argentina se aprestaba a celebrar los primeros cien años de su vida independiente, aunque desde la elección de la fecha comenzaron los motivos para la polémica. Todos coincidían en que en 1810 había comenzado un proceso que dio formación a un nuevo Estado que, por aquel entonces, recién tomaba oficialmente el nombre de República Argentina, sin embargo sabían que ese año no refería al de Declaración de la Independencia y aún distaba mucho de aquél en el que se sancionó la Constitución Nacional. Para los intelectuales del momento remontar la historia suponía reconstruir un proceso largo y tortuoso que aún no terminaba de mostrar frutos plenos y, para empeorar la situación, se habían agregado componentes que ensombrecían el panorama: la inmigración y el ingreso de nuevos grupos sociales en las disputas políticas.&lt;br /&gt;Desde la conformación de una nueva práctica cultural llamada literatura en el país se había establecido una tradición ensayística tendiente a interpretar la realidad nacional, entre cuyos escritores se destacaban los nombres de Sarmiento y Alberdi.&lt;br /&gt;El centenario era una situación muy propicia para que los escritores se dedicaran a practicar sus interpretaciones sobre el perfil del país y sus aspiraciones al llegar a los primeros cien años de dificultosa existencia. Por ello los nombres de Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Joaquín V. González y Manuel Gálvez son los que sobresalen dentro de ese período, ya que se asumen como portavoces de la Argentina, aunque las voces que asumían no eran las de todos los componentes de la sociedad en transformación sino los de una clase a la que sentían como auténticamente argentina y, por lo tanto, amenazada por grupos sociales a quienes consideran "otros" o "extraños".&lt;br /&gt;Estos escritores se citan y se apoyan mutuamente en sus razonamientos sobre la afirmación de la argentinidad. De ellos, es Ricardo Rojas quien acuña la expresión "nacionalismo" para referirse a ese modo de defensa de los valores en los que considera que reside la argentinidad. Pero cuando se habla de defensa es porque hay un agresor y en este caso cuando se refieren a un enemigo no lo hacen acerca de una amenaza externa sino de un enemigo interior.&lt;br /&gt;Cuando el discurso de estos ensayista tematiza al enemigo interior no asume muchas formas, podríamos reducirlas a dos: el inmigrante y el mulato, ambos equiparados en la imagen del advenedizo, del trepador inescrupuloso y materialista.&lt;br /&gt;Un aspecto importante a tener en cuenta es que, dentro del panorama de ensayos de interpretación que surgieron en torno al Centenario, El diario de Gabriel Quiroga tuvo una tirada muy limitada en su momento de aparición y su venta fue muy limitada, por lo que el libro no tuvo reediciones posteriores. Por lo tanto, cuando los investigadores interesados en esclarecer el panorama de la época se refieren a la producción de Gálvez como un exponente del momento, omiten la mención de ese ensayo que, en muchos aspectos es un anticipo de ideas que se desarrollaron, no sólo en las en las décadas siguientes sino en todo el siglo XX.&lt;br /&gt;La ficción del palimpsesto&lt;br /&gt;Para nuestra práctica de lectura, situada a principios del siglo XXI, encontrarnos con la ficción del palimpsesto nos remite inmediatamente a escritores eruditos como Umberto Eco o Jorge Luis Borges, sin embargo es una de las prácticas más viejas y efectivas de la literatura para crear la ilusión de una ajenidad con la propia escritura. Recordemos que ya Cervantes, al fundar la novela moderna, declara haber encontrado ciertos manuscritos que simplemente se dedicó a transcribir, adaptar, editar o reseñar. La estrategia inaugurada por Cervantes le permitió -tanto a él como a distintos autores- realizar críticas sobre sus respectivas épocas, aprovechando la imagen de que no eran autores sino simples transcriptores y, de ese modo, evitaron exponerse públicamente por sus opiniones.&lt;br /&gt;Dentro de esa misma tradición, Manuel Gálvez presenta un ensayo de interpretación con una serie de solapamientos. El primero es el de género, pues el mismo título dice "Diario" y luego el "Prólogo", firmado por "Manuel Gálvez", insiste en que se trata de un extracto del diario personal de un tal "Gabriel Quiroga", a quien conoce y con quien comparte prácticas y lecturas. Para mantener esa ficción realiza una serie de citas y comentarios en los que compara los escritos del joven Gabriel Quiroga con los del escritor Manuel Gálvez.&lt;br /&gt;El segundo solapamiento es autorial, porque Manuel Gálvez se desdobla entre un "Editor" que afirma su rol con su firma en el "Prólogo" y el joven diletante que redactó el diario personal cargado de afirmaciones sobre su país. Fácticamente, Manuel Gálvez es el autor de la totalidad del libro y de la construcción de ambas entidades escriturales.&lt;br /&gt;A primera vista podríamos afirmar que se trata de un desdoblamiento innecesario puesto que Gálvez y Quiroga comparten los mismos puntos de vista. Sin embargo, si atendemos al planteamiento realizado en el "Prólogo", esa univocidad discursiva se comprende por la empatía que hay entre los dos autores. Manuel Gálvez se declara amigo de Gabriel Quiroga y, por compartir sus opiniones, es quien lo alienta a publicar esos escritos de carácter privado. Mientras el primero es un escritor profesional que se afianza en el panorama de una naciente literatura argentina, el segundo en un diletante, uno joven que no ha completado su formación universitaria y que sólo ejerce la escritura privada, la del diario íntimo. Mientras uno realiza un ejercicio público de la escritura, el otro lo hace en forma privada, sin interés por la publicación porque descree de las capacidades performativas de la literatura.&lt;br /&gt;Después de mostrar los mecanismos de distanciamiento que emplea el autor para marcar una responsabilidad como difusor y no como autor surge la pregunta de por qué se tomó ese trabajo para diferir la identidad del autor, de qué buscaba prevenirse.&lt;br /&gt;La respuesta a estas preguntas tenemos que buscarlas en el mismo texto, a partir de los planteamientos que realiza y a quienes puede afectar con tales afirmaciones.&lt;br /&gt;La construcción de identidades&lt;br /&gt;Ante un libro titulado El diario de Gabriel Quiroga la primera pregunta que surge es: ¿quien es Gabriel Quiroga?&lt;br /&gt;La respuesta obvia es la que se apega a la literalidad de la afirmación de Manuel Gálvez: es un joven que ha plasmado en un diario personal sus impresiones ante un país que ha recorrido física y espiritualmente.&lt;br /&gt;Sin embargo, debemos reconocer que "Gabriel Quiroga" es una ficción escritural, tanto como el "Manuel Gálvez" que firma el libro. El uno como el otro se construyen desde el título, aunque pareciera que Gálvez construyera a Quiroga desde el Prólogo en el que, como editor, va realizando la tarea de presentarlo ante sus lectores. Lo describe como un joven interesado en la filosofía y las letras con quien comparte lecturas, preocupaciones y avatares espirituales.&lt;br /&gt;Pero hay que estar atentos a los detalles, la elección del mismo nombre es un indicio sobre la identidad del escritor: Gabriel es, etimológicamente, "la fuerza de Dios" y Quiroga es un apellido de linaje ligado, no sólo a los patricios, sino a un caudillo, ambos con el común denominador de la fiereza del que lucha por causas sagradas. Por otra parte el compañero de estudios no llegó hasta el final de la carrera, sino que abandonó los estudios desilusionado de todo y dificultado de comunicarse con los otros hombres.&lt;br /&gt;En la explicación de esa etapa de la vida de Quiroga, no cabe duda de su pertenencia social ya que el mal que le aqueja es curado por un largo viaje a Europa. La prescripción de viajes como remedio a enfermedades de índole nerviosa era una práctica común hasta las primeras décadas del siglo XX, aunque la receta se administraba a pacientes capaces de afrontar económicamente el remedio.&lt;br /&gt;En ese viaje es que maduraron los escritos del diario personal del joven acongojado por una angustia existencial que lo llevó a abrazar el cristianismo como un consuelo para su alma.&lt;br /&gt;Todo tiende a construir la imagen del poeta-visionario que legó el romanticismo: un joven sensible, con dificultades para comunicarse con los hombres mundanos, preocupado por la trascendencia espiritual y decepcionado de los valores del mundo material accede a una conversión interna que le permite expresar por escrito verdades valiosas para el género humano y, en este caso, para sus conciudadanos.&lt;br /&gt;Esa imagen posiciona al autor del libro como un ser especial, un "iluminado", cuya imagen Gálvez no se atreve a asumir personalmente, por lo que construye un alter-ego desconocido, incontaminado con el mundo literario –mundo corrompido por la mercantilización y la búsqueda de fama- y casi anónimo.&lt;br /&gt;Manuel Gálvez también se construye a través de la escritura en relación con ese otro escritor no-profesional. Gálvez en ese momento ya era conocido en el campo intelectual, tenía un lugar ganado en el campo literario y apeló a esa imagen para presentarse como prologuista de un libro cuya autoría no le pertenece, aunque la compartía. Esa presentación se realizó con una doble imagen: es el amigo de Gabriel Quiroga y el editor de sus escritos. Con la primera se representó a sí mismo como uno de los confidentes del autor que pudo acceder a sus escritos personales, producidos como parte una catarsis íntima y sin intención de difundirlos. Desde ese lugar de conocimiento privilegiado fue que pudo influir para que lo privado llegara a dominio público.&lt;br /&gt;En cuanto a la imagen de editor, es la que surge como continuación de la primera porque se constituye en una autoridad para recortar del texto original los fragmentos que considera que deben ser de dominio público. Por esta intervención se evidencia una decisión expresa de hacer un nuevo texto en el que los acontecimientos personales se reducen al mínimo, privilegiando las opiniones sobre la actualidad nacional, pero soslayando el razonamiento y los argumentos propuestos para quedarse con las conclusiones. De modo que el nuevo texto está desprovisto de las características de un diario; es impersonal en el sentido que carece de la exposición de aspectos de la vida privada del autor y, en tanto plasmación de pensamientos, carece de la formulación de los razonamientos que le darían la seriedad de los textos sociológicos que el prologuista menciona recurrentemente.&lt;br /&gt;El orden&lt;br /&gt;La exposición del texto sigue un orden cronológico, de acuerdo con el género que asume ficticiamente –el diario personal-, comenzando el 4 de enero de 1907 para concluir un 25 de mayo de 1910.&lt;br /&gt;El primer año tiene diecinueve apartados de distinta extensión, ordenados por fechas salteadas, sin presentar ningún orden temático sino que los tópicos tratados se suceden como observaciones diarias que motivan reflexiones.&lt;br /&gt;Enmarcado en el género, ensayo, los aspectos que el diario va asumiendo como temas no están presentados de acuerdo con un orden sistemático que presupongan un plan analítico, similar a los estudios sociológicos que Quiroga y Gálvez mencionan como ejemplos de estudios esclarecedores sobre la particular dinámica de las naciones y los estados. Además, ya el Gálvez-editor aclaró en el "Prólogo" que se encargó de suprimir las argumentaciones y quedarse con las conclusiones, quitándole todo rastro analítico al texto publicado.&lt;br /&gt;El nacionalismo&lt;br /&gt;La coyuntura en la que se inserta la producción escrituraria de carácter ensayístico es el Centenario de la Revolución de Mayo de 1810, sin embargo el tratamiento del tema asume ciertas características que se explican por las circunstancias sociales y políticas.&lt;br /&gt;Una de ellas es la conformación del campo literario, con el afianzamiento de los escritores como profesionales de la escritura que viven de su producción, desplazando la figura del escritor ocasional que practica la literatura como parte de otras actividades sociales que le permiten cierto prestigio aprovechable en otros campos, como la política.&lt;br /&gt;Esa asunción de la profesionalidad de la escritura es la que permite a los escritores la preparación de una producción en función de un público que espera sus obras, a través de las cuáles puede influirlo desde una posición ideológica y política expresada públicamente. En el caso de Manuel Gálvez, desde un catolicismo militante e incluso, reaccionario.&lt;br /&gt;- [...] He escrito libros católicos, como El diario de Gabriel Quiroga y El solar de la raza, cuando no era moda ser católico, cuando nadie se atrevía a nombrar a Dios en un artículo. Ortega y Gasset, en su primer viaje, me dijo que Angel de Estrada y yo éramos los únicos escritores argentinos que teníamos preocupaciones espirituales. Durante la guerra, indignado por muchas cosas, un gran sentido de justicia me inclinó hacia la revolución. Creí, como mucha gente, error que no tardé en reprobar, que la revolución era compatible con la Iglesia. [...]&lt;br /&gt;–Me siento latino. Por eso no simpatizo con los Estados Unidos ni con Rusia. Por eso soy ahora reaccionario en lo político. Soy partidario del orden clásico, de la jerarquía. Quiero que los argentinos pertenezcamos a la cultura grecolatina. (Alcázar Civit; 1930)&lt;br /&gt;Otro motivo de orden social es el de la asimilación de una inmigración que llegaba al país en oleadas ocasionando un crecimiento geométrico de la población fuera de todos los planes con los que se había previsto el fenómeno.&lt;br /&gt;De hecho, cuando se propuso la inmigración como un medio para dominar el desierto, los propulsores de la idea -Sarmiento a la cabeza- habían pensado en la incorporación de una población del norte de Europa, formada especialmente por profesionales que reemplazarían a los bárbaros gauchos. Sin embargo, después de poner en práctica el plan de conquista del desierto la realidad se mostró muy distinta de la prevista: La mayor parte de los inmigrantes eran de Europa meridional, sin formación universitaria, sino más bien campesinos u obreros que no pudieron llegar a poblar el desierto, por el contrario se quedaron a superpoblar las ciudades porque los grandes territorios conquistados no se distribuyeron entre colonias de inmigrantes sino que quedaron en mano de grandes latifundistas.&lt;br /&gt;Esa población urbana se quedó en las ciudades ampliando el número de obreros y transmitiendo ideas que cobraban vitalidad en Europa: la asunción de una conciencia de clase enfrentándose a los gobernantes y una oligarquía patricia.&lt;br /&gt;El texto ahora&lt;br /&gt;Para el presente trabajo contamos con una impresión facsimilar realizada en el 2001, con un estudio preliminar escrito por María Teresa Gramuglio, reconocida investigadora y docente de la U. B. A. que ha estudiado la producción de Manuel Gálvez.&lt;br /&gt;Esta reedición llama la atención desde muchos aspectos, en primer lugar porque –como aclaráramos al principio de este trabajo- fue originalmente una publicación exigua que no tuvo reediciones en el siglo XX, y luego, si prestamos atención a la tapa, encontramos una serie de detalles muy significativos.&lt;br /&gt;La cubierta original del libro es presentada en una reproducción facsimilar (pág. 56), allí sólo podemos observar los títulos y datos, sin ninguna ilustración; por el contrario la cubierta actual contrasta por la cantidad de información que condensa.&lt;br /&gt;En la parte superior se presentan los datos de la colección debajo del título y el nombre del autor, mientras que ocupando casi la mitad se destaca el detalle de una postal conmemorativa del centenario con una imagen de La Patria.&lt;br /&gt;Esa diagramación de la cubierta de la nueva edición es un texto icónico que nos anticipa la lectura de los textos incluidos en el libro. Hay datos de la colección que nos indican el tipo de publicación, pues el tanto el título como su logo muestran el lugar concedido al libro de Gálvez dentro de la editorial; inmediatamente aparece el nombre del Director, Gregorio Weinberg, que por su prestigio como defensor de la democracia e impulsor de la educación realza la importancia de la selección del texto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La imagen de La Patria, cedida por el Museo de la Ciudad de Buenos Aires, es una oportuna representación icónica del ideal de Patria que se expresa en los textos sobre el Centenario. La mujer joven, blanca, con una sonrisa apenas insinuada, vestida con túnicas que remiten a un clasicismo idealizado, coronada por un gorro frigio y en la mano derecha sosteniendo el asta con la Bandera Argentina. La representación de La Patria como una mujer con túnicas está basado en la iconografía de la Revolución de Mayo cuya estética neoclásica e iluminista es evidente. Esa joven blanca con un peinado de época, con la mirada hacia lo alto y con un cuerpo cubierto de túnicas, textualiza las ideas sobre un país cuyo patriciado es blanco y con altos ideales que denuncia la lujuria como una corrupción que degrada a los hombres.&lt;br /&gt;El cuerpo censurado es el de la mujer, del que se deja ver un solo brazo descubierto, el cuello y el rostro, las otra partes eróticas de la femeneidad no están simplemente cubiertos por una túnica informe sino que están ajustados, ceñidos por fajas celestes y doradas: una celeste cruza los pechos, otra la cintura, mientras que la dorada baja de la cadera hasta el pubis, donde se anuda para continuar sobre el muslo.&lt;br /&gt;Podemos inferir un discurso represivo sobre el cuerpo erótico femenino, para corroborarlo, tenemos que revisar si en la misma época hay textualizaciones en el mismo sentido y, efectivamente, el mismo Gálvez tiene una tesis sobre la explotación prostibularia de la mujer en novela y en ensayo. Esta censura impuesta sobre el cuerpo femenino -iconizada en la postal conmemorativa- es la misma que reconocemos en el discurso que se construye desde el nacionalismo sobre La Patria: una imagen femenina idealizada, una figura maternal, por lo tanto protectora y desprovista de atractivo sexual.&lt;br /&gt;Conclusión&lt;br /&gt;El libro de Manuel Gálvez, aparentemente, es uno más de los textos producidos con motivo de la celebración del Primer Centenario de la Revolución de Mayo, momento en que no sólo los intelectuales se planteaban el problema de explicar y explicarse qué había sucedido durante cien años en una entidad que en ese momento asumía plenamente el nombre de República Argentina.&lt;br /&gt;Un análisis superficial de la historia hace suponer que la producción ensayística sólo trataba de tematizar una situación coyuntural con un puro interés mercantil, sin embargo los intereses de esos escritores de fines del siglo XIX y principios del siglo XX vehiculizaban una confianza en la capacidad performativa de la escritura, por lo que hacían una profesión de la palabra con un interés más que militante, sino como parte de una convicción.&lt;br /&gt;La escritura gestada en torno a ese primer centenario tuvo gran repercusión tanto en los círculos intelectuales como políticos y populares, generando cuestionamientos, debates y acciones que transformaron la política, la cultura y la educación argentina.&lt;br /&gt;El Diario de Gabriel Quiroga tuvo una edición limitada, pero quienes lo leyeron acusaron el impacto de ideas que por un lado catalizaban los debates internos iniciados en la década de 1880, los aportes europeos de distinto cuño sobre los nacionalismos y anticipaba modos de interpretación que alimentarían la rica producción ensayística de la década de 1930.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BIBLIOGRAFÍA&lt;br /&gt;ALCÁZAR CIVIT, Pedro, "Entrevista a Manuel Gálvez", El Hogar, Nº 1103, 4 de diciembre de 1930 (de la Web)&lt;br /&gt;ALTAMIRANO, Carlos y SARLO, Beatriz (1997), "La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos" en Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Buenos Aires, Ariel&lt;br /&gt;BERTONI, Lilia Ana (2001), Patria, cosmopolitas y nacionalistas, Buenos Aires, F.C.E.&lt;br /&gt;GÁLVEZ, Manuel (2001), El diario de Gabriel Quiroga, Buenos Aires, Taurus&lt;br /&gt;GRAMUGLIO, María Teresa (2001), "Estudio preliminar" a GÁLVEZ, Manuel, El diario de Gabriel Quiroga, Buenos Aires, Taurus&lt;br /&gt;GRAMUGLIO, María Teresa (2002), "Novela y nación en el proyecto literario de Manuel Gálvez" en JITRIK, Noé (Dir.), Historia crítica de la literatura argentina, Tomo VI. El imperio realista, Buenos Aires, Emecé&lt;br /&gt;LAFFORGUE, Jorge y RIVERA, Jorge (1980), "Manuel Gálvez y la tradición realista" en Historia de la literatura argentina, Tomo III, Buenos Aires, C.E.A.L.&lt;br /&gt;RUBIONE, Alfredo (2002), "Enrique Larreta, Manuel Gálvez y la novela histórica" en JITRIK, Noé (Dir.), Historia crítica de la literatura argentina, Tomo VI. El imperio realista, Buenos Aires, Emecé&lt;br /&gt;VIÑAS, David (1996), Literatura argentina y política. de Lugones a Walsh, Buenos Aires, Sudamericana&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-3572719495921022249?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/3572719495921022249/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=3572719495921022249&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/3572719495921022249'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/3572719495921022249'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2009/10/sobre-el-diario-de-gabriel-quiroga.html' title='Sobre EL DIARIO DE GABRIEL QUIROGA'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_kH5VMG3yQDo/SuCwLOhoEcI/AAAAAAAAABg/HRcXVTE5MAY/s72-c/Patria.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-2253222550572482428</id><published>2009-10-07T08:55:00.000-07:00</published><updated>2009-10-07T09:00:52.466-07:00</updated><title type='text'>Textos</title><content type='html'>Para el Seminario los textos BISIESTO VIENE DE GOLPE y ALIAS CARA DE CABALLO están fotocopiados completos en el CUEH.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para el curso general "El desatino" de Griselda Gambaro está fotocopiado porque ssólo se consigue en TEATRO 4 y no está en librerías, minetras que "Gris de ausencia" de Roberto Cossa sí se encuentra en la antología TEATRO BREVE CONTEMPORÁNEO de Colihue.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-2253222550572482428?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/2253222550572482428/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=2253222550572482428&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2253222550572482428'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2253222550572482428'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2009/10/textos.html' title='Textos'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-6109880183782442541</id><published>2009-08-24T06:52:00.001-07:00</published><updated>2009-08-24T07:11:06.920-07:00</updated><title type='text'>Seminario</title><content type='html'>El Seminario de Literatura Argentina - Curso especial se dicatará los días martes de 18 a 20 en el Salón Camilo Boaso de Biblioteca Central y los días miércoles de 17 a 19 hs. en el aula 4.&lt;br /&gt;El temario es sobre literatura del NOA, en especial Salta y Jujuy.&lt;br /&gt;Las lectura obligatorias:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BISIESTO VIENE DE GOLPE novela de Francisco Zamora&lt;br /&gt;ALIAS CARA DE CABALLO novela de Juan Ahuerma Salazar&lt;br /&gt;TRENES DEL SUR novela de Carlos Hugo Aparicio&lt;br /&gt;MEMORIAL DE JONAS poesías de Walter Adet&lt;br /&gt;INCESANTE MEMORIA poesías de Teresa Leonardi&lt;br /&gt;POESÍAS (selección de la cátedra) de Manuel J. Castilla&lt;br /&gt;LA CARPA (selección de la cátedra)&lt;br /&gt;TARJA (selección de la cátedra)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Textos nuevos y usados en buenas condiciones pueden conseguirse en la Librería C &amp;amp; A en Avda. San Martín 452&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-6109880183782442541?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/6109880183782442541/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=6109880183782442541&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6109880183782442541'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6109880183782442541'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2009/08/seminario.html' title='Seminario'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-2333143875691884724</id><published>2008-10-15T06:14:00.000-07:00</published><updated>2008-10-15T06:15:50.379-07:00</updated><title type='text'>ANGÉLICA GORODISCHER</title><content type='html'>Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires en 1928, pero desde su infancia vive en Rosario (Santa Fe), ciudad de la que se considera oriunda. Entre su vastísima obra se cuentan: “Opus Dos” (Minotauro, 1968), “Las Pelucas” (Sudamericana, 1969), “Bajo las jubeas en flor” (Ediciones de la Flor, 1973), “Casta luna electrónica” (Andrómeda, 1977), “Trafalgar” (El Cid Editor, 1979), “Mala noche y parir hembra” (La Campana, 1983), “Kalpa Imperial” (Minotauro, 1983), “Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara” (Emecé, 1985), “Jugo de mango” (Emecé, 1988), “Las Repúblicas” (Ediciones de la Flor, 1991), “Fábula de la virgen y el bombero” (Ediciones de la Flor, 1993), “Técnicas de supervivencia” (Ed.Municipal de Rosario, 1994) y “La noche del inocente” (Emecé, 1996).&lt;br /&gt;Galardonada con numerosos premios nacionales e internacionales, obtuvo entre otras distinciones literarias el Premio Más Allá (1984), el Premio Emecé (1984-85), el Premio Gilgamesh de España (1986). Recibió también el Premio Dignidad, otorgado por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (1996), y dos veces la beca Fullbright (1988 y 1991).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Actualmente es considerada la más destacada escritora de ciencia-ficción argentina contemporánea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BIBLIOGRAFÍA:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;• Cuentos con Soldados (Club del Orden, 1965)&lt;br /&gt;• Opus Dos (Minotauro, 1968)&lt;br /&gt;• Las Pelucas (Sudamericana, 1969)&lt;br /&gt;• Bajo las Jubeas en Flor (Andrómeda, 1977)&lt;br /&gt;• Trafalgar (El Cid Editor, 1979)&lt;br /&gt;• Mala Noche y Parir Hembra (La Campana, 1983)&lt;br /&gt;• Kalpa Imperial (Minotauro, 1983)&lt;br /&gt;• Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (Emecé, 1985)&lt;br /&gt;• Jugo de Mango (Emecé, 1988)&lt;br /&gt;• Las Repúblicas (Ediciones de la Flor, 1991)&lt;br /&gt;• Fábula de la virgen y el bombero (Ediciones de la Flor, 1993)&lt;br /&gt;• Técnicas de supervivencia (Ed. Municipal de Rosario, 1994)&lt;br /&gt;• La noche del inocente (Emecé, 1996)&lt;br /&gt;• Cómo triunfar en la vida (Emece, 2000)&lt;br /&gt;• Menta (Emecé, 2001)&lt;br /&gt;• Doquier (Emece, 2002)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.ciudaddearena.org/agorodischer.html"&gt;http://www.ciudaddearena.org/agorodischer.html&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Angélica Gorodischer&lt;br /&gt;La vera historia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dice, aseguran además sesudos autores de quienes no tengo por qué dudar, que quienes construyeron la Torre de Babel hablaban español. Es decir que todo el mundo hablaba español porque ya se sabe que esto de la Torre de Babel fue un emprendimiento interactivo como dicen los yuppies autóctonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dice también que el Todopoderoso estaba levemente preocupado con esto de que la gente hablara una lengua tan, tan, tan completa, y que pensó seriamente en diversificar (otra vez los yuppies) los modos del hablar, no para que no nos entendiéramos entre nosotros como se nos ha dicho, sino para que a fuerza de endogamia y estatismo y suspensión de errores y de traspiés (todo eso que es parte de lo que se llama la pureza de la lengua que a veces se reclama —inútilmente— con fervor digno de mejor causa), a fuerza de corset y cárcel esa manera de hablar no terminara por morir de hambre y de sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además el Todopoderoso (por algo lo era) sabía que si eso hablado y cantado y dentro de algunos milenios escrito, se moría, se perderían dichos más que importantes, vitales, imprescindibles para que sus criaturas (nosotras, nosotros) siguieran viviendo. Ya lo dijo alguien que no escribió en español sino en italiano pero que tuvo razón, que en ese momento estaba todo junto. Dijo el italiano de marras: «cada punto de nosotros coincidía con cada punto de los demás en un punto único. Que pudiera haber espacio, nadie lo sabía todavía. Y tiempo ídem».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como estaba todo junto y aunque no lo hubiera estado, el Todopoderoso supo que si esa lengua se moría se terminarían con ella las vidas de quienes la hablaban y se terminaría ese mundo que le había dado tanto trabajo crear, puesto que es la lengua la que construye la realidad, la que edifica el mundo. Y Él sabía que si todo se arreglaba, alguna vez se dirían palabras que sabiamente combinadas nos dirían por ejemplo&lt;br /&gt;alma a quien todo un dios prisión ha sido&lt;br /&gt;o&lt;br /&gt;¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph que mi temerosa memoria apenas abarca?&lt;br /&gt;o&lt;br /&gt;la menor de las hijas de Isabella [...] muchos años más tarde escribió esta historia apenas inventada, que termina como cesan las voces después de haber hablado.&lt;br /&gt;o&lt;br /&gt;sale a darle clemencia al universo&lt;br /&gt;a su lado&lt;br /&gt;se coagula toda bruma&lt;br /&gt;en paralela negritud&lt;br /&gt;o también&lt;br /&gt;percanta que me amuraste&lt;br /&gt;en lo mejor de mi vida&lt;br /&gt;Ah, no. Eso era algo que no se podía permitir. ¿Por qué perder jofainas maravillosas y giles bien debute y Sancho Panza y vaina y chévere y atapusar y guanabís y chiripiar y todo eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue así cómo se le ocurrió la Gran Idea. Hay que decir que el Arcángel Gabriel no estaba muy de acuerdo, pero por más Arcángel que se sea uno no le enmienda la plana al Señor Todopoderoso. Cierto que algunos lo intentaron, con suerte diversa, pero esa es otra historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Gran Idea consistía en hacer aparecer otras lenguas, cosa que no era nada difícil ya que las lenguas son dúctiles, sensibles, obedientes, rosadas, flexibles y valientes. El plan era de una sencillez asombrosa: aparecerían algunas lenguas-madres y de esas descenderían multitud de lenguas-hijas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era la solución. Puesto que «Ahí» (en aquella Torre de la que hablábamos al principio), «la unidad  representa el peligro y la diversidad su conjuración», Hans-Georg Gadamer dixit. Cierto que él lo dijo siguiendo al Génesis y yo lo digo atrevidamente en el sentido contrario, pero eso también viene bien en este caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay que señalar que el español no sería una de las madres sino una de las hijas, un poco para olvidar eso de decir todos las mismas palabras, pasame los ladrillos, hacé funcionar la hormigonera, está listo el revoque fino; y otro poco para evitar en lo posible cierta soberbia que con la soberbia siempre es mejor repartir que concentrar. Y es por eso que se dice que «el latín es la esencia, el francés el pensamiento, el español el fuego, el italiano el cielo y el portugués el agua» (Cees Nooteboom dixit).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se mezclarían todas, madres e hijas en la Torre, pasarían algunas por sobre las otras, quedarían huellas de ese paso, morirían algunas en el tumulto, es cierto, pero solapadamente o de pronto aparecerían otras que se treparían sobre las ya existentes que a su vez reaccionarían robándoles sus tesoros a las advenedizas. Hervirían las lenguas en el caldero de la Torre y quizás en cada uno de los pisos del enorme edificio que nunca llegaría al cielo, se hablara una lengua distinta y por las escaleras con tanto ir y venir, viajarían las palabras de un piso a otro y cambiarían y se adaptarían a otro piso que ya no sería el de su nacimiento, y se irían convirtiendo en otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso pasó con todas las lenguas, desde el inglés (American style) hasta el nushu que lamentablemente ha muerto no hace mucho. Eso pasó con el fuego del español también. Descendió derechito desde su lengua esencia hasta nosotros y en el camino hizo algunas cosas como ir creciendo sin prisa y sin pausa y algunas otras cosas como robar palabras y expresiones a sus hermanas, a sus primas, a sus tías y hasta a desconocidas con las que se cruzó en alguna escalera de la Torre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así las cosas, un buen día, parece que hace unos cinco o seis mil años más o menos, a la gente se le dio por escribir. Con las palabras de la lengua que a cada una y a cada uno le había tocado en suerte según el lugar de la Torre en el que hubiera nacido, esa Torre que dicho sea de paso se había ido convirtiendo en un globo azul y oro, el tercero a partir del sol que se paseaba por el espacio alrededor de su estrella, con esas palabras, poco a poco, desde entonces hasta ahora fue grabando la memoria de lo hablado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Probablemente émulos hubo de Funes el memorioso que se dieron cuenta de que les era imposible recordar la cara de Temístocles frente a los persas en Salamina y la nervadura de la hoja del fresno y el nombre del tercer emperador de Cing’Ka-lun y el poema del héroe que baja al reino de la muerte, y ya que tenían arcilla y espinas a mano, decidieron dejar todo eso, esas palabras robadas y aceptadas que ya habían pasado por la guitarra del pecho y el oboe de la garganta, todo eso escrito, pensando que era para siempre, en honor a la memoria del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese deseo de inmortalidad en la letra también nos invadió como nos había invadido el español, mestizo de tantas lenguas, el español que dice cuarteando vino el sereno / a la luz de las antorchas, o que dice Agur Jaunak, / Jaunak agur, / Agur ta erd,  o airños da miña terra o arrabal amargo metido en mi vida o escriure no és tant sols cosa d’especialistes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda una lengua hablada desde la bahía de Ushuaia hasta la corriente del Río Grande (Brasil en el medio, ya sé, pero no me digan que con los brasileños no nos entendemos) nos habilita para la comprensión del mundo que es, en suma, la comprensión del otro hable ese otro o no nuestra propia lengua. Este es sin duda un planteo moral y un planteo político porque las lenguas habladas, escritas, leídas, cantadas, son colectivas y llaman a la relatividad social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a la solidaridad, porque comprender al otro es comprender el mundo ya que la capacidad de abstracción nos permite llegar a ese significado colectivo de las palabras para abarcar las fuerzas de la naturaleza y por inmersión y vecindario, las fuerzas de la sociedad en la que vivimos. Las sociedades, cada una con su lengua, cada una pensando que la suya es la lengua y que las otras son las barbaroi o las desconocidas o las amenazadoras, adquieren, resiste, edifican y magnifican su identidad a partir de la lengua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribir entonces, hacer literatura, implica un doble trabajo de identificación y de colectivización: el trabajo de la igualdad en la diferencia, la tarea rampante de remontar la letra hasta la cima de su difusión como lengua de cultura; la que nos dé la ilusión, el propósito de llegar a encontrar una palabra secreta y única, primera y última, que nos abra la comprensión de la Torre en la que a pesar de prejuicios, dictaduras, pestes, hambrunas y guerras, seguimos obstinadamente viviendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/rosario/ponencias/identidad/gorodischer_a.htm"&gt;http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/rosario/ponencias/identidad/gorodischer_a.htm&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entrevista con Angélica Gorodischer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nacida en Buenos Aires, posee una larga y fructífera trayectoria como escritora. Sus primeras publicaciones: Cuentos con soldados, Opus dos y Las pelucas aparecieron en los años 60. Desde entonces, ha publicado veintiún títulos que comprenden colecciones de cuentos y novelas. Gorodischer es conocida como escritora de ciencia ficción. Sin embargo, su labor no sólo se limita a la escritura, sino que ha desempeñado una activa difusión de la literatura escrita por mujeres latinoamericanas. Por su compromiso con los derechos humanos y la situación de las mujeres, ha recibido el premio Estebán Echeverría por trayectoria y el premio Dignidad por su trabajo en defensa de los derechos de la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus publicaciones más recientes, Gorosdicher explora temas que consituyen un alejamiento de la ciencia ficción. En Historia de mi madre (2004), la autora recupera su historia familiar y especialmente la rama materna. Escrita en un vaivén entre pasado y presente, Historia de mi madre sirve como testimonio de dos épocas definidas de Argentina y reflexiona sobre los roles de género en los años 40 y 50 y los últimos años del siglo veinte. En Tumba de jaguares (2005), los ejes argumentales giran en torno a la función de la escritura y el existir en tanto se es pensado por otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La siguiente entrevista tuvo lugar en Rosario, Argentina, en Julio del 2005 y a través del correo electrónico. Su objetivo consistió indagar cuestiones filósoficas que se evidencian en Tumba de jaguares y en repasar la producción de Gorodischer desde la perspectiva de Historia de mi madre, reflexionando sobre la situación de la mujer y el estado de la narrativa femenina contemporánea en Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Creo que has expresado en otras entrevistas que tu primer contacto con la literatura fue a través de las historias orales, ¿podrías comentar sobre esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Sí, claro, eran historias que me contaba mi mamá, eran cuentos que me contaba mi mamá pero ella no se limitaba a los cuentos tradicionales. No me contaba esas pavadas de Cenicienta o de Caperucita. Ella inventaba los cuentos que me contaba. Y además, me daba lugar a mí. Me preguntaba cómo quería yo que se llamara la princesa. Porque siempre había una princesa, claro. Había una princesa buena y una princesa mala. La princesa mala, en general, se llamaba Margarita, que es un nombre cursi que me encanta, siempre me encantó. Y la buena se llamaba, qué sé yo, Esmeralda o algo por el estilo. Eran cuentos maravillosos, porque siempre pasaban muchas cosas y eran todos distintos. Ella, incluso, se olvidaba de lo que me había contado y me contaba otras aventuras cada vez que me contaba un cuento. Ese fue mi primer contacto con la literatura oral. Eso que se hace hoy por hoy como profesión, mi mamá lo hacía naturalmente. Claro que yo también les cuento cuentos a mis nietos. Con mis chicos creo que tenía menos tiempo, claro, porque trabajaba fuera de mi casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Cómo llegaste a decidirte por la ciencia ficción?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, porque me encontré de golpe con un libro, con dos libros. Me encontré con un libro de Asimov que se llama El fin de la eternidad y con un libro de Clarke que se llama El fin de la infancia. Dos fines, que fueron un principio porque cuando yo leí eso, dije bueno, esto es lo que yo quiero escribir. Es que me parecía que la ciencia ficción me daba una libertad absoluta. Después, descubrí que todo género te da la libertad absoluta, pero en ese momento me pareció que yo podia inventar mundos, cosa que puedo, hacer en otros géneros también Así fue como me inicié en la ciencia ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Sentiste alguna vez que estabas “traspasando” un territorio reservado sólo para hombres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: No, no yo me daba cuenta de que ahí entraban sólo los varones, quizá porque también había muchas mujeres cuando yo empecé con la ciencia ficción. Estaba, Ursula (Le Guinn), por supuesto, con la que somos  amigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Nos escribimos desde que nos comocimos en USA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Ella te hizo la traducción de…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Me hizo la traducción de Kalpa imperial, magistralmente. Estaban también Zenna Henderson y Joanna Russ y otras. Había un montón de mujeres que escribían ya ciencia ficción.  En general eran varones, cierto, pero a mí me importaba un pito que fueran lo que fueran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Cómo te afectó la falta de una tradición reconocida y apreciada de escritoras argentinas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: No me afectó en absoluto. Yo sabía que había grandes monstruos como Alfonsina Storni, Silvina Ocampo y sabía que había mujeres que estaban escribiendo y estaban haciendo lo mismo que yo pero no me preocupó demasiado. No, por lo menos en ese momento, no por lo menos en lo que tiene que ver con la literatura. Yo escribía, el mundo, que se arregle. Después, claro tengo otro tipo de actitud cuando se trata de otra cosa y no de estar escribiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Se suele definir el cuento como un género menor, resistido por editores, me pregunto ¿cómo fue tu experiencia publicando cuentos? ¿Alguna vez te pidieron una novela?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: No, nunca me pidieron una novela. En realidad, yo tuve mucha suerte con los editores porque siempre me encontré con editores muy generosos. Claro que era una época especial cuando yo empecé a publicar: era el gran momento de la edición argentina. En Argentina, se editaban maravillas y los editores podían arriesgarse. No todos lo hacían es cierto, pero yo encontré gente como Daniel Divinsky, como Paco Porrúa, como Jorge Sánchez que si bien al leer mis primeros libros, se dieron cuenta que muy perfecta no era porque la verdad, muy buena no era, por lo menos pensaron que probablemente, quizás, a lo mejor ahí había algo, y entonces me publicaron las primeras cosas y nunca me pidieron una novela. Yo escribía, escribía mis cuentos y mostraba mis cuentos, se los llevaba y ellos los publicaban. Escribí un montón de libros de cuentos antes de empezar con las novelas, pero un montón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Con tu más reciente publicación, Historia de mi madre, hay un cambio en tu obra. ¿Este cambio fue planificado o espontáneo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Mitad y mitad porque lo que pasó es que yo tuve una gran familia de mujeres, muchas tías, mujeres muy fuertes, muy hermosas, muy elegantes, muy emprendedoras. Todas se casaron pero ninguna tuvo hijos. Mi mamá solamente me tuvo a mí. Cuando murió la última de mis tías, yo me quedé un poco descolocada y sola. Estaba a mi cargo porque era la última que quedaba, no tenía hijos y estaba muy viejita. Viejita pero sensacional, te digo, una vieja fantástica, coqueta como ella sola. Me retaba cuando le regalaba esmalte para uñas de un color que a ella no le gustaba, me decía “pero m’hijita si este color no me sienta, ¿cómo me has traido esto que me queda tan mal?” Pero, en fin, una vieja fantástica y cuando murió yo me quedé ahí, como suspendida en el espacio y le comenté a mi hija: “toda esta memoria se va a perder, lo que yo sé, yo recuerdo de mi familia se va a perder”. Entonces, ella que es psicoanalista, me dijo “mami, lo que vos querés es escribir todo eso”. Yo le dije “sí, tenés razón”. Entonces hice un par de intentos pero no me salía mucho porque yo siempre he sido absolutamente centrífuga y prefiero las cosas bien lejos, a la distancia, pero en este caso, estaba todo esto pidiendo que yo lo escribiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Sí, yo te hago esta pregunta porque en una entrevista que hace años creo que te hizo Mempo (Giardinelli) para Puro cuento te preguntaba por qué teniendo historias tan lindas en tu familia no te dedicas a escribirlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, si (risas) No, decía yo no puedo escribir eso quizá porque no me había llegado el momento, por lo visto. Cuando murió mi tía Laura, la última, esta de la que yo te contaba parece que llegó efectivamente el momento de encarar el pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Era escritora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: No, no mi mamá era escritora. Mi mama escribió libros y publicó y tuvo premios. Y yo decidí escribir todo eso. Hasta que no encontré la forma, es decir, este asunto de tipo diario íntimo porque es casi un diario y otra cosa también. Solamente cuando encontré la forma, entonces, le di para adelante y ahí la escribí de un tirón. Mi marido, que tiene muy mala memoria, cada vez que lo piensa rechina los dientes. Dice: “Pensar que no hiciste ninguna investigación y no fuiste a buscar nada”. No, le digo ¿para qué iba a hacer investigación si me acordaba de todo? Es un poco increíble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Desde hace varios años vienes desempeñándote como organizadora de congresos sobre escritura femenina. ¿Existe una relación entre esa actividad y la problemática para una mujer de producir y difundir su obra que aparece en Historia de mi madre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Y sí, todo está muy relacionado. Porque yo supe desde muy chica que había algo en el mundo que andaba mal.  Después, de jovencita, tuve una época de feminismo visceral, en el cual yo tenía ya la noción de las cosas pero no la teoría. Claro, había leído a Simone de Beauvoir y a Victoria Sau pero todavía no tenía el andamiaje ideológico que pude adquirir después. Más adelante descubrí que había también  discriminación con respecto a las escritoras. No digamos que es una cosa horrible, no sostengamos que nos tienen por ahi escondidas, ni nada por el estilo, pero no hay ninguna duda de que existe esa cosa flotante, que no tiene nombre y de la que todo el mundo te va a decir, “pero no, de ninguna manera, imaginaciones tuyas”. Y sin embargo sí es cierto: las mujeres recibimos siempre menos dinero. Las buenas escritoras reciben menos "guita" en un adelanto que los varones. Y después se dice “Ay, Díos mío cuánto escriben las mujeres”. Pero sí, lo que mucho se escribe y mucho se vende es lo malo. Aquellas noivelas light destinadas al Mercado en las que las mujeres sufrimos muuuuuuuucho siempre por culpa de los varones y somos dulces, afectuosas, lloronas, abnegadas y todas esascosas repelentes por lo arquetípicas. Por eso quise en hacer estos congresos: porque yo había ido a congresos de mujeres escritoras, en España, en México, en Canadá y en muchas partes. Yo decía: “yo necesito hacer un congreso de estos en Rosario”. Me mandé tres congresos. Ahora ya no puedo hacer ninguno porque ya no hay más "guita". Nadie me va a dar "guita". ¿Para cultura y para mujeres? ¿Quién me va a dar "guita" para eso? Nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Cómo ves la situación de la mujer argentina en general y de las escritoras en particular en la actualidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: A las mujeres no nos va tan mal como antes pero tampoco nos va tan bién como sería de desear. Siempre tenemos ahí una pared contra la cual darnos de boca. Las mujeres empresarias tienen el techo de cristal, del que no pueden pasar, por supuesto. El cupo femenino en el gobierno significa que los tipos ponen a la meas idiota o a la que siempre va a decir que sí. Y en cuanto a todas las mujeres, todavía hay violencia contra la mujer, todavía hay discriminación en el trabajo, en la escuela, en la Universidad; en la Iglesia, ni hablemos. En todas partes, hay discriminación, encubierta o no encubierta, pero la hay. Y vos lo notas en todo, incluso en el lenguaje. Las mujeres mismas tenemos internalizado un lenguaje masculino. Nadie dice “una tiene que hacer tal cosa” sino dice “uno o nosotros”. Escúchame, loca, habla en femenino, somos todas mujeres, todas. Entonces, si nosotras, en todo ese tipo de cosas en el lenguaje del que estamos hechas encontreas que hay discriminación, más o menos, relativa, absoluta, como sea, pero la hay, es necesartio luchar contra eso con las armas que tenga cada una. Hay violencia también: cuando hay discriminación hay violencia. No solo encubierta sino que los tipos creen que pueden violar a una mina o que le pueden pegar “porque ella se lo buscó”. Nunca me voy a olvidar de un muchacho que mató a su mujer a patadas. A patadas dije. Tenía veintiún años él y diecinueve ella.  La mató a patadas, escuchame y bueno salió en los diarios y la policía, ¿qué decía? “Pobre, pibe, está desesperado.” ¿Podés creer? O el tipo ése que le daba unas palizas pampa a la mujer y despuees la violaba y cuando lo llevaron preso porque ella lo denunció, dijo, “Pero, ¿cómo? ¿Para qué me casé? “No puedo coger, no puedo pegarle, ¿para qué me casé?” Los chistes, los chistes que te hacen incluso las mujeres: “no, me voy sola, a ver si tengo suerte y me violan.” Pero, por Dios, ¿cómo es posible? Y lo dicen sin mala intención, no con mala leche y lo dicen porque está en el aire, porque esta sociedad es una sociedad patriarcal y falogocéntrica. Entonces, es lógico que se digan esas cosas porque todo eso está avalado por una sociedad que lo contempla y que lo permite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Recién tocaste el tema de la violencia, pero también hay otras violencias respecto al mercado, a lo que se produce y se vende en literatura…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Pero, claro, por supuesto. Eso lo encontrás en todas partes. La violencia en las ventas en productos de y para mujeres la encontrás incluso en la venta de maquillaje que tendría que ser una cosa normal y común y que como tenemos colonizado el espejo, ahí encontrás otro tipo de violencia. Y en cuanto a las publicaciones de las mujeres es lo que te comenté en lo yo decía hace un ratito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: En Tumba de jaguares, tu novela más reciente, también aparece el tema de la memoria, ligado al lenguaje ¿Cuáles son las dificultades del lenguaje para representar la memoria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: No es fácil. No se puede andar haciendo inventarios de lo que se recuerda y de lo que se olvida. Cosa que nadie hizo salvo Borges en Funes el memorioso. Pero Borges era un genio. Creo que lo adecuado es mediatizar lo recordado como vuelto a vivir o lo contrario, como imposible de volver a vivir. También se puede hacer como con el tiempo (tan ligados ambos, claro), es decir personalizados en una conciencia que busca dentro de sí aquello que ya no está o que no estuvo nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Cómo fue el proceso de creación de Tumba de jaguares?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Suele sucederme: tengo la leve sensación de algo que le sucede a alguien. Tengo que agarrarme de eso como de un madero flotante para averiguar qué es lo que hay debajo, detrás, escondido en los acontecimientos. Así fue en este caso; sabía que había un hombre que se iba a cruzar el desierto y que se perdía; sabía que había otro (otro) hombre a quien los milicos le habían desaparecido su única hija. Y nada más. En eso se me presentó Ourobouros, la serpiente que se muerde la cola. ¡Ajá! dije, ese hombre escribe una novela en la cual hay una muchacha que escribe una novela en la cual una mujer moribunda ha escrito la novela del primer hombre, el de la hija desaparecida. Y con la estructura muy presente, me puse a contemplar a mis personajes que son a la vez autores de novelas. Somos cuatro los que escribimos: las dos mujeres, el hombre y yo. Así nació la novela. Con Ourobouros y los jaguares que mueren peleando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: La desaparición de Chela-Chelita, la hija del personaje de Bruno Seguer, puede ser leída en relación a las desapariciones de la Guerra Sucia.  En tus novelas anteriores no aparecen referencias a la historia argentina ¿Por qué decides incluirla en ésta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Creo que todas y todos tenemos muy presentes los años de la dictadura. No podemos liberarnos de eso.  Hasta Tumba de jaguares yo no había tocado el tema porque es demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado demasiado. Pero Bruno Seguer es el hombre que sufre lo peor que alguien puede sufrir, y eso es la tortura, muerte y desaparición de Chela-Chelita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Tus personajes anteriores eran, en general, rebeldes, fuertes pero en Tumba de jaguares aparecen como impotentes, vencidos, ¿puedes explicarnos este cambio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, eso es un misterio. Aunque te voy a decir que no creo que estos personajes estén todos vencidos. Yo lo único que hice fue pensarlos, mirarlos y escucharlos. Después que una puede hacer eso, escribir es fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Otro tema prevalente es la muerte que nos acecha y acecha a los personajes, como una conciencia de lo efímero de la vida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Eso es algo que viene apareciendo desde hace rato en mi escritura. Pensá en Menta, todo un libro dedicado a la muerte. Claro que como yo soy una optimista patológica, el último cuento de ese libro no es sobre la muerte sino sobre la resurrección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR:  Cambiemos de tema: en la historia argentina, siempre ha existido el debate ciudad-capital/interior, retomado también en la literatura a través del Facundo. En este marco, optar, como lo has hecho, por escribir desde una ciudad que no es la capital supone casi un suicidio en términos comerciales. ¿Cuáles han sido las ventajas y desventajas de escribir desde el interior?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Mira, si yo viviera en Buenos Aires, no escribiría, porque hay tantas cosas, tantas cosas que te tironean, teatro, cine, conferencias, cursos, conciertos, amigos, que probablemente yo no tendría tiempo de escribir porque además soy sociable y quiero todo y me encanta encontrarme con los amigos y demás. Vivir en el interior, no me gusta decir “el interior”, vivir en las provincias, puede ser una desventaja porque Buenos Aires concentra todo e irradia todo. De manera, que vos tenés que ir a publicar a Buenos Aires, no hay nada que hacerle. Yo voy a seguir viviendo en Rosario porque es mi ciudad, porque la quiero, porque vivo bien acá, porque me gusta, porque todo está a escala porque no es ese monstruo invivible que es Buenos Aires, que es insoportable. Pero voy a seguir yendo a Buenos Aires todo lo que pueda, es decir, una o dos veces por mes, porque tengo allí mi editorial, porque allí tengo un montón de amigos y un montón de cosas y actividades, para las que me invitan. Me invitan desde allá. Porque yo siempre fui a Buenos Aires todo lo seguido que pude, siempre, desde el principio. He tenido familia en Buenos Aires así que tenía adónde ir a parar, tenía facilidades para hospedarme y yo sabía, en el fondo, de mi almita que tenía que relacionarme con mis iguales, con otros escritores y escritoras, con editores, con periodistas, con gente que estaba en la crítica. Sabía perfectamente que tenía que hacer relaciones, no relaciones públicas, pero que tenía que hablar con la gente que estaba en lo mismo que yo. De manera que siempre fui a Buenos Aires muy seguido. Viví acá y siempre fui muy seguido a Buenos Aires y sigo yendo.  Y sigo tomando parte en algunos eventos. El otro día estuve en un acto muy interesante que organizó Liliana Heer en la Biblioteca Nacional; o me llaman para alguna conferencia o para mesa redonda o para lo que sea, asi que voy a menudo a Buenos Aires. De manera que sí una vive en el interior, en provincia. Pero si quiere llegar a Buenos Aires, primero hay que escribir bien. Esto puede resultar un poco antipático porque parece soberbia “Ah, mira, yo escribo bien”. Bueno, no importa, lo lamento. No es soberbia. Hay que escribir bien, hay que esforzarse mucho y hay que tener contactos en Buenos Aires, contactos útiles en el buen sentido de la palabra, ¿no? No aprovecharse de la gente ni chuparle las medias a nadie pero tener contactos con la gente que está en lo mismo que una.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: En noviembre del 2004 parece que la cultura vino a Rosario Congreso de la Lengua Española y fuiste la representante de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, ¿viste? Sí, a mí me invitaron al congreso de la lengua porque vivo en Rosario. Porque si hubiera vivido en Chubut, nadie me invita. Fue un congreso muy machista: 160 tipos y 11 mujeres. Dejame de joder, ¡no puede ser! Yo se lo dije a todo el mundo, no lo estoy diciendo en secreto. Se lo dije a los tipos que organizaron el congreso. No puede ser. ¿Qué es eso? No voy a decir el país, ni el nombre pero hay un país de aquí, de América latina donde hay una mujer que es la que más sabe de linguística en lengua española. No creo que en el continente haya una mujer que sepa más que ella. Bueno, de ese país mandaron a un señor que no sabía ni hablar en público y a esta mina la ignoraron totalmente. ¡No puede ser!. Si eso no es machismo, decime qué es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: De este Congreso de la lengua española ¿Qué rescatas de las ponencias y la experiencia del congreso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Nada, estuvo muy bien. Fue un congreso muy interesante. Se discutieron cosas interesantes también. Creo que fue útil hacerlo y que me encantaría que se volviera hacer y que creo que se va a hacer en Cartagena de Indias y que yo ya dije y lo dije a las autoridades: hay que invitar mitad y mitad, mujeres y hombres. No puede, no debe ser eso de que hagan lo que hicieron con el congreso de Rosario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Participaste también en el seminario de literatura argentina que se realizó en el Chaco y del I Congreso Regional del Instituto de Literatura Iberoamericana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, si, yo siempre estoy metida en la salsa de esas cosas. Primero, que me gusta mucho, después que me invitan y bueno, me gusta ir y decir lo que pienso, si puedo y también si se me da lugar. De manera que estuve en Santa Fé, estuve acá. También fui al congreso que estuvo muy bien, que hizo la universidad del Litoral en Santa Fe, estuvo excelente. Y en lo de Mempo, ya es el décimo año que voy y esta vez inauguré el Foro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR:  En todos estos espacios ¿cómo ves la labor de la critica literaria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, sí, yo no le doy bola. No la entiendo mucho y me parece útil me parece bien que haya gente tan erudita como la que veo a menudo pero no puedo opinar porque la crítica, está lejos de mis horizontes. La verdad, no me interesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Toda esta actividad te ha convertido en una figura mediática y he tenido la oportunidad de presenciar como la gente que no hace literatura que te reconoce como parte del paisaje&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: (risas) Claro, soy parte del paisaje local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: ¿Qué piensas de esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ah, mira, no le doy mucha importancia. Es muy agradable, es muy simpático cuando te paran en la calle una señora y te dice, como me dicen a mí: “Ay, la ví en televisión y usted dijo exactamente lo que yo pienso”. Me encanta, me parece bárbaro. Le doy un beso y le doy las gracias. De toda esa gente que me para por la calle, muy pocos me han leído, (risas). Hace poco me sentí muy estimulada porque un muchacho de veinte años, me paró para decirme que había leído todo lo mío y que le encantaba y yo decía qué bueno, ¡un lector al fin! Pero por lo menos, la gente me conoce, me mira por la calle, sabe quién soy, cosa que sí, es agradable pero mejor no créersela. Si una se la cree, está frita, querida. Una no tiene que creer esas cosas. Si, está bien, está lindo, está bárbaro pero no te la creas, no te creas que sos un personaje porque ahí sonaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR: Nosotras hace poco comentábamos la traducción que hizo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Ursula?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR:  Sí ¿hay otras en camino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Si, va a salir esa misma traducción, va a salir en otra editorial y bueno, en general, tengo cuentos traducidos al italiano, al francés, hasta el ruso, querida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CR; ¿En qué estás trabajando actualmente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AG: Escribo otra novela, por supuesto. Y un par de trabajos para presentar en un coloquio y un seminario a los que me han invitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://letrashispanas.unlv.edu/vol3iss1/Gorodischer.htm"&gt;http://letrashispanas.unlv.edu/vol3iss1/Gorodischer.htm&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Angélica Gorodischer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por María Esther Vázquez en La Nación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablar con Angélica Gorodischer es como entrar en una fiesta donde brillan el ingenio, la inteligencia y la gracia. De no haber sido escritora, le hubiera gustado ser, entre otras cosas, una prima donna y cantar la escena de la locura de Lucia di Lammermoor.&lt;br /&gt;En su último libro (tiene dieciséis publicados), La noche del inocente, por primera vez Gorodischer, rosarina apasionada, se interna en un tiempo y en un terreno no transitado aún por ella: la vida en un convento en la Edad Media -Sí, es cierto -me aclara-, lo más lejos que hasta ahora había ido en el tiempo fue 1902. Te advierto que no empecé con la cosa autobiográfica, que es lo usual; mis primeros textos que, como en todos los casos, casi siempre son porquerías, los escribí muy pronto y, entonces, quedé libre para otros más ambiciosos. Creo que los libros son algo muy misterioso y siempre nos están esperando en alguna parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí, La noche del inocente me estaba esperando en el hospital de San Paul, que antes fue convento. El edificio es deslumbrante con sus cúpulas doradas y esos espejitos que son como moasaicos. Es un barroco catalán que tiene de todo. Supe que allí me estaba esperando este libro por muchas coincidencias que se dieron, sumadas a mi interés en la Virgen María, que no creo haya sido esa eterna muchachita lavadita con cara bonita y pelo rubio de los artistas del Renacimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La Santa habrá envejecido y habrá llorado pero, sobre todo, debe de haber sido valientte y sufrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, claro, una mujer del desierto, dura, de las que aguantan todo en pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Además de la Virgen, hay en tu novela una intriga policial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, se comete un asesinato. Sin embargo, la verdadera intriga es la del poder, allí hay dos hombres ambiciosos que son el Superior y el bibliotecario. El superior lo único que desea son mujeres, comida y lujo; el bibliotecario quiere ser cardenal. Hacen lo posible y toman caminos muy tortuosos para lograr sus objetivos; no dudan en pisotearl al que está abajo. Pisou, el hermano lego, el personaje central, es un pobrecito, casi un disminuido, pero tiene misterio, pureza, inocencia, tanta como para que la Virgen baje del pedestal y le diga: "Animo, Pisou, que todo va a andar bien."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Así que la Virgen es personaje de la novela?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, y la Virgen y el lego conversan de cosas que él no entiende y Ella le explica y le da una mano cuando Pisou la necesita, y aun después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me imagino que esto le da misterio y suspenso a tu novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Creo que sí. Yo soy una narradora, no hago reflexiones sobre el arte de la novela. Cuento situaciones y muestro los personajes y la trama como quien proyecta una película. A mí me encanta contar cosas que han pasado y otras que pueden llegar a pasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me acuerdo de tu novela Trafalgar, que no se muy bien cómo habrá caído en Rosario ya que tomaste personajes y sucesos de gente de allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahí, sí y fue muy divertido. Hubo algunos que se indignaron mucho pero te aseguro que nunca he difamado a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está bien que alguna gente se enoje; es la mejor manera de vender un libro. ¿Angélica, qué sentía cuando terminás una novela, la das al editor y ya no te pertenece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un alivio inmenso. Hay escritores que se enamoran de sus personajes y les apena dejarlos. Yo no, cuando se acerca el final quiero que se vayan de una vez. No me siento vacía porque siempre hay otros esperándome por ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entrevista de María Esther Vázquez a Angélica Gorodischer aparecida en el Suplemento Cultura del diario La Nación. © La Nación on-line.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-2333143875691884724?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/2333143875691884724/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=2333143875691884724&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2333143875691884724'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2333143875691884724'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/10/anglica-gorodischer.html' title='ANGÉLICA GORODISCHER'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-6783188320604017223</id><published>2008-09-08T08:24:00.003-07:00</published><updated>2008-09-08T08:24:45.007-07:00</updated><title type='text'>La trama celeste</title><content type='html'>La trama celeste&lt;br /&gt;Adolfo Bioy Casares&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el capitán Ireneo Morris y el doctor Carlos Alberto Servian, médico homeópata, desaparecieron, un 20 de diciembre, de Buenos Aires, los diarios apenas comentaron el hecho. Se dijo que había gente engañada, gente complicada y que una comisión estaba investigando; se dijo también que el escaso radio de acción del aeroplano utilizado por los fugitivos permitía afirmar que éstos no habían ido muy lejos. Yo recibí en esos días una encomienda; contenía: tres volúmenes in quarto (las obras completas del comunista Luis Augusto Blanqui); un anillo de escaso valor (un aguamarina en cuyo fondo se veía la efigie de una diosa con cabeza de caballo); unas cuantas páginas escritas a máquina —Las aventuras del capitán Morris— firmadas C. A. S. Transcribiré esas páginas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN MORRIS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este relato podría empezar con alguna leyenda celta que nos hablara del viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una fuente, o de una infranqueable prisión hecha de ramas tiernas, o de un anillo que torna invisible a quien lo lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando en el remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero destinado a salvarla, o de la busca, interminable y sin esperanza, de la tumba del rey Arturo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésta es la tumba de March y ésta la de Gwythyir;&lt;br /&gt;ésta es la tumba de Gwgawn Gleddyffreidd;&lt;br /&gt;pero la tumba de Arturo es desconocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También podría empezar con la noticia, que oí con asombro y con indiferencia, de que el tribunal militar acusaba de traición al capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con una teoría de esos movimientos, llamados "pases", que se emplean para que aparezcan o desaparezcan los espíritus.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, yo elegiré un comienzo menos estimulante; si no lo favorece la magia, lo recomienda el método. Esto no importa un repudio de lo sobrenatural, menos aún el repudio de las alusiones o invocaciones del primer párrafo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llamo Carlos Alberto Servian, y nací en Rauch; soy armenio. Hace ocho siglos que mi país no existe; pero deje que un armenio se arrime a su árbol genealógico: toda su descendencia odiará a los turcos. "Una vez armenio, siempre arrnenio." Somos como una sociedad secreta, como un clan, y dispersos por los continentes, la indefinible sangre, unos ojos y una nariz que se repiten, un modo de comprender y de gozar la tierra, ciertas habilidades, ciertas intrigas, ciertos desarreglos en que nos reconocemos, la apasionada belleza de nuestras mujeres, nos unen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy, además, hombre soltero y, como el Quijote, vivo (vivía) con una sobrina: una muchacha agradable, joven y laboriosa. Añadiría otro calificativo —tranquila—, pero debo confesar que en los últimos tiempos no lo mereció. Mi sobrina se entretenía en hacer las funciones de secretaria, y, como no tengo secretaria, ella misma atendía el teléfono, pasaba en limpio y arreglaba con certera lucidez las historias médicas y las sintomatologías que yo apuntaba al azar de las declaraciones de los enfermos (cuya regla común es el desorden) y organizaba mi vasto archivo. Practicaba otra diversión no menos inocente: ir conmigo al cinematógrafo los viernes a la tarde. Esa tarde era viernes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se abrió la puerta; un joven militar entró, enérgicamente, en el consultorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi secretaria estaba a mi derecha, de pie, atrás de la mesa, y me extendía, impasible, una de esas grandes hojas en que apunto los datos que me dan los enfermos. El joven militar se presentó sin vacilaciones —era el teniente Kramer— y después de mirar ostensiblemente a mi secretaria, preguntó con voz firme:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Hablo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dije que hablara. Continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El capitán Ireneo Morris quiere verlo. Está detenido en el Hospital Militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez contaminado por la marcialidad de mi interlocutor, respondí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A sus órdenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cuándo irá?—preguntó Kramer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hoy mismo. Siempre que me dejen entrar a estas horas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo dejarán—declaró Kramer, y con movimientos ruidosos y gimnásticos hizo la venia. Se retiró en el acto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré a mi sobrina; estaba demudada. Sentí rabia y le pregunté qué le sucedía. Me interpeló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sabes quién es la única persona que te interesa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve la ingenuidad de mirar hacia donde me señalaba. Me vi en el espejo. Mi sobrina salió del cuarto, corriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hacía un tiempo estaba menos tranquila. Además había tomado la costumbre de llamarme egoísta. Parte de la culpa de esto la atribuyo a mi ex libris. Lleva triplemente inscrita —en griego, en latín y en español— la sentencia Conócete a ti mismo (nunca sospeché hasta dónde me llevaría esta sentencia) y me reproduce contemplando, a través de una lupa, mi imagen en un espejo. Mi sobrina ha pegado miles de estos ex libris en miles de volúmenes de mi versátil biblioteca. Pero hay otra causa para esta fama de egoísmo. Yo era un metódico, y los hombres metódicos, los que sumidos en oscuras ocupaciones postergamos los caprichos de las mujeres, parecemos locos, o imbéciles, o egoístas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atendí (confusamente) a dos clientes y me fui al Hospital Militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían dado las seis cuando llegué al viejo edificio de la calle Pozos. Después de una solitaria espera y de un cándido y breve interrogatorio me condujeron a la pieza ocupada por Morris. En la puerta había un centinela con bayoneta. Adentro, muy cerca de la cama de Morris, dos hombres que no me saludaron jugaban al dominó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con Morris nos conocemos de toda la vida; nunca fuimos amigos. He querido mucho a su padre. Era un viejo excelente, con la cabeza blanca, redonda, rapada, y los ojos azules, excesivamente duros y despiertos; tenía un ingobernable patriotismo galés, una incontenible manía de contar leyendas celtas. Durante muchos años (los más felices de mi vida) fue mi profesor. Todas las tardes estudiábamos un poco, él contaba y yo escuchaba las aventuras de los mabinogion, y en seguida reponíamos fuerzas tomando unos mates con azúcar quemada. Por los patios andaba Ireneo; cazaba pájaros y ratas, y con un cortaplumas, un hilo y una aguja, combinaba cadáveres heterogéneos; el viejo Morris decía que Ireneo iba a ser médico. Yo iba a ser inventor, porque aborrecía los experimentos de Ireneo y porque alguna vez había dibujado una bala con resortes, que permitiría los más envejecedores viajes interplanetarios, y un motor hidráulico, que, puesto en marcha, no se detendría nunca. Ireneo y yo estábamos alejados por una mutua y consciente antipatía. Ahora, cuando nos encontramos, sentimos una gran dicha, una floración de nostalgias y de cordialidades, repetimos un breve diálogo con fervientes alusiones a una amistad y a un pasado imaginarios, y en seguida no sabemos qué decirnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El País de Gales, la tenaz corriente celta, había acabado en su padre. Ireneo es tranquilamente argentino, e ignora y desdeña por igual a todos los extranjeros. Hasta en su apariencia es típicamente argentino (algunos lo han creído sudamericano): más bien chico, delgado, fino de huesos, de pelo negro—muy peinado, reluciente—, de mirada sagaz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al verme pareció emocionado (yo nunca lo había visto emocionado, ni siquiera en la noche de la muerte de su padre). Me dijo con voz clara; como para que oyeran los que jugaban al dominó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dame esa mano. En estas horas de prueba has demostrado ser el único amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto me pareció un agradecimiento excesivo para mi visita. Morris continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero comprenderás que ante un par de circunstancias así—miró con gravedad a los dos hombres—prefiero callar. Dentro de pocos días estaré en casa; entonces será un placer recibirte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creí que la frase era una despedida. Morris agregó que "si no tenía apuro" me quedara un rato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No quiero olvidarme —continuó—. Gracias por los libros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Murmuré algo, confusamente. Ignoraba qué libros me agradecía. He cometido errores, no el de mandar libros a Ireneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habló de accidentes de aviación; negó que hubiera lugares —El Palomar, en Buenos Aires; el Valle de los Reyes, en Egipto— que irradiaran corrientes capaces de provocarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus labios, "el Valle de los Reyes" me pareció increíble. Le pregunté cómo lo conocía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Son las teorías del cura Moreau —repuso Morris—. Otros dicen que nos falta disciplina. Es contraria a la idiosincrasia de nuestro pueblo, si me seguís. La aspiración del aviador criollo es aeroplanos como la gente. Si no, acordate de las proezas de Mira, con el Golondrina, una lata de conservas atada con alambres . . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté por su estado y por el tratamiento a que lo sometían. Entonces fui yo quien habló en voz bien alta, para que oyeran los que jugaban al dominó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No admitas inyecciones. Nada de inyecciones. No te envenenes la sangre. Toma un Depuratum 6 y después un Árnica 10000. Sos un caso típico de Árnica. No lo olvides: dosis infinitesimales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me retiré con la impresión de haber logrado un pequeño triunfo. Pasaron tres semanas. En casa hubo pocas novedades. Ahora, retrospectivamente, quizá descubra que mi sobrina estuvo más atenta que nunca, y menos cordial. Según nuestra costumbre los dos viernes siguientes fuimos al cinematógrafo; pero el tercer viernes, cuando entré en su cuarto, no estaba. Había salido, ¡había olvidado que esa tarde iríamos al cinematógrafo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después llegó un mensaje de Morris. Me decía que ya estaba en su casa y que fuera a verlo cualquier tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me recibió en el escritorio. Lo digo sin reticencias: Morris había mejorado. Hay naturalezas que tienden tan invenciblemente al equilibrio de la salud, que los peores venenos inventados por la alopatía no las abruman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al entrar en esa pieza tuve la impresión de retroceder en el tiempo; casi diría que me sorprendió no encontrar al viejo Morris (muerto hace diez años), aseado y benigno, administrando con reposo los impedimenta del mate. Nada había cambiado. En la biblioteca encontré los mismos libros, los mismos bustos de Lloyd George y de William Morris, que habían contemplado mi agradable y ociosa juventud, ahora me contemplaban; y en la pared colgaba el horrible cuadro que sobrecogió mis primeros insomnios: la muerte de Griffith ap Rhys, conocido como el fulgor y el poder y la dulzura de los varones del sur.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Traté de llevarlo inmediatamente a la conversación que le interesaba. Dijo que sólo tenía que agregar unos detalles a lo que me había expuesto en su carta. Yo no sabía qué responder; yo no había recibido ninguna carta de Ireneo. Con súbita decisión le pedí que si no le fatigaba me contara todo desde el principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Ireneo Morris me relató su misteriosa historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta el 23 de junio pasado había sido probador de los aeroplanos del ejército. Primero cumplió esas funciones en la fábrica militar de Córdoba, últimamente había conseguido que lo trasladaran a la base del Palomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dio su palabra de que él, como probador, era una persona importante. Había hecho más vuelos de ensayo que cualquier aviador americano (sur y centro). Su resistencia era extraordinaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto había repetido esos vuelos de prueba, que, automáticamente, inevitablemente, llegó a ejecutar uno solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacó del bolsillo una libreta y en una hoja en blanco trazó una serie de líneas en zigzag; escrupulosamente anotó números (distancias, alturas, graduación de ángulos); después arrancó la hoja y me la obsequió. Me apresuré a agradecerle. Declaró que yo poseía "el esquema clásico de sus pruebas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor del 15 de junio le comunicaron que en esos días probaría un nuevo Breguet —el 309— monoplaza, de combate. Se trataba de un aparato construido según una patente francesa de hacía dos o tres años y el ensayo se cumpliría con bastante secreto. Morris se fue a su casa, tomó una libreta de apuntes —"como lo había hecho hoy"—, dibujó el esquema —"el mismo que yo tenía en el bolsillo"—. Después se entretuvo en complicarlo; después —"en ese mismo escritorio donde nosotros departíamos amigablemente"— imaginó esos agregados, los grabó en la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 23 de junio, alba de una hermosa y terrible aventura, fue un día gris, lluvioso. Cuando Morris llegó al aeródromo, el aparato estaba en el hangar. Tuvo que esperar que lo sacaran. Caminó para no enfermarse de frío, consiguió que se le empaparan los pies. Finalmente, apareció el Breguet. Era un monoplano de alas bajas, "nada del otro mundo, te aseguro". Lo inspeccionó someramente. Morris me miró en los ojos y en voz baja me comunicó: el asiento era estrecho, notablemente incómodo. Recordó que el indicador de combustible marcaba "lleno" y que en las alas el Breguet no tenía ninguna insignia. Dijo que saludó con la mano y que en seguida el ademán le pareció falso. Corrió unos quinientos metros y despegó. Empezó a cumplir lo que él llamaba su "nuevo esquema de prueba".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el probador más resistente de la República. Pura resistencia física, me aseguró. Estaba dispuesto a contarme la verdad. Aunque yo no podía creerlo, de pronto se le nubló la vista. Aquí Morris habló mucho; llegó a exaltarse; por mi parte, olvidé el "compadrito" peinado que tenía enfrente; seguí el relato: poco después de emprender los ejercicios nuevos sintió que la vista se le nublaba, se oyó decir "qué vergüenza, voy a perder el conocimiento", embistió una vasta mole oscura (quizá una nube), tuvo una visión efímera y feliz, como la visión de un radiante paraíso... Apenas consiguió enderezar el aeroplano cuando estaba por tocar el campo de aterrizaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió en sí. Estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Zumbó un moscardón; durante algunos segundos creyó que dormía la siesta, en el campo. Después supo que estaba herido; que estaba detenido; que estaba en el Hospital Militar. Nada de esto le sorprendió, pero todavía tardó un rato en recordar el accidente. Al recordarlo tuvo la verdadera sorpresa: no comprendía cómo había perdido el conocimiento. Sin embargo, no lo perdió una sola vez... De esto hablaré mas adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La persona que lo acompañaba era una mujer. La miró. Era una enfermera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dogmático y discriminativo, habló de mujeres en general. Fue desagradable. Dijo que había un tipo de mujer, y hasta una mujer determinada y única, para el animal que hay en el centro de cada hombre, y agregó algo en el sentido de que era un infortunio encontrarla, porque el hombre siente lo decisiva que es para su destino y la trata con temor y con torpeza, preparándose un futuro de ansiedad y de monótona frustración. Afirmó que, para el hombre "como es debido", entre las demás mujeres no habrá diferencias notables, ni peligros. Le pregunté si la enfermera correspondía a su tipo. Me respondió que no, y aclaró: "Es una mujer plácida y maternal, pero bastante linda."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continuó su relato. Entraron unos oficiales (precisó las jerarquías). Un soldado trajo una mesa y una silla; se fue, y volvió con una máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina, y escribió en silencio. Cuando el soldado se detuvo, un oficial interrogó a Morris:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Su nombre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le sorprendió esta pregunta. Pensó: "mero formulismo". Dijo su nombre, y tuvo el primer signo del horrible complot que inexplicablemente lo envolvía. Todos los oficiales rieron. Él nunca había imaginado que su nombre fuera ridículo. Se enfureció. Otro de los oficiales dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podía inventar algo menos increíble. —Ordenó al soldado de la máquina—: Escriba, no más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Nacionalidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Argentino —afirmó sin vacilaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pertenece al ejército?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuvo una ironía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo soy el del accidente, y ustedes parecen los golpeados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si rieron un poco (entre ellos, como si Morris estuviera ausente).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pertenezco al ejército, con grado de capitán, regimiento 7, escuadrilla novena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Con base en Montevideo? —preguntó sarcásticamente uno de los oficiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En Palomar —respondió Morris.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dio su domicilio: Bolívar 971. Los oficiales se retiraron. Volvieron al día siguiente, ésos y otros. Cuando comprendió que dudaban de su nacionalidad, o que simulaban dudar, quiso levantarse de la cama, pelearlos. La herida y la tierna presión de la enfermera lo contuvieron. Los oficiales volvieron a la tarde del otro día, a la mañana del siguiente. Hacía un calor tremendo; le dolía todo el cuerpo; me confesó que hubiera declarado cualquier cosa para que lo dejaran en paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué se proponían? ¿Por qué ignoraban quién era? ¿Por qué lo insultaban, por qué simulaban que no era argentino? Estaba perplejo y enfurecido. Una noche la enfermera lo tomó de la mano y le dijo que no se defendía juiciosamente. Respondió que no tenía de qué defenderse. Pasó la noche despierto, entre accesos de cólera, momentos en que estaba decidido a encarar con tranquilidad la situación, y violentas reacciones en que se negaba a "entrar en ese juego absurdo". A la mañana quiso pedir disculpas a la enfermera por el modo con que la había tratado; comprendía que la intención de ella era benévola, "y no es fea, me entendés"; pero como no sabía pedir disculpas, le preguntó irritadamente qué le aconsejaba. La enfermera le aconsejó que llamara a declarar a alguna persona de responsabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando vinieron los oficiales dijo que era amigo del teniente Kramer y del teniente Viera, del capitán Faverio, de los tenientes coroneles Margaride y Navarro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A eso de las cinco apareció con los oficiales el teniente Kramer, su amigo de toda la vida. Morris dijo con vergüenza que "después de una conmoción, el hombre no es el mismo" y que al ver a Kramer sintió lágrimas en los ojos. Reconoció que se incorporó en la cama y abrió los brazos cuando lo vio entrar. Le gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vení, hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kramer se detuvo y lo miró impávidamente. Un oficial le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Teniente Kramer, ¿conoce usted al sujeto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz era insidiosa. Morris dice que esperó —esperó que el teniente Kramer, con una súbita exclamación cordial, revelara su actitud como parte de una broma—... Kramer contestó con demasiado calor, como si temiera no ser creído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nunca lo he visto. Mi palabra que nunca lo he visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le creyeron inmediatamente, y la tensión que durante unos segundos hubo entre ellos desapareció. Se alejaron: Morris oyó las risas de los oficiales, y la risa franca de Kramer, y la voz de un oficial que repetía "A mí no me sorprende, créame que no me sorprende. Tiene un descaro."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con Viera y con Margaride la escena volvió a repetirse, en lo esencial. Hubo mayor violencia. Un libro —uno de los libros que yo le habría enviado— estaba debajo de las sábanas, al alcance de su mano y alcanzó el rostro de Viera cuando éste simuló que no se conocían. Morris dio una descripción circunstanciada que no creo íntegramente. Aclaro: no dudo de su coraje, sí de su velocidad epigramática. Los oficiales opinaron que no era indispensable llamar a Faverio, que estaba en Mendoza. Imaginó entonces tener una inspiración; pensó que si las amenazas convertían en traidores a los jóvenes, fracasarían ante el general Huet, antiguo amigo de su casa, que siempre había sido con él como un padre, o, más bien, como un rectísimo padrastro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le contestaron secamente que no había, que nunca hubo, un general de nombre tan ridículo en el ejército argentino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris no tenía miedo; tal vez si hubiera conocido el miedo se hubiera defendido mejor. Afortunadamente, le interesaban las mujeres, "y usted sabe cómo les gusta agrandar los peligros y lo cavilosas que son". La otra vez la enfermera le había tomado la mano para convencerlo del peligro que lo amenazaba; ahora Morris la miró en los ojos y le preguntó el significado de la confabulación que había contra él. La enfermera repitió lo que había oído: su afirmación de que el 23 había probado el Breguet en El Palomar era falsa; en El Palomar nadie había probado aeroplanos esa tarde. El Breguet era de un tipo recientemente adoptado por el ejército argentino, pero su numeración no correspondía a la de ningún aeroplano del ejército argentino. "¿Me creen espía?", preguntó con incredulidad. Sintió que volvía a enfurecerse. Tímidamente, la enfermera respondió: "Creen que ha venido de algún país hermano." Morris le juró como argentino que era argentino, que no era espía; ella pareció emocionada, y continuó en el mismo tono de voz: "El uniforme es igual al nuestro; pero han descubierto que las costuras son diferentes." Agregó: "Un detalle imperdonable", y Morris comprendió que ella tampoco le creía. Sintió que se ahogaba de rabia, y, para disimular, la besó en la boca y la abrazó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los pocos días la enfermera le comunicó: "Se ha comprobado que diste un domicilio falso." Morris protestó inútilmente; la mujer estaba documentada: el ocupante de la casa era el señor Carlos Grimaldi. Morris tuvo la sensación del recuerdo, de la amnesia. Le pareció que ese nombre estaba vinculado a alguna experiencia pasada; no pudo precisarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermera le aseguró que su caso había determinado la formación de dos grupos antagónicos: el de los que sostenían que era extranjero y el de los que sostenían que era argentino. Más claramente: unos querían desterrarlo; otros fusilarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Con tu insistencia de que sos argentino —dijo la mujer— ayudás a los que reclaman tu muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris le confesó que por primera vez había sentido en su patria "el desamparo que sienten los que visitan otros países". Pero seguía no temiendo nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer lloró tanto que él, por fin, le prometió acceder a lo que pidiera. "Aunque te parezca ridículo, me gustaba verla contenta." La mujer le pidió que "reconociera" que no era argentino. "Fue un golpe terrible, como si me dieran una ducha. Le prometí complacerla, sin ninguna intención de cumplir la promesa." Opuso dificultades:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Digo que soy de tal país. Al día siguiente contestan de ese país que mi declaración es falsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No importa —afirmó la enfermera—. Ningún país va a reconocer que manda espías. Pero con esa declaración y algunas influencias que yo mueva, tal vez triunfen los partidarios del destierro, si no es demasiado tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día un oficial  fue a tomarle declaración. Estaban solos; el hombre le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un asunto resuelto. Dentro de una semana firman la sentencia de muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris me explicó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me quedaba nada que perder...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Para ver lo que sucedía", le dijo al oficial:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Confieso que soy uruguayo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la tarde confesó la enfermera: le dijo a Morris que todo había sido una estratagema; que había temido que no cumpliera su promesa; el oficial era amigo y llevaba instrucciones para sacarle la declaración. Morris comentó brevemente:—Si era otra mujer, la azoto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su declaración no había llegado a tiempo; la situación empeoraba. Según la enfermera, la única esperanza estaba en un señor que ella conocía y cuya identidad no podía revelar. Este señor quería verlo antes de interceder en su favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me dijo francamente—aseguró Morris—: trató de evitar la entrevista. Temía que yo causara mala impresión. Pero el señor quería verme y era la última esperanza que nos quedaba. Me recomendó no ser intransigente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El señor no vendrá al hospital—dijo la enfermera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Entonces no hay nada que hacer—respondió Morris, con alivio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermera siguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La primera noche que tengamos centinelas de confianza, vas a verlo. Ya estás bien, irás solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sacó un anillo del dedo anular y se lo entregó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo calcé en el dedo meñique. Es una piedra, un vidrio o un brillante, con la cabeza de un caballo en el fondo. Debía llevarlo con la piedra hacia el interior de la mano, y los centinelas me dejarían entrar y salir como si no me vieran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermera le dio instrucciones. Saldría a las doce y media y debía volver antes de las tres y cuarto de la madrugada. La enfermera le escribió en un papelito la dirección del señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tenés el papel? —le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, creo que sí —respondió, y lo buscó en su billetera. Me lo entregó displicentemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un papelito azul; la dirección —Márquez 6890— estaba escrita con letra femenina y firme ("del Sacré-Coeur", declaró Morris, con inesperada erudición).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo se llama la enfermera?—inquirí por simple curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris pareció incomodo. Finalmente, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La llamaban Idibal. Ignoro si es nombre o apellido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continuó su relato:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó la noche fijada para la salida. Idibal no apareció. Él no sabía qué hacer. A las doce y media resolvió salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pareció inútil mostrar el anillo al centinela que estaba en la puerta de su cuarto. El hombre levantó la bayoneta. Morris mostró el anillo; salió libremente. Se recostó contra una puerta: a lo lejos, en el fondo del corredor, había visto a un cabo. Después, siguiendo indicaciones de Idibal, bajó por una escalera de servicio y llegó a la puerta de calle. Mostró el anillo y salió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó un taxímetro; dio la dirección apuntada en el papel. Anduvieron más de media hora; rodearon por Juan B. Justo y Gaona los talleres del F.C.O. y tomaron una calle arbolada, hacia el limite de la ciudad; después de cinco o seis cuadras se detuvieron ante una iglesia que emergía, copiosa de columnas y de cúpulas, entre las casas bajas del barrio, blanca en la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creyó que había un error; miró el número en el papel: era el de la iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Debías esperar afuera o adentro? —interrogué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El detalle no le incumbía; entró. No vio a nadie. Le pregunté cómo era la iglesia. Igual a todas, contestó. Después supe que estuvo un rato junto a una fuente con peces, en la que caían tres chorros de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apareció "un cura de esos que se visten de hombres, como los del Ejército de Salvación" y le preguntó si buscaba a alguien. Dijo que no. El cura se fue; al rato volvió a pasar. Estas venidas se repitieron tres o cuatro veces. Aseguró Morris que era admirable la curiosidad del sujeto, y que él ya iba a interpelarlo; pero que el otro le preguntó si tenía "el anillo del convivio".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El anillo del qué?... —preguntó Morris. Y continuó explicándome:—  Imaginate ¿cómo se me iba a ocurrir que hablaba del anillo que me dio Idibal?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre le miró curiosamente las manos, y le ordenó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muéstreme ese anillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris tuvo un movimiento de repulsión; después mostró el anillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre lo llevó a la sacristía y le pidió que le explicara el asunto. Oyó el relato con aquiescencia; Morris aclara: "Como una explicación más o menos hábil, pero falsa; seguro de que no pretendería engañarlo, de que él oiría, finalmente, la explicación verdadera, mi confesión."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se convenció de que Morris no hablaría más, se irritó y quiso terminar la entrevista. Dijo que trataría de hacer algo por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al salir, Morris buscó Rivadavia. Se encontró frente a dos torres que parecían la entrada de un castillo o de una ciudad antigua; realmente eran la entrada de un hueco, interminable en la oscuridad. Tuvo la impresión de estar en un Buenos Aires sobrenatural y siniestro. Caminó unas cuadras; se cansó; llegó a Rivadavia, tomó un taxímetro y le dio la dirección de su casa: Bolívar 971.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se bajó en Independencia y Bolívar; caminó hasta la puerta de la casa. No eran todavía las dos de la mañana. Le quedaba tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiso poner la llave en la cerradura; no pudo. Apretó el timbre. No le abrían; pasaron diez minutos. Se indignó de que la sirvientita aprovechara su ausencia —su desgracia— para dormir afuera. Apretó el timbre con toda su fuerza. Oyó ruidos que parecían venir de muy lejos; después, una serie de golpes —uno seco, otro fugaz— rítmicos, crecientes. Apareció, enorme en la sombra, una figura humana. Morris se bajó el ala del sombrero y retrocedió hasta la parte menos iluminada del zaguán. Reconoció inmediatamente a ese hombre soñoliento y furioso y tuvo la impresión de ser él quien estaba soñando. Se dijo: "Si, el rengo Grimaldi, Carlos Grimaldi." Ahora recordaba el nombre. Ahora, increíblemente, estaba frente al inquilino que ocupaba la casa cuando su padre la compró, hacía más de quince años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grimaldi irrumpió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué quiere?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris recordó el astuto empecinamiento del hombre en quedarse en la casa y las infructuosas indignaciones de su padre, que decía "lo voy a sacar con el carrito de la Municipalidad", y le mandaba regalos para que se fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Está la señorita Carmen Soares? —preguntó Morris, "ganando tiempo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grimaldi blasfemó, dio un portazo, apagó la luz. En la oscuridad, Morris oyó alejarse los pasos alternados; después, en una conmoción de vidrios y de hierros, pasó un tranvía; después se restableció el silencio. Morris pensó triunfalmente: "No me ha reconocido."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En seguida sintió vergüenza, sorpresa, indignación. Resolvió romper la puerta a puntapiés y sacar al intruso. Como si estuviera borracho, dijo en voz alta: "Voy a levantar una denuncia en la seccional." Se preguntó qué significaba esa ofensiva múltiple y envolvente que sus compañeros habían lanzado contra él. Decidió consultarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me encontraba en casa, tendría tiempo de explicarme los hechos. Subió a un taxímetro, y ordenó al chofer que lo llevara al pasaje Owen. El hombre lo ignoraba. Morris le preguntó de mal modo para qué daban exámenes. Abominó de todo: de la policía, que deja que nuestras casas se llenen de intrusos; de los extranjeros, que nos cambian el país y nunca aprenden a manejar. El chofer le propuso que tomara otro taxímetro. Morris le ordenó que tomara Vélez Sársfield hasta cruzar las vías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se detuvieron en las barreras; interminables trenes grises hacían maniobras. Morris ordenó que rodeara por Toll la estación Sola. Bajó en Australia y Luzuriaga. El chofer le dijo que le pagara; que no podía esperarlo; que no existía tal pasaje. No le contestó; caminó con seguridad por Luzuriaga hacia el sur. El chofer lo siguió con el automóvil, insultándolo estrepitosamente. Morris pensó que si aparecía un vigilante, el chofer y él dormirían en la comisaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Además —le dije— descubrirían que te habías fugado del hospital. La enfermera y los que te ayudaron tal vez se verían en un compromiso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso me tenía sin inquietud—respondió Morris, y continuó el relato:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó una cuadra y no encontró el pasaje. Caminó otra cuadra, y otra. El chofer seguía protestando; la voz era más baja, el tono más sarcástico. Morris volvió sobre sus pasos; dobló por Alvarado; ahí estaba el parque Pereyra, la calle Rochadale. Tomó Rochadale; a mitad de cuadra, a la derecha, debían interrumpirse las casas, y dejar lugar al pasaje Owen. Morris sintió como la antelación de un vértigo. Las casas no se interrumpieron; se encontró en Austratia. Vio en lo alto, con un fondo de nubes nocturnas, el tanque de la International, en Luzuriaga; enfrente debía estar el pasaje Owen; no estaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró la hora; le quedaban apenas veinte minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó rápidamente. Muy pronto se detuvo. Estaba, con los pies hundidos en un espeso fango resbaladizo, ante una lúgubre serie de casas iguales, perdido. Quiso volver al parque Pereyra; no lo encontró. Temía que el chofer descubriera que se había perdido. Vio a un hombre, le preguntó dónde estaba el pasaje Owen. El hombre no era del barrio. Morris siguió caminando, exasperado. Apareció otro hombre. Morris caminó hacia él; rápidamente, el chofer se bajó del automóvil y también corrió. Morris y el chofer le preguntaron a gritos si sabía dónde estaba el pasaje Owen. El hombre parecía asustado, como si creyera que lo asaltaban. Respondió que nunca oyó nombrar ese pasaje; iba a decir algo más, pero Morris lo miró amenazadoramente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las tres y cuarto de la madrugada. Morris le dijo al chofer que lo llevara a Caseros y Entre Ríos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el hospital había otro centinela. Pasó dos o tres veces frente a la puerta, sin atreverse a entrar. Se resolvió a probar la suerte; mostró el anillo. El centinela no lo detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enfermera apareció al final de la tarde siguiente. Le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La impresión que le causaste al señor de la iglesia no es favorable. Tuvo que aprobar tu disimulo: su eterna prédica a los miembros del convivio. Pero tu falta de confianza en su persona, lo ofendió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dudaba de que el señor se interesara verdaderamente en favor de Morris.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La situación había empeorado. Las esperanzas de hacerlo pasar por extranjero habían desaparecido, su vida estaba en inmediato peligro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribió una minuciosa relación de los hechos y me la envió. Después quiso justificarse: dijo que la preocupación de la mujer lo molestaba. Tal vez él mismo empezaba a preocuparse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Idibal visitó de nuevo al señor; consiguió, como un favor hacia ella —"no hacia el desagradable espía"— la promesa de que "las mejores influencias intervendrían activamente en el asunto". El plan era que obligaran a Morris a intentar una reproducción realista del hecho; vale decir: que le dieran un aeroplano y le permitieran reproducir la prueba que, según él, había cumplido el día del accidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mejores influencias prevalecieron, pero el avión de la prueba sería de dos plazas. Esto significaba una dificultad para la segunda parte del plan: la fuga de Morris al Uruguay. Morris dijo que él sabría disponer del acompañante. Las influencias insistieron en que el aeroplano fuera un monoplano idéntico al del accidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Idibal, después de una semana en que lo abrumó con esperanzas y ansiedades, llegó radiante y declaró que todo se había conseguido. La fecha de la prueba se había fijado para el viernes próximo (faltaban cinco días). Volaría solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer lo miró ansiosamente y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te espero en la Colonia. En cuanto "despegues", enfilás al Uruguay. ¿Lo prometés?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo prometió. Se dio vuelta en la cama y simuló dormir. Comentó: "Me parecía que me llevaba de la mano al casamiento y eso me daba rabia." Ignoraba que se despedían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como estaba restablecido, a la mañana siguiente lo llevaron al cuartel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esos días fueron bravos —comentó—. Los pasé en una pieza de dos por dos, mateando y truqueando de lo lindo con los centinelas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si vos no jugás al truco —le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue una brusca inspiración. Naturalmente, yo no sabía si jugaba o no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno: poné cualquier juego de naipes —respondió sin inquietarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba asombrado. Había creído que la casualidad, o las circunstancias, habían hecho de Morris un arquetipo; jamás creí que fuera un artista del color local. Continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me creerás un infeliz, pero yo me pasaba las horas pensando en la mujer. Estaba tan loco que llegué a creer que la había olvidado...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo interpreté:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tratabas de imaginar su cara y no podías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo adivinaste? —no aguardó mi contestación. Continuó el relato:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana lluviosa lo sacaron en un pretérito doble-faetón. En El Palomar lo esperaba una solemne comitiva de militares y de funcionarios. "Parecía un duelo —dijo Morris—, un duelo o una ejecución." Dos o tres mecánicos abrieron el hangar y empujaron hacia afuera un Dewotine de caza, "un serio competidor del doble-faetón, créeme".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo puso en marcha; vio que no había nafta para diez minutos de vuelo; llegar al Uruguay era imposible. Tuvo un momento de tristeza; melancólicamente se dijo que tal vez fuera mejor morir que vivir como un esclavo. Había fracasado la estratagema; salir a volar era inútil; tuvo ganas de llamar a esa gente y decirles: "Señores, esto se acabó." Por apatía dejó que los acontecimientos siguieran su curso. Decidió ejecutar otra vez su nuevo esquema de prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corrió unos quinientos metros y despegó. Cumplió regularmente la primera parte del ejercicio, pero al emprender las operaciones nuevas volvió a sentirse mareado, a perder el conocimiento, a oírse una avergonzada queja por estar perdiendo el conocimiento. Sobre el campo de aterrizaje, logró enderezar el aeroplano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando volvió en sí estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Comprendió que estaba herido, que estaba detenido, que estaba en el Hospital Militar. Se preguntó si todo no era una alucinación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Completé su pensamiento:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Una alucinación que tenías en el instante de despertar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supo que la caída ocurrió el 31 de agosto. Perdió la noción del tiempo. Pasaron tres o cuatro días. Se alegró de que Idibal estuviera en la Colonia; este nuevo accidente lo avergonzaba; además, la mujer le reprocharía no haber planeado hasta el Uruguay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reflexionó: "Cuando se entere del accidente, volverá. Habrá que esperar dos o tres días."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo atendía una nueva enfermera. Pasaban las tardes tomados de la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Idibal no volvía. Morris empezó a inquietarse. Una noche tuvo gran ansiedad. "Me creerás loco —me dijo—. Estaba con ganas de verla. Pensé que había vuelto, que sabía la historia de la otra enfermera y que por eso no quería verme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pidió a un practicante que llamara a Idibal. El hombre no volvía. Mucho después (pero esa misma noche; a Morris le parecía increíble que una noche durara tanto) volvió; el jefe le había dicho que en el hospital no trabajaba ninguna persona de ese nombre. Morris le ordenó que averiguara cuándo había dejado el empleo. El practicante volvió a la madrugada y le dijo que el jefe de personal ya se había retirado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñaba con Idibal. De día la imaginaba. Empezó a soñar que no podía encontrarla. Finalmente, no podía imaginarla, ni soñar con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dijeron que ninguna persona llamada Idibal "trabajaba ni había trabajado en el establecimiento".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nueva enfermera le aconsejó que leyera. Le trajeron los diarios. Ni la sección "Al margen de los deportes y el turf" le interesaba. "Me dio la loca y pedí los libros que me mandaste." Le respondieron que nadie le había mandado libros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Estuve a punto de cometer una imprudencia; de reconocer que yo no le había mandado nada.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó que se había descubierto el plan de la fuga y la participación de Idibal; por eso Idibal no aparecía. Se miró las manos: el anillo no estaba. Lo pidió. Le dijeron que era tarde, que la intendenta se había retirado. Pasó una noche atroz y vastísima, pensando que nunca le traerían el anillo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pensando —agregué— que si no te devolvían el anillo no quedaría ningún rastro de Idibal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No pensé en eso —afirmó honestamente—. Pero pasé la noche como un desequilibrado. Al otro día me trajeron el anillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Lo tenés?—le pregunté con una incredulidad que me asombró a mí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí —respondió—. En lugar seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió un cajón lateral del escritorio y sacó un anillo. La piedra del anillo tenía una vívida transparencia; no brillaba mucho. En el fondo había un altorrelieve en colores: un busto humano, femenino, con cabeza de caballo; sospeché que se trataba de la efigie de alguna divinidad antigua. Aunque no soy un experto en la materia, me atrevo a afirmar que ese anillo era una pieza de valor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana entraron en su cuarto unos oficiales  con un soldado que traía una mesa. El soldado dejó la mesa y se fue. Volvió con una máquina de escribir; la colocó sobre la mesa, acercó una silla y se sentó frente a la máquina. Empezó a escribir. Un oficial  dictó: "Nombre: Ireneo Morris; nacionalidad: argentina; regimiento: tercero; escuadrilla: novena; base: El Palomar."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pareció natural que pasaran por alto esas formalidades, que no le preguntaran el nombre; ésta era una segunda declaración; "sin embargo —me dijo— se notaba algún progreso"; ahora aceptaban que fuera argentino, que perteneciera a su regimiento, a su escuadrilla, al Palomar. La cordura duró poco. Le preguntaron cuál fue su paradero desde el 23 de junio (fecha de la primera prueba); dónde había dejado el Breguet 304 ("El número no era 304 —aclaró Morris—. Era 309"; este error inútil lo asombró); de dónde sacó ese viejo Dewotine... Cuando dijo que el Breguet estaría por ahí cerca, ya que la caída del 23 ocurrió en El Palomar, y que sabrían de dónde salía el Dewotine, ya que ellos mismos se lo habían dado para reproducir la prueba del 23, simularon no creerle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ya no simulaban que era un desconocido, ni que era un espía. Lo acusaban de haber estado en otro país desde el 23 de junio; lo acusaban —comprendió con renovado furor— de haber vendido a otro país un arma secreta. La indescifrable conjuración continuaba, pero los acusadores habían cambiado el plan de ataque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gesticulante y cordial, apareció el teniente Viera. Morris lo insultó. Viera simuló una gran sorpresa; finalmente, declaró que tendrían que batirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pensé que la situación había mejorado —dijo—. Los traidores volvían a poner cara de amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo visitó el general Huet. El mismo Kramer lo visitó. Morris estaba distraído y no tuvo tiempo de reaccionar. Kramer le gritó: "No creo una palabra de las acusaciones, hermano." Se abrazaron, efusivos. Algún día —pensó Morris— aclararía el asunto. Le pidió a Kramer que me viera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me atreví a preguntar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Decime una cosa, Morris, ¿te acordás qué libros te mandé?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El título no lo recuerdo—sentenció gravemente—. En tu nota está consignado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no le había escrito ninguna nota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo ayudé a caminar hasta el dormitorio. Sacó del cajón de la mesa de luz una hoja de papel de carta (de un papel de carta que no reconocí). Me la entregó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La letra parecía una mala imitación de la mía; mis T y E mayúsculas remedan las de imprenta; éstas eran "inglesas". Leí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acuso recibo de su atenta del 16, que me ha llegado con algún retraso, debido, sin duda, a un sugerente error en la dirección. Yo no vivo en el pasaje "Owen" sino en la calle Miranda, en el barrio Nazca. Le aseguro que he leído su relación con mucho interés. Por ahora no puedo visitarlo; estoy enfermo; pero me cuidan solícitas manos femeninas y dentro de poco me repondré; entonces tendré el gusto de verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le envío, como símbolo de comprensión, estos libros de Blanqui, y le recomiendo leer, en el tomo tercero, el poema que empieza en la página 281.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me despedí de Morris. Le prometí volver la semana siguiente. El asunto me interesaba y me dejaba perplejo. No dudaba de la buena fe de Morris; pero yo no le había escrito esa carta; yo nunca le había mandado libros; yo no conocía las obras de Blanqui.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre "mi carta" debo hacer algunas observaciones: 1) su autor no tutea a Morris felizmente, Morris es poco diestro en asuntos de letras: no advirtió el "cambio" de tratamiento y no se ofendió conmigo: yo siempre lo he tuteado; 2) juro que soy inocente de la frase "Acuso recibo de su atenta"; 3) en cuanto a escribir Owen entre comillas, me asombra y lo propongo a la atención del lector.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi ignorancia de las obras de Blanqui se debe, quizá, al plan de lectura. Desde muy joven he comprendido que para no dejarse arrasar por la inconsiderada producción de libros y para conseguir, siquiera en apariencia, una cultura enciclopédica, era irnprescindible un plan de lecturas. Este plan jalona mi vida: una época estuvo ocupada por la filosofía, otra por la literatura francesa, otra por las ciencias naturales, otra por la antigua literatura celta y en especial la del país de Kimris (debido a la influencia del padre de Morris). La medicina se ha intercalado en este plan, sin interrumpirlo nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos días antes de la visita del teniente Kramer a mi consultorio, yo había concluido con las ciencias ocultas. Había explorado las obras de Papus, de Richet de Lhomond, de Stanislas de Guaita, de Labougle, del obispo de la Rocheia, de Lodge, de Hogden, de Alberto el Grande. Me interesaban especialmente los conjuros, las apariciones y las desapariciones; con relación a estas últimas recordaré siempre el caso de Sir Daniel Sludge Home, quien, a instancias de la Society for Psychical Research, de Londres, y ante una concurrencia compuesta exclusivamente de baronets, intentó unos pases que se emplean para provocar la desaparición de fantasmas y murió en el acto. En cuanto a esos nuevos Elías, que habrían desaparecido sin dejar rastros ni cadáveres, me permito dudar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El "misterio" de la carta me incitó a leer las obras de Blanqui (autor que yo ignoraba). Lo encontré en la enciclopedia, y comprobé que había escrito sobre temas políticos. Esto me complació: inmediatas a las ciencias ocultas se hallan la política y la sociología. Mi plan observa tales transiciones para evitar que el espíritu se adormezca en largas tendencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una madrugada, en la calle Corrientes, en una librería apenas atendida por un viejo borroso, encontré un polvoriento atado de libros encuadernados en cuero pardo, con títulos y filetes dorados: las obras completas de Blanqui. Lo compré por quince pesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la página 281 de mi edición no hay ninguna poesía. Aunque no he leído íntegramente la obra, creo que el escrito aludido es "L'Éternité par les Astres" un poema en prosa; en mi edición comienza en la página 307, del segundo tomo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese poema o ensayo encontré la explicación de la aventura de Morris.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a Nazca; hablé con los comerciantes del barrio; en las dos cuadras que agotan la calle Miranda no vive ninguna persona de mi nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a Márquez; no hay número 6890; no hay iglesias; había —esa tarde— una poética luz, con el pasto de los potreros muy verde, muy claro y con los árboles lilas y transparentes. Además la calle no está cerca de los talleres del F.C.O. Está cerca del puente de la Noria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a los talleres del F.C.O. Tuve dificultades para rodearlos por Juan B. Justo y Gaona. Pregunté cómo salir del otro lado de los talleres. "Siga por Rivadavia —me dijeron— hasta Cuzco. Después cruce las vías." Como era previsible, allí no existe ninguna calle Márquez; la calle que Morris denomina Márquez debe ser Bynnon. Es verdad que ni en el número 6890 —ni en el resto de la calle— hay iglesias. Muy cerca, por Cuzco, está San Cayetano; el hecho no tiene importancia: San Cayetano no es la iglesia del relato. La inexistencia de iglesias en la misma calle Bynnon, no invalida mi hipótesis de que esa calle es la mencionada por Morris. .. Pero esto se verá después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hallé también las torres que mi amigo creyó ver en un lugar despejado y solitario: son el pórtico del Club Atlético Vélez Sársfield, en Fragueiro y Barragán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve que visitar especialmente el pasaje Owen: vivo en él. Cuando Morris se encontró perdido, sospecho que estaba frente a las casas lúgubremente iguales del barrio obrero Monseñor Espinosa, con los pies enterrados en el barro blanco de la calle Perdriel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a visitar a Morris. Le pregunté si no recordaba haber pasado por una calle Hamílcar, o Haníbal, en su memorable recorrida nocturna. Afirmó que no conocía calles de esos nombres. Le pregunté si en la iglesia que él visitó había algún símbolo junto a la cruz. Se quedó en silencio, mirándome. Creía que yo no le hablaba en serio. Finalmente, me preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo querés que uno se fije en esas cosas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le di la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin embargo, sería importante... —insistí—. Tratá de hacer memoria. Tratá de recordar si junto a la cruz no había alguna figura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tal vez —murmuró—, tal vez un...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Un trapecio? —insinué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, un trapecio —dijo sin convicción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Simple o cruzado por una línea?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Verdad —exclamó—. ¿Cómo sabés? ¿Estuviste en la calle Márquez? Al principio no me acordaba nada... De pronto he visto el conjunto: la cruz y el trapecio; un trapecio cruzado por una línea con puntas dobladas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablaba animadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y te fijaste en alguna estatua de santos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Viejo —exclamó con reprimida impaciencia—. No me habías pedido que levantara el inventario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dije que no se enojara. Cuando se calmó, le pedí que me mostrase el anillo y que me repitiese el nombre de la enfermera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a casa, feliz. Oí ruidos en el cuarto de mi sobrina; pensé que estaría ordenando sus cosas. Procuré que no descubriera mi presencia; no quería que me interrumpieran. Tomé el libro de Blanqui, me lo puse debajo del brazo y salí a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me senté en un banco del parque Pereyra. Una vez más leí este párrafo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este calabozo del fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez la causa de mi encierro gradualmente pierda su nobleza, hasta ser sórdida, y quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 23 de junio Morris cayó con su Breguet en el Buenos Aires de un mundo casi igual a éste. El período confuso que siguió al accidente le impidió notar las primeras diferencias; para notar las otras se hubieran requerido una perspicacia y una educación que Morris no poseía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Remontó vuelo una mañana gris y lluviosa; cayó en un día radiante. El moscardón, en el hospital, sugiere el verano; el "calor tremendo" que lo abrumó durante los interrogatorios, lo confirma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris da en su relato algunas características diferenciales del mundo que visitó. Allí, por ejemplo, falta el País de Gales: las calles con nombre galés no existen en ese Buenos Aires: Bynnon se convierte en Márquez, y Morris, por laberintos de la noche y de su propia ofuscación, busca en vano el pasaje Owen... Yo, y Viera, y Kramer, y Margaride, y Faverio, existimos allí porque nuestro origen no es galés; el general Huet y el mismo Ireneo Morris, ambos de ascendencia galesa, no existen (él penetró por accidente). El Carlos Alberto Servian de allá, en su carta, escribe entre comillas la palabra "Owen", porque le parece extraña; por la misma razón, los oficiales rieron cuando Morris declaró su nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque no existieron allí los Morris, en Bolívar 971 sigue viviendo el inamovible Grimaldi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La relación de Morris revela, también, que en ese mundo Cartago no desapareció. Cuando comprendí esto hice mis tontas preguntas sobre las calles Haníbal y Hamílcar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien preguntará cómo, si no desapareció Cartago, existe el idioma español. ¿Recordaré que entre la victoria y la aniquilación puede haber grados intermedios?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El anillo es una doble prueba que tengo en mi poder. Es una prueba de que Morris estuvo en otro mundo: ningún experto, de los muchos que he consultado, reconoció la piedra. Es una prueba de la existencia (en ese otro mundo) de Cartago: el caballo es un símbolo cartaginés. ¿Quién no ha visto anillos iguales en el museo de Lavigerie?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además —Idibal, o Iddibal— el nombre de la enfermera, es cartaginés; la fuente con peces rituales y el trapecio cruzado son cartagineses; por último —horresco referens— están los convivios o circuli, de memoria tan cartaginesa y funesta como el insaciable Moloch...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero volvamos a la especulación tranquila. Me pregunto si yo compré las obras de Blanqui porque estaban citadas en la carta que me mostró Morris o porque las historias de estos dos mundos son paralelas. Como allí los Morris no existen, las leyendas celtas no ocuparon parte del plan de lecturas; el otro Carlos Alberto Servian pudo adelantarse; pudo llegar antes que yo a las obras políticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy orgulloso de él: con los pocos datos que tenía, aclaró la misteriosa aparición de Morris; para que Morris también la comprendiera, le recomendó "L'Éternite par les Astres". Me asombra, sin embargo, su jactancia de vivir en el bochornoso barrio Nazca y de ignorar el pasaje Owen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Morris fue a ese otro mundo y regresó. No apeló a mi bala con resorte ni a los demás vehículos que se han ideado para surcar la increíble astronomía. ¿Cómo cumplió sus viajes? Abrí el diccionario de Kent; en la palabra pase, leí: "Complicadas series de movimientos que se hacen con las manos, por las cuales se provocan apariciones y desapariciones." Pensé que las manos tal vez no fueran indispensables; que los movimientos podrían hacerse con otros objetos; por ejemplo, con aviones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi teoría es que el "nuevo esquema de prueba" coincide con algún pase (las dos veces que lo intenta, Morris se desmaya, y cambia de mundo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí supusieron que era un espía venido de un país limítrofe: aquí explican su ausencia, imputándole una fuga al extranjero, con propósitos de vender un arma secreta. Él no entiende nada y se cree víctima de un complot inicuo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando volví a casa encontré sobre el escritorio una nota de mi sobrina. Me comunicaba que se había fugado con ese traidor arrepentido, el teniente Kramer. Añadía esta crueldad: "Tengo el consuelo de saber que no sufrirás mucho, ya que nunca te interesaste en mí." La última línea estaba escrita con evidente saña; decía: "Kramer se interesa en mí; soy feliz."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve un gran abatimiento, no atendí a los enfermos y por más de veinte días no salí a la calle. Pensé con alguna envidia en ese yo astral, encerrado, como yo, en su casa, pero atendido por "solicitas manos femeninas". Creo conocer su intimidad; creo conocer esas manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo visité a Morris. Traté de hablarle de mi sobrina (apenas me contengo de hablar, incesantemente, de mi sobrina). Me preguntó si era una muchacha maternal. Le dije que no. Le oí hablar de la enfermera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es la posibilidad de encontrarme con una nueva versión de mí mismo lo que me incitaría a viajar hasta ese otro Buenos Aires. La idea de reproducirme, según la imagen de mi ex libris, o de conocerme, según su lema, no me ilusiona. Me ilusiona, tal vez, la idea de aprovechar una experiencia que el otro Servian, en su dicha, no ha adquirido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero éstos son problemas personales. En cambio la situación de Morris me preocupa. Aquí todos lo conocen y han querido ser considerados con él; pero como tiene un modo de negar verdaderamente monótono y su falta de confianza exaspera a los jefes, la degradación, si no la descarga del fusilamiento, es su porvenir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si le hubiera pedido el anillo que le dio la enfermera, me lo habría negado. Refractario a las ideas generales, jamás hubiera entendido el derecho de la humanidad sobre ese testimonio de la existencia de otros mundos. Debo reconocer, además, que Morris tenía un insensato apego por ese anillo. Tal vez mi acción repugne a los sentimientos del gentleman (alias, infalible, del cambrioleur); la conciencia del humanista la aprueba. Finalmente, me es grato señalar un resultado inesperado: desde la pérdida del anillo, Morris está más dispuesto a escuchar mis planes de evasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nosotros, los armenios, estamos unidos. Dentro de la sociedad formamos un núcleo indestructible. Tengo buenas amistades en el ejército. Morris podrá intentar una reproducción de su accidente. Yo me atreveré a acompañarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. A. S.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El relato de Carlos Alberto Servian me pareció inverosímil. No ignoro la antigua leyenda del carro de Morgan; el pasajero dice dónde quiere ir, y el carro lo lleva, pero es una leyenda. Admitamos que, por casualidad, el capitán Ireneo Morris haya caído en otro mundo; que vuelva a caer en éste sería un exceso de casualidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el principio tuve esa opinión. Los hechos la confirmaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un grupo de amigos proyectamos y postergamos, año tras año, un viaje a la frontera del Uruguay con el Brasil. Este año no pudimos evitarlo, y partimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 3 de abril almorzábamos en un almacén en medio del campo; después visitaríamos una "fazenda" interesantísima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguido de una polvareda, llegó un interminable Packard; una especie de jockey bajó. Era el capitán Morris.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pagó el almuerzo de sus compatriotas y bebió con ellos. Supe después que era secretario, o sirviente, de un contrabandista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No acompañé a mis amigos a visitar la "fazenda". Morris me contó sus aventuras: tiroteos con la policía; estratagemas para tentar a la justicia y perder a los rivales; cruce de ríos prendido a la cola de los caballos; borracheras y mujeres... Sin duda exageró su astucia y su valor. No podré exagerar su monotonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, como en un vahído, creí entrever un descubrimiento. Empecé a investigar; investigué con Morris; investigué con otros, cuando Morris se fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recogí pruebas de que Morris llegó a mediados de junio del año pasado, y de que muchas veces fue visto en la región, entre principios de septiembre y fines de diciembre. El 8 de septiembre intervino en unas carreras cuadreras, en Yaguarao; después pasó varios días en cama, a consecuencia de una caída del caballo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, en esos días de septiembre, el capitán Morris estaba internado y detenido en el Hospital Militar, de Buenos Aires: las autoridades militares, compañeros de armas, sus amigos de infancia, el doctor Servian y el ahora capitán Kramer, el general Huet, viejo amigo de su casa, lo atestiguan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La explicación es evidente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de otro Buenos Aires, hizo unos "pases" con su aeroplano y se encontró en el Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago; donde espera Idibal). Ese Ireneo Morris subió después en el Dewotine, volvió a hacer los "pases", y cayó en este Buenos Aires. Como era idéntico al otro Morris, hasta sus compañeros lo confundieron. Pero no era el mismo. El nuestro (el que está en el Brasil) remontó vuelo, el 23 de junio, con el Breguet 304; el otro sabía perfectamente que había probado el Breguet 309. Después, con el doctor Servian de acompañante, intenta los pases de nuevo y desaparece. Quizá lleguen a otro mundo; es menos probable que encuentren a la sobrina de Servian y a la cartaginesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alegar a Blanqui, para encarecer la teoría de la pluralidad de los mundos, fue, tal vez, un mérito de Servian; yo, más limitado, hubiera propuesto la autoridad de un clásico; por ejemplo: "según Demócrito, hay una infinidad de mundos, entre los cuales algunos son, no tan sólo parecidos, sino perfectamente iguales" (Cicerón, Primeras Académicas, II, XVII); o: "Henos aquí, en Bauli, cerca de Pezzuoli, ¿piensas tú que ahora, en un número infinito de lugares exactamente iguales, habrá reuniones de personas con nuestros mismos nombres, revestidas de los mismos honores, que hayan pasado por las mismas circunstancias, y en ingenio, en edad, en aspecto, idénticas a nosotros, discutiendo este mismo tema? [id., id., II, XL].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, para lectores acostumbrados a la antigua noción de mundos planetarios y esféricos, los viajes entre Buenos Aires de distintos mundos parecerán increíbles. Se preguntarán por qué los viajeros llegan siempre a Buenos Aires y no a otras regiones, a los mares o a los desiertos. La única respuesta que puedo ofrecer a una cuestión tan ajena a mi incumbencia, es que tal vez estos mundos sean como haces de espacios y de tiempos paralelos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-6783188320604017223?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/6783188320604017223/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=6783188320604017223&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6783188320604017223'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6783188320604017223'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/09/la-trama-celeste.html' title='La trama celeste'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-1045689633265095764</id><published>2008-09-08T08:24:00.001-07:00</published><updated>2008-09-08T08:24:21.151-07:00</updated><title type='text'>BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS</title><content type='html'>BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS&lt;br /&gt;Por Rafael F. Gutiérrez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema con la literatura fantástica&lt;br /&gt;consiste en saber si nos propone una evasión&lt;br /&gt; infinita o un enriquecimiento razonable.&lt;br /&gt;Juan José Saer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;POR LOS ARRABALES DE LA FICCIÓN&lt;br /&gt;“Literatura fantástica”, he allí una redundancia pues toda literatura es una ficción, una construcción fabulosa hecha con lenguaje, pues si deja de serlo se convierte en otra construcción discursiva: historia, crónica, tratado, etc. La tautología se mantiene por la convención, como tantas otras que constituyen el fundamento de cada una de las culturas. Pues cada cultura tiene sus relatos fundantes y los reescribe como parte de su dinámica de funcionamiento y sólo cuando se vuelve con una mirada analítica sobre su modo de trabajo se puede enfrentar al cúmulo de relatos explicativos que funcionan de modo incuestionable simplemente por una fe. Reconocer esa condición de relatos en las formas de explicación de los principales cuestionamientos humanos es uno de los mecanismos de la literatura borgeana. Pone en evidencia que toda cultura construye categorías totalmente imaginarias para dar cuenta del universo en el que se inserta. Esas construcciones verbales son llamadas religión, filosofía, teología, ciencia, pero son básicamente eso, construcciones verbales. Parecer que encontramos textualizado en la introducción a uno de sus libros:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo. Nos hemos atenido, sin embargo, a lo que inmediatamente sugiere la locución “seres imaginarios”, hemos compilado un manual de los extraños entes que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la fantasía de los hombres ... (Borges y Guerrero, 1967: 567)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La crítica internacional ha reconocido que la Argentina ha producido abundante literatura fantástica y entre sus creadores hay dos nombres que pesan como marcas registradas: Borges y Cortázar.&lt;br /&gt;Dentro de la literatura fantástica se reconoce el subgénero de la ciencia-ficción o fantaciencia o ficción científica, pues la asociación de dos términos -casi oximorónicos- es motivo de discusión a la hora de denominar a una vasta producción que no abarca sólo la literatura sino el cine, la historieta y las series de televisión. La ciencia ficción es la literatura fantástica de la era industrial, donde la mecánica –fruto de la razón y del cálculo- reemplazó a la magia. Sin embargo estos grandes escritores de la literatura argentina no descollaron en la producción de este subgénero. Aún cuando se trata de una literatura que tematiza el siglo XX con sus vertiginosos cambios, estos autores no fueron proclives a adherir a la ciencia-ficción.&lt;br /&gt;Los antologistas de literatura de ciencia-ficción recuperan algunos textos de ambos como Fantomas contra los vampiros multinacionales de Cortázar y “El Golem”, “Los inmortales”, “Tlön Uqbar Orbis Tertius” y “Utopía de un hombre que está cansado” de Borges. El texto de Cortázar es más una parodia de la historieta, con abundantes dibujos y un superhéroe hecho en el molde de los prototipos del género, mientras que sobre los cuentos de Borges se ha discutido mucho en cuanto a que si la temática que abordan es propicio para la ciencia ficción: el animator, la inmortalidad, los universo paralelos y el viaje en el tiempo. Sin embargo les falta el componente fundamental del subgénero: la intervención de la ciencia y la tecnología.&lt;br /&gt;Veamos cada uno de los casos: el tema del homúnculo o del animator tiene una larguísima tradición en la literatura que se ha manifestado en muchísimas narraciones, una de las cuales ha fundado la literatura de ciencia-ficción: Frankestein de Mary Sheley. Sin embargo lo que diferencia a la producción borgeana es que aborda el tema en un poema, rescribiendo la novela de Meirnik que a su vez refunde leyendas de la judería de Praga. Su inserción en el subgénero se puede discutir por la falta de tecnología en el proceso de creación del humúnculo; el animator borgeano cobra vida por recursos mágicos de “alta hechicería” y sin asistencia científica, como lo hizo el Dr. Victor Frankenstein.&lt;br /&gt;El tema de la inmortalidad, su posesión, su pérdida o su búsqueda es tan antiguo como los relatos de la humanidad pues ya aparece en el Cantar épico de Gilgamesh y en El Génesis y si Borges tiene un  cuento con ese tema no lo aborda desde un componente tecnológico, sino simplemente con la magia que no se explica: es sólo un río el que otorga el don y nada revela esa poder sobrenatural, ni se atribuye a dioses, demonios ni magia.&lt;br /&gt;En el cuento “Utopía de un hombre que está cansado” el viaje en el tiempo se produce sin la máquina que pergeñó Wells, se trata sólo de un hombre que aparece caminando por una llanura y su experiencia se parece más a la de un sueño que a una traslación a través de siglos ida y vuelta. En ese futuro al que accede el viajero del tiempo se practica más bien el despojamiento de la tecnología que su desarrollo, en cuyo caso se parece más al último futuro al que accede el viajero de Wells.&lt;br /&gt;En el cuento “Los inmortales” escrito en colaboración con Bioy Casares aparecen todos los componentes que requiere el subgénero ciencia-ficción, junto a la estrategia típicamente borgeana de citar explícitamente el texto que reescribe: “Rupert Brooke”.&lt;br /&gt;El texto tiene una primera parte en la que alude al epígrafe en inglés y justifica el porqué de su falta de traducción, eso permite introducir la reseña de un cuento de ciencia-ficción en el que el pseudocientífico-loco, infaltable en el pastiche género, lleva a cabo un experimento para probar una hipótesis que proviene de la filosofía y no de la ciencia. Ahí se manifiesta la primera aberración sobre la que se construye el efecto del horror en el relato referido en el cuento de Bustos Domecq: no se puede probar una hipótesis especulativa por métodos experimentales.&lt;br /&gt;Todo eso introduce la peripecia misma del narrador protagonista, Bustos Domecq, la oferta de acceder a la inmortalidad a través de un método médico que consiste en suplantar el cuerpo deteriorado por partes mecánicas que no cumplen la totalidad de las funciones del cuerpo original sino que se limitan a mantener vivo el cerebro.&lt;br /&gt;El horror de una conciencia que se mantenga atrapada e inmovilizada e incapaz de librarse de su condena a través de la muerte es el punto de convergencia entre el cuento reseñado y el relato protagonizado por el narrador. El punto divergente está en que el médico inventor del método lo ofrece como una respuesta del método lo ofrece como una respuesta a un anhelo tan buscado por la humanidad. Su lenguaje mismo es el de un timador que trata de vender un buzón como la gran adquisición del posible comprador.&lt;br /&gt;El protagonista asiente, como un incauto más, a la propuesta del médico vendedor pero, precavido del riesgo, sólo está fingiendo y tan pronto como puede huya borrando sus rastros.&lt;br /&gt;En el cuento que abordamos anteriormente aparecen referencias a otros textos que a su vez evocan afirmaciones borgeanas sobre la literatura fantástica:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Recuerdo haber leído sin desagrado –me contestó- dos cuentos fantásticos. Los viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. (53)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta clasificación de dos textos tan disímiles dentro de una misma categoría es la reiteración de las declaraciones realizadas por Borges que consideraba que la metafísica y la teología eran ramas de la literatura fantástica.&lt;br /&gt;En el mismo cuento, más adelante, el interlocutor del futuro realiza una descripción del mundo del pasado, o sea del presente de Borges, y afirma:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin  de nuestro singular concepto del mundo. (54)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sentencia latina fue acuñada como una síntesis de los postulados filosóficos de Berkeley que Borges había fatigado como parte de la literatura fantástica y que le ayudaron a producir más literatura fantástica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Esse est percipi” en Bustos Domecq&lt;br /&gt;como la realidad construida por los mass-media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Instalado en el universo fantástico es&lt;br /&gt; lo real lo que se transforma en obsesión.&lt;br /&gt;Juan José Saer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MATRIX, la terrible elucubración de los hermanos Wachoski, lleva al paroxismo el tema de la realidad cotidiana como el resultado de un gran montaje mediático. Casi simultáneamente el tema había sido abordado por el film “The Trumann Show”, en el que el protagonista de la serie televisiva más vista en el mundo es el único que no sabe que todo su mundo es un montaje, hasta el cielo y el mar que le arrebató a su padre son simulacros en los que desenvuelve su vida cotidiana poblada de familia, amigos, vecinos y trabajo. Sólo se precipita el final cuando la búsqueda del amor lleva a Trumann a desafiar los límites de su mundo y es tanta su voluntad que soporta los desafíos y se libera de su límite ficticio.&lt;br /&gt;La saga de MATRIX muestra un mundo totalmente inducido en la mente de los hombres que no viven sino que tienen un largo sueño mientras son despojados de su energía. Todos los hombres duermen un sueño provocado por las máquinas que se alimentan de sus vidas, esos prisioneros necesitan de un salvador que los libere, y es allí donde comienza la aventura que anima los films y sus derivados.&lt;br /&gt;El cuento de Bustos Domecq plantea un horror más cotidiano y, por ello, mucho más terrible que los que enfrentan Trumman y Neo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-    Señor ¿quién inventó la cosa? – atiné a preguntar.&lt;br /&gt;-    Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad es la contramarca de los tiempos modernos. (...)&lt;br /&gt;-    ¿Y si se rompe la ilusión? – dije con un hilo de voz.&lt;br /&gt;Qué se va a romper – me tranquilizó.&lt;br /&gt;Por si acaso seré una tumba –le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.&lt;br /&gt;- Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer. (361-2)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bustos Domecq tiene ante sí a uno de los prestidigitadores que realizan las ilusiones delante de todos y no vacila en afirmarlo pues no teme que su secreto sea revelado porque la trama es tan grande que abarca a todos, un testigo no puede ser creído, no importa que afirme o niegue, la ilusión supera a ambos, al prestidigitador y al testigo. En un mundo así, la posibilidad de un redentor o de una fuga se vuelve imposible porque no hay mundo verdadero hacia el cual huir, todo está envuelto en la ilusión mediática.&lt;br /&gt;Con lo cual, como buena ficción de anticipación científica, el cuento de Borges-Bioy se adelantaba en tres décadas a nuestro mundo multimediático en el que los “reality shows” y hasta las noticias están montadas para convencer a los espectadores de su “realidad”.&lt;br /&gt;A final de cuentas&lt;br /&gt;Generalmente, cuando se habla de las incursiones de Borges en la ciencia-ficción, se reitera que fue el traductor de CRÓNICAS MARCIANAS y que su prólogo a la obra de Ray Bradbury es una ponderación de la literatura sin atender al prejuicio del subgénero, sin embargo en este trabajo hemos mostrado que no sólo tiene cuentos rescatables por los antologistas de la ciencia-ficción sino cuentos que se inscriben en la norma del género, aunque con un plus borgeano que tiene que ver con el compromiso con la literatura de escribir buenas tramas que pertenecen al escritor aunque le esté vedada su moraleja.&lt;br /&gt;Podemos afirmar junto a Juan José Saer: “Sólo mentes muy obtusas y llenas de mala voluntad pueden seguir poniendo, hoy día, las obras de Kafka o Melville [nosotros agregamos de Borges y Bioy Casares] en el montón vagamente clasificatorio de la literatura fantástica. Kafka y Melville [y Bustos Domecq] han mostrado claramente que cuando la imaginación descubre su límite consiste en tomar partido por la selva de lo real, vale decir el límite contra el que chocan todos los hombres, perseveramos en llamarla imaginación porque no nos atrevemos a llamarla profecía” (Saer, 1997, 227)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BIBLIOGRAFÍA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asimov, Isaac (1999), SOBRE LA CIENCIA FICCIÓN, Buenos Aires, Sudamericana&lt;br /&gt;Borges, Jorge Luis (1999), OBRAS COMPLETAS EN COLABORACIÓN, Buenos Aires, Emecé&lt;br /&gt;Borges, Bioy Casares y Ocampo (1995), ANTOLOGÍA DE LA ITERATURA FANTÁSTICA, Buenos Aires, Sudamericana&lt;br /&gt;Capanna, Pablo (Comp.) (1995), EL CUENTO ARGENTINO DE CIENCIA FICCIÓN, Buenos Aires, Nuevo Siglo&lt;br /&gt;Saer, Juan José (1999), EL CONCEPTO DE FICCIÓN,  Buenos Aires, Ariel&lt;br /&gt;Sánchez, Jorge (Comp.) (1996), LOS UNIVERSOS VISLUMBRADOS, Buenos Aires, Andrómeda&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-1045689633265095764?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/1045689633265095764/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=1045689633265095764&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/1045689633265095764'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/1045689633265095764'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/09/borges-y-las-literaturas-fantsticas.html' title='BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-7114851191099865414</id><published>2008-09-08T08:22:00.000-07:00</published><updated>2008-09-08T08:23:12.481-07:00</updated><title type='text'>Esse est percipi</title><content type='html'>Esse est percipi (1967)&lt;br /&gt;De Adolfo Bioy Casares y&lt;br /&gt;Jorge Luis Borges&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viejo turista de la zona de Nuñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia panorámica del periodismo nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, de cuya sede, sita en el Edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores de bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención de Zarlenga y Parodi, conviertiera el centro-half Renovales, tras aquel pase histórico de Musante. Sensible a mi adhesión al once de Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:&lt;br /&gt;-Y pensar que fui yo el que les inventé esos nombres.&lt;br /&gt;-¿Alias? -pregunté, gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?&lt;br /&gt;La respuesta me aflojó todos los miembros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -exclamé- ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De verás que se llama Ferrabás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que espere -ordenó el señor Savastano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ni se le ocurra -contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junté fuerzas para aventurar la pregunta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Debo deducir que el score se digita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y la conquista del espacio? -gemí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientifista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué mas quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué se va a romper -me tarnquilizó. -Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-7114851191099865414?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/7114851191099865414/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=7114851191099865414&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/7114851191099865414'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/7114851191099865414'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/09/esse-est-percipi.html' title='Esse est percipi'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-6204585916496252363</id><published>2008-08-20T07:43:00.001-07:00</published><updated>2008-08-20T07:43:30.123-07:00</updated><title type='text'>BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS</title><content type='html'>BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS&lt;br /&gt;Por Rafael F. Gutiérrez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema con la literatura fantástica&lt;br /&gt;consiste en saber si nos propone una evasión&lt;br /&gt; infinita o un enriquecimiento razonable.&lt;br /&gt;Juan José Saer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Literatura fantástica”, he allí una redundancia pues toda literatura es una ficción, una construcción fabulosa hecha con lenguaje, pues si deja de serlo se convierte en otra construcción discursiva: historia, crónica, tratado, etc. La tautología se mantiene por la convención, como tantas otras que constituyen el fundamento de cada una de las culturas. Pues cada cultura tiene sus relatos fundantes y los reescribe como parte de su dinámica de funcionamiento y sólo cuando se vuelve con una mirada analítica sobre su modo de trabajo se puede enfrentar al cúmulo de relatos explicativos que funcionan de modo incuestionable simplemente por la fe. Reconocer esa condición de relatos en las formas de explicación de los principales cuestionamientos humanos es uno de los mecanismos de la literatura borgeana. Pone en evidencia que toda cultura construye categorías totalmente imaginarias para dar cuenta del universo en el que se inserta. Esas construcciones verbales son llamadas religión, filosofía, teología, ciencia, pero son básicamente eso, construcciones verbales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo. Nos hemos atenido, sin embargo, a lo que inmediatamente sugiere la locución “seres imaginarios”, hemos compilado un manual de los extraños entes que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la fantasía de los hombres ... (Borges y Guerrero, 1967: 567)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La crítica internacional ha reconocido que la Argentina ha producido abundante literatura fantástica y entre sus creadores hay dos nombres que pesan como marcas registradas: Borges y Cortázar.&lt;br /&gt;Dentro de la literatura fantástica se reconoce el subgénero de la ciencia-ficción o fantaciencia o ficción científica, pues la asociación de dos términos -casi oximorónicos- es motivo de discusión a la hora de denominar a una vasta producción que no abarca sólo la literatura sino el cine, la historieta y las series de televisión. La ciencia ficción es la literatura fantástica de la era industrial, donde la mecánica –fruto de la razón y del cálculo- reemplazó a la magia. Sin embargo estos grandes escritores de la literatura argentina no descollaron en la producción de este subgénero. Aún cuando se trata de una literatura que tematiza el siglo XX con sus vertiginosos cambios, estos autores no fueron proclives a adherir a la ciencia-ficción.&lt;br /&gt;Los antologistas de literatura de ciencia-ficción recuperan algunos textos de ambos como Fantomas contra los vampiros multinacionales de Cortázar y “El Golem”, “Los inmortales”, “Tlön Uqbar Orbis Tertius” y “Utopía de un hombre que está cansado” de Borges. El texto de Cortázar es más una parodia de la historieta, con abundantes dibujos y un superhéroe hecho en el molde de los prototipos del género, mientras que sobre los cuentos de Borges se ha discutido mucho en cuanto a que si la temática que abordan es propicio para la ciencia ficción: el animator, la inmortalidad, los universo paralelos y el viaje en el tiempo. Sin embargo les falta el componente fundamental del subgénero: la intervención de la ciencia y la tecnología.&lt;br /&gt;Veamos cada uno de los casos: el tema del homúnculo o del animator tiene una larguísima tradición en la literatura que se ha manifestado en muchísimas narraciones, una de las cuales ha fundado la literatura de ciencia-ficción: Frankestein de Mary Sheley. Sin embargo lo que diferencia a la producción borgeana es que aborda el tema en un poema, rescribiendo la novela de Meirnik que a su vez refunde leyendas de la judería de Praga. Su inserción en el subgénero se puede discutir por la falta de tecnología en el proceso de creación del humúnculo; el animator borgeano cobra vida por recursos mágicos de “alta hechicería” y sin asistencia científica, como lo hizo el Dr. Victor Frankenstein.&lt;br /&gt;El tema de la inmortalidad, su posesión, su pérdida o su búsqueda es tan antiguo como los relatos de la humanidad pues ya aparece en el Cantar épico de Gilgamesh y en El Génesis y si Borges tiene un cuento con ese tema no lo aborda desde un componente tecnológico, sino simplemente con la magia que no se explica: es sólo un río el que otorga el don y nada revela esa poder sobrenatural, ni se atribuye a dioses, demonios ni magia.&lt;br /&gt;En el cuento “Utopía de un hombre que está cansado” el viaje en el tiempo se produce sin la máquina que pergeñó Wells, se trata sólo de un hombre que aparece caminando por una llanura y su experiencia se parece más a la de un sueño que a una traslación a través de siglos ida y vuelta. En ese futuro al que accede el viajero del tiempo se practica más bien el despojamiento de la tecnología que su desarrollo, en cuyo caso se parece más al último futuro al que accede el viajero de Wells.&lt;br /&gt;En este último cuento que abordamos aparecen referencias a otros textos que a su vez evocan afirmaciones borgeanas sobre la literatura fantástica:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Recuerdo haber leído sin desagrado –me contestó- dos cuentos fantásticos. Los viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. (53)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta clasificación de dos textos tan disímiles dentro de una misma categoría es la reiteración de las declaraciones realizadas por Borges que consideraba que la metafísica y la teología eran ramas de la literatura fantástica.&lt;br /&gt;En el mismo cuento, más adelante, el interlocutor del futuro realiza una descripción del mundo del pasado, o sea del presente de Borges, y afirma:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin  de nuestro singular concepto del mundo. (54)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sentencia latina fue acuñada como una síntesis de los postulados filosóficos de Berkeley que Borges había fatigado como parte de la literatura fantástica y que le ayudaron a producir más literatura fantástica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Esse est percipi” en Bustos Domecq&lt;br /&gt;como la realidad construida por los mass-media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Instalado en el universo fantástico es&lt;br /&gt; lo real lo que se transforma en obsesión.&lt;br /&gt;Juan José Saer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MATRIX, la terrible elucubración de los hermanos Wachoski, lleva al paroxismo el tema de la realidad cotidiana como el resultado de un gran montaje mediático. Casi simultáneamente el tema había sido abordado por el film “The Trumann Show”, en el que el protagonista de la serie televisiva más vista en el mundo es el único que no sabe que todo su mundo es un montaje, hasta el cielo y el mar que le arrebató a su padre son simulacros en los que desenvuelve su vida cotidiana poblada de familia, amigos, vecinos y trabajo. Sólo se precipita el final cuando la búsqueda del amor lleva a Trumann a desafiar los límites de su mundo y es tanta su voluntad que soporta los desafíos y se libera de su límite ficticio.&lt;br /&gt;La saga de MATRIX muestra un mundo totalmente inducido en la mente de los hombres que no viven sino que tienen un largo sueño mientras son despojados de su energía. Todos los hombres duermen un sueño provocado por las máquinas que se alimentan de sus vidas, esos prisioneros necesitan de un salvador que los libere, y es allí donde comienza la aventura que anima los films y sus derivados.&lt;br /&gt;El cuento de Bustos Domecq plantea un horror más cotidiano y, por ello, mucho más terrible que los que enfrentan Trumman y Neo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-    Señor ¿quién inventó la cosa? – atiné a preguntar.&lt;br /&gt;-    Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad es la contramarca de los tiempos modernos. (...)&lt;br /&gt;-    ¿Y si se rompe la ilusión? – dije con un hilo de voz.&lt;br /&gt;Qué se va a romper – me tranquilizó.&lt;br /&gt;Por si acaso seré una tumba –le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.&lt;br /&gt;- Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer. (361-2)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bustos Domecq tiene ante sí a uno de los prestidigitadores que realizan las ilusiones delante de todos y no vacila en afirmarlo pues no teme que su secreto sea revelado porque la trama es tan grande que abarca a todos, un testigo no puede ser creído, no importa que afirme o niegue, la ilusión supera a ambos, al prestidigitador y al testigo. En un mundo así, la posibilidad de un redentor o de una fuga se vuelve imposible porque no hay mundo verdadero hacia el cual huir, todo está envuelto en la ilusión mediática.&lt;br /&gt;Con lo cual, como buena ficción de anticipación científica el cuento de Borges-Bioy se adelantaba en tres décadas a nuestro mundo multimediático en el que los “reality shows” y hasta las noticias están montadas para convencer a los espectadores de su “realidad”.&lt;br /&gt;Según Juan José Saer “Sólo mentes muy obtusas y llenas de mala voluntad pueden seguir poniendo, hoy día, las obras de Kafka o Melville [nosotros agregamos de Borges y Bioy] en el montón vagamente clasificatorio de la literatura fantástica. Kafka y Melville [y Bustos Domecq] han mostrado claramente que cuando la imaginación descubre su límite consiste en tomar partido por la selva de lo real, vale decir el límite contra el que chocan todos los hombres, perseveramos en llamarla imaginación porque no nos atrevemos a llamarla profecía” (Saer, 1997, 227)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BIBLIOGRAFÍA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asimov, Isaac (1999), SOBRE LA CIENCIA FICCIÓN, Buenos Aires, Sudamericana&lt;br /&gt;Borges, Jorge Luis (1999), OBRAS COMPLETAS EN COLABORACIÓN, Buenos Aires, Emecé&lt;br /&gt;Borges, Bioy Casares y Ocampo (1995), ANTOLOGÍA D ELA ITERATURA FANTÁSTICA, Buenos Aires, Sudamericana&lt;br /&gt;Capanna, Pablo&lt;br /&gt;Saer, Juan José (1999), EL CONCEPTO DE FICCIÓN,  Buenos Aires, Ariel&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-6204585916496252363?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/6204585916496252363/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=6204585916496252363&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6204585916496252363'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/6204585916496252363'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/borges-y-las-literaturas-fantsticas.html' title='BORGES Y LAS LITERATURAS FANTÁSTICAS'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-483426455093970863</id><published>2008-08-20T07:38:00.000-07:00</published><updated>2008-08-20T07:39:53.147-07:00</updated><title type='text'>Esse est percipi</title><content type='html'>Viejo turista de la zona Núñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia Panorámica del Periodismo Nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, a cuya sede, sita en el edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores del bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención oportuna de Zarlenga y Parodi, convirtiera el centro half Renovales, tras aquel pase histórico de Mutante. Sensible a mi adhesión al once del Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:&lt;br /&gt;-Y pensar que yo fui el que les inventé esos nombres.&lt;br /&gt;-¿Alias?-pregunté gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?&lt;br /&gt;La respuesta me aflojó todos los miembros.&lt;br /&gt;-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en ídolos? ¿Dónde ha vivido don Domecq?&lt;br /&gt;En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.&lt;br /&gt;-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -exclamé-. ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De veras que se llama Ferrabás?&lt;br /&gt;-Que espere -ordenó el señor Savastano.&lt;br /&gt;-¿Qué espere? ¿No sería más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación&lt;br /&gt;-Ni se le ocurra -contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da-&lt;br /&gt;Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:&lt;br /&gt;-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente lo sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.&lt;br /&gt;Junté fuerzas para aventurar la pregunta:&lt;br /&gt;-¿Debo deducir que el score se digita?&lt;br /&gt;Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.&lt;br /&gt;-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.&lt;br /&gt;-Señor ¿quién inventó la cosa? -atiné a preguntar.&lt;br /&gt;-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quienes se le ocurrieron primero las inauguraciones de las escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.&lt;br /&gt;-¿Y la conquista del espacio? -gemí.&lt;br /&gt;-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.&lt;br /&gt;-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?&lt;br /&gt;-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.&lt;br /&gt;-Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.&lt;br /&gt;-Qué se va a romper -me tranquilizó.&lt;br /&gt;-Por si acaso seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.&lt;br /&gt;-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.&lt;br /&gt;Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Bustos Domecq&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-483426455093970863?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/483426455093970863/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=483426455093970863&amp;isPopup=true' title='27 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/483426455093970863'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/483426455093970863'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/esse-est-percipi.html' title='Esse est percipi'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-2248387726374680857</id><published>2008-08-13T05:51:00.002-07:00</published><updated>2008-08-13T05:52:21.772-07:00</updated><title type='text'>CYRANO DE BERGERAC</title><content type='html'>CYRANO DE BERGERAC&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Biografía&lt;br /&gt;Era el cuarto hijo de Abel de Cyrano, abogado del Parlamento, y de Espérance Bellange. Pasó la mayor parte de su infancia en Saint-Forget (ahora Yvelines). Se trasladó a vivir a París y allí discurrió casi toda su vida. Escogió la vida militar, donde se hizo célebre por su arrojo y sus numerosos duelos. Se retiró de la vida militar después de dos años, (1641) tras recibir una herida en la garganta durante el sitio de Arras, contra las tropas españolas, y fue entonces cuando comenzó a estudiar filosofía con Pierre Gassendi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cyrano fue uno de los más importantes escritores del seiscientos francés, una personalidad verdaderamente ecléctica: novelista, dramaturgo, autor satírico, epistológrafo, antes de morir escribió el primer capítulo de un Trattato di fisica. Fue un libertino, poco antes de morir quería liderar una vanguardia cultural, una nueva filosofía de la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue muy discutido y controvertido, y considerado, sucesivamente: "un mártir libre-pensador", (Paul Lacroix); un "científico incomprendido" (Pierre Jupont), "La obra científica de Savinien de Cyrano "Cyrano de Bergerac", (1907); un "libertino sin arte ni parte" (Lechevre); un "racionalista militante" (Weber), y "pretendido alquimista" (Eugène Canseliet)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Obras cómicas&lt;br /&gt; Primer escrito conocido y reivindicado por Cyrano&lt;br /&gt;Epístola del "Juramento de París" de su amante Charles Coypeau de Assoucy en 1648. El título de esta epístola es "Al tonto lector y no al sabio" (Au sot lecteur et non au sage).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Les Entretiens pointus / Los comentarios agudos (1662)  [editar]Pequeña colección de veintidós "puntos", es decir, un juego de palabras que no tienen más valor que el de su efecto cómico, precedido por un prefacio en que el Cyrano hace la apología del retruécano, asegurando que él "adapta toda las cosas al modo que mejor se ajuste a sus deseos, sin consideración alguna a la propia esencia de las mismas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Lettres / Cartas (1654)&lt;br /&gt;Las cartas de Cyrano son de formas y naturaleza diversas: poéticas, satíricas, amorosas… Dirigidas a las personas reales, como Scarron, Assoucy, con el nombre de "Soucidas", François de Gerzan, o ficticios, revelan más la reflexión que el ejercicio de estilo, se detecta en su "poema en prosa" como lo explica Jacques Prévert en su edición de las "Obras Completas" (París, Berlín, 1977).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Le Pédant joué / El Pedante burlado (1654)&lt;br /&gt;Comedia en cinco actos. Una de las primeras comedias en prosa, en la que el lenguaje de la prosa es tal que la pieza será despreciada por la crítica y abandonada por los curiosos hasta que las perspectivas abiertas por el Teatro de lo Absurdo permitieron rehabilitarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La intriga, muy banal, recuerda a un esquema clásico heredado del teatro italiano: un viejo ridículo impide que una pareja de jóvenes se amen, pero ellos consiguen engañarle con la ayuda de un audaz lacayo. Pero Cyrano introduce en esta estructura unos personajes cómicos hasta el paroxismo, a veces ajenos a la intriga, expresándose con largos parlamentos en cuyo discurso utilizan un uso muy particular de la lengua: "Granger", el pedante; "Chasteaufort", el "soldado fanfarrón"; "Gareau", el campesino y primer personaje se expresa en patois (dialecto) en el teatro francés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dijo de esta obra que había sido co-escrita por Moliére, puesto que, éste último, la repitió en sus Fourberies de Scapin (sobre todo en la célebre "escena de la galera"). Fue probado después, que esta colaboración era muy improbable, los dos hombres no habían frecuentado la misma época.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Les Mazarinades / Las Mazarinadas (1649)&lt;br /&gt;Las siete "Mazarinadas" de Cyrano (atribución que él rechazó en ocasiones) son, para él, una oportunidad para cultivar su inclinación por el panfleto y la sátira, a la vez que, una forma de oponerse a la política financiera del cardenal Mazarino de ideas igualitarias y modernas. Están escritas todas en prosa, menos una, que está escrita en verso burlesco: Le Ministre d’Estat, flambé (El Ministro de Estado, flambeado)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; L’autre monde / El otro mundo (1657/62)&lt;br /&gt;Un dibujo de Historia cómica de los Estados e imperios de la luna. Esta obra, considerada como una de las primeras novelas de ciencia-ficción, se divide en dos partes: "Historia cómica de los Estados e imperios de la luna" (Histoire comiqué des Estats et empires de la Lune) (1650, y publicada en 1657 por su amigo Lebret) y "Historia cómica de los Estados e imperios del Sol" (Histoire comiqué des Estats et impires du Soleil) (publicada en 1662). Cyrano escribe en primera persona el viaje que realiza a la Luna y al Sol y las observaciones que hace de las gentes que ve, cuyo modo de vida es, a veces, totalmente distinto al nuestro, incluso chocante y, en ocasiones, al contrario, idéntico al nuestro, lo que le permite al autor exponer, indirectamente, los límites. Este viaje imaginario es, ante todo, un pretexto con el que expresar su filosofía materialista y hacer una crítica de la sociedad y las ideas y creencias de la época. Los dos relatos fueron publicados a título póstumo, y después de la "expurgación" hecha por Le Bret.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Le Fragment de Physique / El Fragmento de Física (1662)&lt;br /&gt;Antes de su muerte Cyrano preparaba un tratado de física, que se quedó en esbozo. Discípulo de Gassendi, se oponía rotundamente a los principios cartesianos que hacen de la existencia de Dios una realidad adquirida, mientras que él habla de la incertidumbre de la física: "aumentada por la ignorancia que tenemos de los secretos de Dios". Madeleine Alcover pone en duda, en su edición, la atribución de este fragmento a Cyrano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Un hombre honesto no es ni francés, ni alemán, ni español, es Ciudadano del Mundo, y su patria está en todas partes". ( Un honnête homme n'est ni Français, ni Allemand, ni Espagnol, il est Citoyen du monde, et sa patrie est partout).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tragedia&lt;br /&gt; La Mort d’Agrippine / La muerte de Agripina (1654)&lt;br /&gt;Tragedia en cinco actos y en verso cuyo tema dominante es la mentira, motivo del diálogo entre los dos hombres; los dioses están excluidos, sobre todo en una escena en particular que produjo gran escándalo, y en la cual Sejanus manifiesta su ateísmo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ces beaux riens qu'on adore, et sans sçavoir pourquoy,&lt;br /&gt;Ces alterez du sang des bestes qu'on assomme,&lt;br /&gt;Ces Dieux que l'homme a faict, et qui n'ont point faict l'homme,&lt;br /&gt;Des plus fermes Estats ce fantasque soustien,&lt;br /&gt;Va, va, Térentius, qui les craint, ne craint rien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas ínfimas cosas que uno adora, y sin saber porqué/esa alteración de la sangre de los crédulos que se doblegan/ Esos Dioses que el hombre ha creado, y que no pueden crear al hombre/De los más firmes Estados qué fantástico sostén/"Ve, Ve, Terencio, quien las cree, no cree en nada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Murió el 28 de julio de 1655, en Sannois, a los 36 años como consecuencia de las heridas que le causó una viga al caerle encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus obras han sido editadas muchas veces, sobre todo en París, en 1741, en 1851 por M. Leblanc Duvernet, y en 1858 por el bibliófilo Jacob&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cyrano de Bergerac en la ficción, películas, teatro y ópera&lt;br /&gt;En la actualidad es más conocido por la obra Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, en la que se narra una época de su vida, que por sus propias obras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La obra ha sido traducida y llevada a escena muchas veces. Ha sido el tema de varias películas, incluyendo una versión de 1950 con José Ferrer, una versión francesa de 1990 protagonizada por Gérard Depardieu y una comedia hecha en Hollywood, llamada Roxanne con Steve Martin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adaptaciones a la ópera: Victor Herbert (1859-1924) libreto escrito por H.B. Smith &amp;amp; S. Reed en 1899 en la ciudad de Nueva York; Walter Damrosch (1862-1950) libreto hecho por W.J. Henderson estrenada en la Ópera del Metropolitan de Nueva York en 1913; Franco Alfano libreto de Henri Cain, estrenada en 1936 y puesta nuevamente en escena en el la Ópera del Metropolitan de Nueva York en 2005-06 con Plácido Domingo como Cyrano. Eino Tamberg (n. Estonia, 27 de mayo de 1930) libreto de J. Kross, interpretada en Teatro de Estonia, Tallinn, 1976.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los personajes principales de las novelas del Mundo del Río de Philip José Farmer es una versión ficticia de Cyrano. En el libro, es visitado por X, el Misterioso Extraño, que le dice que ha de ir al Estado de Parolando y enrolarse en la tripulación de Sam Clemens para llegar a la Torre de las Nieblas. Clemens en un principio siente celos de Cyrano, pues este ha tomado de compañera a la antigua esposa de aquél. Por ello, Cyrano se queda en Parolando sin partir en ninguno de los dos barcos que salen de allí: el Rex Grandissimus, robado por Juan Sin Tierra, y el No Se Alquila, capitaneado por el propio Clemens. Participará en la construcción y capitaneo de un dirigible, el Parseval, con el que pretenden realizar la exploración preliminar de la Torre. Llegan a esta, pero cuando un misterioso ataque asesina al capitán Milton Firebrass, deciden regresar. Descubren demasiado tarde que hay un traidor (en realidad, X), que pone una bomba y escapa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Único superviviente de la catástrofe aérea, se reincorpora al No Se Alquila, ahora ya sin ser destinatario de los celos de Sam. Cyrano capitaneará un ataque fallido al Rex para secuestrar a Juan, en el transcurso del cual luchará contra Richard Francis Burton, al que vencerá por poco. En la batalla final del Rex contra el No Se Alquila, Burton y Cyrano se encuentran de nuevo; deciden luchar a primera sangre. Pierde Cyrano, pero cuando van a salir juntos del barco que se hunde, Alice Hargreaves, compañera de Burton, interpreta mal la situación y mata a Cyrano con una pistola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Obras&lt;br /&gt;Las Mazarinadas (Les Mazarinades) - 1649&lt;br /&gt;La muerte de Agripina (La mort d'Agrippine) - 1653&lt;br /&gt;Cartas (Lettres) - 1654&lt;br /&gt;El pedante burlado (Le pédant joué) - 1654&lt;br /&gt;Los comentarios agudos (Les entretiens pointus)-1654&lt;br /&gt;El otro mundo (L'autre monde) - 1650:&lt;br /&gt;Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna (Histoire comiqué des Estats et empires de la Lune) - 1650&lt;br /&gt;Historia cómica de los Estados e imperios del Sol (Histoire comiqué des Estats et empires du Soleil) - 1662&lt;br /&gt;El fragmento de Física (Le fragment de Physique) - 1662&lt;br /&gt;Viaje a la Luna&lt;br /&gt;Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Cyrano_de_Bergerac"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-2248387726374680857?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/2248387726374680857/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=2248387726374680857&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2248387726374680857'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/2248387726374680857'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/cyrano-de-bergerac.html' title='CYRANO DE BERGERAC'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-3749064122313182316</id><published>2008-08-13T05:51:00.001-07:00</published><updated>2008-08-13T05:51:44.759-07:00</updated><title type='text'>Luciano de Samosata</title><content type='html'>Luciano de Samósata&lt;br /&gt;Luciano de Samósata (en griego Λουκιανός ο Σαμοσατεύς, en latín Lucianus), o de Samosata (Samosata, Siria, 125 - 181), escritor sirio de expresión griega, uno de los primeros humoristas, perteneciente a la llamada Segunda sofística.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Biografía&lt;br /&gt;Fue aprendiz de escultor; ejerció de abogado en Antioquía, pero no acostumbrado a la vida sedentaria se dedicó a la sofística y recorrió todo el Mediterráneo durante el reinado del emperador romano Marco Aurelio dando conferencias; es muy posible que enseñara retórica en algún lugar del imperio romano. Tras pasar unos años en Roma, donde fue amigo del filósofo platónico Nigrino (159), lo hallamos de nuevo en Antioquía en 163, pero se domicilió en Atenas en 165 y allí permaneció más de veinte años; se cree que escribió entonces la mayor parte de sus obras, en dialecto ático muy puro, y llevó a cabo lecturas de sus obras en ciudades helénicas como Éfeso y Corinto. En el 167 asistió por cuarta vez a los Juegos Olímpicos; allí presenció el suplicio en la hoguera del fanático Peregrino Proteo, expulsado de Roma por insolencia y subversión y encarcelado en Olimpia por profesar el Cristianismo; lo hizo sin simpatizar con esta víctima, que despreciaba por asumir una creencia supersticiosa. Se definió en El pescador en estos términos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios y a toda la raza de los malvados, que son innumerables, como sabes... Pero conozco también a la perfección el arte contrario a éste, o sea, el que tiene por móvil el amor: amo la belleza, la verdad, la sencillez y cuanto merece ser amado. Sin embargo, hacia muy pocos debo poner en práctica tal arte, mientras que debo ejercer para con muchos el opuesto. Corro así el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de ir conciendo demasiado bien el otro.&lt;br /&gt;Su bien afilado cálamo le supuso muchos enemigos y, deseoso de asentarse y no depender tanto de sus conferencias, solicitó y obtuvo un empleo estable y bien remunerado en la administración romana de Egipto: asistente del gobernador para asuntos judiciales; quizá murió en Alejandría poco después de la muerte de Cómodo, en 192.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luciano no llevó una existencia triunfal ni ignorada u oscura: vivió apaciblemente consagrado a las letras, libre de todo prejuicio y sosteniendo con entereza sus opiniones, sin ser estrictamente ni filósofo ni sofista, sino sólo un hombre de letras. Sin embargo su postura es la de un escéptico integral y un antidogmático convencido, y si se apoya alguna vez en el Epicureísmo es solamente por su hostilidad hacia la religión, y lo mismo ocurre con sus simpatías por el Cinismo, que obedecen a su desprecio por cualquier forma de amaneramiento y falsedad. Y, oculto y esencial por detrás de la mueca burlona, un hondo y esencial pesimismo. No se le puede comparar con Aristófanes, como se ha hecho, puesto que éste ataca personajes y costumbres en función de un sistema de firmes creencias, posee una doctrina y un ideal, mientras que Luciano se burla, acaso con mayor crueldad, por la inelegancia, la hinchazón, la tosquedad o la indignidad de lo atacado, y por detrás de su sátira hay un escepticismo absoluto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Producción literaria&lt;br /&gt;Luciano es uno de los mayores genios satíricos de la Literatura Universal. Su ironía ha tenido imitadores en todas las épocas. Utilizó un griego ático puro de gran sabor clásico. Se conserva casi toda su obra en prosa, el Corpus Lucianeum, alrededor de 82 opúsculos de temática muy variada entre los cuales acaso una decena son apócrifos o espurios: Lucio o El asno, Elogio de Demóstenes, Tragopodagra, Epigramas, Sobre la diosa siria, Caridemo, Amores, Los longevos, El patriota, Cartas, Timarión. Algunos añaden además Sobre la astrología, Hipias o El baño y Nerón. Otros, como Bompaire, piensan que son auténticos Sobre la diosa siria y Tragopodagra. Bastantes de las originales son obras retóricas (Elogio de la mosca, Elogio de la patria, Juicio de las vocales) y a veces ronda la autobiografía (El sueño, donde relata su vocación por la retórica, o El gallo) y le tientan la historia (Sobre cómo escribir la historia, que adopta forma epistolar) o la filosofía (La pantomima, El pecador), pero se le conoce fundamentalmente por una serie de desternilllantes diálogos satíricos y morales (Diálogos de los dioses, Diálogos de los muertos, Diálogos de las cortesanas, Caronte el cínico, Prometeo, La asamblea de los dioses, El parásito, Anacarsis) donde se desacredita todo tipo de creencia filosófica y religiosa (entre estas últimas, figura no sólo la religión pagana, sino también la cristiana, que cada vez tomaba más pujanza). En La almoneda de los filósofos se ataca violentamente la multiplicidad de escuelas de pensamiento. Su producción crítica no se reduce al diálogo, sino que recorre muchísimas formas. Su lucha contra la credulidad no deja de ser recurrente: el mundo está repleto de charlatanes y embaucadores, prestándose las personas a ser engañadas de continuo. Es el caso de obras como Alejandro o el falso profeta (dedicada a Celso), Altercado con Hesiodo, Del luto, El asno, Historia verdadera o Sobre la muerte de Peregrino. En esta última, que tiene como tema a un filósofo cínico de la época, aparece lateralmente Jesús como un vulgar embaucador. Luciano se constituye, pues, en algo así como el Voltaire del mundo antiguo, como lo denominó Engels.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Compuso también libelos como El maestro de retórica, parodias de las tragedias clásicas como El pie ligero o La tragedia de la gota y una novela corta, Historia verdadera, donde idea un viaje a la Luna en un barco arrastrado por una providencial tromba de agua y donde, entre otras maravillas, ve a los selenitas, que no tienen ano, hilar los metales y el vidrio para hacer trajes, beber zumo de aire, quitarse y ponerse los ojos y dar a luz en vez de las mujeres, ya que se casan hombres con hombres; asiste a la guerra entre los caballeros buitres y lacanópteros del emperador selenita, que es Endimión, y los caballeros hormiga del solar, que es Faetón, así llamados por sus respectivas monturas; se trata tal vez de la primera obra de imaginación pura especulativa de la literatura universal, pues ya el mismo autor afirma en ella lo siguiente: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir». Es, pues, uno de los abuelos de la ficción científica o Ciencia-ficción. De tema parecido es el Icaromenipo, escrito en el que el filósofo real Menipo de Gadara, personaje cínico habitual en sus sátiras contra la religión, consigue volar con un ala de águila y otra de buitre desde el monte Olimpo a la Luna, que encuentra habitada por espíritus. Cuando Menipo decide volar hasta el Sol, los dioses, airados por su atrevimiento, le roban las alas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en su misma época empezó a ser imitado (el platonizante Celso, por ejemplo), pero sobre todo durante el siglo XVI: Erasmo de Rotterdam lo hizo en sus Coloquios o el mismo François Rabelais; lo leyeron también Maquiavelo y Roïdis. En castellano lo fue por los hermanos Juan y Alfonso de Valdés, así como por Cristóbal de Villalón en El Crotalón. Ya en el siglo XVII hay huellas de Luciano en Mateo Alemán, y Miguel de Cervantes lo utiliza como modelo para su Coloquio de los perros y Francisco de Quevedo se inspira en él para componer sus Sueños. En el resto de Europa no fue su prestigio menor: le imitaron Swift (Viajes de Gulliver), Bergerac (Viaje a la luna) y Voltaire, sobre todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;http://es.wikipedia.org/wiki/Luciano_de_Samosata&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-3749064122313182316?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/3749064122313182316/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=3749064122313182316&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/3749064122313182316'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/3749064122313182316'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/luciano-de-samosata.html' title='Luciano de Samosata'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-7781374655470885672</id><published>2008-08-13T05:50:00.001-07:00</published><updated>2008-08-13T05:50:52.953-07:00</updated><title type='text'>Ciberpunk</title><content type='html'>Ciberpunk&lt;br /&gt;De Alt64-wiki, la enciclopedia libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ciberpunk es probablemente uno de los más conocidos e influyentes subgéneros de la ciencia ficción. Su interés radica en su estudio de los potenciales peligros de los avances científicos y técnológicos. Sus historias transcurren en futuros generalmente distópicos, donde el ser humano ha sido alienado por un entorno de un alto grado de sofisticación técnica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué es el ciberpunk?:&lt;br /&gt;La anterior definición no es más que una mera aproximación al ciberpunk, pues no profundiza en muchos de sus aspectos fundamentales. Y es que, debido a su fuerza estética y a la importancia de su análisis crítico dentro de una sociedad cada vez más tecnificada, el ciberpunk ha traspasado las barreras de la mera ciencia ficción para convertirse en una referencia incluso en marcos culturales más amplios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ciberpunk como corriente estética:&lt;br /&gt;El ciberpunk es una corriente estética nacida en los años '80. La fuerza de sus imágenes influyó en otros medios artísticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus elementos definitorios son fáciles de identificar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espacios urbanos degradados.&lt;br /&gt;Personajes marginales.&lt;br /&gt;Entornos de alta tecnología.&lt;br /&gt;Una marcada dicotomía entre un alto grado de desarrollo tecnológico y un bajo nivel de vida.&lt;br /&gt;Los personajes del ciberpunk son seres inadaptados que cruzan a menudo la línea de lo ilegal y los argumentos son muchas veces narraciones de hechos delictivos. Existe una marcada ambigüedad moral y una separación entre lo legal y lo correcto. En este sentido, puede considerarse el ciberpunk como una adaptación a un entorno tecnológico de la literatura y el cine negros. No cabe duda de que Sam Spade se habría sentido cómodo en el Los Ángeles de Ridley Scott o la Chiba de William Gibson.&lt;br /&gt;El resumen estético del ciberpunk lo tenemos en la película Blade Runner: calles oscuras y húmedas, rótulos parpadeantes de neón, puestos callejeros de comida china y un fondo de arcologías.&lt;br /&gt;Pero el término comprende muchos otros aspectos aparte del estético, que no deja de ser un mero vehículo identificador pero no definitorio. Si nos basaramos solamente en la ambientación y en el aspecto de sus personajes, la trilogía de Matrix podría ser clasificada de ciberpunk, pero queda claro que su identificación con este género es meramente superficial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ciberpunk como movimiento contracultural:&lt;br /&gt;El ciberpunk es también un movimiento contracultural. Como tal tiene su origen en una tradición libertaria y una profunda desconfianza en las nuevas tecnología que, si bien proporcionan mayores niveles de comodidad, tambien alienan al individuo y ayudan controlarlo.&lt;br /&gt;Del mismo modo que la fuerza estética del ciberpunk ha influido en otros géneros más allá de la ciencia ficción, la fuerza de sus futuros, cláramente distópicos, ha influido en la sociedad modificando nuestro punto de vista acerca de las nuevas tecnologías. Así, siendo una de las funciones de la ciencia ficción alertar a la sociedad de los peligros de sus actitudes y creaciones, el ciberpunk ha sido uno de los movimientos más exitosos dentro del género.&lt;br /&gt;Sin embargo, el ciberpunk no es un movimiento reaccionario. No se posiciona contra la tecnología, sino contra su mal uso. Así, del mismo modo que los poderosos se valen de la tecnología para mantener su control sobre la masa social, cualquier acción en contra suya deberá también contar con el uso de tecnologías sofisticadas.&lt;br /&gt;Además de posicionarse contra las implicaciones negativas de la ciencia y la tecnología, el ciberpunk muestra situaciones que se producen en un escenario económico controlado por compañías cada vez más poderosas e influyentes a la vez que alejadas de la ciudadanía. Se denuncia así una fractura social en la que los ricos y poderosos se valen de su dinero y poder para manipular la sociedad mediante el control de la información.&lt;br /&gt;Algo a tener en cuenta al analizar el ciberpunk como corriente social es que sus autores no se posicionan contra algo que será, sino contra algo que está siendo. Es esta cercanía de los contenidos lo que ha hecho este movimiento tan inquietante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elementos del ciberpunk:&lt;br /&gt;A partir de lo anterior, hay ciertos elementos que se reúnen alrededor del ciberpunk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elementos estéticos:&lt;br /&gt;Se trataría de aquellos que vienen primeramente a la mente cuando uno piensa en ciberpunk: calles húmedas y oscuras, edificios destartalados, grandes arcologías que demuestran el poder de los entes empresariales... Todo ello muestra una estética muy alejada de los trajes de aluminio y las armas cromadas de la ciencia ficción clásica. En cierto modo el ciberpunk se ríe de ello. Sirva de ejemplo el relato El continuo de Gernsback de William Gibson, en el que el protagonista se pierde en un universo paralelo en el que la estética es la que vaticinaban las revistas pulp de los años '40 y '50.&lt;br /&gt;Dentro del ciberpunk existen otro elementos estéticos menores como el gusto por los trajes de cuero, las gafas de sol, armas espectaculares de aspecto brutal o una tendencia hacia lo oriental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elementos sociales y económicos:&lt;br /&gt;En el ciberpunk los personajes son marginales porque no existe una forma de Estado que permita garantizar unos servicios sociales mínimos. La vuelta a un entorno de libre mercado y capitalismo salvaje ha provocado una brecha económica insalvable. Las leyes están hechas claramente para favorecer a los poderosos, por ello la Policía y los cuerpos de seguridad no tratan tanto de defender al ciudadano como de mantener un statu quo que protege a los que más tienen.&lt;br /&gt;En este entorno no hay sanidad pública ni educación ni tan siquiera una simple protección policial merecedora de tal nombre. Los personajes sobreviven como pueden entre los restos de un pasado más rico y sus actos delictivos son más un intento desesperado de supervivencia que un acto deliberado de amoralidad. La Policía aparece para defender los bienes e intereses de las grandes compañías y resulta ingenua y risible la idea de que un ciudadano acuda a denunciar un hecho delictivo contra su persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elementos tecnológicos:&lt;br /&gt;Son uno de los pilares del ciberpunk: ordenadores, hologramas, redes... todo esto forma parte del mobiliario común. No se trata tanto de una sociedad tan rica que se permita utilizar estos objetos como cosas comunes, es más bien que su producción se ha abaratado tanto que incluso individuos marginales se pueden permitir utilizarlos. A menudo estos objetos son utilizados de una forma peculiar para la que no habían sido diseñados, y es que "La calle encuentra sus propias aplicaciones para las cosas".&lt;br /&gt;Un elemento que no ha sido mencionado hasta ahora es la información. En Neuromante hay descripciones de entornos como Manhattan o las colonias espaciales en las que no se menciona para nada en el aspecto físico de estos lugares, sino que se describen por el nivel e intensidad del intercambio de información que se da en ellos. Redes de comunicaciones, el ciberespacio, criptografía y hackers como aspectos de una misma realidad... En este sentido, el ciberpunk fue el primer movimiento en tomar conciencia clara de la importancia de la información.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El origen del término:&lt;br /&gt;Si bien Bruce Bethke dió el título de Ciberpunk a un relato escrito en 1980 y publicado en 1983, se atribuye al editor Gardner Dozois el haber utilizado el término por primera vez para referirse al movimiento que se estaba gestando.&lt;br /&gt;La etimilogía es clara: "Ciber" hace referencia al aspecto técnico y científico: informática, ingeniería genética, realidad virtual, implantes... "Punk" se refiere al posicionamiento en contra de un poder establecido que se vale de su control sobre la masa para mantener su posición y enriquecerse. A menudo los postulados del ciberpunk rozan la anarquía.&lt;br /&gt;En este sentido, el término se define claramente a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El origen del movimiento:&lt;br /&gt;Sería tentador remontar sus orígenes hasta 1948 con la novela 1984 de George Orwell. Sin duda esta obra reúne todo lo que es el ciberpunk: desarrollos tecnológicos como los autogiros y las visioplacas empleados para controlar y vigilar a la sociedad, un poder inalcanzable para los ciudadanos que controla la información para mantener dominada a la masa social, la alienación del individuo en favor de un ente superior como es el partido, un personaje débil a quien la situación se le escapa de las manos y acaba siendo manejado como una marioneta...&lt;br /&gt;Pero la novela es demasiado temprana para ser considerada un origen más o menos directo (aunque, sin duda, debió tener una fuerte influencia).&lt;br /&gt;Más correcto sería remitirnos a las novelas y relatos de Philip K. Dick (no en vano Blade Runner es la adaptación al cine de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). No es que K. Dick sea ciberpunk, pero sus personajes antiheroicos, incapaces de dominar una situación que los dirige en contra de su voluntad, supusieron una ruptura respecto a la ciencia ficción de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, alejándola de la utopía y vaticinando futuros más oscuros y distópicos.&lt;br /&gt;El nacimiento definitivo del ciberpunk tiene lugar en los años '80, alrededor del boletín virtual Cheap Thruth (juego de palabras entre "Verdad barata" y "Verdad del chip") en el que se publicaban relatos basados en ordenadores, inteligencias artificiales y realidad virtual. Este boletín vendría a ser al ciberpunk algo así como lo que la revista Astounding fue a la edad de oro.&lt;br /&gt;Los autores inmersos en esta corriente (los llamados "Mirrorshades", "lentes espejadas") basaban su universo en todos estos elementos y trataban de construir un futuro en el que se analizaran las posibles consecuencias de la tecnología en la sociedad y el individuo.&lt;br /&gt;Hay que hacer notar que, si bien la nueva ola surgió de la asimilación dentro de la ciencia ficción de las corrientes culturales y literarias de la época, el ciberpunk se generó dentro del marco de la ciencia ficción para pasar luego a otros entornos como elemento cultural de relevancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Literatura:&lt;br /&gt;Como ya se ha dicho, el origen literario del ciberpunk tuvo lugar alrededor de la revista Cheap Truth. A su amparo surgieron autores como William Gibson, Bruce Sterling, John Shirley, Rudy Rucker, Michael Swanwick, Pat Cadigan, Lewis Shiner o Richard Kadrey.&lt;br /&gt;El género quedó claramente establecido en la novela Neuromante, de William Gibson. La importancia de este libro no fue tanto el crear nuevas ideas, sino el reunir las que ya existían dándoles forma en un todo coherente. Son también notables sus metáforas, como los cielos del color de un televisor sintonizado en un canal muerto o los cuerpos femeninos con la elegancia aerodinámica de un fuselaje de avión. Se genera así un estilo literario en el que al tecnología queda implantada definitivamente incluso en los giros y expresiones del lenguaje, innovando y desterrando verdaderos anacronismos como es hablar de realidades en desuso e incluso desaparecidas en el mundo que se nos relata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Libros:&lt;br /&gt;Johnny Mnemonic (Relato), de William Gibson (1981)&lt;br /&gt;Neuromante, de William Gibson (1984)&lt;br /&gt;Mirrorshades: una antología ciberpunk, de Bruce Sterling (Recopilador, 1986)&lt;br /&gt;Conde Cero, de William Gibson (1986)&lt;br /&gt;Cuando falla la gravedad, de George Alec Effinger (1987)&lt;br /&gt;Ambiente, de Jack Womack (1987)&lt;br /&gt;Mona Lisa acelerada, de William Gibson (1988)&lt;br /&gt;Un fuego en el sol, de George Alec Effinger (1989)&lt;br /&gt;El beso del exilio, de George Alec Effinger (1991)&lt;br /&gt;Iménez, de Luis Alonso Noriega Hederich (1999)&lt;br /&gt;IA, de Daniel Mares (1999)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cine:&lt;br /&gt;Debido a su carga carga estética, es en el cine donde más claramente se puede detectar la influencia de este movimiento que muchos declaran muerto para medios menos visuales como la literatura (no así en comic, donde, una vez más, su atractivo visual ha encontrado gran acogida).&lt;br /&gt;Durante la década de los ochenta se siguieron tímidamente alguno de los hilos que se habían dejado entrever, si bien ninguna obra superó en la retina del espectador a la precursora Blade Runner.&lt;br /&gt;A finales de los noventa, de la mano de Matrix, el género experimentó una fuerte expansión, un verdadero segundo nacimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Películas:&lt;br /&gt;Blade Runner, Ridley Scott (1982)&lt;br /&gt;Videodrome, David Cronenberg (1983)&lt;br /&gt;Brazil, Terry Gilliam (1985)&lt;br /&gt;Robocop, Paul Verhoeven (1987)&lt;br /&gt;Akira, Katsuhiro Otomo (1988)&lt;br /&gt;Tetsuo, Shinya Tsukamoto (1989)&lt;br /&gt;Acción mutante, Alex de la Iglesia (1993)&lt;br /&gt;Ghost in the Shell, Mamoru Oshii (1995)&lt;br /&gt;Johnny Mnemonic, Robert Longo (1995)&lt;br /&gt;Días Extraños (Strange Days), Kathryn Bigelow (1995)&lt;br /&gt;Matrix, Andy y Larry Wachowski (1999)&lt;br /&gt;Nivel 13, Josef Rusnak (1999)&lt;br /&gt;Ghost in the Shell 2: Innocence, Mamoru Oshii (2004)&lt;br /&gt;Paranoia 1.0, Jeff Renfroe &amp;amp; Marteinn Thorsson (2004)&lt;br /&gt;Otros medios:&lt;br /&gt;El ciberpunk ha tenido éxito en los medios visuales como la televisión o el cómic.&lt;br /&gt;Así, en el primer caso podríamos mencionar series como Futurama que, pese a sus colores vivos y su tono humorístico tiene marcadas tendencias ciberpunk, sobre todo en lo que a la falta de valores sociales o a la degradación del nivel de vida se refiere. Sin embargo, y pese al escaso éxito que tuvo en su momento, la serie ciberpunk por excelencia es Max Headroom.&lt;br /&gt;En el cómic podríamos mencionar Akira de Katsuhiro Otomo o Transmetropolitan de Warren Ellis.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-7781374655470885672?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/7781374655470885672/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=7781374655470885672&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/7781374655470885672'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/7781374655470885672'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/ciberpunk.html' title='Ciberpunk'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-437872858202269166</id><published>2008-08-13T05:36:00.001-07:00</published><updated>2008-08-13T05:37:45.021-07:00</updated><title type='text'>Historia CF</title><content type='html'>Ciencia ficción primitiva&lt;br /&gt;De Alt64-wiki, la enciclopedia libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque en el siglo segundo de nuestra era Luciano de Samosata escribió una Historia verídica en la que se hace descripción de los selenitas, sería demasiado aventurado describir este libro como ciencia ficción, ya que se trata más de una narración irresponsable y libre que de una especulación seria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy diferente es la novela De optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia (más cononocida como simplemente Utopía y que dió nombre al término homónimo) que Tomás Moro escribió en 1516. Este libro es una narración muy diferente; en él su autor trata de describir una sociedad que él considera perfecta. Pero, a diferencia de Platón en su República, Moro no sólo la describe, sino que lo hace en forma de narración como si la isla Utopía fuera real. Es esto lo que permite denominarla ciencia ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el siglo XVII se escribieron unas doscientas obras sobre "viajes espaciales", si bien los medios podían ser tan ingenuos como un explorador atado a una bandada de pájaros. Entre estas cabe destacar Somnium, escrita entre 1620 y 1630 por Kepler. En este libro Kepler narra un hipotético viaje entre planetas. El hecho de que fuera el mismo Kepler quien decubriera las leyes que describen el movimiento de los planetas otorga algo de verosimilitud a este viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro de esta categoría podrían entrar también los viajes a la Luna de Cyrano de Bergerac (Estados e imperios de la luna, 1657) o del Barón de Münchhausen (re-creado por Rudolf Erich Raspe en 1785), si bien estas narraciones son más cercanas a la fantasía que a la ciencia y poseen tintes marcadamente cómicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Predecesor de las aventuras de Münchhausen serían Los viajes de Gulliver (1726) creado por Jonathan Swift. Swift no sólo imaginó mundos extraordinarios al estilo de la Space Opera, sino que intentó dotarlos de cierta coherencia científica de acuerdo a los conocimientos de la época y, sobre todo, se valió de estas fantasías como metáforas de la sociedad de entonces para mostrar sus fallos y criticarlos, desempeñando una función muy propia de la ciencia ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Igualmente, el insigne filósofo francés, Voltaire, utilizó esta especie de triquiñuela, la de la fantasía verosímil, para hacer crítica social y en especial crítica religiosa, en su cuento Micromegas (1952). En él nos cuenta la historia de un ser de otro planeta, en Sirio, y de su compañero de Saturno. Voltaire se vale de estos personajes ajenos a nuestra civilización para mostrar la relatividad de nuestras costumbres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se suele decir que a Voltaire le influyó la obra de Swift, y que ambos fueron fuentes de inspiración para H.G. Wells, lo que en tal caso dejaría patente la importancia de estas obras dentro del género.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inicios de la ciencia ficción moderna&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera novela que puede ser clasificada sin duda alguna de ciencia ficción es Frankenstein de Mary W. Shelley. Esta novela narra la historia de un científico y su criatura y especula acerca de las implicaciones morales de la ciencia y sus descubrimientos. La misma Blade Runner, una de las obras maestras del cine de ciencia ficción y más de un siglo y medio posterior no trata otros temas. En cierto modo, no deja de ser irónico que sea una mujer quien inaugura un género que, por lo demás, ha sido casi exclusivamente masculino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los autores más aclamados de este periodo es Julio Verne. No es que su obra sea precisamente especulativa; sus fabulosos inventos no tenían más objetivo que servir de soporte a una historia de aventuras, pero su imaginación cautivó a muchos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los principales pilares de la ciencia ficción son las obras de H.G. Wells. A diferencia de Shelley, Wells tenía conocimientos de ciencia moderna (el doctor Frankenstein está más cerca de un alquimista que de un científico actual) y su pluma tenía mucha más fuerza; buena prueba de ello es que las cuatro novelas que escribió entre 1895 y 1898 han sido llevadas al cine en numerosas ocasiones, algunas de ellas tan recientemente como la versión cinematrográfica de La guerra de los mundos de Steven Spielberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo parecido puede decirse de Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley. Cierto que los conocimientos científicos de la época no permitían hablar de genética, pero las implicaciones morales de manipular los seres humanos antes de su nacimiento para conseguir una hipotética sociedad perfecta son hoy, cuando estamos a las puertas de dominar nuestro genoma, más válidas que entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La edad de oro&lt;br /&gt;Se considera la edad de oro de la ciencia ficción al periodo que transcurre entre 1940 y 1950. Esta datación es arbitraria y muchos consideran que el verdadero inicio de la edad de oro tiene lugar en 1938 cuando John W. Campbell se convierte en editor de Astounding&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los objetivos de Campbell fue dotar a la ciencia ficción una mayor calidad, tratando de alejar el género de la Space Opera, entendida como subgenero para consumo adolescente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De esta forma, y al amparo de Campbell, surgieron autores como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Arthur C. Clarke o Philip K. Dick. Estos autores dieron un toque de calidad a la ciencia ficción, pero no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que el género comenzó a desligarse de las revistas pulp y sus portadas de mujeres llamativas y monstruos verdes con ojos de insecto, adquiriendo así entidad propia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De esta forma se populariza la edición de novelas, lo que permite que los argumentos ganen en extensión y complejidad. Por otra parte, el número de revistas editadas aumenta, para dar cabida a unos relatos que, merced a la popularización del género son cada vez más abundante (si bien no siempre la calidad estuvo pareja a la cantidad). Además, autores como Aldous Huxley o C.S. Lewis, no necesariamente ligados al género publican relatos y novelas de ciencia ficción, lo cual aumenta su respetabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1951 - 1965 (La edad de plata):&lt;br /&gt;El periodo que transcurre desde principios de la década de los '50 hasta mediados de los '60 se denomina usualmente la edad de plata de la ciencia ficción, si bien muchos autores lo incluyen dentro de la edad de oro, debido a que no supuso una ruptura clara respecto al periodo anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buena parte de los autores de esta época son los de la edad de oro (Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick...), si bien aparecieron algunos nuevos talentos como John Brunner, Brian W. Aldiss o Robert Silverberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es también la época en la que se escribieron buena parte de los libros que hoy en día son considerados clásicos, como Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 o El hombre en el castillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nueva ola&lt;br /&gt;La nueva ola es una corriente literaria dentro del género de la ciencia ficción que se inició en Inglaterra a mediados de los años '60, a partir de la revista New Worlds, dirigida por Michael Moorcock entre los años 1964 y 1971.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los primeros autores de esta corriente son ingleses, entre los que podemos mencionar al propio Michael Moorcock, Brian W. Aldiss, J.G. Ballard o John Brunner. Posteriormente la nueva ola se extendería entre los escrtores norteamericanos, como Harlan Ellison, Robert Silverberg, Thomas M. Disch, Roger Zelazny, Samuel R. Delany, James Tiptree Jr., Norman Spinrad, Kurt Vonnegut o R.A. Lafferty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos autores dieron un cambio radical a la ciencia ficción, tanto en lo que respecta a la temática como al estilo literario, mucho más depurado. Por su parte, las historias ganaron en trascendencia. Con esta corriente, el género dio un salto importante en calidad, superando así definitivamente la Space Opera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ciencia ficción de esta época se aleja de la historia de aventuras o de la simpel divulgación. Sus autores son conscientes de que "el futuro es ahora", que las consecuencias de la ciencia y la tecnología no son especulaciones vanas acerca del futuro lejano, sino que están a la orden del día. Los problemas de la contaminación son algo más acuciante para ellos que la colonización de Marte y, sobre todo, dibujan una sociedad muy alejada de las ideas encorsetadas de sus predecesores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos ven el ciberpunk como una consecuencia de la nueva ola. Esto es discutible, si bien es cierto que la nueva ola supuso una ruptura con el pasado del género, que dejó de lado las narraciones de aventuras para tratar temas mucho más profundos y cercanos. En este sentido, el ciberpunk es una evolución más o menos lógica y, sin duda alguna, hay elementos ciberpunk en libros como Todos sobre Zanzíbar de John Brunner.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Distopías en ciencia ficción:&lt;br /&gt;Muchos autores se valen de distopías para alertar sobre aquello que consideran peligroso o preocupante. Así, dependiendo de cuál sea la inquietud de cada autor, el fin último de cada obra puede ser muy diferente a pesar de que estéticamente las obras puedan ser muy similares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Críticas políticas:&lt;br /&gt;1984 de George Orwell fue una de las primeras distopías y, sin duda, de las más conocidas. En el libro Orwell hace una dura crítica al régimen estalinista, denunciando su manipulación de la realidad y la brutal represión y opresión a la que sometía al individuo. Sin embargo, el libro ha sido entendido de forma más amplia como una dura crítica no sólo a la política de Stalin, sino a todo aquel régimen totalitario que atenta contra las libertades y derechos del individuo, escudándose en un pretendido bien mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta idea ha sido muy influyente. El escenario del cómic Juez Dredd (Cómic) es más violento y claustrofóbico y aparece indisolublemente unido a la superpoblación y a la tencología. En este marco y según sus premisas, la necesidad de agilizar la burocracia para hacer frente a la violencia callejera obliga a unificar al juez, jurado y policía en una única figura. Pero el mensaje es muy similar al de Orwell: si renunciamos a la separación de poderes a cambio de seguridad o bienestar, estamos abriendo la puerta al fascismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cómic V de vendetta, plantea de nuevo la misma idea: un intercambio de libertades individuales por seguridad se convierte a la larga en una trampa fascista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no todas las distopías políticas critican el fascismo. ¡Hagan sitio, hagan sitio! es una crítica a la política de los Estados Unidos en plenos años sesenta. En esta época el país vivía un espectacular crecimiento demográfico auspiciado por un gobierno que consideraba que el control de la natalidad era algo que no le competía. Frente a esta política Harry Harrison advertía de que una población indefinidamente creciente no era sostenible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los peligros de la ciencia:&lt;br /&gt;Las distopías han servido también para anunciar los peligros de la ciencia y la tecnología.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Un mundo feliz Aldous Huxley plantea lo que parece ser un mundo perfecto: el control de los fetos produce individuos exentos de taras, la educación de los niños por parte de una madre-estado suprime también estas diferencias; y finalmente, el uso institucionalizado de drogas sin efectos secundarios aborta cualquier frustración que pudiera surgir. ¿Pero, es este mundo realmente feliz?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gattaca, pese a ser varias décadas posterior, no plantea en esencia nada diferente. Cierto que los avances científicos logrados en los años que separan ambas obras permiten a esta película basarse en argumentos aparentemente más sólidos, cierto que las premisas no son exactamente las mismas (en Gattaca la familia no ha desaparecido ni los seres humanos son fabricados en serie) pero tras esta fachada la pregunta es la misma: ¿Es realmente esto un mundo feliz?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tecnología como opio del pueblo:&lt;br /&gt;Numerosas obras preconizan la muerte del individuo diluida su personalidad en la tecnificación y su voluntad sometida por los medios de comunicación que moldean la realidad. Según denuncian estas obras, la tecnología permite al individuo aislarse de un mundo que le es desagradable para asilarse en una burbuja individual dentro de la que se siente a salvo de todo aquello que lo amenza más allá de la puerta de su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los libros más emblemáticos que tratan este tema es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. La cuidada litaretura de este autor imagina un futuro en la que una evolucionada televisión se ha convertido en el nuevo opio del pueblo, desterrando e incluso prohibiendo los libros por ser fuente de infelicidad y subversión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta idea sería posteriormente retomada en clave de ciberpunk en el relato Perseguido o la serie Max Headroom. La idea es siempre la misma: la televisión como instrumento de dominación de las masas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La suma de todo; el ciberpunk:&lt;br /&gt;La mezcla de tecnificación, deshumanización, perdida de libertades individuales, manipulación de la verdad y superpoblación, abordos de manera individual, dieron lugar al ciberpunk como producto maduro de la distopía. En cierto modo, este movimiento no crea nada nuevo, sino que recoge lo mejor de todas las distopías ya existentes para reunirlas de forma sólida y coherente, creando obras sólidas y de múltiples lecturas. Como ejemplo de todo esto tenemos títulos como Neuromante, Brazil y Blade Runner.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/438058389455368944-437872858202269166?l=literaturaargentinaunsa.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/feeds/437872858202269166/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=438058389455368944&amp;postID=437872858202269166&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/437872858202269166'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/438058389455368944/posts/default/437872858202269166'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://literaturaargentinaunsa.blogspot.com/2008/08/historia-cf.html' title='Historia CF'/><author><name>CATEDRA UNSA</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12026987260729058633</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-438058389455368944.post-4754909447534274120</id><published>2008-08-12T02:51:00.000-07:00</published><updated>2008-08-12T02:53:49.412-07:00</updated><title type='text'>Kalpa Imperial</title><content type='html'>KALPA IMPERIAL&lt;br /&gt;LIBRO II: EL IMPERIO MAS VASTO&lt;br /&gt;Angélica Gorodischer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diseño de la tapa: Sergio Pérez Fernández&lt;br /&gt;Ilustración de Oscar Chichoni&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IMPRESO EN LA ARGENTINA&lt;br /&gt;Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723&lt;br /&gt;© 1983, Ediciones Minotauro S.R.L., calle Humberto Iº 545, Buenos Aires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ISBN 950-547-022-3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escaneado y Corregido por JOTA&lt;br /&gt;Abril de 2003&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a Sergio Gorodischer&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;RECONOCIMIENTO&lt;br /&gt;Agradezco profundamente el estímulo que me brindaron Hans Christian Andersen, J. R. R. Tolkien e Italo Calvino, sin cuyas palabras de aliento este libro no se hubiera escrito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El siglo veinte me deprime&lt;br /&gt;TRAFALGAR MEDRANO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Índice&lt;br /&gt;Retrato de la Emperatriz.&lt;br /&gt;Y las calles vacías.&lt;br /&gt;El estanque.&lt;br /&gt;Primeras armas.&lt;br /&gt;“Así es el sur”.&lt;br /&gt;La vieja ruta del incienso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Retrato de la Emperatriz&lt;br /&gt;—Si —dijo el narrador—, yo la conocí a la Gran Emperatriz, y porque la conocí les digo que los que la alaban y la lloran, los que escriben la crónica de su vida y sus hechos, los que cantan su memoria, no llegan a hacerle justicia. Y que es probable que no lleguen nunca, porque ella fue más grande que todos esos versos y esas endechas y esos capítulos en los libros de historia. No era joven ni hermosa ni letrada; tenia mal genio, era testaruda, brusca y áspera. Pero yo se que fue lo que la hizo tan grande. Fue la sabiduría que consiste en ver las cosas de una manera distinta y en aplicar lo que aprendía de una manera distinta. Y no es que nadie le hubiera dado lecciones jamás: no se educo Abderjhalda en los salones de los palacios ni en los colegios cerrados para jóvenes nobles sino en la calle. Y cuando hablo de la calle hablo de tugurios siniestros, hablo de agujeros promiscuos, viviendas colectivas; hablo de ruinosas casas de negocio con vidrieras empanadas y clientes furtivos, cafés a los que ningún hombre sensato hubiera entrado para pedir un vaso de agua, hoteluchos en donde la gente pasaba una noche apiñada y en cuyos sótanos se podía enterrar a más de uno que amaneciera con Ja garganta cortada accidentalmente. Allí nació, allí creció, allí aprendió: quizá ésa sea la más conveniente escuela de gobierno. Adviertan ustedes que digo gobierno y no digo poder. Bah, el poder, decía ella y torcía el gesto, solamente el que se olvida del poder gobierna bien, decía. Y era cierto. Ella olvidó el poder que tenía, que era muy grande, y el poder, abandonado, desdeñado, la cortejó y la buscó y se le brindó como una mujer fácil a un hombre bello y rico. Pero ella lo despreció una y otra vez y lo obligó a quedarse a las puertas del palacio, como un mendigo. Cualquiera podía acercarse a ella, cualquiera podía entrar al palacio y hablarle, que como ella no dependía del poder, no tenía miedo ni usaba el protocolo ni las ceremonias. Fue la primera ocupante del trono imperial en siglos y siglos que no tuvo un cuerpo de guardia personal, la primera que salió a la calle sin custodia, sin hombres armados a su alrededor, sin nada, en una silla de manos como una mujer rica, o a pie, como la mujer de un artesano o de un empleado. Así la conocí yo.&lt;br /&gt;Yo era entonces un muchacho muy joven, casi un chico, y empezaba a contar cuentos en las plazas y en las esquinas de la ciudad capital. Nadie me conocía, nadie me había ofrecido siquiera un tinglado en las afueras para que contara ahí lo que tenía que contar. No soñaba con el futuro, no deseaba estar donde estoy ahora, sentado sobre almohadones que están sobre alfombras que están sobre pisos de mármol, paseando los ojos sobre los vitrales y las cortinas y las lámparas de cristal mientras recuerdo lo que voy contando. No saboreaba las reverencias y los murmullos que me acompañan cuando entro al Pabellón Principal. Contaba cuentos en las calles, eso era todo lo que hacía. Cada día, eso sí, cada día se reunía más gente a mi alrededor; y cuanta más gente había mejor hablaba yo, más seguro y contento me sentía, más colores, escenarios, hombres, paisajes y batallas tenía para describir. Y al otro día había más gente, y al otro día más aun, y cuando ya la policía protestaba porque no se podía pasar por las calles en las que yo contaba cuentos, tuve que irme a la Plaza de los Reinos del Norte, y al poco tiempo a la Plaza del Mercado. Me faltaban tres años para cumplir los veinte cuando un día se detuvo un coche al borde de la plaza. No me llamó la atención: ya estaba acostumbrado a que magistrados o militares o grandes señoras o familias enteras llegaran en coches y vinieran a sentarse cerca de mí. Una mujer bajó y yo ni siquiera la miré y seguí hablando. Contaba la historia, la verdadera, no la que se fraguó después, de la maldición de Ervolgerd IV, aquel Emperador de la dinastía de los Vlajanis que después de muerto protegió a sus amigos y se vengó atrozmente de sus enemigos, aquél que volvió loco a su asesino y lo obligó a mutilarse a las puertas del palacio, frente a los ojos espantados de todos los que se habían reunido a oírlo gritar su delirio. Yo estaba describiendo la primera aparición pública del Emperador muerto cuando esa mujer se sentó entre los que me escuchaban y me escuchó ella también. Hacía frío; bajaba del norte un viento cortante y el cielo estaba gris. La gente había traído braseros a la Plaza, y sobre los carbones encendidos se calentaban jarras con chocolate o con vino aromatizado o con sopas espesas. Algunos se cubrían con mantas, otros bajaban la cabeza y escondían las manos entre los vestidos. Alguien le ofreció a esa mujer una taza humeante y ella agradeció y bebió. Para cuando varias horas después terminé con el cuento, para cuando dije: y Ervolgerd el Muerto no volvió a caminar entre los vivos, ella compartía con una mujer arrugada y su nieto que habían estado allí desde el principio de mi historia, una manta vieja, deshilachada en los bordes y tantas veces lavada que se había gastado hasta la trama. Comí lo que me ofrecieron, recibí lo que me regalaron, y me quedé un rato escuchando lo que las gentes tenían que decir sobre lo que habían oído: yo era joven entonces, y débil, por eso los frutos de la vanidad tenían todavía sus atractivos. Por fin me levanté y golpeé con los pies en el suelo para desentumecerme y calentarme, y me fui. Tres calles más allá me alcanzó el coche y el cochero me llamó para que subiera. Dije que no, claro está: un contador de cuentos sabe desde el principio a qué peligros está expuesto, y si es un verdadero contador de cuentos los evita cuidadosamente, violentamente si es preciso. Yo no llevaba armas, nunca las he llevado y nunca me han hecho falta; dije simplemente que no y seguí caminando. La mujer que había estado entre mis oyentes tapada con una manta raída y ajena junto a una vieja y su nieto, se asomó:&lt;br /&gt;—¡Vamos, jovencito estúpido! —me gritó—. ¡La Emperatriz te ordena que subas!&lt;br /&gt;Yo no había visto nunca a la Gran Emperatriz, cómo podía haberla visto. Sin contar con que yo vivía en una casa humilde de un barrio humilde, sin contar con que tenía pocos amigos, como corresponde a mi profesión, y que los pocos que tenía eran tan oscuros y pobres como yo, hay que ver que un contador de cuentos no entra al palacio imperial, y que si entra es porque no es un contador de cuentos, es un poeta. Y bien, yo entré al palacio imperial. No era poeta, no lo soy y no lo seré, pero yo entré al palacio imperial. No había visto nunca a la Gran Emperatriz, no la había oído, no conocía su cara, pero en cuanto me gritó la orden supe que era ella y si me hubieran torturado para que lo negara, no hubiera podido: hubiera seguido diciendo que sí, que era ella.&lt;br /&gt;El coche se detuvo y yo subí y me senté a su lado. Me preguntó cómo me llamaba y cuántos años tenía y se lo dije. No me preguntó ni me dijo nada más hasta que no llegamos al palacio, casi una hora después. Al principio tuve miedo: ¿qué quería conmigo esta mujerona que gobernaba el Imperio más inmenso que se haya conocido jamás? ¿Quería matarme? ¿Encerrarme en una celda? ¿Raptarme? ¿Hacer de mí su padrillo? ¿Convertirme en un sirviente, en un eunuco, en un lameculos de la corte? Claro que tuve miedo, pero ella estaba tan cómoda y tranquila, aceptaba tan naturalmente todo, el día gris, mi presencia, los bamboleos del coche, que se me pasó el miedo y hasta me adormilé.&lt;br /&gt;—Te vas a sentar ahí y me vas a ir contando las vidas de todos los emperadores que me precedieron —me dijo.&lt;br /&gt;—¡Qué!&lt;br /&gt;—Lo que has oído, a menos que estés sordo.&lt;br /&gt;—Su Majestad Imperial está loca —le dije.&lt;br /&gt;Se rió a carcajadas. Con los brazos en jarras se rió a carcajadas, como una lavandera.&lt;br /&gt;Estábamos en un salón del palacio que daba a un jardín del palacio. Había fuego en una chimenea y alfombras y un mueble dorado con un espejo redondo en el centro y flores por todas partes y hasta un pájaro de muchos colores que se hamacaba en un aro colgado del techo.&lt;br /&gt;—A ver —me dijo—, ¿cómo es eso de que estoy loca?&lt;br /&gt;—Su Majestad Imperial tendrá que hacer lo posible por perdonarme —le dije—, pero si Su Majestad Imperial cree que alcanza, una vida para contar las hazañas de los gobernadores del Imperio, eso quiere decir que o Su Majestad Imperial no sabe nada de historia o está loca o las dos cosas.&lt;br /&gt;Se sentó en un sillón de respaldo muy alto y muy recto:&lt;br /&gt;—Te voy a decir tres cosas —me dijo—. La primera, que más cuerda no puedo estar. La segunda, que efectivamente, no sé nada de historia del Imperio ni de otras muchas cosas. Y la tercera, que en cuanto me digas una sola vez más Su Majestad Imperial te doy una cachetada que vas a ir a parar al medio del jardín.&lt;br /&gt;En adelante le dije Señora, porque así era como le gustaba que la llamaran, como a las antiguas emperatrices de los tiempos heroicos o a las frágiles mujeres secretas de las dinastías del tercer Imperio Medio. Todos los días, durante años, me senté en ese mismo salón a' caer la noche, y le conté a la Emperatriz lo que yo sabía, lo que me fue posible, sobre los emperadores y el Imperio. Puse dos condiciones, una muy tonta, la otra muy importante: que sacaran de allí ese pájaro amenazador y presuntuoso, y que nadie supiera que yo entraba al palacio imperial. Lo del pájaro no le importó; quizá a ella tampoco le gustaba, quizá le era indiferente. Pero quiso saber por qué yo no quería que se supiera que yo iba al palacio. Tuve que explicarle que un contador de cuentos es algo más que un hombre que recrea episodios para placer e ilustración de los demás; tuve que decirle que un contador de cuentos acata ciertas reglas y acepta ciertas formas de vivir que no están especificadas en ningún tratado pero que son tan importantes, o quizá más, que las palabras con las que construye sus frases. Y le dije que ningún contador de cuentos se inclina jamás ante el poder y que yo tampoco lo haría. Que si ella, que era Emperatriz, no sabía nada sobre el Imperio, yo podía enseñárselo y mi deber era hacerlo, para servir no al trono sino a las gentes que están por debajo del trono, pero que nadie tenía que enterarse porque si bien yo no sacaría provecho de lo que allí dijera, tampoco quería que se dijera de mí que había ganado nada, ni una moneda, ni la hebilla de un zapato, ni un grano de arroz, con otra cosa que no fueran los cuentos que contaba en las calles y en las plazas. Otras gentes, le dije, magistrados, capitanes, funcionarios, servidores, pueden entrar sin peligro al palacio porque no tienen nada que perder. Y un poeta puede, si lo es, porque estando más allá del poder, nada puede perder. Pero un contador de cuentos no es nada más que un hombre libre y ser un hombre libre es muy peligroso. Eso le dije y ella comprendió y nunca dijo nada sobre mi presencia allí y nunca encontré a nadie en mi camino desde la puerta lateral por la que entraba hasta el salón que daba al jardín. Y allí me esperaba ella, y allí me escuchó siempre con atención, haciéndome preguntas algunas pocas veces. Durante los años que le quedaban de vida, que fueron muchos pero no los suficientes, le hablé del Imperio, y me alegra decir que ella entendió el significado de todo lo que le dije y supo distinguir entre los ejemplos a imitar adaptándolos a los tiempos, y los ejemplos a rechazar, olvidar o evitar cuidadosamente. Empecé con los tiempos oscuros de los Estados Divididos de los que no han quedado crónicas y ni siquiera nombres. Pasé a los Caudillos, a los Señores, a los Pequeños Reinos, con la mención de solamente algún guerrero, alguna batalla, algún golpe de estado, alguna conquista. Y pocos meses después ya le estaba hablando del primer Emperador, de aquél a quien se llamó el Emperador sin Imperio, ése que construyó un palacio en medio de un desierto, hizo fabricar un enorme sillón de oro, se sentó en él y dijo: Yo soy el Emperador. Le dije que ese día había nacido el Imperio. Y le hablé de la dinastía que le siguió, la primera, la que le permitió crecer y ponerse en pie. Para cuando llegué a los Kao'dao, esos emperadores furiosos y visionarios que enunciaron el primer cuerpo de leyes, que. llevaron el trono del desierto a las ciudades, habían pasado dos años y yo ya no contaba cuentos a la Intemperie, en las plazas, bajo el frío o las lluvias o el calor o la nieve. Los contaba en un pabellón de madera y seda al que se llegaba recorriendo una avenida bordeada de sicómoros que ya no existe, un pabellón que había construido para mí el Gremio de los Fraccionadores de Té. Pero yo no le hablaba de esas cosas a la Gran Emperatriz, y ella, aunque veía que yo llegaba mejor vestido y mejor calzado, no me preguntaba nada. Seguía escuchando. Y a veces me hablaba de sí misma, cuando yo había terminado con los reyes locos o sabios o enfermos o santos o peleadores o ambiciosos o lo que fuera, que toda clase de hombres y de mujeres ha apoyado sus nalgas en el trono del Imperio.&lt;br /&gt;—Sí —dijo la Emperatriz—, sangre nueva siempre hace falta, en donde sea y en lo que sea y en el trono del Imperio también, y en esos años más que nunca. Pero por supuesto que no fue ese generoso propósito el que provocó mis ganas de subir hasta allí y sentarme en el sillón de oro. Si he de decirte la verdad, di mi primer paso hacia arriba para que el viejo Dudu tuviera donde morirse. Yo no quería que se muriera en la calle y que los basureros levantaran su cuerpo de la alcantarilla y lo llevaran a la fosa común entre restos de comida, gatos reventados y pedazos informes de cosas inservibles hasta para los mendigos. Yo quería que se muriera en una cama, tapado con una cobija, la cabeza sobre una almohada; y quería que lo bajaran a un hoyo cavado en la tierra, que lo cubrieran y que pusieran encima una piedra con su nombre que no era Dudu sino algo mucho más complicado. Pero claro que no te he dicho quién era el viejo Dudu. Vale la pena acordarse de él porque vale la pena acordarse de todo lo que uno tuvo en la vida, nada más que por eso. Él decía que era volatinero, pero jugar torpemente con piedras y bolitas y sombreros que habían sido de colores en alguna pocilga en donde se venden malas bebidas no hace volatinero a nadie. Era un gordo borracho lascivo y haragán, y eso es todo lo bueno que se puede decir de él. Cuando el agua de la Gran Inundación empezó a lamer las casuchas de barro y paja en las afueras, esa mujer que tal vez fuera mi madre me dijo que me quedara allí, quieta y callada, que ella iba a tratar de salir y volvería a buscarme. Yo no le creí, no tenía por qué creerle, pero me quedé quieta y callada porque a los diez años ya había aprendido muchas cosas. Solamente horas después me puse a llorar de frío y de miedo. Plop cloc plop plop hacían las ruedas del carrito del viejo Dudu en el agua que ya corría con fuerza por el callejón. Pero yo lloraba más fuerte que el agua y las ruedas: el plop cloc se detuvo, el viejo empujó las maderas que tapaban el hueco de la puerta y dijo: ¡ajá, una chica! Me llevó con él, me entregó los tirantes del carrito y me dijo que empujara. Yo lloraba y empujaba y el viejo iba adelante cantando:&lt;br /&gt;—Esta es la lluvia, señores,&lt;br /&gt;trae sapos y comadrejas,&lt;br /&gt;la lluvia es una puta vieja&lt;br /&gt;que se mete por los huesos&lt;br /&gt;y nos pudre hasta los seeesooooos.&lt;br /&gt;Pero cuando se estaba muriendo ya no era gordo: era un esqueleto gris acostado entre andrajos sobre el carrito. Ya no era borracho porque los tumores que le crecían por todas partes habían aparecido también en la garganta y le impedían tragar, alcohol o lo que fuera. Ya no era lascivo: no tenía fuerzas para mover los ojos si quería mirar a una mujer, y menos para echarse sobre ella, y no le quedaba más que la sombra de lo que había usado tantas veces para conseguir vino sin pagarlo de las mujeres de los cantineros, para violarme en las casas semiderruidas que la inundación iba dejando deshabitadas, para dormir abrigado de contrabando en un burdel alguna noche de invierno. No era generosidad de mi parte querer que se muriera en la cama y no en la acequia, era todo lo contrario. Si el viejo se moría en la calle, yo iba a ir presa aunque más no fuera porque era joven, y los guardias iban a tener carne gratis hasta que algún funcionario pusiera un sello en un papel que decía que el viejo Había muerto por causas naturales y echaran el cadáver medio podrido a la fosa. Y a mí me iban a largar de nuevo a la calle sin carrito y sin nada, peor que antes. De manera que empujé el carrito cargado con el viejo moribundo que ya ni cantar podía la canción procaz del dudu mama, dudu nena que le había valido el sobrenombre, y canté yo, bien fuerte:&lt;br /&gt;—Este es el amor, señores,&lt;br /&gt;trae mieles y complacencias,&lt;br /&gt;el amor es como un viento&lt;br /&gt;que hace temblar los ríñones&lt;br /&gt;y apacigua el cooorazooooón.&lt;br /&gt;Tenía tres posibilidades en vista, pero confieso que nunca esperé de veras que el dueño de la casa de compraventa fuera el que se ocupara finalmente de mí. Menos mal que se decidió a esperarme, ya de noche, disimulado en un hueco entre dos casas, a preguntarme qué quería decir mi canto, a proponerme que me fuera con él, y a escuchar mis condiciones que eran tan insignificantes que tuvo que sonreír. Menos mal porque los otros dos, un ex sirviente de casa rica que vendía hierbas y jarabes por las calles, y un hojalatero, estaban casados, y las mujeres me hubieran hecho la vida imposible, seguro. Los tres tenían casa, que eso era lo que a mí me interesaba, pero la del compraventero era la mejor: hasta tenía dos ventanas. Se llamaba Boroimar, y él se agregaba un apostrofe antes de la última sílaba tratando de aparentar que tenía un origen señorial, y hasta contaba historias de grandezas pasadas que nadie le creía, o quizá alguien sí, pero no yo.&lt;br /&gt;Si el viejo Dudu era gordo, Boroimar era flaco; si el mendigo era borracho, el compraventero no tomaba más que  jugo de frambuesa o leche; si el chivo lujurioso se apoderaba de cualquier mujer en donde fuera y como fuera, este otro tenía un miedo cerval de las hembras y lo único que quería de ellas era mirarlas y mirarlas hasta tomar coraje para manosearlas un poco; si el viejo que se moría tenía entre las piernas algo que había sido muy sensible y eficiente, el de la casa con dos ventanas, que también se moría, tenía una cosa informe que no se alborotaba con nada; si aquél, en sus tiempos, asaltaba, aprovechaba y se saciaba, éste balbuceaba indeciso, y no estaba satisfecho jamás. Miraba, olía, tocaba, se babeaba, se meaba y sollozaba, y cinco minutos después empezaba todo de nuevo. Yo había soportado muchos tormentos físicos con el viejo y no estaba dispuesta a aprender a soportar otros tormentos de otra clase. El viejo murió en una cama blanda, abrigado con sábanas y mantas, la cabeza sobre un almohadón, tratando de canturrear el dudu mama, dudu nena, atendido por un médico de veras y no una curandera roñosa, y lo enterramos en un hoyo en la tierra bajo una piedra con su nombre verdadero. El compraventero siguió viviendo un tiempo más y yo hacía con una sonrisa todo lo que él quería, pensando en las paredes sólidas de la casa, en los pisos de madera, en las ventanas que miraban a la calle, soñando que me adueñaba de todo eso y que ya no tendría que pasar días y noches en la calle. Le sonreía, le cantaba, le daba de comer, y hasta lo lavaba y lo perfumaba y le palmeaba la cabeza que se le iba quedando calva. Y tanto soñé y tanto lo convencí de que mi indiferencia era bondad, que extendió ante escribano público un documento por el cual como no tenía hijos ni mujer ni hermano, me dejaba todo lo que le pertenecía. Y una semana después murió intoxicado. No, no lo maté yo. No lo maté porque no se me ocurrió. De habérseme ocurrido, quién sabe. Ahora que había probado casa, abrigo, cama, sopa caliente todos los días, podría haberlo matado. Pero se fue a comer con un hombrecito que venía de tanto en tanto a venderle mercadería, posiblemente robada porque todo se hacía en secreto y las cosas se guardaban mucho tiempo antes de ponerlas a la venta, y comieron pescado asado en una casa de comidas a orillas del río y a la mañana siguiente estaban muertos, ellos dos y otros muchos que también habían comido allí. La policía se llevó al dueño de la casa de comidas y a sus empleados, y a mí no me molestó, como no me había molestado a la muerte del viejo Dudu, y en cuanto enterré a Boroimar, me hice cargo de la casa de compraventa. Tenía quince años.&lt;br /&gt;A los diecisiete vivía con un teniente que había ido a mi casa a vender un anillo para pagar una deuda de juego, decía él. Le di mucho menos de lo que el anillo valía y mucho menos de lo que él necesitaba, porque yo ya sabía hacer negocios y sabía cuándo un hombre quería más de lo que decía que quería. También sabía que los hombres no piensan. No, no te rías, no piensan. De vez en cuando alguno piensa, es cierto, y lo dice o lo escribe, y eso es tan extraordinario que nadie lo olvida. Las gentes unen esos fragmentos que otros han pensado, como pueden, a veces en formas muy convenientes, a veces en formas muy absurdas, repiten una serie de pensamientos ajenos mal relacionados para una situación, y otra serie de pensamientos ajenos no mejor relacionados para otra situación, y creen que son ellas las que piensan. El que más pensamientos ajenos puede recordar y retorcer para adaptar a más situaciones, ése pasa por más inteligente y los demás lo admiran. Aparece otro alguien que piensa, lo dice o lo escribe, las gentes sostienen que está loco y hasta puede ser que lo lapiden, pero lo que pensó queda y los que no piensan se apoderan al fin de eso, y así los pensamientos ajenos que las gentes usan como si fueran pañuelos o sobaqueras son cada vez más numerosos y a eso se le llama progreso. Yo tenía diecisiete años, no sabía leer ni escribir; no sabía mineralogía ni química ni geografía ni teología, pero hice del teniente un capitán y del capitán un coronel con el simple procedimiento de rechazar lo que las gentes decían que pensaban, y tratar de encontrar un pensamiento nuevo. Encontré dos. Uno de ellos gira alrededor de otro muy viejo que dice que todos estamos hechos del mismo barro. Del otro vamos a hablar enseguida.&lt;br /&gt;El coronel se casó, porque yo le aconsejé que lo hiciera, con una mujer muy rica, que tenía una familia muy numerosa y muy bien relacionada. Se encontraba conmigo en una casa de piedra entre los árboles, más allá de las casas de campo de los nobles y los magistrados. Yo había vendido muy bien el negocio de compraventa, sin apuro, contemplando ese pensamiento que habla del barro del que todos estamos hechos, diciéndoles a dos o tres chismosos que no pensaba vender y sacrificando algunos artículos para que los posibles compradores creyeran que yo era boba y desconocía el valor de lo que tenía allí adentro, y ahora vivía ahí, en una casa de piedra con seis ventanas y un balcón en la planta alta y seis ventanas y una puerta de dos hojas en la planta baja. Me aburría, así que tuve tiempo para encontrar otro pensamiento. Decía: yo puedo.&lt;br /&gt;Te das cuenta de lo que es un pensamiento nuevo, ¿no es cierto? Es algo que viene un poco, muy poco, de afuera, y mucho de adentro. Puede ser que las palabras y el orden en que se las dice sean viejos, eso no tiene nada que ver, casi te diría que es lo deseable, porque encontrar palabras nuevas u órdenes nuevos para las palabras puede ser algo muy asombroso pero casi siempre sirve solamente para esconder el vacío o la frivolidad. Ahora, si las viejas palabras están nombrando otra manera de mirar, ahí sí, ahí has encontrado un pensamiento nuevo, y eso no es algo que se consiga fácilmente, te lo puedo asegurar. Yo lo descubrí, yo dije: yo puedo. Y en cuanto lo descubrí lo junté con el otro, miré a mi alrededor, vi a todas las gentes que no piensan, y. No, no descubrí otro pensamiento, pero tomé una decisión. Así que presioné un poco al coronel. El pobre se estaba cansando de mí, o quizá no, quizá era solamente que le resultaba incómoda en su nueva posición y con sus nuevas responsabilidades: pero como no era un mal hombre, me estaba agradecido y no se atrevía a echarme. Utilicé lo que él creía que eran pensamientos que había pensado él y nos despedimos con lágrimas y puedo decirte que las de él eran sinceras. Salí de aquella casa entre los árboles en un coche, cargada de vestidos, vajilla, joyas, perfumes, ropas de cama, pieles y dinero.&lt;br /&gt;Eran tiempos difíciles. Pero yo te pregunto ¿qué tiempos no han sido difíciles? A mí me convenía que lo fueran: la gente iba y venía, las clases sociales se mezclaban, no se hacían muchas preguntas, todo el mundo estaba preocupado por una u otra cosa, cualquiera podía decir que los papeles de su familia se habían perdido, o hablar de traición o de catástrofes o de ruina o de traslados desde regiones lejanas. Compré casi por nada una casa muy lujosa que había sido de un comerciante arruinado, en un barrio elegante. La hice amueblar y adornar, y me ocupé sobre todo de que la fachada y los jardines quedaran imponentes, como cuando vivía allí el comerciante y su mujer daba fiestas y sus hijos organizaban cacerías y excursiones gracias a la estupidez de los que compran por mil lo que no vale ni diez y que el comerciante, seguramente, había comprado por dos. Me vestí de negro, tomé sirvientes. Muy poco me quedaba del dinero de la venta del negocio y del que me había dado el coronel. ¿Qué hice entonces? ¿Salí a buscar seguridad y fortuna? No, no, por supuesto que no. Hice todo lo contrario, y pocos días después todos los ricos que vivían en ese barrio de ricos sabían por sus sirvientes, que lo sabían por los míos, que en esa casa vivía una joven viuda inconsolable que se negaba a salir, a recibir y a ver a alguien.&lt;br /&gt;—Sí —dijo el narrador—, ella misma me contó lo que todos sabemos, eso que va cambiando, que se va embelleciendo poco a poco, y que de aquí a muchos años, cuando ya no gobiernen sus hijos sino los nietos de sus nietos, será algo tan falso e irreconocible como la falsa historia de Ervolgerd el Muerto o los falsos hechos de las emperatrices de más allá del desierto. Y tendrán que sentarse los contadores de cuentos en sus pabellones a contar la verdad, y si todavía se confía en ellos, alguien les creerá.&lt;br /&gt;Yo ya no era un muchachito modesto que cuenta cuentos en las plazas. Era un hombre joven al que se le construían pabellones especiales para que fuera allí a sentarse a contar y al que se venía a escuchar desde muy lejos. Para entonces, yo creía haber alcanzado la sabiduría: vivía en la misma casa modesta del mismo barrio pobre, a la que sólo le había agregado algunas comodidades, estufas para abrigarme en invierno, vajilla, una alfombra para la habitación de los visitantes, lámparas en todos los cuartos; seguía teniendo pocos amigos, que eran casi los mismos que antes; no iba en coche sino a pie como siempre, como hasta hace poco cuando el reumatismo y no la vanidad me obligó a depender de una silla de manos y no de mis piernas, y secretamente iba al palacio, a la habitación que daba a un jardín, y allí le contaba a la Gran Emperatriz las vidas de los Señores del Imperio. Ella escuchaba, atenta, seria, absorbiendo todo lo que yo decía, en silencio, salvo cuando se le ocurría alguna pregunta. No eran preguntas tontas dichas con voces agudas como las que hacen las mujeres ociosas, sino preguntas sensatas y concretas como las que hacen las mujeres humildes en voz baja y tímida, y la Gran Emperatriz las hacía con una curiosidad exigente, como si fueran muy importantes y no solamente para ella, que lo eran. Y a veces era ella la que hablaba. No porque sí ni por soberbia, que no la tenía: algo en lo que yo iba contando le recordaba otra cosa, un personaje o un acontecimiento de su vida, y entonces se ponía a hablar. O quizá necesitaba a alguien que la escuchara así, cuando la soledad le dictaba las palabras. Fue así como me enteré de la historia del tricobezoar. Corren muchos cuentos banales y estúpidos acerca del asunto; quiero decir acerca de cómo fue que la esposa del señor Ereddam'Ghcen, que al fin y al cabo no era más que un hombre rico, muy rico, es cierto, pero no un noble sino el dueño de vastas extensiones sembradas de arroz y de muchos molinos que producían harina, pudo llegar hasta el Emperador. La verdad es que fue el Emperador quien llegó hasta ella, quien la llamó a su lado, quien inauguró con un simple mensaje de cortesía uno de los períodos más pacíficos que vivió y por suerte vive aún el Imperio.&lt;br /&gt;¿Ustedes saben qué es un tricobezoar? Hay animales de pelos cortos y animales de pelos largos. Todas las hembras lamen a sus crías y casi todos los animales se lamen a sí mismos o lamen a sus congéneres en la manada. Y hay épocas del año en las que a todos se les desprende el pelo con mayor facilidad. Algunos tragan mucho pelo a lo largo de sus cortas o largas vidas, y ese pelo no se digiere y es difícil de eliminar: se va depositando en algún rincón del estómago y con alimentos o con el jugo de la digestión va formando una bola que se agranda y se hace más dura a medida que pasa el tiempo. Ninguno se muere de eso, pero cuando los hombres abren un animal muerto, a veces, muy raras veces, encuentran un tricobezoar. Pueden ustedes apostar a que se pelean salvajemente por la posesión de esa joya crecida en las entrañas, porque se dice que tiene propiedades mágicas y curativas. Puede ser, puede ser que así sea, aunque yo no lo sé. El médico del Emperador, sin embargo, afirmaba que él sí lo sabía, y el Emperador le creía.&lt;br /&gt;Reinaba Idraüsse IV y muchos de ustedes vivieron los años de su gobierno y saben qué clase de emperador fue, un hombre bueno, desdichado, demasiado blando y sujeto a cualquier influencia que se ejerciera sobre él. Podría haber sido una época feliz para el pueblo, pero fueron años caóticos y contradictorios. Idraüsse confiaba en todo y en todos, creía que los que se le acercaban tenían buenas intenciones y querían lo mismo que él, el bienestar de sus súbditos. Pero no siempre son trigo limpio los que se acercan a los emperadores; si lo fueran estarían ocupados en trabajos honestos y no tendrían tiempo para maquinar y conspirar con tal de llegar a cobijarse junto al poder ni cometerían las iniquidades que cometen con tal de hacerse oír desde el trono. Además era un hombre enfermo, el Emperador. Sangraba por cualquier cosa, hasta por el roce de un ropaje demasiado pesado; enormes tumores de sangre se le formaban en las rodillas, en los tobillos y en los codos, y había que punzarlos para que no lo hicieran aullar de dolor y no lo convirtieran en un inválido, y después había que luchar contra la sangre que manaba sin parar; las piernas y los brazos se le torcían en posiciones grotescas y aunque tenía una cara muy bella, su cuerpo podía inspirar rechazo y espanto. Los médicos le enderezaban los miembros con ejercicios suaves y le curaban las heridas, pero entonces sobrevenía un nuevo ataque y había que empezar todo desde el principio. Se había casado con una bella joven noble, fuerte y sana, la Emperatriz Kremmennah, para dar al Imperio un sucesor saludable y no un surtidor de sangre como era él. Ya sabemos que el destino de los hombres y de los estados suele portarse de una manera desconsiderada y cruel: sólo dos veces le permitió su enfermedad acostarse con la Emperatriz y ninguna de las dos dio fruto. Y entonces, una noche, la Emperatriz fuerte, sana y joven, enredó su pie en la orla de un vestido, rodó por una escalera de mármol y se desnucó. Idraüse la lloró, por cierto, e interpretó su muerte como una señal: la dinastía de los Elkérides moriría con él. Estaba equivocado, por suerte.&lt;br /&gt;—Sí —dijo la Emperatriz—, yo estaba casada con Ereddam'Ghcen, el hombre muy rico que tenía una gran casa con un jardín cuyos fondos daban a los fondos del mío, el hombre que me había visto muy de pasada un par de veces en mi balcón y que había insistido en que una de sus hijas debía hacerle una visita de buena vecindad a la joven viuda triste. Él era viudo. Todos sus hijos se habían casado y estaba muy solo. Era un buen hombre, un poco tonto. Tampoco pensaba, pero entre los pensamientos ajenos había elegido, si no los mejores, los más inofensivos. No creía, por ejemplo, que había que arrasar el sur a sangre y fuego, o que todos los que lo rodeaban lo querían estafar, o que el dinero lo iba a salvar de la muerte o la desdicha, o que debía maltratar a los que trabajaban para él, o que lo que él no conocía era peligroso. El nuestro fue un matrimonio tranquilo. Y un buen negocio para todos: los hijos no se atormentaron pensando que iban a tener que cargar con su padre hasta la muerte, él tuvo quien lo cuidara y le hiciera compañía, yo tuve más dinero del que había creído nunca que era posible tener, y su fortuna era tan grande que sus hijos y sus nueras y sus yernos no sentían que yo les hubiera robado nada. El palacio imperial estaba muy lejos: yo no pensaba en llegar hasta allí, por qué habría de pensarlo. Me parecía que ya estaba bien, que más era imposible, que podía darme por satisfecha y que cuando llegara el momento enterraría a mi marido y viviría sin sobresaltos una bella vida, engordando, yendo al teatro, haciendo caridad, abriendo alguna vez los salones de la gran casa, paseando por los jardines y las avenidas con alguna amiga agradable y plácida como yo. Cómo pude haber pensado en mí misma como en una persona agradable y plácida, eso me intriga. Tal vez porque había vivido mis primeros años pobre y violentamente, y entonces asociaba el dinero con la tranquilidad, cosa que es mentira y que aunque fuera verdad, no se contagia a las personas. Debí haberme dado cuenta, sin embargo, porque a veces me sentía muy inquieta, casi rabiosa: no me bastaba con cuidar a mi marido, gobernar la casa, recibir a unos pocos amigos y hacer visitas, y bordar junto a la ventana. Entonces emprendía reformas, cambiaba los muebles de una habitación, pensaba nuevas disposiciones para los canteros del jardín, hacía construir una glorieta o un estanque y supervisaba yo misma los trabajos, y hasta me interesé por los negocios del señor Ereddam'Ghcen y le sugerí algunas innovaciones que para su gran satisfacción, y la mía, dieron espléndidos resultados. Traté de pensar con pensamientos míos acerca de mi inquietud y mis repetidos episodios de actividad, y vi que me sobraba energía y me faltaba en qué emplearla. ¿Qué podía hacer yo, qué más podía hacer? Todo lo que estaba a mi alcance lo hice. Pero llegaba la noche y sentados en el salón hablábamos de las pequeñas cosas cotidianas, y yo no sentía cansancio, sentía ira. La disimulaba y eso provocaba más ira. También hablábamos sobre lo que se decía en las calles, en la Cámara de Comercio, en las plazas, en los clubes y en los cafés: rumores sobre el nuevo puente o sobre alguna ordenanza municipal o sobre la organización de algún festejo público, y yo decía qué era lo que yo hubiera hecho en lugar de los ingenieros o de los ediles. Mi marido se asombraba, sus hijas meneaban la cabeza y decían que ésas no eran cosas de mujeres, y alguno de sus hijos me miraba con curiosidad o decía que a él le parecía que yo tenía razón. Y hablábamos del Emperador, de su mal, de sus médicos. Fue así como supimos que le estaban aplicando un nuevo tratamiento, y fue así como supe que en nombre del Emperador Idraüsse IV, los médicos pedían a todos los que tuvieran un tricobezoar que lo mandaran o lo llevaran al palacio porque detenía las hemorragias del enfermo. Qué es un tricobezoar, pregunté yo. Y cuando me lo explicaron recordé que el viejo Dudu había tenido lo que él decía que eran tres piedras mágicas y que yo las conservaba todavía, junto con una varilla de plata labrada para revolver té. Piedra de tripa, piedra secreta, piedra de bilis, las llamaba él. Me acordé, y me pareció verlo al viejo, los ojos hundidos recorridos por venitas rojas, la boca movediza, el cuello de tortuga, la panza llena de vino, los dedos manchados, la palma de la mano mugrienta en la que había tres piedras:&lt;br /&gt;—Nunca vas a ver nada igual, mocosa, nunca. Ésta es una piedra de tripa, ésta es una piedra secreta, ésta es una piedra de bilis y las tres son mágicas. La de tripa hace crecer el pelo, ayuda a fortalecer los riñones y pone blancos los dientes; la piedra secreta enriquece la sangre, protege contra el mal de ojo, borra las marcas de viruela y pega los huesos quebrados; la piedra de bilis cura la ictericia, para los vómitos, y borra los malos sueños y la locura —y se reía y cerraba la mano—. Y las tres juntas dan la fuerza que necesita un hombre para contentar a todas las mujeres que encuentra en el camino y para pelear contra la muerte.&lt;br /&gt;La piedra de tripa era marrón grisácea, opaca, rugosa; la secreta era más oscura, casi negra y más lisa, suave al tacto; y la de bilis era verdosa, con vetas más claras casi amarillas. La piedra secreta era el tricobezoar.&lt;br /&gt;No las volví a ver hasta el día en que lo enterramos, cuando revolví lo que tenía en la bolsa de cuero de la que nunca se separaba y las encontré entre un montón de porquerías que tiré, y la varilla para revolver el té, que guardé. Yo no creo en la magia pero también guardé las tres piedras porque quién puede no creer en la magia. Yo no digo que no exista, digo que no le voy a confiar a ella ni un minuto de mi vida.&lt;br /&gt;Así que fui al palacio. Hubiera podido mandar las piedras con un sirviente, pero tenía curiosidad por ver la casa del poder. No me impresionó, quizá porque estaba preparad;? para que la magnificencia y la fastuosidad me asombraran y me empequeñecieran. Había magnificencia y riqueza y lujo y poder allí, pero no había belleza ni interés, ni pasión ni inteligencia. Era nada más que una gran oficina donde todos hacían muy bien su trabajo. Mostré mis tres piedras a un funcionario que las examinó y me devolvió las dos que no le servirían al Emperador. Después me dio las gracias y me dijo que yo era muy generosa y me preguntó muy amablemente cómo me llamaba y dónde vivía. Y me volví a mi casa que sí era bella, bastante lujosa, muy pequeña comparada con el palacio, y cada vez menos interesante.&lt;br /&gt;Un mes después llegó el mensajero imperial.&lt;br /&gt;Mi marido y sus hijos y nueras y yernos se alborotaron y me hicieron mil preguntas. Les conté lo del tricobezoar diciendo que cuando yo era muy chica me lo había regalado un sirviente de la casa de campo de mis padres, porque a ellos no les había contado nunca la verdad sobre mi vida, para qué. Y le dije al mensajero que sí, que estaría lista al día siguiente para ir al palacio a ver al Emperador.&lt;br /&gt;Yo no era la única: veintitrés personas habían regalado sus piedras secretas para detener las hemorragias del Emperador, y él las llamaba una a una y les agradecía porque hacía ya muchos días que no sangraba y que no se le formaban tumores en las coyunturas. Las hijas y las nueras de mi marido querían que yo me pusiera todas mis joyas; querían que su padre me comprara vestido y abrigo y zapatos y guantes y abanico y tocado nuevos; querían que me ennegreciera las pestañas y me depilara las cejas y me pintara la boca y las mejillas. Les dije que no. Con una sonrisa porque eran buenas muchachas y estaban muy emocionadas pero les dije que no. Al día siguiente, pobrecitas, casi lloraron cuando vieron que me ponía un vestido sencillo de color azul, unos zapatos de buena calidad pero no nuevos ni particularmente llamativos, guantes azules lisos y ninguna, ninguna joya. No puede ser, no puede ser, decían, aunque sea esta cadena de oro al cuello, o un hilo de perlas, o tu anillo de brillantes, algo, un cinturón con piedras, unos aros. Llegó el coche, besé a mi marido y a las chicas, y me fui al palacio.&lt;br /&gt;El Emperador tampoco me impresionó, porque yo ya había visto hombres enfermos, desahuciados, moribundos, sin remedio y sin esperanza. Me recibió muy sencillamente, me miró con atención y me hizo una sonrisa y me dijo que me estaba muy agradecido. Y los médicos y los consejeros que lo rodeaban me miraron con curiosidad. Y yo levanté la cabeza y les devolví la mirada, uno por uno, sin apurarme en lo más mínimo, y no con curiosidad sino con un desinterés tan helado que uno de ellos estuvo a punto de hablar y no lo hizo y otro retrocedió como si lo hubieran amenazado. Lo hice a propósito, por supuesto. Después ya no los miré más, como si no hubieran estado ahí; tanto que más tarde ni alcé los ojos cuando salieron de la habitación a una señal del Emperador. Él me pidió que me sentara a su lado y me preguntó cómo me llamaba, aunque ya lo sabía, claro, y de qué se ocupaba mi marido y si tenía hijos y cómo había conseguido la piedra secreta.&lt;br /&gt;En la magia no se puede confiar, te lo aseguro yo; lo que sí sirve es la rapidez y la seguridad para decidir. Y eso no es magia pero lo parece porque sólo se puede hacer cuando uno ha aprendido a pensar pensamientos propios. En esos pocos minutos yo me había dado cuenta de que el Emperador se moría, de que ésos que lo rodeaban eran unos farsantes y quizá unos delincuentes, y de que ahí, en el trono, estaba el lugar en el que yo podía emplear las energías que no se agotaban en mi casa cambiando muebles ni en mi jardín construyendo glorietas ni en las oficinas de mi marido estudiando presupuestos y mercados. Una vez que supe eso y que supe que lo sabía y discutí conmigo misma y lo acepté, cuando llegó la pregunta acerca de cómo había conseguido la piedra, le conté al Emperador la verdad y le dije, lo que era cierto, que sólo él y yo la sabíamos. Entonces me preguntó, ¿qué podía preguntarme? Vamos, es muy fácil, un hombre que gobernaba el mundo, enfermo, aletargado, rodeado dé adulación y halagos, engañado, desilusionado, ¿qué podía preguntarme? Que por qué se lo había contado. Y esta vez no le dije la verdad, de ninguna manera. Le dije que mi secreto me pesaba, no siempre pero a veces, lo que no era cierto. Le dije que cuando me sentía muy feliz o muy desdichada era cuando el peso de mi secreto se hacía más grande y más difícil de soportar. Y, claro, él me preguntó si en ese momento era feliz o desdichada y yo le contesté que las dos cosas. En suma, que lo obligué a acentuar el aspecto no protocolar que él había señalado para esos encuentros con las gentes que se habían desprendido de sus piedras mágicas para dárselas a él, y que dándole un tono personal a todo lo que se decía lo desorienté para inmediatamente tranquilizarlo como si él me hubiera estado haciendo un favor a mí. Todo eso le resultó tan inesperado que yo fui la única de las veintitrés personas que se quedó toda la tarde con el Emperador. Y la única que volvió, una y otra vez.&lt;br /&gt;—Sí —dijo el narrador—, su influencia en el gobierno del Imperio comenzó mucho antes de que ella se convirtiera en la Gran Emperatriz, mucho antes de que subiera al trono. Era aún la mujer del rico propietario y comerciante en granos y harinas, no tenía ningún cargo, ningún nombramiento oficial, pero el Emperador la escuchaba. Al principio no seguía sus consejos, no siempre por lo menos, no tomaba resoluciones a partir de lo que ella decía, pero esa mujer lo desconcertaba porque le mostraba las cosas con otras luces, desde otros ángulos, las convertía en realidad en algo distinto de lo que parecían ser, y a la vez le explicaba cómo hacer para sentir lo que sienten un ministro, un empleado, un hombre rico, un labrador pobre, un pescador, un noble, un funcionario y un militar, cómo hacer en una palabra para que gobernar no fuera un duro legado sino una vocación y una aventura. Por primera vez en muchos años, quizá por primera vez en la vida, el Emperador estuvo contento; no por eso menos enfermo, pero contento y tranquilo. Y el pueblo también. Fue gracias a ella, para no dar más que un ejemplo, que se solucionó la huelga de los cargadores, que amenazó alguna vez con convertirse en un asunto sangriento. Cuando, por consejo de dos o tres hombrecitos rapaces, el Emperador estaba a punto de ordenar la intervención de los soldados, y ya sabemos lo que eso significa, Abderjhalda se interpuso. Mientras el Emperador leía el decreto, para firmarlo, ella tomaba té, mirando por la ventana, muy interesada en lo que se veía allá lejos, fuera de los muros del palacio. Y como si no le hablara a él, y como si no le importara en absoluto lo que él estaba haciendo y lo que iba a hacer, dijo:&lt;br /&gt;—Había un médico que atendía a un paciente muy rico de una enfermedad crónica. Un día el enfermo tuvo un ataque súbito, muy doloroso, muy cruel, muy grave, y los hijos le pidieron al médico que no tratara de prolongarle la vida, ya que sería la muerte la que lo libraría de todo sufrimiento. Sí, evidentemente, pensó el médico, tienen razón: el enfermo descansará por fin, yo cobraré muy bien mis servicios, como médico y como liberador de tantos tormentos, y no tendré que seguir año a año, día a día, noche a noche, corriendo inútilmente a prestarle a este pobre hombre un auxilio que para nada le sirve; y los hijos heredarán, ya no padecerán por el padre, y lo recordarán con emoción. Pero antes de resolverse a suspender los tratamientos miró a los ojos a los hijos de su paciente, miró a los ojos al enfermo y se miró él mismo en un espejo que había del otro lado de la habitación. Los ojos de los hijos eran brillantes, los del enfermo eran opacos, y el día no muy lejano en el que sobreviniera la muerte, las mujeres taparían el espejo con paños negros. Entonces encontró otra solución, tan conveniente como la otra para el enfermo y para él mismo, y no tanto para los hijos, pero mucho más justa para todos.&lt;br /&gt;El Emperador Idraüsse IV miró los espejos de su salón y dijo:&lt;br /&gt;—Comprendo.&lt;br /&gt;Los soldados siguieron encerrados en el cuartel esperando una orden que no llegó. Tres días después los cargadores desfilaron frente al palacio dando vivas al Emperador, y al cuarto día volvieron al trabajo.&lt;br /&gt;Los consejeros y los ministros y los secretarios la odiaron, por supuesto, pero ella ni se les opuso ni se les rindió ni trató de ganárselos: los ignoró. No existían, no los veía, no los oía, no sabía que estaban ahí. Uno de ellos trató de terminar con sus visitas al palacio, pero montó una intriga tan burda que lo que consiguió fue que lo desterraran a Lemnarabad. Otro quiso pactar con ella, otro atentó contra su vida, y así, hasta que, vencidos aunque no quisieran reconocerlo, se dijeron que era mejor esperar y dejar que su influencia sobre el Emperador se desgastara y cesara, como había sucedido antes. Era una esperanza vana, y ellos en el fondo lo sabían, pero qué podían hacer.&lt;br /&gt;Murió el señor Ereddam'Ghcen, rápidamente, de una pulmonía, y ella lo enterró con lujo y pompa, lo lloró y guardó luto por él. Cuando volvió a salir de su casa, fue al palacio, se sentó junto al Emperador, y le mostró, claramente, con suavidad pero con firmeza, lo que sería del Imperio cuando él muriera viudo y sin hijos; y después, lo que sería del Imperio mientras él viviera y cuando él muriera, si se casaba con ella. Un año más tarde el Emperador Idraüsse IV, noveno gobernante de la dinastía de los Elkérides, se casó con Abderjhalda y la coronó Emperatriz.&lt;br /&gt;El Imperio entero miró con recelo a esa mujer de la que poco se sabía y mucho se hablaba, joven, no bella, no noble, viuda de un comerciante rico, dura, no exquisitamente educada ni maravillosamente elegante, y se preguntó qué desastres haría, qué parientes nombraría ministros y generales, en qué lujos o en qué vicios gastaría el dinero, cuánto más viviría ahora el Emperador enfermo. El Imperio entero se equivocó. No hubo nuevos ministros ni nuevos generales, ni fiestas excéntricas, ni amantes, ni veneno en la sopa del Emperador. Todo siguió igual, o por lo menos eso parecía. La Emperatriz no fue al principio más de lo que había sido como confidente o consejera: se sentaba en el trono al lado del Emperador, se acostaba a veces en su cama aunque el mal en su sangre le impedía a él hacer otra cosa que no fuera hablarle o dormir a su lado y por eso parecía que efectivamente moriría sin hijos y su dinastía terminaría con él, aparecía en los actos oficiales, y eso era todo. Ella empezó empleando sus energías en ella misma: aprendió a leer y a escribir, a hablar todos los dialectos del Imperio, aprendió leyes y economía, aprendió matemáticas, pero no quiso ni oír hablar de química o de astronomía; aprendió geografía y estrategia, y llamó a un contador de cuentos, un joven que recién empezaba a ejercer el oficio en las calles y en las plazas, para que le hablara de los que antes que ella se habían sentado en el trono de oro.&lt;br /&gt;Al cabo de dos o tres años, Abderjhalda sabía muchas cosas, el pueblo la llamaba ya la Gran Emperatriz, y el Emperador había dejado el gobierno en sus manos y empeoraba lentamente. Llegó un momento en el que ya casi no pudo levantarse, ni vestirse, ni caminar, ni comer sin ayuda. Y sin embargo vivió varios años más. La Gran Emperatriz se ocupó de él personalmente: seleccionaba los médicos y el personal que lo atendía, controlaba que se le aplicaran los medicamentos, que se le diera de comer lo que le convenía, que se lo punzara y se lo cauterizara y se le hicieran tratamientos para corregir los miembros torcidos cada vez que era necesario. Fue por eso que tuvo períodos buenos, en los que casi se sentía como un hombre sano que puede firmar un documento o asomarse a una ventana o detenerse en medio de un paseo, hacer una pregunta, inclinarse, mirar hacia el oeste, volver a caminar; fue por eso que por dos veces pudo, finalmente, penosamente, peligrosamente, tener relaciones con la Emperatriz; y aunque él lo consideró un milagro o mejor dicho dos milagros porque no creía haber cumplido eficaz y totalmente su parte ninguna de las dos tristes noches, fue por eso que la Emperatriz tuvo dos hijos, Eggrizen y Fenabber. El mayor, Eggrizen, es nuestro actual Emperador, Idraüsse V.&lt;br /&gt;—Sí —dijo la Emperatriz—, fue ésa una de las razones, claro que sí. No te llamé solamente porque fueras un buen contador de cuentos, aunque eso también pesó. Pero había otros buenos contadores de cuentos, más hábiles, más sabios, más prestigiosos, y yo podría haber elegido a cualquiera de ellos, sólo que eran más hábiles y más sabios porque eran más viejos, a veces muy viejos. Quizá seas algún día como ellos, y más grande aun que ellos. Creo que sí que lo serás. Era necesario que yo pudiera creerlo, porque mis hijos, los que se van a sentar en el trono del Imperio, no tienen que ser solamente fuertes y sanos y bellos, también tienen que tener esa veta de locura y de pasión que hace que un hombre o una mujer pueda ver el otro mundo que es la sombra de éste y en el cual éste es la sombra. Y ahora hasta mañana.&lt;br /&gt;—Sí —dijo el narrador—, el Emperador murió poco tiempo después, cuando el Príncipe Eggrizen jugaba en los jardines del palacio y los preceptores se preparaban para enseñarle a leer, a montar y a mandar; cuando el Príncipe Fenabber empezaba a caminar y a balbucear. Claro está, no hubo más príncipes Elkérides, pero la sucesión estaba asegurada y eso tranquilizó a mucha gente que había temido nuevas luchas por el poder. Aunque podían haberse ahorrado los temores porque ya era evidente que la Gran Emperatriz era lo suficientemente fuerte como para ahogar cualquier intentona de impedir que sus hijos llegaran al trono. Y el pueblo la amaba: ni ella ni sus hijos necesitaban custodia ni guardias porque solamente un loco o un idiota se hubiera quedado sentado al sol en el umbral y no hubiera salido a defenderla con su vida si la hubiera visto en peligro. Ella dispuso para el difunto Emperador el entierro más singular que se recuerda: fastuoso, como lo fueron casi siempre los entierros de los emperadores, pero había un edicto que prohibía los presentes fúnebres y pedía que hubiera música y flores. Y todo el que quiso, hombre, mujer o niño, noble o humilde, militar o mendigo, pudo entrar al salón mortuorio en el palacio, en el momento en que llegara, sin precedencias ni protocolos, y despedirse de su Emperador. Los embalsamadores más hábiles habían llegado rápidamente desde Irbandil y habían trabajado también rápidamente, poniendo todo su empeño, toda su habilidad, todos sus conocimientos en lo que hacían: el Emperador yacía, tranquilo y bello, su sangre finalmente en paz, con una sonrisa en los labios pálidos, entre sedas bordadas y almohadones de plumas, y sus súbditos pasaban junto a él y algunos se detenían y lo miraban y alzaban una mano y le tocaban la frente o las mejillas o el encaje de las vestiduras. Y todos sentían, poco o mucho, según cada uno fuera capaz de sentir, la tristeza del final, de saber que ése era el final, que ya nunca Idraüsse se iba a sentar en el sillón de oro de los Señores del Imperio, que no volvería a abrir los ojos por las mañanas, que ni siquiera iba a sentir dolor, que no iba a hablar con sus hijos y no iba a calzar las zapatillas suaves que no le lastimaban los pies, que sus anillos y sus sueños y su ropa y sus pensamientos y su dolor eran inútiles y vacíos y que algún otro los usaría pero ya no sería lo mismo. Treinta días duró el desfile y después se lo enterró. Durante esos treinta días no fui al palacio y no vi a la Gran Emperatriz y tampoco vi a sus hijos. Después sí, seguí yendo a contarle a ella la historia de los emperadores. Y mientras yo contaba, en palacio secretamente y afuera en pabellones cada vez más grandes, más importantes, más ricos, el Imperio prosperaba, se enriquecía, conocía la paz y la tranquilidad. A veces había una conmoción, es cierto, y la gente se inquietaba. Pero después se descubría que esa inquietud no tenía razón de ser, y con el paso de los años los habitantes del Imperio aprendieron a reemplazarla por una expectativa que a veces llegaba al entusiasmo, supieran o no de qué se trataba. Por ejemplo, cuando un año después de la muerte de Idraüsse IV la Gran Emperatriz nombró Ministro de Finanzas a un hombre del sur, un autodidacta que no tenía pomposos títulos de las Academias Imperiales, y concedió el Premio Imperial de las Artes a un pintor del sur, un hombre desaliñado e insolente que en una miserable vivienda de cañas a orillas de un pantano había pintado telas crueles y geniales satirizando al gobierno y culpando al poder de la pobreza y el atraso de su país, el Imperio temió lo peor. Pero Clabb-lar-Klabbe fue el mejor Ministro de Finanzas que tuvo el Imperio en miles de años y ustedes saben que no exagero, ustedes saben que hubo y hay hasta ahora y habrá por muchos años dinero para universidades y hospitales, para socorrer a los inválidos y a los pobres y a los enfermos, para mantener a quienes no se podían valer por sí mismos, para restaurar y conservar y embellecer, para mejorar caminos y puertos, para levantar museos y escuelas, para que a nadie le faltara luz ni pan ni calor. Y ustedes saben que ella no enfrentó al sur con armas o con decretos o con desprecio como habían hecho tantos emperadores, sino que trató de comprender y comprendió. Quizá descubrió nuevos pensamientos, eso no lo sé. Comprendió que la transformación del sur vendría, si venía alguna vez, de los pantanos, de las tribus cerradas, de las aldeas arbóreas, de las ciudades lacustres, y no desde el trono. Comprendió que quizá no era deseable ni conveniente que esa transformación llegara, y que lo único que ella podía hacer era mantener al sur tranquilo, sin violencia. Entonces, no luchó: le reconoció existencia, quitó las guarniciones militares de las fronteras, hizo levantar las cercas y las barreras y las alambradas, alentó y hasta aduló a los rebeldes, cedió en pequeñas cosas de las que exageraba la importancia y se mantuvo firme en grandes cosas a las que, les quitó toda importancia. Y los rebeldes del sur traficaron con los países del norte, recorrieron las ciudades, visitaron el palacio, sonrieron y se adormecieron.&lt;br /&gt;Cuando la Gran Emperatriz prohibió el transporte privado sobre ruedas, muchos dijeron que estaba loca. Yo mismo, que ya la conocía tan bien, la miré asombrado y le pregunté qué utilidad podía tener una medida tan absurda.&lt;br /&gt;—Ha aumentado la delincuencia—me contestó—, han aumentado los divorcios y las internaciones en las casas de salud mental.&lt;br /&gt;—Señora, confieso que no te entiendo —le dije—. Qué tiene que ver eso con el transporte privado sobre ruedas. Lo que tendrías que hacer, en todo caso, es tomar medidas contra la delincuencia, contra los divorcios y contra la locura.&lt;br /&gt;—¿Y aumentar los efectivos de la policía y darle más atribuciones? —preguntó ella—. ¿Poner más trabas a los que se quieren divorciar? ¿Alentar a los médicos a que estudien y traten la locura? Qué estupidez. No serías un buen gobernante, mi buen amigo, pero espero que mis hijos sí lo sean. Con eso sólo conseguiríamos más policías llenos de orgullo y crueldad, más abogados llenos de codicia, más médicos llenos de fatuidad, y por lo tanto más asaltantes, más divorcios y más locos.&lt;br /&gt;—Y con prohibir el transporte, ¿qué?&lt;br /&gt;—Ya vas a ver —me dijo.&lt;br /&gt;Ella tenía razón, por supuesto. Desaparecieron los coches y las volantas y los carros. Sólo los que tenían imprescindiblemente que trasladarse a una distancia de más de veinte kilómetros podían subir a un transporte público sobre ruedas. Los demás caminaban, o montaban un burro, o, si eran ricos, se hacían llevar en sillas de manos. La vida se hizo más lenta. La gente no tuvo apuro, porque apurarse era inútil. Desaparecieron los grandes centros comerciales, de banca y de industria, en los que todo el mundo se apiñaba y se empujaba y se irritaba y se insultaba, y se abrieron pequeñas tiendas y servicios en cada barrio, donde cada comerciante, cada banquero, cada empresario conocía a sus clientes y a las familias de sus clientes. Desaparecieron los grandes hospitales que servían a toda una ciudad y a veces a varias ciudades porque ya un herido o una parturienta no podían atravesar rápidamente grandes distancias, y se abrieron pequeños centros sanitarios a los que la gente acudía despaciosamente y en los que cada médico sabía quiénes eran sus pacientes y tenía tiempo para charlar con ellos del tiempo, de la crecida del río, de los progresos de los chicos, y hasta de las enfermedades. Desaparecieron las grandes escuelas en las que los alumnos eran un número en una planilla, y cada maestro supo por qué sus alumnos eran como eran, y los chicos se levantaban sin prisa y caminaban de la mano unas pocas cuadras sin necesidad de que nadie los acompañara y llegaban a tiempo a las clases. La gente dejó de tomar tranquilizantes, los maridos ya no les gritaron a sus mujeres ni las mujeres a sus maridos, y nadie les pegó a los chicos. Y se fueron aplacando los rencores, y en vez de tomar un arma para apoderarse del dinero ajeno, las gentes emplearon su tiempo en otras cosas que no fueran el odio y empezaron a trabajar en tanto como había para reformar ahora que no existían vehículos veloces y que las distancias se habían alargado. Hasta las ciudades cambiaron. Las ciudades monstruosas en las que un hombre se sentía solo y desdichado se desmembraron y cada barrio se separó del otro y hubo pequeños centros, casi una ciudad cada uno de ellos, autosuficientes, con sus escuelas y sus hospitales y sus museos y sus mercados y no más de dos o tres policías aburridos y soñolientos sentados al sol, tomando una limonada con un viejo vecino retirado de los negocios. Las ciudades chicas no crecieron y no sintieron la necesidad de extenderse y engrandecerse, pero a lo largo del largo camino que separaba a una de otra se fundaron nuevas poblaciones, pequeñas también, tranquilas también, llenas de jardines y de huertas y de casas bajas y de gente que se conocía entre sí y de maestros y médicos y contadores de cuentos y policías bonachones. Los caminos se ensancharon y se mejoraron y por ellos rodaron los únicos transportes permitidos, que eran gratuitos, pero que nadie podía usar si no era para ir a visitar a una vieja tía que viviera a más de veinte kilómetros de distancia, o para transportar víveres de una ciudad a otra, o para ir a una fiesta que daba un amigo lejano. No digo que no hubiera más delincuentes, ni matrimonios desavenidos ni locos, Los hubo y los sigue habiendo, pero tan pocos, tan pocos que cada uno de ellos tiene a muchas personas para que le presten atención y se preocupen por él y traten de ayudarlo, de modo que la delincuencia o el divorcio o la locura ya no son una desgracia salvo para el que las sufre. Y la Gran Emperatriz se sonrió satisfecha y yo le dije que ella había tenido razón y le conté la historia de Sderemir el Borénide.&lt;br /&gt;—Sí —dijo la Emperatriz—, yo sé que muchas gentes dicen que el mundo es complicado. Los que lo dicen son los que se sienten perpetuamente alarmados, por el trabajo o por la familia, por una mudanza o una enfermedad, por una tormenta, por un imprevisto, por todo; y entonces toman decisiones equivocadas y cuando los resultados son nefastos les echan la culpa a las complicaciones del mundo y no a su poco y defectuoso criterio. ¿Por qué no van más allá? ¿Por qué dicen "el mundo es complicado" y se detienen ahí? Yo digo: el mundo es complicado, pero no es incomprensible. Sólo hay que mirarlo detenidamente. ¿No le duele a veces a una persona la espalda porque tiene una enfermedad en el vientre? ¿Y qué hace el médico torpe? Le da masajes en la espalda. ¿Y qué hace el médico sabio? Se toma su tiempo para pensar, mira con tranquilidad al enfermo, le da un remedio para el vientre, y el dolor de la espalda desaparece. Mejor todavía, les explica a sus pacientes cómo tienen que hacer para evitar las enfermedades del vientre. Algún día su enfermo envejecerá y morirá, como él, como nosotros; y un día, sí, aunque parezca increíble, un día también el Imperio morirá, y estúpidos serán los que lo lamenten llorando y llorando piensen en lo complicado que es el mundo. La habitación de una costurera también es complicada, pero aun si es de noche y se le han apagado las lámparas, ella tenderá una mano en la oscuridad y encontrará el hilo amarillo y las agujas y los alfileres. Nosotros no podríamos, porque no conocemos el orden de la habitación de una costurera, ni conocemos el orden del mundo, que sin embargo está ahí, delante de nuestros ojos.&lt;br /&gt;—Sí —dijo el narrador—, el Imperio morirá, como ella, pero morirá recordándola. Idraüsse V es un buen Emperador, tan bueno como otros buenos emperadores que el Imperio amó y respetó. Habrá otros, no digo que no, y jóvenes contadores de cuentos contarán sus hechos y sus palabras. Y habrá emperatrices amables y sabias que se asomarán a los balcones del palacio y harán llorar de amor a las gentes. Pero es difícil que haya otra Gran Emperatriz capaz de pacificar y enriquecer el más grande Imperio que ha conocido el hombre, capaz de despreciar el poder, de caminar por las calles sin custodia, de llamar secretamente a su s'alón a un joven contador de cuentos para que le enseñe todo lo que no sabe, de inaugurar una dinastía sana y fuerte y sabia.&lt;br /&gt;—Sí —dijo la Emperatriz—, ya no conozco la ira y cuando llega la noche estoy muy cansada. Basta de decir tonterías. Buenas noches.&lt;br /&gt;Y las calles vacías&lt;br /&gt;Dijo el narrador: —El Emperador dispuso que se fundara una ciudad. Había incontables ciudades en el Imperio: ciudades sagradas, ciudades industriales, ciudades guerreras, ciudades prohibidas, sabias, monstruosas, marítimas, en ruinas, escondidas, licenciosas, pujantes, olvidadas, nacientes, malditas, apacibles y peligrosas. Pero el Emperador, que era el cuarto de la dinastía de los Kiautonor, era un hombre lascivo y estentóreo. Por esos días había comprado, en una aldea en el límite con las tierras del sur, y algunos llegaban a decir que en un caserío erigido en una isla en pleno corazón del sur, cosa bastante improbable esta última por razones que nadie desconoce, una nueva concubina. Contó una ayudante tercera de cámara interior, antes de que por infidente le arrancaran los dientes y le cortaran la lengua y la echaran a mendigar en las calles del puerto, que era una muchacha muy joven, muy oscura y muy menuda, y que estaba encerrada en una estancia sin ventanas ni lámparas dentro de un pabellón hexagonal en el Jardín de los Tres Caudillos Negros, alimentada solamente con carne de joca salvaje y tallos macerados de rafilia para mantenerla siempre despierta y ardiente. Le creyeron porque nadie la había visto aunque todos la oían gritar noche a noche y a veces también de día, lo que confirmaba el rumor que ya era leyenda sobre la desmesura del miembro del Emperador, y otro rumor que nunca llegó a ser leyenda sobre la pequenez casi monstruosa de la muchacha. Y el Emperador, el cuarto de la dinastía de los Kiautonor, quiso un día dejar en el Imperio una huella monumental de esa adquisición que le producía tanto placer, y por eso dispuso que se fundara una ciudad. Llamó a su presencia una mañana de otoño a uno de sus ministros, a cualquiera, porque despreciaba el protocolo y las jerarquías, le dio la orden, habló un poco de la belleza, no mucho porque no conocía bien el tema, se refirió más con gestos que con palabras a la monumentalidad y la imponencia, despachó al funcionario y se olvidó casi inmediatamente de la ciudad que aún no existía.&lt;br /&gt;El funcionario, noble, eficiente, viudo, descreído y envejecido por crisis del mal de Ohmaz, era el Ministro de Cultos Aéreos, también temporariamente a cargo de los Ritos de la Llama desde la muerte tal vez voluntaria de la Priestesa. Se llamaba Senoeb'Diaül y no sabía nada de ciudades. De modo que reunió en su despacho a un arquitecto, a un ingeniero, a un escultor, a un geógrafo, a un pintor, a un astrónomo, a un matemático, a un contador, a un general y a un sacerdote, y les encargó la tarea: para cuando llegara el verano la ciudad tenía que estar construida refulgente, admirable y habitada.&lt;br /&gt;—No detallaremos —dijo el narrador— los trabajos preparatorios, enmarañados e inseguros como todos los proyectos cuando empiezan a ponerse en marcha, y la lectura de cuyos informes le costó al noble Senoeb'Diaül una exacerbación del mal con crisis cada vez más largas y más frecuentes. Solamente diremos que en la primera mañana del invierno partió la expedición que iba a fundar y construir la ciudad que llevaría el nombre de la concubina pequeña, joven y oscura, quien por otra parte ya había muerto devorada por la fiebre y las heridas. La larga, aterida procesión de vehículos, animales, hombres y maquinarias, salió al amanecer de la capital del Imperio y nadie la vio partir, salvo algún mendigo, alguna prostituta, y un suicida encaramado en la cúpula de la torre central de la Cámara de Comercio Exterior.&lt;br /&gt;El viaje fue penoso. Hubo que atravesar tres provincias, una cubierta de nieve, otra castigada por tempestades y otra cada vez más cálida, pasando por ocho ciudades, veinticinco pueblos y trece puestos militares. Llegaron finalmente, el trigesimoséptimo día del invierno, al valle de Loóc. El lugar no sólo era adecuado sino que era perfecto. Lo era tanto que el noble se prometió recomendar ante el Emperador al geógrafo, al astrónomo y al arquitecto para un sitial en sus respectivas Academias y una condecoración de por lo menos tres ojivas. El río Edibu bajaba de los montes Gemelos con un estruendo que llegaba al valle convertido en un gorgoteo amable, y se extendía brillante por la llanura verde dibujando una curva que tocaba los límites del valle. El viento del mar se detenía en las laderas y dejaba caer lluvias tibias, y después salía el sol, que se ponía muy tarde en el extremo abierto entre dos montañas.&lt;br /&gt;Y bien, pasado el momento de asombro, el noble Senoeb'Diaül dio orden de comenzar con la ceremonia. El sacerdote salmodió la oración, la Plegaria del Séptimo Día de la Ascensión de Queiah, en honor al ministro:&lt;br /&gt;—Somos los que hemos quedado —dijo— y los que no Te seguirán por los caminos del viento que nace en las bocas de Tus hijos porque las doce cadenas de la culpa amarran nuestro impulso. Cuando hayan parido Tus esposas viudas y llegues a los Recintos, envía, Queiah, a Tus acólitos de ozono a liberarnos, Queiah, en Tus huellas, Queiah.&lt;br /&gt;Con la última invocación, el ingeniero alcanzó al noble la pica de oro que se hundió en la tierra blanda y sobre la que flameó el estandarte feroz del Imperio. La ciudad había sido fundada.&lt;br /&gt;Durante el resto del invierno y toda la primavera trabajaron sin descanso los albañiles, los picapedreros; enmendó planos el arquitecto, ofició el sacerdote, calcularon el ingeniero y el matemático, sumó el contador y estudió el astrónomo, talló el escultor, midió el geógrafo, preparó tintes el pintor, vigiló el general y sufrió el noble Senoeb'Diaül. Cada quince días partía un mensajero hacia la capital del Imperio con un memorándum dirigido al Emperador. En palacio se le daba una recompensa y se le concedía una licencia, y el memorándum era leído por el segundo secretario del ayudante de cuarta categoría del subjefe de la sección mantenimiento del Ministerio de Negocios con las Provincias Australes y cuidadosamente archivado en la letra hache. El Emperador presidía las fiestas en conmemoración del Pacto de Hondarrán, planeaba una expedición punitiva contra los estados del sur, inventaba nuevos títulos para su primogénito, cazaba con armas prohibidas en el bosque de Jiznerr e ignoraba que en el valle de Loóc la ciudad crecía.&lt;br /&gt;Y la ciudad se extendió ganando la llanura en las dos márgenes del río Edibu. Era de mármol rosa, maderas amarillas y cristales azules. La cruzaban seis avenidas, tres de norte a sur y tres de este a oeste, y todas las otras calles eran semicirculares siguiendo la curva del río. En las intersecciones de las avenidas se levantaban estatuas de piedra blanca, cada una el símbolo de una conquista del Imperio. Y en los encuentros de las calles curvas con las avenidas, fuentes de ónix remachadas por muchachas diminutas figuradas en bronce y oro, lanzaban chorros de agua fría que venía de los pozos profundos. Había un estadio, siete templos, una biblioteca, dos teatros, tres albergues para viajeros, un hospital, nueve escuelas, diez casas de comidas y un cementerio. Fuera de las murallas, del lado sur, estaba el distrito de los burdeles, y dentro de las murallas, del lado norte, el cuartel. Siguiendo las orillas del río corrían dos explanadas unidas por puentes cada tres manzanas. Las casas eran bajas y mirando hacia adentro por las puertas hondas se veían al final de los corredores sombríos los jardines interiores y las columnas altas de las galerías. En los techos nacían flores y por los muros trepaban las enredaderas. El corazón de la ciudad era un gran espacio abierto flanqueado por las casas y las oficinas del alcalde, el museo, el archivo general y la sala del tribunal. En el medio se levantaba una efigie en bronce del Emperador, de pie sobre un tigre vencido, la frente alzada al cielo, el cetro y la espada en las manos. Lo rodeaba un jardín de plantas exóticas en el que había bancos de piedra y sombrillas de seda teñidas en gajos de colores. El primer día del verano el noble Senoeb'Diaül se instaló en los aposentos del alcalde y esa noche durmió por primera vez tranquilamente en mucho tiempo, por primera vez desde aquella mañana de otoño en la que se había inclinado ante el Emperador.&lt;br /&gt;Y aquí hacen su aparición algunos personajes que hasta ahora se habían mantenido aparentemente ajenos al relato de los acontecimientos, la Emperatriz, por ejemplo, y uno de sus hijos, y el suicida de la torre de la Cámara de Comercio Exterior, y algunos otros que ya se verá.&lt;br /&gt;La Emperatriz había sido muy bella, muy frágil y muy tonta. Los años le habían dado hermosura, solidez y sagacidad, tres virtudes de las cuales la última era la más valiosa. Había llegado muy joven al palacio, con otras muchachas nobles, y había sido elegida por la vieja Emperatriz para esposa del príncipe. Había tenido hijos e hijas, había ceñido la corona en una ceremonia que entonces había creído emocionante y que ahora le parecía por lo menos fastidiosa. Jamás levantaba la voz, y se las había ingeniado, primero por instinto y después por cálculo, para que el Emperador lo ignorara todo de ella. El Emperador la había abandonado hacía mucho tiempo, cosa que ella agradecía a ciertos dioses oscuros, para dedicarse a la anexión de territorios, a la caza, y a las mujeres compradas, y solamente se veían en algunos actos oficiales. La Emperatriz no compadecía a las concubinas del Emperador porque no podía ni quería sentir compasión y porque cuando joven había sufrido, y no quería admitir que había gozado, los mismos tormentos que ellas. Pero el asunto de la muchacha menuda y oscura y la fundación de la ciudad para celebrar el escándalo de alaridos y frenesí, había, cambiado su indiferencia en desprecio. La muchacha, es cierto, estaba muerta y olvidada, pero la ciudad vivía. La Emperatriz había hecho ya un intento de matarla antes que naciera, pero el golpe no había llegado a destino porque el instrumento elegido, el hombre a quien el padre de la muchacha la había prometido antes de venderla más ventajosamente a los enviados del Emperador, resultó ser demasiado débil, y en vez de hacer lo que se le había mandado, en la sombra, rápidamente y sin piedad, como dijo que podría hacerlo, subió a la cúpula y se tiró y murió deshecho al pie de la torre de la Cámara de Comercio Exterior en la primera mañana del invierno. Ella tuvo entonces noventa y dos días helados para pensar en otra solución, y cuando llegó la primavera mandó llamar a su hijo menor y paseó con él por un jardín de palmeras plateadas y pájaros de metal.&lt;br /&gt;El hijo menor se llamaba Yveldiva'Ad y tenía derecho a un solo título, el de Príncipe de Innieris. Innieris era un distrito desaparecido siete generaciones atrás y que formaba parte desde entonces de la provincia marítima de Subsandas, pobre, asolada por inviernos demasiado largos, por los fantasmas de los muertos en el mar y por las incursiones desesperadas de los enfermos y los proscriptos de la isla de Obuer. Yveldiva'Ad era el cuarto en la línea de sucesión al trono y nadie lo tenía mucho en cuenta, no sólo por eso sino porque era hosco, enfermo e imprevisible, y porque parecía saber siempre más de lo conveniente, fuera sobre matemáticas, botánica, metalurgia, pintura en seda, prosodia o inclinaciones y comportamiento de todos los habitantes del palacio. Nadie salvo su madre Emperatriz. Hay que recordar, aunque quizá sea innecesario, que Yveldiva'Ad fue el quinto Emperador de la dinastía de los Kiautonor, y que no fue un mal gobernante aunque sus súbditos no lo amaron, pero ya se sabe que a los emperadores, y menos aun a los Kiautonor, poco les importa el amor de su pueblo.&lt;br /&gt;Yveldiva'Ad, Príncipe de Innieris, tenía una pierna más corta que la otra, era ciego a los colores, tenía la espalda torcida, no soportaba el frío y no podía tragar alimentos sólidos. Amaba la música, el poder, el sol, los gatos, los poemas de la Saga de Ferel'Da y el oro. Y amaba a su madre.&lt;br /&gt;Entonces, tres días después de esa reunión en el jardín entre palmeras de plata, en la que se decidieron muchas cosas y no menos que la venganza y la sucesión en el trono de oro, salió por la puerta oeste de la capital del Imperio un sacerdote itinerante acompañado de cinco acólitos y dieciséis fieles. Si bien el sacerdote podía pasar por un hombre santo, con su cuerpo torturado, su paso vacilante, los ojos bajos, todo él cubierto de mantas a pesar de lo benigno del clima en esa estación, los acólitos y los fieles eran extrañamente parecidos, duros, fornidos e indiferentes, y marchaban rígidos y marciales rodeando al hombre deforme y tenían bastante oro como para adormecer la diligencia de los guardias en la inspección de los equipajes y los arreos de metal brillante que se adivinaban bajo los ropajes. Lejos ya de la capital, antes de iniciar el rodeo hacia el mar austral, esperaba un carruaje custodiado por cincuenta hombres más.&lt;br /&gt;Un boletín del médico personal del Príncipe de Innieris hizo saber a la corte que el joven Señor guardaba cama y se le había recomendado reposo absoluto a causa de una afección hepática complicada con una enfermedad de la piel que, si bien leve, podía resultar contagiosa, de modo que se pedía abstenerse de visitarlo en sus aposentos.&lt;br /&gt;En la ciudad nueva del valle de Loôc, a punto ya de terminarse la primavera, el general habló una noche con el noble Senoeb'Diaül. El señor enfermo no compartía la inquietud del militar. Para él no había nada de alarmante en el poblado rústico avistado por las patrullas del otro lado de los montes Gemelos. El general, sin embargo, insistió en que ese poblado no había estado ahí cuando se había inspeccionado la región pocos días después de la llegada al valle. Y bien, dijo el noble, eso no significa nada: nómades inofensivos en busca de sustento, campesinos que abandonan algún sitio anegado por las lluvias de primavera, fugitivos en busca de seguridad y olvido, no tiene importancia; incluso pueden ser útiles si buscan trabajo. Más se tranquilizó el noble al día siguiente cuando el general le trajo el informe de una inspección directa del poblado: casi todas mujeres, pocos hombres, ningún niño, dos o tres viejos, un sacerdote rengo y semiinválido, que decían venir huyendo de un pueblo diezmado por asaltantes y ladrones de ganado que habían matado a casi todos los hombres y a todos los niños. Pero el general era un hombre desconfiado y cruel: era por eso que había llegado a general. No le gustaban las mujeres que lo habían recibido, demasiado amables y pulcras. Desconfiaba de los hombres, en los que olía el tufo familiar del soldado y no el sudor del campesino. No creía que asaltantes de las montañas, más luchadores que verdugos, hubieran asesinado a todos los niños de un pueblo. Se preguntaba cómo un sacerdote de una población que cría ganado y siembra granos para subsistir, podía estar tan ricamente instalado. Y finalmente había observado que esas gentes tenían más habitaciones de las que alcanzaban a ocupar y que en las habitaciones vacías había huellas de vida, utensilios, brasas, mantas arrugadas, ropas, y hasta la vaina de una espada bajo un banco. Decidió, a espaldas del noble Senoeb'Diaül, caer sobre ellos, degollar a todos los hombres, entregar esas mujeres oscuras a sus soldados, quizá torturar al sacerdote que no parecía muy fuerte y que si sobrevivía tal vez le dijera la verdadera razón de la existencia del poblado, y prender fuego a las construcciones de madera y cuero.&lt;br /&gt;Pero la desconfianza que lo había hecho general, lo impulsó a planear demasiado cuidadosamente y por lo tanto demasiado lentamente la operación, pensando en los hombres que sin duda estarían escondidos en las laderas entre los árboles, y así llegó el primer día del verano, esa noche en la que todos durmieron en las casas nuevas de piedra y mármol y maderas amarillas y cristales azules de la ciudad junto al río.&lt;br /&gt;Dos días después, tres habitantes del poblado sospechoso del otro lado de los montes Gemelos, dos mujeres y un anciano, pidieron hablar con el noble Senoeb'Diaül. Somos fuertes, sanos, trabajadores, dijeron. Ya no tenemos hogar, esta ciudad es nueva, nosotros podemos servir en ella. Para entonces ya había partido el último de los mensajeros hacia la capital llevando el informe final y pidiendo funcionarios y pobladores para la ciudad y hacía cuatro días con sus noches que el noble no sufría ninguna crisis del mal. El río Edibu cantaba al pie de los balcones de la casa del alcalde, el mármol rosa se entibiaba al sol, brillaban las sombrillas de colores en la plaza central, y el general modificaba desdichadamente sus planes.&lt;br /&gt;En la capital del Imperio, en una oficina del Ministerio de Negocios con las Provincias Australes, el nuevo mensaje, el último, fue leído por un funcionario impaciente que hacía dos semanas que sólo pensaba, a raíz de la muerte de su superior, en un ascenso de categoría y sueldo, y fue archivado en la letra hache. El Emperador descansaba en su villa de verano, su primogénito reunía día por medio a los ministros preparándose para un trono en el que nunca se sentaría, y la Emperatriz esperaba.&lt;br /&gt;Muchos años después, el quinto Emperador de la dinastía de los Kiautonor recordó una noche, solo como siempre lo había estado desde la muerte de su madre, en una cámara del palacio que daba a un jardín de palmeras, que había una ciudad muerta en el valle de Loôc. Y como era verano y se oía croar a las ranas, se preguntó qué animales salvajes se deslizarían por el mármol rosa y qué alimañas chapotearían en las fuentes. Imaginó el viento colándose por los corredores y la lluvia caliente sobre los techos resquebrajados y las estatuas y los jirones de seda de color de las sombrillas. Se dijo que quizá las sombras de los muertos recorrerían las calles vacías y entrarían a las casas y se sentarían ante las mesas, y por eso recordó el banquete que se había celebrado la noche misma en que gracias al permiso concedido, los nómades se habían instalado en la ciudad. El banquete que él había presidido como sacerdote. Recordó a los constructores de la ciudad acercándose llamados por la curiosidad y el ocio y el olor de las mujeres oscuras, la adormidera en el vino rojo, la alegre matanza ejecutada por las mujeres en nombre de su hermana de sangre muerta en la capital del Imperio prisionera del hombre que era su padre, esa matanza controlada por sus hombres de confianza para evitar que alguien quedara con vida, la matanza que era un atajo hacia el trono. Primero murieron los soldados, que tenían permiso esa noche porque el general había diferido sus planes esperando atrapar a los hombres que nunca había visto y que estaban ahí, en la sombra, al pie de las murallas, al otro lado de las puertas. Después les tocó el turno a los plomeros, a los albañiles, los vidrieros, que murieron más lentamente porque habían amasado y cortado los materiales con los que había nacido la ciudad. Las mujeres gritaban, manchadas de sangre hasta los codos, descalzas y ebrias. Los hombres completaban la tarea cada vez que las heridas eran insuficientes, y él paseaba entre los cadáveres mirando las bocas abiertas y los ojos velados y los labios rezumantes de las heridas, recitándolo todo para sus adentros para no olvidarlo cuando se encontrara otra vez con su madre la Emperatriz. Para cuando murieron el geógrafo, el arquitecto, el contador, el matemático, el pintor, el ingeniero, las mujeres cantaban una canción de amor que contaba cómo una doncella llamaba a su amante todas las noches imitando el canto del picorromo nocturno y cómo él al oírla se arrancaba de los placeres de la mesa y el juego y la amistad y corría a encontrarse con ella en una cabaña, mientras hendían con los cuchillos, cortaban, desgarraban, hundían ojos y arrancaban uñas. El corazón del noble Senoeb'Diaül se detuvo antes que llegaran a él, pero las mujeres deliberaron y decidieron despedazar su cuerpo cómo hubieran querido hacer con el del Emperador lejano, y arrojar los restos fuera de las murallas. Y sin embargo la piel rugosa agrietada por la enfermedad, los dedos atrofiados, las encías desnudas no sólo les repugnaban sino que se resistían al filo de los puñales, de modo que lo regaron, muerto, con la sangre de los muertos, y así consiguieron tapar su fealdad y que los filos de los cuchillos se deslizaran fácilmente y se metieran en la carne magra y dura hasta el hueso. Después buscaron al general. Hubo lucha, pero fue corta: los cinco centinelas que habían quedado en el cuartel murieron a manos de los hombres del príncipe, y las mujeres detuvieron al general a punto de clavarse la espada en el pecho y bailaron con él y lo obligaron a cantar con ellas la canción de amor y lo desnudaron y lo despedazaron como al noble que había sido Ministro de Cultos Aéreos, sólo que el corazón del general, que no sufría del mal de Ohmaz, siguió latiendo mientras las mujeres oscuras trabajaban gozosamente sobre su cuerpo.&lt;br /&gt;Esa noche cuando se oía la voz de las palmeras plateadas en el jardín, Yvaldiva'Ad, quinto Emperador. de la dinastía de los Kiautonor se preguntó si los muertos no sepultados habrían vuelto convertidos en sombra para recomponer sus cuerpos y verlos pudrirse y secarse al sol del verano, y si desde entonces se reunían para gritar y gemir en las avenidas curvas y las plazas de Hadremaür, la ciudad muerta del valle de Loôc. Era una pregunta ociosa porque el Emperador no creía en fantasmas.&lt;br /&gt;El Emperador se acostó en su cama demasiado grande, demasiado alta, y como todas las noches dio vueltas, insomne y malhumorado hasta el amanecer. Cuando se durmió, el sol amarillo de otro verano doraba las palmeras del jardín culpable.&lt;br /&gt;El estanque&lt;br /&gt;a Hugo Padeletti&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dijo el narrador: —Extrañas profesiones eligen los hombres, ¿no creen ustedes? No quiero decir que haya oficios que son más, pintorescos o más inesperados que otros. Quiero decir que las gentes no viven para ser, o tratar de ser, las mejores personas posibles, sino para agregar a su nombre títulos sonoros, secos y vacíos, ropajes falsos e innecesarios que terminan por suplantar a quienes aplastan y roban. Todo esto viene a propósito de lo que les voy a contar.&lt;br /&gt;Hubo un hombre que vivía en una casa que estaba en una ciudad que era la capital del Imperio, hace ya muchísimos años. Aunque eso no importa: pudo haber sucedido ayer, podría suceder mañana, o un día del año que viene.&lt;br /&gt;Pero el Imperio no era entonces lo que es hoy. No había eso que ahora se llama orgullosamente progreso, aunque quizá ya estaba en camino de haberlo. La capital era una ciudad desprolija en la que se sucedían, como siempre, emperadores tontos y emperadores sabios. Reinaba en los años de los que les hablo un emperador de la dinastía de los Chaixis, Chaloumell el Calvo, un hombre no del todo malo pero que sentía demasiado amor por la riqueza y el poder; de modo que si bien no era una desgracia para el pueblo, tampoco era precisamente una bendición.&lt;br /&gt;No era uno de esos emperadores a quienes todos aman o a quienes todos detestan. Había quienes lo halagaban y quienes conspiraban contra él, como tantas veces ha sucedido. Las familias poderosas, y las que aspiraban a serlo, lo sostenían y lo apoyaban y lo defendían mientras peleaban entre ellas para obtener los mejores lugares cerca del trono. Las gentes simples vivían como podían. Y había quienes se reunían en lugares secretos para planear la caída y la muerte del señor del trono de oro.&lt;br /&gt;Un día de principios de verano el Emperador Chaloumell supo por uno de sus ministros que un grupo que se llamaba a sí mismo con el nombre de una flor silvestre que jamás sus jardineros hubieran dejado crecer en los parques del palacio, estaba ganando adeptos rápidamente, armándose por cualquier medio y preparándose para la rebelión. El Emperador se alarmó. Por eso, esa misma noche la Guardia Imperial recorrió la ciudad y sorprendió una reunión de los Borkhausis. Casi todos los conspiradores murieron cruelmente, pero entre los que escaparon había una muchacha llamada Veevil.&lt;br /&gt;Ahora bien, en una calle bordeada de árboles, una calle muy tranquila, que había quedado casi olvidada, apartada del centro de la ciudad y de los edificios públicos, había una casa blanca con un gran portal que estaba siempre entreabierto. Decían los vecinos más viejos que sus abuelos les habían contado que había sido un asilo, un burdel, una escuela, una posada para peregrinos, y que en el patio había un tesoro enterrado. No parecía ninguna de esas cosas: parecía una casa, simplemente. Tenía muchas habitaciones de techos altos y ventanas con postigos de madera, que abrían al patio; tenía árboles, una fuente, y un estanque en el jardín trasero; y cuando llegaban los días de calor conservaba el fresco entre las paredes espesas y se • oían el ruido del agua y las voces de los pájaros entre las hojas. Olía a grano almacenado, a tierra húmeda y a especias picantes. Cualquiera que pasara por allí podía entrar, por curiosidad o por necesidad. De hecho, muchas personas atravesaban el portal: los que lo hacían por curiosidad recorrían el patio, se mojaban las manos en el agua de la fuente, daban unos pasos bajo los árboles, y los más atrevidos miraban dentro de las habitaciones. Después se iban, y durante muchos días les contaban a los parientes y a los amigos lo que habían visto. Los que entraban por necesidad atravesaban el patio, pasaban por una arcada casi oculta por las enredaderas, y golpeaban a una puerta entornada que quedaba a la derecha según se iba hacia el jardín de atrás. Desde adentro alguien les contestaba, diciéndoles que esperaran o que pasaran.&lt;br /&gt;El Emperador calvo, decimoquinto de la dinastía de los Chaixis, era un hombre enfermo. Tenía mareos y desmayos, a veces echaba sangre por la nariz y le temblaban las manos. A veces se le aflojaban las rodillas y tenía que sentarse y respirar por la boca abierta mientras lo doblaban las náuseas.&lt;br /&gt;—Tendría que ver un médico a Su Majestad Imperial —decían los personajes de la corte.&lt;br /&gt;—Todos los médicos son unos burros —decía el Emperador.&lt;br /&gt;La Emperatriz no decía nada porque nada le importaba de la salud de su marido: le había dado seis hijos, tenía un amante, y le gustaban las esmeraldas, los licores espesos y dulces, las fiestas y las muchachas muy jóvenes.&lt;br /&gt;—Y no puedo permitir que uno de esos sucios hombrecitos ignorantes ande hurgando en mi persona —decía el Emperador.&lt;br /&gt;Pero un día tuvo un desmayo que le duró muchas horas y cuando despertó sintió que no podía respirar y que la muerte estaba muy cerca. Cedió. Cuando recuperó el habla ordenó que llamaran a un médico. No lo había en el palacio, pero alguien dijo:&lt;br /&gt;—En la calle de Albarrosa vive un viejo médico del que se dice que sabe mucho y que cura los casos más desesperados.&lt;br /&gt;El Duque de Asfiddes, que aspiraba desde hacía años a un ministerio y que no lo conseguía porque era demasiado rico y su mujer era demasiado bella, atravesó el portal entreabierto y como estaba acostumbrado a que se lo recibiera en todas partes con grandes ceremonias, se desconcertó ante el silencio y la ausencia de voces almibaradas y reverencias, y después de desconcertarse se enojó. A grandes zancadas fue acercándose a las puertas y abriéndolas y asomándose a las habitaciones. Vio muchas cosas que no esperaba ver, y cuando llegó a la puerta más allá de la arcada con enredaderas y la abrió, se encontró frente a un hombre sentado con las piernas cruzadas en la estera que cubría el piso de piedra.&lt;br /&gt;—Buenos días —dijo el hombre. —Soy el Duque de Asfiddes, enviado de Su Majestad Imperial Chaloumell VII y busco al médico.&lt;br /&gt;—Buenos días —dijo el hombre.&lt;br /&gt;—Buenos días —dijo el Duque.&lt;br /&gt;Cuando el Duque volvió al palacio, furioso consigo mismo, con el médico, con Su Majestad Imperial y con el mundo, el Emperador tenía otro ataque de ahogos y veía a la muerte en todos los rincones.&lt;br /&gt;—¿Dónde está el médico? —le preguntaron.&lt;br /&gt;—Dice que no va a venir —tuvo que confesar—. Dice que los enfermos tienen que ir a su casa que es el lugar en donde él cura.&lt;br /&gt;El Emperador no oyó porque estaba muy ocupado respirando, pero uno de los ministros mandó llamar al Capitán de la Guardia y le ordenó que trajera por la fuerza al hombre de la casa blanca en la calle de Albarrosa.&lt;br /&gt;El Duque llamó al Capitán antes que saliera y le describió al médico. El Capitán escuchó con atención y fue a buscar a sus hombres. Pero cuando el Duque llegó ala entrada del palacio para esperar a la Guardia, un hombre alto y de pelo entrecano, vestido con una túnica de lienzo y descalzo, hablaba con los soldados de la custodia. El Duque se acercó:&lt;br /&gt;—Has venido —dijo.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Hiciste bien. Ya iba la Guardia a tu casa para traerte a la rastra.&lt;br /&gt;—Tuve que salir a buscar ambalias —dijo el médico— y en el barrio de los plateros vi a las viejas mujeres que fabrican broches para los collares, así que pensé que quizá los emperadores se enferman de otras enfermedades que no son las de las gentes comunes. Entonces vine.&lt;br /&gt;El Duque mandó a un soldado a que avisara al Capitán, y el Capitán se sintió irritado: a él le gustaba llevar gente a la rastra.&lt;br /&gt;El médico fue llevado ante el Emperador y en la corte las gentes hablaron de esperanzas de curación. Pero el Emperador no mejoró, y no sólo no mejoró sino que hasta empeoró y por lo tanto siguió diciendo que los médicos eran burros y nunca volvió a permitir que trajeran uno al palacio aunque los desmayos le duraran horas y días y los ahogos le mostraran a la muerte vestida del mismo rojo de la sangre que se le escapaba por la nariz y latía en las venas del cuello y de las sienes.&lt;br /&gt;Si alguien intentaba una defensa de los médicos, Chaloumell contaba que el único que había consentido en que fuera al palacio no lo había mirado con atención ni espantado respeto, a él, al Emperador; que no lo había palpado ni auscultado y que se había limitado a decirle que no debía seguir durmiendo en esa habitación, que tenía que aprender a tocar el serel, no viajar por terrenos montañosos, y comer sólo alimentos blancos.&lt;br /&gt;—Unos burros —decía el Emperador respirando pesadamente y agarrándose a los brazos del sillón para que no le temblaran las manos—, y ése era el más burro de todos. ¡Pescado hervido, papas, raíces de tubélida, ajjj!&lt;br /&gt;Cuando Veevil huyó de la casa en la que los hombres de la Guardia Imperial degollaban a los conspiradores, sólo pensaba en que esa misma noche tenía que irse de la capital. Corrió y corrió atravesando calles y parques, tapándose la boca con la mano para que nadie la oyera sollozar, y de pronto se detuvo, se sentó en el umbral de una puerta y pensó. ¿Por qué iba a huir? Nadie sabía cómo se llamaba ella así como ella no sabía cómo se llamaban los otros integrantes del grupo. Nadie la iba a delatar por lo tanto, aun en el caso de que no los hubieran matado a todos y hubieran guardado algunos para ser torturados. Además otros habían podido escapar, como ella. Lo que tenía que hacer era quedarse en la capital, esperar un tiempo y tratar de encontrar a los que se habían salvado, para reorganizar la rebelión que terminaría con ese emperador al que nada le importaba de su pueblo. Se levantó del umbral y caminando tranquilamente, sin sollozar, balanceando los brazos como cualquier muchacha despreocupada, se fue a su casa. Sus padres y sus hermanos dormían; subió despacito la escalera y entró en su dormitorio. No encendió las lámparas, se desvistió, abrió el balcón que daba a los fondos y se sonrió al ver en la gran casa más allá del jardín una luz prendida: el viejo médico estaría estudiando. O velando a un enfermo, o meditando, o vaya a saber. Se metió en la cama y se durmió.&lt;br /&gt;Pasaron quizá unos días, quizá unas semanas. La Emperatriz estaba de muy mal humor. El Capitán de la Guardia también. El Emperador ya no veía a la muerte pero le temblaban las manos y sentía puntadas dolorosas en la nuca. Las gentes entraban a la casa blanca de la calle con árboles y Veevil saludaba desde su balcón al viejo médico cuando lo veía caminar por el jardín y sentarse junto al estanque y él le sonreía. A veces también levantaba una mano en un gesto de saludo y se quedaba mirándola y pensaba que era muy bella.&lt;br /&gt;Promediaba el verano cuando atravesó el portal un hombre cuadrado, macizo y serio. En el patio en el que se decía que había un tesoro enterrado, junto a la fuente que gorgoteaba, bajo los árboles en los que las hojas se movían con un ruido de papel de seda y los pájaros hinchaban los buches llamándose, no se desorientó ni se enojó como el Duque de Asfiddes. Esperó un momento y miró a su alrededor y después golpeó las manos y llamó:&lt;br /&gt;—¡Eh! ¿No hay nadie aquí?&lt;br /&gt;La voz partió y sé amplió y rebotó contra las paredes blancas y volvió a él como desde una gruta secreta más allá de las partes habitadas de la casa. Pero nadie le contestó. Entonces recorrió el patio, y como había hecho el Duque aquella vez, abrió algunas puertas. Y caminando de puerta en puerta vio la arcada casi oculta por las enredaderas y pasó por allí y encontró la puerta entornada, se acercó y la abrió. El hombre sentado con las piernas cruzadas en la estera que cubría el piso de piedra abrió los ojos:&lt;br /&gt;—Buenos días —dijo.&lt;br /&gt;—Ah, buenos días —contestó el otro—. Busco al médico.&lt;br /&gt;—Yo soy.&lt;br /&gt;—¿Puedo pasar?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;De modo que entró y miró la habitación buscando una silla, un banco, algo en qué sentarse, y también instrumentos para escudriñar el cuerpo y frascos con remedios, y no vio nada. Así que dio dos pasos y se sentó él también sobre la estera.&lt;br /&gt;—Estoy enfermo —dijo.&lt;br /&gt;—Hummm —dijo el médico—, sí, pero no es grave.&lt;br /&gt;El hombre se quedó callado un momento mirándolo:&lt;br /&gt;—¿Cómo es posible que puedas saberlo? No hace ni cinco segundos que he entrado por esa puerta.&lt;br /&gt;—Si estuvieras grave tu cuerpo te obligaría a sentir alguna clase de miedo. Y todos los miedos son excluyentes: el tuyo no te hubiera permitido interesarte por lo que ibas a encontrar en la habitación.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo el hombre—, bueno, puede ser que tengas razón.&lt;br /&gt;—¿Cuál es tu oficio?&lt;br /&gt;—Soy comerciante —dijo el hombre—, vendo objetos de cristal.&lt;br /&gt;—¿Qué necesidad hay de mentir? —preguntó el médico.&lt;br /&gt;—¿Eh?&lt;br /&gt;—La venta de objetos de cristal no favorece las callosidades en el canto de las manos, ni las espaldas rectas ni los hombros echados hacia atrás.&lt;br /&gt;El hombre torció la cabeza y dejó vagar los ojos por las paredes y la ventana que daba al jardín y finalmente volvió a mirar al médico:&lt;br /&gt;—En realidad —dijo— fui comerciante en objetos de cristal hace mucho, y me gustaría volver a dedicarme a eso, pero ahora soy artesano.&lt;br /&gt;—¿Ah, sí?&lt;br /&gt;—Sí, claro que sí.&lt;br /&gt;—¿Y qué es lo que te hace sentir enfermo?&lt;br /&gt;—Me duele acá.&lt;br /&gt;—¿Fuiste a la escuela cuando eras chico?&lt;br /&gt;—Sí —dijo el hombre.&lt;br /&gt;—¿Qué era lo que más te gustaba estudiar?&lt;br /&gt;—Nada. No me gustaba estudiar nada.&lt;br /&gt;—Ah —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Y a veces siento un frío quemante que me sube desde el vientre hasta la garganta.&lt;br /&gt;—Ah —volvió a decir el médico—. Y si ahora tuvieras tiempo y dinero para estudiar, ¿qué preferirías, las matemáticas o la música?&lt;br /&gt;El hombre lo pensó:&lt;br /&gt;—Las matemáticas —dijo abriendo mucho los ojos.&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;—Porque eso es más útil. No digo que no me guste la música, pero si uno quiere música, contrata a un músico.&lt;br /&gt;—Es posible —dijo el médico—. ¿Alguna vez tuviste la sensación de conocer de mucho antes a una persona a la que veías por primera vez?&lt;br /&gt;—No sé —dijo el hombre—, quizá sí, no me acuerdo, esas fantasías que uno tiene cuando es muy joven.&lt;br /&gt;—¿Hay un ropero muy profundo en tu dormitorio?&lt;br /&gt;—No dijo el otro—, hay un ropero, pero no es muy profundo.&lt;br /&gt;Entonces el médico se inclinó y tocó con un dedo el costado del cuello del hombre que decía ser artesano, bajo el lóbulo de la oreja:&lt;br /&gt;—¿Te duele? —preguntó.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;El médico retiró la mano y volvió a sentarse muy erguido y dijo:&lt;br /&gt;—No, no es grave. Te vas a curar en poco tiempo. —¿Qué tengo que hacer?&lt;br /&gt;—Yo te voy a preparar un medicamento para que tomes. Pero eso va a tardar unos días. Mientras tanto, todas las tardes, cuando el sol empiece a ocultarse, vas a suspender un momento el trabajo en el taller.&lt;br /&gt;—¿Cómo?&lt;br /&gt;—En el taller. Y te vas a sentar en el suelo frente a una mesa baja en la que haya un papel blanco, una pluma y tinta color verde, y vas a dibujar un árbol.&lt;br /&gt;—¿Un árbol?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Cualquier árbol?&lt;br /&gt;—Cualquiera. Puede ser un sicómoro, un plátano, un tilo, cualquiera. Puede ser una palmera, y hasta un arbusto.&lt;br /&gt;—¿Todos los días el mismo árbol?&lt;br /&gt;—No es indispensable —dijo el médico—, pero sería preferible. Ahora, si te dan ganas de cambiar de árbol, no hay ninguna razón para que no lo hagas.&lt;br /&gt;—¿Y cuando me des el medicamento voy a dejar de dibujar el árbol?&lt;br /&gt;—Ah, no. Pero quizá dibujes un árbol distinto.&lt;br /&gt;El hombre suspiró:&lt;br /&gt;—Muy bien —dijo—. ¿Cuánto te debo?&lt;br /&gt;—Nada —dijo el médico.&lt;br /&gt;—¿Pero cómo? ¿No te pagan tus pacientes?&lt;br /&gt;—En cierto modo, sí.&lt;br /&gt;—Tinta verde —dijo el hombre—, bueno, bueno, y papel blanco. ¿Cuándo tengo que volver?&lt;br /&gt;—Pasado mañana.&lt;br /&gt;—¿Traigo los árboles que dibujé?&lt;br /&gt;—Sí —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Bueno, adiós —dijo el hombre, y se fue.&lt;br /&gt;El médico cerró los ojos. No por mucho tiempo porque esa misma mañana llegaron una mujer con su hijo, un hombre enfermo de los pulmones, un jardinero que se había lastimado la mano izquierda con la tijera de podar, un hombre muy viejo traído en angarillas por dos de sus nietos, y un chico que quería aprender los nombres de las flores que crecen en las montañas frías del norte.&lt;br /&gt;Cuando el sol estuvo en medio del cielo, el médico fue a la cocina y comió una fruta colorada y un pan crocante. Y después se fue al jardín y se sentó al borde del estanque, a la sombra de los grandes helechos que crecían entre las piedras.&lt;br /&gt;—¡Eh! ¿No hace demasiado calor ahí? —gritó Veevil desde su balcón.&lt;br /&gt;Él la miró y le hizo que no meneando la cabeza y volvió a decirse que era muy bella, y ella se rió y desapareció dentro de la casa. El médico cerró los ojos y pensó en el estanque. Los abrió y vio cómo la muchacha se asomaba a la pared divisoria, pasaba al otro lado y se dejaba caer en su jardín.&lt;br /&gt;—¿Cómo que no hace calor? —dijo Veevil y se sentó—. Hace muchísimo calor. Y quiero preguntarte tres cosas: ¿te gusta tanto sentarte junto al estanque? ¿Crecen plantas medicinales aquí? ¿Hay mucha gente enferma?&lt;br /&gt;—Sí, sí y sí —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Ah, vamos, ¿eso es todo?&lt;br /&gt;—¿No te he contestado acaso?&lt;br /&gt;—Sí, pero no me gustaron las contestaciones. Yo lo que quiero es conversar.&lt;br /&gt;—Ah—dijo él.&lt;br /&gt;—¿O te hago perder el tiempo?&lt;br /&gt;—No, no. No te vayas.&lt;br /&gt;—Bueno, me quedo. ¿Y por qué hay tanta gente enferma?&lt;br /&gt;—Porque es más fácil enfermarse que decidirse a buscar el lugar que a uno le corresponde en el mundo.&lt;br /&gt;—¿Cómo, cómo?&lt;br /&gt;—Sí —dijo el médico—. Nos vamos agregando cosas postizas e innecesarias y nos perdemos de vista y nos olvidamos de cuál es nuestra verdadera forma. Y si no nos acordamos de la forma que tenemos, ¿cómo podemos encontrar el lugar adecuado? ¿Y quién se atreve a arrancarse los postizos que tiene pegados a los párpados, a las uñas y a los talones? Entonces algo anda mal en la casa y en el mundo, y nos enfermamos.&lt;br /&gt;—Ah —dijo ella—, como el fruto del caloco que está adentro de cinco cáscaras.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Y todos tenemos cosas postizas?&lt;br /&gt;—Casi todos.&lt;br /&gt;Se quedaron en silencio.&lt;br /&gt;—Lo grave no es tener cosas postizas —dijo el médico—, lo grave es amarlas.&lt;br /&gt;—¿Qué cosas postizas podría arrancarme yo?&lt;br /&gt;—No sé —dijo él—. No te conozco.&lt;br /&gt;El hombre que decía ser un artesano que había comerciado con objetos de cristal volvió dos días después y le mostró al médico dos árboles dibujados con tinta verde en dos hojas de papel blanco.&lt;br /&gt;—Creo que son árboles de las nieves —dijo—, pero no estoy muy seguro. En todo caso son muy viejos.&lt;br /&gt;—Los árboles de las nieves viven cientos de años —dijo el médico, y se inclinó para tocar con un dedo el costado del cuello del enfermo—. ¿Te duele?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Dentro de dos días voy a tener preparado tu medicamento. ¿Tu cama está en el centro de la habitación?&lt;br /&gt;—No, contra un rincón. ¿Por qué? ¿Tengo que moverla?&lt;br /&gt;—No, pero vas a sacar todos los muebles que estén entre la cama y la puerta.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo el hombre y se puso de pie—. ¿Sigo dibujando árboles?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Esa noche hubo una gran tormenta y el médico casi no durmió, atendiendo a los enfermos que vivían provisoriamente en algunas de las habitaciones de la gran casa blanca. Uno de ellos se despertó a la madrugada, cuando ya habían cesado ¡os truenos y los relámpagos pero llovía con fuerza, y le dijo que sentía que iba a morir esa noche.&lt;br /&gt;—Está bien —dijo el médico—, la muerte también es  ' necesaria. Y conveniente. Si te parece que vas a morir, así será. Cada uno siente llegar su muerte, la ve, la huele, la oye.&lt;br /&gt;—Está lloviendo —dijo el enfermo.&lt;br /&gt;—Sí, pero a la señora muerte eso no le importa.&lt;br /&gt;—A mí tampoco —dijo el enfermo—, a mí lo que me importa es tener un torno.&lt;br /&gt;—Podrías mandar a decirle a tu mujer que te compre uno.&lt;br /&gt;—Cuando deje de llover y salga el sol —dijo el hombre acostado— me voy a ir a vivir a orillas del Singkaló donde la tierra es colorada y dócil. Y me voy a hacer un torno.&lt;br /&gt;—¿Y la muerte?&lt;br /&gt;—Bah —dijo el enfermo—, que se quede con todo, con la casa y los carruajes y los hijos que hemos tenido y la platería guardada en los arcenes —y se durmió.&lt;br /&gt;Los días, y sobre todo las noches de tormenta, le sentaban mal al Emperador Chaloumell VII, decimoquinto gobernante de la casa de los Chaixis, que a la mañana siguiente manchó sus reales ropajes con la sangre que le salía por la nariz, una sangre espesa y oscura y maloliente.&lt;br /&gt;—No me hablen de médicos —jadeó.&lt;br /&gt;Al otro día salió el sol y al otro también y Veevil se asomó al balcón de su dormitorio. El hombre que dibujaba árboles llegó cerca del mediodía en busca de su medicamento:&lt;br /&gt;—Ayer dibujé una palmera bruscada —dijo.&lt;br /&gt;—Las palmeras bruscadas son bellas y majestuosas —dijo el médico.&lt;br /&gt;—No sé —dijo el hombre—, a mí no me gustan mucho. Pero dibujé una.&lt;br /&gt;—Vas a tomar dieciséis gotas de este medicamento, dieciséis —dijo el médico—, todos los días al despertar, antes de levantarte de la cama, durante tres días, y después vas a venir a verme.&lt;br /&gt;—¿Sigo dibujando árboles?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;El médico se quedó solo, mirando la puerta entornada y pensando que si ese hombre dibujaba otra palmera bruscada y otra más, quizá llegaría a decirle cuál era su verdadera profesión. Se oyeron pasos rápidos y la puerta se abrió con tanta fuerza que golpeó la pared con un estampido.&lt;br /&gt;—¡Qué has hecho! —gritó Veevil—. ¡Pero qué has hecho!&lt;br /&gt;—No he hecho nada —dijo el médico.&lt;br /&gt;—¿Ah, no, eh? ¿No has hecho nada? ¿Y entonces por qué viene Zigud-da a verte, eh? ¿Por qué?&lt;br /&gt;—Ah, se llama Zigud-da —dijo él—. No lo sabía. Viene a verme porque está enfermo, pero no es grave lo que tiene.&lt;br /&gt;—Maldito sea —dijo ella—, maldito sea. Malditos sean él y su madre y su abuela y sus hijos y los hijos de sus hijos, maldito sea y ojalá se muera revolcándose en su propia sangre.&lt;br /&gt;—Veevil —dijo el médico.&lt;br /&gt;La muchacha se inclinó hacia él y lo miró a los ojos:&lt;br /&gt;—Sí —dijo—, maldito sea y ojalá se muera y yo pueda bailar sobre su cadáver.&lt;br /&gt;Se enderezó, se dio vuelta y se fue dejando la puerta abierta y el médico cerró los ojos y se miró hacia adentro y respiró setenta veces pensando con atención en el aire que entraba y salía, cada vez más hondo, cada vez más tranquilo.&lt;br /&gt;Esa tarde Veevil fue a la plaza Nevviasoria y se sentó entre el público que escuchaba a un contador de cuentos. El público lo escuchaba, ella no. Ella estaba sentada muy quieta, con los ojos clavados en el hombre que hablaba y las manos cruzadas sobre la falda. Hacía mucho rato que estaba ahí cuando alguien se sentó cerca de ella, inclinándose como para oír mejor. Una de las manos de Veevil hizo un movimiento y se apoyó en el suelo y cuando volvió al regazo, la mano de alguien ocupó ese lugar ocultando un papel doblado.&lt;br /&gt;Esa tarde Zigud-da dibujó con tinta verde otra palmera bruscada, la miró con cierta satisfacción y se llevó la mano a un costado del cuello y presionó y se dijo:&lt;br /&gt;—¿Por qué buscará un dolor en el cuello si a mí lo que me duele es el vientre?&lt;br /&gt;Esa noche la Emperatriz dio una fiesta y el Emperador se quedó en su cámara y comió carne de venado con salsa de múrcula y tomó vino mientras pensaba en la conveniencia de traer a la capital como esclavos a los pobladores de Sid-Ballein que habían tenido la insolencia de rebelarse por un impuesto sin importancia, y hacerlos trabajar en las obras de ampliación del palacio. Haría decir a los capataces que los trataran bien, eso sí. Eso sí, no tenía que olvidarse de eso el Emperador Chaloumell el Calvo que quería que sus súbditos pensaran cosas buenas de él cuando estuviera muerto.&lt;br /&gt;Dos días después Veevil fue a la casa del médico pero sin correr ni golpear puertas. Se descolgó por la pared divisoria, como siempre, y caminó por el jardín que empezaba a oscurecerse, bordeando el estanque:&lt;br /&gt;—¿Dónde está mi amigo el señor médico? —canturreó.&lt;br /&gt;Pero nadie la oyó salvo un búho que nada podía decirle, y ella se fue a la cocina en donde ardía una lámpara:&lt;br /&gt;—Buenas tardes —dijo.&lt;br /&gt;—Buenas tardes, Veevil. Supuse que vendrías porque en ese cuenco, ¿ves?, tengo dulce de grosellas.&lt;br /&gt;—Yo no soy golosa —dijo ella.&lt;br /&gt;—¿No?&lt;br /&gt;—No mucho.&lt;br /&gt;El médico le alcanzó una cuchara de madera y la muchacha se sentó en un banco frente a la mesa blanca y comió dulce de grosellas y él comió pan moreno y ninguno de los dos dijo nada durante un rato muy largo.&lt;br /&gt;—Ese hombre —dijo ella por fin.&lt;br /&gt;El médico no contestó. Ella esperó pero él masticaba el pan moreno y ya partía con los dedos otro pedazo, silencioso.&lt;br /&gt;—Me pregunto si estás enterado de lo que pasa a tu alrededor —dijo la muchacha.&lt;br /&gt;—Estoy enterado.&lt;br /&gt;—Ese hombre es Capitán de la Guardia Imperial en el palacio.&lt;br /&gt;—Ya sé.&lt;br /&gt;—¿Lo sabías?&lt;br /&gt;—No, pero dibujó otra palmera bruscada, de modo que hoy me lo dijo.&lt;br /&gt;—No te entiendo, te aseguro que no te entiendo. Sabiendo tantas cosas, adivinando tantas cosas, ¿cómo es que estás aquí metido en esta casa poniendo emplastos y preparando jarabes en vez de estar manejando hombres? El médico le sonrió:&lt;br /&gt;—Ay, Veevil —dijo—, si yo estuviera manejando hombres no sabría nada y no podría ver nada. Ver, no adivinar.&lt;br /&gt;Otra vez hubo un silencio hasta que ella dijo:&lt;br /&gt;—Hay que terminar con la dinastía de los Chaixis.&lt;br /&gt;—Eso es lo que Zigud-da se propone, ¿no es así?&lt;br /&gt;—¡Entonces lo sabías!&lt;br /&gt;—No —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Pero si lo has dicho.&lt;br /&gt;—No fui yo quien lo dijo. Veevil y Zigud-da lo están diciendo.&lt;br /&gt;—No pongas mi nombre al lado del de esa hiena.&lt;br /&gt;—¿Está bueno el dulce de grosellas?&lt;br /&gt;—No me importa el dulce de grosellas —se interrumpió—. Sí, está bueno. Gracias. Yo quiero hablar de otra cosa. Quiero hablar de la muerte de Zigud-da.&lt;br /&gt;—¿No de la muerte del Emperador?&lt;br /&gt;—Al Emperador nadie lo va a defender una vez caído: basta con desterrarlo. —Comió otra cucharada de dulce de grosellas.— Los Borkhausis queremos que ocupe el trono un hombre interesado en el bienestar del pueblo y no un monstruo de codicia y egoísmo como Chaloumell. Pero la Guardia Imperial también tiene puestos los ojos en el trono de oro. Y la Guardia Imperial es fuerte, tiene acceso al oro y a las armas, y tiene cuerpos en todos los puntos estratégicos del Imperio. Si llega al trono un hombre de la Guardia, va a ser una tragedia para el pueblo.&lt;br /&gt;—¿Y si llega al trono un hombre de los Borkhausis, no?&lt;br /&gt;—No, por supuesto que no, cómo se te ocurre. Ellos son despóticos, rígidos y ambiciosos, casi peores que los Chaixis. Nosotros vamos a ser justos, vamos a dar justicia y libertad a las gentes.&lt;br /&gt;—Son dos palabras muy bellas, Veevil. Y muy grandes. Tanto que no deberían dejar lugar para la muerte de un hombre.&lt;br /&gt;—Zigud-da tiene que morir —dijo ella—. ¿Está muy enfermo?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Entonces hay que hacer algo para que se enferme gravemente y muera. Si lo matamos, la Guardia Imperial va a sospechar de nosotros y nos va a perseguir y a matar como a cucarachas. Zigud-da tiene que morir, ¿no te das cuenta? Tenemos que cortar el camino que va del trono a esos brutos de uniforme, sin cerebro y sin conciencia. Y es en medio de ese camino donde está el Capitán.&lt;br /&gt;—Está casi curado —dijo el médico.&lt;br /&gt;—¿Seguro?&lt;br /&gt;—Sí. Dibujó las semillas de la palmera bruscada al pie del tronco. Y se sobresaltó cuando puse un dedo al costado de su cuello y apreté, aquí.&lt;br /&gt;—Tiene que morir. Tiene que enfermarse y morir —dijo la muchacha.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Pero no ves que ese hombre es el mal?&lt;br /&gt;—Puede ser que lo sea.&lt;br /&gt;—¿No son los médicos los hombres que destruyen el mal? ¿No son los hombres que quieren ser buenos?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Y entonces? ¿Qué tiene que dibujar, qué tiene que pensar, qué tiene que comer para enfermarse?&lt;br /&gt;—Mi maestro me enseñó muchas cosas —dijo el médico—. Pero el día que abandoné mi casa para ir a vivir a la suya, ese día aprendí a lavar los utensilios de cocina y a distinguir una araña que va a poner huevos de una araña que anda en busca de alimento.&lt;br /&gt;—No veo qué tiene que ver eso con la muerte de Zigud-da.&lt;br /&gt;—Sí lo ves, Veevil. Esforzándote apenas, lo ves. Aunque quizá no quieras verlo.&lt;br /&gt;—Si Zigud-da se enferma y muere, yo voy a abandonar mi casa y voy a venir a la tuya, para siempre.&lt;br /&gt;El médico sintió un dolor muy agudo en el pecho.&lt;br /&gt;—Puedo aprender a lavar los utensilios de cocina —dijo ella— y a distinguir las arañas y las hierbas. Y puedo ayudarte con tus enfermos y cocinar y hacerte compañía y limpiar y darte hijos bellos y sanos y fuertes.&lt;br /&gt;—¿Y de qué hablaríamos los dos en las noches de invierno, Veevil, cuando estuviéramos solos, con una lámpara encendida en la cocina?&lt;br /&gt;—¿Eso quiere decir que no vas a hacer que se enferme y muera?&lt;br /&gt;—No lo sé —dijo el médico.&lt;br /&gt;Ella se puso de pie y miró el cuenco de arcilla y alargó la mano, tomó la cuchara de madera y la hundió en el dulce brillante y espeso:&lt;br /&gt;—Voy a volver mañana —dijo— si vas a pensar en todo lo que te dije.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;El viejo médico, que había estado solo toda su vida como están solos toda su vida otros hombres de otros oficios, los poetas, los veinteros, los contadores de cuentos, durmió esa noche solo en su cama estrecha con un sueño agitado e inquieto. Dos veces se despertó sin motivo alguno y otras dos veces se levantó y fue a ver a sus enfermos. Le pareció, en el momento en que ponía una jarra con agua fresca a la cabecera de uno de ellos, un muchacho que tenía un padre autoritario y una enfermedad a la garganta, le pareció que Veevil no se había ido y que estaba todavía con él en la casa blanca.&lt;br /&gt;Pero la muchacha estaba en realidad muy lejos, en un depósito abandonado cerca del río, hablando en voz baja y rápida, rodeada de gentes que la escuchaban; y cuando salió de allí muy tarde, casi de madrugada, llevaba escondida en un bolsillo del vestido una cajita de plata en la que había un polvo blanco muy fino.&lt;br /&gt;Como el Emperador amaba su palacio, esa mañana llamó al Capitán de la Guardia Imperial y mantuvo con él una larga conversación.&lt;br /&gt;—Si Su Majestad Imperial lo aprueba—dijo Zigud-da— saldremos esta tarde. Acamparemos en Tusugga y caeremos por sorpresa sobre Sid-Ballein mañana a mediodía cuando los habitantes estén comiendo o descansando.&lt;br /&gt;El Emperador aprobó. Zigud-da dio órdenes a sus hombres y después salió del palacio y fue a la casa de la calle de Albarrosa. Tuvo que esperar bajo las enredaderas porque dentro de la habitación que tenía piso de piedra cubierto por una estera, el médico hablaba con alguien. Lo que pensó el Capitán de la Guardia mientras esperaba, es algo que ya no puede saberse. Pero lo más probable es que estuviera impaciente; y como ya no estaba, enfermo también es probable que se hubiera olvidado de las palmeras bruscadas y en vez de las hojas verdes que se balancean con el viendo y brillan al sol recordara un juego al que se jugaba en su infancia en las calles polvorientas de Eriamod o las pruebas de destreza por las que había tenido que pasar para ser admitido en la Guardia Imperial. Lo que sí se sabe es que cuando de la habitación salió una mujer gorda bamboleándose con pasos inseguros sobre las losas, él esperó todavía a que el médico lo llamara, y que al no oír nada durante un largo rato, se acercó a la puerta y entró.&lt;br /&gt;—Buenos días —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Buenos días —y se sentó.&lt;br /&gt;—Ya no estás enfermo.&lt;br /&gt;—No —dijo Zigud-da—, ya no tengo el dolor acá ni la quemadura fría que me subía desde el vientre.&lt;br /&gt;Como el médico no dijo nada, el Capitán de la Guardia imperial siguió hablando:&lt;br /&gt;—¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Tengo que seguir dibujando árboles? —¿Te gustaría?&lt;br /&gt;—No. Pierdo demasiado tiempo. Y esta tarde me voy de viaje.&lt;br /&gt;—No los dibujes más, entonces. Y los muebles de tu habitación pueden volver a su lugar. No vuelvas a tomar el medicamento que te di. Lo que podrías hacer es mirar con atención los árboles que encuentres en el camino cuando estés de viaje. Y tomar durante tres días otro medicamento que te he preparado.&lt;br /&gt;El médico se levantó, dejó solo al Capitán y se fue a una habitación que abría sobre el patio en el que había una fuente, frente a las que ocupaban sus enfermos. Allí eligió un frasco, salió y atravesó nuevamente el patio. Pero antes de llegar a la arcada de las enredaderas la luz del sol . brilló sobre el vidrio y el líquido, y el médico se detuvo. Por un segundo volvió el dolor agudo que había sentido por la noche, en la cocina, frente a Veevil. Cerró la mano sobre el frasco, entró en la habitación y se sentó sobre la estera y le dijo al hombre que esperaba:&lt;br /&gt;—No, no tomes nada, será mejor.&lt;br /&gt;—Pero, ¿y si vuelvo a enfermarme?&lt;br /&gt;—Ésa es una posibilidad: todos podemos enfermarnos en cualquier momento. Yo creo sin embargo, que no vas a volver a enfermarte durante mucho tiempo; hay otras maneras de prevenir la enfermedad que tuviste. Mientras viajes vas a estar bien, y al regreso vas a comprar semillas de seseli, las vas a secar al sol, las vas a guardar molidas en algún lugar fresco y oscuro, y las vas a usar una vez al mes para condimentar tus comidas.&lt;br /&gt;El hombre se puso de pie:&lt;br /&gt;—¿Nada más?&lt;br /&gt;—No, nada más.&lt;br /&gt;—Está bien ¿Cuánto te debo?&lt;br /&gt;—En este momento, nada. Si alguna vez se te ocurre que estás en deuda conmigo, entonces sabrás qué traerme.&lt;br /&gt;—¿Y si no se me ocurre nunca?&lt;br /&gt;—Ya se verá —dijo el médico.&lt;br /&gt;—Adiós —dijo el Capitán Zigud-da y se fue. Quizá la historia del hombre que vivía en una casa de la calle de Albarrosa en la que el portal estaba siempre entreabierto, de la que se decía que había sido un burdel y una posada para peregrinos, y que ocultaba un tesoro enterrado en el patio, tendría que terminar aquí. Me pregunto si no sería lo más adecuado. Pero no siempre lo más adecuado es lo que más nos gusta, y a veces a los contadores de cuentos nos resulta difícil terminar, abandonar una historia. Por eso les digo que el viejo médico enterró en el jardín, muy bien tapado, el frasco que debía haber contenido un líquido claro y transparente y en el que había un líquido opaco con un sedimento de polvo, y que esa noche le dijo a Veevil dos cosas: que lo que se llama el mal también es necesario y que el mundo es inmensamente rico y variado pero que es uno y único porque las cosas más dispares son hermanas y las cosas más opuestas son equivalentes. Lo que dijo a eso la muchacha no tiene importancia; se fue y no volvió a saltar la pared divisoria nunca más.&lt;br /&gt;También les digo que Chaloumell el Calvo murió poco después, pasando de uno de sus desmayos a la muerte con sólo un estremecimiento y un gemido, pero que la dinastía de los Chaixis no terminó con él. Subió al trono su hijo mayor, Cheirantes III que pasó a la historia con el irrespetuoso sobrenombre de Caballo Loco, y que se casó con la segunda hija de los Duques de N'Cevvillea pero tomó casi inmediatamente como concubina a una de las muchachas de Sid-Ballein que trabajaban en las obras de ampliación del palacio. Eso fue el pretexto para un alzamiento de la Guardia Imperial que sostuvo que era una inconveniencia que una prisionera que ellos habían traído como sierva desde tan lejos, ocupara un lugar privilegiado en la corte. Caballo Loco fingió atemorizarse ante la rebelión, aseguró que se rendiría y pidió una reunión secreta con los cabecillas para rogar por su vida. La reunión debía hacerse en un pabellón alejado del palacio, pero ninguno de los jefes del alzamiento llegó hasta allí. Cayeron en una profunda zanja cavada en ej bosque que rodeaba el pabellón construido para una de sus amantes por el segundo emperador Chaixis, y el flamante señor del trono de oro se entretuvo degollando a algunos de ellos, y cuando sintió el brazo cansado se fue y dejó al resto allí para que muriera de hambre y sed en el pozo. La muchacha de Sid-Ballein le dio al Emperador el único hijo que tuvo, ya que la Emperatriz nunca quedó embarazada, porque era estéril decían algunos, porque el Emperador jamás se acostó con ella decían otros. Y ese hijo único de Caballo Loco fue el Emperador Cheanoth I a quien es difícil que el Imperio olvide porque fue uno de los mejores entre los hombres sabios y justos que se sentaron en el trono de oro.&lt;br /&gt;Y a la casa de la calle de Albarrosa volvió a entrar un día aquel muchachito que quería aprender los nombres de las flores que crecen en las montañas frías del norte, y ya no volvió a irse: se quedó como aprendiz. Y cuando su Maestro murió, él, que ya era un hombre, siguió ejerciendo la medicina y mirando el mundo por las tardes sentado junto al estanque en el que se reflejaban el tesoro enterrado en el patio y el límite infinito de la casa.&lt;br /&gt;Primeras armas&lt;br /&gt;Dijo el narrador: —Pero si queremos comprender, verdaderamente comprender la historia del Emperador Horhórides III, séptimo gobernante de la casa de los Jénningses, tenemos que hacer un alto para recordar que los años en los que vivió no fueron precisamente apacibles. Todos los emperadores Jénningses fueron turbulentos de ánimo y retorcidos de espíritu, y turbulentos y retorcidos fueron los tiempos que pasaron sentados en el trono de oro. La época de Horhórides III fue quizá más tranquila, pero también más extravagante. No hubo guerra ni hambre ni peste, pero florecieron el vicio, el contrabando, el arte de la fealdad, el asesinato, la codicia, la hipocresía. En fin, que no hubo alegría ni inocencia, y que quizá hubieran sido preferibles las pestes. Y para demostrarles esto, me aparto unos momentos del Emperador y les cuento una breve historia, porque una buena historia ahorra muchas explicaciones, y ésta es buena, se los aseguro yo, que he contado tantas.&lt;br /&gt;El Señor Bramaltariq tenía diecisiete caballos, nueve mujeres, y tres mantos de piel de oso, uno teñido de verde, otro teñido de púrpura y otro teñido de azul. En el miserable callejón del Águila había una tienda de curiosidades, y curiosidades quería decir precisamente eso, cuyo dueño se llamaba Drondlann: tenía una cabeza redonda y calva, cuello corto, brazos largos y poderosos, y un cuerpo macizo, sin una gota de grasa. No tenía piernas, pero con un ingenioso arnés se le habían aplicado dos ruedas a las que impulsaba con los brazos, y así se movía rápida y silenciosamente. No se sabía cómo había perdido las piernas: quizá en una pelea, quizá en un accidente; quizá había nacido así.&lt;br /&gt;Cuando el Señor Bramaltariq pasaba por la Calle Grande con su cortejo, Drondlann daba un golpe a las ruedas y allá iba desde su covacha, a ocultarse entre los árboles que bordeaban la avenida, y a mirar. Las mujeres del Señor Bramaltariq eran muy blancas y muy gordas y se sentaban sobre almohadones dorados con borlas de colores. El les alquilaba sus caballos a los campesinos que no tenían más que yeguas y se quedaba con los potrillos. Vivía en una gran casa de piedra edificada en medio de un lago de aguas negras, en la que había verandas de madera labrada, espejos en los techos, cortinas en las ventanas, y sótanos sembrados de trampas y alumbrados con teas. Drondlann no tenía caballos ni mantos de pieles de oso: sólo tenía la tienda de curiosidades y sus dos ruedas y una planta de odio en el vientre a la que regaba con cuidado todos los días. Miraba pasar al señor Bramaltariq entre sus mujeres y sus sirvientes y la planta le florecía en la garganta y en las muñecas, y se decía que él era tan hombre como ese gordo blanduzco, mucho más; y recordaba cómo, después de alguna venta provechosa, iba en busca de alguna prostituta oscura, magra y curtida, un desecho de los barrios bajos, que se iba a la mañana siguiente llevándose algo de las ganancias y dos surcos lívidos en los muslos.&lt;br /&gt;Nadie supo nunca con precisión de dónde sacaba Drondlann la mercadería. Pero sí se sabe que fue Grugroul el que le llevó al muchacho rubio. Para ese entonces había declinado la venta de enanos: ya no parecían interesar a nadie, y eso que dos temporadas atrás todo el mundo se enloquecía por tener por lo menos uno encadenado a la puerta de entrada o dentro de una jaula colgada del techo de la sala. Para cuando el Señor Bramaltariq adquirió su novena mujer, Drondlann empezaba a despachar sin comprarles nada a los que llegaban al callejón del Águila a ofrecerle enanos.&lt;br /&gt;—No quiero más enanos —les decía—, ya no se venden.&lt;br /&gt;—Gigantes —le propuso un día uno de esos vendedores desencantados—, gigantes, ¿eh? ¿Qué te parece? Si los enanos ya no se venden, seguro que los gigantes sí, ¿eh? Porque un gigante es lo contrario de un enano, así que seguro, ¿eh?&lt;br /&gt;Drondlann no echó al tonto de su puerta, sino que lo pensó detenidamente, como lo pensaba todo:&lt;br /&gt;—No —dijo al fin—, no quiero. Fuera. Fuera de aquí y no vuelvas. A menos —sonrió—, a menos que me traigas algo realmente fuera de lo común.&lt;br /&gt;Tenía el inválido del callejón la esperanza de que alguien le llevara efectivamente algo tan raro como para justificar el largo viaje hasta el puente que desde la orilla del lago se tendía hacia la casa de piedra en el islote, para hacer una oferta al Señor Bramaltariq. Quería oír relinchar a los garañones y ver a las mujeres gordas echadas sobre los tapices arrugados. Quería oler los perfumes que se quemaban en las hornacinas y levantar la cabeza y verse reflejado en los espejos de los techos. Quería mirar el lago negro desde la casa, rodar sobre los pisos pulidos, espiar, y regar su planta en el vientre.&lt;br /&gt;El vendedor contó a alguien la pretensión del comerciante, y ese alguien lo contó a otro alguien, y ése a otro, y así hasta llegar a Grugroul.&lt;br /&gt;Pocos días después alguien llevó al callejón del Águila un feto con alas, desdichadamente muerto. Pero Drondlann lo compró por unas monedas y rápidamente, antes que se pudriera, lo vendió a un encapuchado que dijo que lo quería para su señor, cosa bastante poco creíble. Drondlann le aseguró que como la criatura tenía la piel correosa le iba a durar mucho tiempo. El encapuchado no volvió nunca. También le llevaron un dragón de seis patas: no pudo venderlo ni alimentarlo. El animal no aceptaba ratas ni brotes ni pájaros ni hongos ni arañas ni brasas, así que se murió de hambre. El comerciante pensó que había sido muy poco prudente de su parte no haberle preguntado al vendedor qué podría darle de comer al dragón de seis patas, pero había supuesto que comería lo mismo que uno de cuatro patas. Le ofrecieron un día una serpiente blanca con agallas y antenas, pero se acordó del dragón y la rechazó. Compró un hermafrodita y dos chicos sin ojos ni orejas, y los vendió muy bien a los tres, y eso que uno de los chicos no hacía más que gemir y sollozar, pero hay que ver que hay gente a la que le gustan esas cosas. Y compró una libélula rubia que se alimentaba con barro y excrementos. Le habían cortajeado los élitros para que no se escapara, de modo que la tuvo mucho tiempo suelta en la tienda y hasta intentó hacer el amor con ella y ella no se opuso, pero cuando vio cómo era el extremo del vientre, entre las patas de atrás, retrocedió asqueado. Ella no pareció ofendida. No pudo venderla fácilmente, pero no se preocupó porque no sólo no le costaba nada mantenerla sino que le ahorraba incomodidades y suciedad, y hasta se encariñó con ella. Al fin la puso a mitad de precio, una verdadera ganga, si uno quiere tener una libélula rubia en su casa, y se la llevó el Riuder de la pirámide del agua y fue lo más conveniente para evitar que alguien dijera que tenía en su negocio artículos invendibles. Y así otras cosas, nada extraordinario, nada como para ir a ofrecer a la casa del lago, hasta que un día llegó Grugroul con el muchacho. El hombre de la tienda de curiosidades creyó que sería propiedad del vendedor y ni lo miró.&lt;br /&gt;—Te lo vendo —dijo Grugroul.&lt;br /&gt;El otro ni se molestó en dar vuelta la cabeza: era lo bastante astuto como para haber aprendido que no le convenía ponerse a estudiar la mercadería, fuera lo que fuese. Si el muchacho no tenía nada de particular, como le había parecido, no valdría la pena ni torcer el cuello; y si lo tenía, demostrar interés podría ser contraproducente.&lt;br /&gt;—No me interesa —dijo.&lt;br /&gt;Grugroul se sonrió:&lt;br /&gt;—Te vas a perder algo excepcional.&lt;br /&gt;Entonces sí, el comerciante del callejón del Águila giró lentamente, muy lentamente la cabeza y miró la mercadería:&lt;br /&gt;—Bah —dijo—, para qué quiero eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque veía a un muchacho, solamente un muchacho. Completo, sin nada de menos, sin nada de más. Rubio, dos ojos claros, dos orejas, una nariz, una boca, dientes, cuello, dos brazos, dos manos, un cuerpo, dos piernas, dos pies. De modo que dejó de mirarlo, le dio la espalda y se dispuso a limpiar las jaulas.&lt;br /&gt;—No habla —dijo Grugroul.&lt;br /&gt;—Gran cosa —rezongó Drondlann.&lt;br /&gt;Abrió la puerta de la jaula del murciélago gigante que un letrado joven que no había querido dar su nombre había prometido ir a buscar al día siguiente, y sacó el bebedero para cambiar el agua.&lt;br /&gt;—Sabe bailar —insistió Grugroul.&lt;br /&gt;Eso sí que sorprendió al comerciante. La palabra le resonaba en la cabeza: bailar, bailar.&lt;br /&gt;—¿Bailar? —preguntó—. ¿Y eso qué es?&lt;br /&gt;No era que hubiera olvidado su prudencia: era que él había encontrado y vendido de cuando en cuando algún artículo que parecía convencional pero que no lo era. La Señora de la Colina, por ejemplo, la viuda del Jungaï de los Silos, había enloquecido, eso se decía aunque nadie podía asegurarlo, después de tener en su casa durante treinta días a un viejo que él le había vendido como alimentador de pájaros y que como no vivía en el mismo tiempo que la Señora sino en otro que estaba unos minutos adelantado, contestaba a sus preguntas antes que ella las hiciera o hablaba de acontecimientos que empezaban a producirse cuando él terminaba la frase. Y Adanssanto el de los Túneles, había matado al hijo adoptivo, ese recién nacido que el mismo Drondlann había ido a buscar a los pantanos del sur, porque decía que le fabricaba sueños. O sueño. Cierto que lo habían absuelto porque no era más que una criatura del sur, pero de todas maneras había sido una molestia y una pérdida de tiempo, y el de los Túneles nunca se había recuperado del todo.&lt;br /&gt;—¿Qué es bailar? —dijo sosteniendo el bebedero sucio en la mano, sorprendido.&lt;br /&gt;Grugroul tampoco era tonto y se dio cuenta del interés y la intriga que había despertado en el comerciante en curiosidades:&lt;br /&gt;—Verás —dijo—, este muchacho mueve el cuerpo no solamente como nosotros para caminar o para bañarse o para subir a un coche, sino sin una finalidad especial: lo pone en infinidad de posiciones, cada una durante pocos segundos o fracciones de segundo, y todas esas posiciones son distintas o se repiten en series muy largas. Y así sigue y sigue hasta que se le ordena que se detenga.&lt;br /&gt;Drondlann el de las ruedas perdió todo interés: eso de bailar le parecía una tontería. Sumergió el bebedero sucio en el agua del balde. Esta vez, aunque él todavía no lo sabía, se había portado como un tonto. Grugroul golpeó las manos:&lt;br /&gt;—¡A bailar, Tattoot! —gritó.&lt;br /&gt;Entonces el muchacho hizo eso que el vendedor había descrito: bailó. Se movió primero sin cambiar de lugar, con los dos pies juntos como pegados al suelo. Hizo ondear los brazos, los levantó, los mantuvo flotando; se balanceó y describió círculos con el cuerpo que se le quebraba en la cintura y con la cabeza que parecía rodar libremente en la punta de su cuello muy largo. Después saltó, sin dejar de balancear las otras partes de su cuerpo. Dio vueltas sobre un pie, sobre el otro, se agachó, barrió el suelo con las manos, se levantó, corrió dos pasos para un lado, tres para el otro, los brazos en alto, la cabeza echada hacia atrás. Grugroul se había apartado y estaba de espaldas, mirando hacia la calle, a través de la vidriera de la tienda. ¿Y el comerciante? Él había sentido cómo el mundo empezaba a girar más rápidamente de lo que nunca lo había hecho, más vertiginosamente que cuando era un pedrusco incandescente que arrastraba gases y coleccionaba polvo bajo la atenta mirada de Dios. El comerciante había mirado a los muertos que se alzaban de los sepulcros, había olido todos los olores que exhalaba la tierra desde los desiertos hasta los vergeles, había visto marchar a un ejército negro sobre un mar petrificado, había corta' do las flores de la infancia corriendo sobre dos pies, había cabalgado cubierto con una armadura de oro por un campo de oro persiguiendo mujeres de oro, se había embriagado con licores destilados en el fondo de cavernas secretas, y cuando el cielo comenzó a desplomarse sobre los hombres, el bebedero se le escapó de las manos y se hizo trizas y el murciélago graznó.&lt;br /&gt;—¡Basta! —aulló Drondlann.&lt;br /&gt;Grugroul golpeó las manos. El muchacho se quedó quieto. Recién entonces Grugroul se dio vuelta:&lt;br /&gt;—Qué te parece —dijo.&lt;br /&gt;Y la cautela abandonó al comerciante del callejón del Águila: el Señor Bramaltariq era viejo, gordo, peludo, blando y débil. Tenía nueve mujeres jóvenes. Tenía venas hinchadas en las piernas; tenía los ojos llenos de sangre y la respiración difícil y las digestiones pesadas.&lt;br /&gt;—Cuánto —preguntó.    .&lt;br /&gt;Hasta el mediodía estuvieron sentados regateando por el muchacho. A esa hora, agotados, debatiéndose cada uno entre la convicción de haber sido estafado y la esperanza de haber engañado al otro, se separaron. Grugroul se volvió al albergue y a la tarde tomó el camino del sur, y Drondlann buscó otro bebedero para el murciélago, limpió las jaulas, barrió, y pasó la mayor parte de la tarde pensando.&lt;br /&gt;El agua del lago era negra y estaba muy quieta. Ni pescadores ni boteros hacían sus negocios por esos lados. El comerciante en curiosidades llegó en su carro tirado por un asno y dos servidores lo subieron por la escalera. Ya llegaban arriba, faltaba muy poco, tres escalones, dos, uno, estaban a punto de llegar cuando allá lejos relincharon los diecisiete caballos. Las manos de Drondlann se cerraron detrás de los cuellos de los sirvientes y todo el cuerpo se le puso tenso y duro y se dijo a sí mismo que era un idiota y en ese segundo entre un paso y otro modificó el proyecto que lo había llevado hasta allí.&lt;br /&gt;—No, no te lo vendo —le dijo al señor Bramaltariq después de haberle descrito al muchacho—, no lo vendería ni por todo el oro del mundo, jamás. Es como si fuera carne de mi carne y sangre de mi sangre. Lo tengo a mi lado desde que nació y ya es como si fuera mi propio hijo y como a tal lo amo. Juro por lo más sagrado que tener que hacer esto me destroza el alma, pero los tiempos son duros y la miseria golpea a mi puerta. Te lo alquilo.&lt;br /&gt;—Cómo, cómo, a ver, cómo es eso —dijo el viejo, que era desconfiado como todos los viejos.&lt;br /&gt;—Te lo alquilo —repitió Drondlann—. El dinero que me des no te permite guardártelo, sino sólo verlo. Lo traigo un día, lo ves bailar, recibo mis monedas, me lo llevo. Lo traigo otro día, lo ves bailar.&lt;br /&gt;—Quién lo va a alimentar —interrumpió el Señor.&lt;br /&gt;Drondlann no miraba a las mujeres reclinadas en almohadones y alfombras. Trataba de tener los ojos fijos sobre la cara del viejo señor y lo veía agitarse, moverse inquieto, haciendo rodar los ojitos brillantes y entreabriendo los labios.&lt;br /&gt;—Yo —dijo.&lt;br /&gt;El gordo pensó que era un buen negocio y que el comerciante era tonto y aceptó.&lt;br /&gt;Cinco veces más fue el vendedor de curiosidades del callejón del Águila a la casa de piedra en el lago en la que vivía el Señor Bramaltariq. La primera de esas veces, al atardecer. El cielo estaba rojo, no se oía a los caballos, y el agua parecía quieta y negra como una hoja de metal sin templar.&lt;br /&gt;—¡A bailar, Tattoot! —gritó.&lt;br /&gt;El comerciante sabía que el muchacho no repetía nunca las figuras que componía con el cuerpo; lo sabía porque lo había mirado a hurtadillas en su casa del callejón del Águila, haciéndolo bailar una y otra vez. Pero ahí, en la casa de piedra sobre el lago, no lo miraba. Porque también sabía que si él mismo caía en la trampa, todo se le escaparía de las manos. Así que el muchacho rubio bailaba en la estancia y Drondlann fijaba sus ojos en el Señor Bramaltariq y en las mujeres. Las mujeres gordas y blancas trataban de incorporarse, abrían las bocas, lagrimeaban, movían la cabeza, tendían las manos, gemían y gritaban.&lt;br /&gt;Pero al gordo Señor Bramaltariq no le importaba: el gordo Señor Bramaltariq estaba rígido, desesperado, mirando al muchacho. Su cara parecía inflarse y las facciones temblaban y se perdían como las del cadáver de un ajusticiado hacía ya mucho tiempo. Y los brazos y las piernas del muchacho iban llenando la estancia de vuelos, cifras, sueños, recuerdos, culpa, hambre y fiebre. Dos de las mujeres se arrastraban por el suelo, una tercera cayó sobre los almohadones con los ojos cerrados y la lengua colgando. El Señor Bramaltariq estaba apoplético. El comerciante golpeó las manos, le indicó al muchacho que lo siguiera y se fueron.&lt;br /&gt;La segunda vez exigió que las mujeres no estuvieran presentes:&lt;br /&gt;—Te despojan de la mitad de tu placer —le dijo al Señor Bramaltariq—. Te lo aspiran, se lo beben, te lo devoran. Es mejor que estés solo.&lt;br /&gt;El gordo asintió rápidamente, ansiosamente. Las hizo encerrar en la habitación contigua y ellas lloriquearon y arañaron la puerta en vano durante toda la tarde. Drondlann golpeó las manos, dio la orden, el muchacho bailó.&lt;br /&gt;Bailar: he ahí una palabra que se dice muy fácilmente. Palabra extraña en ese momento, que el comerciante en curiosidades creyó inventada por Grugroul porque el arte de bailar se había perdido, palabra que a él, desde que la había oído y había aprendido a repetirla en secreto, le parecía que le resbalaba en los labios casi sin necesidad de utilizar la garganta. El muchacho hacía eso, bailar, bailar. Y Drondlann no lo miraba y afuera era ya de noche. En cambio el Señor Bramaltariq que a pesar de sus mujeres, sus mantos, sus riquezas y sus caballos era estúpido, seguía con los ojos desorbitados y enrojecidos cada movimiento de ese cuerpo que atravesaba el aire de la estancia. Se le encabritaban como cuerdas tensas las venas del cuello y de las sienes; respiraba cada vez con mayor dificultad y agitaba las manos inútilmente, quizá intentando detener o apresurar o matar el baile. Pero el dueño del baile era el otro, el comerciante que no era estúpido. El gordo señor de la casa de piedra cayó hacia atrás. Drondlann golpeó las manos. El muchacho se quedó quieto. El dueño de tierras, aguas, haciendas y almas de Bramaltariquenländ tenía los ojos abiertos y todavía intentaba agitar las manos, los dedos se estiraban y se encogían hundiéndose en los pelos del manto de piel de oso color azul. Drondlann le sonrió, le habló como hablan los mercaderes y los prestes, le prometió maravillas, lo ayudó a incorporarse.&lt;br /&gt;—Mañana —alcanzó a decir el viejo gordo.&lt;br /&gt;El otro frunció el ceño y le propuso un día de descanso.&lt;br /&gt;—Mañana —insistió el viejo—. Mañana, mañana.&lt;br /&gt;El comerciante le dijo que sí, que por supuesto, que mañana. Y al día siguiente fue otra vez con el muchacho y encontró al Señor Bramaltariq lleno de impaciencia. Drondlann pensó que era una lástima que el gordo fuera tan necio como para no advertir siquiera la proximidad de la muerte, porque a él le hubiera gustado ver el terror en esos ojitos de cerdo hundidos en la cara mofletuda. No había nadie más en la estancia y ninguna mujer lloriqueaba detrás de las puertas cerradas. Era posible que todavía no entrara la muerte por alguna de ellas: dependía de su habilidad.&lt;br /&gt;Había tormenta y el muchacho sonreía: le gustaban la lluvia y los rayos. Estalló un trueno, y sin esperar el golpe de las manos, se puso a bailar. El comerciante tuvo que hacer un gran esfuerzo para dejar de mirarlo: sintió galopar de nuevo los jinetes de oro, deseó los desiertos y los licores fermentados y los mares duros y la infancia. Pero se recuperó y se puso a pensar en su tienda del callejón del Águila, en las jaulas, en el olor picante, en las visitas de compradores y vendedores, en la penumbra, en los vidrios empañados que daban a la calle. La odiaba, pero la iba a extrañar.&lt;br /&gt;Y con otro trueno el Señor Bramaltariq se levantó de su sillón. Lo vigiló y lo vio quedarse allí, temblando, hinchado y vacilante; lo vio alargar un brazo como si quisiera tocar al que bailaba. Después ese brazo, corto y gordo, cubierto con una manga de seda enjoyada que tenía un galón de hilos de oro en el borde, ese brazo empezó a moverse, arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda; y el otro también, y la cabeza redonda a balancearse. Y dio dos pasos que hubieran podido hundir el maderamen del salón y levantó una pierna. Drondlann se dio cuenta de que el gordo también quería bailar y le agarró un ataque de risa. Él, el de la tienda en el callejón del Águila, se reía a carcajadas del Señor Bramaltariq, y afuera estallaban los truenos y adentro el muchacho recorría la estancia adoptando posturas diferentes y el viejo moribundo sudaba cubierto por sus ropajes tratando de ser como esa forma blanca que le revolvía la sangre y los sesos. Pero nadie oía nada, nadie sabía nada. Golpeó las manos y suspendió el baile y se fueron. El Señor Bramaltariq no se dio cuenta: estaba en medio de la estancia girando despaciosamente con una mano sobre el pecho y la otra tendida hacia la tormenta.&lt;br /&gt;Dejó pasar unos días, esperando, hasta que el señor lo mandó llamar. Otra vez era de tarde pero el cielo estaba claro. Se preguntó si en el lago habría peces negros y quietos. El muchacho bailó.&lt;br /&gt;El comerciante del callejón del Águila había visto la locura y la muerte. Años, muchos años atrás, cuando montaba a caballo y oía riendo las trompetas que tocaban a rebato y a somatén, había visto enloquecer y morir a los hombres alrededor de él. Él mismo había ido hacia la locura y la muerte y había vuelto a la vida: había blandido espadas y levantado escudos y había izado cabezas cortadas en la punta de una lanza. ¿Y qué era ahora su vida en la tienda del callejón?&lt;br /&gt;Suspendió el baile antes, un segundo antes que el Señor Bramaltariq se hundiera en el delirio. Se acercó a él y le habló lenta, dulce, suavemente. Le dijo que ésa había sido la última vez. Sí, la última a menos que. Pero las precauciones, los rodeos, todo era inútil. El viejo señor no lo oía. Entonces sacó de entre sus ropas el documento y el punzón, le pinchó el índice de la mano derecha y le hizo firmar con su sangre al pie del escrito. Eso fue todo y el cielo todavía estaba claro cuando los servidores lo bajaban por la escalera.&lt;br /&gt;Esa noche guardó el documento bajo una tabla suelta en el piso de la tienda y no pudo dormir.&lt;br /&gt;Al día siguiente lo sacó del escondite y se fue con el muchacho a la casa en medio del lago. El Señor Bramaltariq ya no hablaba: él, que había dictado órdenes, impartido justicia, impuesto castigos. Estaba tan mudo que pensó que podría llevarlo a la tienda del callejón del Águila y venderlo a bajo precio. Golpeó las manos.&lt;br /&gt;Drondlann no hacía más que mirar al viejo, y así fue como tuvo el placer de verlo morir. No murió como un guerrero. Ya no era poderoso, ya no parecía imponente y ni siquiera gordo. El color rojizo de la cara se le había convertido en gris y los nudos de las venas eran sombras y arrugas. No sudaba: estaba seco y enfermo y marchito. Solamente quería seguir viendo, seguir siguiendo con los ojos el cuerpo móvil del muchacho, seguir hasta la muerte. Y murió loco, tirado como uno de los peces negros del lago sin aire, sobre los que habían sido sus goces y sus lujos.&lt;br /&gt;Golpeó las manos y el muchacho dejó de bailar. Llamó a los servidores y a las mujeres, acompañó a todos en los llantos fúnebres, aulló, sacudió los puños cerrados contra el pecho y se inclinó hasta el suelo gimiendo.&lt;br /&gt;Y cuando le pareció decente, una vez enterrado el gordo y pasada la estupefacción de la muerte, cuando todos empezaban a preguntarse qué sería de las vastas propiedades y de las enormes riquezas, el comerciante en curiosidades convocó a un letrado y exhibió el documento.&lt;br /&gt;Era muy bella la casa de piedra y madera en el islote en medio del lago, muy bella. Tanto que nunca quiso ir de nuevo a la tienda del callejón del Águila. Cuando el olor se hizo insoportable los vecinos sacaron los cadáveres, se repartieron las jaulas y los muebles y tapiaron puertas y ventanas. El ex comerciante no fue molestado para nada y siguió viviendo tranquilamente, sin golpear jamás las manos. El muchacho rubio engordó: comía demasiado y se pasaba el día quieto, atendido por las mujeres y los servidores. A veces lo sobresaltaban los truenos. Drondlann tenía veintitrés caballos, once mujeres, tres mantos cortos de piel de oso verde, púrpura y azul: ya no era Drondlann, ahora era el Señor Bramaltariq y soñaba a veces con una forma blanca que recorría bailando las estancias de la casa del lago, en los años del reinado del Emperador Horhórides III de la dinastía de los Jénningses.&lt;br /&gt;"Así es el sur"&lt;br /&gt;—Vasto es el Imperio —dijo el narrador—, tan vasto que la vida de un hombre no alcanza para recorrerlo. Se puede nacer en Lyumba-Lavior y emprender un viaje y no detenerse nunca y cuando llegue la muerte, por mucho que haya demorado, quién sabe si se va a morir uno en Gim-Ghimlassa. Vivir se puede en cualquier parte, como dicen que dijo un antiguo poeta, y si se lo medita bien, se advierte que ése es un noble pensamiento. Se puede vivir en las grandes y bellas ciudades del norte, en las capitales blancas de nombres sonoros o en las grises villas fortificadas o en los balnearios llenos de música junto a las playas. Se puede vivir en tiendas en los desiertos siguiendo los oasis que se desplazan con las estaciones Se puede vivir sobre los ríos en barcos de vientres chatos, pescando, lavando la ropa, rasqueteando la cubierta, mirando pasar las gentes y las casas y los sembrados, haciendo el amor en las hamacas tejidas y mercando con hombres distintos cada día. Se puede vivir en cabañas de troncos cerca de las cimas de las montañas, en palacios de mármol, en agujeros fétidos, en conventos, en escuelas, en torres y en burdeles. Y también se puede vivir en el sur.&lt;br /&gt;Oh, sí, mis buenas gentes, sí, ya lo creo que sí. Se puede vivir en el sur. Y morir también. Y se puede nacer, y crecer y aprender y matar y sufrir en el sur. ¿Ustedes conocen el sur? ¿Han entrado a ese país vedado y tentador? ¿Han ido al paraíso de los monstruos, al antro de los asesinos, al reino de la barbarie? ¿Conocen a las gentes del sur? ¿Se han acostado con sus mujeres, han bebido con sus ' hombres, han escuchado a sus ancianos? Hace frío ahora en el norte; hace meses que el frío no nos da tregua y esta mañana nos hemos levantado en la oscuridad y nos hemos soplado los dedos y hemos golpeado el piso con los pies desnudos y hemos encendido los hogares y las estufas. Los pobres han quitado las cenizas que cubrían las brasas de ayer y los ricos han dado orden de cargar aun más las calderas en los sótanos de sus grandes casas. Hemos tomado chocolate caliente y nos hemos abrigado mucho y a media mañana hemos entrado en un bar a pedir un ponche. Han muerto algunos vagabundos en los campos de nieve y no se oye a los pájaros y el hielo se derrite en los vidrios de las ventanas y en los rosetones de piedra de las balaustradas, y esta noche habrá estrellas en un cielo limpio y mañana tendremos más frío que hoy.&lt;br /&gt;Y hace calor ahora en el sur. Los días son largos y despiadados. Hay un sol blanco que levanta nubes de vapor de los lagos y de los pantanos. Las gentes andan descalzas y casi desnudas sobre la tierra y la hierba; se despiertan temprano, muy temprano; duermen hacia el mediodía y vuelven a levantarse cuando el sol se pone morado sobre las copas de los árboles enormes. Así es el sur, verde y sofocante; húmedo, lleno de ira y de modorra. Los hombres y las mujeres no se reúnen alrededor de un fuego sino bajo las palmeras que se van hacia arriba, huyendo de los helechos que les aprisionan los troncos. Y no hay contadores de cuentos que expongan los hechos del Imperio porque el sur se niega a reconocer que él también es el Imperio. Escuchan sin embargo, pero escuchan otra cosa, algo que yo me pregunto si no será un tesoro tan grande como la historia del Imperio más extenso y poderoso que ha conocido el hombre, o si no será lo mismo pero dicho de otra manera: escuchan las voces de la tierra mojada y caliente, los gritos del viento, el canto de los ríos y lo que dicen los animales, las hojas y el aire.&lt;br /&gt;Sí, siempre ha sido así, siempre. Emperadores hubo que soñaron con someter al sur. Emperadores hubo que lo intentaron, y los hubo que creyeron haberlo conseguido. ¿Pero con qué?, les pregunto yo, ¿con qué? Con el poder, con las armas, con los ejércitos, el fuego y el terror. Y fue inútil, claro está, completamente inútil: el poder consigue hacer callar a los hombres, impide que canten, que discutan, que bailen, que hablen, que peleen, que digan discursos y que compongan música. Eso es todo. Ustedes me dirán que es mucho, pero yo les digo que no es suficiente. Porque, ¿cómo se hace para que la tierra no les hable a los hombres? ¿Con qué armas se impide que el agua corra y las piedras rueden? ¿Con qué hogueras se acomete a las tormentas para que no se agazapen en el horizonte, listas para saltar? Eso es algo que hasta ahora ningún emperador ha conseguido. Al contrario, en unas pocas ocasiones, buscando el silencio, la quietud, la sumisión del sur, no s logró sino el grito de guerra y la rebelión.&lt;br /&gt;Así, tratando de someter al sur, así murió el Emperador Sebbredel IV, undécimo gobernante de la casa de os Bbredasoës, reyes mediocres todos ellos, olvidados ahora salvo dos: el fundador de la dinastía, Babbabred el Silencioso, y el último, Sebbredel IV, famoso y recordado no por sus méritos sino por los de un fugitivo, un aventurero a quien el destino jugó una mala pasada.&lt;br /&gt;¿Quién era Liel-Andranassder, vamos a ver? Sí, sí, ya lo que ustedes me van a decir; y aunque tienen razón y yo les digo que tienen razón, también les digo que están equivocados. Es que una vida, como un cuento, tiene muchas partes y cada parte está compuesta por otras cada vez más pequeñas. Pero por pequeñas y banales que sea, una parte de un cuento es un cuento y una parte de una vida es una vida. Ustedes me van a hablar del hombre que cambió un Imperio y torció el curso de la historia, y es cierto. Y yo les voy a hablar, y también es cierto, de un hombre joven, vástago de una noble familia arruinada que había pasado su infancia rodeado por el lujo y las comodidades, y que cuando llegó la pobreza no pudo resignarse. Sus padres se lo llevaron con ellos a una modesta casa de campo que era todo lo que les quedaba, pero a los veinte años Liel-Andranassder abandonó esa vida que consideraba mezquina y humillante, y vino a la capital. No les voy a contar lo que hizo durante ocho largos años pero les voy a decir que pasó por verdaderas humillaciones y mezquindades, que soportó lo insoportable, que perdió lo que de inocencia le quedaba, que engordó, que se volvió perezoso, lascivo y adulador. Pero consiguió lo que quería: tuvo mucho dinero. Era un dinero inseguro que se le escapaba rápidamente de las manos pálidas en una carrera insensata y perdida de antemano hacia la respetabilidad y el honor, aunque él ya no sabía lo que significaban esas palabras. Y cuando la última moneda estaba a punto de ser gastada, él volvía a las casas de juego, a la usura, a la adulación descarada, y por un tiempo tenía otra vez mucho dinero. Hasta que una noche mató a un hombre que lo acusó de hacer trampas en el juego.&lt;br /&gt;Con las ropas manchadas de sangre, temblando y balbuceando, todo lo que pudo hacer fue vomitar junto al cadáver: hasta entonces sólo había visto muertos respetables ante cuyos poderosos parientes hay que llorar y lamentarse convincentemente. Pero se rehizo, tan rápidamente que él mismo se sorprendió, dejó a un lado el espanto, se limpió la cara y las manos, y repartió un poco de oro aquí y allá, entre los croupiers y los gerentes y los servidores; se convenció a sí mismo de que el personal de la casa de juegos ocultaría el cadáver para agradecer su dádiva y para evitar escándalos, y se fue a su casa. Creía que estaba a salvo.&lt;br /&gt;No durmió mucho esa noche. Si he de decir la verdad, no durmió absolutamente nada. Trató de pensar, eso es lo que hizo. Pero estaba tan lleno de alcohol y de confusión que sólo podía recordar la cara del muerto, la ofensa, las heridas, los ojos aterrados del gerente del garito. Y se decía que no tenía importancia, que él era un caballero que se había visto obligado a matar ante el insulto, que todos lo conocían y lo protegerían y no le pasaría nada, y que el otro sería seguramente un patán, un hombre ordinario y sin peso y sin influencias.&lt;br /&gt;Ahora, éste es un pequeño detalle que creo que no figura en los grandes libros de crónicas e historias sino en alguna carta, en alguna relación poco conocída, y que incluso se ha olvidado porque hemos preferido olvidarlo: Liel-Andranassder había hecho trampas, efectivamente. ¿Cómo no iba a hacerlas si eran su principal fuente de ingresos? Y todo el mundo sabía que era un tramposo, como que en los últimos tiempos sólo podía jugar con forasteros que no lo conocíeran. Y él sabía perfectamente, cómo no saberlo, que había hecho trampas jugando con el hombre muerto. Pero, ¿y qué? Él era un notable, mienbro de una familia antigua, noble y prestigiosa; sus abuelos habían sido generales del Imperio; sus abuelas habían sido presentadas en la corte, y él había asistido una vez a una recepción en palacio y había visto de lejos a Sebbredel IV.&lt;br /&gt;Y hay otro detalle que sí figura en todos los libros de historia, en todos los folios de crónicas, en las sagas y en las canciones tradicionales: el hombre muerto no era un patán.&lt;br /&gt;Se acercaba la madrugada cuando LielAndranaser oyó pasos en la antecámara. Saltó de la cama y se vistió con rapidez: tendría que irse unos días de la ciudad, decidio, irse a visitar a sus padres al campo hasta que la policía se cansara de hacer averiguaciones o los parientes del muerto dejaran de buscarlo. Eso haría, claro que sí: diría a sus criados que le prepararan inmediatamente el equipaje.&lt;br /&gt;Se ha interpretado mal, muy mal lo que pasó después La leyenda dice que sus sirvientes, leales y adictos, le avisaron del peligro que corría, y que así pudo escapar. Mis queridos amigos, cuando ustedes oigan contar eso apresúrense a decir que no, que no fue precisamente así, y si alguien no les cree díganle que se los aseguré yo. Liel-Andranassder escapó, es cierto, y lo hizo gracias a uno de sus criados, también es cierto, pero no fue la lealtad ni el cariño sino el rencor lo que movió al hombre a ir esa madrugada al dormitorio de su señor:&lt;br /&gt;—Viene la policía —dijo el sirviente—, parece que viene hacia acá.&lt;br /&gt;—¿La policía? —preguntó él tratando de aparentar que la cosa le interesaba sólo a medias y sin conseguirlo en absoluto.&lt;br /&gt;—Aja, sí, así es, señor, la policía. Como cien hombres vienen. Y al mando del Duque de Sandemoross.&lt;br /&gt;—¿Qué? —chilló el otro.&lt;br /&gt;—Y, sí —dijo el criado, feliz al ver cómo se retorcía de miedo ese amo que le pagaba mal y lo trataba peor—, el Jefe de la Policía Imperial en persona es el que los encabeza. También, parece que han matado anoche a puñaladas al hermanastro del Emperador, el Gobernador de Abbel-Kammir que estaba de incógnito en la capital.&lt;br /&gt;Así fue como huyó Liel-Andranassder. Despidió al sirviente, cerró la puerta con llave, pensó por un segundo en el suicidio y lo descartó, no porque fuera un cobarde, que no lo era, eso hay que decir en su favor, sino porque tuvo una loca esperanza de escapar, y saltó por la ventana. Y de aquí en adelante la leyendas hablan con razón: tuvo una suerte increíble. Amanecía. El Duque de Sandemoross. sobrino carnal de la Emperatriz, entraba por la puerta principal cuando el dueño de la casa salía por la puerta de servicio que daba a la otra calle.&lt;br /&gt;Cinco minutos después el Duque rugía de furia y ordenaba el saqueo y el incendio de la casa.&lt;br /&gt;Cinco minutos después Liel-Andranassder caminaba despaciosamente por el mercado, como un señor ocioso que se levanta de la cama demasiado temprano y se va a mirar qué es lo que se ofrece en los tinglados esos. Se detenía aquí y allá, preguntaba el precio de unas hebillas, elogiaba un corte de terciopelo, observaba unos grabados, probaba el filo de una daga, y seguía su camino. Mal podía pensar en comprar, puesto que no llevaba encima ni una moneda, pero necesitaba pensar, quería ganar tiempo, tratar de idear un plan, y sobre todo quería oír lo que se decía: él sabía que el mercado es una de las cajas de resonancia de una ciudad. Así se enteró de que ya lo estaban buscando y pensó nuevamente en el suicido y lo rechazó nuevamente. Recorrió el mercado de punta a punta y llegó hasta el río, y allí lo salvó una prostituta.&lt;br /&gt;Cuando los hombres del Duque llegaron a la orilla, no porque supieran que él estaba ahí sino porque llegaban a todas partes, él dormía en una cama no muy limpia a bordo de uno de esos lanchones en los que se jugaba y se pagaba por una mujer, y la prostituta se peinaba frente al espejo y miraba el anillo de oro que le bailaba en el dedo medio de su mano izquierda, más que satisfecha con ese cliente inesperado que ni siquiera había exigido mucho. El barco navegaba río arriba hacia Durbbafal porque al patrón no le gustaba la policía y después de enterarse de las batidas en la ciudad había vuelto a su casa flotante casi pisándole los talones a Liel-Andranassder sin pararse a averiguar qué o a quién andaban buscando. Y ese día la búsqueda del asesino se limitó a la capital y sus alrededores, y sólo muy tarde a la noche el Duque admitió que el criminal podía haber salido de la ciudad y empezó a pensar en extender la persecución. Y por eso, cuando la Policía Imperial llegó a Durbbafal, el asesino ya no estaba ahí.&lt;br /&gt;El asesino marchaba hacia el sur. No porque él hubiera decidido ir a esconderse al sur, ya que como hombre del norte temía y despreciaba a las provincias desconocidas. Era que no le quedaba otro remedio, no por el momento. Tenía esperanzas, eso sí, ahora tenía verdaderas esperanzas de escapar. En una posada había cambiado sus ropajes lujosos por algo de comida y un sayo de algodón, y calzaba sandalias en vez de chapines. No iba solo, pero pensaba abandonar a sus compañeros en cuanto encontrara en alguna parte un atisbo de seguridad. Y además, por el momento también, estaba a salvo, porque llevaba prendida al pecho la insignia de la Policía Imperial, y caminaba entre otros hombres que también llevaban la insignia de la Policía Imperial, y el que daba las órdenes era un sargento veterano de las guerras sélbicas que se había enrolado hacía dos años en las fuerzas del Duque de Sandemoross.&lt;br /&gt;Eso también consta en las crónicas: cómo Liel-Andranassder, el noble arruinado, jugador y tramposo, buscado por asesino, se había emborrachado después del trueque en la posada, con dos vagabundos, y cómo la policía los había encontrado al borde del camino que va de Durbbafal a Laprac-Lennut y se los había llevado al puesto más cercano. Cómo se hablaba allí del asesinato del hermanastro del Emperador y cómo desesperado para que no sospecharan nada, él se había puesto a hablar también detallando con fruición de borracho lo que haría con el asesino si lo encontraba.&lt;br /&gt;—Ese gordo infeliz puede ser útil —dijo el sargento que era un imbécil y que acababa de recibir la orden de reclutar a cuantos hombres pudiera para perseguir al criminal por todo el Imperio.&lt;br /&gt;Le metieron la cabeza en una palangana con agua fría, lo dejaron dormir en un banco, y cuando se despertó le dieron café y le preguntaron cómo se llamaba.&lt;br /&gt;—Andronessio —contestó.&lt;br /&gt;—Tus papeles —le pidieron.&lt;br /&gt;—No, no los tengo —tartamudeó.&lt;br /&gt;—Te los habrás dejado robar por ahí, estúpido —le dijo el sargento—. Háganle unos provisorios. Estás en la policía ahora, ¿entendido?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Y en cuanto desobedezcas o cometas un error, uno solo, te hago meter en un calabozo por el resto de tu vida que va a ser muy corta, ¿entendido?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Quién sabe si nos vas a servir para algo —suspiró el sargento y ya no se ocupó más de él.&lt;br /&gt;De pronto era policía, tenía papeles de identidad, y se alejaba de la capital. Eran días de cansancio, de hambre, de irritación: tenía los pies heridos, había perdido peso, sentía el cuerpo lastimado por el roce de las costuras de la ropa ordinaria; tenía las uñas sucias y el pelo largo y desprolijo. Extrañaba su casa, su dinero, sus sirvientes, su coche, su cama blanda, los pisos lustrados, el juego, y la cortesía infame en la que era un experto. Pero no lo habían agarrado, no, todavía no.&lt;br /&gt;Y así marchó durante tres meses, durmiendo a la intemperie, comiendo una bazofia escasa, ayudando a detener y castigar a los infelices, vagabundos, rameras y ladrones. Hasta que en un pueblo cerca de la frontera con la provincia de Brusta-Dzan, se dio cuenta de que se había convertido en un desconocido.&lt;br /&gt;—¿Por qué te dicen El Gordo? —le preguntó el fondero.&lt;br /&gt;—¿A mí?&lt;br /&gt;—¡Eh, Andronessio!, apuesto a que alguna vez fuiste gordo —dijo uno de los policías.&lt;br /&gt;Los demás se rieron.&lt;br /&gt;—Sí —dijo Andronessio—, sí, creo que sí, hace mucho.&lt;br /&gt;Y se levantó y fue a mirarse en un espejo empañado que había cerca de la escalera. Ese hombre en el azogue manchado no era Liel-Andranassder ni era El Gordo. Pero tampoco era Andronessio el policía. ¿Quién sería entonces? ¿Quién podría ser?&lt;br /&gt;—Soy yo —se dijo, pero seguía sin saber quién era.&lt;br /&gt;Doce leguas más allá, cuando se enteró de que tenían orden de desviarse a otro camino que torcía hacia el norte y que los llevaría de vuelta a la capital, escapó una noche, descalzo y sin la insignia de la Policía Imperial, dejando a sus compañeros dormidos y al improvisado campamento sin guardia. Ahora iba al sur por decisión propia, porque tenía que alejarse del Emperador, del Duque, de la capital, de la Policía Imperial, del peligro; y porque no tenía otro lugar adonde ir. En el norte lo esperaba la muerte, como asesino o como desertor de la policía. Sabía que en el sur también, pero quizá allá hubiera formas mas rápidas de morir.&lt;br /&gt;Hay una frontera entre el norte y el sur, ya sabemos. Sólo que si en muchos territorios esa frontera es definida, visible, organizada y burocrática, en muchos otros es como si no existiera. Por eso él la atravesó un día sin darse cuenta. Todo lo que sabía era que hacía cada vez más calor, que tenía hambre y sed constantemente, que sus heridas y lastimaduras habían cicatrizado, y que le iban que dando muy pocos recuerdos de casas con sirvientes y camas blandas, de hombres acuchillados a la salida de un garito, de policías y de persecuciones.&lt;br /&gt;Una noche se durmió con un sueño más pesado que e de otras veces, y cuando salió el sol luchó por despertara pero no pudo. Siguió durmiendo y soñó. Yo no les puede decir con qué soñó, pero supongo que con caras, con muchas caras y con la sangre que corría. También suponga que tuvo miedo, que sudó frío, que se agitó y gimió, y hasta que gritó, sin poder despertarse.&lt;br /&gt;Muchos días después abrió los ojos y vio un techo de paja. Volvió a dormirse y volvió a abrir los ojos y vio un; ventana. Después de haber dormido sin soñar unas horas más, se despertó y era de noche. Alguien le pregunte cómo se llamaba.&lt;br /&gt;—No sé —dijo.&lt;br /&gt;Le dieron de beber y le preguntaron de dónde venía.&lt;br /&gt;—No sé —dijo, y se durmió y tampoco soñó.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente oyó los ruidos y las voces ante: de abrir los ojos y se quedó acostado, sintiendo el cuerpo pesado y dolorido. Tenía hambre.&lt;br /&gt;—Tengo hambre —dijo.&lt;br /&gt;—Qué bien —dijo alguien.&lt;br /&gt;Una mujer le dió de comer Durante ese día dos o tres hombres vinieron y se asomaron a mirarlo y alguno habló con la mujer. Pero tuvieron que pasar muchos días hasta que pudiera levantarse y caminar.&lt;br /&gt;La mujer se llamaba Rammsa y tenía cinco hijos. El mayor era uno de los hombres que se habían asomado el primer día a mirarlo:&lt;br /&gt;—Tomaste agua envenenada del Pozo de los Tigres —le dijo.&lt;br /&gt;—Ah —dijo él—. Yo no sabía que estaba envenenada.&lt;br /&gt;—¿Cómo puede alguien no saberlo? —le preguntó Orgammbm hijo de Rammsa—. ¿Cómo puede alguien no saber tantas cosas? Tu nombre por ejemplo, ¿es que lo has olvidado?&lt;br /&gt;—No, no es eso —dijo él—, no es eso. Sé que tuve muchos nombres.&lt;br /&gt;—Muchos nombres —dijo Orgammbm y se detuvo y se quedó mirándolo.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Comía y dormía en la casa de barro en la que vivían Rammsa y sus tres hijos más chicos. Se sentaba durante el día bajo los árboles o miraba pasar el río, y un día le pidió a Genna, la hermana más pequeña de Orgammbm, que le enseñara a trenzar el cuero porque quería hacerse unas sandalias.&lt;br /&gt;—Las mujeres no trenzamos el cuero —le dijo Genna mirándolo con enojo—, eso es trabajo de hombres.&lt;br /&gt;El se rió porque Genna no era una mujer sino una criatura que apenas le llegaba a él al hombro, y ella dijo que iba a llamar a uno de sus hermanos para que le enseñara.&lt;br /&gt;—¿Y qué hacen las mujeres, Genna? —preguntó él antes que la chiquilina se alejara demasiado.&lt;br /&gt;Ella se dio vuelta y estuvo mirándolo un rato en silencio, como preguntándose si le contestaría o no. Y finalmente decidió que sí, que valía la pena contestarle. Y canturreó:&lt;br /&gt;—El mundo es nada y es nada,&lt;br /&gt;Hay que sentarse y pensarlo,&lt;br /&gt;Cerrar los ojos y pensarlo,&lt;br /&gt;Tender la mano y pensarlo,&lt;br /&gt;Respirar hondo y pensarlo,&lt;br /&gt;Mover los pies y pensarlo,&lt;br /&gt;Y entonces el mundo es nada y es&lt;br /&gt;La cocina de tu casa.&lt;br /&gt;—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó él.&lt;br /&gt;—Eso quiere decir eso —dijo Genna y se fue a buscar a su hermano.&lt;br /&gt;Aprendió a trenzar el cuero y se fabricó dos pares de sandalias y un cinturón que le mostró a Orgammbm. El hijo mayor de Rammsa le dijo que estaban muy bien, casi como si los hubiera hecho un artesano. Y también llamó a la madre y se los mostró y le dijo:&lt;br /&gt;—Él dice que se acuerda de haber tenido muchos nombres pero que no sabe su nombre.&lt;br /&gt;Rammsa miró a esos dos hombres jóvenes sentados en las esteras de su casa, a su hijo que era como son todos los hombres, un poco tonto, muy indefenso y muy valiente, y a ese otro, el desconocido que también podría ser su hijo y que en cierto modo lo era pero que no era como son todos los hombres. Ella había dicho "Dénmelo a mí, va a vivir", cuando los hombres lo habían traído moribundo, luchando, convulso, con los labios llagados, la respiración difícil y sangre seca en la nariz y en la boca. Y ella, que lo había lavado y abrigado, ella que le había hecho tragar a la fuerza semillas verdes de mandremillia y lo había puesto boca abajo para que no se ahogara y había limpiado el vómito y la sangre, estuvo a punto de sonreír, a punto de aprobar con esperanzas, a punto de hablar. Pero como había sufrido tanto, como había tenido una vida tan dura y había aprendido a ser prudente, sólo dijo:&lt;br /&gt;—Bueno —y miró por la ventana hacia el río—. Bueno —repitió—, eso puede no ser nada. Ni siquiera sabemos de dónde viene. Ni él lo sabe, ¿no es así?&lt;br /&gt;Él se acordaba de dónde venía, por supuesto que se acordaba aunque a veces le pareciera que esos recuerdos eran ensueños nacidos del veneno en el Pozo de los Tigres o que pertenecían a otro, pero como se estaba volviendo prudente como Rammsa, dijo:&lt;br /&gt;—Así es. No lo sé. No sé de dónde vengo, no sé quién soy.&lt;br /&gt;—No —dijo Rammsa—, eso es una tontería. Cada uno es el que es.&lt;br /&gt;—Pero el mundo es nada y es nada —dijo él sin saber por qué lo decía, sólo porque pensó que lo que había dicho la madre era una bella frase para terminar la canción de la hija.&lt;br /&gt;Rammsa se sobresaltó, ella, que siempre estaba tan tranquila:&lt;br /&gt;—¿Quién te dijo eso? —preguntó.&lt;br /&gt;—Genna hija de Rammsa.&lt;br /&gt;Nadie dijo nada más. Orgammbm bajó los ojos y examinó otra vez las sandalias y el cinturón y Rammsa no hizo nada: se quedó sentada allí, serena, con ellos. Y él, en la quietud v el silencio pensó que muchas veces casi siempre, Rammsa parecía estar no haciendo nada, pero que eso no podía ser cierto, que una mujer ociosa o inútil no podía llegar a ser tan importante como él sentía que era ella.&lt;br /&gt;Unos días después le dijeron que se fuera. No lo echaron sino que le dijeron que tenía que irse. En ese momento a él, con sus recuerdos propios o ajenos a cuestas, se le ocurrió que la policía del Imperio se estaba acercando y que los habitantes de la ciudad, del poblado, de lo que fuera eso en lo que había estado viviendo, trataban de salvarlo. Si él hubiera seguido siendo el hombre que había huido de la capital después de haber matado a puñaladas al hermanastro del Emperador, seguramente hubiera pensado otra cosa: hubiera pensado que lo odiaban, que lo rechazaban, que estaban resentidos con él porque bajo la piel del vagabundo convalesciente habían adivinado al hombre del norte acostumbrado a comodidades y lujos que ellos nunca conocerían. Pero como aunque ya no era aquel hombre, algo conservaba de él, pensó en el peligro. Quizá Rammsa lo vio en sus ojos, porque sonrió y le dijo:&lt;br /&gt;—No te va a suceder nada grave, hijo, no a menos que quieras que te suceda. Pero vas a tener que irte.&lt;br /&gt;La alarma había pasado. Pero no porque Rammsa le hubiera hablado así ni porque él se hubiera dado cuenta de que los perseguidores no estaban cerca, sino porque detrás de su diálogo con la mujer había aparecido la convicción de que las cosas que él había considerado importantes no lo eran en absoluto, y de que el lugar vacío que antes había estado lleno de todo eso que él había valorado tanto estaba efectivamente vacío, pero vacío y abierto, a la espera de que lo que estaba por llegar fuera ocupando sus puestos, sus rangos, a la espera de distintas luces que iluminaran en formas distintas y de distintos espacios que despertaran ecos distintos.&lt;br /&gt;—¿Por qué? —le preguntó a la mujer.&lt;br /&gt;—Porque es así —dijo ella—, y tenemos que hacer algo para que sea así como es. Porque estamos hechos para saber, no para resignarnos.&lt;br /&gt;Y lo dijo con tanta altivez, tanta seguridad, tanta finalidad, que él no pudo preguntar nada más.&lt;br /&gt;Pero si bien no dijo nada y se puso a tallar un bastón para el viaje, como la respuesta de Rammsa le había hecho acordar al cántico de la hija, Genna, la criatura que no le llegaba ni al hombro, lo talló torpemente, sin atender mucho a lo que hacía, tratando de ver u oír a la muchachita. El que llegó fue Orgammbm con uno de sus hermanos menores:&lt;br /&gt;—Vas a necesitar un cuchillo —le dijo, ofreciéndole uno de hoja ancha y fuerte, con mango de asta.&lt;br /&gt;Quizá él sintió otra vez cómo cedía la carne del hombre acuchillado sobre la calle empedrada junto a la puerta de la casa de juego. O quizá no, quizá no sintió nada de eso y lo que pasó fue que las voces de la tierra y del agua son tan fuertes en el sur que hasta un hombre que viene de la molicie y la corrupción puede oírlas. No lo sé y no tengo a quién recurrir para averiguarlo: no consta en palabras escritas o cantadas, y ya nadie puede decírnoslo. Sólo sé lo que él contestó:&lt;br /&gt;—No —dijo—, no quiero un cuchillo. No quiero armas.&lt;br /&gt;—¿No? —preguntó el hermano menor de Orgammbm ¿No? ¿De veras que no? ¿Una lanza, arco y flechas, nada?&lt;br /&gt;—No —repitió él—, nada.&lt;br /&gt;—¿Con qué vas a cazar entonces?&lt;br /&gt;—No voy a cazar.&lt;br /&gt;Y sin embargo él había cazado allá en las ciudades del norte, vestido a la moda, calzando botas de cuero fino, armado con armas aceitadas y preciosas, cabalgando bajo las copas de los árboles del otoño, en los predios de algún noble que no había tenido más remedio que invitarlo. Pero ahora no, ahora no quería cazar: que los tigres envenenaran los pozos, que las tripas se le retorcieran de hambre, pero él no iba a cazar.&lt;br /&gt;—Está bien —dijo Orgammbm—, está bien, pero querrás algo para pescar.&lt;br /&gt;—No sé —dijo él—, una red, tal vez.&lt;br /&gt;Y a la mañana siguiente se fue. Pero antes de irse, a la noche, le sucedieron dos cosas: vio bailar en el poblado los hombres, sólo a los hombres, desnudos, brillantes, serios, todos los hombres de la aldea entre las casas y a orillas del río; y habló con Genna.&lt;br /&gt;—¿Qué hacen? —le preguntó a la muchachita.&lt;br /&gt;—Bailan, ¿no ves?&lt;br /&gt;—Sí, pero ¿por qué?&lt;br /&gt;—Qué pregunta —dijo ella con suficiencia.&lt;br /&gt;—Quiero decir si es alguna fecha religiosa, ó si están festejando algo.&lt;br /&gt;—No te entiendo —dijo ella y siguió mirando pasar a los hombres que bailaban.&lt;br /&gt;—Soy yo el que no entiende —dijo él.&lt;br /&gt;—Eso es cierto —dijo la chica.&lt;br /&gt;Se quedaron juntos, mirando. Él veía como caían y se levantaban los pies desnudos, cómo golpeaban y se deslizaban los talones y se afirmaban los dedos sobre la tierra dura, cómo se arqueaban los cuerpos y giraban las cabe/as y se entornaban los ojos y se abrían las bocas.&lt;br /&gt;—¿Qué es lo que bailan? —preguntó.&lt;br /&gt;—¡Ah! —dijo ella—. Al fin entendiste. Es la danza número veinticuatro y se llama Siete Corazas.&lt;br /&gt;Y como les decía, a la mañana siguiente se fue. llevaba sus dos pares de sandalias, su cinturón, una bolsa con provisiones, y una red. Hacía calor. El cielo estaba nublado pero el sol es tan poderoso allá en el sur, que lo abrasaba todo desde más arriba de las nubes pesadas. Y como hay tanta agua allá en el sur, como los ríos corren y saltan y se salen de madre, como los pantanos se multiplican y los lagos afloran en las hondonadas, el mundo es verde y dorado y todo crece y canta. Tenía que defenderse de los bichos que vuelan y que corren y que caen de las ramas, pero las sandalias le protegían las plantas de los pies y por las mañanas recogía hojas húmedas de tiaulana, las maceraba entre los dedos y se protegía el cuerpo, la cara, el cuello y los brazos con el jugo blanquecino. Comía frutas y huevos del pájaro trompo y a veces del pequeño zedanno que los deja calentándose al sol y se va a picotear larvas a la orilla del agua y sólo vuelve a ellos al atardecer, y tomaba solamente agua que corriera, que no estuviera estancada ni sucia ni espesa. Dormía en las horquetas de los grandes árboles cuando las encontraba, y si no no dormía y marchaba siempre, cada vez más al sur.&lt;br /&gt;Iba remontando un río caudaloso, tratando de no alejarse del curso, caminando hacia las fuentes. A veces el gran río formaba meandros y bañados: parecía, no que viniera de alguna parte, lejos, en el sur, sino que brotara tercamente del suelo. Descansaba cuando la mañana había avanzado y el calor era casi insoportable: limpiaba la tierra alrededor del tronco de algún árbol que tuviera una copa muy alta y no estuviera rodeado de helechos ni de enredaderas y se sentaba ahí, sin apoyar la espalda, con los brazos flojos sobre las rodillas levantadas, el bastón al alcance de la mano, y dormitaba. Pero no siempre cerraba los ojos: a veces miraba el agua o la sombra verde, o vigilaba los animalitos tímidos que se asomaban a las bocas de las madrigueras.&lt;br /&gt;Se dio cuenta muy pronto de que en el sur el aire no era ese espacio inerte que él había conocido en los parques, ni el manto sofocante y perfumado de las alcobas, ni la atmósfera estancada y añeja de los garitos. El aire que respiraba era tan espeso y fértil como la tierra y el agua. La tierra lo sustentaba todo y debajo estaba el agua; pero el agua también subía y cubría la tierra, y el aire, que estaba por encima de las dos, bajaba hasta la tierra enriquecida por el agua, secreta o ruidosa, y un polvo blanco y dorado flotaba y se movía alrededor de las cosas quietas y entre los bichos de alas transparentes y los pájaros voraces que cruzaban sorteando las hojas carnosas. Y esa gozosa fanfarronada se cumplía en todo momento y en todas partes y él estaba obligado a tomar parte en ella.&lt;br /&gt;Una tarde oyó cantar a alguien y otra tarde vio a un hombre ahorcado. Estaba tan cansado cuando empezó a oír el canto que creyó que se había quedado dormido y soñaba. Pero no podía ser: estaba despierto, caminaba, se movía, torpemente pero con un propósito, el de encontrar un lugar seguro para dormir. No soñaba, claro que no: alguien estaba cantando. Quizá fuera un hombre, porque la voz era grave, opaca, casi ronca; pero él estaba seguro de que era una mujer, aunque no sabía por qué. A mí se me ocurre que como Genna le había insinuado que había trabajos de mujeres y que como había sido ella la que cantara para él, pensó que las que cantan en el sur son las mujeres, así como los que bailan son los hombres. No estaba del todo equivocado, les digo yo a ustedes, no, no lo estaba del todo. Se detuvo y escuchó. No era el mejor lugar para detenerse, como que rondaban por ahí esas grandes hormigas blancas y ciegas de las que el norte conoce sólo exageraciones, esos bichos rápidos e insaciables que se alimentan de la madera viva y destruyen las raíces de los árboles y ablandan el suelo hasta convertirlo en una suerte de ceniza que cede con el peso de un ratón, no digamos el de un hombre, pero se detuvo porque más importante que hundirse o no hundirse era escuchar el canto. Y el canto era muy simple, casi una tontería, casi una bobada de ésas que improvisan los chicos que están contentos mientras saltan en un solo pie o caminan por donde no deben:&lt;br /&gt;—Corre el hombre de la lanza, corre, corre —decía el canto.&lt;br /&gt;Y seguía:&lt;br /&gt;—Habla la mujer de la estera, habla y dice.&lt;br /&gt;Hay un chico en la hamaca,&lt;br /&gt;Hay un árbol junto al río,&lt;br /&gt;Hay un pez en la canasta, Y esperamos todavía, y esperamos.&lt;br /&gt;Después hubo un silencio muy largo, y cuando él ya estaba pensando en seguir caminando  no sabía si parad buscar a la dueña del canto o un lugar donde dormir, volvió a oírse la voz: hay un chico en la hamaca, hay un árbol junto al río, y así hasta el final. Entonces se quedó quieto mucho tiempo, pero aunque estuvo muy atento, escuchando todos los ruidos del bosque, el canto se había terminado y él siguió su camino y a pesar del cansancio y el sueño no durmió en muchas horas más.&lt;br /&gt;Durante días y días anduvo por la selva húmeda, atento los pequeños y a los grandes peligros, a las necesidades de su cuerpo y a las del mundo desconocido que iba atravesando. Porque si bien trataba de encontrar qué comer cuando tenía hambre y dónde descansar cuando sentía que no podía ir más allá, también hacía lo posible por no cortar ramas jóvenes que le cerraban el paso y por no destruir los vástagos de los grandes árboles o las yemas blanquecinas que asomban  en las horquetas, y marchaba cuidadosamente, como si él y la tierra y las cosas que crecían en ella y la atravesaban fueran hermanos que dependieran uno de la vida del otro para poder sobrevivir. Cuando le pesaba la soledad pensaba en Rammsa, en sus hijos, en los hombres que bailaban la danza llamada de las Siete Corazas, y entonces se sentía reconfortado. También pensó algunas veces pero con indiferencia y sin que eso hiciera que cambiara su estado de ánimo, en los hombres y las mujeres del norte, en los salones, los parques, las fiestas, los mármoles y el aire quieto; en el lujo, en los sirvientes, en el oro y en el poder. Y fue así como supo su nombre.&lt;br /&gt;Y anduvo muchos días, no supo cuántos porque no tenía cómo contarlos ni le interesaba hacerlo, y una mañana, abruptamente, el río se deshizo en bañados y los bañados desaparecieron en la tierra y él creyó que el río había terminado. No era así, por supuesto; yo nunca he oído decir que un río desaparezca como un mago de feria o que se termine como una ración de pan. No había desaparecído, y a un día más de marcha sobre la tierra blanda y barrosa que hervía de larvas y de tallos acuáticos, volvió a encontrarlo, sólo que ahora era un hilito de agua, un arroyo que ni lejanamente parecía emparentado con la corriente triunfal que había venido siguiendo. Pero lo siguió también, porque era lo único que tenía si no quería empezar a caminar en círculos sin ir nunca a ninguna parte.&lt;br /&gt;El arroyo venía de un lago. Y en el lago, inmenso como un mar, había una ciudad erigida sobre pilotes de madera verdosa y carcomida por los años y el agua pero más invencible que las piedras más duras. Atados a los pilotes se mecían botes hechos de troncos ahuecados y en los botes había remos pintados de colores, redes, cestas y aparejos. Se quedó un día entero mirando desde lejos la aldea lacustre y al siguiente se adelantó y caminó hasta la orilla del lago, antes que los hombres bajaran a los botes deslizándose por las cuerdas y fueran a pescar. Habló con ellos y habló con las mujeres; y los chicos se acercaron y le tocaron el sayo raído y el cinturón de cuero y se agarraron a su bastón y lo miraron con los ojos muy abiertos.&lt;br /&gt;Ese día los hombres no salieron a pescar. Las gentes de la aldea lacustre le preguntaron cómo se llamaba y él se los dijo. Le ofrecieron comida y le dieron de beber y lo llevaron a una de las casas y le dijeron que podía descansar ahí. También le dijeron que podía quedarse con ellos todo el tiempo que quisiera antes de seguir su camino.&lt;br /&gt;—Te están esperando —dijo una de las mujeres, que se llamaba Selldae—, en otra parte te están esperando.&lt;br /&gt;—Sí —dijo un hombre muy viejo, al que le faltaban los dedos de la mano izquierda—, y saben que vas a ir.&lt;br /&gt;.—¿Adonde? —pregunto el.&lt;br /&gt;—Hmmmmm, allá —dijo el viejo haciendo con la mano sana un gesto que abarcaba el mundo del otro lado del lago—, allá.&lt;br /&gt;—Adonde vayas —le dijo la hermana de Selldae, que se parecía a ella pero era más corpulenta, más pesada, más triste—, allá te van a estar esperando.&lt;br /&gt;—¿Y ustedes? —preguntó—. ¿Ustedes también me estaban esperando?&lt;br /&gt;Le dijeron que sí. Le dijeron que no todo estaba dicho y que el hombre que ha llegado ha de irse, y que el que ha llegado y se ha ido siempre ha de volver, alguna vez.&lt;br /&gt;El hubiera podido preguntar qué significaba eso, o no preguntar y suponer que eran consejas y tradiciones del sur, pero no hizo ninguna de las dos cosas, ahora que conocía su nombre, y aceptó y se quedó, sabiendo, como sabían los habitantes del sur, que tendría que irse y llegar. Estuvo seis días en la población del lago, muchos menos de los que había pasado en la aldea de Rammsa, pero hay que tener en cuenta que ya no estaba enfermo. Durmió en una casita minúscula y muy alta sobre el agua; comió, a veces con las mujeres en una u otra casa, casi siempre en la de la hermana de Selldae, a veces con el viejo de la mano mutilada y sus nietos, a veces con otros hombres; salió a pescar, antes que asomara el sol, con los más jóvenes y con algún viejo que aún tenía fuerzas; ayudó a reparar los techos de algunas casas después de una tormenta y se sumergió en el agua oscura del lago con los pescadores para revisar allá abajo los pilotes plantados en el fondo. Oyó cantar una noche a una jovencita que vivía con Selldae pero que no parecía que fuera una de sus hijas:&lt;br /&gt;—El agua es un cuerpo quemado&lt;br /&gt;Que pasa;&lt;br /&gt;El canto color de la tierra&lt;br /&gt;Preside tu casa y tu vientre&lt;br /&gt;Y no pasa;&lt;br /&gt;No podrás ver el mundo&lt;br /&gt;Que es verde;&lt;br /&gt;La tierra es el cuerpo del hombre&lt;br /&gt;Que vuelve.&lt;br /&gt;Y una tarde salvó a un chiquilín que apenas había empezado a caminar y que había caído al lago desde la plataforma de la casa de su madre, una joven menuda y seria que por las noches se adornaba el pelo con flores amarillas y que tres días después dio a luz a su cuarto hijo. La mujer recibió al chico empapado que berreaba y se le agarraba del cuello y dijo que ella nunca había pensado que iba a ser su hijo uno de los que volvieran de la muerte. El estuvo a punto de decirle que en realidad el chico no había estado muerto, que él lo había alcanzado un segundo antes que se hundiera y se ahogara, pero no le dijo nada y en vez de hablar, que puede ser inútil, pensó que en esas cosas de la muerte un segundo no cuenta para nada y que tal vez el crío estaba realmente muerto, al caer al agua, antes de caer, al nacer, antes de nacer, como todos. Ella tampoco le dijo nada más, no lloró ni le agradeció, y se fue con el chico que seguía llorando a gritos agarrándosele al cuello, dejando una hilera de gotas de agua del lago en las maderas gastadas de la plataforma.&lt;br /&gt;Dejó la población al amanecer del séptimo día. Llevaba una bolsa llena de provisiones, tenía un bastón nuevo, más fuerte, mejor tallado, y un sayo de algodón recién hilado, más corto y más cómodo que el otro. Algunos de los hombres, casi todos para decir la verdad, lo acompañaron en los botes hasta la otra margen del lago:&lt;br /&gt;—Para allá —le indicaron una vez en tierra— quedan las fuentes del río.&lt;br /&gt;—Y para allá —dijo otro— las estribaciones del Drambulnyarad. Y en esa otra dirección los marjales de Nan, y allí has de tener cuidado con las arenas movedizas.&lt;br /&gt;—Bien —dijo él—, adiós —y se detuvo—. ¿Qué es esa música?&lt;br /&gt;—Es la danza número seis —dijo uno de los pescadores—, la que se llama La Lámpara y el Caldero.&lt;br /&gt;Entonces él preguntó:&lt;br /&gt;—¿Cuántas danzas hay?&lt;br /&gt;—Treinta y siete —le contestaron—, hace muchísimo tiempo que hay treinta y siete danzas.&lt;br /&gt;No tomó la dirección del Drambulnyarad ni la de los marjales de Nan, y siguió buscando las fuentes del río. Ahora avanzaba mucho más rápidamente: había aprendido que es bueno seguir las huellas de los grandes roedores, que van despejando y apisonando un sendero casi invisible porque si bien las patas y los dientes dejan la tierra desnuda, también respetan las ramitas tiernas que lo cubren a poca distancia del suelo; que no hay que caminar ni mucho ni muy ligero cuando el sol cae perpendicularmente sobre la tierra ni cuando está muy rojo o muy blanco cerca del horizonte; que hay que beber de día, muy temprano o muy tarde, nunca en mitad de la noche ni a mediodía, y siempre en los lugares en los que la tierra está removida por el paso de muchos animales muy distintos; que hay que caminar primero y comer después, y comer primero, caminar lentamente un muy corto trecho, y dormir después; que se puede caminar mucho y comer poco siempre que se beba bastante; que no es conveniente comer mucho y caminar mucho; y que es peligroso comer mucho y caminar poco.&lt;br /&gt;Al encontrar un claro despejado por el hombre y no por el fuego o el agua o los animales, en una tarde de tormenta, pensó que estaría cerca de algún poblado y decidió descansar allí mismo esa noche y llegar al lugar habitado al día siguiente. Estudió el suelo, eligió un sitio y se sentó. Muy pronto empezaría a caer la lluvia. Hubo un relámpago furioso y antes que llegara el estruendo alcanzó a ver a un hombre que giraba lentamente sobre sí mismo, como para mirarlo, en el otro extremo del claro. A la poca luz que quedaba él también miró al hombre y vio que seguía girando y que vacilaba en el viento. Se puso de pie, se acercó y le habló; pero los pies de ese hombre no tocaban el suelo: estaba colgado del cuello con una cuerda sujeta a una rama no muy alta, tenía los ojos vendados y las muñecas atadas a la espalda; tenía los labios morados, el torso desnudo, y trazado en el pecho con la punta de un cuchillo o de una lanza, un signo que había sangrado cuando aún el ajusticiado estaba vivo. Ahora que él sabía leer en la tierra y en las plantas y hasta en el aire y en el agua, ahora que conocía los olores, y las yemas de los dedos se le habían vuelto tan sensibles como duras y callosas las palmas de las manos, supo que cinco hombres habían traído a ese otro empujándolo y que detrás de ellos venía una mujer; supo que habían luchado un poco, no mucho, con el prisionero, y que lo habían colgado después de marcarlo en el pecho, habían esperado a que muriera, habían pelado mientras tanto algunos frutos y los habían comido, y se habían ido, la mujer adelante, los cinco hombres atrás, esta vez lentamente, tranquilamente todos.&lt;br /&gt;Un hombre muerto debe ser enterrado, en el sur, en el norte y donde sea; en todas partes. Se quedó junto al ahorcado y esperó a que la tierra se ablandara bajo la lluvia y cuando sintió que el barro cedía y que con un pequeño esfuerzo podía hundir los pies, cavó, ayudándose con una rama muerta y una piedra, una tumba al pie del árbol que había servido de horca.&lt;br /&gt;La tormenta pasó, y como una mujer furiosa que rompe gritando los platos y las fuentes que están en la alacena y se va a buscar refugio a casa de su madre o de su hermana mayor, se fue murmurando entre dientes y llorando, y dejó silencio y ramas caídas y charcos y árboles inclinados y la luna allá arriba en el cielo negro.&lt;br /&gt;Y al día siguiente él volvió a caminar pero no encontró ningún poblado, ni al otro tampoco, ni al otro. Comió poco, durmió y bebió y caminó y caminó, y pensó en el hombre ahorcado, en la muerte, en la venganza y en la justicia. No oyó cantar, pero hablando de justicia, estuvo en un tribunal.&lt;br /&gt;El había evitado cuidadosamente las cortes allá en el norte, eso se los digo yo, porque ese hombre que caminaba por el sur verde y rencoroso ya no pensaba en las provincias ricas en las que los jueces son hombres secos que consultan papeles polvorientos antes de inclinarse por la vida o la muerte de un reo del que nada saben, pero aunque las hubiera frecuentado asiduamente, no hubiera podido identificar eso que estaba viendo con un lugar y una ceremonia en las que se decidía lo que era justo y lo que no lo era.&lt;br /&gt;No vio colgaduras de terciopelo negro y violeta ni balaustradas de mármol y bronce, ni uniformes ni togas. No hacía de juez un hombre flaco y bilioso ni un gordo soñoliento y lleno de grasa, sino una mujer de ojos negros que ya no era joven. No había fiscales ni defensores, y mucha gente llegaba a presenciar los juicios. Y había una mujer muy vieja, muy vieja, que llegó transportada en angarillas porque quizá ya no podía caminar una larga distancia entre los árboles y los helechos, sorteando los ríos o atravesando sus puentes, sentada detrás del tocón que hacía de sitial, y que a veces le hablaba a la mujer que impartía justicia, siempre a ella, sin dirigirse nunca a nadie más, y le recordaba casos parecidos o le daba consejos.&lt;br /&gt;Vio absolver a dos hombres y vio condenar a otros dos y a una mujer. Escuchó las risas y vio hacer ruidosamente las paces a un demandado con el demandante, pero también vio llorar y lamentarse y oyó los gemidos y las quejas. La mujer condenada gritó, insultó, e intentó matar a la jueza, y uno de los hombres culpables se sentó en el suelo y lloró.&lt;br /&gt;Él preguntó cómo era posible que no hubiera guardias ni cárceles ni policías.&lt;br /&gt;—¿Cómo se puede no saberlo? —le preguntaron, y él se acordó de los hijos de Rammsa.&lt;br /&gt;Le dijeron que había cárceles y que había quienes eran tan estúpidos corno para escapar o resistirse, pero que ya se sabe lo que le espera a quien no se somete a la justicia de la aldea.&lt;br /&gt;—El juez puede ser una mala persona —le dijeron— y la sentencia puede estar equivocada, pero la justicia es la justicia.&lt;br /&gt;Entonces él habló del ahorcado y alguien dijo que hay crímenes que se castigan con la muerte y que la muerte puede ser lo mejor que le ocurra a una mujer o un hombre.&lt;br /&gt;—Que se lo expulse —le dijeron—, que no encuentre abrigo ni protección en ninguna parte. ¿Te parece que alguien puede sobrevivir, solo, en la selva?&lt;br /&gt;—Yo —dijo él—, yo vengo sobreviviendo.&lt;br /&gt;—Es distinto —le contestaron.&lt;br /&gt;—Y yo enterré al hombre ahorcado —dijo.&lt;br /&gt;—Está bien —le dijeron—, ¿por qué no?&lt;br /&gt;—La compasión no es un crimen —dijo la jueza.&lt;br /&gt;—Y el que llega puede enterrar a un ajusticiado —dijo un hombre—, si ha oído a las mujeres y sabe cuánto dura un instante.&lt;br /&gt;—Claro —dijo él, y les dijo también cómo se llamaba y adonde se dirigía.&lt;br /&gt;Pero no fue al poblado de esa gente. Aceptó algunas provisiones y se despidió de ellos.&lt;br /&gt;—Has de velar por tu hermano —le dijo la mujer muy vieja.&lt;br /&gt;—Adiós —dijo él.&lt;br /&gt;Al otro día hizo mucho calor, tanto que avanzó menos que en los días anteriores y vio cómo se evaporaba el agua de las grandes hojas y cómo se levantaba la niebla del río hasta casi volver opaco el mediodía. Se preguntó cómo era posible que la selva entera no se achicharrara y crujiera bajo el sol blanco, y descansó muchas horas sentado al pie de un árbol gigante, de copa muy tupida.&lt;br /&gt;En cambio en el norte hacía mucho frío, un frío cortan te y maligno que congelaba las narices, las puntas de los dedos, el aliento y el corazón. El Emperador Sebbredel IV, undécimo de la dinastía de los Bbredasoës escuchaba a sus ministros y se sentía cada vez más inquieto. ¿Por qué tenían que pasarle estas cosas a él? ¿Qué clase de inútiles tenía a su servicio? ¿Cómo estos imbéciles no cumplían con su deber? ¿Acaso no se les pagaba espléndidamente para que el Emperador pudiera dormir tranquilo y despertar alegremente, anticipando las fiestas y los torneos, las mujeres bellas y fáciles, alguna aburrida reunión con funcionarios, es cierto, pero también el lujo y las satisfacciones propias de la vida del hombre más poderoso del mundo? ¿Y ahora esto? ¿Ahora resultaba que como en tiempos del abuelo de su abuelo iba a haber que pensar en una expedición punitiva contra las provincias del sur? Ah, no, él no se iba a someter a las incomodidades de la vida militar, no iba a poner en peligro su regia persona para ir a matar, lejos del palacio, de la capital, de la corte, hundido en los pantanos y perseguido por las alimañas a unos cuantos hombrecitos malolientes y revoltosos cuyas mujeres ni siquiera podían considerarse un botín aceptable porque serían tan malolientes como ellos, sin contar con que él había oído decir que todas eran brujas. En una palabra, Sebbredel IV tenía miedo.&lt;br /&gt;Es una suerte que los habitantes del Imperio podamos en estos casos recordar a emperadores valiente y generosos como Atelmaneth III el Rojo, o como Yhsberaduün el Aguilucho, o como Riwner I el fundador de la dinastía de los Vnerádires; o a emperadores valientes y despiadados como Ssulmenit VI, o Biriandirn II, o Dalmaüster el Tormentoso; o a emperadores valientes y locos como el Hurón; o a emperatrices que abandonaron las sedas y las joyas y los halagos de su rango y no dudaron en ponerse al frente de los ejércitos como Ysadellma, o Esseriantha la Bella, o Mitrria, o Dejsjarballa. Es una suerte digo, porque la sola existencia de hombres como Sebbredel IV es una desgracia para el Imperio, y la historia de sus gobiernos plagados de vacilaciones y debilidades y mezquinos egoísmos basta para desilusionar al pueblo, y el pueblo desilusionado es el más difícil de gobernar.&lt;br /&gt;—¿Quién es ese hombre? ¿Cómo se llama? ¿De dónde salió? —preguntó el Emperador.&lt;br /&gt;—Señor, no sabemos —dijo el Ministro del Interior.&lt;br /&gt;—¿Cómo no sabemos, señor ministro, cómo? ¿No tenemos espías acaso? ¿No se gastan dineros del tesoro para que los delatores y provocadores hagan su trabajo y no nos vengan con vaguedades y presunciones? ¿No educamos a jóvenes adecuados para que se confundan con esos malditos rebeldes que ponen en peligro el poder, y nos manden informes detallados de manera que podamos golpear a tiempo?&lt;br /&gt;—Sí, Señor —dijo el Ministro de Finanzas.&lt;br /&gt;—Sí, Señor —dijo el Ministro de Guerra—, pero.&lt;br /&gt;—¿Pero qué? —preguntó el Emperador. El Ministro de Guerra sacó un papel con una larga lista de nombres:&lt;br /&gt;—Señor, nuestros agentes en el sur han callado. Algunos están muertos —se apresuró—, y sabemos perfectamente cómo y cuándo murieron. Rebald'Dizzdan llamado en el sur Ganngraamm por ejemplo, se ahogó hace poco más de cinco meses en el lago Fviagga, cerca del Drambulnyarad, Addroë, llamado el Negro, se despeñó en los Montes de las Hoyas Calientes. Rubvian'Daur murió acuchillado en una pelea hace cuatro meses y medio en la Sierra de las Cinco Cabras. Drrambinia'Sdar, una de nuestras más eficaces espías, fue encontrada muerta, estrangulada, en.&lt;br /&gt;—Basta —dijo el Emperador—. No me interesa.&lt;br /&gt;Hubo un silencio en la gran sala. Los ministros esperaban a que el Emperador los interpelara y el Emperador tamborileaba con los dedos de la mano derecha sobre el brazo del sillón.&lt;br /&gt;—¿Están muertos todos? —preguntó.&lt;br /&gt;—No, Señor —dijo el Ministro del Interior—, pero muchos. Los que quedan nos han hecho saber acerca de esta situación que podría juzgarse como una emergencia.&lt;br /&gt;—¿Quién es ese hombre? —repitió el Emperador.&lt;br /&gt;—No se sabe, Señor —repitieron los ministros.&lt;br /&gt;—¿Qué quiere, qué hace? ¿Incita a la rebelión? ¿Ha declarado la guerra al norte? ¿Aspira a sentarse en el trono? ¿O se lo puede comprar con dinero?&lt;br /&gt;—Parece que se limita, por ahora, a recorrer el país, y que eso solo despierta cierta peligrosa efervescencia.&lt;br /&gt;—¿Pero por qué? ¿Qué dicen esos estúpidos informes?&lt;br /&gt;—Los informes, Señor —dijo el Ministro de Guerra— dicen que un hombre se prepara para levantar el sur contra el trono del Imperio. Los habitantes de las provincias rebeldes lo llaman El Hombre o El Que Llega. Dicen algunos que nació en el sur y creció y vivió solo en medio de la selva, cosa que nos consta que es imposible. Otros sostienen que es originario del norte, y hay quienes hasta aseguran que fue un hombre importante, un noble cercano a la corte. Y agregan que ha tenido muchos nombres, sin duda para confundir el rastro.&lt;br /&gt;—No hay una descripción física, Señor, en la que podamos confiar —intervino el Ministro del Interior—, ni como identificación ni como comparación. Hay quienes dicen que es muy joven y hay quienes dicen que es muy viejo. Parece que es moreno, pero en el sur ya se sabe que toda la gente tiene ese color desagradable. Que tiene ojos claros como los de los hombres del norte, cosa que no es muy creíble, aunque algunos ejemplos se han visto, no lo podemos negar. Que es muy alto y muy delgado, y si Su Excelsa Majestad me lo permite, diré que este último dato quizá sea el único seguro, aunque es inútil, porque toda esa gente del sur se alimenta mal y está llena de enfermedades crónicas y carencias de todo tipo. Por la misma razón opino que no es posible que sea tan alto como se dice.&lt;br /&gt;—¿Dónde está?&lt;br /&gt;—En este momento no se sabe, Señor, pero tenemos aquí documentado su paso por las siguientes poblaciones.&lt;br /&gt;—Qué importan las poblaciones —dijo el Emperador—. Lo que quiero saber es qué piensa hacer ese individuo y con qué fuerzas cuenta.&lt;br /&gt;—Los informes, Señor, son muy vagos e incompletos en esos puntos.&lt;br /&gt;El Emperador tuvo un acceso de furia. Cuando se calmo, y tembloroso y congestionado permitió que sus ministros siguieran hablando, todo lo que pudo averiguar fue que el sur no estaba inquieto sino demasiado tranquilo; que de los miles de espías que el norte había enviado al sur sólo quedaba con vida una media docena, y que esos pocos habían escapado y estaban en la capital, inutilizados por el miedo, embrujados quizá, escondidos, redactando informes y cobrando sueldos; que los habitantes del sur se desplazaban de un poblado a otro con una frecuencia desacostumbrada; que no había un ejército organizado, y que todo el sur repetía una única frase, una contraseña sin duda, que ni siquiera cambiaban todos los días como debe hacerse: No todo está dicho.&lt;br /&gt;—Eso significa la rebelión, no cabe duda —dijo el Ministro de Guerra.&lt;br /&gt;—Ya me he dado cuenta, señor Ministro, no soy un idiota —dijo el Emperador que quizá no fuera tanto como idiota pero que no se había dado cuenta de nada.&lt;br /&gt;Nunca antes el norte había marchado contra el sur sin motivo alguno. Y bien, esta vez lo hizo.&lt;br /&gt;Mientras de la capital salían órdenes hacia todas las guarniciones y todos los campamentos del norte, en las poblaciones del sur se esperaba al hombre que habría de llegar. Si en alguna aldea algún chico preguntaba quién y cómo y por qué y de dónde y para qué, sus padres, o sus abuelos o sus tíos si había perdido a sus padres, le contestaban:&lt;br /&gt;—El que se ha ido ha vuelto.&lt;br /&gt;Los más chicos o los más inocentes seguían preguntando:&lt;br /&gt;—¿Y se va a quedar con nosotros?&lt;br /&gt;Y los mayores sonreían y decían:&lt;br /&gt;—Se ha ido y ha vuelto, y se va y vuelve, y se irá y volverá.&lt;br /&gt;—¿Pero por qué?&lt;br /&gt;—Porque no todo está dicho —le explicaban.&lt;br /&gt;Para cuando el fatuo Emperador se mandaba hacer bellos trajes bordados con los que cubrir su armadura, el hombre que caminaba por el sur verde y caliente y que ya había conocido ciudades lacustres y ciudades arbóreas y subterráneas y secretas, cavadas en los árboles o escondidas detrás de plantas venenosas y hormigueros gigantes, torcía el rumbo casi en el límite al que muy pocos han llegado si es que en verdad alguien llegó alguna vez, y volvía a subir en dirección contraria, y hablaba con los hombres, y las mujeres le hablaban a él, y veía bailar la danza número veintinueve que se llama Antes de Despertar y la número doce que se llama Maestría de la Ignorancia, y la número dos que se llama Complicaciones de una Mano, y la número once que se llama Un Candil No Es Un Cencerro y la número diecisiete que se llama El Paraje y muchas más. Para cuando los ejércitos esperaban y los generales se impacientaban y el Emperador buscaba un pretexto para demorar la partida aunque fuera un día, un solo día más, él llegaba a una aldea silenciosa. No había llovido en muchos días en ese lugar, y todo parecía cubierto de polvo y ceniza. Sólo al entrar en el poblado se dio cuenta de que estaba en una ciudad muerta.&lt;br /&gt;En. el norte, en la capital elegante y rica, en el palacio de • mármol que tenía techos azules translúcidos y cúpulas de cobre y oro, el Emperador Sebbredel IV decía por fin:&lt;br /&gt;—Mañana, mañana al amanecer.&lt;br /&gt;Y en el sur, en el pueblo muerto, un hombre entraba a las casas de madera y paja, espantaba a los carroñeros a golpes de bastón, y herido y cansado, enterraba a los muertos bajo los árboles protectores. En el norte el undécimo gobernante de la casa de los Bbredasoës calzaba la armadura y se ponía encima un traje de terciopelo azul bordado en perlas e hilos de plata, y en el sur ese hombre que llegaba y se iba le daba de beber al único sobreviviente de la peste.&lt;br /&gt;El norte arrojaba flores al paso de los ejércitos imperiales y Sebbredel IV se sentía más y más satisfecho. Es cierto que la armadura era muy pesada e incómoda, pero también es cierto que le daba la reconfortante sensación de ser invulnerable, casi inmortal, como debe ser un emperador amado por su pueblo. ¿Qué pueden hacer unos cuantos desharrapados enfermos y supersticiosos contra el más poderoso ejército que el más poderoso gobernante del más vasto Imperio que el hombre ha conocido guía hacia una indudable victoria? Los vamos a deshacer en la primera acometida, había asegurado el Ministro de Guerra. El Departamento de Recaudaciones va a someter a Su Excelsa Majestad la aprobación de nuevos impuestos para solventar los gastos de la expedición sin necesidad de gravar el tesoro, había dicho el Ministro de Finanzas. Y el Emperador se decía que apenas volvieran iba a conceder nuevos títulos a esos hombres capaces y leales.&lt;br /&gt;Los dos caminantes entraron a mediodía en el poblado y las gentes acudieron a recibirlos. Maannda contó de la peste y de cómo él había vuelto de la muerte. Y esa noche estaban comiendo bajo un alero y frente a ellos se sentaba una mujer del sur, una mujer morena, grande, poderosa, casi vieja, que caminaba muy erguida y hablaba con voz suave:&lt;br /&gt;—Se dice que vienen hombres armados, muchos, desde allá, desde la casa del poder —dijo.&lt;br /&gt;El siguió comiendo, pero Maannda dejó el cuenco en el suelo:&lt;br /&gt;—¿Otra vez?&lt;br /&gt;—¿Cómo otra vez, hombrecito? —dijo la mujer—. ¿Acaso viste alguna vez a los hombres armados del norte?&lt;br /&gt;—Yo no —dijo Maannda—, pero el abuelo de mi abuelo sí los vio.&lt;br /&gt;—Esta vez es distinto —dijo la mujer—, esta vez no vamos a morir sino a pelear, esta vez ha llegado el que tenía que llegar.&lt;br /&gt;Entonces él alzó los ojos y dijo:&lt;br /&gt;—No voy a luchar.&lt;br /&gt;—¿No? —dijo ella.&lt;br /&gt;—¿Cómo podrías no luchar? —preguntó Maannda—. Enterraste a los muertos, oíste a las mujeres, sostuviste el techo de la casa, yo estaba muerto y me trajiste de vuelta.&lt;br /&gt;—No estabas muerto —dijo él.&lt;br /&gt;—Sí que lo estaba —porfió Maannda—, estaba muerto, yo soy quien mejor puede saberlo, ¿no? Y llegaste y te fuiste y rechazaste las armas y olvidaste tus nombres y supiste tu nombre, ¿cómo podrías no luchar?&lt;br /&gt;Y una muchachita muy joven, no tan niña como para canturrear como Genna y no tan vieja como para impartir justicia, se separó de los habitantes de la aldea que los rodeaban, y se acercó adonde él estaba sentado con Maannda y la mujer ciega, y todos se quedaron en silencio y escucharon:&lt;br /&gt;—Pero no todo está dicho —dijo ella— porque las palabras son la sombra y la luz de las cosas y las cosas no son sino que van naciendo y siendo;&lt;br /&gt;Y así cuando falta el pan sólo hay que sentarse a esperar el día de mañana y el día de mañana traerá el pan;&lt;br /&gt;En el corazón del hombre hambriento la desesperanza hunde sus garras y el hombre llora y maldice; Pero no todo está dicho,&lt;br /&gt;Y mal hace el hombre en llorar y maldecir cuando lo justo es que se siente y espere;&lt;br /&gt;Porque como el pan ha de llegar uno que no sabe su nombre y sí sabe que de muchas maneras le llamaron;&lt;br /&gt;Uno al que las mujeres le hablan y le confían los secretos de las mujeres y aun los de la casa y los de la aldea;&lt;br /&gt;Y ése que ha de llegar no depende de nadie ni tiene a nadie ni tiene nada: ha de fabricarse sus sandalias y sus faltriqueras y tejerse sus vestidos y anudarse sus cinturones;&lt;br /&gt;Por eso ha de dársele de comer y de beber y dónde dormir y abrigarse y debe cuidárselo de los peligros de la soledad;&lt;br /&gt;Y partirá siempre ése que ha de llegar, porque no hay llegada ni arribo que no sea completo y verdadero si no hay partida y abandono;&lt;br /&gt;Pero no todo está dicho porque se parte y se llega y se vuelve a partir;&lt;br /&gt;Y el que llega andará sin armas y las rechazará aunque las fabriquen y las adornen para él;&lt;br /&gt;Y será ése que ha de llegar el que asegure los techos y los cimientos de tu casa, el que traiga de la muerte y la profundidad a los que están a punto de partir, el que vea tu ciudad y tu casa porque puede ver el mundo, el que nada sepa y lo sepa todo, el que desde el corazón de tu tierra se levante y por todos sea visto tal como es;&lt;br /&gt;Pero no todo está dicho porque al día sucede la noche y el hombre sabio duerme hasta que se levanta el sol;&lt;br /&gt;Pero el hombre valiente permanece con los ojos abiertos y vela por su hermano;&lt;br /&gt;Y la mujer que dirige tu casa y las hijas que te ha dado, que saben más que tu cabeza, tu corazón y tu vientre, aceptan la noche y la someten y así la noche trabaja en tu provecho y en el de tu pueblo;&lt;br /&gt;Pero el que ha de llegar es el que se levanta contra la noche y le dice: Atrás;&lt;br /&gt;Por eso viene la muerte y hace su trabajo como un buen trabajador en procura de su paga;&lt;br /&gt;Pero no todo está dicho porque ausencia y presencia no son cosas opuestas sino una misma y sola cosa;&lt;br /&gt;Porque así como un instante no deja nunca de transcurrir aunque parezca que el tiempo es una sucesión de instantes, del mismo modo un hombre no se va nunca aunque parezca que se ha alejado: ¿adonde podría ir?, ¿cuándo?;&lt;br /&gt;No, no todo está dicho porque se ha ido y ha vuelto y se va y vuelve y se irá y volverá;&lt;br /&gt;Por eso cuando te sientes en la cocina de tu casa has de preguntarle a tu mujer y ella te dirá que abras los ojos por el día y los cierres por la noche, que eso es lo más útil porque el que ha llegado y se ha ido, ése ha de volver;&lt;br /&gt;No, no todo está dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchachita retrocedió y fue a sentarse junto a su madre, y la mujer ciega dijo:&lt;br /&gt;—Dentro de setenta días llegarán al sur.&lt;br /&gt;Y él dijo:&lt;br /&gt;—Vamos a descansar.&lt;br /&gt;Mientras el Emperador se abanicaba en su tienda, una partida se internó en los primeros bosques del mundo verde que es el sur. Pero el sur estaba desierto, vacío, solo, silencioso. Y, hay que confesarlo, eso atemorizó a los soldados, más que si hubieran encontrado patrullas, emboscadas, resistencias y lucha. Un soldado espera la muerte; podrá temerle o no, pero la espera. Si se le cambia de pronto la muerte por la quietud y el silencio, su orgullo de guerrero ya no tiene razón de ser y él se convierte en un pobre hombre asustado al que le han puesto el uniforme de las fuerzas del Imperio.&lt;br /&gt;—Mi opinión es que han huido, Señor —dijo el General Vordoess'Dan.&lt;br /&gt;El General se había pasado la vida sentado a un escritorio. A los veinte años le habían adjudicado el primero, una mesita estrecha y temblequeante, de madera ordinaria, en una habitación que compartía con otros tenientitos. A los cincuenta era General y el escritorio vulgar, incómodo y angosto, se había convertido en un mueble inmenso de madera olorosa incrustada en nácar que ocupaba casi todo el despacho y no le permitía ver del mundo más que la pila de planillas que le ponían delante todas las mañanas y que se llevaban a la tarde cuando sus ayudantes terminaban de revisarlas y clasificarlas. Había llegado a General del Imperio porque era miembro de una familia noble y rica y porque su hermana menor se había casado con el hermano menor del Emperador.&lt;br /&gt;—Han huido —repitió—. Atemorizados —agregó con una sonrisa complacida.&lt;br /&gt;El Emperador también sonrió. Creo que fue la última sonrisa de su vida. Ni siquiera se hizo poner la armadura que en ese clima era doblemente incómoda, doblemente pesada, y sumamente calurosa. Eso sí, vistió un traje de seda amarilla con orlas negras en las que brillaban flores de ópalo, y se puso un sombrero de plumas amarillas para proteger del sol su ilustre cabeza. Salió de la tienda y los oficiales y los soldados lo vitorearon, conmovidos por su aparición y porque el General había dado orden de que se vitoreara al soberano cada vez que saliera de la tienda. Y cuando se acalló el clamor, Sebbredel IV ordenó que el ejército avanzara y el ejército avanzó.&lt;br /&gt;Permítanme que les diga, queridos amigos, que eso no fue una batalla. Fue una masacre, una carnicería, un degolladero, una fiesta de sangre. Los soldados del norte no estaban entrenados para luchar en la selva desconocida, y si bien vitoreaban al Emperador cuando se les ordenaba que lo hicieran, no estaban dispuestos a defenderlo y ni siquiera a obedecerle. Los hombres y las mujeres del sur no eran precisamente un ejército, pero conocían la selva, el agua, la tierra, las hojas de la hierba y de los árboles, las raíces, los frutos y el viento, y estaban dispuestos a dar la vida si el que habían esperado y estaba allí luchaba con ellos. En pocas horas, créanme lo que les digo, en pocas horas el sur había vencido al norte y El Que Había Llegado clavaba en una lanza la cabeza del Emperador y la levantaba sobre los muertos y los vivos. De la cabeza del General Vordoess'Dan no vale la pena hablar porque se perdió y si no se hubiera perdido dudo que hubiera merecido el honor de una lanza que la sostuviera.&lt;br /&gt;Los hombres y las mujeres volvieron a sus aldeas y ellas iban cantando:&lt;br /&gt;—Un tejón se burló del cazador,&lt;br /&gt;Un dibris bailó con una araña,&lt;br /&gt;Una mosca se ahogó en un hormiguero,&lt;br /&gt;Un gusano salió a pescar en bote,&lt;br /&gt;Y un tonto se rió y lloró después. Pero no todo estaba dicho porque los hombres del sur verde bailaban ahora treinta y ocho danzas y la última se llamaba El Pórtico, y porque en la frontera que separa al sur del norte se levantó un campamento y allí esperaron más de un centenar de hombres y mujeres y entre ellos estaban El Que Había Llegado, Maannda, la mujer ciega, Rammsa y algunas otras gentes que habían querido quedarse o a quienes él les había pedido que se quedaran.&lt;br /&gt;Y muchos días después los emisarios venidos del norte se sentaron en las esteras en medio del campamento, escucharon en silencio y aceptaron. No tuvieron más remedio que aceptar: el Imperio no tenía ejército, no tenía Emperador porque la esposa y los hijos y los hermanos de Sebbredel IV, que eran tan fatuos como él, tan inútiles como sus ministros, tan estultos como el General Vordoess'Dan habían huido de la capital; no tenía fuerzas, no tenía esperanzas, no tenía nada.&lt;br /&gt;Fue la única vez que el trono de oro del más grande Imperio se apoyó en la tierra y no en el mármol. Y El Que Había Llegado se sentó en él y Rammsa puso sobre su cabeza una corona de hojas verdes y así fue coronado Emperador y desde allí gobernó el Imperio con su nombre verdadero.&lt;br /&gt;Y eso es todo, buenas gentes, eso es todo. Yo les agradezco que me hayan escuchado con tanta atención y paciencia, pero lo que queda por decir no le corresponde a un contador de cuentos. Todos sabemos lo que pasó en esos años, por otra parte; y si increíblemente alguien no lo sabe, puede consultar los libros de historia y maravillarse frente a las viejas páginas. Pero como nunca está todo dicho, la tentación es muy grande, y yo podría decirles a ustedes, antes que volvamos a nuestras casas a darnos un baño caliente, ponernos las pantuflas y sentarnos frente al fuego, que él se fue un día porque el que ha llegado ha de irse. Que caminó por el mundo verde llevando de la mano al bisnieto mayor de Rammsa, que junto a los primeros grandes árboles soltó al niño y le dijo que volviera corriendo a su casa, y que siguió caminando y se fue. Que caminó hacia la selva y no volvió más. Pero para consuelo y meditación de los hombres justos y las mujeres prudentes yo les voy a recordar a ustedes que es cierto, que tal como dice el sur caliente, verde, áspero y húmedo, no, no todo está dicho.&lt;br /&gt;La vieja ruta del incienso&lt;br /&gt;—Soy huérfano —había dicho El Gato.&lt;br /&gt;—¿Y qué? ¿Ésa es una razón para que te aceptemos? —había preguntado el viejo Z’Ydagg  casi sin mirarlo.&lt;br /&gt;—Quiero decir que soy dueño de mí mismo —había insistido el muchacho—. Nadie va a venir a reclamarte nada. Y no soy ni un vago ni un inútil. He desempeñado muchos oficios, pero lo que más me gusta es viajar. ¿Y de qué otra manera puede viajar un pobre si no es trabajando?&lt;br /&gt;—Has de hablar con el jefe, el señor Bolbaumis —había dicho el viejo.&lt;br /&gt;—Ya te he dicho, viejo, que no me llames señor —había interrumpido el gordo— ¿Qué soy yo? ¿Un sujeto delicado, vestido de terciopelo, cargado de joyas? ¿Un inútil que sólo sabe bailar en los salones y dormir hasta mediodía? ¿Un parásito que vive del trabajo de los demás? ¿Eh? ¿Soy algo de eso? ¿Eh? No, no soy nada de eso. Soy un honesto trabajador, un pobre hombre que suda y se afana para obtener, ay de mí, unas pocas monedas que apenas le alcanzan para dar de comer a sus hijos.&lt;br /&gt;La cuestión es que El Gato se incorporó a la caravana porque en cuanto Bolbaumis supo que el muchacho no reclamaba paga alguna y se conformaba con el sustento, lo aceptó. Cierto que era flaco, demasiado flaco, y que tal vez no tuviera fuerzas suficientes para el duro trabajo de una caravana; pero cierto también que si estaba tan flaco era porque comía poco. El gordo jefe lo aceptó además por otra razón: porque vio una mirada complacida en los ojos del veintero. No dejó de preguntarse qué habría visto el viejo Z’Ydagg   en ese proyecto de hombre, pero no era la primera vez que el viejo iba de veintero en una de sus caravanas y Bolbaumis había aprendido a respetarlo y a confiar en él. Y hay que decir que el obeso negociante respetaba a muy pocas personas y confiaba aun en menos.&lt;br /&gt;—¿Cuál es tu nombre? —había preguntado Bolbaumis.&lt;br /&gt;—Gennän —había dicho el chico.&lt;br /&gt;—No sé para qué cargo con él —había suspirado el gordo sin dirigirse a nadie en especial pero rezongándole en realidad a Z’Ydagg  —, no sé. Soy generoso, eso es lo que pasa. Me da lástima, sí señor, me da lástima. Un pobre muchacho abandonado y solo, sin padre que lo aconseje, sin madre que lo proteja. Por eso cargo con él, aunque es evidente que voy a ir a pura pérdida. Debilucho, pálido, hambriento, más ojos que seso y hocico redondo, ay, más parece un gato de albañal que un hombre.&lt;br /&gt;Y así fue como le llamaron El Gato.&lt;br /&gt;La caravana partió hacia el este en una mañana de primavera, y hasta que salieron de la ciudad el gordo Bolbaumis marchó a la cabeza de la larga columna. Detrás de él iban cinco hombres armados. Y más atrás los mercaderes, solos o con un socio, o con sirvientes y empleados. Y al fin el cocinero con sus dos ayudantes, y los cargadores y los peones. Pero dejaron la ciudad y marcharon por el campo y el campo se convirtió en montes y los montes bajaron al desierto y Bolbaumis montó su jaca y entregó el mando a Z’dagg.&lt;br /&gt;Lo primero que hizo el viejo fue sacar del paso a los hombres de armas: les dijo que no los necesitaba y que sería mejor que marcharan alrededor o detrás del jefe. Después, mientras andaban por un sendero que se iba haciendo cada vez más borroso y polvoriento, repasaba el orden en el que iban y meneaba la cabeza con fastidio mientras reflexionaba que los comerciantes saben mucho de comercio pero no saben nada del desierto, y que él en cambio sabe mucho del desierto, y que si bien él no tiene por qué, a su edad, empezar a aprender nada sobre el comercio, a esos hombres de negocios a los que él guía les convendría aprender algo acerca del desierto. Y una vez que hubo concluido satisfactoriamente con estos pensamientos, se dedicó a poner un poco de orden, del orden verdadero, en la confusión de hombres, animales y vehículos que lo seguía; un poco nada más, porque mucho no se puede hacer mientras se va marchando y se tiene que vigilar tanta cosa y además mantener el rumbo adecuado.&lt;br /&gt;Pero esa noche, cuando acamparon ya en pleno desierto, el viejo Z’Ydagg  informó a todos de las disposiciones que había tomado y todos, por supuesto, estuvieron de acuerdo. Las cosas, cuando al día siguiente reiniciaran la marcha, serían así: él a la cabeza porque él era el veintero (hay que ver que hay veinteros que prefieren marchar a la zaga de la caravana, y otros que se mezclan con la gente, y hasta hay algunos que suben a caballos o a vehículos; pero el viejo Z’Ydagg  siempre iba adelante como a él le constaba que habían hecho invariablemente desde que el mundo era mundo, los mejores de su oficio), sin hombres de armas ya que nunca los había necesitado y por qué iba a necesitarlos ahora. Inmediatamente detrás de él iría la señora Assyi'Duzmaül, con sus empleados y sus sirvientes. ¿Por qué ella? No porque fuera mujer; no porque fuera bella o joven o apetecible, que no lo era. Y aunque lo hubiera sido, al viejo qué le importaba eso. ¿Por qué ella entonces? ¿Por qué no el señor Pfalbuss, amable anciano conocido desde hacía mucho por el veintero? ¿Por qué? Si alguien se lo hubiera preguntado a Z’Ydagg, y no es que a nadie se le ocurriera jamás la rara idea de cuestionarle a un veintero las disposiciones que hubiera tomado, a menos que fuera tan loco como para arriesgarse a ser expulsado de una caravana y quedar solo y sin guía en el desierto, si alguien se lo hubiera preguntado, el viejo sólo hubiera dicho:&lt;br /&gt;—Porque sí.&lt;br /&gt;No era porque sí, sin embargo. Era que la mujer lo inquietaba. Él no la conocía, pero eso no quería decir nada: ni un hombre que conoce los rumbos puede saber de cuanto comerciante anda por los caminos del Imperio. Y ella decía ser comerciante en sedas. Podía ser, ¿por qué no? Podía no ser, porque prestaba más atención a las personas que a los bultos señalados con su marca. También decía que viajaba esta vez con su mercancía porque tenía la sospecha, casi la seguridad, de que algunos de sus empleados la estaban robando, y eso también podía ser, ¿por qué no? Así se explicaría su vigilancia constante. Pero hay que ver que hay medios más eficaces para descubrir ladrones que meterse en una caravana que emprende un camino largo y fatigoso y casi no comer ni dormir con tal de no sacar los ojos de lo que pasa alrededor de uno. Y no le gustaba el nombre de la comerciante; era un nombre muy complicado. El viejo hubiera apostado un dedo, de su mano izquierda, eso sí, pero uno de sus propios dedos, a que era un nombre falso. De modo que la señora Assyi'Duzmaül, comerciante en sedas, iría justo detrás de él. Después algunos otros mercaderes, dos o tres, le daba lo mismo, con su personal. El gordo Bolbaumis con sus soldadotes, los demás comerciantes, el cocinero y sus bártulos y sus ayudantes, y al último los cargadores. Pero un momento, ¿y El Gato? ¿Dónde metería a ese muchachito insolente e inquieto? Bah, que fuera donde quisiera, con los mercaderes o con los soldados o con la señora, eso es, así no molestaría y tendría auditorio para contar su orfandad y los trabajos raros que decía que había hecho tejiendo alfombras y asistiendo a un prestidigitador y pescando perlas y todas esas fantasías.&lt;br /&gt;El viejo veintero dormía con un solo ojo, eso creía él, y era casi cierto, como que si algo pasaba en la caravana, o al primer atisbo de luz si había sido una noche tranquila, se ponía de pie, recorría el campamento y se iba a desayunar con el que hubiera estado de guardia la última parte de la noche. Sólo entonces, cuando ya tenía un pedazo de galleta y un trago de agua en el estómago, ponía las manos alrededor de la boca y gritaba el alerta. Pero ese día, antes de que amaneciera, lo despertó el olor del café recién hecho:&lt;br /&gt;—Qué significa esto —preguntó.&lt;br /&gt;—Café —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Te pregunto por qué demonios estás haciendo café a esta hora.&lt;br /&gt;—Porque tengo ganas de tomar café —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Mocoso insolente —dijo el veintero.&lt;br /&gt;—Está rico —dijo El Gato y le alcanzó un jarro.&lt;br /&gt;El viejo estaba tan asombrado que empezó a tomarlo despacito, y realmente estaba muy bueno: caliente, amargo y espeso.&lt;br /&gt;—¿Te conté que una vez fui ayudante de cafetería en palacio durante una semana? —dijo El Gato muy serio.&lt;br /&gt;—Ya me has contado demasiadas mentiras —dijo el veintero.&lt;br /&gt;—Pero sí, en serio.&lt;br /&gt;—Si te llega a ver la Guardia Imperial a diez cuadras del palacio con esa facha de vagabundo, te echa a escobazos —dijo el viejo que ya no estaba furioso.&lt;br /&gt;—Te voy a contar cómo fue —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—No me vas a contar nada. Y te vas ahora mismo a llamar al guardia de la noche.&lt;br /&gt;—Le dije que podía irse a dormir.&lt;br /&gt;El viejo se atragantó y tosió:&lt;br /&gt;—¿Le dijiste qué? —aulló cuando pudo volver a respirar.&lt;br /&gt;—Qué es lo que pasa —dijo lar señora Assyi'Duzmaül.&lt;br /&gt;—¡A tomar café, querida señora! —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Vamos a aclarar una cosa —dijo el viejo mientras la mujerona tomaba muy despacio su café.&lt;br /&gt;—Eso, aclaremos, aclaremos —dijo El Gato aplaudiendo.&lt;br /&gt;Z’Ydagg se quedó un momento en silencio, pensando. Un veintero no se enoja, no grita, no se acalora, no se ahoga con café caliente. Un hombre al que le pasan esas cosas sólo porque ha tropezado con algo imprevisto, no sirve para veintero. ¿Me estaré poniendo demasiado viejo?, pensó. Tonterías: en las desmesuradas rutas de los desiertos la edad no es inconveniente, al contrario. Toda una vida de disciplina del cuerpo y de la mente da sus frutos precisamente en la vejez. Tonterías, claro: había sido un mal momento. Había sido ese muchachito estúpido el que lo había sacado de quicio. Y sin embargo le gustaba el chico; le había gustado desde el momento en que lo vio acercarse a la caravana en formación: torpe pero decidido, un pícaro, sin duda, pero el viejo creía ver algo de honesto y generoso en la cara cómica. Eso, era eso, era porque le gustaba. Si el mocoso no fuera tan simpático hasta cuando se ponía fanfarrón, él lo hubiera puesto en vereda desde el primer momento y entonces no hubiera habido ninguna posibilidad de encontrárselo levantado antes que él preparando café. Un café tan bueno, por otra parte.&lt;br /&gt;—Aquí hay una sola persona que da órdenes —dijo el viejo.&lt;br /&gt;—El señor Z’Ydagg  , veintero de la caravana del señor Bolbaumis —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Exactamente. No era eso lo que quería aclarar, que no hace falta. Era esto otro: yo doy todas las órdenes. Todas, ¿entendiste?&lt;br /&gt;—Sí, señor.&lt;br /&gt;—Todas quiere decir todas: las importantes y las que no lo son. Nadie puede levantarse antes que yo y hacer café sin que yo se lo haya ordenado, por ejemplo.&lt;br /&gt;—¿Qué? ¿No puedo?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿No te gustó el café que hice?&lt;br /&gt;—No es ésa la cuestión.&lt;br /&gt;—Está bien, padrecito, no te vuelvas a ofender.&lt;br /&gt;El viejo sintió ira, por segunda vez esa mañana, pero consiguió mantenerse tranquilo:&lt;br /&gt;—Y no vamos a hablar del asunto del guardia —dijo—&lt;br /&gt;porque si hablamos los entierro en la arena a los dos con sólo la nariz al aire y nos vamos y los dejamos para que los seque el sol y se los coman las hormigas. Que es exactamente lo que te voy a hacer la próxima vez que des un solo paso sin mi permiso.&lt;br /&gt;El Gato se rió:&lt;br /&gt;—Sí, padrecito, te prometo que voy a ser bueno.&lt;br /&gt;Y no me llames padrecito, pensó el viejo, pero no lo dijo. Miró a la comerciante en sedas y vio que ella lo estaba mirando.&lt;br /&gt;—No tengas cuidado —dijo la mujer—, yo no te voy a desobedecer. Sé lo que es una caravana.&lt;br /&gt;Sí, lo sabe, se dijo el viejo que olía las mentiras a cien leguas de distancia, claro que lo sabe. Y se alejó unos pasos y lanzó el grito de alerta.&lt;br /&gt;El Gato no volvió a hacer nada que no se le hubiera ordenado. Tampoco se puede decir que se quedara muy quieto o muy tranquilo, pero por lo menos no provocó enojos, ni en el veintero ni en nadie. Hasta se ganó el re conocimiento del cocinero y ya se sabe que los cocineros de las caravanas son seres quisquillosos y susceptibles, difíciles de manejar y casi siempre inclinados al mal humor. A éste, que se llamaba Nonne, le disgustaba hacer café. Es decir, le gustaba hacer café pero café de verdad, un café refinado, de ése que sale de las espitas de los aparatos de vidrio y cobre calentados lentamente y con arte, y no el café apresurado que se hace sobre las brasas en un pozo cavado en el suelo seco barrido por el viento que corre al amanecer en el desierto. A Nonne le gustaba cocinar para las caravanas, sacar el todo de la casi nada, arreglárselas para que la carne salada se convirtiera en un manjar dulce y tierno, con un regusto picante. Le gustaba hacer de los granos secos una pasta suave y cremosa, despertar el asombro de los viajeros con sólo algunas raíces fibrosas y hojas que hubieran sido amargas si él no las hubiera aderezado con sabiduría. Hasta podía hacer un buen té con el agua escasa de los pozos o el agua revenida de las cantimploras. ¿Pero café? Eso no. Valía la pena hacer café en la ciudad, en los pueblos, en las casas en las que la gente vive permanentemente, no en el desierto, andando siempre. Así que después de esa primera mañana, Nonne pensó y pensó y finalmente habló con el veintero y Z’Ydagg   le dijo que bueno, que estaba bien, que no veía ningún inconveniente, y que incluso sería una ventaja darle algún trabajo fijo al chico y no tenerlo de aquí para allá llamándolo por alguna pequeña tarea que los hombres no querían hacer. Y de allí en adelante, El Gato fue el encargado de preparar el café.&lt;br /&gt;También hacía otras cosas. Cantar, por ejemplo. Y fue él el que descubrió que uno de los hombres de armas de Bolbaumis tañía el serel.&lt;br /&gt;—Eso qué es —preguntó.&lt;br /&gt;—Quieto, chico —dijo el soldado.&lt;br /&gt;—¿Es un arma?&lt;br /&gt;El hombre no contestó.&lt;br /&gt;—Tiene una forma rara para ser un arma —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Te dije que te quedaras quieto.&lt;br /&gt;—Apuesto a que adentro hay un serel.&lt;br /&gt;El hombre se detuvo y lo miró:&lt;br /&gt;—No te metas en lo que no te importa.&lt;br /&gt;—Está bien, está bien, no es para tanto —y se fue adelantando hasta quedar junto a la señora Assyi'Duzmaül.&lt;br /&gt;—¿Por qué no te acompaña en el viaje alguno de tus hijos, señora? —preguntó.&lt;br /&gt;—¿Y quién te ha dicho que yo tengo hijos? —dijo ella.&lt;br /&gt;—Nadie. Pero me imagino. Las señoras suelen tener hijos, ¿no?&lt;br /&gt;—Ah, sí —dijo la mujer y se quedó un momento callada—. Pues sí —siguió— tengo siete hijos. Pero están muy ocupados, los mayores trabajando y los pequeños estudiando. Y además no veo por qué voy a necesitar que alguien me acompañe cuando viajo.&lt;br /&gt;Después de un rato lo miró y le dijo:&lt;br /&gt;—Esta noche te voy a dar una de mis bolsas de dormir. Tengo varias, muy abrigadas. Y anoche tuviste frío.&lt;br /&gt;Pero esta mujer no duerme nunca, pensó el viejo Z’Ydagg   que los oía. ¿Y cómo sabe que el chico tuvo frío?&lt;br /&gt;Esa noche el muchacho durmió en una rica bolsa de plumón, abrigada y cómoda. Y a la noche siguiente cantó.&lt;br /&gt;Tenía una bella voz de tenor, no muy poderosa; una voz dulce que subía v bajaba con facilidad, y cantaba canciones sentimentales y picarescas. Fue entonces cuando el hombre de Bolbaumis abrió la bolsa de forma rara, sacó el serel, tensó las cuerdas, ajustó una, dos llaves de marfil y tocó unos acordes. Bolbaumis lo miró asombrado: uno de sus guardias tocando un serel, pero habráse visto. El soldado afinó el instrumento, le arrancó una cascada de notas y empezó a acompañar la canción del Gato. Todos los demás los rodearon y escucharon y alguien empezó a balancearse al compás de la música y alguien palmoteo, y terminaron llevando el ritmo con los pies y con las cabezas y batiendo palmas y riendo hasta que el viejo dijo que era hora de descansar.&lt;br /&gt;A la noche siguiente El Gato volvió a cantar y el soldado lo acompañó tañendo el serel y hasta cantó a dúo algunas estrofas con el chico.&lt;br /&gt;—Nunca viajé en una caravana tan alegre —dijo uno de los mercaderes.&lt;br /&gt;—He estado en algunas en las que todos parecían sordos y mudos de nacimiento —dijo Pfalbuss— y donde tiempo nos faltaba en cuanto empezaba a oscurecer para echarnos a dormir.&lt;br /&gt;—Dónde se ha visto —dijo otro comerciante— que el veintero tenga que llamarnos a descansar, como a críos.&lt;br /&gt;—Más parece una fiesta que una caravana —dijo otro.&lt;br /&gt;—Para fiestas estamos —dijo uno de los más jóvenes.&lt;br /&gt;—Pongámonos serios —dijo El Gato—. Que alguien cuente una historia triste triste —y miró a la mujerona que comerciaba en sedas.&lt;br /&gt;—Yo no sé historias —dijo ella—. Sólo me ocupo de mis negocios.&lt;br /&gt;—Padrecito —dijo El Gato—. ¿no nos contarías una historia triste, muy triste?&lt;br /&gt;—Para tristezas basta con las que nos esperan —dijo uno de los mercaderes que se llamaba Nayidemoub.&lt;br /&gt;—Todavía hay esperanzas —dijo otro.&lt;br /&gt;—Louwantes fue un buen Emperador —suspiró Bolbaumis.&lt;br /&gt;—Ay, sí —dijo Nayidemoub—, pero si el sobrino sube al trono, va a ser una desgracia.&lt;br /&gt;—¿Quién dijo? —preguntó otro—. A lo mejor también él llega a ser un buen emperador.&lt;br /&gt;—¡Ja! —hizo el gordo Bolbaumis.&lt;br /&gt;—A lo mejor —insistió el mercader—, ¿por qué no? No se puede saber cómo va a ser un hombre.&lt;br /&gt;—¡Ja! —volvió a hacer el gordo.&lt;br /&gt;—Y en una de ésas —dijo el mercader—, ni siquiera llega al trono.&lt;br /&gt;—Ojalá no llegue —dijo Nayidemoub.&lt;br /&gt;—A descansar —dijo el viejo Z’Ydagg.&lt;br /&gt;El sol los castigó duramente a lo largo de todo el día siguiente. Y la sed también porque como el próximo pozo estaba muy lejos, el viejo dio orden de racionar el agua. Hasta El Gato parecía desanimado. La señora Assyi'Duzmaül no dejaba de mirarlo, y después del mediodía lo llamó:&lt;br /&gt;—Yo no tengo sed —le dijo—, nada de sed: cuando podamos beber, te voy a dar mi ración.&lt;br /&gt;—Oh, no, no —dijo El Gato.&lt;br /&gt;Pero la mujer insistió. Puede ser que El Gato le recuerde a uno de sus siete hijos, pensó el veintero, y puede ser que no. ¿Qué querrá una mujer vieja como ella, bueno, no tan vieja pero con edad suficiente como para ser su madre, qué querrá con el chico?, se preguntaba. Porque es un chico, una criatura casi, todavía ni ha terminado de cambiar la voz. ¿Querrá comprarlo para su cama? ¿Se dejará comprar él? No, vamos, cómo se va a dejar comprar por ese esperpento un chico que cuando quiera va a tener todas las mujeres que se le antoje, vamos. ¿Pero y si ella le ofrece mucho, muchísimo dinero? ¿Cuánto dinero hará falta? No me gusta esa mujer; no le tengo confianza.&lt;br /&gt;Al fin llegó la noche y corrió el viento frío que venía de los picos del norte y los animales agacharon los pescuezos y se apelotonaron en un rincón del corral para protegerse, y los hombres se sentaron alrededor del fuego, comieron y bebieron y tomaron café y el soldado de Bolbaumis puso la mano sobre la bolsa del serel.&lt;br /&gt;—No me gusta el desierto —decía uno de los mercaderes.&lt;br /&gt;—¿Y a quién le gusta? —dijo otro—. A nadie le gusta.&lt;br /&gt;—Al padrecito Z’Ydagg   sí le gusta —dijo El Gato—. A él sí. A él le gusta todo, ¿no es cierto, padrecito?&lt;br /&gt;—El mundo es como es —dijo el viejo.&lt;br /&gt;—¿Por qué? —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Silencio, muchacho —dijo Bolbaumis—, no preguntes estupideces.&lt;br /&gt;—No es una estupidez —dijo la mujer—, es una sabia pregunta. Y yo te la contesto, hijo: el mundo es como es gracias a la locura de los hombres.&lt;br /&gt;—Puede ser —dijo Nayidemoub—, pero hay que reconocer que también han hecho cosas buenas, los hombres.&lt;br /&gt;—Ella no dijo insensatez —dijo El Gato—, ella dijo locura. Y la locura puede hacer cosas malas y cosas buenas.&lt;br /&gt;—A ver, pichón de filósofo —dijo Bolbaumis—, ¿hay más café?&lt;br /&gt;—Enseguida preparo más, jefe —dijo el chico—. Pero, padrecito, al desierto no lo hicieron los hombres.&lt;br /&gt;—Ah, no —dijo el viejo.&lt;br /&gt;—Quién hizo el desierto, padrecito, a ver, quién.&lt;br /&gt;—Ya venía con el mundo —dijo el veintero.&lt;br /&gt;—Y quién hizo el mundo —preguntó El Gato.&lt;br /&gt;—Es una larga historia.&lt;br /&gt;El soldado retiró la mano que había tenido apoyada en la bolsa del serel.&lt;br /&gt;—Antes del mundo no había nada —dijo Z’Ydagg&lt;br /&gt;—¿Estaba muy oscuro y daba mucho miedo? —preguntó El Gato.&lt;br /&gt;—No estaba oscuro porque no había nada, y si no había nada tampoco había oscuridad, muchacho tonto —dijo el viejo—. Y no había quien tuviera miedo. Tampoco había silencio por eso mismo, porque no había nada, ni silencio. Y como no había silencio, se oían todos los ruidos y todos los sonidos que no habían empezado a sonar. Y como no había oscuridad se veían todas las cosas que no habían empezado a existir. Fue por eso, porque no había nada, que estaba ahí sin ser, todo lo que iba a haber en el mundo cuando hubiera mundo.&lt;br /&gt;El Gato servía café:&lt;br /&gt;—Cuánta sabiduría, padrecito —dijo—. ¿Nos vas a contar cómo fue que todo empezó a ser?&lt;br /&gt;Se está burlando de mí, pensó el viejo. ¿O no? ¿O me estoy volviendo susceptible como un cocinero, como una vieja que teje detrás de la ventana entornada?&lt;br /&gt;—Es muy fácil —dijo en voz alta—: todo lo que se veía y todo lo que se oía porque no había ni oscuridad ni silencio, estaba muy junto porque como antes del mundo no había nada, pues tampoco había espacio. Y como no había tiempo, todo se atraía y se pegaba y se fundía, y así como una rueda multicolor en un puesto de feria gira y gira y con todos esos colores forma el blanco, así todo lo que se juntó antes que el mundo fuera, formó un ojo.&lt;br /&gt;—¿De qué color era el ojo? —preguntó El Gato que se había sentado frente al viejo.&lt;br /&gt;—No tenía ningún color porque los tenía todos —dijo el veintero—. Era un ojo redondo, de vidrio muy grueso, y tenía alrededor un solo párpado negro, redondo, duro y opaco. Y de ese ojo salió una motita de polvo que se agrandó y se agrandó y entonces el ojo vio cómo ese pedacito de polvo se convertía en una casa.&lt;br /&gt;Silbó el viento de la noche en el desierto y los hombres se acercaron un poco más para escuchar a Z’Ydagg.&lt;br /&gt;—Era una casa de madera oscura, con muchas piezas y una galería —dijo el viejo—, y en cada pieza había un hombre pero en la galería había una mujer. Y la casa se llamaba "saloon".&lt;br /&gt;—¿Saloon? —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—No interrumpas, mocoso —dijo Bolbaumis.&lt;br /&gt;—Ahora, cuando esa casa llamada saloon estuvo completa, con los hombres y la mujer y todos los muebles, salió otra motita de polvo del ojo y se agrandó y se agrandó y fue otra casa.&lt;br /&gt;—¿Y esa casa cómo se llamaba? —preguntó Bolbaumis.&lt;br /&gt;—No interrumpas, gordo —dijo El Gato riéndose.&lt;br /&gt;—La segunda casa se llamaba "la carga de la brigada ligera" —dijo el viejo— y también tenía muchas piezas pero había allí muchos hombres y muchas mujeres. Ninguna tan bella como la mujer de la casa llamada saloon, eso sí. Era tan hermosa que los hombres de la casa que se llamaba la carga de la brigada ligera la miraba una vez y ya no podían dejar de pensar en ella y soñaban con ella día y noche. Pero hubo uno de ellos que estaba tan profundamente enamorado de la mujer bella que quiso robarla. Ese hombre se llamaba Kirdaglass y como no sabía cómo se llamaría en realidad la mujer, la llamó para sí Marillín. Kirdaglass construyó un barco y navegó por los aires y fue en busca de la mujer que él llamaba Marillín y la robó y volvió a su casa llevándola con él. Entonces los hombres de la casa llamada saloon construyeron mil barcos y para afrentar a sus enemigos les pusieron los nombres de las mujeres de la casa llamada la carga de la brigada ligera y pintaron esos nombres con letras brillantes en las proas redondas de cada embarcación: Marlenditrij, Betedeivis, Martincarol, Meripícfor, Avagarner, Tedabara, Loretaiún, Briyibardo, Jedilamar, y así hasta mil. Con esos barcos que llevaban los nombres de las mujeres de los enemigos, los hombres de la casa llamada saloon navegaron por el aire hasta la casa llamada la carga de la brigada ligera para rescatar a la mujer llamada Marillín raptada por el hombre que la amaba tanto. Entre los que navegaron en los mil barcos había uno muy valiente que se llamaba Alendelón y uno muy astuto que se llamaba Clargueibl y otro llamado Yeimsdín que era el que más deseaba rescatar a la mujer muy bella. Con esos mil barcos cruzaron los aires y pusieron sitio a la casa del raptor. Pero como ahora ya existía el tiempo porque existían las casas y los hombres y las mujeres y los barcos, veinte años duró el sitio. Y durante veinte anos lucharon los hombres de las dos casas. El jefe de la casa llamada la carga de la brigada ligera, cuyo nombre era Orsonuéls que quiere decir "el gran oso", organizo la defensa y dijo que si uno de sus hijos había raptado a una mujer, pues que entonces esa mujer le pertenecía por haber sido él tan valiente y atrevido. Entonces Alendelón retó a duelo a Kirdaglass pero él estaba en la cama gozando con la mujer llamada Marillín y no se molestó en ir a pelear. Los otros sí, siguieron peleando y matándose unos a otros hasta que ya casi no quedaban hombres en ninguno de los dos bandos. Mientras tanto, otras motilas de polvo habían ido saliendo del ojo y se habían convertido en otras tantas casas con sus hombres y sus mujeres adentro. Una de las casas se llamaba "dosmiluno" y otra "rosa de abolengo" y otra "a la hora señalada" y otra "el muelle de las brumas" y otra "rashomon" y otra "puerta de lilas" y otra "el año pasado en marienbad" y otra "la   i hora del lobo", y así muchísimas más. Cuando estaban a punto de cumplirse veinte años desde que se había iniciado el sitio, Kirdaglass bajó por fin a pelear y Yangabén, el mejor amigo de Alendelón, lo mató con una flecha envenenada. Entonces Marillín se casó con otro hijo de Orsonuéls llamado Yonyilber, pero poco tiempo después, gracias a una treta ideada por el astuto Clargueibl que hizo construir un gran oso de madera y lo ofreció como regalo a los sitiados, los sitiadores pudieron entrar en la casa que aún resistía, porque iban escondidos dentro del animal gigantesco. Fue así como incendiaron la casa llamada la carga de la brigada ligera y rescataron a la mujer y se llevaron prisioneros a Orsonuéls, a Dorotilamur, su mujer, y a sus hijos e hijas La mujer llamada Marillín se casó con Yeimsdín y tuvieron muchos hijos y vivieron los dos hasta cumplir los ciento veinte años y fueron siempre muy felices. Pero uno de los héroes que había salido por el aire en busca de la mujer raptada y que había peleado largos años valientemente en el sitio, se perdió con su barco. El astuto Clargueibl regresaba como todos a la casa llamada saloon cuando oyó un canto dulcísimo que lo atraía en forma irresistible. Eran los ringostárs, unos seres bellos, maléficos y voraces que se servían de sus voces mágicas con las que hechizaban a quienes las oyeran, para atraer a los marinos que pasaban cerca de ellos. Clargueibl y su tripulación se detuvieron al oír el canto, y así cayeron prisioneros de los ringostárs. Uno de esos seres era una bruja poderosa llamada Monalisa que con su sonrisa convertía a los hombres en cerdos. Así lo hizo con Clargueibl y sus hombres, y los ringostárs los encerraron en los chiqueros y allí los engordaron hasta que empezaron a comérselos uno a uno. Pero Clargueibl que aun con forma de cerdo conservaba su inteligencia aguda, convenció a uno de los porquerizos, el gigante Gualdisnei de que lo dejara vivir aunque fuera unos días más porque se sentía muy enfermo y quien lo comiera podía contagiarse y entonces castigarían los demás a los porquerizos por haber sido tan descuidados al seleccionar los animales para la mesa. Cuando el gigante se acercó a revisarlo, Clargueibl lo mordió en el cuello con sus dientes de cerdo, y bebiendo su sangre se convirtió otra vez en el gallardo guerrero que había sido. Enseguida se tapó los oídos con barro para no oír el canto de los ringostárs, robó un barco y huyó rumbo a su hogar. Allí creían que él había muerto, y la hija mayor de Yeimsdín y Marillín a quien sus padres habían destinado para esposa de Clargueibl cuando el héroe volviera, estaba a punto de casarse con uno de sus muchos pretendientes, un fatuo hombrecito llamado Samuelgolduin. En el día de la boda Clargueibl llegó disfrazado de mendigo y nadie lo reconocíó salvo su viejo perro Rintintín, que ladró de alegría al verlo. Clargueibl se adelantó, con las armas en la mano, hasta donde estaban los novios, mató a Samuelgolduin, se dio a conocer y se casó con la bella Vivianlig, con la que se fue a vivir a otra casa llamada "lo que el viento se llevó" en recuerdo de todas las aven turas que habían quedado atrás. Vivieron muchos años muy felices y sus hijos e hijas se desparramaron por el mundo que ya existía y estaba formado por todas las casas que habían salido del ojo.&lt;br /&gt;—¿Y el ojo? —preguntó El Gato—. ¿Dónde está el ojo?&lt;br /&gt;—En alguna parte —dijo el viejo—, está en alguna parte. Pero es muy difícil verlo.&lt;br /&gt;—¿Salieron otras motitas de polvo del ojo? —quiso saber El Gato—. ¿Y van a volver a salir? ¿Y cómo es que?&lt;br /&gt;—Yo digo que un médico que hiciera milagros tendría que salir ahora del ojo —dijo Nayidemoub—, eso, que hiciera un milagro y curara a la hija del Emperador muerto.&lt;br /&gt;—No está enferma —dijo otro mercader—, está muerta ella también, seguro que está muerta.&lt;br /&gt;—No digas eso, hombrecito, ay, no digas eso —pidió el gordo Bolbaumis.&lt;br /&gt;—Cómo va a estar muerta si la Regente dijo que —empezó El Gato.&lt;br /&gt;—¡La Regente, puajjj! —hizo el gordo—. Maldito, mil veces maldito sea el día en que nació esa víbora.&lt;br /&gt;—Si alguno de nosotros ve el ojo, quizá la hija del Emperador se cure —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—¿Pero se callará este mocoso y dejará hablar a las personas mayores o no? —dijo Bolbaumis.&lt;br /&gt;—Es tarde —repitió el viejo Z’Ydagg  —, y hay que descansar.&lt;br /&gt;—Esa mujer maldita quiere que sea su hijo el que se siente en el trono de oro —rezongó todavía Nayidemoub—, por eso tiene prisionera a la hija del Emperador y dice que está enferma, por eso. La va a matar y va a decir que se murió de enfermedad. Y entonces va a subir al trono el muchacho, tal como ella ambiciona, yo sé lo que les digo.&lt;br /&gt;—¿Y por qué no va a gobernar bien él, vamos a ver? —dijo uno de los mercaderes.&lt;br /&gt;—¿Un hijo de esa hiena? —preguntó Nayidemoub—. ¡Vamos!&lt;br /&gt;—A dormir —dijo el veintero—. Demasiado se ha hablado hoy.&lt;br /&gt;—¿No vas a necesitar más abrigo? —le preguntó al Gato la mujer que se decía comerciante en sedas.&lt;br /&gt;El desierto seguía y seguía y parecía que no iba a terminar nunca. Pero los hombres sabían que ya habían recorrido mucho más de la mitad del camino, y el calor y la sed del día y el frío de la noche les iban pesando cada vez menos. Por eso a la noche cantaron con más entusiasmo que otras noches, coreando las canciones del Gato, palmeteando al ritmo del serel que tañía el soldado. Y por eso el viejo veintero se sonrió, cosa que hacía tan pocas veces, cuando el muchacho dijo que estaba cansado de cantar y que quería oír otra historia de cuando el mundo estaba recién nacido y el Imperio no existía.&lt;br /&gt;—Mañana —dijo Z’Ydagg  —, dejemos para mañana las historias. Hoy no. Yo también estoy cansado.&lt;br /&gt;—No digas tonterías, chico —dijo un mercader—. El Imperio existió siempre. Existe, ha existido, existirá, corno nos enseñan en la escuela aun antes de que aprendamos a leer.&lt;br /&gt;—Quién sabe —dijo la señora Assyi'Duzmaül.&lt;br /&gt;—Cómo se puede pensar en que el Imperio no haya existido —dijo un hombre caviloso, meneando la cabeza!&lt;br /&gt;—La señora tiene razón —dijo el viejo—. Quién sabe. Hay leyendas, hay historias, y puede ser que no todo sea una fábula inventada por ciegos bardos mendicantes.&lt;br /&gt;—¿De veras? —preguntó El Gato—. ¿De veras, padrecito? ¿Nos vas a contar alguna?&lt;br /&gt;—Dije que mañana —contestó Z’Ydagg.&lt;br /&gt;Pero al día siguiente todos hablaban de la llegada a las poblaciones de más allá del desierto, aunque hay que decir que el fin del camino no estaba tan cercano. El buen Pfalbuss tenía un nieto que lo esperaba en Oadast, al frente de una de sus casas de comercio:&lt;br /&gt;—Igual a su madre —decía sonriendo—, mi hija mayor que murió muy joven, la pobrecita. Igual, los mismos ojos, la misma risa, la misma sagacidad para los negocios, la misma perspicacia para aprovechar las oportunidades, amigo mío.&lt;br /&gt;—¿Tu hija estaba en el comercio?&lt;br /&gt;—Pero claro que sí. Fue mi mano derecha durante años.&lt;br /&gt;—¿Una mujer en los negocios? Hummm.&lt;br /&gt;—¿Por qué no? —preguntó la señora Assyi'Duzmaül.&lt;br /&gt;—En fin, claro, no he querido decir que.&lt;br /&gt;—Yo opino —dijo la comerciante en sedas— que una mujer puede desempeñarse perfectamente bien en cualquier actividad, en los negocios, en la política, en las ciencias y en las artes aplicadas.&lt;br /&gt;—Claro, claro.&lt;br /&gt;—Has ofendido a la señora, señor mercader —dijo El Gato.&lt;br /&gt;—Pero no, si no fue mi intención.&lt;br /&gt;—¿Qué dirías de una mujer en el trono? —preguntó la señora.&lt;br /&gt;—Ah, bueno, vamos, depende.&lt;br /&gt;—¿Depende de qué? ¿O has olvidado a la Gran Emperatriz? ¿O a Esseriantha, o a Nninivia, o a Lullisbizoá la Santa, o a Djarandé, que salvó dos veces, no una, dos veces al Imperio?&lt;br /&gt;—Acampamos aquí —dijo el viejo veintero.&lt;br /&gt;—En ningún momento he dicho que una mujer no pueda o no deba sentarse en el trono de oro —dijo por fin el hombre—. Sólo digo que hay mujeres que sí y mujeres que no. Eso digo.&lt;br /&gt;—¿Por ejemplo?&lt;br /&gt;—Por ejemplo la serpiente venenosa esa, la hermana del Emperador que se nos acaba de morir, esa mujer no, definitivamente no. Ahora, la hija de Louwantes IV, ésa sí.&lt;br /&gt;La señora Assyi'Duzmaül sonrió:&lt;br /&gt;—Yo diría que no hay muchas posibilidades, ¿no?, de que esa niña llegue al trono.&lt;br /&gt;—Oh, señora —dijo El Gato—, no te irás a poner ahora a hablar de política, ¿en? A ver, yo te ayudo con los bultos.&lt;br /&gt;—No, no, no lo hagas, para eso están los sirvientes, no, esas cosas son muy pesadas.&lt;br /&gt;Lo cuida como si fuera de alfeñique, pensó el viejo y dijo:&lt;br /&gt;—Vamos, vamos, tiene que estar listo el campamento antes que anochezca, vamos. Pongan rápidamente todo en su lugar que voy a contar una historia.&lt;br /&gt;¿Por qué habré dicho eso?, se decía Z’Ydagg   mientras El Gato aplaudía y saltaba y todos los demás se afanaban con las cargas, los animales y los vehículos. ¿Por qué les voy a contar viejas fábulas que ya nadie cuenta, ni siquiera los contadores de cuentos? ¿Acaso me pagan para eso? No y no: me pagan para llevar una caravana a salvo, sin desviarse ni demorarse ni perder nada, desde la capital hasta la provincia de Oadassim, para eso me pagan y me pagan bien porque conozco mi oficio y los años me han hecho no diré que sabio, pero casi. Necesidad no tengo, por lo tanto, de andar resucitando antiguas leyendas de seres fabulosos que nacieron y amaron y lucharon y murieron, si es que existieron alguna vez, antes que naciera el Imperio, no, no tengo ninguna necesidad. Por lo tanto no voy a contar nada, ya está decidido: ni una sola palabra va a salir de mis labios.&lt;br /&gt;—¡Ya está, ya está! —gritaba El Gato bailándole alrededor.&lt;br /&gt;—Quieto, muchacho, tranquilo, vamos —dijo el viejo—. ¿Se puede saber qué es lo que está?&lt;br /&gt;—Pero el campamento —dijo el chico—. Listo, ordenado, completo, todo en su lugar.&lt;br /&gt;—Vamos a ver, veamos, ajá, humm, hummm —dijo el veintero.&lt;br /&gt;Y se puso a caminar lentamente, estudiando todo, tirando de las cuerdas que ataban los bultos, probando las trabas que sujetaban el corral de los animales, haciendo cantar los tientos con la uña y dando golpecitos con la punta del pie en las estacas de madera dura que los sostenían, para ver si estaban firmemente enterradas. Se acercó a los pozos en los que ya ardían los fuegos, tocó las mantas y las bolsas de dormir, empujó los vehículos para que se bambolearan y él pudiera oír si chirriaban o crujían pasó al lado de cada persona y se fijó en lo que cada uno estaba haciendo. Volvió por fin adonde estaba El Gato:&lt;br /&gt;—Bien, muy bien —dijo—. Supongo que habrás tomado parte en esta magnífica organización.&lt;br /&gt;—Claro que sí —dijo el muchacho—. Todos hicieron algo, ¿eh?, seamos justos. Pero yo hice más que todos.&lt;br /&gt;—Ni una palabra te creo, grandísimo haragán. ¿Estamos? Ni una.&lt;br /&gt;—¿Haragán yo, padrecito? ¿Yo? Pero si yo trabajo sin descanso, de día y de noche.&lt;br /&gt;—Sí —dijo el viejo—, claro, sí, sí.&lt;br /&gt;—En serio, padrecito. Les digo palabras mágicas a los animales para que no se detengan ni se asusten ni se encabriten, consuelo a la señora Assyi'Duzmaül para que no extrañe a sus siete hijitos, aceito los ejes, canto para alegrar las noches del desierto, aprieto las cinchas cuando no hay agua y las aflojo cuando hay, escucho a los mercaderes cuando se quejan de lo poco que ganan, mido el grano, doy consejos, adivino cosas.&lt;br /&gt;—Qué cosas —interrumpió el viejo con brusquedad.&lt;br /&gt;—Oh, cosas. —El chico hizo un gesto vago con la mano como quitándole importancia al asunto.—Y ahora, como parte de mis tareas porque yo soy el que tiene la memoria más eficiente en toda la caravana, ahora te recuerdo que prometiste contar una historia.&lt;br /&gt;—Hay que alimentar a los animales —dijo el veintero—, y también tenemos que comer nosotros si queremos llegar algún día. Después veremos.&lt;br /&gt;Cuando los animales hubieron comido, ellos se sentaron alrededor del fuego y Nonne sirvió carne y caldo y arroz en los cuencos y El Gato preparó café y preguntó suavemente:&lt;br /&gt;—¿Vas a contar una historia, padrecito?&lt;br /&gt;—Una vieja historia —dijo Z’Ydagg  —, muy vieja, de los tiempos en los que el mundo era joven y nadie sospechaba que iba a nacer en él el más poderoso y más vasto Imperio que conocería el hombre. Les voy a contar la historia de Yeimsbón que era el hermano menor de Yeimsdín, el que se había casado con esa mujer que era tan bella que se decía que su rostro había lanzado mil barcos por los aires, ¿se acuerdan? Pues bien, Yeimsbón se casó a su vez, cuando estuvo en edad de casarse, con una mujer también muy bella pero muy mandona y ambiciosa, que se llamaba Magareta'Acher y se fueron juntos y se establecieron en la ciudad de Erinn, en la que poco tiempo después, debido a su bondad y a su valentía, Yeimsbón subió al trono como rey. Yeimsbón y Magareta'Acher tuvieron un hijo al que llamaron Yanpolsar y una hija a la que llamaron Bernadetevlin. Los dos niños crecieron adorando a su padre que era dulce y cariñoso con ellos, y aprendieron a detestar a su madre que era brusca y agria y los castigaba a menudo enviando al niño a trabajar en el campo y a la niña a pelar papas en las cocinas. Así las cosas, un día Yeimsbón recibió un pedido de ayuda de su hermano Yeimsdín que partía a la guerra contra un siniestro personaje que había sido fabricante de gorras y ahora se hacía llamar Príncipe Chikelgruber y parecía tener intenciones de apoderarse de todo el mundo conocido. Yeimsbón entonces partió al frente de su ejército no sin antes despedirse tiernamente de sus hijitos y de su rispida esposa, y de dejar encargado a su primo Yeimscañi que velara por su hogar, su palacio y su ciudad. Largos años estuvo ausente el rey bueno, valiente e ingenuo y cuando volvió después de haber vencido, aliado con otros reyes, al Príncipe Chikelgruber, encontró a sus hijos crecidos pero no alegres, a su pueblo oprimido, y a su mujer en brazos de aquél en quien había confiado. El rey, que había vuelto a su hogar lleno de ilusiones y esperanzas, pensó en matar a los adúlteros, pero traía de esa guerra tanta tristeza y tanto cansancio que se convenció a sí mismo de que algo aún podía salvarse, y sin tomar resolución alguna se retiró a sus aposentos a meditar. Hasta allí, silenciosa, sigilosamente, lo siguieron Magareta'Acher, su malvada esposa, y Yeimscañi, el traidor. Y allí, mientras sumergido en el baño y con los ojos cerrados el rey pensaba en lo que había de hacer, allí lo degollaron y lo dejaron tendido bajo el agua enrojecida con su sangre. Pero la reina había olvidado a sus hijos, y los había olvidado porque poco era lo que pensaba en ellos como no fuera para mantenerlos lejos del palacio, ocupados en menesteres subalternos. Yanpolsar y Bernadetevlin, que esperaban que su padre castigara a quienes habían abusado de su confianza, se enteraron con doloroso estupor de la muerte de Yeimsbón. Lo lloraron, ah, claro que sí, cuánto lo lloraron. Pero después secaron sus lágrimas y juraron vengar a su padre. Y una noche entraron en el dormitorio real y mataron sin piedad a su madre y a su tío. Después liberaron al pueblo de Erinn del yugo cruel que se le había puesto a la partida del buen rey, y reinaron juntos en paz, protegidos y aconsejados por las Erinnias que eran los genios buenos de la ciudad de Erinn. Yanpolsar se casó con Emabovarí y Bernadetevlin se casó con Yonlenon, un aventurero que llegó de muy lejos y que se decía descendiente de los fabulosos ringostárs que habían perdido al astuto Clargueibl. Los dos matrimonios tuvieron muchos hijos que poblaron el vasto mundo, y fueron olvidando lentamente la tragedia que había ensombrecido sus vidas. Sólo que Yanpolsár encargó a un escriba que hiciera constar los hechos y guardar los folios, que se encontraron muchos cientos de años después. Hubo quienes leyeron ese escrito y lo contaron a otros, y esos otros lo contaron a otros y así a lo largo del tiempo, y es por eso que yo llegué a conocer esta triste historia.&lt;br /&gt;—No es tan triste, padrecito, no exageres —dijo El Gato—. Es triste alegre. ¿No tendrías una historia triste triste o una historia alegre alegre?&lt;br /&gt;—Es inútil, los chicos no se conforman con nada; les da uno esto, quieren aquello, les da uno aquello, quieren esto, y si les da uno esto y aquello, se las arreglan para desear lo de más allá —dijo el anciano Pfalbuss.&lt;br /&gt;—Las cosas no son ni tristes ni alegres, Gato —dijo Bolbaumis—, son un poco de cada cual. Lo único que es alegre alegre es el sonido de las monedas, y si las monedas son de oro, más alegría.&lt;br /&gt;—¿Y para qué estamos los hombres y las mujeres en el mundo —dijo la señora Assyi'Duzmaül— si no es para tratar de que las cosas tristes se vuelvan alegres?&lt;br /&gt;—Ah —dijo el viejo veintero—, buena observación, ya lo creo.&lt;br /&gt;—Más café, muchacho, vamos, a moverse que hay que preparar más café —dijo Nonne.&lt;br /&gt;Al día siguiente El Gato se acercó al viejo Z’Ydagg y le preguntó qué otras historias sabía.&lt;br /&gt;—Aja —dijo el viejo—, ahora ni siquiera esperamos a la noche para pedir historias, ¿eh?&lt;br /&gt;—Yo no te pido una historia, padrecito, te pregunto por algunas otras que sepas.&lt;br /&gt;—Los contadores de cuentos, ésos saben muchas historias. No hay más que buscar uno en una calle o en una plaza o en un pabellón, y sentarse a oír lo que dice.&lt;br /&gt;—Ay, ay, no me has entendido —dijo El Gato—, yo quiero histori
